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Transformar la paja en oro

Había una vez un molinero que era muy pobre, pero que tenía una hija muy hermosa. Ocurrió que un día tuvo la oportunidad de hablar con el rey, y para sentirse importante le dijo,

-Tengo una hija que de la paja puede hilar oro.

-Ese es un talento que me interesa, -contestó el rey. -Si tu hija es tan hábil como dices, tráela mañana a mi castillo para ponerla a prueba.

Cuando la joven llegó, fue llevada a un cuarto lleno de paja, el rey le dio un carrete y una rueca y le dijo,

-Ahora comenzarás a trabajar, y si entre hoy y mañana no has hilado esta paja en oro, morirás.

Entonces cerró con llave la puerta y la dejó sola.

Allí quedó sentada la pobre hija del molinero, sin saber que hacer. Ella no tenía la más mínima idea de cómo hilar paja en oro y se asustó tanto que comenzó a llorar.

De pronto, la puerta se abrió y un hombrecillo entró y le dijo:

-Buenas tardes, hermosa hija del molinero. ¿Por que estás llorando?”

-¡Ay! -contestó la joven. -Tengo que hilar toda esta paja en oro y no sé como.”

¿Qué me darías si yo la hilo por tí? -preguntó el hombrecillo.

-Mi collar, -contestó la joven.

El hombrecillo tomó el collar, se sentó detrás de la rueca y comenzó a hilar, hilar e hilar. Whirr, whirr, whirr. Sólo hiló tres veces y el carrete estaba lleno. Lo sustituyó por otro carrete y comenzó a hilar, hilar e hilar; ¡sólo hiló tres veces y el segundo también se llenó!

Hizo esto toda la noche hasta que llegó el amanecer. Entonces toda la paja estuvo hilada y los carretes estuvieron llenos de oro.

Tan pronto como salió el sol llegó el rey. Cuando vió todo el oro se puso extremadamente contento. Pero él era un hombre codicioso y quería más. Llevó a la hija del molinero hacia otro cuarto lleno de paja, que era más grande que el anterior, y le ordenó hilar toda la paja en oro en una noche, si es que quería permanecer viva.

Cuando la joven quedó sola empezó a llorar. Entonces la puerta se abrió una vez más. Se apareció el hombrecillo y le dijo,

-¿Qué me darías si hilo toda esta paja en oro?”

-El anillo que llevo en mi dedo, -contestó la joven.

El hombrecillo tomó el anillo y se sentó detrás de la maquina. A la mañana siguiente había hilado toda la paja en oro brillante.

El rey estaba contentísimo de ver todo el oro, pero aún no estaba satisfecho. Llevó a la hija del molinero a otro cuartolleno de paja, aún más grande que los primeros dos y leordenó, -Esta noche me vas a hilar toda esta paja, y si tienes éxito te convertirás en mi esposa.

“A pesar de que ella es sólo la hija del molinero,” pensó el rey, “¡No podría encontrar una esposa más rica!”

Cuando la chica estuvo sola, el hombrecillo llegó otra vez y dijo,
-¿Qué me darías esta vez si hilo la paja en oro?

-Ya no tengo nada para darte, -contestó la joven.

-Bueno, si llegas a ser reina, prométeme tu primer hijo, -dijo el hombrecillo.

“¡Es probable que eso nunca ocurra!” pensó la hija del molinero.

Con todo, ella le prometió al hombrecillo cumplir su deseo y una vez más éste hiló toda la paja en oro.

A la mañana siguiente, cuando el rey llegó y vió todo el oro, de inmediato hizo preparar la boda, y la hija del molinero se convirtió en reina.

Un año después, cuando ella se había olvidado por completo de su promesa al hombrecillo, dio a luz un hermoso niño.

Entonces, un día y de pronto, el hombrecillo entró en su cuarto y le dijo: -Bueno, mi reina, dame lo que me prometiste.

La reina estaba aterrorizada y le ofreció al hombrecillo todo el tesoro del reino con tal de que no se llevara a su niño.

Pero el hombrecillo contestó, -No, yo no tengo necesidad de tesoros. Tu debes cumplir con tu promesa.

Entonces la reina empezó a gemir y llorar. El hombrecillo tuvo compasión de ella, y le dijo, -Te daré tres días. Si dentro de ese tiempo descubres mi nombre, dejaré que te quedes con tu hijo.

Durante toda la noche la reina pensó en todos los nombres que había escuchado, y envió un mensajero por todo el país para enterarse de todos los nombres que existían. Al día siguiente, cuando el hombrecillo llegó, ella empezó con Gaspar, Melchor, Baltazar, y dijo todos los nombres uno tras de otro hasta que no sabía más.

Cada vez el hombrecillo decía, -Ese no es mi nombre.
Al día siguiente hizo preguntar a toda la vecindad por el nombre de cada persona, y le repitió los nombres más extraños y raros al hombrecillo.

-¿Es tu nombre Costillas de Vaca, o Pierna de Carnero, o Patas de Araña? -dijo ella.

Pero él contestaba, -Ese no es mi nombre.

Al tercer día, el mensajero regresó y dijo que no había podido encontrar ningún nombre nuevo.

-Sin embargo -dijo-, cuando llegué a una inmensa montaña en la punta de un bosque donde los zorros y las liebres se desean buenas noches los unos a los otros, ví fuego arder enfrente de una casita. Un hombrecillo muy extraño estaba bailando alrededor del fuego. Brincaba en una pierna y cantaba:

“Hoy hago el pan. Mañana haré cerveza.
Pasado mañana me traigo el niño de la reina.
Qué suerte que tengo de que nadie sepa
Que mi nombre es Rumpelstiltskin.”

¡Os podéis imaginar lo contentísima que la reina se puso cuando escuchó esto!

Poco después, el hombrecillo entró y le preguntó, -¿Cuál es mi nombre?

Ella le contestó, -¿Es tu nombre Chema?

-No.

-¿Es tu nombre Monchu?

-No.

Entonces la reina se rió y dijo, -¿Es tu nombre, por casualidad…..Rumpelstiltskin?

-¡Tiene que haber sido el demonio quien te dijo eso! ¡Tiene que haber sido el demonio quien te dijo eso! gritó el hombrecillo.

¡Y en su furia golpeó con su pie derecho tan violentamente en el suelo que desapareció entre la tierra y nunca más fue visto otra vez!

(Mensaje de Cody: Por cierto, cambié algunos de los nombres en el cuento para hispanizarlos. Es seguro que “Chema” y “Monchu” no son apodos alemanes. jeje :))


fuente: http://www.codyscuentos.com/

en defensa de los bosques

Bosques tropicales, pulmones de la tierra… ¿Qué será de nosotros humanos si no protegemos a nuestros aliados?

tests

INFP – “Questor”. High capacity for caring. Emotional face to the world. High sense of honor derived from internal values. 4.4% of total population.

Free Jung Personality Test (similar to Myers-Briggs/MBTI)

Los atributos del dios: Zeus

En el caso de esta publicidad el mito de Pigmalión está reelaborado, aunque no pierde su potente significación.

Pigmalión y Galatea



 

El  amor a una estatua
 
Pigmalión
Desprecié a la mujer, fui intolerante 
De su actitud ingrata y presumida, 
Y decidí vivir solo mi vida 
Sin compartir su espíritu ignorante.
De mi cincel surgió, bella y radiante, 
Una doncella en el marfil dormida, 
Despertando en el alma estremecida 
La fiebre y los deseos del amante.
Mis manos la crearon tan hermosa 
Que en mi mente no fue ya una escultura, 
Sino obsesión intensa y luminosa.
Ante los dioses traje mi amargura, 
Rogando me la dieran por esposa, 
Y al punto cobró vida su figura.
Los Angeles, 27 de Agosto de 1997 
  
 
 
  
 

 
  
 

                                   Entonces el escultor Pigmalión se arrodillo y pidió a Venus:  “A vosotros ¡oh dioses!, a quienes todo es posible os suplico que me deis por esposa” –no se atrevió a decir mi virgen de marfil- “una doncella que se parezca a mi virgen de marfil.
Pigmalión
El amor a una estatua
Era de Chipre el escultor Pigmalión, artista que no gustaba de las mujeres porque, según consideraba, éstas eran imperfectas y pasibles de muchas críticas. Y tan convencido estaba del acierto de su opinión que resolvió no casarse nunca y pasar el resto de su vida sin compañía femenina. 
Pero, como no soportaba la completa soledad, el artista chipriota esculpió una estatua de marfil tan bella y perfecta como –según juzgaba_ ninguna mujer verdadera podría serlo. Y, de tanto admirar su propia obra, acabó enamorándose de ella. le llegó a comprar las más bellas ropas, joyas y flores: los regalos mas caros. Todos los días pasaba horas y horas contemplándola, y, 
de cuando en cuando, besaba tiernamente los labios f ríos e inmóviles. Tal vez hubiera vivido hasta el fin de sus días ese amor silencioso, de no ser por la intervención de Venus. Pues la diosa era objeto de intenso culto en la isla donde vivía Pigmalión. En su homenaje se celebraban las más pomposas ceremonias y los más ricos sacrificios, y su templo de Pafos, por ejemplo era el más importante de los santuarios venusinos de todo el mundo helénico. 
En una de esas fiestas, según cuenta el poeta Ovidio, el escultor estuvo presente. También ofreció sacrificios y elevó al cielo sus ardorosas suplicas: “A vosotros ¡oh dioses!, a quienes todo es posible os suplico que me deis por esposa” –no se atrevió a decir mi virgen de marfil- “una doncella que se parezca a mi virgen de marfil. 
 

             Venus da vida a la estatua de marfil

Atenta , la diosa del amor escuchó el pedido, y para mostrar a Pigmalión que estaba dispuesta a atenderlo, hizo elevar la llama del altar del escultor tres veces más alto que las de los otros altares. pero el infeliz artista no comprendió el significado de la señal. 
salió del santuario y, entristecido, tomó el camino de su casa. Al llegar, fue a contemplar de nuevo la estatua perfecta. Y después de horas y horas de muda contemplación la besó en los labios. Tuvo entonces una sorpresa: en vez de frío marfil, encontró una piel suave y una boca ardiente. A un nuevo beso, la estatua despertó y adquirió vida, transformándose en una bella mujer real que se enamoró perdidamente del creador. 
Para completar la felicidad del artista, Venus propició la unión y le garantizó la fertilidad. Del casamiento nació un hijo, Pafo, que tuvo la dicha de legar su nombre a la ciudad, consagrada a la diosa, que había nacido alrededor del santuario dedicado al numen de la atracción universal. 

 

¡Es tiempo de despertar!


Acerca del “miedo-síntoma”

La mujer, su marido, su amante y su mamá

El caso de la mujer que temía separarse de su marido hace presente la cuestión del “miedo-síntoma”, que no es exactamente una fobia pero tampoco es un miedo cualquiera.

Por Carlos D. Pérez *
http://www.pagina12.com.ar/fotos/20090409/notas/na37fo01.jpg

Casada hace unos cuantos años, Carol trae una y otra vez a sus sesiones de análisis el dilema de la separación de su marido. Dice haber llegado sin amor al casamiento pero encontrando en él una posibilidad de tomar distancia de sus padres. El padre la llamaba “mi princesita” y ella correspondía con una idealización que apenas disimulaba su inconsistencia. Por la madre, en cambio, siempre sintió un intenso amor-odio; esa madre, ejerciendo sobre Carol una fascinante tiranía, vivió a través de ella una segunda juventud. Si acompañaba a la hija a comprarse una minifalda, en algún momento salía del probador luciendo la más llamativa, concitando los elogios de las vendedoras. Si paseaban juntas, era ella quien solía recibir los piropos. Tal vez Carol no tuvo debidamente en cuenta que, no bien conoció a Darío, la madre lo aprobó como candidato, del mismo modo como había denostado a otros, salvo a un enjuto abogado con el que no prosperó la relación.

Llegó el casamiento, llegaron los hijos y el matrimonio adquirió solidez, sobre todo merced a un fuerte cruce de poderes: Darío, exitoso administrador de empresas con intereses en la Bolsa, le hacía sentir que era el dueño del dinero; él decidía qué compras hacer –ya fuese una casa, un automóvil o el empapelado de las paredes– y manejaba con cuentagotas el dinero del que ella podía disponer. Carol, sabedora de que el marido admiraba su belleza y era proclive a lucirse con ella en reuniones sociales, dosificaba con celo negativo los favores de entrepierna. Desde sus respectivos feudos, Darío y Carol vieron pasar los años sin ceder territorio, en un tiempo en suspenso que, por falta de transcurso, tampoco alcanzaba a despertar de su insomnio persistente.

Tal vez por efecto del análisis o incentivada por alguna extravagancia no marital, Carol comenzó a descubrirse imaginando que su vida podría cambiar y se dejó guiar por distraídas fantasías que terminaron forjando la determinación de separarse. Entonces sintió un segundo efecto del poder de Darío. Las ocurrencias de Carol solían pasar por temas trajinados en sesión: que si ella condescendía con los reclamos de Darío y una noche cogían, a la mañana siguiente encontraba generosos billetes en la mesa de luz. ¿Era ella, acaso, una prostituta? Casi, pero legalizada. Y allí la pregunta crucial: ¿Y si se separaban? Entonces aparecía el miedo. Sin Darío quedaría desamparada, en una impensable indigencia. Y el augurio nefasto se agigantaba, volviéndose más terrible cuanto más acentuaba el aspecto negativo, la absurda imagen de lo inimaginable. Perdería la casa, tal vez los hijos quisieran irse con el padre si él los ponía al tanto de su infidelidad. Como hábil neurótica, Carol había logrado que él se enterase, olvidando algún papelito con número telefónico y nombre cifrado en el mismo cajón donde él acostumbraba dejarle dinero o guardando otro con las palabras encendidas del amante en la cartera que llevaba la noche en que, pretextando una cena con amigas, volvió de madrugada. En fin, pistas que aseguraban el extravío y advertían al celoso Darío que debía tomar cartas en el juego de las escondidas.

No, no podía ser, se decía Carol, arrasada por el miedo: quedaría desprovista de todo amparo, quedaría en la calle. Mi oreja freudiana escuchó ese “en la calle” como que se convertiría en una “mujer de la calle”, condenada por su desvarío. Entendí ratificada la aseveración de Freud acerca de que la agorafobia femenina suele ser una revuelta contra la tentación de ser puta. Que una cosa era prostituirse módicamente con Darío, intercambiando sexo por dinero, y otra quedar expuesta a “los hombres”, esos que solían dedicarle palabras poco inspiradas cuando salía a pasear con minifalda y sin madre.

Pero de comprobar la validez de la afirmación freudiana a conseguir algún resultado interpretativo había mucha distancia. Carol permanecía, gracias a las esporádicas infidelidades, fiel a su marido, instalada en el espanto de las consecuencias de la separación. Fijada en este punto, el tiempo del almanaque siguió corriendo y llegó una de las periódicas crisis económicas que la ley del libre mercado –llamémosla así– deparó al país. Los emprendimientos de Darío se desmoronaron como castillo de naipes, y del esplendor pasó a llenarse de deudas. Faltó dinero para saldar las cuotas de la hipoteca de la casa del country, se acumularon los períodos impagos del costoso colegio de los hijos, la heladera se convirtió en patética evidencia de la penuria. Carol buscó trabajo y lo obtuvo como vendedora en la casa de ropas donde solía comprar minifaldas, y se fue transformando en sostén de la casa. Los hijos les hacían airados reclamos a Darío y Carol, sin entender que esos padres, que los habían colocado en el mejor de los colegios, ahora les hicieran perder su condición inscribiéndolos en institutos de poca monta.

¿Y el miedo de Carol a la separación? He aquí el tema. Absurdamente, a pesar de que las cuotas del gas, de la luz o la televisión por cable fueran pagadas por ella, siguió pensando que si se separaba, ahora de un marido insolvente, quedaría condenada al desamparo. En esto, nada se había alterado.

En un comienzo, el miedo parecía señalar una consecuencia lógica de su acto, pero el paso del tiempo desnudó otra lógica, de validez inconsciente. Faltando los elementos de la supuesta realidad en la que el miedo fundaba sus pronósticos, éste persistía con mayor énfasis. Importa advertir lo siguiente: el miedo anuncia que, de atrevernos a un acto transgresivo, sucederá algo nefasto. Augurando una consecuencia, el miedo coloca en el a posteriori lo que es puro a priori; de este modo tiende a cancelar el acto en ciernes. No es posible conocer de antemano el después del acto, porque ese acto necesariamente altera los fundamentos de lo dado previamente. El desamparo temido por Carol no era otra cosa que la falta de resguardo en la extensa negociación donde cada uno administraba sus impotentes poderes.

Si produzco este oxímoron es porque esta forma de imaginar el poder sólo expresa impotencia. Habituados como estamos a deslizar el poder hacia su caricatura autoritaria, tendemos a asimilarlo con cierta disponibilidad arbitraria sobre personas o cosas. Las respectivas encerronas de Carol y de Darío son prueba de ello, como si fuese equivalente conjugar los verbos “poder” y “poseer”. Ciertas palabras, como “dueño”, lo sugieren, aunque tengan origen diverso. El “don” de alguien es menos algo concreto que una cualidad, y el “duende” –de donde proviene– un espíritu juguetón que solía habitar lugares o casas. Ausente de la casa de Carol y Darío cualquier atisbo juguetón que aliente al duende, cada uno creyó adueñarse a su manera del poder en la casa. El impulso de Carol a separarse es un intento de alcanzar alguna forma de libertad que destrabe el cancel de la impotencia.

La sabiduría popular dice que el miedo es mal consejero. Es así, pero no porque presagie algo falso o que no pueda ocurrir, sino porque el miedo tiende, con sus presagios, a escamotear el acto mismo. ¿El miedo es un síntoma? Lo es en caso de que logre el objetivo de suspender indefinidamente el acto en cuestión paralizando al sujeto. Otras veces uno sabe que debe atravesar el miedo para lograr la valentía. ¿Es el miedo-síntoma la expresión disimulada de una fobia? Interesante pregunta. En su revisión clínica de 1925, Inhibición, síntoma y angustia, Freud alude una y otra vez al “miedo angustioso de la fobia”, tendiendo puentes entre estas tres nociones en su común espanto ante la castración, el articulador que despeja en ese momento para la clínica. Difícil concepto que mantiene un despertar en suspenso, un tiempo de despertar cuya condición es animarse a entrever lo que no es, lo que no se es. Al reconsiderar el “caso Juanito”, Freud se pregunta por qué su miedo angustioso configuraba una fobia y no una comprensible reacción afectiva; de modo más sencillo de lo que podría suponerse –Freud es sencillo de leer y difícil de estudiar–, responde que se trata de una fobia, porque el énfasis del conflicto se desvirtúa al viajar por desplazamiento desde la figura parental hacia el caballo como objeto que despierta angustia.

¿Qué sucede en el miedo-síntoma? En primera aproximación, la diferencia con la fobia es notoria: el objeto fobígeno, suficientemente alejado del núcleo del conflicto, resulta anacrónico, mientras que en el miedo parece haber adecuación entre la situación temida y su agente productor. Aquí radica la dificultad con el miedo, pues uno puede comprender con facilidad y equivocar la dificultad.

Arriesgo mi hipótesis: el miedosíntoma en algo comparte la técnica de la fobia; visto con detenimiento, resulta una fobia cuya habilidad radica en producir un movimiento de torsión en la escena del miedo hasta privilegiar un objeto a su medida, es decir, verosímil. Lejos de la escena onírica o de la trágica, el miedo despliega su imaginario en la escena realista. El miedo se afirma en su principio cuando menta o miente la realidad. ¿Cómo no creerle a Carol su problema con Darío? Y sin embargo… el hilo del análisis permitió remontar la angustia por el desamparo ante la separación a otra fuente, que en Carol es relativa a la madre. Esa que marcó a Darío como el candidato potable, y Carol lo conquistó sin esfuerzo y sin amor. Esa que en una reunión social, advertida de que a su hija no le era indiferente cierto hombre, le dijo: “Si yo tuviera veinte años menos –la edad de Carol–, ese fulano no se me escapaba”. Y a partir de allí Carol se desesperó porque el fulano no se le escapara, hasta que logró alcanzarlo y lo convirtió en su amante. De lo que no escapó fue de la influencia de esa madre, que así vivió una segunda vida, tal vez primera en intensidad, a través de su atrapada hija.

El caso de Carol nos ubica en la tardía observación de Freud, quien, al postular la fase preedípica en “Sobre la sexualidad femenina” (1931), admite: “Hasta hube de aceptar la posibilidad de que muchas mujeres queden detenidas en la primitiva vinculación con la madre, sin alcanzar jamás una genuina reorientación hacia el hombre”.

Carol teme a la libertad y que la separación sea “quedar en la calle”; eso la dejaría, según reiteradas ocurrencias de sesión, frente a los hombres. El matrimonio garantiza que no ocurra. El enfático Darío resulta el vigía materno. Y si Freud tuvo razón al establecer la problemática de la castración para las fobias, el miedo de Carol también gira en torno de esta referencia. La separación es el sino del dilema: lograrla sería liberarse. ¿De Darío? Tal vez, pero en su fundamento sería sacudirse el emblema que la sostiene incólume, rebelarse contra la díada marido/madre que a su merced se completan y abismarse a un vacío en que el hombre puede aparecer y ella despertar de una larga, cotidiana pesadilla.

Pero el miedo no es zonzo; de continuo susurra al oído de Carol las penurias que acarrea andar suelta por el mundo, del mismo modo que promueve las ilusorias ventajas de permanecer en el sistema de los poderes cruzados y el vacío libertario denegado.

* Psicoanalista. Autor de Tiempo de despertar.

Filosóficas: locura y manía

En el diálogo de Platón titulado Fedro, Sócrates distingue dos tipos de locura: una es la enfermedad propiamente dicha que sume a la mente en la oscuridad más absoluta y la otra es la manía o locura divina. Sócrates aclara que en la manía hay un cambio de los valores habituales provocado por la divinidad. “…en la locura divina distinguimos cuatro partes que asignamos a cuatro dioses: … Apolo, la inspiración profética; a Dionisio, la mística; a las Musas a su vez la poética, y la cuarta, que dijimos era la más excelsa, a Afrodita y a Eros…”


fuente:www.eunoia.com.ar

Entrevista a Abraham Maslow


Enfoques integrativos
Entrevista con el Doctor Abraham Maslow. Primera Parte

          Esta entrevista fue realizada por W.J.Frick, el 23 de noviembre de 1968

Frick: Doctor Maslow, el comienzo de su carrera se remonta a principios de la década de 1930 y al revisar algunos de sus primeros trabajos publicados, se me ocurrió que en cierto momento usted fue un psicólogo muy tradicional, aunque no creo que fuera tan conductista como otros de esa época, pero, de cualquier manera, era un miembro respetado del establishment. Ahora encabeza una tercera fuerza en psicología que, en realidad, ha sido muy exuberante y experimental en sus esfuerzos por superar las deficiencias de la psicología tradicional, y me pregunto en qué momento de su carrera percibió esas deficiencias en la psicología y en qué momento pasó a preocuparse por los intereses más humanistas que tiene ahora. 

Maslow: Bueno, creo que los intereses humanistas formaron parte de la razón, una parte muy importante de la razón, por la que me dediqué a la psicología y me aparté de la filosofía. Mi tendencia era socialista dentro del Socialismo Norteamericano. Norman Thomas fue un gran héroe para mí, y también Upton Sinclair y Eugene Debs, en la universidad. Existe la tradición judía de lo utópico y lo épico y yo aspiraba con gran decisión al progreso de la humanidad. Llegué a impacientarme con la filosofía, con toda esa charla que no llevaba a nada, y quería una filosofía empírica en el sentido del siglo XIX, esto es, trabajar de manera empírica en los problemas filosóficos. Había hecho un intento antes en Cornell, con Titchener, y luego simplemente huí. 

Frick: ¿Confiaba en encontrar lo que buscaba en la psicología de esa época? 

Muslow. Ahí fue cuando comencé a estudiarla, porque no sabía nada de psicología. Llegué a ella siguiendo una especie de ideal que aún no existía. Pero me fascinaba todo lo que sí existia y, además, el conductismo parecía distinto de como lo vemos hoy. Sin duda, el gran momento en que regresé a la psicología fue cuando leí la obra de Watson y tuve una gran iluminación, una gran visión acerca del futuro. Era algo programático y parecía muy claro. 

Frick: ¿El conductismo realmente le atraía en esa época? 

Maslow: Oh, sí; me llevó a la psicología o me devolvíó a ella, porque parecía que todo lo que se necesitaba era trabajar arduamente. El futuro parecía muy claro. Había un programa, y sólo se trataba de condicionar todo, etc. Pero, siendo estudiante, tropecé con Freud y Adler en Wisconsin. El primer trabajo que hice fue sobre psicoanálisis. . . pero era un muchacho muy tímido, muy asustadizo, muy aislado, y el primer trabajo que hice fue para la Academia de Artes y Ciencias de Wisconsin. Creo que era un trabajo que aún hoy valdría la pena hacer. Se llamaba “¿Psychoanalysis and Mental Hygiene as Status Quo Social Philosophy?”. Debía presentarlo, pero cuando llegó el día tuve tanto miedo, me sentí tan amedrentado, que huí. No me presenté a la reunión y no entregué mi trabajo, pero ése fue el primer trabajo. . . si lo hubiera entregado, habría sido el primer trabajo que publicaba. Así, tuve una actitud abierta respecto de la psicología desde el comienzo mismo, y la utilicé en términos de un ideal que aún no existía. Algunas personas se atemorizan y se alejan de la psicología debido a sus inadecuaciones, esto es, la discrepancia entre lo que existe y el ideal. 

Frick: Hoy le pasa eso a muchos entudiantes. . . 

Maslow: Sí, pero creo que eso no ocurre a los mejores. Creo que yo era buen estudiante, pero sentía que si la psicología no respondía al ideal, entonces, maldito sea, debía hacerlo. Y. así, me dediqué a ella teniendo muy claras en mi mente cuestiones que ahora llamamos humanistas. De paso, el conductismo parecía entonces un programa para el humanismo, y sólo cuando comprobamos que no funcionaba me sentí desencantado. Pero nunca fui un devoto, un discípulo, el gran seguidor de una doctrina. . . mi trabajo estaba basado en realidad en mi estudio de Adler y Freud, y era un esfuerzo decidir quién estaba en lo cierto. Por otro lado, diría que me siento muy abierto acerca de. . . no soy contrario al conductismo, excepto como filosofía, y no me siento sectario al respecto. La psicología humanista que estoy desarrollando, y que confío en sistematizar, incluye, mejor dicho, es una estructura metodológica, teórica y filosófica más amplia que abarca toda la psicología positivista. No la rechaza. 

Frick: La incorpora y hace quizás un mejor uso de ella, desde un punto de vista teórico. 

Maslow: Así es. 

Frick: Me propongo considerar esta integración teórica dentro de unos minutos. Doctor Maslow, algo que me interesa se vincula con la pregunta que me propongo hacerle. Dijo que era un joven muy tímido, quizás muy obsecuente, al comienzo de sus estudios de postrado. ¿Tiene esto algo que ver con su interés posterior y más reciente por la autorrealización? Sin duda, como sucede con todos los que conozco, sus teorías son en buena medida una parte de usted como persona, y por eso me pregunto si esto representa una tendencia personal. 

Maslow: Se puede responder en muchos niveles. Al analizarse, uno descubre toda clase de cosas. Supongo que en el nivel más superficial, en el nivel más obvio y consciente, esta idea de la autorrealización se originó en el simple hecho de admirar y amar a dos personas en particular y, más tarde, a otras. Una de ellas fue Ruth Benedict y la otra, Max Wertheimer, maestros a los que sencillamente amé en una forma que los estudiantes de hoy no conocen. Pero eran desconcertantes; no encajaban; era como si vinieran de otro planeta. Todo lo que yo sabía no servía para explicarlo. Eran misterios para mí. También eran muy amables y protectores conmigo, respondían a mis preguntas y me dejaban permanecer cerca de ellos. Yo era tan sólo el tipo normal —normal para mí, de cualquier manera— de intelectual que hurgaba hasta que comprendía. Y había escrito toda clase de comentarios sobre ellos, a la manera de un diario personal y seguía tratando de explicármelos. Era una empresa totalmente personal. Ni siquiera se me ocurría pensar que podría tratarse de una exploración e investigación. Sería como llevar un diario personal y le hablaba a mis alumnos sobre estas ideas, puesto que ellos eran siempre los depositarios de todo lo que me interesaba en aquella época. Y cierto día, por fin, esas dos imágenes se transformaron en una sola, y me encontré con un compuesto en lugar de sólo individuos. Desde luego, me sentí muy excitado y seguí trabajando empecinadamente en secreto. No encajaba en el Zeitgeist en modo alguno, y para lo único que me sirvió fue para hablarles a mis alumnos y conversar con mis amigos. Y se hizo público sólo debido a la intervención de Werner Wolff, quien por esa época se destacaba en el campo de la psicología profunda. Acababa de fundar una nueva publicación y me pidió ese material, que fue publicado unos siete años después de su redacción. 

Frick: Entonces él publicó uno de sus primeros trabajos sobre sus experimentos con la autorrealización o la personalidad sana, ¿no es así? 

Maslow: Esa fue la primera publicación, y creo que me habría sentido demasiado tímido para hacerlo si él no me hubiera pedido que se lo diera, porque era muy “poco científico”. Esta revista se llamaba… no era como la Psychological Revieiv o el Journal of Experimental Psychology. Se llamaba Pergonality Studies, o algo parecido, y eso me dio valor para hacerlo, para escribirlo, para publicarlo y ponerlo al alcance de todos. 

Frick: Eso no fue hace muchos años, en realidad, ¿no es así? 

Maslow: No, eso se publicó. . . debe haber sido alrededor de 1942, aproximadamente, pero había estado en mi escritorio desde 1936 o 1937. 

Frick: ¿Todavía tímido? 

Maslow: Oh, sí. Bueno, parte de esa timidez sigue apareciendo cada tanto. 

Frick: ¡No puedo creerlo! 

Maslow: Bueno, en mis sueños y en mis fantasías, el niño pequeño sigue presente. 

Frick: Doctor Maslow, he seguido su trabajo durante muchos años; creo que sus escritos han tenido mucho que ver con mis propios esfuerzos y mi propia posición, por lo cual me resulta difícil hacer una evaluación realmente crítica y objetiva, como podrían hacerlo muchos que están menos comprometidos con su trabajo y su pensamiento, pero quisiera desempeñar el papel de abogado del diablo con algunas de mis preguntas durante unos minutos. Creo que en los últimos meses he profundizado en su labor y me he sentido algo perturbado por la enorme importancia que atribuye a una base “instintoide” (instinctoid) para la conducta y el desarrollo del hombre. Es como si usted introdujera un determinismo biológico, y creo que eso se observa cuando utiliza aquella analogía: el hombre realiza sus potenciales de manera muy similar a como una bellota se convierte en un roble. Usted usa esta analogía, u otras similares, con gran frecuencia. Me parece ver aquí, y creo que eso es lo que realmente me perturba, una verdadera programación. Sin duda, el modelo de la bellota que se transforma en un roble sugiere un tipo indeleble de programación y eso me preocupa, y quisiera que me respondiera y pasar luego a algunos problemas afines que deseo considerar. Quizás le preocupe a usted también. No lo sé. 

Maslow: Preocupar no es exactamente la palabra, sino más bien fascinar. Sí, me encanta trabajar y pensar sobre eso, y trato de resolverlo. Creo que esa analogía no fue una buena elección, porque está programado. 

Frick: ¿Llevaba en realidad a esa connotación? 

Maslow: Así es. Lleva a la noción de algo que crece enteramente por sí solo sin ningún esfuerzo, y resulta muy claro que hay que añadir algo a potencialidades que, estoy convencido, son de tipo instintivo, o genético, o de base biológica, muy, muy débiles, muy delicadas, muy sutiles, no como un animal o una planta. Tenemos un sentido interior de una fuerza irresistible, y prácticamente nada puede impedir que un gato se convierta en un gato, pero actuar sobre esa naturaleza es lo que constituye la insistencia existencial en que el hombre se hace a sí mismo. Diría que las potencialidades de la naturaleza humana tienen una raíz biológica y son instintoides, pero que es en la cultura y en la propia vida, y con voluntad y con autor responsabilidad que el hombre se hace a sí mismo. Es decir, si no se hace nada con las potencialidades, uno es un vegetal, de modo que el trabajo esforzado es el camino para llegar a ser un buen médico, o un científico o cualquier otra cosa; trabajo esforzado, decisión, compromiso, y la incorporación del ideal del yo en el sí mismo. Creo que la manera más sencilla de decirlo es con los términos existencialistas: “El hombre es su propio proyecto”. Pero lo exageran, porque se vuelven antibiológicos. 

Frick: Así es, pero creo que, en cierto sentido, hay una verdadera contradicción en su posición. No la he resuelto aún, pero estoy tratando de lograrlo. Usted dice que debemos descubrir esa naturaleza. Está allí, pero debemos descubrirla. Llegan los existencialistas y dicen: “No, en realidad no tenemos que descubrirla, debemos crearla”. Ahora bien, creo que, en su posición, en cierto sentido resta importancia a la elección. 

Maslow: No es mi intención. 

Frick: ¿No lo es? 

Maslow: No. Por eso que dije que estaba mal expresado. No hay ninguna palabra que abarque conjuntamente las ideas de descubrir y de crear. Es una especie de difícil descubrimiento o bien, si pienso, por ejemplo, en mi trabajo como psicoterapeuta, la dificultad con la que uno descubre la propia naturaleza humana, o los propios talentos o las tendencias o los gustos o la propensión constitucional-temperamental; entonces debemos inventar palabras adecuadas, porque ésa es la operación. Esa es la operación básica a partir de la cual yo comenzaría todo este asunto de revelar, descubrir, crear, mediante el trabajo esforzado y mediante la propia determinación de uno mismo pero, por supuesto, con acento en lo receptivo. Es decir, la creación no es arbitraria. No puedo transformarme en una mujer, salvo de una manera muy ineficaz e insatisfactoria. Allí, en cierto sentido, la verdadera tarea consiste en descubrir qué es uno, y esa frase esta bien con todas estas otras modificaciones, como descubrir las propias tendencias, las propias propensiones, las propias intenciones y luego hacer que todo eso se concrete. Si descubro que soy un. . . bueno, como me ocurrió. . . surgió poco a poco durante mis estudios universitarios y. . . bueno, todavía continúa. . . este asunto de averiguar qué es lo que realmente quiero, lo cual significa qué soy en realidad y, en mi caso, a lo largo de los años, desarrollando poco a poco, más y más coraje. . . Todavía no soy del todo valiente, porque cuando trabajo hay cosas que quedan todavía a salvo en la intimidad de mi diario. 

Frick: ¿Cosas que aún no ha realizado? 

Maslow: No, son tan remotas, tan. . . todavía tengo pesadillas antes de publicarlo.

Frick: ¿Incluso con su reputación, sigue teniendo ese tipo de inhibición? 

Maslow: Bueno, la reputación está basada en otra cosa, y esto nuevo sobre lo que quiero hablar, sin duda ofenderá a las personas que… se podría decir que perjudicará mi reputación. 

Frick: Sí, pero aquí usted parte de una posición de fuerza. 

Maslow: Siento más confianza, mucho más de la que solía sentir cuando caía en mis postraciones. La primera charla que di sobre la experiencia pico y este asunto de la cognición B, bueno, allí estaba sentado mi antiguo profesor en la primera fila, y yo no había podido dormir durante varias noches antes de esa charla y tuve que descansar, antes y después, debido al agotamiento, y tuve sueños en los que me expulsaban de mi familia. Recuerdo un sueño que tuve por esa época. Era una especie de sueño recurrente que me venía cada vez que debía hablar en público acerca de algo en lo que había estado trabajando en privado. Era un sueño típico, y resume todo este problema de la valentía y el temor de estar en la calle y que alguien grite de pronto: “¡Cuidado, hay tigres y leones sueltos!”, y entonces me sentía aterrorizado y corría hacia la puerta detrás de la cual estaba mi familia, no sólo los parientes más cercanos, sino algo así como todo el clan, y golpeaba la puerta mientras gritaba: “¡Déjenme entrar, déjenme entrar!” Y la puerta está cerrada, y no me dejan entrar, y era sin duda la Asociación Psicológica Norteamericana. Siempre me imaginaba que en cualquier momento iban a expulsarme, y creo que éste es un temor universal. Si uno dice algo que contradice a las personas que uno ha admirado y de quienes ha aprendido, algo que contradice a nuestros maestros, es algo así como una cosa cósmica, eterna. 

Frick: . . .Así es, y cuya admiración hacia usted depende de ciertas posiciones conocidas. . . 

Masloiv: . . . Y cada vez uno renuncia a la admiración y, de hecho, renuncia a la reputación. 

Frich: Así es, o por lo menos se corre ese riesgo. 

Maslow: Bueno, de manera inconsciente, yo lo hice cada vez. 

Frick: No me cabe duda. Quizá deberíamos retomar el problema de la elección, que es realmente muy complicado. Presenta dos aspectos: elegir, reconocer y asumir la propia unicidad en cierto sentido, y también elegir la realización de esos potenciales instintoides. 

Maslow: Es la misma cosa. 

Frick: Sí, pero una es de índole racial, ya que usted habla de potenciales inherentes a la especie. La otra es más personal y única, en cierto sentido, pero no se excluyen mutuamente. 

Maslow: Bueno, ésa es una de las cosas que estoy tratando de hacer, trabajar con sumo cuidado para elegir las palabras, de modo que sean las adecuadas. La palabra que utilizaría no sería unicidad. Más bien emplearía “idiosincrásico”, para referirme a lo individual. Es decir, la manera en que somos distintos de las demás personas también se descubre en esta misma búsqueda personal de identidad. 

Frick: ¿En la base instintoide? 

Maslow: Así es, pero aquello que no es único para mí, sino que todos compartimos lo descubro mediante el mismo proceso; esto es, en profundidad, digamos, en psicoanálisis, he de descubrir como gran descubrimiento, la necesidad de amor, que comparto con todos, y el proceso mismo, esto es, el descubrimiento de que es común a la especie y de lo que es único en mí, es posterior al hecho de descubrir y revelar. 

Frick: De acuerdo. 

Maslow: Al menos, así lo diría para salvar la unicidad y las cualidades idiosincrásicas y sus diferencias con respecto a lo que pertenece a la especie y, sin embargo, también para salvar este proceso de similitud mediante el cual nos descubrimos. Subjetivamente, mi necesidad de seguridad, o mi tendencia a expresar mi tipo de inteligencia ectomórfica y no mesomórfica se descubren en. . . por ejemplo, en mi masculinidad, que no es inherente a la especie, y aun más entonces, por ejemplo, mi nivel particular de inteligencia y mis anhelos particulares, por ejemplo de un mundo bueno, etc., se descubren de la misma manera. Primero toda la especie, después la mitad de ella, luego grandes grupos y, por último, lo idiosincrásico. 

Frick: ¿No cree usted, entonces, que está volviendo a una suerte de psicología de los instintos tal como la conocimos? 

Maslow: No, no. Rechazo la teoría de MacDougall tanto como la teoría de los instintos que propugna el etólogo, ya que aquí no pueden aplicarse. Es en esencia teoría conductista, y no hablo sobre la conducta. Las conductas que están genéticamente determinadas son muy triviales, no triviales, sino reflejas, y por eso no tienen mucha importancia para el psicólogo. Antes bien, me refiero a los impulsos, mejor aún, a las necesidades en el sentido estricto. Necesidades que tienen que ver con la salud física y la plena humanización. 

Frick: De acuerdo. Doctor Maslow, creo que a usted se lo ha criticado. . . 

Maslow: . . .Me podrían criticar por usar la palabra “instintoide”, porque ha dado lugar a malentendidos, pero no se me ocurrió ninguna otra. Y también ésa es inadecuada. Complica mucho las cosas, y me irrita mucho ese punto de vista que acentúa en exceso lo sociológico y lo ambiental en la psicología, y también que se formulen principios que se aplican a cualquier especie y que no son específicos de la especie humana. De modo que esa palabra es. . . por un lado, me disculparía por ella, por que resultó más equívoca de lo que supuse. Por otro lado, algo por el estilo era necesario, porque demasiado a menudo se falsea el problema. Y también se enreda con la política. Erich Fromm, por ejemplo, en realidad no hace más que eludir el problema, aunque lo dice de muchas maneras indirectas. 

Frick: El adopta una posición similar ¿no es así? 

Maslow: Pero sin decirlo. Creo que es una posición similar. Creo que Cari Rogers adopta un criterio similar, pero, en cierta ocasión, cuando discutíamos (en la Universidad de Florida, creo, señalé este problema como la única diferencia de opinión, y entonces Carl dijo: “Bueno, yo no estoy en desacuerdo”. Y le respondí: “Entonces, dígalo”. Y lo hizo. Y, sin embargo, hay algo no muy respetable en el uso de ciertas palabras. 

Frick: Ha sido contaminado, ¿no es así?, por MacDougall y todos los de la escuela del instinto, y resulta difícil volver a eso, en mi opinión. 

Doctor Maslow, se lo ha criticado por atribuir demasiada importancia a la meta que consiste en volverse plenamente humano, en convertirse en todo aquello que la persona puede llegar a ser. Ahora bien, algunos han señalado que usted es indiscriminado en este aspecto, que lo considera de una manera global y no realista. Lo que quiero saber es: ¿acaso la persona no tiene que hacer elecciones y seleccionar entre una inmensa reserva de potenciales, y acaso no tiene que haber alguna prioridad en términos de lo que una persona se propone realizar en sí misma? Usted no estaría en desacuerdo con esto, ¿no es así? 

Maslow: De ninguna manera. Pero también aquí resulta muy difícil encontrar las palabras adecuadas. Sólo puedo decirlo in extenso y con abundantes ejemplos. Es imposible dar una formulación clara y simple al respecto. Desde luego, estoy de acuerdo. Confío en escribir un libro sistemático, si vivo lo suficiente, en el que presentaré un sistema acabado de la naturaleza humana. Confío en poder ampliar el último capítulo de mi libro, Toward a Psychology of Being, titulado “Some Basic Propositions of a Growth and Self-Actualizing Psychology”, y desarrollar una amplia filosofía de la psicología, y también confío en ampliar este material hasta diecisiete volúmenes, más o menos. 

Frick: ¡Me parece magnífico! 

Maslow: Bueno, algo así como hacer lo del viejo profesor alemán, un manual del siglo XIX en siete volúmenes. 

Frick: ¿Siente usted alguna timidez al respecto? 

Maslow: No. 

Frick: . . .¿cuando piensa en eso? 

Maslow: No, eso me da placer. En realidad, esa es. . . es algo que elimina la timidez, porque sería sistemático. No es como tratar de decir en pocas palabras algo que no se puede expresar con pocas palabras. Eso me proporcionará la amplitud que quiero, y así podré considerar todas las preguntas que usted me ha planteado. 

Frick: Entonces, ¿usted puede resolver todas estas discrepancias? 

Maslow: Verdadera y absolutamente, con miles de notas al pie y los datos. Lo estoy expresando en una forma —que llamo forma que desafía a la muerte— que crecerá biológicamente, algo así como por intususcepción, que es la manera en que nosotros crecemos y no como lo hace una pila de piedras. Crecerá desde adentro, como nosotros, manteniendo las mismas proporciones. Tengo unas doscientas proposiciones, y puedo hacer una breve formulación de ellas en una página, o en dos o en tres. Entonces agregaría para cada una de ellas un apéndice, incluyendo los datos corroborativos y también referencias a los datos que aún no poseemos, a todos los experimentos que me encantaría hacer si viviéramos doscientos años. 

Frick: Sin embargo, sin duda promovería nuevas investigaciones, ¿no es verdad? 

Maslow: Eso es lo que quiero hacer, eso es lo que me gustaría hacer. Probablemente concluiré mi vida en ello, porque se puede publicar el día después de mi muerte. Tiene una forma tal que siempre está completa y, sin embargo, puede crecer. 

Frick: De acuerdo. 

Maslow: Y si vivo hasta los ochenta años entonces será realmente un libro enorme. 

Frick: Doctor Maslow, con su preocupación por desarrollar el potencial humano, ¿usted diría, entonces, que una persona muy limitada que se dedica por entero a armar trenes de juguete, por ejemplo, diría que eso es “lo suyo”? Porque así es como se expresa y se encuentra a sí misma. Si fuera tan limitada, es decir, si ése fuera su interés absorbente, ¿se diría que esa persona se está autorrealizando? 

Maslow: Tomemos un ejemplo mejor, porque es probable que esa actividad sea neurótica, es decir, que si uno estudiara más a esa persona vería que su actividad constituye una huida o una defensa contra algo. Esa es en cierto sentido mi expectativa —podría ser errónea— esa podría ser una plena realización para, por ejemplo, una persona no inteligente. Quizás sería el máximo que puede lograr. 

Frick: ¿Entonces sería congruente con sus otros potenciales? 

Maslow: Bueno, creo que. . . por ejemplo, compruebo que yo me vuelvo cada vez más limitado, más y más limitado con la edad y tan absorto en mi trabajo que he renunciado al teatro, a la poesía, a hacer nuevas amistades. 

Frick: . . .¿Dice que ha renunciado a todo eso? 

Maslow: Así es. Amo tanto mi trabajo y éste me absorbe en tal medida, que todo lo demás parece cada vez más pequeño. 

Frick: ¿Es bueno eso? ¿Eso es autorrealizarse? 

Maslow: Bueno, no sé qué es, pero lo hago. No lo sé. Simplemente no lo sabemos. 

Frick: Es difícil juzgar, ¿no es así? Eso es lo que estamos diciendo y es la clase de cosas que estaba preguntándole. 

Maslow: Me encuentro con esa afirmación en Darwin. Darwin, refiriéndose a algo por el estilo, dijo que terminó por convertirse en un hombre seco, limitado, simplemente absorto en su trabajo y sin ningún otro interés en el mundo. Si comparara esto con la lectura de novelas, con viajar, con asistir a reuniones y hacer miles de cosas, todas las cuales me producen placer —ya casi ni escucho mis discos, salvo como música de fondo—. Me he limitado cada vez más a mi propio trabajo, y cada vez estoy más convencido de que eso es lo importante. 

Frick: Usted hace elecciones, ¿no es verdad? Eso es autorrealizarse, aunque también implique ciertos sacrificios. 

Maslow: Así es. Si eso es bueno o malo, no lo sé. Sospecho que para la sociedad es bueno. 
Frick: Para usted como persona puede ser limitante. 

Maslow: Así es. Me entristece. . . 

Frick: . . .¿lo que pierde en otros sentidos? 

Maslow: Sí. Yo. . . todos los placeres que yo. . . Este semestre, por ejemplo, renuncié a mis caminatas por el bosque, y a observar la vida de las aves, que me encantan. Llevaban demasiado tiempo. Y bien, ¿a qué le robaba tiempo? Me encantaba y, sin embargo, lo sacrifiqué, renuncié a eso, en nombre de mi misión, de mi vocación o algo por el estilo. 

Frick: Ahora quisiera preguntarle algo, doctor Maslow. Tengo la impresión de que. . . Rollo May lo ha señalado, y creo que también usted, aunque no estoy seguro de poder localizarlo en este momento, pero me refiero a la necesidad que existe en la labor creativa de contar con esos momentos de autorrenovación, de contar con momentos pasivos —las caminatas y todo lo demás— y me pregunto qué significa su sacrificio en términos de renunciar a muchos momentos de serenidad, paz y calma, y todos esos otros intereses. ¿Acaso eso no ejercería sobre su trabajo un efecto muy estimulante? 

Maslow: Así es, y en realidad camino mucho; de cualquier manera, debo hacerlo por razones de salud. Y, sin embargo, me siento mejor con respecto a esos paseos; no son sólo una pérdida de tiempo, porque puedo meditar sobre la labor que realizo y sobre otras cosas en las que pienso. Pero es un poco… es muy difícil de describir, porque pocas personas tienen ese sentido de una misión. Sé que eso sucede con Rollo May; también él es un salvador del mundo. Lo que yo diría respecto de mí mismo, y se lo he dicho a otra gente para tratar de explicárselo, y a mi esposa, por ejemplo, cuando no voy al teatro con ella y trato de justificarme. Suponga que usted descubriera una manera de curar el cáncer, ¿qué haría? ¿Podría ir entonces al teatro y quedarse ahí sentado mirando la obra? 

Frick: Cuando falta tanto por hacer. 

Maslow: Sí, cuando hay mucho por hacer y es necesario ayudar a la humanidad. Eso es lo que siento, aunque en realidad es más importante que el cáncer. ¿Cómo puedo perder el tiempo con estas cosas? y, sin embargo, es una exageración porque, bueno, anoche fui a una reunión. Era la reunión de nuestro Departamento, y me encantan esas reuniones; sin embargo, creo que soy más feliz y me siento más satisfecho, y más auténtico, y que soy realmente lo que estaba destinado a ser cuando me dedico a mi trabajo. 

Frick: La palabra misión es la que corresponde, ¿no es así? Un sentido de misión. 

Maslow: Están las palabras viejas para decirlo. Uno encuentra su vocación. 

Frick: Sidney Jourard lo ha llamado el “proyecto”. Hay muchas palabras para decirlo.

Experiencias cumbre y autorrealización


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