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MEMORIA

Jóvenes pinceles en femenino

Un total de 260 alumnos de 2º y 4º de ESO del Centro de Educación Secundaria San José de Málaga han reivindicado la figura de 19 pintoras de distintas épocas a través de la interpretación de 75 cuadros

CRISTINA FERNÁNDEZ / MÁLAGA | ACTUALIZADO 31.05.2009 – 01:00

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'Retrato Remedios Varo'.

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Como son muchos no hay lugar en el artículo para nombrarlos a todos, pero cada uno de los alumnos de 2º y 4º de ESO del CES San José, un total de 260, se pueden sentir orgullosos de haber realizado verdaderas obras de arte a través de la interpretación de 75 piezas firmadas por 19 pintoras de distintas épocas históricas. Dentro del proyecto Historia; Femenino Singular, chicos de entre 13 y 16 años han sacado a la luz la creación de muchas artistas que tuvieron relevancia en su época pero que han sido olvidadas por la memoria histórica. Desde el pasado día 22 y hasta el 7 de junio sus trabajos estarán colgados en la Sala Antequera del Centro Cívico. 

La profesora Lola Sánchez, del Área de Educación Plástica y Visual, ha sido la responsable de esta iniciativa totalmente participativa. “Nombré a ocho jefes de grupo, los que mejor dibujaban, y el resto ha aportado su trabajo en aspectos menos difíciles”, comenta la tutora que tuvo que conducir a muchos a la hora de “traducir lo que ven a formas planas”. Han trabajado en acrílico sobre tablex en un tamaño de 50×70. En internet buscaron las autoras que Sánchez había seleccionado y los propios estudiantes eligieron los cuadros que iban a reproducir, además de buscar sus biografías. De todas ellas han hecho un autorretrato. 

“A todos les ha motivado la actividad, incluso a los que menos les gustaba la clase, y la clave ha sido que se les ha valorado públicamente su trabajo”, afirma Lola Sánchez, que sostiene que “todo el mundo puede dibujar y pintar bien si se enseña adecuadamente”. Tanto para la profesora como para José Cruces, director del centro, el proyecto tiene como valor añadido que las pinceladas de los chicos “están fuera de los vicios y prejuicios que pueden tener pintores academicistas”. 

En estos cuadros, muchos con un toque naif aunque llenos de libertad, sus autores han tenido que enfrentarse con la perspectiva, las sombras, las expresiones faciales y la representación del espacio. Y con su dedicación han vuelto a la vida a Remedios Varo, una pintora española emigrada a México, de estilo surrealita y una perfecta desconocida aquí, a Artemisia Gentileschi, Sofonisba de Anguissola, Anna K. Ancher, María Bashkirtseva, Joanna Boyce, Rosalba Carriera, Tamara de Lempicka, Lavinia Fontana, Gozales, Frida Kahlo, Le Brun, Judith Leyster, Berthe Morisot, Elisabetta Sirani, Marie Stillman, Leonor Fini, Leonora Carrington y Angelica Kauffman.

Marta Ramírez tiene 15 años y ha realizado junto a Sergio Marfil la réplica de Judith y su sirvienta con la cabeza de Holofermes, una pieza de Artemisia Gentileschi. La autora nació en Roma a finales del XVI, a los 16 años firmó su primera obra y fue la primera mujer en ingresar en la Accademia del Disegno de Florencia. “Primero hicimos los bocetos y dividimos en recuadros para pasar a un tamaño mayor”, comenta Marta. Para ella las manos y las sombras fueron lo más complicado. 

Una vez terminada la obra no se imaginaron que el proyecto iba a tomar tanta dimensión. Junta, Ayuntamiento y Diputación han colaborado en este programa y los chicos pueden ver sus cuadros colgados como verdaderos artistas. La iniciativa seguirá recuperando en cursos sucesivos la creación femenina.

FUENTE: malagahoy.es

Mujer ánima y pájaro azul

Amar de un modo extravagante como pueden amar los grandes artistas implica, a veces, que uno de los integrantes de la pareja permanezca para siempre niño y un día sea engullido por el otro. Por suerte, la vida con su fuerza de realización, evolución y cambio nos pide que ampliemos la vivienda  e incorporemos una habitación para el niño/niña, otra para el adulto/la adulta y otra para el padre/la madre. El niño/niña se juega y se equivoca, el adulto/la adulta observa y el padre/la madre limita. Error, observación y ley permiten una vida más amable, alegre y vital. Hace alrededor de siete años, leí una novela corta de la escritora mejicana Elena Poniatowska: Querido Diego, te abraza Quiela. El relato de lo que podríamos llamar un amor extravagante, en el sentido de ilusorio más que de extraordinario. Y estas fueron las palabras que me despertó aquella lectura:


El de Quiela más que un sobrenombre es una pregunta en francés que torpemente se traduce a una grafía en español: Qui é lá? Un sobrenombre con el que un desesperado bautizó a su tabla de salvación, su cielo, su otro. Diego Rivera llamó así a la mujer que lo acompañó durante 10 años durante su exilio en Francia. Ese salvaje mejicano enorme y llamativo encontró la mano de una mujer que lo guió en los primeros pasos de su carrera artística, casi como una madre. Mujer-madre, en el sentido junguiano mujer-ánima, Quiela es lo que se podría considerar una mujer-alma.Angelina Beloff era también una promesa en sus años de juventud en Rusia. Luego de ser abandonada por Rivera, eligió el camino del arte con todas sus consecuencias: “la pobreza, las aflicciones y una cuota de manutención que le llegaba puntualmente del que fuera su marido de hecho”

Seguramente, no importaba a Diego llegar a saber quién era esa mujer que estaba a su lado, una mujer que le dio todo sin pedir nada, sumida en un sueño amoroso que le permitió tolerar los dolores más terribles – cabe mencionar  la pérdida de su bebé en un invierno cruelmente frío. Como una estoica, Angelina soportó la muerte de su hijo con una fuerza desconocida para ella misma.  Azul, un pájaro azul era ella para Diego. Azul, el color del cielo, también del espíritu, lo es también del alma y del pensamiento. El más profundo de todos los colores. Significó un enorme esfuerzo para Angelina resurgir de esa profundidad. Esa mujer inmaterial donde ese hombre pudo hundirse como en un suelo líquido sin encontrar obstáculo debió recuperarse de su distancia y reencontrarse en sí misma, despojada de su sueño, de su ilusión. Angelina por Diego prefirió ser el pájaro azul, el pájaro de la felicidad y no una mujer real, de carne y hueso, esa que hace sombra en su andar y puede experimentar su sombra.Angelina, mujer-pájaro, mujer-ángel, mujer sin cuerpo un día perdió su forma. Inmaterial hasta que Diego la abandonó. Sus alas se quebraron en el momento en que cedió espacio hasta perderse en un rol pobre y deslucido. Ceder hasta resignarse a la palabra melancólica de quien ha elegido un destino de convaleciente en un mundo fragmentado en que también el sueño se ha perdido. Angelina un ser nacido para la ligereza y el vuelo se aferra a la tierra con uñas y dientes como al fantasma de Diego. La guerra es la única salida de lo que se ha convertido en una trampa. Quiela es una mujer rota que merece un lugar en el mundo. Quiela espera la palabra  de aquél a quien tan fielmente amó. Quiela abraza en sus cartas a Diego, porque su recuerdo es todo lo que tiene de sí misma, todo lo que ha defendido: el tesón, el trabajo y la capacidad de subsistencia. Y en esa elección ha perdido la garra de una madre alegre y amorosa y su destino de mujer, mujer entera – como se dice a sí misma la protagonista de la película de Win Wenders Las alas del deseo. Mujer, sola y entera. Entera porque observa y, en ese acto, conoce e integra. Vibra con el color de su paleta que la acerca a su cosmicidad. Porque Quiela en el trayecto de aceptación de su destino despliega con hondura la metáfora surreal cuyo germen habitaba en la generación de artistas que frecuentaba. Quiela es la mujer-ánima, mujer-sueño que logró realizarse en su camino de autoconocimiento y de transformación.

En el caso de esta publicidad el mito de Pigmalión está reelaborado, aunque no pierde su potente significación.

Pigmalión y Galatea



 

El  amor a una estatua
 
Pigmalión
Desprecié a la mujer, fui intolerante 
De su actitud ingrata y presumida, 
Y decidí vivir solo mi vida 
Sin compartir su espíritu ignorante.
De mi cincel surgió, bella y radiante, 
Una doncella en el marfil dormida, 
Despertando en el alma estremecida 
La fiebre y los deseos del amante.
Mis manos la crearon tan hermosa 
Que en mi mente no fue ya una escultura, 
Sino obsesión intensa y luminosa.
Ante los dioses traje mi amargura, 
Rogando me la dieran por esposa, 
Y al punto cobró vida su figura.
Los Angeles, 27 de Agosto de 1997 
  
 
 
  
 

 
  
 

                                   Entonces el escultor Pigmalión se arrodillo y pidió a Venus:  “A vosotros ¡oh dioses!, a quienes todo es posible os suplico que me deis por esposa” –no se atrevió a decir mi virgen de marfil- “una doncella que se parezca a mi virgen de marfil.
Pigmalión
El amor a una estatua
Era de Chipre el escultor Pigmalión, artista que no gustaba de las mujeres porque, según consideraba, éstas eran imperfectas y pasibles de muchas críticas. Y tan convencido estaba del acierto de su opinión que resolvió no casarse nunca y pasar el resto de su vida sin compañía femenina. 
Pero, como no soportaba la completa soledad, el artista chipriota esculpió una estatua de marfil tan bella y perfecta como –según juzgaba_ ninguna mujer verdadera podría serlo. Y, de tanto admirar su propia obra, acabó enamorándose de ella. le llegó a comprar las más bellas ropas, joyas y flores: los regalos mas caros. Todos los días pasaba horas y horas contemplándola, y, 
de cuando en cuando, besaba tiernamente los labios f ríos e inmóviles. Tal vez hubiera vivido hasta el fin de sus días ese amor silencioso, de no ser por la intervención de Venus. Pues la diosa era objeto de intenso culto en la isla donde vivía Pigmalión. En su homenaje se celebraban las más pomposas ceremonias y los más ricos sacrificios, y su templo de Pafos, por ejemplo era el más importante de los santuarios venusinos de todo el mundo helénico. 
En una de esas fiestas, según cuenta el poeta Ovidio, el escultor estuvo presente. También ofreció sacrificios y elevó al cielo sus ardorosas suplicas: “A vosotros ¡oh dioses!, a quienes todo es posible os suplico que me deis por esposa” –no se atrevió a decir mi virgen de marfil- “una doncella que se parezca a mi virgen de marfil. 
 

             Venus da vida a la estatua de marfil

Atenta , la diosa del amor escuchó el pedido, y para mostrar a Pigmalión que estaba dispuesta a atenderlo, hizo elevar la llama del altar del escultor tres veces más alto que las de los otros altares. pero el infeliz artista no comprendió el significado de la señal. 
salió del santuario y, entristecido, tomó el camino de su casa. Al llegar, fue a contemplar de nuevo la estatua perfecta. Y después de horas y horas de muda contemplación la besó en los labios. Tuvo entonces una sorpresa: en vez de frío marfil, encontró una piel suave y una boca ardiente. A un nuevo beso, la estatua despertó y adquirió vida, transformándose en una bella mujer real que se enamoró perdidamente del creador. 
Para completar la felicidad del artista, Venus propició la unión y le garantizó la fertilidad. Del casamiento nació un hijo, Pafo, que tuvo la dicha de legar su nombre a la ciudad, consagrada a la diosa, que había nacido alrededor del santuario dedicado al numen de la atracción universal. 

 

¡Hermoso trabajo de una surrealista aún viva!

¡Es tiempo de despertar!


Acerca del “miedo-síntoma”

La mujer, su marido, su amante y su mamá

El caso de la mujer que temía separarse de su marido hace presente la cuestión del “miedo-síntoma”, que no es exactamente una fobia pero tampoco es un miedo cualquiera.

Por Carlos D. Pérez *
http://www.pagina12.com.ar/fotos/20090409/notas/na37fo01.jpg

Casada hace unos cuantos años, Carol trae una y otra vez a sus sesiones de análisis el dilema de la separación de su marido. Dice haber llegado sin amor al casamiento pero encontrando en él una posibilidad de tomar distancia de sus padres. El padre la llamaba “mi princesita” y ella correspondía con una idealización que apenas disimulaba su inconsistencia. Por la madre, en cambio, siempre sintió un intenso amor-odio; esa madre, ejerciendo sobre Carol una fascinante tiranía, vivió a través de ella una segunda juventud. Si acompañaba a la hija a comprarse una minifalda, en algún momento salía del probador luciendo la más llamativa, concitando los elogios de las vendedoras. Si paseaban juntas, era ella quien solía recibir los piropos. Tal vez Carol no tuvo debidamente en cuenta que, no bien conoció a Darío, la madre lo aprobó como candidato, del mismo modo como había denostado a otros, salvo a un enjuto abogado con el que no prosperó la relación.

Llegó el casamiento, llegaron los hijos y el matrimonio adquirió solidez, sobre todo merced a un fuerte cruce de poderes: Darío, exitoso administrador de empresas con intereses en la Bolsa, le hacía sentir que era el dueño del dinero; él decidía qué compras hacer –ya fuese una casa, un automóvil o el empapelado de las paredes– y manejaba con cuentagotas el dinero del que ella podía disponer. Carol, sabedora de que el marido admiraba su belleza y era proclive a lucirse con ella en reuniones sociales, dosificaba con celo negativo los favores de entrepierna. Desde sus respectivos feudos, Darío y Carol vieron pasar los años sin ceder territorio, en un tiempo en suspenso que, por falta de transcurso, tampoco alcanzaba a despertar de su insomnio persistente.

Tal vez por efecto del análisis o incentivada por alguna extravagancia no marital, Carol comenzó a descubrirse imaginando que su vida podría cambiar y se dejó guiar por distraídas fantasías que terminaron forjando la determinación de separarse. Entonces sintió un segundo efecto del poder de Darío. Las ocurrencias de Carol solían pasar por temas trajinados en sesión: que si ella condescendía con los reclamos de Darío y una noche cogían, a la mañana siguiente encontraba generosos billetes en la mesa de luz. ¿Era ella, acaso, una prostituta? Casi, pero legalizada. Y allí la pregunta crucial: ¿Y si se separaban? Entonces aparecía el miedo. Sin Darío quedaría desamparada, en una impensable indigencia. Y el augurio nefasto se agigantaba, volviéndose más terrible cuanto más acentuaba el aspecto negativo, la absurda imagen de lo inimaginable. Perdería la casa, tal vez los hijos quisieran irse con el padre si él los ponía al tanto de su infidelidad. Como hábil neurótica, Carol había logrado que él se enterase, olvidando algún papelito con número telefónico y nombre cifrado en el mismo cajón donde él acostumbraba dejarle dinero o guardando otro con las palabras encendidas del amante en la cartera que llevaba la noche en que, pretextando una cena con amigas, volvió de madrugada. En fin, pistas que aseguraban el extravío y advertían al celoso Darío que debía tomar cartas en el juego de las escondidas.

No, no podía ser, se decía Carol, arrasada por el miedo: quedaría desprovista de todo amparo, quedaría en la calle. Mi oreja freudiana escuchó ese “en la calle” como que se convertiría en una “mujer de la calle”, condenada por su desvarío. Entendí ratificada la aseveración de Freud acerca de que la agorafobia femenina suele ser una revuelta contra la tentación de ser puta. Que una cosa era prostituirse módicamente con Darío, intercambiando sexo por dinero, y otra quedar expuesta a “los hombres”, esos que solían dedicarle palabras poco inspiradas cuando salía a pasear con minifalda y sin madre.

Pero de comprobar la validez de la afirmación freudiana a conseguir algún resultado interpretativo había mucha distancia. Carol permanecía, gracias a las esporádicas infidelidades, fiel a su marido, instalada en el espanto de las consecuencias de la separación. Fijada en este punto, el tiempo del almanaque siguió corriendo y llegó una de las periódicas crisis económicas que la ley del libre mercado –llamémosla así– deparó al país. Los emprendimientos de Darío se desmoronaron como castillo de naipes, y del esplendor pasó a llenarse de deudas. Faltó dinero para saldar las cuotas de la hipoteca de la casa del country, se acumularon los períodos impagos del costoso colegio de los hijos, la heladera se convirtió en patética evidencia de la penuria. Carol buscó trabajo y lo obtuvo como vendedora en la casa de ropas donde solía comprar minifaldas, y se fue transformando en sostén de la casa. Los hijos les hacían airados reclamos a Darío y Carol, sin entender que esos padres, que los habían colocado en el mejor de los colegios, ahora les hicieran perder su condición inscribiéndolos en institutos de poca monta.

¿Y el miedo de Carol a la separación? He aquí el tema. Absurdamente, a pesar de que las cuotas del gas, de la luz o la televisión por cable fueran pagadas por ella, siguió pensando que si se separaba, ahora de un marido insolvente, quedaría condenada al desamparo. En esto, nada se había alterado.

En un comienzo, el miedo parecía señalar una consecuencia lógica de su acto, pero el paso del tiempo desnudó otra lógica, de validez inconsciente. Faltando los elementos de la supuesta realidad en la que el miedo fundaba sus pronósticos, éste persistía con mayor énfasis. Importa advertir lo siguiente: el miedo anuncia que, de atrevernos a un acto transgresivo, sucederá algo nefasto. Augurando una consecuencia, el miedo coloca en el a posteriori lo que es puro a priori; de este modo tiende a cancelar el acto en ciernes. No es posible conocer de antemano el después del acto, porque ese acto necesariamente altera los fundamentos de lo dado previamente. El desamparo temido por Carol no era otra cosa que la falta de resguardo en la extensa negociación donde cada uno administraba sus impotentes poderes.

Si produzco este oxímoron es porque esta forma de imaginar el poder sólo expresa impotencia. Habituados como estamos a deslizar el poder hacia su caricatura autoritaria, tendemos a asimilarlo con cierta disponibilidad arbitraria sobre personas o cosas. Las respectivas encerronas de Carol y de Darío son prueba de ello, como si fuese equivalente conjugar los verbos “poder” y “poseer”. Ciertas palabras, como “dueño”, lo sugieren, aunque tengan origen diverso. El “don” de alguien es menos algo concreto que una cualidad, y el “duende” –de donde proviene– un espíritu juguetón que solía habitar lugares o casas. Ausente de la casa de Carol y Darío cualquier atisbo juguetón que aliente al duende, cada uno creyó adueñarse a su manera del poder en la casa. El impulso de Carol a separarse es un intento de alcanzar alguna forma de libertad que destrabe el cancel de la impotencia.

La sabiduría popular dice que el miedo es mal consejero. Es así, pero no porque presagie algo falso o que no pueda ocurrir, sino porque el miedo tiende, con sus presagios, a escamotear el acto mismo. ¿El miedo es un síntoma? Lo es en caso de que logre el objetivo de suspender indefinidamente el acto en cuestión paralizando al sujeto. Otras veces uno sabe que debe atravesar el miedo para lograr la valentía. ¿Es el miedo-síntoma la expresión disimulada de una fobia? Interesante pregunta. En su revisión clínica de 1925, Inhibición, síntoma y angustia, Freud alude una y otra vez al “miedo angustioso de la fobia”, tendiendo puentes entre estas tres nociones en su común espanto ante la castración, el articulador que despeja en ese momento para la clínica. Difícil concepto que mantiene un despertar en suspenso, un tiempo de despertar cuya condición es animarse a entrever lo que no es, lo que no se es. Al reconsiderar el “caso Juanito”, Freud se pregunta por qué su miedo angustioso configuraba una fobia y no una comprensible reacción afectiva; de modo más sencillo de lo que podría suponerse –Freud es sencillo de leer y difícil de estudiar–, responde que se trata de una fobia, porque el énfasis del conflicto se desvirtúa al viajar por desplazamiento desde la figura parental hacia el caballo como objeto que despierta angustia.

¿Qué sucede en el miedo-síntoma? En primera aproximación, la diferencia con la fobia es notoria: el objeto fobígeno, suficientemente alejado del núcleo del conflicto, resulta anacrónico, mientras que en el miedo parece haber adecuación entre la situación temida y su agente productor. Aquí radica la dificultad con el miedo, pues uno puede comprender con facilidad y equivocar la dificultad.

Arriesgo mi hipótesis: el miedosíntoma en algo comparte la técnica de la fobia; visto con detenimiento, resulta una fobia cuya habilidad radica en producir un movimiento de torsión en la escena del miedo hasta privilegiar un objeto a su medida, es decir, verosímil. Lejos de la escena onírica o de la trágica, el miedo despliega su imaginario en la escena realista. El miedo se afirma en su principio cuando menta o miente la realidad. ¿Cómo no creerle a Carol su problema con Darío? Y sin embargo… el hilo del análisis permitió remontar la angustia por el desamparo ante la separación a otra fuente, que en Carol es relativa a la madre. Esa que marcó a Darío como el candidato potable, y Carol lo conquistó sin esfuerzo y sin amor. Esa que en una reunión social, advertida de que a su hija no le era indiferente cierto hombre, le dijo: “Si yo tuviera veinte años menos –la edad de Carol–, ese fulano no se me escapaba”. Y a partir de allí Carol se desesperó porque el fulano no se le escapara, hasta que logró alcanzarlo y lo convirtió en su amante. De lo que no escapó fue de la influencia de esa madre, que así vivió una segunda vida, tal vez primera en intensidad, a través de su atrapada hija.

El caso de Carol nos ubica en la tardía observación de Freud, quien, al postular la fase preedípica en “Sobre la sexualidad femenina” (1931), admite: “Hasta hube de aceptar la posibilidad de que muchas mujeres queden detenidas en la primitiva vinculación con la madre, sin alcanzar jamás una genuina reorientación hacia el hombre”.

Carol teme a la libertad y que la separación sea “quedar en la calle”; eso la dejaría, según reiteradas ocurrencias de sesión, frente a los hombres. El matrimonio garantiza que no ocurra. El enfático Darío resulta el vigía materno. Y si Freud tuvo razón al establecer la problemática de la castración para las fobias, el miedo de Carol también gira en torno de esta referencia. La separación es el sino del dilema: lograrla sería liberarse. ¿De Darío? Tal vez, pero en su fundamento sería sacudirse el emblema que la sostiene incólume, rebelarse contra la díada marido/madre que a su merced se completan y abismarse a un vacío en que el hombre puede aparecer y ella despertar de una larga, cotidiana pesadilla.

Pero el miedo no es zonzo; de continuo susurra al oído de Carol las penurias que acarrea andar suelta por el mundo, del mismo modo que promueve las ilusorias ventajas de permanecer en el sistema de los poderes cruzados y el vacío libertario denegado.

* Psicoanalista. Autor de Tiempo de despertar.


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