40- Uva de marzo

Este relato está dedicado a mi amiga Lina que pintó el cuadro

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 Yo solía decir, en mi convicción más plena, que no había uva más sabrosa que la de Cafayate. Eso fue antes de la maduración de la pintura de Lina.
  Mi amiga pinta unos cuadros realistas exquisitos. En la pared más importante de nuestra casa tenemos una muestra de ello. Son unas tinajas de barro que nacieron a mi pedido. Toda la composición es de colores tierras a excepción de un racimo esmeraldino que ella agregó por su cuenta. La luz de esa pintura siempre me hechizó y suelo contemplarla por tiempos prolongados.
  Fue en marzo, noté que las uvas pintadas habían adquirido volumen, brillo y fragancia. Sin pensar estiré la mano, tomé una y la llevé a la boca. Después fue una segunda. Más tarde ya no sé. Permanecí  enajenada por la delicia de sensaciones que se producía en mi paladar mientras saboreaba sin apuro. Al mismo tiempo, sorprendida, me encontraba que otras uvas ocupaban el lugar de las que yo comía.
  “Dulces como uva de marzo”, como establece el dicho popular, y más,  el valle de Cafayate y un torrontés en cada una.

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39- Preludio para un “caniyita”

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Me doy el lujo de escribirlo como lo pronunciamos, así suena tan auténtico como este canillita que acaba de dejarme el periódico.

― ¿Sabés  que este 2 de setiembre cumplo cuarenta años de caniyita?―me dice.

Quedo yo pensando, mientras desfilan ante mí sensaciones e imágenes, bicicleta, lluvias, frío, calor, amaneceres…

―Lo de canillita viene de Florencio Sánchez, el escritor inventó la palabra ― me aclara.

Y me da un poco de vergüenza, la literata soy yo y no el diariero. Pero este es uno especial a quien el pedaleo  y  la observación  le hicieron de escuela.

― Se trataba de un chico que vendía diarios para mantener a los padres, a medida que crecía,  los pantalones le iban quedando cortos y mostraba las canillas ―continúa ilustrándome.

Entonces le pregunto cómo comenzó él y me cuenta que fue cuestión de familia. Luego pone la vista en un punto de la pared que está enfrente, parece que en ella viera lo que relata.

― Conocés cualquier cantidad de gente, está el que espera el diario en la puerta, el anónimo y el famoso, todo te trae experiencia,  el día a día ―hace una pausa y agrega― eso me gusta.

Le pone enfásis a lo último, porque,  no lo conté todavía: me ha dicho que ya no quiere ser canillita. Lo confiesa con expresión cansada, que al instante,  se ilumina de un golpe. Parece que en su interior accionaron  la perilla de un poderoso  reflector eléctrico.

―Cuando no hago reparto, me siento con el mate  y mi jilguero Pitu, le puse así por el jugador de fútbolestira las palabras unidas al ademán de acomodar la pava y los utensilios.

Hace una pausa larga. Antes de seguir me observa para asegurarse si comprendo la importancia de lo que está diciendo. Yo asiento y él remata con solemnidad:

Entonces digo: “hoy fui millonario”.

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38- Unidad

mineros 

Para el blog “Microrrelatos negro carbón”:

http://microrrelatonegrocarbon.blogspot.com.es

   Setenta días sin ver la luz. Como minero estaba acostumbrado a la oscuridad que significa penetrar en la entraña de la tierra pero, aquel derrumbamiento en la mina chilena de san José le había dado otra experiencia: la de aferrarse a la luz de la esperanza unido a sus compañeros de encierro para no desfallecer.
Mientras me lo contaba, sin aspavientos ni adjetivos, recordó el conflicto de los mineros españoles: “sí que está negro eso, ¿sabe usted si cerrarán la mina? Porque es duro el trabajo pero más duro es no tenerlo. Señorita periodista, por favor, dígales a esos que se mantengan unidos, no importa lo que suceda, juntos le encontrarán la vuelta, que sean uno.”

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37- Si lo podés soñar

balanza

 

        Este relato va dedicado a mi amiga Elisa Sarmiento, genia de la alta costura.

                  (En el mes del amigo escribiré ficciones inspiradas en mis amigas)

 

 

Elisa había nacido ciega, allá en la provincia de San Juan donde las posibilidades eran escasas. Todas las mujeres de su familia se habían dedicado a la costura. ¡¿En qué etapa de esos menesteres podría haber colaborado Elisa?! En ninguna, fue derecho al Hogar Municipal de ciegas.

Pocas fueron las visitas de sus familiares, su casa estaba a 300 kilómetros del hogar. Elisa aprendió el Braille e hizo la escuela primaria de manera sobresaliente. Su voluntad, unida a un don natural para crear amistades a pesar de la barrera que suponía la oscuridad, le abrió todas las puertas. Claro que le costó más, pero también fue el esfuerzo el que la modeló como una mujer sin miedo a quien ninguna barrera le parecía un obstáculo demasiado grande.

Así la conocí, a sus dieciocho años, cuando yo era un joven de la misma edad que se preparaba para ingresar en la Facultad de Derecho. En esa época dedicaba yo una porción semanal de mi tiempo a la Legión de María. Cada semana nos reuníamos con otros legionarios para trabajar de manera organizada. Hablar de Jesús, llevar esperanza, hacer compañía, dar apoyo espiritual y todo lo que humanamente pudiera hacer bien a enfermos, discapacitados, presos o ancianos era nuestra tarea. Le tocó a mi grupo el hogar de ciegos y mi responsabilidad individual era estar el mínimo de una hora semanal.

Fue en abril de 1978, el mismo mes en que empecé la carrera, por lo tanto le hablé a ella de mi alegría, del amor por la justicia, de la necesidad y la utilidad de las leyes.

―Ser abogada es mi sueño inalcanzable.

Elisa dijo esas pocas palabras después de mi extenso monólogo y su voz me caló los huesos.

― ¿Por qué inalcanzable? Si lo podés soñar, lo podrás hacer―repetí una frase hecha en la cual creía con firmeza en los tiempos de mi juventud.

La dije con convicción, pero, luego de mantener un interesante y jugoso diálogo, el más importante de toda mi vida, no estuve tan seguro de haber dicho una verdad. Elisa me enumeró con claridad los obstáculos que yo no veía.

Ella iba dejando caer con serenidad las palabras, su voz era de una dulzura tan firme que me llevaba como madre a un niño de la mano. El tiempo se deslizaba sin hacerse notar, yo estaba tan extasiado que no me di cuenta de que habían pasado más de dos horas cuando la celadora anunció la hora de la cena.

Todo el camino de vuelta a casa miré el paisaje como no lo había hecho antes, Elisa, sin saberlo y sin proponérselo, me había enseñado a ver más allá. Me había dado también una clase magistral sobre el esfuerzo y la constancia, valores éstos que no estaban en mi lista todavía.

Al llegar a la plaza, desierta a esa hora por el frío, me acosté en el banco de granito, ojos al cielo gris de otoño, cambiante firmamento que se expresaba con nubes haciendo sus dibujos. La tarde se hizo noche y yo lo seguía contemplando como si fuera la primera vez, como si se tratara del momento preciso en que descubría lo que era una nube y cómo se movía trazando un dibujo que me hablaba.

Lo decidí esa noche, mirando la oscuridad del cielo y se lo comuniqué al día siguiente:

―Serás abogada, lo digo yo, como que me llamo Alejandro Franco―y colocando mi libro sobre su falda agregué de manera solemne―“Introducción al Derecho” de Aftalion.

Ambos nos reímos para romper la solemnidad que había creado mi actuación y ese mismo día nos pusimos a trabajar sin pausa.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Estimado lector, no quiero aburrirte con los pormenores, pero es importante que recuerdes: “si lo podés soñar, lo podrás hacer”

―Sí, señorita, disculpe la demora, el texto para el cartel es el siguiente: <<ESTUDIO JURÍDICO / Dra. Elisa Sarmiento/ Dr. Alejandro Franco >>, sí, señorita, Sarmiento, se escribe con S, igual que el prócer.

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36- Desde la cárcel

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En la cárcel

—Deseaba tener una habitación limpia e individual, una cama muy blanca, un lavabo

resplandeciente, una mesa con una lámpara de luz suave. Pero debía matar a alguien y lo

peor es que ese alguien era mi marido—me confía con serenidad mi nueva compañera de

celda.

— ¿Estás aquí por matarlo a él, verdad?—le pregunto con ansiedad.

—Así es, mi vida con él en el rancho se había convertido en el infierno mismo—lo dice

acomodándose, y me parece que va para largo.

— ¿Dónde vivían?

—En Mendoza, cerca de las bodegas, la bendita tierra del sol y del buen vino—responde con

ironía.

— ¡Qué hermoso!— le digo mientras veo internamente las montañas enormes con los picos

nevados—yo soy de la capital, caí por traficar drogas.

Nos quedamos en silencio varios minutos, no me animo a preguntar más. Ella me clava

unos ojos desorbitados que me atemorizan en parte. Nunca compartí celda con una asesina

aunque me pregunto si matar a un marido así es un delito tan grave. Luego de dar unas

vueltas reconociendo el lugar, inicia su monólogo. No me había equivocado, ella tenía ganas

de contarme todo y yo, suficiente tiempo para escucharla.

—Los primeros años los hijos constituyeron un motivo de alegría, aquello fue antes, cuando

éramos más jóvenes y todavía el amor no se había evaporado. ¡Hasta el calor de las siestas

se sentía más suave en el rancho cuando aprovechábamos la hora de descanso para

amarnos! El tiempo hizo lo suyo, los hijos crecieron y se fueron. Quedamos solos, en ese

tiempo empezó mi calvario. Ronquidos, malos tratos, su aliento hediondo, borracheras

violentas y vómitos asquerosos en las sábanas. ¡Cuántas noches lo dejé solo durmiendo en

su propia inmundicia!

Mi nueva compañera vuelve a clavarme los ojos, parece que vigila mi expresión y sigue.

—Fue una de esas veces, en que, acostada sobre la tierra en el silencio hondo de una noche

sin luna tomé la decisión. Me imaginé sola en el rancho, durmiendo sobre las sábanas limpias

en un ambiente fresco y perfumado.

Mientras lo dice acaricia con cariño una cama imaginaria, se ausenta su mirada y toda su

cara es una mueca de ensueño. De repente cambia la voz, no me habla a mí sino a sí misma.

—O, tal vez, ¿quién te dice Beatriz? Quizá venga otro a ocupar su lugar. Uno que no se

pierda bebiendo. Seguramente, durante la próxima cosecha serán, como siempre, muchos los

que vengan. Vendrán jóvenes y fuertes, por la noche cansados del trabajo, ansiando también

compartir una cama limpia. ¿Y el boticario del pueblo, Beti? ¿Te agrada él? Fue muy amable

cuando le pediste consejo para matar a las culebras. ¿Pero ahora lo odias mucho, verdad?

¿Cuál es tu sensación más fuerte? ¿Beti, no quieres decírmelo? ¿Lo sabes o no? Te había

gustado el boticario, ¿verdad? Y estaba solo, te lo dijo varias veces.

Beatriz, ahora sé su nombre, vuelve a hacer una pausa, retorna a su tono anterior y continúa

la historia como si otra mujer que llevara dentro la hubiera interrumpido para pedirle una

aclaración sobre algo para lo que no tenía respuesta.

—Me levanté al clarear, justo con el primer rayo de sol, y comencé las tareas de todos los

días. Bombear el agua, dar de comer a los animales, ordeñar la vaca y despertar al Julio. No

sin protestar, él se levantó, se aseó, se alimentó sin articular palabra, montó su caballo y

partió. Cuando desapareció de mi vista tragado por el polvo, comencé a celebrar

interiormente. Me puse la ropa de domingo y me encaminé hacia el pueblo. El boticario me

estaba esperando para cerrar nuestro trato. Acicalado y perfumado, parecía joven, me

condujo hacia la habitación del fondo. “Unos gramitos de estricnina y molestia resuelta, sea

reptante o con dos patas.” Cuando lo dijo, temblé, pensé que adivinaba mis intenciones,

¿presentía, acaso, que yo no buscaba matar culebras? Seguro bromeaba, se encontraba

contento de que me acostara con él a cambio de un poco de veneno. Yo disfruté mucho,

resultó un amante inolvidable, sentí que se me suavizaba la piel entre sus manos delicadas,

me hizo volar de placer. Y ¡sus sábanas! Limpias, blanquísimas y el lavabo resplandeciente y

la mesa con la lámpara de luz suave y ¡un jarrón repleto de rosas frescas! Todo eso

compraría yo cuando cobrara el seguro por la muerte de mi marido. Nos vestimos, me entregó

el veneno de nombre difícil y volví al rancho. Con el último rayo de sol, el Julio volvió a casa.

Yo lo esperaba con el vaso de gaseosa, la de siempre, sólo que le había puesto el veneno.

Me quedé observando, sin tristeza ni remordimiento, me gustaba verlo y saber que bebía por

última vez.

Beatriz hace una pausa larga, gestos, sonidos y mímica de quien bebe a sorbos grandes,

repite que sólo quería unas sábanas blancas y una mesa con luz suave, baila la frase

mientras canturrea con ritmo afligido. Después me empuja violentamente contra la pared,

comienza a golpearme, clava sus ojos como puñales en los míos, sus uñas lastiman mi cuello

y me amenaza.

—Prométeme—me grita—prométeme que me ayudarás a apuñalar al soplón del boticario que

apareció con la policía en el rancho justo en el momento en que yo desaparecía al Julio.

Este relato mío está incluído en

“Consignas para escritores” de Jorge Eduardo Benavides

cuya fotografía está arriba del texto.

Realizar el taller online que se transformó en libro

fue una experiencia

plena de riqueza.

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35- Con “F” de Franco

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Este relato es para Franco.

 

Después de años de conducir su Ford Falcon, el señor Farías Fernández se quedó sin su vehículo como resultado  de una triste circunstancia que no deseamos  relatar.

Este hecho originó que se viera obligado a utilizar el transporte público. Lo que pasaremos a contarles ocurrió la primera vez  en que viajó al centro de la ciudad a bordo de un colectivo.

No es que Farías Fernández  fuera un hombre de escasas luces y habilidades, tampoco era de aquellos que  salen a la calle sin preparación, pero se sentía raro, por eso se preocupaba de hacer estrictamente lo que su familia le había indicado así que se detuvo en la esquina señalada con la tarjeta magnética en su mano.

Al cabo de cinco minutos vio venir un colectivo. Agudizó la vista, y cuando estuvo bien seguro de que era el 67, le hizo señas para que se detuviera y subió con gusto saboreando la alegría de ver asientos libres, detalle de importancia en un viaje de más de una hora.

̶ Hasta el obelisco ̶   le anunció al chofer mientras lanzaba una mirada rápida a su alrededor.

Enorme satisfacción le produjo ver un aparato grande y cuadrado que ostentaba una ranura donde intentó, sin éxito, colocar la plástica tarjeta. ¿Acaso no le habían explicado que la tarjetita servía para abonar el costo del pasaje? Farías Fernández no había conocido la máquina de monedas, como conductor de su propio auto nunca había sacado un boleto con monedas ni experimentado la amarga sensación de no conseguirlas.

Todavía estaba probando cuando el conductor ya estaba en la siguiente parada, y comenzaron a subir los niños que salían de la escuela.  La fila de guardapolvos blancos lo pasó cual viento zonda.  Farías Fernández quedó petrificado. Observaba la rapidez con que subían al colectivo y la naturalidad con la que acercaban sus tarjetas a un pequeño dispositivo  ovaladito, insulso y pueril. Uno tras otro pasaron todos por delante de ese ojo. Sí, ese adminículo rojizo constituía  una especie de ojo biónico que leía las tarjetas y emitía luz y sonido ante cada una de ellas. Algo parecido había visto en la tele en películas de marcianos.

Farías Fernández había pasado delante del pequeño artefacto sin divisarlo, ahora se sentía ridículo, dudaba entre deslizarse al fondo o volver sobre sus pasos para pagar el viaje. Su vacilación vivió un segundo porque enseguida se encontró con los ojos del chofer que lo controlaban desde el espejo.

Cuando terminaron de circular los niños,  acercó su propia tarjeta con cuidado, casi con temblor.  El reflejo de luz que le mostraba le daba la sensación que podría darle una descarga eléctrica. Luego notó que mostraba un mensaje escrito. Se puso los lentes y acercó su cara, allí se enteró de que la esfera le informaba su saldo. Farías Fernández esperaba. Sus ojos recorrían los círculos concéntricos del artilugio mágico, buscaban y deseaban que volviera encenderse la luz o el sonido hablara o, en última instancia, que, desde algún orificio saliera su boleto. Hizo tiempo en vano, porque lo que esperaba nunca pasaría, no se trataba de las antiguas expendedoras que él había usado antaño.

El chofer se detuvo en la siguiente parada y Farías Fernández fue empujado hacia el interior del colectivo por nuevos pasajeros que, de manera automática y sin ver, apoyaban sus tarjetas. Ya dentro, comprobó que los niños habían ocupado todos los asientos y también el pasillo.

̶ Mirá ̶   le dijo el que tenía delante mostrándole un dibujo como dos garabatos.

̶ ¡Qué bonitos! ̶  le salió responder.

̶ Bonita querrás decir, la seño es bonita pero la profe de música es muy fea, además es mala. Pero cómo te ibas a dar cuenta vos que ni sabés sacar el boleto. Yo te vi, pero no importa, ya aprendiste. Ahora te voy a mostrar un dibujo más difícil.

El niño sacó otro papel muy dobladito que tenía y le mostró una letra F grandota, bien coloreada y rodeada de papelitos brillantes.

̶ La letra F ̶   exclamó Farías Fernández haciendo gala de sus conocimientos.

̶ Sí, la F de Franco, yo me llamo Franco y voy a tener un hermanito que se llamará Federico.

̶ Vaya casualidad ̶  le dijo nuestro héroe, y ya que estaban de presentaciones, agregó destacando las efes en su pronunciación ̶  yo me llamo Fidel Farías Fernández.

̶ Ya me parecía ̶  dijo el niño con la expresión de quien ha corrido el velo de un misterio.

̶  ¿Qué te parecía? ̶  preguntó con inocencia Farías Fernández.

̶ Que te llamabas con F, si no sabés sacar el boleto, menos vas a saber leer, pero no te preocupes podrás aprender.

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34-Viajes

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Algunas piedras pequeñas tienen destinos grandes.

Esta es la historia de un guijarro redondo negro que realizó millones de giros entre la espuma del mar y la arena. No se sabe a ciencia cierta si lo modeló el tiempo o la corriente pero cuando arribó a la playa, y se convirtió en adorno de castillo de arena, sonrió su suavidad de piedra zarandeada.

Un niño lo levantó y lo colocó en su balde plástico que estaba lleno del agua cristalina del mar. Con extrema delicadeza lo situó en la parte más alta de la frágil torre que acababa de levantar. Allí, se posaron las miradas de los ocasionales caminantes.

Cayó la tarde con su misterio de brillos que mueren y la playa quedó solitaria.  Mirta guardó la piedra entre las palas y los moldes plásticos de su hijo.

Al día siguiente, mientras hacía su caminata por el pinar,  supo del proyecto: el  mural de Malvinas.

Y ahí está, el guijarro pequeño en una obra enorme, representando un trozo de tierra que emerge del magnífico Mar Argentino.

 

Esto no es cuento, es una obra que se emplazará en la Avda 10, en el partido de Villa Gesell(Pcia de Buenos Aires), y que se ha realizado con el aporte de muchas personas.

Ahí va otra fotografía:

 

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Fuente de la fotografía: el facebook del Taller Municipal de Cerámica de Villa Gesell (hay un montón)

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Amor de dragón (Gustavo Roldán)

Hoy ha fallecido Gustavo,

pero sus dragones y todos los personajes de sus preciosos relatos

están vivitos y coleando,

¡gracias a Dios!

 

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Cuando los dragones se aman se desatan los maremotos, los volcanes lanzan un fuego endemoniado y los huracanes largan una furia que hace pensar que ha llegado el fin del mundo. Por eso a veces, para amarse sin molestar a nadie, vuelan hasta el cielo más alto, donde las estrellas casi están al alcance de la mano.

Y los dragones creen que el mundo queda en calma. pero se equivocan. Entonces caen rayos y centellas, el cielo parece desplomarse con truenos aterradores, las estrellas fugaces y los cometas de largas colas luminosas corren de un lado para el otro sembrando el pavor, y los tornados enfurecidos se tragan medio mundo.

O la luna o el sol parecen borrarse lentamente en el cielo y todos dicen que hay un eclipse, dando minuciosas explicaciones de cómo la tierra se coloca entre el sol y la luna o la luna delante del sol y etcétera etcétera.

Vanas explicaciones. Las dicen los que nunca miran bien. Si mirasen bien verían claramente la figura de dos dragones que se aman y que van tapando la luz de los astros según se acerquen o se alejen.

Cada vez que alguien piense que está llegando el fin del mundo sólo tiene que abrir los ojos de mirar bien. Los ojos grandes de mirar lejos. Y no creer en tonteras. Pero eso no es nada fácil.


  

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33-Un diario con futuro

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“En sus manos… ¡el primer periódico perfumado del mundo!  Gentileza de Casa GOOBI.” Anuncia la tapa. Me pregunto si será verdad u otra exageración argentina de las tantas.

Es el diario de mi barrio, el mismo que cada mes me trae los principales acontecimientos y bastante de nostalgia del pasado que brota en fotografía y palabras.

“Siempre hay proyectos e ilusiones para seguir bregando” Leo la editorial y la comparto, frase a frase.

“Amigos, vecinos, instituciones y comerciantes se suman al compromiso de estar al servicio de la comunidad” Es cierto, ahí nomás,  en la misma página, cirugía de cataratas, clases de batería, grafología y yoga vital.

“La gente, los vecinos, esperan cada mes, la llegada de nuestro periódico, que es hoy por hoy, patrimonio de cada habitante de Villa Martelli” y también es cierto.

La editorial es breve, una simple bienvenida al nuevo año periodístico, cálida y con fotografía acorde al tono: una mano que empuña antigua pluma,  de las que se bañaban en el tintero para que pudieran regalar una letra.

La fotografía me da la sensación de haberla visto otra vez, vuelvo a la portada para buscar la fecha: Marzo 2020. Leo y releo. Sonrío, error de imprenta debe ser.

Me levanto, camino hacia la cocina para prepararme el desayuno y no encuentro mi tazón verde. ¿Cómo voy a hallarlo si estos no son mis antiguos muebles?  Una nota escrita con caligrafía infantil descansa sobre la mesa: “Abuela, te quiero, 12 de marzo de 2020”

Estoy repasando las cifras cuando me sobresalta el teléfono. Un  aparato pequeño que yo no sabía que poseía,  pura pantalla que está cerca del dibujo con la nota. Aparece en el telefono la cara de una niña pequeña, igualita a mi hija mayor. Atiendo sin comprender.

“Abuela, dice mi mamá que esta noche vamos a comer pizza, ¿me hacés con jamón y huevo para mí?” “Abuela, contéstame” “¿Me oís?”

No puedo responder, soy un tsunami de interrogantes que dan vuelta en mi cabeza.

Teléfono en mano salgo al patio. Mis plantas, mi jardín, son diferentes.

“Abuela, con el huevo picado, ¿me oís?”

Y me miro las manos con manchas claras ¿desde cuándo?, y releo la portada del diario, “Marzo 2020” y aparece mi hija en la pantalla, cambiada, aún más linda que antes.  No es la chiquita, ni la adolescente rebelde, ni la recién graduada con crisis de vocación. El tsunami se aplaca mirando sus ojos serenos.

“Mamá ¿te pasa algo? Pensábamos ir a tu casa, si te sentís mal cocino yo”

Le respondo que no, que fue seguramente, porque todavía estoy algo dormida, ya sabe que me encanta que vengan.  

Recorro la casa y las muestras del cambio son cuantiosas, debo haber pasado por el túnel del tiempo, la tele fina como un papel adherido a la pared, me muestra imágenes de aero-autos semejantes a los que veía en la serie animada “Los supersónicos” durante mi niñez, allá por los sesenta donde aquello parecía irreal.

Veo sobre mi escritorio una computadora  tan delgada como la tele, está abierta la versión online de “El Martelliano”.  ¡Qué gracia! Ayer nomás me parece que estuve hablando con su director sobre la importancia de aparecer en la red.  Con unos leves toques en la pantalla táctil recorro las páginas colmadas de historias de emprendedores exitosos de nuestro barrio.   Miro detenidamente la fotografía de mi último libro publicado. Yo  pensaba  que, en un futuro cercano, sólo los textos muy valiosos se editarían en papel, ¡y ahí estaban mis ejemplares en la biblioteca!

Finalmente me preparo un té y termino de leer la editorial del diario.

“Donde soñar e ir cumpliendo de a poco esos sueños es un privilegio para todos nosotros.” Lo doblo con cuidado y me voy a amasar la pizza para mis nietos.

 

Dedicado a Hugo Daniel Pane

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32-El concurso

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La mujer preparó el desayuno para la familia como cada mañana, hizo la caminata con sus amigas, calentó agua para el mate y encendió la radio.

-No debo olvidarme de llamar por teléfono y ganar las viandas, no cocinaré por una semana, bueno no tanto, catorce viandas no alcanzan ni para tres días, Maxi las pedirá para llevárselas al banco, podría pedir que me manden quince, múlt …iplo de cinco, las repartiremos equitativamente. No, no, si las gano yo iré a la nutricionista, me las quedaré para mí, quizá no vuelvan a hablar más de mi panza. Que mamá tiene que adelgazar, que no, que mamá está grande y ya no necesita, que sí, que no puede tener esa panza, debe hacer abdominales, eso tiene que hacer…

La mujer escuchó que anunciaban a un médico que hablaría sobre las adicciones.

 

- ¿Seré adicta a la radio? No, no es mi caso, puedo renunciar en cualquier momento, puedo sobrevivir perfectamente, no es el caso del tabaco, ni del juego, ¿lo mío no es un juego? ¿Qué haría si no gano las viandas? ¿Te acordás de la mujer que se suicidó en el baño del casino de Tigre?

Jaja, la mujer sonrió interiormente, amaba la vida y era optimista. Salió a hacer unas compras con la radio encendida en la cartera, eligió un pollo y algunos vegetales. Pagó rápidamente, cargó todo en su bicicleta al tiempo que intentaba sacarle la cadena de seguridad, ¡no se acordaba la clave!

 

-Lo mío no son los números, siempre lo dije, ¿por qué no le pondrán letras a estos adminículos? Los convertiría en palabras y podría recordarlos. ¡Ay! ¡Qué manera de transpirar esta mañana de enero! Y ahora voy a encender el horno, debí seleccionar otra forma de cocción, a la cacerola por ejemplo, no, que me dará más trabajo. ¿Por qué no le pondrán letras?

La mujer escuchó al locutor hacer las preguntas, ¿las polillas se comen la ropa? ¿cuál es el número de la camiseta de Ginobili?

 

-Números, ¿para qué se habrán creado los números?, por suerte no me han tocado preguntas con números. Ay! Pero esta chica puede ganarme,,,, No, no sería justo, ya me sucedió en el anterior concurso por la botella de chocolate,,,, y que la cerveza tiene las mismas calorías que un plato de ravioles, ¿y los dos juntos? Porque ella no comería ravioles con agua, y este médico hablando de la adicción a la cerveza…. Bueno, al menos no estoy en esa categoría, prefiero el vino, sí, en la mesa no puede faltar el pan y el vino, por más viandas de Miriam Mazzei que me gane. Pero si no las gano, alguna medida deberé tomar.

La mujer logró liberar su bicicleta y volvió a la casa tramando un plan, y es muy astuta.

 

 

Este relato se lo dedico a Miriam, excelente chef y mejor persona.

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