En el caso de esta publicidad el mito de Pigmalión está reelaborado, aunque no pierde su potente significación.

Pigmalión y Galatea



 

El  amor a una estatua
 
Pigmalión
Desprecié a la mujer, fui intolerante 
De su actitud ingrata y presumida, 
Y decidí vivir solo mi vida 
Sin compartir su espíritu ignorante.
De mi cincel surgió, bella y radiante, 
Una doncella en el marfil dormida, 
Despertando en el alma estremecida 
La fiebre y los deseos del amante.
Mis manos la crearon tan hermosa 
Que en mi mente no fue ya una escultura, 
Sino obsesión intensa y luminosa.
Ante los dioses traje mi amargura, 
Rogando me la dieran por esposa, 
Y al punto cobró vida su figura.
Los Angeles, 27 de Agosto de 1997 
  
 
 
  
 

 
  
 

                                   Entonces el escultor Pigmalión se arrodillo y pidió a Venus:  “A vosotros ¡oh dioses!, a quienes todo es posible os suplico que me deis por esposa” –no se atrevió a decir mi virgen de marfil- “una doncella que se parezca a mi virgen de marfil.
Pigmalión
El amor a una estatua
Era de Chipre el escultor Pigmalión, artista que no gustaba de las mujeres porque, según consideraba, éstas eran imperfectas y pasibles de muchas críticas. Y tan convencido estaba del acierto de su opinión que resolvió no casarse nunca y pasar el resto de su vida sin compañía femenina. 
Pero, como no soportaba la completa soledad, el artista chipriota esculpió una estatua de marfil tan bella y perfecta como –según juzgaba_ ninguna mujer verdadera podría serlo. Y, de tanto admirar su propia obra, acabó enamorándose de ella. le llegó a comprar las más bellas ropas, joyas y flores: los regalos mas caros. Todos los días pasaba horas y horas contemplándola, y, 
de cuando en cuando, besaba tiernamente los labios f ríos e inmóviles. Tal vez hubiera vivido hasta el fin de sus días ese amor silencioso, de no ser por la intervención de Venus. Pues la diosa era objeto de intenso culto en la isla donde vivía Pigmalión. En su homenaje se celebraban las más pomposas ceremonias y los más ricos sacrificios, y su templo de Pafos, por ejemplo era el más importante de los santuarios venusinos de todo el mundo helénico. 
En una de esas fiestas, según cuenta el poeta Ovidio, el escultor estuvo presente. También ofreció sacrificios y elevó al cielo sus ardorosas suplicas: “A vosotros ¡oh dioses!, a quienes todo es posible os suplico que me deis por esposa” –no se atrevió a decir mi virgen de marfil- “una doncella que se parezca a mi virgen de marfil. 
 

             Venus da vida a la estatua de marfil

Atenta , la diosa del amor escuchó el pedido, y para mostrar a Pigmalión que estaba dispuesta a atenderlo, hizo elevar la llama del altar del escultor tres veces más alto que las de los otros altares. pero el infeliz artista no comprendió el significado de la señal. 
salió del santuario y, entristecido, tomó el camino de su casa. Al llegar, fue a contemplar de nuevo la estatua perfecta. Y después de horas y horas de muda contemplación la besó en los labios. Tuvo entonces una sorpresa: en vez de frío marfil, encontró una piel suave y una boca ardiente. A un nuevo beso, la estatua despertó y adquirió vida, transformándose en una bella mujer real que se enamoró perdidamente del creador. 
Para completar la felicidad del artista, Venus propició la unión y le garantizó la fertilidad. Del casamiento nació un hijo, Pafo, que tuvo la dicha de legar su nombre a la ciudad, consagrada a la diosa, que había nacido alrededor del santuario dedicado al numen de la atracción universal. 

 

¡Hermoso trabajo de una surrealista aún viva!

¡Es tiempo de despertar!


Acerca del “miedo-síntoma”

La mujer, su marido, su amante y su mamá

El caso de la mujer que temía separarse de su marido hace presente la cuestión del “miedo-síntoma”, que no es exactamente una fobia pero tampoco es un miedo cualquiera.

Por Carlos D. Pérez *
http://www.pagina12.com.ar/fotos/20090409/notas/na37fo01.jpg

Casada hace unos cuantos años, Carol trae una y otra vez a sus sesiones de análisis el dilema de la separación de su marido. Dice haber llegado sin amor al casamiento pero encontrando en él una posibilidad de tomar distancia de sus padres. El padre la llamaba “mi princesita” y ella correspondía con una idealización que apenas disimulaba su inconsistencia. Por la madre, en cambio, siempre sintió un intenso amor-odio; esa madre, ejerciendo sobre Carol una fascinante tiranía, vivió a través de ella una segunda juventud. Si acompañaba a la hija a comprarse una minifalda, en algún momento salía del probador luciendo la más llamativa, concitando los elogios de las vendedoras. Si paseaban juntas, era ella quien solía recibir los piropos. Tal vez Carol no tuvo debidamente en cuenta que, no bien conoció a Darío, la madre lo aprobó como candidato, del mismo modo como había denostado a otros, salvo a un enjuto abogado con el que no prosperó la relación.

Llegó el casamiento, llegaron los hijos y el matrimonio adquirió solidez, sobre todo merced a un fuerte cruce de poderes: Darío, exitoso administrador de empresas con intereses en la Bolsa, le hacía sentir que era el dueño del dinero; él decidía qué compras hacer –ya fuese una casa, un automóvil o el empapelado de las paredes– y manejaba con cuentagotas el dinero del que ella podía disponer. Carol, sabedora de que el marido admiraba su belleza y era proclive a lucirse con ella en reuniones sociales, dosificaba con celo negativo los favores de entrepierna. Desde sus respectivos feudos, Darío y Carol vieron pasar los años sin ceder territorio, en un tiempo en suspenso que, por falta de transcurso, tampoco alcanzaba a despertar de su insomnio persistente.

Tal vez por efecto del análisis o incentivada por alguna extravagancia no marital, Carol comenzó a descubrirse imaginando que su vida podría cambiar y se dejó guiar por distraídas fantasías que terminaron forjando la determinación de separarse. Entonces sintió un segundo efecto del poder de Darío. Las ocurrencias de Carol solían pasar por temas trajinados en sesión: que si ella condescendía con los reclamos de Darío y una noche cogían, a la mañana siguiente encontraba generosos billetes en la mesa de luz. ¿Era ella, acaso, una prostituta? Casi, pero legalizada. Y allí la pregunta crucial: ¿Y si se separaban? Entonces aparecía el miedo. Sin Darío quedaría desamparada, en una impensable indigencia. Y el augurio nefasto se agigantaba, volviéndose más terrible cuanto más acentuaba el aspecto negativo, la absurda imagen de lo inimaginable. Perdería la casa, tal vez los hijos quisieran irse con el padre si él los ponía al tanto de su infidelidad. Como hábil neurótica, Carol había logrado que él se enterase, olvidando algún papelito con número telefónico y nombre cifrado en el mismo cajón donde él acostumbraba dejarle dinero o guardando otro con las palabras encendidas del amante en la cartera que llevaba la noche en que, pretextando una cena con amigas, volvió de madrugada. En fin, pistas que aseguraban el extravío y advertían al celoso Darío que debía tomar cartas en el juego de las escondidas.

No, no podía ser, se decía Carol, arrasada por el miedo: quedaría desprovista de todo amparo, quedaría en la calle. Mi oreja freudiana escuchó ese “en la calle” como que se convertiría en una “mujer de la calle”, condenada por su desvarío. Entendí ratificada la aseveración de Freud acerca de que la agorafobia femenina suele ser una revuelta contra la tentación de ser puta. Que una cosa era prostituirse módicamente con Darío, intercambiando sexo por dinero, y otra quedar expuesta a “los hombres”, esos que solían dedicarle palabras poco inspiradas cuando salía a pasear con minifalda y sin madre.

Pero de comprobar la validez de la afirmación freudiana a conseguir algún resultado interpretativo había mucha distancia. Carol permanecía, gracias a las esporádicas infidelidades, fiel a su marido, instalada en el espanto de las consecuencias de la separación. Fijada en este punto, el tiempo del almanaque siguió corriendo y llegó una de las periódicas crisis económicas que la ley del libre mercado –llamémosla así– deparó al país. Los emprendimientos de Darío se desmoronaron como castillo de naipes, y del esplendor pasó a llenarse de deudas. Faltó dinero para saldar las cuotas de la hipoteca de la casa del country, se acumularon los períodos impagos del costoso colegio de los hijos, la heladera se convirtió en patética evidencia de la penuria. Carol buscó trabajo y lo obtuvo como vendedora en la casa de ropas donde solía comprar minifaldas, y se fue transformando en sostén de la casa. Los hijos les hacían airados reclamos a Darío y Carol, sin entender que esos padres, que los habían colocado en el mejor de los colegios, ahora les hicieran perder su condición inscribiéndolos en institutos de poca monta.

¿Y el miedo de Carol a la separación? He aquí el tema. Absurdamente, a pesar de que las cuotas del gas, de la luz o la televisión por cable fueran pagadas por ella, siguió pensando que si se separaba, ahora de un marido insolvente, quedaría condenada al desamparo. En esto, nada se había alterado.

En un comienzo, el miedo parecía señalar una consecuencia lógica de su acto, pero el paso del tiempo desnudó otra lógica, de validez inconsciente. Faltando los elementos de la supuesta realidad en la que el miedo fundaba sus pronósticos, éste persistía con mayor énfasis. Importa advertir lo siguiente: el miedo anuncia que, de atrevernos a un acto transgresivo, sucederá algo nefasto. Augurando una consecuencia, el miedo coloca en el a posteriori lo que es puro a priori; de este modo tiende a cancelar el acto en ciernes. No es posible conocer de antemano el después del acto, porque ese acto necesariamente altera los fundamentos de lo dado previamente. El desamparo temido por Carol no era otra cosa que la falta de resguardo en la extensa negociación donde cada uno administraba sus impotentes poderes.

Si produzco este oxímoron es porque esta forma de imaginar el poder sólo expresa impotencia. Habituados como estamos a deslizar el poder hacia su caricatura autoritaria, tendemos a asimilarlo con cierta disponibilidad arbitraria sobre personas o cosas. Las respectivas encerronas de Carol y de Darío son prueba de ello, como si fuese equivalente conjugar los verbos “poder” y “poseer”. Ciertas palabras, como “dueño”, lo sugieren, aunque tengan origen diverso. El “don” de alguien es menos algo concreto que una cualidad, y el “duende” –de donde proviene– un espíritu juguetón que solía habitar lugares o casas. Ausente de la casa de Carol y Darío cualquier atisbo juguetón que aliente al duende, cada uno creyó adueñarse a su manera del poder en la casa. El impulso de Carol a separarse es un intento de alcanzar alguna forma de libertad que destrabe el cancel de la impotencia.

La sabiduría popular dice que el miedo es mal consejero. Es así, pero no porque presagie algo falso o que no pueda ocurrir, sino porque el miedo tiende, con sus presagios, a escamotear el acto mismo. ¿El miedo es un síntoma? Lo es en caso de que logre el objetivo de suspender indefinidamente el acto en cuestión paralizando al sujeto. Otras veces uno sabe que debe atravesar el miedo para lograr la valentía. ¿Es el miedo-síntoma la expresión disimulada de una fobia? Interesante pregunta. En su revisión clínica de 1925, Inhibición, síntoma y angustia, Freud alude una y otra vez al “miedo angustioso de la fobia”, tendiendo puentes entre estas tres nociones en su común espanto ante la castración, el articulador que despeja en ese momento para la clínica. Difícil concepto que mantiene un despertar en suspenso, un tiempo de despertar cuya condición es animarse a entrever lo que no es, lo que no se es. Al reconsiderar el “caso Juanito”, Freud se pregunta por qué su miedo angustioso configuraba una fobia y no una comprensible reacción afectiva; de modo más sencillo de lo que podría suponerse –Freud es sencillo de leer y difícil de estudiar–, responde que se trata de una fobia, porque el énfasis del conflicto se desvirtúa al viajar por desplazamiento desde la figura parental hacia el caballo como objeto que despierta angustia.

¿Qué sucede en el miedo-síntoma? En primera aproximación, la diferencia con la fobia es notoria: el objeto fobígeno, suficientemente alejado del núcleo del conflicto, resulta anacrónico, mientras que en el miedo parece haber adecuación entre la situación temida y su agente productor. Aquí radica la dificultad con el miedo, pues uno puede comprender con facilidad y equivocar la dificultad.

Arriesgo mi hipótesis: el miedosíntoma en algo comparte la técnica de la fobia; visto con detenimiento, resulta una fobia cuya habilidad radica en producir un movimiento de torsión en la escena del miedo hasta privilegiar un objeto a su medida, es decir, verosímil. Lejos de la escena onírica o de la trágica, el miedo despliega su imaginario en la escena realista. El miedo se afirma en su principio cuando menta o miente la realidad. ¿Cómo no creerle a Carol su problema con Darío? Y sin embargo… el hilo del análisis permitió remontar la angustia por el desamparo ante la separación a otra fuente, que en Carol es relativa a la madre. Esa que marcó a Darío como el candidato potable, y Carol lo conquistó sin esfuerzo y sin amor. Esa que en una reunión social, advertida de que a su hija no le era indiferente cierto hombre, le dijo: “Si yo tuviera veinte años menos –la edad de Carol–, ese fulano no se me escapaba”. Y a partir de allí Carol se desesperó porque el fulano no se le escapara, hasta que logró alcanzarlo y lo convirtió en su amante. De lo que no escapó fue de la influencia de esa madre, que así vivió una segunda vida, tal vez primera en intensidad, a través de su atrapada hija.

El caso de Carol nos ubica en la tardía observación de Freud, quien, al postular la fase preedípica en “Sobre la sexualidad femenina” (1931), admite: “Hasta hube de aceptar la posibilidad de que muchas mujeres queden detenidas en la primitiva vinculación con la madre, sin alcanzar jamás una genuina reorientación hacia el hombre”.

Carol teme a la libertad y que la separación sea “quedar en la calle”; eso la dejaría, según reiteradas ocurrencias de sesión, frente a los hombres. El matrimonio garantiza que no ocurra. El enfático Darío resulta el vigía materno. Y si Freud tuvo razón al establecer la problemática de la castración para las fobias, el miedo de Carol también gira en torno de esta referencia. La separación es el sino del dilema: lograrla sería liberarse. ¿De Darío? Tal vez, pero en su fundamento sería sacudirse el emblema que la sostiene incólume, rebelarse contra la díada marido/madre que a su merced se completan y abismarse a un vacío en que el hombre puede aparecer y ella despertar de una larga, cotidiana pesadilla.

Pero el miedo no es zonzo; de continuo susurra al oído de Carol las penurias que acarrea andar suelta por el mundo, del mismo modo que promueve las ilusorias ventajas de permanecer en el sistema de los poderes cruzados y el vacío libertario denegado.

* Psicoanalista. Autor de Tiempo de despertar.

Filosóficas: locura y manía

En el diálogo de Platón titulado Fedro, Sócrates distingue dos tipos de locura: una es la enfermedad propiamente dicha que sume a la mente en la oscuridad más absoluta y la otra es la manía o locura divina. Sócrates aclara que en la manía hay un cambio de los valores habituales provocado por la divinidad. “…en la locura divina distinguimos cuatro partes que asignamos a cuatro dioses: … Apolo, la inspiración profética; a Dionisio, la mística; a las Musas a su vez la poética, y la cuarta, que dijimos era la más excelsa, a Afrodita y a Eros…”


fuente:www.eunoia.com.ar

LEONORA CARRINGTON: casi un siglo

Pato de Leonora Carrington Imagen tomada en una exhibicion del Museo
Metropolitano de la ciudad de Monterrey, Mexico.

Los jóvenes no me piden consejos; piensan que estoy fuera de moda

Mientras recorre su casa, la creadora, traviesa y bromista, apenas habla de su actual proyecto, porque se me van las ideas, así como de su infancia y de la situación de la mujer en la actualidad

Merry MacMasters

Con miras a ser centenaria, la pintora Leonora Carrington se muestra ágil, traviesa, bromista y muy buena anfitriona. Fuma a sus anchas, porque en mi casa no pido permiso. Niega saber algún secreto para mantenerse tan bien. Mientras tanto, su perra Yeti, la abominable reina de las nieves, se convierte en el centro de atención.

En entrevista con La Jornada, con motivo de que hoy cumple 92 años, la artista surrealista recuerda que tiene pendiente un trabajo, pero no he empezado del todo. Tengo que diseñar una botella.

Se trata de un nuevo diseño para Tequila Cuervo. Ya le mandaron el envase –vacío– que yace sobre la mesa de la entrada. Hace dos años, Carrington creó el personaje La Reina del Tequila, escultura en plata con forma de mujer-maga, con atributos zoomorfos, para la edición especial de la empresa: 1800 Colección.

La presentación de la licorera, en el Centro Cultural Indianilla, sirvió para festejar los 90 años de la pintora y escultora, ya que entonces no estaba en México. Cuando se le recordó que su hijo Gabriel Weisz y su familia la llevaron a San Diego, donde vio las focas, comentó: Vi algunas. Todas estaban sentadas en fila mirando el mar. No estaban nadando.

Aunque apenas trabaja en las ideas para el diseño, dice que prefiere no hablar de ellas, porque se me van.

–¿En qué consiste su día?

–Muchas veces no hago nada. Saco al perro a caminar.

–¿Le gustaría hacer un nuevo viaje?

–Con el tiempo estaría bien. Me gustaría ir a Europa, pero como queda un poco lejos resultaría un viaje largo para mí sola. (No le gustan los aviones. Antes, tomaba un tren a Nueva York, de donde zarpaba en barco para East Hampton.)

–¿A Inglaterra?

–Sí, y a París.

–¿Guarda buenos recuerdos de París?

–De París, sí, de hace mucho tiempo.

–¿Fue un periodo feliz en su vida?

–Supongo que sí, no me acuerdo, una mezcla, como cualquier periodo.

–Pienso que usted es una persona feliz.

–¿De veras? No estoy segura.

El pasado 12 de febrero, Carrington fue objeto de un homenaje de un grupo de amigos (Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Ramón Xirau y José Luis Cuevas) en el museo de éste último, recinto que es de su particular agrado. Luego, el 2 de marzo fue presentado el libro Leonora Carrington: un mural en la selva, con texto de su hijo Gabriel, que versa sobre la criatura enigmática que su progenitora pintó en la antigua casa de Plutarco Gastélum Esquer, en Xilitla, San Luis Potosí.

Hoy, es probable que la artista vaya a comer con su familia a un Sanborn’s, su restaurante favorito, donde tal vez pida unos huevos a la mexicana, porque no come carne.

Foto
La artista trabaja ahora en el diseño para una empresa de tequila. En la imagen, Carrington, en su casa, donde ofreció la entrevista a este diarioFoto Marco Peláez

Carrington dice que no tiene ninguna exposición en puerta, entre otras razones, porque no tiene suficientes pinturas nuevas para una.

–¿Qué tanto contacto tiene con los artistas jóvenes?

–Muy poco.

–¿Le llegan a pedir consejos?

–No (risa), piensan que estoy fuera de moda para ellos.

–¿Por qué?

–Porque no soy abstracta.

–Si un artista joven o alguien que apenas empieza le pidiera un consejo, ¿qué le diría?

–Bueno, depende de la persona. Tendrían que mostrarme que han hecho hasta el momento, y tal vez les daría una opinión. No siempre es útil un consejo.

–¿Se necesita cierto espíritu para ser artista?

–Se necesita cierto espíritu para jugar futbol. Solía jugar rugby con mis hermanos, cuando tenía unos cinco años.

A Carrington siempre le han interesado los asuntos relacionados con la mujer. Reconoce que la situación femenina está mejor ahora que cuando era joven. He visto mucho mejoramiento. Trae a la memoria:Cuando llegué a México (en 1943, a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial) los hombres estaban en un cuarto y las mujeres en otro. No entendía eso. No pasaba en Francia ni en Inglaterra. México ha cambiado desde que llegué. Para mí, pasa mucho en la ciudad de México: bueno, malo e indiferente, como en todos lados.

La entrevistada ya conducía antes de venir a México, pero aquí le dio miedo:Usaba ambas manos, soy ambidextra, confundo izquierda y derecha. Estaba acostumbrada a manejar en un lado diferente de la calle. Cuando fue a sacar su licencia, la persona que la atendió le dijo: la voy a pasar, pero usted será un peligro público.

Sigue un recorrido por la casa que, a decir de la anfitriona, no tiene nada de especial. La planta baja ya luce dos arreglos florales; uno trae una tarjeta de Consuelo Sáizar, titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. El siguiente piso destaca por sus estantes de libros, unos en inglés y otros en español. Mientras Carrington prefiere leer en inglés, su esposo, el fotógrafo húngaro Emérico Chiki Weisz, fallecido en 2007, lo hacía en español, porque dónde iba a conseguir libros en húngaro aquí, como anota doña Leonora.

La artista lanza al aire la siguiente pregunta: ¿Cree en la vida después de la muerte? Después de reflexionar un momento, se responde: Tiendo a pensar más que existe algo, a que uno muera y no haya nada.

cine y surrealismo

Cuéntame tu vida, una película de Hitchtcok, en la que Dalí intervino para dar cuerpo de imagen del universo onírico del protagonista.

Estudiosa

ELENA MORALES AMPLÍA LOS UNIVERSOS DE REMEDIOS VARO 

Más allá de los lienzos

 23:00   

Enviar
Imprimir
Aumentar el texto
Reducir el texto

La investigadora y doctora en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna Elena Morales contempla uno de los lienzos de Remedios Varo, artista surrealista hispano-mexicana.  DELIA PADRÓN

Mujeres-barco, mujeres-instrumento de cuerdas y mujer-vegetal. Humanos como insectos e individuos como aves y peces. Maternidades, marginaciones femeninas y amores platónicos se derraman con lenguaje surrealista en los lienzos de la pintora Remedios Varo, una creadora que ha logrado conquistar el alma y la mirada de Elena Morales, una investigadora tinerfeña que acaba de regresar de México D.F. Allí, Morales descubrió el universo de esta pintora de fantasmas a la seguirá investigando en libros futuros.

MAYTE MÉNDEZ | SANTA CRUZ DE TENERIFE No es la primera vez que México aplaude el trabajo de la escritora e investigadora tinerfeña Elena Morales (La Laguna, 1972). Tras sorprender en 2008 a los mexicanos con su obra Los universos mágicos de Remedios Varo e Isabel Allende, Fantasmas y espíritus (Ediciones Idea), ahora ha vuelto a hacerlo gracias a un curso ofrecido en la Universidad del Claustro de Sor Juana, antiguo convento de San Jerónimo (donde habitó la célebre escritora Sor Juana Inés de la Cruz), en el centro histórico de México D.F. 

Hace apenas quince días que Elena Morales ha vuelto a su Isla y lo ha hecho con una maleta cargada de ilusiones y proyectos: montar en Tenerife una exposición sobre Leonora Carrington (pintora surrealista y escritora mexicana de origen inglés, que sigue creando con más de 92 años) y elaborar nuevos libros sobre Remedios Varo, ahondando esta vez en su relación con las vanguardias artísticas y en el diálogo que su pintura establece con su propia literatura. 

El universo mágico de Remedios Varo es el título del curso que Elena Morales acaba de ofrecer en la ciudad en la que precisamente falleció la creadora de la Visita inesperada (óleo de 1958). En la misma urbe en la que descansan la mayoría de las obras de Varo (su fondo más rico se encuentra en el Museo de Arte Contemporáneo de México), la doctora en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna reveló qué temas, qué significados se ocultan detrás de cada uno de los lienzos de esta pintora surrealista nacida en Gerona en 1908. “Creo que el tema de los símbolos y de la retórica de Remedios Varo es lo que más sorprendió”, explica Morales quien incluso jugó con sus alumnos a los cadáveres exquisitos. Pero sus palabras no viajaron solas hasta D.F., estuvieron acompañadas de una galería de imágenes que desfilaron en una pantalla y de materiales que le sirvieron para mostrar algunas de las técnicas que usó Varo a la hora de crear como la decalcomanía, el dripping o chorreado y las veladuras. 

“Les gustaría que fuera allí a ofrecer algún curso cada año”, adelanta la autora de la novela Malgache que considera fundamental el poder seguir ahondando en esta creadora y en las relaciones que mantuvo con las vanguardias, un aspecto de ella que todavía no se ha estudiado. “Ella en su primera etapa tuvo mucho contacto con el cubismo y el expresionismo”, recuerda Morales sobre Varo, “una mujer que se empapó de todo pero que al final hizo su obra personal y única”. “Su obra es tan rica que es susceptible de estudiar desde muchos puntos de vista”, remarca la investigadora que en este viaje entró en contacto con la viuda de Walter Gruen (el último compañero sentimental de Remedios Varo) quien tiene todos los derechos de autor sobre sus obras y con la que mantuvo una “conversación muy enriquecedora”.

Trasmundos


Monday, January 29, 2007

 


Este cuadro se llama Trasmundo, y es por Remedios Varo, la pintora española. 

Cuando ve este cuadro, uno recibe la impresión que el mundo del cuadro no es sólido. Más bien, es inmaterial e irreal. Hay niebla y nube que oscurecen el cielo, y el fondo se hace indefinido. Hay cañones misteriosos que desaparecen en la distancia. El agua parece como capas de hojas transparentes que se esconden otro mundo abajo. Esta mezcla de mundos también se muestra en los agujeros en el agua, adentro que se puede ver figuras fantásticas. 

El centro del cuadro es el barco. Las líneas de las olas se tuercen en dirección al barco y parecen como un remolino, enfatizando la fragilidad de las herramientas físicas hechas por el hombre en este mundo. El “capitán” del barco no tiene cabeza. Significa que somos pasajeros en la vida más que directores. El barco tiene molinete para motor—otro símbolo de la falta de influencia y control que tienen los humanos.

Los colores me recuerdan de El Greco—los azules y verdes pálidos, el timbre etéreo del piel. Y como en los cuadros de El Greco, no hay luz que provenga  sólo de una fuente, mas resplandor suave que se extiende por el cuadro. El título sugiere una necesidad de ver más allá de los sentidos, de usar nuestra mente para interpretar las impresiones que vienen. También significa la fugacidad de los partes materiales de este mundo y el existencia más real de los ideas.

Nota: este comentario aparece en el blog de Amy. Es maravilloso que ella haya puesto en palabras esta aproximación sensible a una obra compleja.

Liberación


John Donne
“¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece? 
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla? 
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe? 
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo? 
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. 
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. 
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. 
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; 
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti.”

Devociones para ocasiones emergentes


John Donne”¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece? Fuente: http://lainquietatentacion.blogspot.com/

¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla? 
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe? 
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo? 
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. 
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. 
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. 
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; 
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti.”

Devociones para ocasiones emergentes
John Donne


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog