No tardemos. Nos esperan. Nos están esperando.
“El hombre nace blando y flexible.
A su muerte está endurecido y rígido.
Las plantas verdes son tiernas y llenas de savia.
A su muerte están marchitas y secas.
Por eso, lo rígido y no flexible es la disciplina de la muerte.
Ser dócil y ceder es la disciplina de la vida.
Por eso, un ejército sin flexibilidad nunca gana la batalla.
Un árbol que no se inclina se quiebra fácilmente.
Lo rígido y endurecido se caerá.
Lo blando y flexible sobrevivirá.”
(capítulo 76 del Tao Te Ching)
Muchas veces, durante estos años de crianza de mis cuatro hijos, me he sentido disgustada ante preguntas normales, repetidas y que salmodiando solemos hacer los que somos “las personas mayores”…
Que si mal no recuerdo, allá lejos y en el tiempo de mi niñez, ya solía yo esperar algo más de parte de ellos, “los grandes”…
Supongo que a los niños, a los jóvenes, y a los mayores de hoy, también los defraudamos con nuestra precariedad de pensamientos, o con nuestra falta de imaginación.
Quizá fuera eso lo que me disgustaba cuando en el caso de mis hijos los encontraba mirando a los ojos a alguien que le preguntaba “¿Qué quieres ser cuando seas grande?”
Esa pregunta, monótona, mal cerrada. Construida y repetida con el rigor de la falta de imaginación. Junto a otras no menos poco acertadas han desarrollado todos mis pruritos, y todavía me escuecen.
He encontrado más precisión y consideración a cómo y qué preguntas formular en cursos de ventas, que en lo que preguntamos repetidamente de generación en generación a nuestros niños.
Que quieres ser cuando seas grande. Tan luego querer ser. Incitando a los niños a responder, médico, bombero, flautista de Hamelin? ¡Qué distracción! Que falta de consideración…
Cuando en realidad lo que queríamos preguntar es ¿Qué quieres hacer? Hacer, que no ser.
Pedazo de confusión con el verbo. Hacer, con las manos, con la mente, con el conocimiento que vayamos adquiriendo. Construir, educar, imaginar. Y luego ser, cuando dejamos la labor que nos ocupa, ser padres, ser amigo, ser hijo, ser persona, ser hombre, ser mujer, ser niños, ser felices, ser justos, se injustos, ser juntos, ser malos, ser buenos. Así hemos ido transitando por la vida montones de personas que solo hemos sido lo que hemos hecho, porque todo lo demás lo hemos dejado para “hacer cuando tuviéramos tiempo”, dejando de ser lo que el tiempo y la situación nos regalaba…
Pero, me pregunto, en este mundo tan complejo, con sociedades capitalistas, o totalitarias u opresivas. En este mundo con multinacionales y bancos portadores y operadores de los nuevos sistemas de esclavitud. En este mundo en el que se aíslan poderosos benefactores y sus damnificados. Donde se anarquizan o permiten tanto el manejo de armas, sustancias, siliconas, uranio, grasas y quimioterapia, como las leyes, derechos, no derechos, deberes e impuestos. Este nuestro mundo hecho con regímenes apócrifos o aún con vindicaciones religiosas, petrolíferas y territoriales pendientes. En un mundo donde noblezas, escatológicas miserias, nobles y plebeyos convivimos mal mixturados. En un mundo que no está a salvo ni del plutonio, ni de los tsunamis, ni de que algún esquizofrénico Abaddón amanezca un día arma en mano y trunque vidas y destinos a mansalva en cualquier parte del mundo. El mundo en el que hemos creado los hikikomori, los agorafóbicos y a los nóveles exterminadores, sin haber sabido todavía erradicar el hambre…
El mundo que se horroriza por la guerra lejana y tiene la propia durmiendo en su cama, detrás de la puerta, al otro lado de la pared.
Un mundo que en una actitud autista de autodefensa intenta seguir funcionando en una realidad paralela a la verdad, pero que no por paralela esta le confirma su condición de veraz, ya que solo es su nimio reflejo.
Creo que debemos parar. Creo que ya no caben estas pueriles y poco acertadas preguntas.
¿Qué vas a ser cuando seas grande? ¿Cuándo se es grande?
Y después de ser grande ¿Qué hago?
Ah! Ya sé. Sobro.
¡Qué habilidad para maltratarnos! Para cercenarnos los espacios donde “somos.”
Hemos llegado a la situación en la que se es viejo a los treinta y tres… Casi como don Alejandro Magno, ¡pobrecito, finadito tan joven!.. Con la diferencia que él había conquistado un mundo y algunos de nosotros ni siquiera hemos conseguido trabajo…
Quizá, y también, la pregunta en cuestión sea tan nociva como la otra estupidez mundialmente reconocida, como que a “Cierta edad ya no se aprende nada”…
Con esta letanía, ¡lo hemos logrado! Hemos creado una masa ingente de personas que huyen de ser niños y se niegan a envejecer.
En la patética representación que hemos conseguido, envejecer sería algo así como que nuestras neuronas quedan anquilosadas a lo que fuimos y no hay ya ni olor ni emoción que no conozcamos, ni cosa nueva que aprender, ni nada nuevo que admirar, ni amor por “hacer”…
Hemos insistido tanto que nos hemos quitado a nosotros mismos la posibilidad de la curiosidad, del descubrimiento, de ver lo nuevo desde otro punto de vista.
Hemos puesto en marcha la fábrica de levantar glúteos, párpados o disminuir el abdomen. Ha sido bueno porque da dinero y trabajo. Pero como contrapartida hemos construido una sociedad “asiliconada” en exceso…
Y con el más perfecto de los músculos “sin entrenar”…
Hemos cambiado curiosidad y ansia de saber, por deseos y adquisiciones. Sin tener en cuenta que todos nos vamos a morir. Que por muy Warhol y sus cinco minutos de gloria que nos creamos. Somos frágiles, oxidables y sensibles.
No creo tampoco en los destierros, ni en las exclusiones, ni en las prohibiciones… Pero si hemos entrado en zona de icebergs, deberíamos entre todos variar el rumbo, para evitar futuras coaliciones. Deberíamos crear sociedades que dieran libre vigencia a todas las edades, que incentivaran la curiosidad y el ansia por el conocimiento, descubrir y aprender de todos, niños y grandes, interactuando.
Deberíamos enseñarnos a despertar nuestras inteligencias emocionales dormidas, deberíamos administrar nuestros registros de virtudes y no virtudes. Deberíamos empezar a conocernos a nosotros mismos. Y deberíamos empezar ahora, así tengamos cien, contados en días o en años. Deberíamos controlar a nuestros internos abbadones, y a nuestros desprovistos Cristos. Pero como vamos a controlar lo que desconocemos. Como voy a saber de mis profundidades y mis elevaciones si nunca me visito. Si nunca me enseñaron como era un viaje hacia mi interior.
Creo en holísmo y en la enseñanza holística. Creo en no descartar a los “viejos”, en no subestimar a los nuevos, en no maltratar a los que no son iguales.
Creo en escuchar…
Creo que es tiempo… Más que nada, porque los niños y los viejos, esperan… Nos esperan.
Nos están esperando.
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