Y faltan noventa

Sí, son noventa relatos los que me faltan, inspirados en el decime de ustedes para cumplir mi objetivo. En los últimos días me han llegado muchos saludos, muchas felicidades y alientos de todo estilo ¡pero ninguna idea!
Espero que durante el mes de enero no se las lleven todas de vacaciones sino que me las envíen.
De todas formas tengo algunas que me han entregado de manera encubierta. Sí, sí, porque a veces escucho cuentos escondidos en una conversación. Cuando eso ocurre los atrapo, escribo un par de renglones en papel, servilleta, procesador o mano. Anotaciones hay varias, falta el milagro de la conversión en palabras ordenadas y prolijas.
Por ahora, parafraseo la típica frase de abuela que todos conocen cuando finaliza un cuento: “fui por un caminito y fui por otro, espero tu idea para contarte otro”
Que el año finalice como en los cuentos de hadas “fueron felices y comieron perdices”
Y que el próximo ¡lo supere en felicidad con perdices más gordas y sabrosas!

9- Mutación

El cuento que posteo a continuación fue un ejercicio para el taller de escritura creativa de Jorge Benavides.
Enseguida notarán que comienza del mismo modo que la famosa novela de Kafka, formaba parte de la consigna.

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Se sintió y se palpó diferente. Contempló las paredes llenas de cuadros demasiado analizados, tablas de estadísticas por todas partes. El único color lo daban las curvas azules y rojas bajando y subiendo en vaivenes de mercado. Samsa se había vuelto tan adicto a su trabajo que dormía en una cama rebatible en la oficina de su empresa. Lo primero que hizo fue mirar el reloj que estaba sobre el escritorio y constató que faltaba una hora para que llegaran las empleadas administrativas. Con esfuerzo se levantó para mirarse en el espejo. Como la imagen le resultaba increíble, se tocaba, pero la aspereza peluda de su cuerpo coincidió con lo que veía. Tenía, además un par de ojos esféricos que le permitían abarcarlo todo sin voltearse. Pensó en lo ventajosos que le podrían haber sido para el control minuciosamente detallista que ejercía sobre sus empleados. Después observó el par de alas en su espalda lo que disipó todas sus dudas: se había convertido en una mosca negra, común, doméstica pero asquerosa. ¡Inmensa y horripilante mosca! El tamaño aumentaba la repugnancia. Deambuló nervioso, pensó y repensó la manera de solucionar el problema. El tiempo transcurría y la hora se acercaba. La primera en llegar sería su hija. ¿Le explicaría a ella? Pensó el modo y las palabras pero inmediatamente percibió que era inútil: no podía hablar. Estaba encarcelado en el cuerpo de un insecto, con sus facultades intelectuales ilesas pero sin el poder de la expresión. De dimensiones humanas, con patas y alas de mosca, su peso no le permitía volar y la natural facultad de adherencia del insecto para caminar techos y superficies lisas, se convertía para Samsa en un problema adicional. Logró pulsar el botón de la alarma y una ensordecedora sirena invadió la oficina. Su cerebro estallaba por el sonido externo mezclándose con las íntimas reflexiones personales. Sus ojos daban vueltas y parecía que se desorbitaban. Un remolino de recuerdos desfilaba saltando como una película rebobinándose loca. Los esfuerzos para llegar a construir lo que tenía habían sido ¿excesivos? ¿Lo habían llevado a una alucinación? No, él siempre había sido una persona sagaz que sabía anteponerse a los hechos. Siempre supo abrir el paraguas antes de la lluvia. Cuando su mujer le pidió el divorcio, él ya había gestionado poner su patrimonio a salvo. ¿Amigos? No tenía tiempo para ello. En cuanto a sus hijos, simplemente lo habían desilusionado, eran unos inútiles. ¿Por qué ninguno de sus tres había heredado de él la constancia y perfección que lo caracterizaba en todas sus facetas? Se lo había preguntado varias veces en voz alta delante de ellos, ¡los tres con títulos universitarios! Los hijos habían permanecido mudos, debió haber entendido el lenguaje de sus miradas. Ese detalle, observado desde sus recién adquiridos ojos esféricos, aumentaba como visto a través de una lupa. Encarcelado en su cuerpo de mosca, le pareció tener frente a sí, la mirada de la hija mayor, la que había aceptado trabajar junto a él. Efectivamente, alertada por la empresa que se encargaba de monitorear el lugar, concurrió con la llave. Estaba parada allí, firme, petrificada, lo contemplaba extasiada, casi ¿incrédula? A su alrededor, policías y bomberos en actitud alerta y temerosa. Por fin detuvieron la sirena, el silencio helaba, sacudía más que el ruido. Samsa, arrinconado contra la pared, distaba mucho de ser el jefe que solía poner a los otros en situación de creerse insecto. Comenzaron a llegar las empleadas, el cadete, el correo y la camioneta de reparto. Todos con la cotidiana puntualidad exigida, todos mostraban la misma expresión consternada y no atinaban más que preguntar: « ¿Dónde está Samsa?» La pregunta se multiplicaba en el ambiente y en su cerebro mosquil, amplificada, taladraba hasta límites infernales. Lo anulaba, no lograba encontrar el modo de mostrarles que allí estaba, que a pesar de su apariencia de insecto, él era Gregorio Samsa, el jefe, el dueño, el que pagaba los sueldos y a quien debían el bienestar de sus familias. Ellos eran los inútiles, estúpidos al extremo que no podían reconocerlo. Su enorme cabeza estallaba y llegó al máximo cuando vio al jefe de bomberos entrar decididamente con una caja de insecticida en aerosol que repartió entre los presentes. Muy pronto fueron vaciando sobre él los envases, estornudando por el aroma, pero deseosos de deshacerse del monstruo. Ellos no dijeron nada y Samsa no pudo, pero en él último estertor supo, en las entretelas de la conciencia, que lo habían reconocido y que, precisamente por eso, se apuraron en rociarlo.

A la deriva (Horacio Quiroga)

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.

10- Jesús de porcelana

Ese año los negocios habían ido bien. Compraron vinos añejados para la cena de Nochebuena, champagne francés, ostras, langosta y cantidad de turrones importados de España. Hubo un árbol nuevo, plateado, no era bonito pero su precio era bien elevado, por eso lo eligieron. Disfrutaban de comprar lo mejor por eso no escatimaron en agregarle doscientas bolas de cristal tallado. Por ahí recordaron lejanamente que la Navidad era el milagro de Dios en la tierra y entonces agregaron a la compra el Niño de porcelana más caro que encontraron en el centro comercial.
El 24 se sentaron a la mesa a saborear las exquiciteses sobre fino mantel de hilo, cada uno donde el señalador de plata les indicaba el sitio. Parecía estar todo en orden impecable, como debía ser una cena de Nochebuena.
Fue entonces que sonó el timbre de la casa. Eran un par de chicos, pedían algo para comer. Todos se miraron no podían quebrar el orden de las fuentes ni su adornado para sacar una porción, tampoco podían compartir la mesa, no había marcador de sitio para dos más, hubiera sido desprolijo.
El Niño de porcelana tembló como uno de carne pero se evaporó como espíritu sin que la familia lo notara.
Dos horas después, los chicos buscaban un lugar para sentarse a compartir lo que habían conseguido en su recorrida por las casas ricas. No tuvieron duda cuando vieron una blanca almohadilla sobre un banco de la plaza solitaria donde descansaba ¡un precioso Niño Jesús de porcelana!

Este cuento es para todos los niños, muy especialmente para los que recitan versos de Fortunato Ríos en la Quebrada de Humahuaca. Se me quedaron adheridas sus miradas tristes y sus ansias de guiarme por los paisajes a cambio de monedas.


Alegría: corazón que arde

Mientras preparo el último relato de la trilogía, les deseo a toda la comunidad de bloggers

UNA NAVIDAD ALEGRE.

Les envío un turrón, un pan dulce, una botella de lo que gusten para brindar y el regalo de estas palabras:

Un corazón lleno de alegría es resultado de un corazón que arde de amor. La alegría no es solo cuestión de temperamento, siempre resulta difícil conservar la alegría, y eso es motivo mayor para tratar de adquirirla y de hacerla crecer en nuestros corazones. La alegría es oración; la alegría es fuerza; la alegría es amor. Da más quien da con alegría. A los niños y a los pobres, a todos los que sufren y están solos, bríndales siempre una sonrisa alegre; no solo les brindes tus cuidados sino también tu corazón. Tal vez no podamos dar mucho, pero siempre podemos brindar la alegría que brota de un corazón lleno de amor. Si tienes dificultades en tu trabajo y si las aceptas con alegría, con una gran sonrisa, en este caso, como en muchas otras cosas, verás que tu bien si funciona. Además, la mejor manera de mostrar tu gratitud está en aceptar todo con alegría. Si tienes alegría, esta brillara en tus ojos y en tu aspecto, en tu conversación y en tu contento. No podrás ocultarla por que la alegría se desborda. La alegría es muy contagiosa. Trata, por tanto, de estar siempre desbordando de alegría donde quiera que vayas. La alegría, ha sido dada al hombre para que se regocije en Dios por la esperanza del bien eterno y de todos los beneficios que recibe de Dios. Por tanto, sabrá como regocijarse ante la prosperidad de su vecino, como sentirse descontento ante las cosas huecas. La alegría debe ser uno de los pivotes de nuestra existencia. es el distintivo de una personalidad generosa. en ocasiones, también es el manto que cubre una vida de sacrificio y entrega propia. La persona que tiene este don muchas veces alcanza cimas elevadas. El o ella es como el sol en una comunidad. Deberíamos preguntarnos: “¿En verdad he experimentado la alegría de amar?” el amor verdadero es un amor que nos produce dolor, que lastima y, sin embargo, nos produce alegría. Por ello debemos orar y pedir valor para amar. Que Dios te devuelva en amor todo el amor que hayas dado y toda la alegría y la paz que hayas sembrado a tu alrededor, en todo el mundo.

Madre Teresa de Calcuta

Qué el Niño les traiga el regalo especial de la alegría.

Este post es para Arriero, Marka, Gabriela, Tishy, Cecilia, Luis, Linda, Gloria, Tongo, Mary, JEG, Anciana, Monic, Bibi, Catrinamar, Bicho de letras, Ángel azul, Vanina y Ezequiel con sus novedades y toda la comunidad de bloggers.

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9- Otra ventaja del pástico

En la casa de Alicia había tres niños, parejos en sus edades, pequeños todavía, cursaban los primeros años de la escuela primaria.

En cuanto comenzó diciembre, ella preparó un calendario de adviento con un mensaje cada día y los fue preparando:

-Este año armarán el árbol y el pesebre sin mi ayuda.

El día de la Virgen, señalado tradicionalmente para esa tarea, los chicos se pusieron felices, hasta el perro andaba oliendo por ahí con entusiasmo mientras abrían las cajas guardadas el año anterior.

-Mamá, podés irte, queremos darte la sorpresa-comenzó la más grande.

-Sí, nosotros ya sabemos hacerlo-sentenció con orgullo el más chiquito.

-Claro, nosotros sabemos-se entusiasmó la que quedaba mientras los incitaba con la mirada y el gesto a seguirla en el canto.

-¡Que se vaya! ¡Que se vaya!- corearon al unísono.

-Me avisan cuando terminan-sonrió la madre-voy a preparar la comida.

Mientras lo hacía, Alicia disfrutaba de las risas de sus nenes y del silencio del perro.

No se imaginaba que las dos partes del árbol se habían convertido en un juego de esgrima, y como, los espadachines eran tres, pero, eso sí muy generosos, habían confeccionado una tercera espada con ramas arrancadas de sendas partes.

Cuando Alicia se asomó pudo observar la competencia de espadas, y al perro contemplándolos ¡mientras masticaba la cunita plástica del Niño Jesús!

8- Una ventaja del plástico

Madre e hija se encontraban tejiendo unos ángeles al crochet para colgar en las ventanas. Quedarían lindos, sujetos con hilos transparentes, durante la cena de Nochebuena expresarían la sensación de que entraban volando a la casa.

-¿Con cuántas varetas empiezo las alitas?-pregunta la madre.

- Con seis- insiste la hija en un suspiro-ya te lo había dicho.

- Perdoname, cada vez escucho menos-grita la madre quizá elevando la voz por reflejo mientras se concentraba en el tejido.

-Necesitamos ocho ángeles más-dice la hija.

-Me dijiste seis-protesta la madre.

-No, ma, te dije que tejieras seis varetas para las alitas, pero AN/GE/LES -agrega silabeando y mostrando la boca- AN/GE/LES necesitamos O/CHO.

-¿Para qué tantos?-dice la madre sabiendo que le tocará tejerlos todos.

-Porque quiero dos para esta ventana, otro para la puerta, uno sobre el árbol, otro sobre esta casita- la hija gesticula mientras acomoda una cabaña nueva para el Niño- y alguno más para regalar.

-¿Vas a poner ese pesebre de plástico?-pregunta la madre mientras la hija deja sobre la mesa el angel terminado y mide las proporciones con las figuras de su pesebre.

-Claro, no compraría uno nuevo, hace 28 años que lo vengo armando, bueno, ya lo sabés, vos misma me aconsejaste que lo comprara de plástico. Ya ni te acordás. Cuando nos casamos compré el Niño, al año siguiente le compré los padres, después los Reyes y así por orden de importancia o lo que lograba encontrar en la tienda. Fue una buena decisión porque, cuando tus nietos eran chicos y tocaban todo, jugaban a armar situaciones con los reyes, camellos y demás animales.

-Se nota-dice la madre con una mueca- la gallina es más grande que la oveja, y el burro está despintado, pesebre lindo era el que compramos con tu papá. Ustedes ahora podrían comprar uno como aquél, pero vos no te acordás más.

-Sí que me acuerdo, el pesebre de las figuras grandes que vos no nos dejabas tocar, será lindo pero no lo hemos disfrutado, podrías sacarlo, ¿no?-responde la hija recordando interiormente aquellas navidades de chica en el campo- esta vez seremos todos adultos, nadie lo tocará.

-¿Te acordás? –dice la madre anclada en otro lugar y tiempo.

-Claro, vos te acordás y yo ¿tendría que haberlo olvidado? No, ma, recuerdo el álamo del fondo de la galería brillando con las luces del Lelo protegiendo el hermoso e importante pesebre, al lado nuestra mesa larguísima, los chicos cazando luciérnagas, papi prendiendo el fuego para el asado.

-Esa fue la última Navidad que pasamos allá-afirma con tristeza la madre.

-Y fue lindísima, prefiero recordarla con alegría, ¿te acordás de tu enojo cuando empezamos a sacar agua del aljibe? Nos frenaste antes de que comenzáramos guerra de agua y estropeáramos los vestidos blancos almidonados, ¡o se mojara tu pesebre!-intenta la hija rescatarla de entre los muertos queridos.

Ambas recuerdan en detalle las figuras, pocas pero grandes y bien realizadas. Se demoran en detalles mientras continúan tejiendo ángeles.

-¿Qué tal si ponemos esta vez tu pesebre en lugar del mío de plástico?-le pregunta entusiasmada la hija.

-¿Viste que no te acordabas?-la madre deja el tejido y mira hacia el mueble bajo del comedor, uno parecido al que estaba en la casa de la abuela.

-Bueno, ahí me ganás, vos lo guardaste siempre, lo recordás mejor, nunca nos dejaste tocarlo, después lo guardaste para siempre.

-No te acordás, es lo que yo digo-insiste la madre extasiada en el mueble.

-Me acuerdo, después vino la inundación, se enfermó el Lelo, murió al año siguiente y un par de años después la Lela- la hija menciona las fechas del fallecimiento de los abuelos guiada por los acontecimientos de su propia vida.

-Ves que no te acordás- sigue insistiendo la madre absorta en ¿las vetas de la madera?¿algun bicho que caminaba por ahí?.

La hija, mirando también la puerta del mueble bajo, de su propio mueble, reconociéndolo, parece leer en él lo que dice.

-Me acuerdo perfectamente, esa noche papi tocó el bandoneón, bailamos, cantamos, los chicos pusimos el frasco lleno de luciérnagas cazadas al lado del niño Jesús, papi le hizo agujeros a la tapa para que pudieran respirar, vos estabas preocupada porque temías que teminarámos rompiendo alguna figura, aunque nosotros ni las tocáramos. Trajiste la caja y las acomodaste envueltas en papel de diario en una caja grande dentro del mueble…

La hija no termina de hablar, ve que la madre sigue con la mirada clavada en el mueble bajo . Ahora se estaba acordando, allí quedó guardado el pesebre grande y luego fue la inundación que cubrió de agua la casa de la abuela.

-Ahora entiendo, ¡el pesebre estaba ahí!¡quedó guardado esa noche! ¿y cómo lo encontraste?

-El agua lo deshizo- finaliza la madre y se apresura a tejer como si tal cosa.

Navidad

El cumpleaños de Jesús me habilita a desviarme un poco del objetivo de mi blog. Por ahora, y hasta el año próximo, sólo escribiré algo que tenga que ver con el tema.

Para empezar les prometo una serie de tres relatos surgidos de experiencias personales con respecto al pesebre. En estos días en los que se procede a su armado, es una ocasión propicia para compartir historias nacidas allí.

Como siempre, son bienvenidas las ideas de ustedes.

Sin cuento

Esta mañana me levanté como todos los días e hice los movimientos rutinarios de costumbre, encender la hornalla para las tostadas, la pava eléctrica para el mate y la tele para ver la temperatura y el estado de tránsito y/o huelgas, piquetes o cortes del día. Mientras la familia se levanta le doy de comer a la perra, cargo el lavarropas y preparo jugo tratando de multiplicar las manos. La tele muestra imágenes que no veo pero basta oír, siempre lo mismo, la inseguridad cotidiana, que de tanto oírla ha creado un callo.

Estoy cortando más pan porque me parece poco, me apuro con la cuchilla y casi me corto en la última rebanada, la más difícil, cuando sólo queda el coquito, que es lo que más les gusta, sequito y crocante.

El locutor de Tv continúa:

“Un colectivero de la línea 60 sufrió la amputación de uno de sus dedos al ser asaltado esta madrugada por dos ladrones cuando transitaba por el partido bonaerense de Escobar. ”

Le han cortado el dedo índice, me miro las manos, también la cuchilla, lo del chofer ha sido con un hacha, me corre un escalofrío, dice el periodista que ha perdido el dedo índice, que no hay posibilidad de salvárselo.

Hace varios días que no cuelgo un relato, lo sé, me viene pasando esto, esa “sensación” de inseguridad en la que vivimos…

7- El resultado

Todo el día estuve pensando en él, lo llevé pegado como el alma, conté las horas y los minutos. El teléfono me sobresaltó varias veces pero ninguna de ellas fue la voz de mi hermano.

Él vive, trabaja, sueña y construye en España, mientras que yo lo hago del otro lado del océano, en Argentina. Atendiendo el trabajo y la familia, ninguno de los dos tiene posibilidades de viajar, así que el correo electrónico es la herramienta que diariamente nos mantiene en contacto. Por suerte ha podido celebrar nuestra boda cuando estaba aquí y también ha conocido a sus tres pequeños sobrinos.
Abrí la bandeja de entrada con mano temblorosa y visualicé su correo antes que ninguno:

“Hoy he vuelto a la cárcel, es la primera vez luego de hacerme las extracción para la biopsia en el hospital. Justamente coincidía con que hoy me daban el resultado.

Fue por eso que me ofrecí para llevarle ropa a una presa que tenía internada a su hijita de seis meses con bronquitis. Se había ido por un día y llevaba cuatro en el hospital, sin nada. La pobre lavaba su ropita de noche para ponérsela al día siguiente.

En la puerta, el policía constantemente. La niña se llama Tamara, la bauticé yo mismo en la cárcel.

—Padre Juan, lleve usted a la niña que no quiero verla haciéndose una radiografía tan chiquita—me dijo su madre de veintiún años.

Cogí a Tamara y me fui con ella desde la quinta planta hasta el primer subterráneo donde se encuentra el equipo radiológico, descendiendo con ella los cinco pisos.

La niña es preciosa, sonríe siempre. Llama la atención de todo el mundo.

La radióloga me hizo poner el delantal plúmbico para protegerme de las radiaciones porque debía mantener a Tamara con sus bracitos abiertos.

—Señor, ¿es usted su padre o quizás su abuelito?—me preguntó.

Me eché a reír con ganas antes de responder.

—Mire, su madre y todo su entorno me llaman padre, ya que soy el cura de la prisión de mujeres de donde viene.

A la doctora le brillaron los ojos, tendrías que haberla visto hasta qué punto la emoción le empañó la vista. Le pedí que prestara atención a los botones que debía tocar para que la niña se curara pronto.

En unos minutos habíamos terminado y yo volví a subir con mi niña en brazos, escalón por escalón, llevando el pesito más dulce y menos pesado de mi día.

¡Ay! ¡Qué grande ha de ser tener un hijo aunque sea pequeñito!

Hermanita: he robado parte de tu tiempo, como siempre, con mis historias, debes contarme algo de allá, reparte besos a los cinco. Siempre os llevo conmigo.

¡Con Diosito!”

No había allí una sola palabra con respecto al resultado de su examen, justamente aquello que yo desesperaba por saber.

Releí la anécdota, sencilla y limpia, como tantas de las que me había contado mi hermano en sus años de sacerdocio. Él sabía cuánto me gustaba saber sobre sus actividades, pero no esta vez, no esta noche. ¿Por qué distraerme contando aquello?

El resultado se hallaba allí, transparente para mí. Tenía algo malo y no se lo comunicaba a su hermanita menor. Ya sabía yo que esa era su costumbre, tenía ganas de retorcerle el cuello. Pegarle fuerte hasta hacerle doler, yo ya no era una nena.

Busqué el teléfono y llamé a la parroquia sin hacer caso a la diferencia horaria. Me atendió él, por supuesto, estaba despierto. Hablamos bajito, confirmó mi sospecha. Sentí deseos gigantes de abrazarlo, de volver a jugar sobre sus rodillas, de treparme a caballo de sus espaldas como ayer, ¿o anteayer?

—Quiero que me mantengas informada—le dije antes de cortar—ya no soy una nena.

Apoyé el auricular sobre el aparato y me puse a llorar.

Este cuento es para Gabriela Marini, y también para Andrés.