El secreto y el final

Esta vez utilicé para el final algo que propuso Marka. Gracias. A ella le pareció “fashion”.

Ya opinarán ustedes.

La cena transcurrió magnífica, se extendieron conversando hasta que cerró el local. Ambos sentían que les faltaba continuar, fue Hilda la que invitó esta vez.

— Roberto, quiero que el viernes por la noche vengas a cenar a casa—lo dijo sin esperar una negativa mientras garabateaba su dirección y teléfono en un papel que sacó de su cartera.

Ese viernes, puntualmente, un Roberto por demás atildado, con otro enorme ramo de fresias y una botella de Cavernet Sauvignon tocó el timbre. Su sorpresa fue mayúscula, otra mujer atendió la puerta.

¿Roberto, verdad? No, no se ha equivocado, hombre—dijo la joven— Hilda ya viene, está en la cocina, mi nombre es Lidia dijo con soltura.

Cinco minutos después apareció Hilda, encantadora como siempre. Recibió las flores y las colocó inmediatamente en un jarrón con agua mientras Roberto la contemplaba como quien observa una obra de arte. Sus ojos acariciaban por igual las manos que se movían con elegancia, la cara que veía y la que su memoria tenía guardada.

La mesa estaba puesta con exquisitez, aunque a Roberto no le importaba nada más allá de mirar a Hilda. No se había percatado de ningún detalle fuera de ella, a Hilda la había percibido entera. Algo desagradable intuía, algo que no estaba en el pasado. Roberto sabía que la memoria es un músculo imprevisible, algo que, en su caso, con los años se había acentuado. Pero no era eso, sabía que era otra cosa. Estaba tan seguro como lo estaba de su nombre, de su dirección, de su número de documento.

Se dedicó a escuchar a las dos mujeres, supo que vivían juntas y que se llevaban bien a pesar de ser de generaciones diferentes. Hilda estaba muy bien conservada pero podía ser la madre. Algo más que cariño de amigas, se dijo Roberto, pero no lo sentía verdad, no podía ser.

Cuando trajeron el café, Hilda comentó que el plato que habían cenado era la especialidad de Lidia, que lo preparaba para ocasiones especiales y la halagó con entusiasmo mientras acarició las manos de la joven con la misma delicadeza con que Roberto la observó acomodar las flores del jarrón. Lidia le dio entonces un largo beso en la boca.

Roberto se puso de pie, dijo que la cafeína le hacía mal y se fue.

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Ya tenemos el secreto

Hola mis amigos, dificultades personales no me permitieron dedicarme a esto como es mi plan: al menos una hora diaria.

Este inconveniente hizo que los tuviera más presentes, por lo tanto, en cuanto abrí el blog, me tragué los comentarios. Tuve en cuenta cada una de las palabras de ustedes y ya me decidí por el secreto de Hilda.

Mañana colgaré el final.

Abrazos.

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