Porca miseria

Nací en un barrio de Buenos Aires repleto de inmigrantes italianos y la historia que voy a relatarles es verdadera. Hacia el año cincuenta se había empezado a poblar, gracias al crédito, con los empleados de la metalúrgica y la fábrica de ladrillos. Allí tenía su casa don Pedro Faccetti. La suya había sido una de las primeras en construirse y la había rodeado de árboles y plantas. Las moreras que tenía eran las más altas y frondosas, quizá porque estaban al lado de la zanja, o tal vez porque don Pedro juntaba, pala en mano, el estiércol de los caballos que pasaban y abonaba la tierra. Una de las diversiones del verano consistía en trepar a esos árboles y arrojar las moras más maduras y chorreantes a las vecinas acicaladas y enmantilladas para la misa del domingo.

¡Bambini! ¡Porca miseria!―gritaba don Pedro.

Tenía fama de amarrete porque nunca compartía las verduras de su huerta ni los huevos de sus gallinas. Algunas veces, a escondidas, le sacábamos algunos.

¡Bambini! ¡Porca miseria!

Era un solitario, que no asistía a las reuniones que solían hacer entre paisanos de diferentes pueblos que continuaban viviendo y compartiendo las tradiciones como si estuvieran en su tierra natal.

Los chicos lo espiábamos a través de la enredadera, siempre estaba trabajando mientras refunfuñaba aquello de la “porca miseria.”

Fue hacia los sesenta, nuestras humildes casas estaban siempre abiertas, las calles eran nuestro patio de juegos y la vida era maravillosa.

La tarde de la tormenta nos sorprendió comiendo moras escondidos en los árboles de don Pedro. Fue en enero, estábamos sin escuela, entregados al dolce far niente, amparándonos en el frescor de esos árboles benditos. Se oscureció de golpe y simultáneamente cayeron unas piedras enormes por lo que corrimos a refugiarnos bajo el alero de la casa.

Bambini, vieni a casa―invitó don Pedro.

Entramos con asombro y un dejo de miedo disimulado. Continuamos mirando la tormenta de granizo a través de los cristales.

― ¡Porca miseria!―exclamaba observando el destrozo en los frutales.

Después del granizo siguió una copiosa lluvia así que nos quedamos un rato más esperando.

Preguntamos, curiosos, sobre el contenido de un baúl que resultó ser su equipaje de Italia. Don Pedro lo abrió esa tarde para nosotros.

Lo primero que sacó fue un sobre importante y amarillento, “e una lettera autenticata”, expresó solemne, todos buscamos con la mirada al tanito Giacomo, quien tradujo como “carta notarial” lo cual tampoco comprendimos del todo en su momento.

Don Pedro se sentó, se colocó los anteojos y comenzó a leer. Nosotros no entendíamos todos los vocablos en italiano pero sí lo suficiente para enterarnos de que a la edad de ocho años, nuestro viejo vecino había quedado huérfano de padres y había sido entregado, por carta notarial, a su tía, una secretaria a punto de jubilarse que jamás había querido saber nada de niños.

Don Pedro nos dio la correspondiente traducción en nuestro idioma para que leamos ya que él se había negado a hablarlo durante toda su vida.

Preguntamos mucho, si la tía se había jubilado, cuánto tiempo había vivido con ella, con quién vino en el barco y mil preguntas más a lo que invariablemente respondía moviendo la cabeza y mirando la lluvia.

¡Porca miseria!―repetía nuevamente extraviado el viejo.

Después fue contando, abriéndose despacio en su lengua natal, mientras el tanito nos traducía en el silencio impecable que se había producido.

Habló de guerra, de hambre y miseria.

También habló de sueños de sol y paraísos de palmeras.

¿La tía? En cuanto pudo envió al sobrino en barco hacia América.

¡¿Con quién?! Solo, con el baúl y la carta de huérfano con que desembarcó en el puerto de Buenos Aires, en medio de una copiosa lluvia, para descubrir que, en esta porción al sur de América, no crecen las palmeras. Ésa fue su primera desilusión, pronto descubriría que el trigo, abundante por cierto, producía mucho sudor para ser pan.

Pedro fue a parar al superpoblado hotel de inmigrantes donde iban todos los que llegaban sin más pertenencias que sus sueños. Estuvo allí hasta que consiguió un empleo, y más tarde otro, hasta que ingresó como camionero en la metalúrgica donde obtuvo el préstamo para comprar la tierra.

Estábamos sobre ese terreno, en la casa que Don Pedro supo construir durante años de esfuerzo. Nosotros también, los que estábamos allí teníamos entre siete y nueve años. Nos habíamos creído valientes cuando le robábamos huevos o mandarinas pero esa tarde tormentosa nos quedamos escuchando al viejo aguantándonos las ganas de llorar para no pasar por maricones.



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