5- La mermelada, los lazos, la vida

Estaban mis neuronas combatiendo entre preguntas y cuestiones sobre los nuevos modos de relacionarnos, de crear comunidades y de establecer vínculos afectivos. Mientras el cerebro batallaba, las manos revolvían una mermelada de frutillas de bajo contenido calórico. Primera vez que la hacía, soy de la vieja usanza cuando la sempiterna receta para dulces era: fruta limpia cortada y azúcar en partes iguales. Pues, ahora venía con fructosa el asunto de endulzar. Tampoco estaba utilizando el camino acostumbrado para las fórmulas culinarias, normalmente las recetas se pasaban de madre a hija, sin escribirlas, haciéndolas. ¡O de un libro cuyas hojas terminaban engrasándose! Yo ahora me daba el lujo de, con la notebook a mi lado, elaborar un preparado que me enseñaba, incluso con una nítida fotografía, nada menos que una licenciada en nutrición.

Mientras vigilaba la roja exquisitez en el fuego, leía las noticias y me enteraba de los robos de aquí, de las violaciones de allá y del terremoto ocurrido más lejos. Casi me dolía la pierna mientras observaba al niño con la suya atrapada entre los escombros de su casa tan lejana (tan cercana ahora) de la mía.

La humanidad ha avanzado a pasos gigantes, no hay duda. ¡Debo estar volviéndome vieja!

Conocí la heladera de hielo, la plancha de carbón y lo que significa vivir sin televisión ni teléfono en la casa.

Mis ojos se volvieron a la mermelada, no la había probado aún pero se intuía rica aún sin el azúcar. Simultáneamente planificaba el almuerzo, mejor algo que sobre para la cena también, disfrazado se convierte en comida nueva y produce un ahorro e tiempo considerable.

Varios temas que debía resolver durante el transcurso del día bailaban junto a mis reflexiones. Pensé que era una suerte que había terminado con el juego de estrategia que tantas horas me había consumido el mes anterior. Recordar que jugaba en equipo con un chico de la edad de mis hijos me provocó una sonrisa. Debo escribirle, pensé, Guillermo (alias Batusai) estará por ser papá. Aunque no lo conocía, durante el tiempo que duró el juego ambos nos confiamos el uno al otro nuestras cotidianeidades. Con frases cortas y apuradas las más de las veces, él me daba alguna instrucción sobre sus ejércitos y los míos, nos complementábamos en el juego porque nuestros horarios eran bastante diferentes lo que permitía que yo cuidara sus aldeas en ausencia de él y viceversa. También lo era nuestra manera de jugar, nuestra estrategia para enfrentar los ataques de la guerra en la ficción lúdica y la batalla de la vida. Recuerdo cuando me envió mensaje desde el celular para avisar que internaban a su señora por un inconveniente. Fue un embarazo difícil, a kilómetros de distancia yo lo cubría en el juego. Durante el invierno tuvimos la epidemia de la gripe porcina con todos los riesgos que suponía el contagio en una embarazada. En oportunidades en que Guille contaba con más tiempo, durante la noche me contaba sus cosas y yo las mías. Nuevas relaciones que nos permiten las redes, fue una experiencia por demás entretenida conocer las reglas y los trucos de un juego nuevo para mí en el que romanos, galos y germanos luchaban para construir una maravilla que les significaría el triunfo.

La mermelada estaba lista, con una mano apagaba el fuego, con la otra bajaba un frasco de vidrio de la alacena cuando entró el mensaje de Guillermo.

¡Hola, amiga del alma! ¡Nació Guillermina!


(Este relato es para Cecilia Martinelli y para Guillermo Valerio).

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