Algo por desear

Salí a la calle mas abrigada de lo necesario, el frío de estos últimos días y en especial de anoche y las rodillas entumecidas antes de entrar al bar a festejar lo que se festeja en estas épocas han hecho mella en mi memoria previsora… Dándome cuenta de lo molesto de llevar un abrigo y una bufanda de más, con Lucía recorrimos el centro. Las calles tienen un todo de alboroto y preparativos, manteca,  gente que va, tomillo, que entra a las tiendas, albahaca, paquetes, pimienta, rastrillos de navidad, romero, y nosotros entre esa gente con la lista de lo que faltaba para cocinar la cena de la noche de mañana. También había en los locutorios gente hablando en algunos idiomas que pudimos distinguir cuando fuimos a sacar unas fotocopias, y otras lenguas un poco más difíciles… Pero, cosa extraña, tanto para mi hija como para mí, aunque no distinguimos las palabras supimos perfectamente lo que estaban diciendo. Y cuatro sidras.

Llamé al hogar donde está mi madre allende los mares. Me reconoce, escucharla me llena el corazón de un sentimiento fuerte, grande, ingentemente dulzácido. Le río, le haga cuanto chiste pretendo, le repito lo mismo veinte veces, la escucho reír, decirme que soy tonta y le acepto la disculpa de no venir a casa porque sabe que yo no voy a estar. Le digo que la quiero, que la amo y ella me repite lo mismo. Le digo que estoy sana y trabajando y ella se alegra, Lucía también habla con ella y le aclara que es ella, Lucía. La disuado de que le discuta o pretenda corregir algo de lo que le diga. Me pasa el teléfono y me despido con un salado, salobre y salino te amo mamá…

Me quedo mirando por la ventana. He recibido la llamada de algunas amigas, ellas gritan y yo también, hablamos todas juntas, casi sin escucharnos, pero sabiendo que estamos allí, pa’lo que guste mandar, y hoy  manda el compartir. Nicolás ha cocinado nueve panes dulces. Leonel, ya no tarde, más bien temprano, llegó “mareado de festejos”, Lara ha dicho a múltiples convites que “estas fechas no se negocian”. Y Lucía ha manufacturado con sus trece añeras, perfectas y amadas manos los regalos para cada uno de nosotros.

Por qué entonces mi pecho tiene esta llaga… Cuando veo avanzar por la calle de enfrente a un hombre doblado sobre su bastón me veo en él, yo soy mi madre y su demencia, y el hombre doblado y las manos de mis hijos, y soy casi todos los hombres con hambre, y también los que sirven el pan en la mesa, soy el triunfador y el fracasado, soy quien lamenta las ausencias, y quien festeja el estar, soy todos los despojados,  soy aquellos que caen en la cuenta que la vida es eso, y es esto. El festejo con la llaga, los verdes ojos para la National y su dueña escondida, la broma a pesar del dolor, el baile a pesar de la muerte, el pan en las mesas a pesar del hambre, los atentados en Persia, la música y la cochambre, la exultante fantasía y la realidad más fría … Y debe haber un tiempo así. Y es bueno. En algún momento es bueno recordar, acudir, respetar, dolerse, reírse y comprometerse con el futuro, aunque dure dos días y el compromiso sea respirar… Debemos todos levantar las espaldas con o sin  copas de cava, atizar el rescoldo en el alma  y creer en alguna salvación… Ya sea festejando un nacimiento o girando alrededor de la Kaaba, o viendo en la Ramilla la representación de la vida de Rama, debe haber Durga-puja, Holi, Dipavali, Kinrō Kansha no hi, y Niiname, Pacha Mama y San La Muerte. Debemos festejar desde el claroscuro. Desde esta nuestra humanidad. Desde este sentimiento de vínculo con todos los seres, todos los momentos y todas las cosas. Desde nuestro propio bien y mal.

Y así, múltiple y definida. Tan plural, disconforme y satisfecha como todos los siete mil millones que somos, deseo al mundo que me ha tocado compartir calor en las vísceras, estímulo en el costado izquierdo del pecho, manos con cosas por hacer, cabezas abrigadas, labios que sonrían ojos que sepan llorar y oídos que reconozcan las sorderas.

Gente toda. Amigos y enemigos míos. Que un día tengan una idea, que algo estén dispuestos a cambiar, que sepan recibir amor. Y que sean felices las fiestas.

La fruta robada…

Recuerdo, hace mucho-muchísimo tiempo, haber robado un higo de una higuera grande y retorcida que más que crecía, vivía al fondo de la mini comunidad en la que mis padres eran otros de los tres inquilinos.  Recuerdo también la reprimenda despropocionada por parte de ”la dueña de casa” … Cosa que  no pude ni supe confirmar hasta bastante tiempo después de que llegara mi padre de trabajar… En la familia de tres personas que eramos, y cuando mis impetus infantiles tenían alguna consecuencia, la llegada de mi padre era el tiempo de la mesura y el planteamiento.  Algo que más de una vez había considerado yo como anacrónico, ya que en el momento de la catastrofe mi madre lo había resuelto la más de las veces, con un par de bifes.  Recuerdo que después de saludarme y ya dispuestos a tomar el almuerzo, en tanto yo ponía los cubiertos y las servilletas, se hizo el medio silencio de la voz de mi madre en susurro, poniendole  al tanto de lo sucedido. Esta vez no debía yo haber hecho algo muy grave dado que ante las demandas de la mujer, mi madre me había tomado de la mano , no había dicho ni por Dios, ni que barbaridad, solo había replicado que se quedara tranquila que no iba a volver a ocurrir… Mi padre era una persona pensante y pausada, se tomó aquello con calma y tiempo.  Durante la comida mas me explicó que me dijo las obligaciones que teníamos como inquilinos… Ya por la noce y después de cenar, en el descanso que precedía a irnos a la cama, me sentó en sus rodillas y me contó el día que con su hermano se metieron en la quinta del vecino a comer membrillos… Mi cara le debe haber transmitido algo muy poderoso porque entonces agregó. “Si, yo también he hecho cosas que no estaban bien y que solo se perdonan cuando uno es chico. Pero también sé que aquellos membrillos asperos, rubios y secos nos sabían a gloria.” Sabes que pasa me  pregunto luego, yo lo volví a mirar directo a los ojos, pero ya con una maravillosa tranquilidad  con advertencia en el alma, pero tranquilidad al fin, mientras él agregaba “la fruta robada es mas rica”.
Así, cuando ando por los blogs o las páginas ajenas y encuentro apetitosas frutas, las robo “para compartir”, y este es el caso

ILUMINACION

 

Este es el momento en que los  limites se abren

como los pétalos de una flor que crece en el pantano.

Lo que fue una celda negra estalla en tentáculos de luz.

Se acaban las fronteras y esfuman las definiciones,

nada se puede comparar, ni juzgar, calma eterna

donde desembocan los ilusorios egos

dejando de ser islas para entregarse al éxtasis

del corazón único y disolverse

en tremendos latidos de amor.

La fragancia de cada ser, el vibrar sublime de las ideas,

el dulce calor del sentimiento afectivo,

la estela brillante de cada acción bondadosa,

el temblor esencial de la pasión,

esto es eterno, no ha venido ni se está yendo,

es una caricia de lo que por siempre es.

Quiero que estas palabras besen tus ojos,

que las plantas de tus pies

acaricien el suelo donde se posan,

que tu cuerpo dibuje en el aire laberintos sagrados.

Nada es inútil, todo sirve para algo,

todo es una búsqueda que sólo puede terminar

cuando nos convertimos en lo que buscamos.

El filósofo se convierte en la verdad.

el artista se convierte en la belleza,

el nadador se convierte en el agua,

el poeta abre una puerta en su poema.

Pueda un alba sin fin inundar tu memoria,

que los huesos de tu cráneo se cubran de palabras sagradas

que en lugar de dinero intercambies mariposas blancas.

Cada instante es el mascarón de proa

del tiempo total, este es el momento elegido,

hoy es la eternidad, tu cuerpo es el infinito,

tu Yo es la divinidad. Deja arder la memoria,

siente ternura por cada mente que  se desprecia,

deja que el mundo de los codiciosos se vuelva invisible.

Tú sé como un árbol que toma la forma

que le dicta el canto de sus pájaros.

Alejandro Jodorowsky

 

Sencillo pero no simple. Claro pero no fácil.

Son las seis cuarenta y cinco y mi teléfono esparce su alarma atronadora… Como decía mi viejo “hoy hay cole”. Y yo que en aquel tiempo era despertada por mi madre con una sacudida y la retirada de las mantas, a la voz de “donde entra el sol no entra el doctor”, me siento en la cama y levanto la persiana de la ventana, que durante todo el verano permanece con los postigos abiertos y por primera vez desde antes de julio percibo que entra una brisa fría… Hay un aire de comienzo de cambio.  Por ese instinto que antes me llevaba a acurrucarme más en la cama y querer seguir durmiendo, hoy, una vez que sonó la alarma, lo que sigue es levantarse. Aunque no sea absolutamente consciente de ello. La prueba es que llego a la cocina con el mando de la tele en la mano, muy útil si la tele no se hubiera quedado en la habitación… A esta hora, toda mi cría duerme, en realidad toda mi casa duerme, hay una suerte de cuadro en cada habitación. Se respira tanta tranquilidad a pesar de las cajas de la mudanza que hasta mi perro, qué como es habitual percibe el movimiento extraño a su rutina y se dedica a perseguirme por toda la casa, instalándose allí donde me pongo a hacer algo, como para tenerme vigilada, no vaya a ser que se me ocurra la febril idea de irme sin él. Hasta él, duerme todo cuan largo y estirado puede, ocupando con sus setenta kilos todo el pasillo. Un rezongo en el comedor me indica que el menor de mis varoncitos ya se ha despertado, menos mal pues tiene que ir a trabajar.  Una cucaracha panza arriba me da cuenta de las cacerías nocturnas de mi gato, el barcino amarillo más loco del mundo, y su ubicación en el medio del lavadero me pone sobre aviso, quiere recompensa.  Salgo al balcón y reviso los muebles que he pintado, les falta una mano. Miro la caja donde voy a guardar las macetas para las plantas, me quedo pensando en cómo voy a armar el jardincito. Vuelvo a la cocina y mientras se calienta el mate me preparo mi Dianastrud. Lo llamo así porque creo que es invento mío y no llega a ser strudel. Fue producto de un día de esos que apetece algo dulce, pero no tanto, ni muy húmedo ni muy seco… Y de no tener en la heladera más que una masa de hojaldre limones y huevos. Hice un batido de un huevo azúcar y ralladura de limón y armé una especie de brazo gitano con la masa, después de embadurnar su interior con el mencionado pastiche.  Al horno…  Y ¡voila! Algo dulce y comestible. ¡Otra que El Bulli! ¡Chez moi!

Y ahí estoy yo dándome corte y viene el menor de mis muchachos, luciendo una suerte de peinado punk de almohada y me pide desde la altura de su casi metro noventa que le haga un colacao, el mensaje oculto es que sea de los que le preparaba cuando no llegaba a los cien centímetros, que para café no tiene tiempo, para strud tampoco… y parte; escucho el taconeo y veo salir rauda a mi hija la mayor con apenas tiempo para decirme  “chau má”;  unos minutos más tarde me saluda y acepta un pedazo de mi arrollado su novio, que para café tampoco tiene tiempo, y que también parte…

Los otros dos duermen, mi hija más pequeña hecha un ovillo entre la manta  y la gata y el más grande de los dos hombretones que son mis hijos, rodeado de sus ordenadores, con alguno todavía encendido…

Vuelvo a sentir la brisa fresca entrar por la ventana. Hay una suerte de cambio bueno. De ciclo concluido. De vida. Que al fin y al cabo es eso: barajar y dar de nuevo.  Me lleno los pulmones de optimismo, me cebo unos mates, me pongo el delantal de pintor que mi viejo me dejó en herencia  y mezclo el blanco mate, sintiendo que vuelvo a construir, a soñar con un lugar nuevo donde dormir, leer, cocinar… Un lugar que cumpla la función que me decía mi padre y me confirmaba mi hombre: “la casa debe ser el reposo del guerrero”, ese lugar donde no llegan los galgos, los lobos ni los mastines.  Ese lugar donde uno se siente a salvo, seguro y protegido.

Y para que el construir   sea, hay que vivirlo, respirarlo y hay que soñarlo. Y por suerte, he vuelto a respirar.

 

No tardemos. Nos esperan. Nos están esperando.

 

El hombre nace blando y flexible.
A su muerte está endurecido y rígido.
Las plantas verdes son tiernas y llenas de savia.
A su muerte están marchitas y secas.

Por eso, lo rígido y no flexible es la disciplina de la muerte.
Ser dócil y ceder es la disciplina de la vida.
Por eso, un ejército sin flexibilidad nunca gana la batalla.
Un árbol que no se inclina se quiebra fácilmente.

Lo rígido y endurecido se caerá.
Lo blando y flexible sobrevivirá.”

(capítulo 76 del Tao Te Ching)

 Muchas veces, durante estos años de crianza de  mis cuatro hijos, me he sentido disgustada ante preguntas normales, repetidas y que salmodiando solemos hacer los que somos “las personas mayores”…

Que si mal no recuerdo, allá lejos y en el tiempo de mi niñez, ya solía yo esperar algo más de parte de ellos, “los grandes”…

Supongo que a los niños, a los jóvenes, y a los mayores de hoy, también los defraudamos con nuestra precariedad de pensamientos, o con nuestra falta de imaginación.

Quizá fuera eso lo que me disgustaba cuando en el caso de mis hijos los encontraba mirando a los ojos a alguien que le preguntaba “¿Qué quieres ser cuando seas grande?”

Esa pregunta, monótona,  mal cerrada. Construida y repetida con el rigor de la falta de imaginación. Junto a otras no menos poco acertadas han desarrollado todos mis pruritos, y todavía me escuecen.

 He encontrado más precisión y consideración a cómo y qué preguntas formular en cursos de ventas, que en lo que preguntamos repetidamente de generación en generación a nuestros niños.

Que quieres ser cuando seas grande. Tan luego querer ser.  Incitando a los niños a responder, médico, bombero, flautista de Hamelin? ¡Qué distracción! Que falta de consideración…

Cuando en realidad lo que queríamos preguntar es ¿Qué quieres hacer?  Hacer, que no ser.

Pedazo de confusión con el verbo. Hacer, con las manos, con la mente, con el conocimiento que vayamos adquiriendo. Construir, educar, imaginar. Y luego ser, cuando dejamos la labor que nos ocupa, ser padres, ser amigo, ser hijo, ser persona, ser hombre, ser mujer, ser niños, ser felices, ser justos, se injustos, ser juntos, ser malos, ser buenos. Así hemos ido transitando por la vida montones de personas que solo hemos sido lo que hemos hecho, porque todo lo demás lo hemos dejado para  “hacer cuando tuviéramos tiempo”, dejando de ser lo que el tiempo y la situación nos regalaba…

Pero, me pregunto, en este mundo tan complejo, con sociedades capitalistas, o totalitarias u opresivas. En este mundo con multinacionales y bancos portadores y operadores de los nuevos sistemas de esclavitud. En este mundo en el que se aíslan poderosos benefactores y sus damnificados. Donde se anarquizan o permiten tanto el  manejo de armas, sustancias, siliconas, uranio, grasas y quimioterapia, como las leyes, derechos, no derechos, deberes e impuestos. Este nuestro mundo hecho con regímenes apócrifos o aún con vindicaciones religiosas, petrolíferas y territoriales pendientes. En un mundo donde noblezas, escatológicas miserias, nobles y plebeyos convivimos mal  mixturados. En un mundo que no está a salvo ni del plutonio, ni de los tsunamis,  ni de que algún esquizofrénico Abaddón amanezca un día arma en mano y trunque vidas y destinos a mansalva en cualquier parte del mundo. El  mundo en el que hemos creado los hikikomori, los agorafóbicos y a los nóveles exterminadores, sin haber sabido todavía erradicar el hambre…

El mundo que se horroriza por la guerra lejana y tiene la propia durmiendo en su cama, detrás de la puerta, al otro lado de la pared.

 Un mundo que en una actitud autista de autodefensa intenta seguir funcionando en una realidad paralela a la verdad, pero que no por paralela esta le confirma su condición de veraz, ya que solo es su nimio reflejo.

Creo que debemos  parar. Creo que ya no caben estas pueriles y poco acertadas preguntas.

¿Qué vas a ser cuando seas grande? ¿Cuándo se es grande?

Y después de ser grande ¿Qué hago?

Ah! Ya sé. Sobro.

¡Qué habilidad para maltratarnos! Para cercenarnos los espacios donde “somos.”

Hemos llegado a la situación en la que se es  viejo a los treinta y tres… Casi como don Alejandro Magno, ¡pobrecito, finadito tan joven!..  Con la diferencia que él había conquistado un mundo y algunos de nosotros ni siquiera hemos conseguido trabajo…

Quizá, y también,  la pregunta en cuestión sea tan nociva como la otra estupidez mundialmente reconocida, como que a “Cierta edad ya no se aprende nada”…

Con esta letanía, ¡lo hemos logrado! Hemos creado una masa ingente de personas que huyen de ser niños y se niegan a envejecer.

En la patética representación que hemos conseguido, envejecer sería algo así como que nuestras neuronas quedan anquilosadas a lo que fuimos y no hay ya ni olor ni emoción que no conozcamos, ni cosa nueva que aprender, ni nada nuevo que admirar, ni amor por “hacer”…

Hemos insistido tanto que nos hemos quitado a nosotros mismos la posibilidad de la curiosidad, del descubrimiento, de ver lo nuevo desde otro punto de vista.

Hemos puesto en marcha la fábrica de  levantar glúteos, párpados o disminuir el abdomen. Ha sido bueno porque da dinero y trabajo. Pero como contrapartida hemos construido una sociedad “asiliconada” en exceso…

Y con el más perfecto de los músculos “sin entrenar”…

Hemos cambiado curiosidad y ansia de saber, por deseos y adquisiciones. Sin tener en cuenta que todos nos vamos a morir. Que por muy Warhol y sus cinco minutos de gloria que nos creamos. Somos frágiles, oxidables y sensibles.

No creo tampoco en los destierros,  ni en las exclusiones, ni en las prohibiciones… Pero si hemos entrado en zona de icebergs, deberíamos entre todos variar el rumbo, para evitar futuras coaliciones. Deberíamos crear sociedades que dieran libre vigencia a todas las edades, que incentivaran la curiosidad y el ansia por el conocimiento, descubrir y aprender de todos, niños y grandes, interactuando.

Deberíamos enseñarnos a despertar nuestras inteligencias emocionales dormidas, deberíamos administrar nuestros registros de virtudes y no virtudes. Deberíamos empezar a conocernos a nosotros mismos. Y deberíamos empezar ahora, así tengamos cien, contados en días o en años.  Deberíamos controlar a nuestros internos abbadones, y a nuestros desprovistos Cristos. Pero como vamos a controlar lo que desconocemos. Como voy a saber de mis profundidades y mis elevaciones si nunca me visito. Si nunca me enseñaron como era un viaje hacia mi interior.

 Creo en holísmo y en la enseñanza holística. Creo en no descartar a los “viejos”, en no subestimar a los nuevos, en no maltratar a los que no son iguales.

Creo en escuchar…

Creo que es tiempo… Más que nada, porque los niños y los viejos, esperan… Nos esperan.

 Nos están esperando.

La conquista de ser libre.

Yo tuve. 

Una utopía. Una entelequia. Un sueño.

Tras el desmoronamiento de los poderes, después de las guerras, ante el estupor de las marchas de los pueblos sobre los pueblos. Y en medio de los estertores de los capitalismos  y extremismos aún actuales para un catatónico siglo XXI, resurgía un mundo nuevo. Un mundo menos voraz, más empático.

En medio del todo mixturado, de la flacidez bursátil, del vertiginoso “Ludismo”. De la incertidumbre del futuro en manos de los poderosos. Se levanto la ola del poder de los simples, de los damnificados, de todo los que habían guardado silencio.

Luego el miedo cambió de dueño. La molestia pasó a los que ostentaban algún poder… Y en las plazas, como decía Violeta Parra, estaban “los estudiantes, jardín de nuestra alegría… El pan que saldrá del horno, con toda sus sabrosura”, los que no estudiaban, los que no tenían trabajo, los ‘sin oportunidades’.

En este mundo nuevo y soñado no cabían ni los capitalismos, ni las democracias, ni los totalitarismos, mucho menos aún los imperialismos ni las tiranías. Los países no tenían fronteras. Los pueblos se organizaban por regiones independientes en las que los políticos para desarrollar sus campañas debían hacer obras, estaban prohibidas las dispendiosas campañas basadas en meetings, y palabras vanas y repetidas que nunca se concretaban. Debían cuidarse muy bien de lo prometido en campaña, amén de las obras en beneficio de los pueblos que debían realizar. El no cumplimiento de los objetivos planteados significaba la posterior destitución o no asunción a las funciones.  Se acababan las impunidades. Ningún hombre podía permanecer en ningún poder o cargo más de tres años. Ni seguía cobrando indiscriminadamente ningún sueldo de ex-poderoso o ex- mandatario o ex-ministro o ex-nada.

Impulsados por las marchas de las gentes por las ciudades, los propietarios de las fortunas reaccionaron, temerosos de lo que pudiera pasar si nadie iba a trabajar, ni encendía la luz, ni consumía gas. Al ver la gente en las calles, no respetando el statu quo, agrupados, preparando su alimento sin consumir, los improvisados. acomodaticios y apócrifos nuevos hombres del temple impusieron condiciones, se regularon los bancos en función del movimiento de las sociedades. La primera, una ley de préstamos que equilibraba los intereses a nivel mundial, los que nunca podían superar un cinco por ciento. Ante un estado de emergencia económica automáticamente los intereses se deducían a la mitad o se anulaban. A los deudores se les aceptaba cualquier monto en concepto de pago y podían solicitar períodos de carencia. Las entidades tenían prohibido suspender los créditos. Si alguna vez lo hacían, nunca se les podría solventar en caso de necesidad. Ante una debacle, los primeros asistidos eran las personas, las sociedades y las regiones, en ese orden.

Las sociedades dejaron de paralizarse porque los ‘prestamistas’ no querían dejar de ganar.

La vivienda era un derecho. En caso de no poseer los medios para proporcionarse una, era proporcionada por un mix acordado entre los bancos y los gobiernos, a condición de mantenerla y mejorarla, en principio por un período no menor a cinco años, en los que el propietario circunstancial debía ver de proveerse una por sí mismo. En el caso de personas mayores de cincuenta, el período mínimo de residencia era de diez años.

Había cursos de perfeccionamiento para personas mayores. Personas de sesenta y cinco a cien años se instruían en aquellas materias que desconocían, se relacionaban con otras personas de sus mismas edades. Estudiaban, pintaban, creaban, se preparaban como docentes.

 Había nuevas ocupaciones que atendían los espacios vacíos y sin derecho de las sociedades en su mutación.

 Y la edad adulta y sus necesidades eran satisfechas por docentes, asistentes, entrenadores. Ellos por su parte debían por lo menos realizar un curso o práctica que los convocara por un período no menor a dos años. Si bien al principio la idea fue severamente rechazada, con el tiempo no hizo más que agregar vigencia a las edades mayores. Comenzaron por comprender que solo después de los sesenta estaba abriéndose para ellos, de allí en más, un amplio panorama de vida y actividades nuevas, tanto de responsabilidad, conocimiento, recreativas.

Había guarderías de niños a muy  bajo precio ya que la mayor parte estaba subvencionada, en todas las empresas donde hubiera personal con hijos.

 Los hijos dejaban de ser una carga y una culpa para los padres y las madres trabajadores. Cuando una empresa no podía permitirse tal creación, lo hacían entre varias, y la condición era que no estuvieran a más de cinco calles del lugar de trabajo. Entre los docentes y asistentes estaban parte de los ‘abuelos’ que se habían preparado para ello. Estas últimas tenían como condición poner al lado de la guardería otra de animales abandonados, en especial perros y gatos. Había un programa especial en estas de ‘cuidado de otras criaturas vivientes’ que debía ser llevado a cabo tanto por los niños como por los ‘gerontodocentes’ y también daba como opción la creación de quintas o cuidado de plantas y flores. Los resultados de esta cuádruple interacción eran positivos y cuantiosos, los abuelos ‘rejuvenecían’, los niños crecían en responsabilidad y sabiduría, los animales desarrollaban toda su capacidad amatoria y de cuidado. Era agradable y placentero ingresar a tomar café o comer o simplemente a pasear por estas instalaciones (que de todo tenían para su manutención), por la belleza de sus orquídeas, o el maravilloso aroma a especias de sus cocinas. Todo cultivado en espacios de tierra y jardines a la vista.

En los colegios se impartía como principal, la materia de ‘inteligencia emocional’ en la que se formaba a los individuos a convivir y desarrollarse en sociedad, a respetar y ser respetado, a no sojuzgar ni sojuzgarse. Se les enseñaba a manejar sus bondades y su parte oscura. Era condición sine qua non realizar ejercicios de catarsis, aprender que la furia o la parte de maldad almacenada en cada uno debía ser manejada, moldeada y sanamente contenida o canalizada.

Para lograr el feed back social era imprescindible prepararse psíquica, física y emocionalmente. Eran admitidos los eremitas, pero no los autistas sociales.

Se les enseñaba a las personas a elegir.

Se les enseñaba a convivir en un mundo superpoblado.

A los artistas, actores, pintores, escultores que así lo quisieran se les extendían permisos para hacer sus actividades en las calles, cuando lograban convocar a más de diez alumnos o seguidores se le permitía utilizar las salas gratuitas de los centros culturales esparcidos por las ciudades, debiendo ser como mínimo dos por barrio de cada ciudad o pueblo.

Los impuestos y obligaciones no se comenzaban a cobrar hasta tanto los emprendedores o los ciudadanos en general no tuvieran un mínimo ingreso decoroso para el sostén de la familia o de sí mismos. Las recaudaciones se tomaban a partir de la unidad de la moneda de cada continente. Se inscribían como empleados o autónomos, pero hasta no alcanzar ciertos ingresos no se abonaba nada, pero si se estaba registrado. Esto ayudaba tanto a la creación de nuevos negocios como a la rentabilidad del sistema, dado que al declarar mayores ingresos y comenzar a pagar les autorizaban préstamos y consideraciones que no tenían con anterioridad.  Los ricos y poderosos de cada parte del mundo debían aportar un porcentaje obligado de sus fortunas y también lo debían hacer las ingentes entidades bancarias  de su spread, o de sus ganancias y rentabilidades.

Se había creado el Banco de Jubilaciones que desarrollaba una actividad propia para rentabilizar los aportes de todos los trabajadores, en relación de dependencia y autónomos. Teniendo todos los mismos derechos.

Se estudiaba el por qué no le convenía al resto del mundo que hubiera ‘países pobres’, pues esto retrasaba el desarrollo genuino, debido a las corrientes migratorias que por desconocimiento buscaban en otros horizontes una mejor manera de vivir, cuando en muchos casos solo ralentizaban tanto, el desarrollo de las áreas donde había mayor radicación, como detenían el de la que era abandonada. Al quedarse las gentes en sus tierras ayudaban al crecimiento. Y al realizar su viaje propagaban oralmente las bondades de sus lugares.

Todas las personas sin ningún tipo de distinción, debían realizar por lo menos un viaje importante a lo largo de su vida, era un requisito social. Para esto se le entregaba un pase, reconocido internacionalmente, que le permitía identificarse y poder recibir alojamiento y comida en forma gratuita, alrededor de todo el mundo, redundando estos en créditos de beneficio para quien los proveyera.

Se podía uno radicar en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento.

La transculturación estudiada desde niños había pasado de ser concepto a práctica efectiva, erradicando sobre la base de igualdad varias y variados tipos de temor, como la xenofobia o el chauvinismo. Comprendiendo como propia la Misión Mundial.

Esta permisividad disciplinaria propició que las gentes optaran por los más variados, exóticos y distantes lugares. Poblándose así innumerables zonas despobladas de la tierra, como La Patagonia, las zonas centrales de Estados Unidos y Australia y Mongolia.

Por decreto de la unión se enseñaron en todos los países las historias, procedimientos, profetas, y culto de todas las religiones, propiciándose la ‘Filosoficultura’ de La Tolerancia y El Enriquecimiento Cognitivo.

Las fronteras dejaron de ser rígidas, los países enemigos, la explotación enriquecimiento de solo uno, las patrias fronteras.

Tuve una imagen. Un sueño, una esperanza. Se alzaron ante mí Verne y Luther. Mukhtar, Mandela, Lenon.

No había despertado todavía cuando volví a sentirme inmersa en el precario siglo XXI.

Recordé entre sueños aquello que dijeron esos grandes que me asistían: “Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad”, que “A Dios pertenecemos y a él regresaremos”.

Comprendí la dimensión de ser libre “Porque ser libre no es solamente desamarrarse las propias cadenas, sino vivir en una forma que respete y mejore la libertad de los demás.”

Sentí que “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol. “

Supe que “Yo tuve un sueño” y que “Puede ser que sea un soñador.”

Pero sé también, que no soy la única.

Finalmente abrí los ojos, y sin desencanto vi las plazas, la acampada bajo la lluvia,  los brazos levantados, la marcha pacífica. Mientras me ponía ropa acorde para sentarme en el piso duro y pasar o un poco de frío, o un poco de calor, los miraba a los ojos y los reconocía. Eran ellos. Si tengo que ir con ellos. Son los pacíficos, los hacedores, los utópicos, los que se atreven. Tienen tu edad, mi edad, nuestra sangre. Si, son ellos.

Son los que todavía sueñan con cambiar el mundo y hacer de él un lugar mejor.

El hijo del carcelero

La indiferencia del mundo que es sordo y que es mudo

Cinco de junio de 1989, a doscientos metros de la Plaza de Tiananmen. Sobre la gran avenida Cháng An Dà Jie o “Gran  Avenida de la Paz Eterna”… La que lleva a la Ciudad Prohibida…  Allí, un joven desconocido que dicen se podría haber llamado Wang Weiling, también dicen que dicen que lo fusilaron a los pocos días, o bien que aún sigue viviendo escondido en la China continental… Nos conmovió a todos, armado con dos bolsas del supermercado, magro, joven, con pantalón oscuro y una camisa blanca se paró y detuvo, no a uno, ni a dos, ni a tres… Detuvo a cuatro tanques de guerra. Las imágenes dieron la vuelta al mundo en los años siguientes, dejándonos alternativamente mudos, emocionados, estupefactos, sumidos en la más absoluta de las ignorancias, impresionados…

…Recién sentirás.

Verás que todo es mentira

Verás que nada es amor

Luego, lo de todos los días: la labor para que los niños aprendan a pedir por favor y a dar las gracias y el bus que se retrasa. Suben y bajan las democracias como en un frenético caballito de tiovivo; algún tirano somete a millares. Cae el Nikkei, el coche que no arranca, baja el Ibex, el atasco nuestro de cada día, se reúne el Bilderberg. Hay un Tsunami, se derrumba Haití. O tiembla Japón…

 Al mundo lo vapulean axiales sombras largas.

Que al mundo nada le importa.

Once de marzo de 2011 14:46:23 horas. Un terremoto  con epicentro en el mar crea olas de maremoto de hasta 10 m.5. La Agencia Meteorológica de Japón lo denomina oficialmente: 東北地方太平洋沖地震, Tōhoku Chihō Taiheiyō-oki Jishin[4] ? =  el terremoto de la costa del Pacífico en la región de Töhoku de 2011…

Yira, yira.

A causa de que la tierra se ha movido  se incendia una refinería petrolífera en Ichihara, al este de Tokio. Se apagan las cincuenta y un  plantas nucleares en el país.

Pero también el mar se desborda y todo lo arrasa:   “Se observó una ola de 10 metros de altura en el aeropuerto de Sendai, en la Prefectura de Miyagi, que quedó inundado, con olas que barrieron coches y edificios a medida que se adentraban en tierra”.

Y yo sin saber que voy a hacer para cenar, o si nos vamos de tapas, o que pasa y si hay o no partido el domingo.

Estás desorientado y no sabés

Que trole hay que tomar para seguir

“Más de 1.5 millones de hogares han perdido el acceso a suministros de agua”.

Y en ese desencuentro con la fe

Querés cruzar el mar y no podés

Un oficial de la ciudad más dañada, Kurihara en la prefectura de Miyagi:

Fuimos sacudidos tan fuertemente que tuvimos que sujetarnos para no caer. No podíamos escapar de los edificios inmediatamente porque los temblores no paraban… La policía ahora está en la calle, recogiendo información del daño

Más o menos el doce de marzo, una imagen de  un  anónimo Nipón. Que un poco a tientas, a medias hundido en el fango que antes ocupaba su casa, su familia, su perro, sus plantas.  Mira, nada más mira.

¡Qué desencuentro!

¡Si hasta Dios está lejano!

No  se lamenta, no grita, no impreca… Llora para adentro, como solo se hace ante un gran y cierto dolor.  Como solo atinamos a hacer ante esa terrible circunstancia que nos pone ante el vacío y la impotencia que nos deja una situación definitivamente acabada. Aquello  por lo que ya no tenemos nada más que hacer.  Aquello por lo que no podemos hacer otra cosa más que aceptarlo… Aunque nos cueste.

Y todos nosotros, el resto del mundo, “notífago” anoréxico. Nosotros, nosotros “los otros”… Culpables de puerilidad seguimos preguntándonos por quién doblan las campanas. Y sucumbimos, víctimas de nuestra propia pusilanimidad. Egoístamente vemos  las noticias, las improntas de  los reactores, el plutonio derramado en un mar que no es el nuestro y recibimos mails indicándonos que tomemos la precaución de usar paraguas, chubasquero, protección…

Todavía no hemos registrado que el mundo ya cambió y que todos “mutaremos” con él.

…todo es cuento, todo es vil.

 Y como si fueran  unos primos lejanos, pobres o apestados, nos olvidamos de los personajes anónimos.  Del desconocido que nos enseñó de libertad. O el otro que nos muestra la lucha “in situ”, sin ambages, ni  eufemismos. Sin diatribas, ni ruegos. Sin lágrimas, y con una esperanza reducida a lo que puedan hacer sus manos…

En el corso a contramano

                                    un  crupier trampeo a Jesús…

                                     No te fíes ni de tu hermano,    

                                       Se te cuelgan de la Cruz…

Pero cierto es también que la vida no solo es un tango. Y que su filosofía de vida no es única… Por eso escribo esto. Para abrir mis ojos, aunque alguien me mire con vergüenza ajena

Ya sé, muchos callaron

Cuando yo fui detenido

Para convocar al resto del mundo que no sienta vergüenza. Para los que no tengan sordo el corazón ni la cabeza. Para los que no enmudezcan …

Vaya con la diferencia

Yo preso ellos sometidos…

Para susurrar al oído de los que estamos distraídos, para tocar el hombro de los que estamos de espalda, para que sepamos transformarnos en esos “otros hombres”. Para que aprendamos a ser “el hijo del carcelero”

A dónde vas que no vienes

Conmigo a voltear la puerta

No hay campanario que suene

Como el río de allá afuera

En los hombres que paran los tanques o que vuelven a empezar “aunque sea con gastados instrumentos”. Que el mundo ya ha cambiado para bien y mal de todos y a pesar de eso hemos y habremos de seguir adelante… Pero no sin espíritu, no con olvido, no sin corazón y solidaridad.

Le regalé una paloma

Al hijo del carcelero

Cuentan que la dejó ir

¡Tan solo por verle el vuelo!

¡Qué hermoso va a ser el mundo

del hijo del carcelero!

Del hijo del carcelero

Convivencias

Vivir en familia. No es fácil. No siempre coinciden los humores, las decisiones, las necesidades. Generalmente en una familia hay personas de distintas edades, tiempos, etapas. Y esto, hace a los destiempos. Luego suceden las discusiones, los cambios de palabras, las mandadas al más recóndito y pestilente lugar de la tierra donde recurrentemente enviamos a aquel que nos estorba… Que,  por lo poco que he aprendido, no hay cultura ni idioma que no tenga su equivalente…

Yo, trato, no siempre me sale, que son pocas veces. Y menos veces aún, las que me sale bien, ser espectadora. Escuchar desde la cocina, reírme desde mi habitación y disfrutar de la convivencia de mis hijos. Eso me ha proporcionado más de una vez momentos tan hermosos como indescriptibles… El último sucedió ayer.

En esto de la oportunidad mi hija mayor y yo no hemos sido muy efectivas en cuanto a fecha de nacimiento, ya que las dos (con veintiocho años de diferencia) elegimos hacerlo el treinta de diciembre. Tarde para temprano y temprano para tarde… Ahora bien, siendo dos las que cumplimos años en tan entrometida fecha, en casa hay una suerte de confusión que se repite año a año. Festejamos en medio de las fiestas, comemos y tomamos mas de lo necesario y como estamos a caballo de Papá Nole, como solía decir Lucía, y de los Reyes, compactamos los presentes en uno solo… En medio de estos prolongados festejos nunca falta un día en que debamos comprar o buscar algo. Este fue el caso ayer…

¡Había que ir al super!

Nico se levantó, se bañó, se cambió, no sin antes decirle a Leonel que se preparara…

Leo por el contrario tenía uno de esos días en los que va a la retranca, frenando cada impulso de los demás como de taquito. Él estaba muy orondo disfrutando de su juego en red y ni en sus mas lejanas intenciones estaba ir al super… A las dos horas de esperarlo, a Nico se le insuflaron los cataplines, se le desbordaron los causes y se le rebasaron las tolerancias. (¿A quien no?) Y anunció que se iba solo, y que si no compraban las cosas para mañana (por hoy) él no cocinaba y que cocine otro, y que no puede ser pendejo de m…. (léase: recóndito y pestilente lugar de la tierra donde recurrentemente enviamos a aquel que nos estorba… )…

Acá debo hacer un alto para hacerle justicia a mi hijo el menor de los varones.

 Para eso me voy a retrotraer al tiempo en que contaba con tiernos y bellos siete añitos y estaba jugando afuera con sus amigos, tanto o más salvajes que él, y yo necesitaba que fuera al almacén de la esquina a por harina y huevos. Llevaba fácil una hora pidiéndole que fuera. Hora durante la que mi tono de voz fue increscendo, mi paciencia disminuyendo y su instinto de conservación desarrollándose… Tiró de todo aquello hasta ese punto de no inflexión, o no reflexión, en las que uno comienza a usar frases como: ¡Me vas a hacer caso de una puñetera vez! O ¡Vení para acá o te reviento! (Que evidentemente no recomienda Piaget).

Recuerdo que, con ese genio que siempre le he admirado, entró a casa como si hiciera cinco minutos que se le había llamado y fuera él quien hubiera sido interrumpido. Todo a las ligeras y a la voz de ¡Ya voy mamá! Tomó el dinero de arriba de la mesa, pero no la nota, salió tan veloz como entró y tras él la caterva de muchachitos que formaban la banda de sus amigos (aunque para mí eran sus secuaces). Atrás de ellos salí yo, nota en mano, pero como era de esperar no los alcancé…

A los diez minutos entró y como un comentario al pasar me dijo “-¡Ah, má! ¿Qué te tenía que comprar?” Yo reprimí mi carcajada y de la manera mas solemne, y todo lo seria-hierática, que pude, le entregué la nota. En realidad fue mi escudo para no aflojar…

Ahora bien, retomamos el día de ayer cuando Nico no pudo reprimir el portazo y se fue solo al super… Momento en que haciendo uso de mi maternidad apelé al buen tino de Leo con un “¿Qué te cuesta ir, Leo, si hoy y mañana es para que comamos todos?”. Habrá sido el tono conciliatorio, la frase breve o mi ángel de la guarda, no se. Pero Leo decidió que iba a ir al super… “Bueno, pero primero me voy a cambiar”. En realidad estaba en pijama. Cuando terminó se fue rumbo al super, solo unos minutos antes de que volviera Nico, a quien Lucía informó que Leo había ido a por vituallas. Entonces Nico, no sin algo de razón comenzó su diatriba: “¿Pero este pibe es tonto? ¿Por qué no quiso ir conmigo? Y se va ahora él solo ¡Si no sabe comprar! ¡Si él no cocina! ¿Qué va a traer?” Yo no podía dejar de coincidir con él en que no sabía muy bien que era lo que Leo había salido a comprar ¿?. Estaba pensando en eso cuando Leo llama por teléfono: “ A ver, ¿que hay que comprar?” Lucía, en ese momento improvisado contramaestre. Comienza a repetir: “Má, que dice Leo que qué compra”. “Harina, huevos, ají, cebolla”(léase: morrones, pimientos). “Y todo para brindar”(léase: cava, gaseosas, turrones, pan dulce)…

Llegó Leoncio mío hermoso, contento y feliz con su carga y la dejó en la mesada de la cocina, como hacemos todos. Nico fue a guardar cada cosa en su lugar, yo seguía escuchando desde mi pieza… Cuando escucho el manido grito de guerra Colantonio: ¡Máaaaaaa!

Voy hasta la cocina… Leo efectivamente, había comprado harina, huevos, no había una mísera cebolla ni por casualidad y Nicolás mío hermoso, blandía y balanceaba un atado de tres puerros en su mano mientras me preguntaba ¿Me querés decir para qué – recóndito y pestilente lugar de la tierra…- este pibe compró pu-e-rros?

En situaciones como esta me cuesta mucho contener la risa. Haciendo un esfuerzo, que no exagero en decir “sobrehumano” voy hasta donde estaba Leo, nuevamente instalado ante el ordenador y jugando en red… Lo abrazo, le digo que lo quiero mucho y dándole un beso le pregunto ¿Para qué – recóndito y pestilente lugar de la tierra…- compraste puerros? Me contesta ¿Cómo? ¡Que yo compré todo lo que me dijeron! Me dice no sin cierto enfado, todo el que le permitía el estar prestando atención a otra cosa. ¿Y los puerros? ¿Qué es eso? ¡La verdura blanca y verde! ¡Ah! ¿Pero eso no son ajíes?

Fue demasiado, no pude reprimir mi carcajada, ni ellos tampoco. No, si está visto esto de comprar ajíes, pimientos, morrones, no es para él. Sin embargo a “nosotros” nos ha proporcionado una suculenta alegría.

¡Ah! El cava, los turrones, los polvorones, las gaseosas y la sidra las compramos mas tarde Lara, Nico y yo.

Recuento

Acabar un año ¿qué es?

Cerrar una puerta, derribar un muro, abrir claraboyas, lucarnas y lucernas, cruzar una linea, dejar atrás un fardo, atesorar recuerdos, rasgar un hilo del tiempo…

Y todo junto, por separado. Cerremos entonces pues la puerta después de todo lo que se ha ido, de irse para no volver, tanto bueno como malo, preciado como no querido, necesario como inútil. Pero cerremos la puerta para que no haya corriente que nos resfríe, nos hiera, o nos maltrate. Derribemos los muros de los imposibles que no pudimos concretar y empecemos con imposibles nuevos. Abramos la “lucarna de entrada” a las tormentas, por que no hay vida sin ellas y debemos estar preparados, desarrollar el instinto para ver cuando están por llegar y no lo podremos hacer si las tenemos cerradas, digo, a las lucarnas. Crucemos la línea que nos separa, la del stop interno que nos limita al juicio, la crítica, el desprecio. Calcemos los zapatos de nuestros enemigos. Pongámonos la piel del odio para poder desprendernos de él, aprendamos a ver detrás del espejo. Sepamos que no podremos ser buenos todos los días, que es humanamente imposible, ya que saberlo nos dará nuestro propio límite. No nos quedemos a medias tintas ¡echemos todos los fardos fuera! O dejemos que se queden al costado del camino. Son pesados, están húmedos, huelen mal, poniéndoles el nombre que sea, cobardías, culpas, rencores, silencios. Y seamos conscientes que todos los hemos cometido… Atesoremos esas cuentas preciosas que como una gota de fino orvalho nos han alimentado el alma, la carta de un amigo, el recuerdo de uno que no lo es tanto, ver crecer las plantas o a los nietos, o a los hijos, la voz de alguien al otro lado de la linea, los ojos de los perros… Seamos felices como dice el dicho “como chico con zapatos nuevos”. Rasguemos de a uno, hilo a hilo el tiempo nuevo, como hacen las bordadoras con la batista, para ir descubriendo de a poco las raíces del pasto, las flores y las malezas, las arideces, las rocas, los ríos y el smog, los árboles y las ciudades, las depresiones y las alturas de lo que está por venir…

Yo sé que desear no es dar, yo sé que desear no es garantía… Pero también sé que desear es construir, aunque luego la obra tenga otro resultado. Desear, también es una forma de respirar. Pues entonces, les deseo que respiren a todo pulmón. Y recibamos el año cada uno a nuestro modo. Yo por mi parte ya empecé a llamarlo: ¿2011? ¡Vení! ¡Acá te estoy esperando! ¡Skål!

 

Va de nuevo.

Es tiempo de salutaciones, festejos y buenos augurios… Es tiempo de mandar a tiempo el buen mensaje, la palabra amiga… Es tiempo de abrazar la distancia y saltarnos los mares. Y cumpliendo con ese tiempo, entre tanto mi hijo decide que para Noche Buena va a cocinar sorrentinos con un buen “tuco” que arremeta contra todos los fríos; mientras los otros tres juegan con un tal Mario Bross; y mi gata, oculta entre los edredones reclama mi compañía; después de chatear con un amigo que desborda abuelazgo y orgullo de cosa bien hecha, de su tiempo de cosecha; tras leer las tarjetas virtuales de aquellos que han tenido el calor de enviármelas; después de leer los mensajes en el Face; antes de terminar el último libro… Antes de quemar las naves del año… Saludo. A todos, a los que me quieren, y a los que no. A los que me recuerdan, y a los que no. A los que todavía están… y a los que no… Porque creo que este tiempo se trata de eso, de balance y renovación. “De abrir las manos y sacar el alma”, tiempo de tregua en frío o en estío, tiempo de proximidad y empatía… Tiempo de comprender al que lleva puestos otros zapatos y al que va descalzo.

Tiempo de por lo menos tener la intención, de alimentar a nuestros lobos buenos. Tiempo de haber encendido las luces de Januca, o de pensar que quizá el año que viene veremos la Gran Quibla, o preparar el sushi para la no salutación de medianoche… Porque este tiempo es tiempo de todos, aunque no se festeje… Nosotros, los que ponemos la imagen del niño a las doce, y brindamos con cava, y partimos el turrón no somos muy distintos que todos los demás que quizá no lo festejan, por qué no quieren, por qué no saben, por qué no pueden… Pero si es nuestra fiesta, y tan luego el por qué… En este tiempo deberíamos comprender… “los” y “nos”… Por eso saludo y pido, para que en este tiempo de compartir en familia, todos, los que estamos solos o rodeados de gente, los que estamos eufóricos por la lotería y a los que no se nos cae un céntimo, los que estamos cortando nuestros primeros dientes y los que los estamos perdiendo, desde el mas peludo hasta el mas calvo, desde el mas gordo al mas flaco, desde los hobbits a los titanes, desde los valientes a los cobardes, desde los místicos a los nihilistas, desde los feroces a los calmos, desde los creyentes a los ateos, desde  los blandos y los impuros a los condenados… Todos, podamos sentir la semilla del calor en el pecho. La fecundidad de sentirse humano, la bonhomía de querer el bien, el propósito de compartir, la voluntad de no hacer mal, la esperanza de hacer… Que todos podamos sentir, y a pesar, de la parte del todo, del león que nos haya tocado… que lo andado ha valido la pena. Ojalá que podamos crear entre todos la horda que avance pensando que mañana podrá ser un día mejor. Y que todos sigamos luchando, aunque lo creamos una inalcanzable utopía,  por cambiar el mundo… Les deseo a todos, a aquellos de los que me acuerdo y de los que no, a los que amo y a los que amo menos. A los que están, a los que estuvieron… También a los que ya no están… Que coman lo que sea que les alimente, que sufran todo lo que les duela, que bailen todas las danzas, que lloren todas las penas, que transpiren todos los sudores, que sientan los fríos de todos los hielos, que huelan las rosas y las pestilencias de la sabiduría, que les duela el corazón y los enarbole la euforia, que abran las manos y muestren el alma… Que seamos personas, iguales a todos los demás, con nuestros triunfos y nuestros fracasos y que como me enseñó Adrián, aprendamos a vivir “el triunfo sin orgullo y la derrota sin amargura”. Y que como me enseñó mi padre “respiren, respiren, respiren”.  Ah! También y por supuesto, Feliz Navidad y que entren a todo vapor en el nuevo año sin nada que se les resista… Y si se resiste no importa, va de nuevo.

Ganar y perder.

Después de escuchar la alarma del móvil, a las seis me levante, cansina y desorientada. Como todos los días, casi convertida en un autómata, a prepararme el mate con limón mío de todos los días (será por eso que no me resfrío?)… me volví a la cama para ver las noticias… Se levanto la huelga de controladores ¡Tá que los tiró! Con lo que cobran estos tíos, y yo sin laburo… Me vuelvo con el mate, me pongo la ruana y me zambullo entre las sábanas del Cisne Rojo, mi gata solicita su refugio bajo el primer edredón que acolcha mi cama, hace un frío que pela… A la altura del informe meteorológico, otra vez lluvia, caigo en la cuenta que es domingo. Con resignación y sorbiendo el tercer ‘cebado’, que me salió bastante bueno, hago el pequeño recuento de las horitas de sueño que me perdí por otro de mis habituales despistes, quien me manda a tener habilitadas las alarmas un domingo… Pero bueno, que importa, vale la pena repetir desde las noticias el triunfo de ayer del Barça y los goles de la pulga, Leo, Lío, el Messias que me arrancan la primer sonrisa de triunfo del día… Termina la cumbre en Mar del Plata, mi ciudad, mi húmeda y chúcara ciudad nombrada en el informativo, los reyes caminando por el Sheraton; las Ramblas desde la que los periodistas rematan sus comentarios mientras nuestra inefable brisa los despeina, las baldosas encharcadas por la lluvia de nuestro tan pampa y tan húmedo territorio; la panorámica de todos los presidentes de espaldas a La Bristol, el Casino, el Provincial, Cabo Corrientes… Ya están puestas las carpas, veo el techo acanalado y rojo de la ‘pileta’, en frente del Hermitage… Mi Mar del Plata, tan interna, tan mía. Recuerdo haberla mirado hasta el hartazgo durante todo mi ultimo año allí, mas de una vez con los ojos empañados y el corazón en un puño, año durante el cual estábamos preparando nuestra emigración… Mi Mardel, ahora tan lejana… Desde la pantalla de mi tv, se resuelve en gris de mangas cortas. La cumbre se acuerda en planes conjuntos, a fin de conseguir 11 metas para la educación en Iberoamérica… Pensar que en la década del sesenta no había analfabetos en mi país y que la escuela pública era un valuarte y baluarte invencible, y Mar del Plata estaba entre los tres primeros puestos de las ciudades del mundo en las que más se construía… Como dijo Fontanarrosa, que había dicho un amigo de él cuando le preguntaron ¿Qué es para vos el paraíso? Argentina en los años sesenta, contestó sin más trámite. Y yo adhiero.

Un profesor joven y enérgico, como buen treintañero, titular de introducción al turismo en el ultimo curso que tomé, dijo en una de sus clases una frase que me prendió como una garrapata, como una sanguijuela, sangonera y sanguja… Quizá por que me enrostra una perdida, no, sin quizá… Bueno, que dijo “somos de donde hicimos la secundaria”… ¡La pucha!.. Y Mardel tan lejos… Pensé yo que para ese entonces no tenía demasiado contacto con mi ciudad, salvo tres o cuatro de esas personas importantes que amén de mi familia, supe cosechar como lo son Cris, ‘el Fegue’, Clau, Mabela y Richard, ‘la Mastrolia’, el Gory, Willie, Mirtis, la Negra Paz y Grace… y otro montón que no nombro pero que me los llevo siempre conmigo. Otros, también de mi bandada, andan por acá, por la península, por las islas, Y nos llamamos, nos escribimos, pero poco nos vemos… Entonces, como una oleada que me confirma las pertenencias empezaron a aparecer y gracias al mentado y para mí no tan querido Face, ‘faisbuk’ para los amigos (como me enseñó Ceci). Primero Rubén, por Ru Mary que se vino dos días a casa y nos tomamos una cerveza en un colmao del Sacromonte. Para cuando Mary volvió, apareció Pichy, al poco Coca que también se pasó por Graná y con ella, su marido y su niña… Y por estos, ahora mis lares, anduvimos los cuatro caminando por la Alhambra; por ella Marcela, y por último Ceci y Marta… Todas ellas junto a todos mis recuerdos de nuestro tiempo de ‘la secundaria’, allá por los finales de los sesenta. Ellas y mis repetitivas conexiones sinápticas, mis diástoles y mis sístoles totalmente aceleradas, mis lacrimales en una exhibición de su capacidad de profusión, y la memoria, atenta en tiempo y forma estaban ahí, vívidos, diáfanos y dispuestos… Están en las fotos con sus hijos, con sus nietos, igual de bellas, o más. Las contacto, y ahí están, me contestan como cuando tomábamos juntas el colectivo, o nos bajábamos en Constitución e íbamos cantando por las zigzagueantes calles del barrio del ‘cole’, como cuando me bochaban en historia, y practicábamos taquigrafía… Como cuando íbamos al Piso de los Deportes y pertenecíamos al equipo de voley y basket, o nos quedábamos a practicar con los Del Industrial. O nos íbamos a Los Gallegos a comer ‘panchos’… Aquel tiempo al que pertenecimos todas juntas, donde nuestros maridos, hijos, nietos y destinos eran todavía un misterio sin resolver.

Aquel tiempo de pieles tersas y deseos perfumados. Un tiempo que ya pasó pero al que, por lo que veo puedo acudir, puedo llamar a la puerta, por que ahí están. Me contestan, me escriben y tienden ese puente indescriptible que se construye cuando uno ‘pertenece’… Entonces uno gana, aunque haya perdido.

Al tiempo de pensar que una vez que la enfermedad de mi madre cumpla su cometido y la pierda, perdiendo también con ella mi gran motivo, mi definitiva unión con Mardel, que no con la familia, que eso es otra cosa, pero si con la ciudad donde una vez supe ganar… Justo en el momento de ver todas las puertas cerradas, mis tiempos y mis gentes aparecen en la arena como fantásticos gladiadores a gritarme el presente, a avisarme que están ahí. Ave Cesar, los que vamos a vivir, te saludan. Blandiendo con espadas del presente los miedos de haberme perdido todo lo pasado… Y han aparecido para decirme que sí, que también yo soy de ustedes. Gracias, gracias, gracias, por confirmarme que yo también pertenezco al lugar donde hicimos la secundaria.


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog