1-Pelota de trapo

Marcelo se desperezó largamente entre sus suaves sábanas rasadas. ¡Qué placentero le resultaba saber que solamente tenía que accionar un botón para ordenar el desayuno en la cama! Inmediatamente, jugo recién exprimido, aromático café colombiano y la exquisitez que se le ocurriese llegaría allí en una bandeja. Rápido e instantáneo como un flash fotográfico, se materializó en su mente el miedo que tenía a convertirse en un botellero indigente y solitario. ¡Cuántas veces se había despertado en mitad de la noche atormentado por un sueño nacido de sus temores! Siempre la misma oscuridad, la dificultad de tirar el carro por el empedrado, la escasa luz, la vejez, la soledad y el hambre.
Eso había sido antes, en otra vida, en tiempos de su niñez, antes del contrato.
Porque Marcelo no nació en cama de seda, y, aunque no conoció el hambre, sí supo de todas las privaciones. Recuerda esa vida de manera intacta. Sencilla: potrero y pelota de trapo. Correr, gambetear, cabecear, correr ligero, más si fuera posible, en invierno y en verano. Dormirse rendido mientras la madre cuenta monedas para pagar el alquiler. Un par de horas después: despertarse con el sueño. Por la mañana, esquivar la escuela lo mejor posible.
Eso había sido antes del contrato, en la otra vida, la de su niñez.
Marcelo oprime el botón y entra la mucama con las publicaciones deportivas, la mayoría de las mismas lo muestran en la tapa celebrando el gol de la victoria, uno de los tantos de su veloz carrera.
-Café con leche, medialunas y manteca- le ordena, incorporándose, mientras se queda con la vista en la pelota, tan redonda, tan de cuero.

(El relato ha sido especialmente escrito para JEG)

Continúo recibiendo ideas, ¿o saco a la rubia del armario? ¿la que se volvió morocha o la que conoció al pelado?

Y a volar se ha dicho

Ya solté las amarras, elegí la propuesta del chiquito que le tenía miedo a la indigencia, sí, el que imaginaba terminar sus días tirando un carro de botellero, tan solo que ni un perro lo acompañaba.

Ahora, hasta que lo tenga terminado, las peripecias rondarán por mi mente pegando vueltas una y otra vez, luego, en un par de días, supongo, tendrán el cuento publicado.

Fui breve esta vez, ¿han visto?

La casa del lago

Gracias por los dos comentarios, ya me siento bienvenida aunque todavía no haya dado la dirección a los amigos de antes, a los que conocen de mi amor por la escritura, me parece pronto, todavía no sé cómo funcionará esta idea de crear relatos a partir de los comentarios hechos al pasar.

Mientras tanto les dejo uno de los cuentos que escribí como trabajo para el taller de Jorge Benavides:

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Era la noche del 16 de enero de 1977 cuando llamaron a la puerta. María estaba en la cocina cerrando las empanadas para la cena. Las llevarían al patio para comerlas mirando las estrellas. Desde que vivían ocultos, el pedazo de cielo recortado entre los altos edificios de Buenos Aires les proporcionaba sensación de libertad. Juan preguntó quién era pero, casi de manera simultánea, los milicos derribaron la puerta y una lluvia de tiros lo deshizo. María no tuvo tiempo de nada, tan sólo se arrojó a besarlo y a decirle cuánto lo amaba. Uno de los uniformados, la sujetó por detrás, le esposó las manos y, a las patadas, la introdujeron en el Ford Falcon que la condujo directamente al centro de detención. Ese día Juan se convirtió en un desaparecido más de la dictadura reinante y María una prisionera para interrogar.

A la mañana siguiente, la luz se coló por las rejas que cubrían el pequeño cuadrado libre en la puerta de hierro macizo. María, con los ojos violetas de llanto y el corazón anémico, exploró entonces detalladamente la celda. Sentada en una esquina del piso, la espalda contra la pared, su mirada fue y vino una tonelada de veces. Las superficies eran ¿grises? No, más bien carentes de color. Las palpó temblando a pesar del calor, eran rugosas, ásperas como lija. Su tacto aproximababa la escabrosidad de los sucesos allí transcurridos. ¿Mobiliario? Ninguno. Se levantó, su cabeza golpeó contra el techo, caminó encorvada, mentalmente contó cuatro pasos y dio con la otra pared. Volvió a sentarse, ¿cuántas horas estuvo contemplando la nada del muro en silencio? El tiempo de prisión camina despacio, incalculable. De pronto descubrió una mancha tercamente azulada, esa que derivó en la decisión temporariamente salvadora. Fue ella, la mancha, quien la increpó sin voz haciéndole recordar que una vez, también su vida era casi azul.

María resolvió que la mancha era el cuadro que su abuela había traído cuando llegó de Italia. El paisaje cumplía la doble función de recordarle el terruño y adornar la pared del comedor familiar << il lago di Garda, il luogo piu bello del mondo >> había dicho la nona cuando preguntó y, desde entonces, María soñaba conocerlo. ¡Cuántas veces lo había devorado con la vista al mismo tiempo que tomaba el café con leche, el almuerzo o la cena! La pintura mostraba todos los matices del añil, el lago, las montañas y el cielo podían identificarse solamente porque cambiaba el tono del color. Cuando comenzaron las persecuciones a compañeros de la facultad de sociales y resolvieron esconderse con Juan, María se llevó el cuadro, los libros y la ropa. Así, en ese orden de importancia. Todo aquello había quedado ahora en el pequeño apartamento.

Pasaban los días con sus correspondientes interrogatorios, insultos y torturas, pero María, todo el tiempo que permanecía en la celda contemplaba su mancha salvadora. Pasó la mano por un pequeño relieve y se le antojó la casa que Juan iba a construir para habitar con ella. Una casa sobre el lago, erigida en pilotes de madera, toda de cristal, un derroche de luz. Cuando llegaba la noche, María bebía de a sorbos para que el agua escasa le durara más e imaginaba que se sumergía con Juan en el lago tranquilo. Entonces, en la oscuridad absoluta de la celda, se dibujaba la luna llena, redonda e inmaculada. Luego de nadar, María ponía la mesa junto a la ventana mientras Juan calentaba el pan y abría el vino. Después de comer se dormían contando las estrellas.

Pasaban las semanas y la mancha azulada cada vez le mostraba mejor la casa del lago. Esta vez Juan había colocado dos macetones de lavandas a cada lado de la entrada, parecía que adivinaba que la celda olía mal, estaba a punto de preguntárselo pero él se acercó con las manos repletas de jazmines y le tapó la boca con un beso. Cuando abrió los ojos, la mancha le mostró las montañas azuladas y un horizonte donde el sol estaba sumergiéndose. Los gritos apagados y lejanos del torturado de turno se convirtieron para ella en palabras blandas que Juan le susurraba al oído, y el chocar de las llaves del carcelero el sonido de las copas al brindar.

Con el correr de los meses, la celda, estrechísima, se había convertido para María en un paisaje espacioso en el cual se respiraba aire puro y podía elegir cada día si acostarse a tomar sol, nadar o realizar una caminata por las montañas. Cuando las horas se estiraban, María realizaba descubrimientos en la mancha que evolucionaban en más fantasía. A pesar de la oscuridad, y sólo al tacto, María distinguió pájaros azules en la baranda del balcón. Juan había pensado en todo, unos simples comederos de bronce llenos de alpiste habían atraído a las aves, verlas una y otra vez en sus repetidos vuelos constituía una delicia superlativa. Era entonces cuando María apoyaba la espalda sobre el cemento y con los ojos cerrados investigaba nubes blancas mientras le contaba a Juan que los golpes de rutina no habían dolido tanto y, nadando un rato, los olvidaría. Inmediatamente Juan se zambullía, entonces ella se incorporaba y braceaba en el aire cada vez con mayor intensidad pensando que podría alcanzarlo a fuerza de nadar. Lo hacía hasta caer rendida nuevamente en el cemento.

Una mañana cualquiera, cuando la trajeron luego del interrogatorio y la tortura, María encontró dos soldados que aseaban la celda a pura lavandina y cepillo. Fue inútil buscar la mancha, todo el día se le fue en la tarea pero ni una huella había quedado. La celda era ahora impecablemente gris, de un tono cada vez más oscuro conforme iba anocheciendo. María se durmió en el mismo momento en que el muro se hizo negro. No volvió a despertar.

Empezar

Siempre es difícil el primer paso, ¿cómo empezar?
Se me ocurre que contando el motivo: inicio este blog porque extraño el taller de escritura creativa con el estupendo escritor peruano Jorge Eduardo Benavides.
Fue mi primera experiencia literaria por el estilo y me ha dejado una marca y una adicción: me volví cuentera.
El esquema del taller era el siguiente: Jorge nos daba una consigna cada quince días y nosotros escribíamos un relato de dos páginas. Se me hizo tan interesante que no puedo parar así que ahora, habiendo terminado el taller, se me ha ocurrido este juego de escribir relatos sobre lo que la gente me dice.
Ya sabés, seleccionaré un comentario y articularé un cuento.
Abrazos para todos y bienvenidos a mi blog.