15- El llamado

   Desde que vio la noticia del terremoto Lina no duerme. La CNN está encendida de manera continua en su casa, los dedos y los ojos se apresuran para saltar entre sitio y sitio de la red.    

   Ahora estamos juntas en su consultorio donde, desde varios portarretratos, un niño hermoso tan negro como sus ojos despliega una dentadura iluminada.  Es Alex, su hijo del corazón.

  Mi amiga es médica oftalmóloga, también pintora, todo visual en ella.  Trabaja en el hospital municipal, en su consultorio particular y en una pequeña capilla.  En ese lugar, no solamente les cura los ojos sino que les enseña a mirar y a manejar los pinceles.

  Su soltería y otras trabas le habían demorado por una década los trámites legales de adopción en nuestro país.  Entonces,  por el 2008 inició los trámites en Haití.

  Al año siguiente, tuvo la alegría de conocer a Alex, de pasar una semana con él en Puerto Príncipe y de forjar lazos. Me cuenta lo mucho que se rieron, los dibujos que le hizo, los intentos de ella de aprender el creole que su hijo habla o ¿hablaba? 

  “Le hice un mapa de la Argentina, con el Río de la Plata, el Paraná, el delta, lleno de verde y plantitas”, me cuenta, mientras veo fascinados, un ramo tupido de niños a su alrededor, empuñando pinceles, manchando flores en la orilla de nuestro  río. Lina me vuelca una catarata de sueños en cada fotografía que miramos. Se suceden rondas, niños abrazados, sonrisas blanquísimas manchadas de dulce de leche. “¡No te imaginás lo que disfrutaron los dulces! Debí haber llevado más.”

 El orfanato donde estaba Alex fue saqueado, ningún niño está seguro allí. Los más bebitos se están enfermando y contagian a los otros. De repente, acariciando una imagen de niños contentos, Lina inicia un monólogo.

  “Te parecerá egoísta, pero lo primero que pensé fue en Alex. No me importaba otra cosa, las hileras de los muertos embolsados que mostraban las pasaba rápido, cambiando de canal intentaba reconocer los lugares donde había estado, saqueos, ayudas internacionales, opiniones, bomberos, hospitales de campaña, bloqueos, no escuchaba nada, no me importaba, escudriñaba las imágenes buscándolo y lo veía en cada rostro. Volvía a intentar con el teléfono, diez, quince, cien veces sin respuesta y el sonido de la llamada taladrándome el tímpano. Después colgar y mirar el aparato silencioso, tienen mi número, podrían llamarme. Luego volver a intentar. ¡¿Sabés?! He logrado averiguar que la persona encargada de firmar los permisos para salir de la isla falleció en la tragedia, que la directora y dos de las cuidadoras del orfanato también, que unos diez niños, quizá, tal vez, no pueden establecerlo, algunos murieron, vos creés que Alex…”

  Las dos nos quedamos en silencio, quietas, con la vista clavada en el teléfono, ¿cuánto tiempo? 

  Lina se levanta, vuelve a corroborar que funcione, las horas pasan. Suena el celular varias veces, colegas y amigos tienen prohibido ocupar el teléfono fijo pero quieren acompañarla, enterarse.

  De pronto, el maldito teléfono ¡suena! Lina dice unas palabras, no entiendo, llora, a mí me tiembla el ama del mismo modo en que tembló la tierra. Por suerte la llamada es muy breve pero la noticia es muy grande.

  “¡Alex está a salvo, en Santo Domingo, puedo ir a buscarlo!”

 

Este relato es para Jorge Luis, Billy y Cacho. También está dedicado muy especialmente a Florencia a quien le gustan los finales felices. Sería hermoso torcer los finales en todas las historias y escribirlos a nuestro modo.

 

Haití 2

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 Esta mañana, por problemas personales, la vida en mi casa comenzó a desarrollarse más temprano. Acostumbro a leer los comentarios mientras preparo el desayuno de la familia: nosotros cinco y nuestra perra Chiara.

 Los leí a todos y me quedé sin tiempo para responder. Después, mientras esperaba en la farmacia, cuando uno se detiene los pensamientos golpean y buscan repuestas, empecé a elaborar mentalmente lo que contestaría en cuanto volviera a mi PC.  Estaba comprando medicamentos para mi suegro, un antibiótico, un protector gástrico y un calmante. El farmaceútico me trajo a la realidad: faltaba la receta rosa que debe ser archivada. ¡Ay! Se podía ir a un comercio de la capital, o al médico nuevamente. Como tan sólo era cuestión de cruzar la General Paz, la primera opción era la más rápida para solucionar el inconveniente.

Por el camino atrapé una idea.

Mañana, aunque duerma una hora menos, esa idea será un relato para Jorge Luis,  Billy, Cacho y los que comentaron.

Nuevamente gracias por leer.

Haití

nene

 

  Hace semanas que intento escribir un relato acorde a tamaña tragedia. Escribir sobre el día en que la tierra tembló en Haití no es fácil y yo no sé hacerlo. Vivimos en épocas en que lo que pasa muy lejos de nuestra casa se actualiza en ella. Nos invaden las fotografías del horror y no podemos estar ajenos.

Por suerte siempre existe la esperanza. No hay duda de que la ayuda humanitaria inmensa es una muestra de ello. Los aviones de diferentes países haciendo cola en el cielo haitiano buscando la manera de aterrizar a pesar de la torre de control destruída hablan por sí solos.

El mundo globalizado nos coloca a cada uno al lado del  ser humano que sufre al otro lado del planeta. Nos estremece y nos invita a hacer algo, cada cual sabe sus posibilidades.

Algunos, como el bombero español, lograron milagros concretos. “Cariño, que te vienes conmigo” le dijo al niño haitiano extrayéndolo de los escombros.

Intento escribir pero la cara de ese niño y la expresión de sus ojos oscuros habla de modo contundente.

14- Monólogo de una rubia

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Esto es lo que pasó ayer. Sentada en la sala de espera del dentista, me hallaba sumergida con placer en una excelente revista literaria cuando llegó ella.

-Hola, ¿hace mucho que esperás? Seguro que luego de hacerme el tratamiento de conductos me hace quedar sin comer y yo que estoy famélica. ¿Te cuento la verdá de la milanesa? A mí me gusta la pizza, de muzzarella, caprese, calabresa, no discrimino,  le doy al diente a todas sin ningún problema, soy capaz de escalar el cerro “pan de azúcar” por una pizza, ay! Mirá las comparaciones gastronómicas que se me ocurren, che, se nota que tengo hambre.

(La rubia se acomoda en el asiento, se nota que está cansada, me alivia pensarlo porque imagino que eso la hará callar más rápido)

-Vengo de hacerle una gauchada a mi hermana, bueno, no, a mi cuñado, al que se va a casar con mi hermana, estoy contenta, sí, yo todavía buscando novio pero ella, la más chica, ya se casa, ¿viste?

(A mí qué me importa)

-Mi hermana me pidió que vaya al laboratorio a buscar tres cajas que contienen unos tubos de ensayo donde están las muestras de control de calidad para que las lleve a la terminal de ómnibus a un colectivo específico que era el que salía para el pueblo donde reside mi cuñado…antes me dijo que no me asustara si el chofer es cortante, que tiene una terrible cara de culo y que me iba a tratar mal.

Hacia allá me dirigí, eran tres cajas que pesaban como siete kilos cada una, las bajé del baúl del auto y,  como no vi un estacionamiento cerca, me puse a caminar con las tres heladeritas. Al cuarto paso que daba escuché a unos pibes que me gritan “¡rubia, qué fuerza tenés, si me agarrás me hacés pelota!” Yo, agobiada por el calor, transpirada como testigo falso y asustada ante el enfrentamiento con el chofer caracúlico les contesté: “Morochos, ayuden más y hablen menos o ¿se creen que por ser morochos no tienen fuerza como yo?” Obviamente se me rieron en la cara y siguieron su camino.

(Le dirijo una sonrisa, siento felicidad, creo que ha terminado, que ya se ha desahogado)

-¡Qué papelón! Detrás de mí venía caminando lentamente mi profesora de francés de la secundaria, debe tener unos setenta y cinco años y para zafar de tremenda situación blonda no se me ocurrió otra cosa que una super rubiez… la saludé en francés, le dije “bon your madame” y ella ¡me contestó y siguió hablándome!

(Me hace reír la rubia, tiene asumido el prejuicio pero no es tan tonta, bueno, un poco sí, mejor que se apure, se le irá el micro, ya me estoy solidarizando con su causa)

-Estaba esforzándome con mi pronunciación francesa cuando observé que se me escapaba el colectivo, entonces empecé a correr haciendo ademanes desesperados, tratando de olvidar la advertencia de mi hermana sobre el chofer.

(Pobre rubia, no recibiría un buen trato, y ella esforzada en el cumplimiento.)

-¿Querés creer que el chofer se detuvo en medio de la calle? Luego se bajó con una cara sonriente de oreja a oreja como si su dentadura fuera una soga de donde colgaban pañales relucientemente blancos. “¿Cuántas cuadras te caminaste con estas heladeras? Aquí tenías el estacionamiento para la gente que trae encomiendas.” Lo miré delante de mí, desierto, con todos sus lugares libres, y le contesté “viste lo que nos pasa a las rubias, tenemos que hacer fuerza bruta porque la única neurona que tenemos no nos avisa dónde está el estacionamiento” Terminamos riendo a carcajadas mientras me abría el portaequipajes para cargar las heladeras. Nos despedimos bien, resultó simpático y amable el chofer.

(En ese momento me llaman, es mi turno para que me atienda el dentista.)

-Suerte, que te vaya bien, yo, mientras tanto le escribo a mi hermana para que sepa que las muestras van en camino, ¿sabés?

Es para Marka, que como todas las personas inteligentes, sabe reírse de sí misma.

Comprobado: las rubias son tontas

Esta mañana estuve documentándome sobre el tema. Quiero que sepan, señores lectores, que nunca improviso cuando escribo estos pequeños relatos.  Toda mi vida supuse que lo de las rubias era mito pero una experiencia que tuve anoche sembró en mí el germen de la duda. Cuando eso sucede voy derecho al saber científico. ¡Me quedé sorprendida! Parece que es un tema muy estudiado.

No quiero hacerles perder el tiempo y he seleccionado para ustedes las conclusiones de un tal Förster, psicólogo alemán que trabaja en la Universidad de Bremen. Sometió a ochenta estudiantes  a un test de inteligencia que medía  la rapidez y la exactitud de las respuestas. Señores, ¡el mito fue comprobado empíricamente!

Puedo trabajar tranquila en el próximo cuento de la rubia sin faltar a la verdad.

Para que rían mientras tanto: “¿cómo hacés reír a una rubia en sábado?……. Contale un chiste en miércoles”

Hasta mañana.

13- ¿Monjas?

-Padre, por favor, que los jóvenes hagan silencio luego de las 22 horas, las hermanas se retiran a dormir-le dijo la monja al cura en un volumen que pudimos escuchar con claridad.

Éramos un grupo de chicos que veníamos a pasar el fin de semana al convento a modo de retiro espiritual. Éramos los buenos jóvenes de la parroquia, los que colaboraban en la catequesis y los que siempre estaban dispuestos a animar las misas con sus guitarras, panderetas y canciones.

Nos fueron asignadas dos habitaciones grandes en el primer piso, una para las mujeres y otra para los varones, debajo dormían las monjas. 

A la hora señalada acabamos con los cantos y los chistes y nos retiramos a las habitaciones sin ganas de dormir. El cura responsable de nosotros tenía un lugar en el dormitorio de los varones. Antes de cerrar la habitación nos recomendó a las chicas que hiciéramos silencio hasta el otro día, por eso lo hicimos sin hacer ni un ruido.

Nos pusimos a recorrer el convento, paseamos por todos los sitios que nos fueron accesibles. En eso andábamos mientras oíamos las risas del otro dormitorio. Bien lejos, al fondo de un pasillo, encontramos un enorme ropero guardaba antiguos hábitos. Ni lerdas ni perezosas, dos de nosotras los vestimos y fuimos a golpear la puerta del dormitorio de los varones en un momento en que las carcajadas se hacían estruendosas.

-Queremos hablar con el sacerdote.

-Es… es… tá dormido-respondió uno nuestros amigos en un susurro, sin reconocernos en la penumbra.

-¡Pero si es María Marta! – dijo otro en medio de un silencio tan profundo que despertó al cura.

-Son las monjas-agregó un tercero y el cura se apresuró a levantarse.

Todavía recuerdo su cara, semidormido, ensayando una disculpa por los ruidos. Lo hacía con tanta sinceridad que nos arrepentimos y nos sacamos los velos.

 

 

Este relato es para mi amiga María Marta.

El del chocolate con churros se viene en otra oportunidad.

Una plaza en el cielo (Enrique Anderson Imbert)

 

Hoy traigo un relato breve de un cuentista argentino enorme.

Etelvina y Luis van a casarse. En vísperas de la boda, Luis muere. Etelvina se resigna porque confía en que volverán a encontrarse en el Cielo. Pasan los años y ella espera, espera… Espera que Dios la llame. Ahora es una viejita. Está atravesando la Plaza de su barrio. De pronto -en el crepúsculo tocan las campanas del ángelus- ve entre los árboles a Luis, que se acerca a paso lento. (No es Luis: es un joven de la vecindad muy parecido al recuerdo que Etelvina conserva de Luis.) Etelvina ve al joven Luis y está segura de que él, a su vez, la ve a ella también joven. “Esta plaza, piensa, aunque se parece mucho a la del barrio, tiene que ser una plaza del Paraíso”. Y sin duda allí van a reunirse porque, por fin ¡qué felicidad! ella acaba de morir. El grito de un pájaro la resucita, vieja otra vez.

12- El lobo enamorado

Este relato me lo ha contado un lobo que se enamoró de una gacela. Sucedió hace un par de años. La primera vez que la vio ella bebía agua de un arroyo. La contempló con el pelo erizado y no se atrevió a hacer movimiento alguno para no ahuyentarla.

  Al día siguiente el lobo volvió, a la misma hora, durante el crepúsculo, y nuevamente se extasió mirándola.

  Los días transcurrieron y después fueron semanas. El lobo la miraba llegar saltando por la pradera y luego beber con tranquilidad. La pensaba todo el día, tanto que se convirtió en obsesión.

  Una tarde, inesperadamente, llego otro lobo. Fue instantáneo: en cuanto vio a la gacela, hambriento como estaba, se lanzó sobre ella. Lo mismo hizo nuestro lobo enamorado y hubo una confusión de cuerpos en la lucha.

  Todos sabemos que las pasiones enceguecen: el lobo hambriento huyó y el lobo enamorado, herido, nublada de sangre la vista, terminó matando a la gacela.

   Hoy me lo contó, cuando yo pescaba en el arroyo y lo vi venir con su rosa.

   Cada día, cuando cae la tarde, podrán ver al lobo arrepentido, delgado, lento, acercarse al lugar con una rosa para su amada.

 

Este relato es para Gacela Salvaje

11- Ópera, violín y dicha

“Aquella noche ártica escuché las notas, afectuosas y limpias, al acercarme a la última esquina antes del Teatro Real. Respetabilísimo con sus harapos de abrigo, el gorro de lana y los mitones, el anciano violinista callejero tocaba ‘Moon river’.
Lo conozco desde hace tiempo y siempre me recibe con una sonrisa, la mirada sabia y poética y una sutil reverencia de concertista. En el bolsillo yo llevaba tu entrada para “El Fantasma de la Ópera” y en dos segundos decidí su mejor destino…”

Eso me contaba despacio y adjetivando mucho mi amigo madrileño mientras yo lo escuchaba callada aunque quería matarlo.

—Sos demasiado fácil de adivinar, Rafa, no adornes lo que hiciste, no pretendas que me alegre, le regalaste la entrada al violinista.

—Pues, claro, mujer, en cuanto me avisaste que te habían reprogramado el vuelo, que estabas todavía en Buenos Aires y no llegarías, vine al teatro con la entrada, tú me conoces.

—¡Pero mirá que sos generoso! ¡Regalar mi entrada así como así! ¡Con la ilusión que tenía! ¡Hubiera sido la primera vez en mi vida que disfrutara de la ópera! Vos sabías lo mucho que yo deseaba entrar allí—envié una mirada lastimera hacia la fachada iluminada del teatro.

—Sí, guapa, ¿no recuerdas que por eso te prometí que te esperaría aquí con la entrada como obsequio de bienvenida a mi patria?

—¡Guauuu! Flor de regalo el tuyo, Rafa, se supone que ahora me quedaré sentada con vos mirando como la gente va pasando hacia la sala, ¡claro, conservan sus entradas!

—¿No eras tú la que siempre decía que tendríamos mucho para conversar cuando al fin nos encontráramos?

—Sí, Rafa, perdoná, te reprocho desde la confianza, sabés que sos un hermano para mí y estoy super-contenta de verte. Te ves más lindo que en las últimas fotografías.

El bromista de mi amigo hizo unas muecas de galán que le sentaron bien. Luego de hacerme reír, con una voz de locutor que hechizaba, hizo de presentador. Acto seguido, obedeciendo a su anuncio, apareció el viejo violinista. La fachada iluminada  del teatro,  la luna llena redonda como una pizza de las grandes, el abrazo tierno de mi amigo y la melodía de “Moon river” ¿Podía pedir más para mi primera noche en Madrid? Claro que podía, se adivinaba en la cara de felicidad de Rafael.

—Y ahora, por favor, para la señora, lo que está pedido— se dirigió al anciano con un guiño.

Entonces, el violinista, como si fuera Ennio Morricone en persona, nos regaló la música de Cinema Paradiso. Se escapaba la alegría de los ojos de mi amigo, a mí me parecía increíble que recordara una antigua conversación,  precipitaron unas lágrimas. Finalmente, cuando terminó el tema, el anciano hizo una reverencia, tan exagerada como imponente,  y me entregó ¡dos entradas para la ópera!

Este relato inaugura el año y es para Rafael, el envenenador de serpientes.