Noviembre 16, 2009 | Por damidelo | Claves: damidelo | # Enlace permanente |
Arriba los corazones.
Con el sombrero rojo podemos decir : “Me pongo el sombrero rojo y digo que me parece que esta idea no va ha dar resultado”…. ante esta expresión no tenemos porque pedir el “¿por qué?”, pues el sombrero rojo nos protege de esta pregunta: ¡Es nuestra opinión! El sombrero rojo cubre dos amplios tipos de sentimiento. En primer lugar, las emociones comunes, que varían desde las fuertes, tales como el miedo y disgusto, hasta las más sutiles como la sospecha. En segundo lugar, los juicios complejos, clasificables en tipos como presentimientos, intuiciones, sensaciones, preferencias y otros tipos no justificables de modo perceptible Hemos visto dos sombreros con características opuestas, ahora pasamos a ver otros dos también opuestos: He aquí un principio reducido a una fórmula. Todo naturalismo en la moral, esto es, toda moral sana, se rige por un instinto vital; algún requisito de la vida es cumplido mediante un determinado canon de “debes” y “no debes”, removiéndose así algunos obstáculos del camino de la vida. A la inversa, la moral antinatural, esto es, poco menos que toda moral enseñada, exaltada y predicada hasta ahora, se vuelve precisamente contra los instintos de la vida, implica un repudio, ya solapado o abierto e insolente, de estos instintos. Diciendo “Dios mira el corazón”, dice no a las apetencias más bajas y más elevadas de la vida y concibe a Dios como enemigo de la vida… El santo grato a Dios es el castrado ideal… Termina la vida donde empieza el “reino de Dios” … Quien comprende el ultraje que supone esta sublevación contra la vida, tal como ha llegado a ser casi sacrosanta en la moral cristiana, comprende por fortuna también lo inútil, ficticio, absurdo y falaz de tal sublevación. Todo repudio de la vida de parte de los vivos se reduce, en definitiva, a síntomas de una determinada clase de vida, independientemente que este repudio esté o no justificado. Habría que estar situado fuera de la vida y, por otra parte, conocerla tan bien como cualquiera, como muchos, como todos los que la han vivido, para tener derecho a abordar siquiera el problema del valor de la vida: razones de sobra para comprender que este problema no nos es accesible. Cuando hablamos de valores hablamos bajo la inspiración, la óptica, de la vida; la vida misma nos obliga a fijar valores, valora a través de nosotros, cuando los fijamos… De lo cual se infiere que también esa moral antinatural que concibe a Dios como antítesis y repudio de la vida no es sino un juicio de valor de la vida; ¿de qué vida?, ¿de qué clase de vida? Ya he dado la respuesta: de la vida decadente, debilitada, cansada, condenada. La moral, tal como hasta ahora se la ha entendido, tal como la ha formulado por último también Schopenhauer, como “negación de la voluntad de vida”, es el instinto de la décadence que se presenta como imperativo. Dice ella: “¡Sucumbe!”; es el juicio de condenados… Pocos libros han sido leído con tanto afán; todavía ahóra se imprimen en Inglaterra todos los años muchos miles de ejemplares. Dudo de que libro alguno (excepción hecha de la Biblia) haya causado tanto estrago, acortado tantas vidas como este curiosum bien intencionado. Todo por haber confundido su autor el efecto con la causa. Ese buen italiano consideraba su dieta como la causa de su longevidad; cuando lo que pasaba era que la lentitud extraordinaria del metabolismo, el desgaste reducido, resultaba la causa de su dieta frugal. No estaba en libertad de comer poco o mucho; su frugalidad no era un “libre albedrío”; el hombre enfermaba si comía más. Mas a todo el que no es un pez de sangre fría no sólo le conviene, sino que le hace falta comer bien. El erudito de nuestro tiempo, con su rápido desgaste de energía nerviosa, se arruinaría si adoptase el régimen de Cornaro. Crede experto. El hecho de que todo el mundo reconozca semejante progreso basta, en realidad, para ponerlo en tela de juicio… Los hombres modernos, muy delicados, muy vulnerables, perdidas mil contemplaciones, creemos, en efecto, que esta tierna humanidad que representamos, este acuerdo logrado en la consideración, la solicitud y la mutua confianza es un progreso positivo; que con esto somos muy superiores a los hombres del Renacimiento. Así piensa, porque no puede menos de pensar, toda época. Lo cierto es que debía estarnos vedado situarnos, siquiera mentalmente, en estados de cosas renacentistas; nuestros nervios, y no digamos nuestros músculos, no soportarían semejante realidad. Mas esta incapacidad no prueba un progreso, sino tan sólo un natural diferente, más tardío; uno más débil, más tierno, más vulnerable, del que necesariamente deriva una moral pródiga en contemplaciones. Si descontamos mentalmente nuestra condición delicada y tardía, nuestro envejecimiento fisiológico, nuestra moral de la “humanización” pierde al instante su valor, ninguna moral tiene valor por sí; hasta se nos aparecerá despreciable. No dudamos, por otra parte, de que los modernos, con nuestra humanidad acolchada, ansiosa de no golpearse contra ninguna piedra, seríamos para los contemporáneos de Cesare Borgia un espectáculo en extremo ridículo. En efecto, sin quererlo, somos pintorescamente graciosos con nuestras “virtudes” modernas… La merma de los instintos hostiles y susceptibles de despertar recelo, y tal es, en definitiva, nuestro “progreso”, no es sino una de las consecuencias de la merma general de la vitalidad; salvaguardar una existencia tan condicionada, tan tardía, requiere cien veces más esfuerzo y cautela que antes. Entonces, los hombres se ayudan unos a otros; entonces, cada cual es hasta cierto punto enfermo y cada cual es enfermero. Entonces, a esto se llama “virtud”, entre hombres que conocían una vida distinta, más plena, más pletórica y portentosa, se le habría llamado de otro modo: “cobardía” acaso, “vileza”, “moral de viejas”… Nuestra suavización de las costumbres, tal es mi tesis, y si se quiere, mi innovación, es una consecuencia de la decadencia; la dureza y violencia de las costumbres, en cambio, bien puede ser la consecuencia de un excedente de vitalidad: pues en tal caso mucho puede ser arriesgado, mucho desafiado, mucho también derrochado. Lo que en un tiempo fue condimento de la vida, para nosotros sería veneno… Somos también demasiado viejos, demasiado tardíos, como para ser indiferentes, lo cual es asimismo una forma de la fuerza. Nuestra moral de la simpatía, contra la cual siempre he prevenido, aquello que pudiera llamarse l’impressionisme morale, es una expresión más de la irritabilidad fisiológica propia de todo lo decadente. Ese movimiento que con la moral schopenhaueriana de la compasión ha hecho una tentativa de presentarse envuelto en ropaje científico, ¡tentativa muy desafortunada, por cierto!, es el movimiento de la decadencia propiamente dicho en la moral, y como tal íntimamente afín a la moral cristiana. Las épocas fuertes, las culturas aristocráticas, desprecian la compasión, el “amor al prójimo”, la falta de propio ser y de conciencia del propio ser. A las épocas hay que juzgarlas por sus fuerzas positivas, y entonces aquella época derrochadora y pródiga en fatalidad del Renacimiento aparece como la última época grande, y la de nosotros, los modernos, con nuestro enervado cuidado de nuestra propia persona y amor al prójimo, con nuestras virtudes de la laboriosidad, la sencillez, la ecuanimidad y el rigor científico, recopiladores, económicos, maquinales, como una época débil… Nuestras virtudes están condicionadas, provocadas por nuestra debilidad… La “igualdad”, cierta igualación efectiva que en la teoría de la “igualdad de derechos” no hace más que formularse, es un rasgo esencial de la decadencia; en cambio, la diferencia entre los individuos y las clases, la multiplicidad de los tipos, la voluntad de individualidad y diferenciación, aquello que yo llamo el pathos de la distancia jerárquica, es propio de todas las épocas fuertes. La tensión y envergadura entre los extremos disminuyen ahora sin cesar; los extremos mismos terminan por desdibujarse hasta el punto de confundirse… Todas nuestras teorías políticas y Constituciones, el “Reich alemán” inclusive, son conclusiones, consecuencias lógicas de la decadencia; la gravitación inconveniente de la décadence ha llegado a prevalecer hasta en los ideales de las distintas ciencias. Mi objeción contra toda la sociología inglesa y francesa es que conoce por experiencia únicamente las formas de una sociedad decadente y con todo candor toma los propios instintos de la decadencia como norma del juicio de valor sociológico. La vida descendente, la merma de toda fuerza organizadora, esto es, separadora, diferenciadora, jerarquizante, se formula en la sociología de ahora como ideal… Nuestros socialistas son un montón de décadents; pero también el señor Herbert Spencer es un décadent: ¡juzga deseable, por ejemplo, el triunfo del altruismo Allí donde, de alguna forma, la voluntad de poder decae, hay también siempre un retroceso fisiológico, una décadense. La divinidad de la décadense, castrada de sus virtudes e instintos más viriles, se convierte necesariamente, a partir de ese momento, en Dios de los fisiológicamente retrasados, de los débiles. Ellos no se llaman a sí mismos los débiles, ellos se llaman “los buenos”… Se entiende, sin que sea necesario siquiera señalarlo, en que instantes de la historia resulta posible la ficción dualista de un Dios bueno y de un Dios malvado. Con el mismo instinto con que los sometidos rebajan a su Dios haciendo de él el “bien en sí”, borran completamente del Dios de sus vencedores las buenas cualidades; toman venganza de sus señores transformando en diablo al Dios de éstos. – El Dios bueno, lo mismo que el diablo: ambos engendros de la décadense. – ¿Cómo se puede hoy seguir haciendo tantas concesiones a la simpleza de los teólogos cristianos, hasta el punto de decretar con ellos que es un progreso el desarrollo ulterior del concepto de Dios, desarrollo que lo lleva desde “Dios de Israel”, desde Dios de un pueblo, al Dios cristiano, a la síntesis de todo bien? – Pero hasta Renan hace eso. ¡Como si Renan tuviera derecho a la simpleza! A los ojos salta, sin embargo lo contrario. Cuando del concepto de Dios quedan eliminados los presupuestos de la vida ascendente, todo lo fuerte, valiente, señorial, orgulloso, cuando Dios va rebajándose paso a paso a ser símbolo de un bastón para cansados, de un ancla de salvación para todos los que se están ahogando, cuando se convierte en Dios-de-las-pobres-gentes, en Dios-de-los-pecadores, en Dios-de-los-enfermos par excellence, y el predicado”salvador”, “redentor”, es lo que resta, por así decirlo, como predicado divino en cuanto tal: ¿de qué habla tal transformación?, ¿tal reducción de lo divino? – Ciertamente con esto “el reino de Dios” se ha vuelto más grande. En otro tiempo Dios tenía únicamente su pueblo, su pueblo “elegido”. Entre tanto, al igual que su pueblo mismo, él marchó al extranjero, se dio a peregrinar, desde entonces no ha permanecido ya quieto en ningún lugar: hasta que acabó teniendo su casa en todas partes, el gran cosmopolita, – hasta que logró tener de su parte “el gran número” y media tierra. Pero el Dios del “gran número” el demócrata entre los dioses, no se convirtió, a pesar de todo, en un orgulloso Dios de los paganos: ¡siguió siendo judío, siguió siendo el Dios de los rincones, el Dios de todas las esquinas y lugares oscuros, de todos los barrios insalubres del mundo entero!… Su reino del mundo es, tanto antes como después, un reino del submundo, un hospital, un reino-subterráneo, un reino-ghetto… Y el mismo tan pálido, tan débil, tan décadent… De él se enseñorearon hasta los más pálidos de los pálidos, los señores metafísicos, los albinos del concepto. Estos estuvieron tejiendo alrededor de él su telaraña todo el tiempo preciso, hasta que hipnotizado por sus movimientos, él mismo se convirtió en una araña, en un metaphysicus. A partir de ese momento él tejió a su vez la telaraña del mundo sacándola de sí mismo – sub specie Spinozae -, a partir de ese momento se transfiguró en algo cada vez más tenue y más pálido, se convirtió en un “ideal”, se convirtió en un “espíritu puro”, se convirtió en un absolutum, se convirtió en “cosa en sí”… Ruina de un Dios: Dios se convirtió en “cosa en sí”…
Ir a toda leche.
Y la respuesta general a esta pregunta es también la misma que arriba. La suma de precios de la masa de mercancías circulante manuscrita, no porque hayan subido los precios de una masa de mercancías, sino porque la masa de las mercancías que ahora se hallan en circulación es compensada por una baja de los precios. El dinero adicional necesario para la circulación de esta masa mayor de mercancías, de valor superior, debe obtenerse por uno de dos modos: o economizando todavía más en la masa de dinero circulante –bien mediante el mecanismo de la compensación de pagos, etc., bien empleando medios que aceleren la circulación de las mismas monedas–, o poniendo en circulación una parte del dinero atesorado. Esto último no implica solamente el empleo activo como medio de compra o de pago del capital–dinero que hasta ahora permanece ocioso, o bien la circulación activa para la sociedad del capital–dinero utilizado como fondo de reserva, sin dejar de cumplir esta función con respecto a su poseedor (como ocurre con los depósitos bancarios empleados constantemente para hacer préstamos), sino además que los fondos monetarios de reserva estancados se economicen. BCN Girls Sí su capital describiese más rotaciones durante el año, esto no alteraría para nada la cosa, pero sí la duración del plazo y, por tanto, la magnitud de la suma que tendría que poner en circulación, además del capital–dinero por él desembolsado, para atender a su consumo individual. Chicas BCN Quizá conozca yo a los alemanes; quizá hasta tenga derecho a decirles cuatro verdades. La nueva Alemania representa una gran cantidad de capacidad ingénita y desarrollada; así que por un tiempo le es dable gastar, y aun derrochar, el caudal acumulado de fuerza. No ha llegado a prevalecer, con ella, una cultura elevada, y menos un gusto exquisito, una “belleza” aristocrática de los instintos; sí, virtudes más viriles que en ningún otro país de Europa. Hay mucha gallardía y orgullo, mucho aplomo en el trato, en la reciprocidad de los deberes, mucha laboriosidad, mucha perseverancia; y una moderación ingénita que necesita, antes que del freno, del aguijón. Por lo demás, en Alemania se obedece todavía, sin que la obediencia implique una humillación… Y nadie desprecia a su adversario… www.girlsbcn.com Podría decirse, asimismo, que la parte del capital variable circulante que A desembolsa constantemente para pagar a sus obreros le refluye constantemente de la circulación, quedando constantemente en sus manos, inmovilizado para el pago de salarios, sólo una parte variable. Sin embargo, entre la inversión y la recuperación transcurre un determinado tiempo, durante el cual el dinero empleado para el pago de salarios puede servir también, entre otras cosas, para la realización monetaria de la plusvalía. Pero sabemos, en primer lugar, que cuanto mayor sea el tiempo que haya de transcurrir, mayor tiene que ser también, necesariamente, la masa de la reserva de dinero que el capitalista A ha de tener constantemente disponible. Y, en segundo lugar, los obreros invierten el dinero, compran con él mercancías, realizan, por tanto, monetariamente, en una parte proporcional, la plusvalía que en esas mercancías se contiene. Por consiguiente, el mismo dinero desembolsado en forma de capital variable sirve también, proporcionalmente, para convertir en dinero la plusvalía. No podemos entrar aquí más a fondo en este problema; diremos únicamente que el consumo de toda la clase capitalista y de las personas improductivas que giran alrededor de ella discurre paralelamente con el consumo de la clase obrera, por cuya razón los capitalistas tienen que lanzar dinero a la circulación a la par con el que lanzan los obreros, para invertir su. plusvalía como renta, lo cual supone una cantidad igual de dinero que se sustrae a la circulación. La explicación que acabamos de dar no haría sino reducir la cantidad necesaria, pero no la suprimiría. Barcelona scorts
Pensándolo bien, no sólo es evidente la decadencia de la cultura alemana, sino que no falta tampoco la causa que la explica de una manera convincente. En definitiva, uno no puede gastar más de lo que posee ocurre en esto con los pueblos lo mismo que con los individuos. Si se gasta todo para el poder, la gran política, la economía, el tráfico mundial, el parlamentarismo y los intereses militares; si se gasta en esta partida la cantidad de razón, seriedad, voluntad y dominio de sí mismo que existe, hay un déficit en la contrapartida. La cultura y el Estado-de nada vale cerrar los ojos ante el hecho-son antagonistas; el “Estado cultural” no es más que una idea moderna. La cultura vive del Estado, prospera a expensas del Estado, y viceversa. Todas las grandes épocas de la cultura son épocas de decadencia política; siempre lo que es grande en el sentido de la cultura ha sido apolítico, y aun antipolítico… El corazón de Goethe se abrió al fenómeno Napoleón, pero se cerró a las “guerras de liberación”… En el mismo instante en que Alemania llega a ser una potencia mundial, Francia cobra como potencia cultural renovada importancia. Ya mucha inteligencia, mucha pasión nueva del espíritu ha emigrado a París; la cuestión del pesimismo, por ejemplo, la cuestión wagneriana, casi todas las cuestiones sicológicas y artísticas, se consideran allí de una manera mucho más sutil y penetrante que en Alemania; los alemanes ni siquiera están capacitadas para esta clase de seriedad. En la historia de la cultura europea, el advenimiento del “Reich” significa más que nada un desplazamiento del centra de gravedad. En todas partes se sabe ya que en lo esencial-y la cultura sigue siendo lo esencial-ya no cuentan los alemanes. Se nos pregunta: ¿hay entre vosotros siquiera un solo espíritu que cuente en Europa, como contaron vuestro Goethe, vuestro Hegel, vuestro Heinrich Heine y vuestro Schopenhauer? El extranjero se queda estupefacto ante el hecho de que ya no hay un solo filósofo alemán. Madrid scorts La parte de valor del capital productivo invertida en fuerza de trabajo se transfiere, por tanto, integra al producto (aquí, prescindimos constantemente de la plusvalía), experimenta con él las dos metamorfosis propias de la órbita de la circulación y, a través de esta renovación constante, queda incorporada continuamente al proceso de producción. Por consiguiente, por muy distinto que sea el modo como la fuerza de trabajo se comporte en otros aspectos; en lo tocante a la creación de valor, con respecto a los elementos del capital constante que no constituyen capital fijo, este tipo de rotación de su valor es común a una y otros, por oposición al capital fijo. Estos elementos del capital productivo –las partes de valor del mismo invertidas en fuerza de trabajo y en medios de producción distintos del capital fijo– se enfrentan al capital fijo como capital circulante y se distinguen de aquél por el carácter común de su rotación. Scorts en valencia La fuerza de trabajo añade constantemente al producto, con su propio valor, una plusvalía que es la encarnación del trabajo no retribuido. Por tanto, ésta es puesta en circulación a través del producto terminado y convertida constantemente en dinero, ni más ni menos que los demás elementos de valor que lo integran. Sin embargo, como aquí sólo queremos referirnos, por el momento, a la rotación del valor del capital y no a la de la plusvalía que se opera conjuntamente con aquél, prescindiremos provisionalmente de ésta. Barcelona clubs de alterne Esto es lo que provisionalmente hay que decir, con brevedad y a grandes rasgos, sobre la conexión de los conceptos «culpa», «deber», con presupuestos religiosos: de propósito he dejado de lado hasta ahora la auténtica moralización de tales conceptos (el repliegue de los mismos a la conciencia, o, más precisamente, el entrelazamiento de la mala conciencia con el concepto de Dios), e incluso he hablado, al final del número anterior, como si no existiese en absoluto tal moralización, y, por tanto, como si estos conceptos tuvieran que quedar necesariamente eliminados ahora que ha desaparecido su presupuesto, la fe en nuestro «acreedor», en Dios. La realidad difiere de esto de una manera terrible. Con la moralización de los conceptos de culpa y de deber, con su repliegue a la mala conciencia, se ha hecho en verdad el ensayo de invertir la dirección del desarrollo que acabamos de describir o, al menos, de detener su movimiento: ahora debe cerrarse de un modo pesimista, de una vez por todas, justo la perspectiva de un rescate definitivo, ahora la mirada debe estrellarse, rebotar contra una férrea imposibilidad, ahora aquellos conceptos «culpa» y «deber» deben volverse hacia atrás, –– ¿contra quién, pues? No se puede dudar: por lo pronto, contra el «deudor», en el que a partir de ahora la mala conciencia de tal modo se asienta, corroe, se extiende y crece como un pólipo a todo lo ancho y a todo lo profundo, que junto con la inextinguibilidad de la culpa se acaba por concebir también la inextinguibilidad de la expiación, el pensamiento de su impagabilidad (de la «pena eterna»)––; pero, al final, se vuelve incluso contra el «acreedor», ya se piense aquí en la causa prima del hombre, en el comienzo del género humano, en el progenitor de éste, al que ahora se maldice («Adán», «pecado original», «falta de libertad de la voluntad»), o en la naturaleza, de cuyo seno surge el hombre y en la que ahora se sitúa el principio malo («diabolización de la naturaleza»), o en la existencia en general, que queda como no––valiosa en sí (alejamiento nihilista de la existencia, deseo de la nada o deseo de su «opuesto», de ser––otro, budismo y similares)––, hasta que de pronto nos encontramos frente al paradójico y espantoso recurso en el que la martirizada humanidad encontró un momentáneo alivio, frente a aquel golpe de genio del cristianismo: Dios mismo sacrificándose por la culpa del hombre, Dios mismo pagándose a sí mismo, Dios como el que puede redimir al hombre de aquello que para este mismo se ha vuelto irredimible ––el acreedor sacrificándose por su deudor, por amor (¿quién lo creería––?), ¡por amor a su deudor!… Acompañantes Huesca En las formas I y II, el movimiento de conjunto aparece como movimiento del capital desembolsado. En la forma III, es el capital valorizado, bajo la forma del producto total en mercancías, lo que constituye el punto de partida, y presenta la forma de capital en movimiento, de capital–mercancías. Este movimiento sólo se desdobla en dos: movimiento de capital y movimiento de rentas, después de transformarse en dinero. La distribución de todo el producto social, al igual que la distribución especial del producto para todo capital individual en mercancías, destinando una parte al fondo individual de consumo y otra al fondo de reproducción, va implícita, en esta forma, en el ciclo del capital. Saunas Valencia En cuarto lugar, el capital desembolsado para un periodo de trabajo, por ejemplo las 600 libras esterlinas del ejemplo III, se invierte, de una parte, en materias primas y materias auxiliares, en reserva productiva para el período de trabajo, en capital circulante constante, y de otra parte en capital circulante variable, en pagar el mismo trabajo. Puede ocurrir que la parte invertida en capital circulante constante no se halle disponible bajo la forma de reserva productiva para el mismo periodo de tiempo, que no se disponga, por ejemplo, de materia prima suficiente para todo el período de trabajo, que el carbón, supongamos, deba adquirirse cada dos semanas. Sin embargo –puesto que, por el momento, dejamos a un lado el crédito–, esta parte del capital, aunque no exista disponible en forma de reserva productiva, deberá existir disponible en forma de dinero, para convertirse en reserva productiva a medida que vaya siendo necesario. Esta circunstancia no altera en lo más mínimo la magnitud del valor capital circulante constante desembolsado para las 6 semanas. Por el contrario –prescindiendo de la reserva de dinero para gastos imprevistos, del verdadero fondo de reserva destinado a afrontar las perturbaciones que puedan presentarse–, los salarios se hacen efectivos en períodos más cortos, generalmente por semanas. Por tanto, caso de que el capitalista no obligue al obrero a hacerle anticipos más largos de trabajo, deberá existir en forma de dinero el capital necesario para el pago de los salarios. Por eso, al recuperarse el capital habrá de retenerse una parte de él en forma de dinero, con destino al pago de salarios, convirtiéndose la parte restante en reserva productiva. Barcelona scort
El capitalista lanza a la circulación, en forma de dinero, menos valor del que saca de ella, porque hace circular más valor en forma de mercancía del que bajo la misma forma retira de la circulación. Cuando actúa simplemente como personificación del capital, como capitalista industrial, su oferta de valor en forma de mercancías es siempre mayor que su demanda de valor en idéntica forma. Sí la oferta y la demanda coinciden en este plano, no podría valorizarse su capital; éste no funcionaría como capital productivo, el capital productivo se convertiría en simple capital–mercancías, que no lleva adherida plusvalía alguna; de ser así, no habría arrancado a la fuerza de trabajo, durante el proceso de producción, la menor plusvalía en forma de mercancías, lo que vale tanto como decir que no habría funcionado como capital: tiene, indudablemente, que “vender más caro que compró”, pero si logra esto es precisamente porque, gracias al proceso capitalista de producción, puede convertir la mercancía más barata, por ser de menos valor, comprada por él, en otra más cara, por ser de mayor valor. Sí vende más caro, no es porque recargue el valor de su mercancía, sino porque vende una mercancía de valor superior a la suma de valor de sus ingredientes de producción. escort de lujo El almacenamiento de mercancías sólo es normal en cuanto es condición de la circulación de mercancías y una forma necesaria dentro de ésta misma; en cuanto este aparente estancamiento es, por tanto, forma de la misma circulación, del mismo modo que la formación de una reserva de dinero es condición de la circulación monetaria. En cambio, cuando las mercancías almacenadas en receptáculos circulatorios no dejan sitio a la nueva oleada de la producción que viene detrás y cuando, por consiguiente, los almacenes se hallen abarrotados hasta el exceso, el almacenamiento de mercancías se extiende a consecuencia del estancamiento de la circulación, del mismo modo que crecen los tesoros al estancarse la circulación del dinero. No importa, para estos efectos, que el estancamiento se produzca en los depósitos del capitalista industrial o en los almacenes del comerciante. En este caso, el almacenamiento de mercancías no es condición de la venta ininterrumpida, sino consecuencia de la imposibilidad de dar salida a las mercancías mediante su venta. Los gastos son los mismos; pero como ahora brotan simplemente de la forma, es decir, de la necesidad de convertir las mercancías en dinero y de la dificultad de operar esta metamorfosis, no se incorporan al valor de la mercancía, sino que representan deducciones, pérdidas de valor en la realización de ésta. Sin embargo, la modalidad normal y la anormal del almacenamiento no se distinguen en cuanto a la forma; ambas representan, además, estancamientos de la circulación, y esto hace que ambos fenómenos puedan confundirse y engañar a los mismos agentes de la producción, tanto más cuanto que el proceso de circulación de su capital puede seguir su curso, para el productor, aunque se estanque el proceso de circulación de sus mercancías, una vez que éstas pasan a manos de los comerciantes. Y al aumentar el volumen de la producción y del consumo aumenta también, si las demás circunstancias permanecen invariables, el volumen de las mercancías almacenadas. Estas son renovadas y absorbidas con la misma rapidez, pero su volumen es mayor. El volumen de las mercancías almacenadas, incrementado por el estancamiento de la circulación, puede, pues, fácilmente confundirse con un síntoma de la ampliación del proceso de reproducción, sobre todo a partir del momento en que el desarrollo del sistema de crédito permite mixtificar el movimiento real. CarlaBCN
Nunca se sabe.
Como hemos visto, un cierto ascetismo, una dura y serena renuncia hecha del mejor grado, se cuentan entre las condiciones más favorables de la espiritualidad altísima y también entre las consecuencias más naturales de ésta; por ello, de antemano no extrañará que el ideal ascético haya sido tratado siempre con una cierta parcialidad a su favor precisamente por los filósofos. En un examen histórico serio se pone incluso de manifiesto que el vínculo entre ideal ascético y filosofía es aún mucho más estrecho y riguroso. Podría decirse que sólo apoyándose en los andadores de ese ideal es como la filosofía aprendió en absoluto a dar sus primeros pasos y pasitos en la tierra ––¡ay, tan torpe aún, ay, con cara tan descontenta, ay, tan pronta a caerse y a quedar tendida sobre el vientre, esta pequeña y tímida personilla mimosa, de torcidas piernas! A la filosofía le ocurrió al principio lo mismo que a todas las cosas buenas, durante mucho tiempo éstas no tuvieron el valor de afirmarse a sí mismas, miraban en torno suyo por si alguien quería venir en su ayuda, más aún, tenían miedo de todos los que las miraban. Enumérense una a una todas las pulsiones y virtudes del filósofo ––su pulsión dubitativa, su pulsión negadora, su pulsión expectativa («eféctica») 86, su pulsión analítica, su pulsión investigadora, indagadora, atrevida, su pulsión comparativa, compensadora, su voluntad de neutralidad y objetividad, su voluntad de actuar siempre sine ira et studio 87[sin ira ni parcialidad] ––: tse ha comprendido ya bien que todas esas pulsiones salieron, durante larguísimo tiempo, al encuentro de las primeras exigencias de la moral y de la conciencia? (para no decir nada de la razón en cuanto tal, a la que todavía Lutero gustaba de llamar Señora Sabia, la sabia prostituta). ¿Se ha comprendido ya bien que un filósofo, si hubiera cobrado conciencia de sí, habría tenido que sentirse precisamente como la encarnación del nitimur in vetitum 88[nos lanzamos hacia lo vedado] ––y, en consecuencia, se guardaba de «sentirse a sí mismo», de cobrar conciencia de sí? Como hemos dicho, esto es lo que ocurre con todas las cosas buenas de que hoy estamos orgullosos; incluso medido con el metro de los antiguos griegos, todo nuestro ser moderno, en cuanto no es debilidad, sino poder y consciencia de poder, se presenta como pura hybris [orgullo sacrílego] e impiedad: pues justo las cosas opuestas a las que hoy nosotros veneramos son las que durante un tiempo larguísimo, han tenido la conciencia a su favor y a Dios como su custodio. Hybris es hoy toda nuestra actitud con respecto a la naturaleza, nuestra violentación de la misma con ayuda de las máquinas y de la tan irreflexiva inventiva de los técnicos e ingenieros; hybris es hoy nuestra actitud con respecto a Dios, quiero decir, con respecto a cualquier presunta tela de araña de la finalidad y la eticidad situadas por detrás del gran tejido––red de la causalidad –– nosotros podríamos decir, como decía Carlos el Temerario en su lucha con Luis XI, je combats funiverselle araignée [yo lucho contra la araña universal] ––; hybris es nuestra actitud con respecto a nosotros, –– pues con nosotros hacemos experimentos que no nos permitiríamos con ningún animal, y, satisfechos y curiosos, nos sajamos el alma en carne viva: ¡qué nos importa ya a nosotros la «salud» del alma! A continuación nos curamos a nosotros mismos: estar enfermo es instructivo, no dudamos de ello, más instructivo aún que estar sano, –– quienes nos ponen enfermos nos parecen hoy más necesarios incluso que cualesquiera curanderos y «salvadores». Nosotros nos violentamos ahora a nosotros mismos, no hay duda, nosotros cascanueces del alma, nosotros problematizadores y problemáticos, como si la vida no fuese otra cosa que cascar nueces, justo por ello, cada día tenemos que volvernos, por necesidad, más problemáticos aún, más dignos de problematizar, ¿y justamente por ello, tal vez, más dignos también ––de vivir?… Todas las cosas buenas fueron en otro tiempo cosas malas; todo pecado original se ha convertido en una virtud original. El matrimonio, por ejemplo, pareció durante mucho tiempo una prevaricación contra el derecho de comunidad; en otro tiempo se pagaba una sanción por ser tan inmodesto y adjudicarse una mujer para sí (con esto está relacionado, por ejemplo, el jus primae noctis [derecho de la primera noche], que todavía hoy es en Camboya un privilegio de los sacerdotes, esos guardianes de «las buenas costumbres de otros tiempos»). Los sentimientos dulces, benévolos, indulgentes, compasivos ––los cuales alcanzaron más tarde un valor tan alto que casi son «los valores en sí»––, tuvieron en contra suya, durante larguísimo tiempo, precisamente el autodesprecio: el hombre se avergonzaba de la mansedumbre, como hoy se avergüenza de la dureza (véase Más allá del bien y del mal) 89. La sumisión al derecho: ¡oh, cómo se resistió la conciencia de las razas nobles, en todos los lugares de la tierra, a renunciar por su parte a la vendetta [venganza] y a ceder la potestad a un derecho situado por encima de ellas! El «derecho» fue durante largo tiempo un vetitum 90[prohibición], un delito, una innovación, apareció con violencia, como violencia a la que el hombre se sometió sólo con vergüenza de sí mismo. Todo paso, aun el más pequeño, dado en la tierra fue conquistado en otro tiempo con suplicios espirituales y corporales: este total punto de vista, «el de que no sólo el avanzar, ¡no!, el simple caminar, el moverse, el cambio han necesitado sus innumerables mártires», nos suena, precisamente hoy, muy extraño, –– yo lo he puesto de relieve en Aurora, págs. 17 y siguientes 91. «Nada ha sido comprado a un precio tan caro, se dice allí, como el poco de razón humana y de sentimiento de libertad que ahora constituye nuestro orgullo. Pero este orgullo es el que hace que ahora casi nos resulte imposible experimentar los mismos sentimientos que tuvieron aquellos gigantescos períodos de tiempo de la ‘eticidad de la costumbre’ anteriores a la ‘historia universal’ y que son la auténtica y decisiva historia primordial, que ha fijado el carácter de la humanidad: ¡cuando en todas partes se consideraba el sufrimiento como virtud, la crueldad como virtud, el disimulo como virtud, la venganza como virtud, la negación de la razón como virtud, y, en cambio, el bienestar como peligro, el deseo de saber como peligro, la paz como peligro, el compadecer como peligro, el ser compadecido como ultraje, la mutación como lo no––ético y cargado de corrupción!» –– www.eclipsesexual.com Anti-Darwin. Por lo que se refiere a la famosa “lucha por la existencia”, me parece, por lo pronto, más sostenida que demostrada. Se da, sí; pero como excepción. El aspecto total de la existencia no es el apremio, el hambre, sino, por el contrario, la riqueza, la abundancia y aun el derroche absurdo; donde se lucha, se lucha por poder… No se debe confundir a Malthus con la Naturaleza. Mas suponiendo que se dé esta lucha-y se da, en efecto-, su desenlace es, por desgracia, justamente el contrario del que desea la escuela darwinista, desfavorable a los fuertes, los privilegiados, los excepcionales. Las especies no progresan en el sentido del perfeccionamiento; una y otra vez los débiles dan cuenta de los fuertes, por ser la abrumadora mayoría y también por ser más inteligentes… Darwin se olvidó del espíritu (¡gesto típicamente inglés!). Los débiles tienen más espíritu… Hay que tener necesidad de espíritu para adquirir espíritu; se pierde si no se le necesita. Quien tiene la fuerza prescinde del espíritu (“¡déjalo!-se piensa ahora en Alemania-; el Reich ha de quedar” … ). Como se ve, yo entiendo por espíritu la prudencia, la astucia, la paciencia, la simulación, el gran dominio de sí mismo y todo lo que es mimetismo (éste comprende gran parte de la llamada virtud). begleitservice Barcelona “Todo capital fijo se deriva originariamente del circulante, y en él se sustenta continuamente. Cualquier máquina o instrumento útil tiene su origen en un capital circulante, que suministra los materiales de que se elaboran, y el alimento del operario que los fabrica; es necesario además un buen capital de la misma naturaleza para mantenerlos constantemente en buen estado de conservación”(p. 256). chica compañia madrid Toda una serie de economistas burgueses, como James Mill, MacCulloch, Torrens, Senior, J. St. Mill y otros, afirman que la maquinaria, al desplazar a los obreros, permite y obliga al mismo tiempo a movilizar el capital adecuado para dar empleo a los mismos obreros desplazados o a otros idénticos.128 videos de chicas Por tanto, en la relación o razón de valor en que la levita actúa como equivalente del lienzo, la forma levita es considerada como forma del valor. El valor de la mercancía lienzo se expresa, por consiguiente, en la materialidad corpórea de la mercancía levita; o lo que es lo mismo, el valor de una mercancía se expresa en él valor de uso de otra. Considerado como valor de uso, el lienzo es un objeto materialmente distinto de la levita, pero considerado como valor es algo “igual a la levita” y que presenta, por tanto, la misma fisonomía de ésta. Esto hace que revista una forma de valor distinta de su forma natural. En su identidad con la levita se revela su verdadera naturaleza como valor, del mismo modo que el carácter carneril del cristiano se revela en su identidad con el cordero de Dios. acompañantes madrid Pero, considerado como simple expresión del trabajo humano en general, este trabajo concreto, el trabajo del sastre, reviste formas de igualdad con otro trabajo, con el trabajo encerrado en el lienzo, y es por tanto, aunque trabajo privado, como cuantos producen mercancías, trabajo en forma directamente social. He aquí por qué se traduce en un producto susceptible de ser directamente cambiado por otra mercancía. Por tanto, la tercera característica de la forma equivalencial es que en ella el trabajo privado reviste la forma de su antítesis, o sea, del trabajo en forma directamente social. escorts marbella Los gastos anuales de la familia y su déficit ascenderían a las siguientes cifras, suponiendo que el obrero comiese como:
La forma relativa general de valor del mundo de las mercancías imprime a la mercancía destacada por ellas como equivalente, al lienzo, el carácter de equivalente general. Su forma natural propia es la configuración de valor común a todo este mundo de mercancías, y ello es lo que permite que el lienzo pueda ser directamente cambiado por cualquier otra mercancía. La forma corpórea del lienzo es considerada como encarnación visible, como el ropaje general que reviste dentro de la sociedad todo el trabajo humano. El trabajo textil, o sea, el trabajo privado que produce el lienzo, se halla enlazado al mismo tiempo en una forma social de carácter general, en una forma de igualdad, con todos los demás trabajos. Las innumerables ecuaciones que integran la forma general del valor van equiparando por turno el trabajo realizado en el lienzo a cada uno de los trabajos contenidos en las demás mercancías, convirtiendo así el trabajo textil en forma general de manifestación del trabajo humano, cualquiera que él sea. De este modo, el trabajo materializado en el valor de las mercancías no se representa tan sólo de un modo negativo, como trabajo en que se hace abstracción de todas las formas concretas y cualidades útiles de los trabajos reales, sino que con ello ponemos de relieve, además, de un modo expreso, su propio carácter positivo. Lo que hacemos es reducir todos los trabajos reales al carácter de trabajo humano común a todos ellos, a la inversión de fuerza humana de trabajo. anuncios de sexo 102 Ure, Philosophy of Manufactures, p. 15. A quien conozca un poco la biografía de Arkwright, no se le ocurrirá jamás lanzar a la cabeza de este barbero genial la palabra “noble”. De todos los grandes inventores del siglo XVIII, Arkwright fue, sin discusión, el mayor ladrón de inventos ajenos y el más redomado truhán. chicas compañía En sus choques con la “opinión pública” e incluso con la política sanitaria, el capital no se recata para “justificar” las condiciones, en parte peligrosas y en parte denigrantes, que impone a la función y al hogar del obrero, diciendo que son necesarias para explotarlo con más provecho. Esta misma razón que alegaba para abstenerse de instalar en la fábrica los necesarios aparatos de protección contra la maquinaria peligrosa, en la mina los mecanismos indispensables de ventilación y seguridad, etc., es la que alega también para “justificar” las viviendas de los mineros. “Este denigrante estado de la vivienda –dice en su informe oficial el Dr. Simon, funcionario médico del Privy Council– quiere disculparse diciendo que las minas se explotan generalmente en arriendo y que la duración del contrato de arriendo (en las minas de hulla su vigencia es casi siempre de 21 años) es demasiado corta para que el arrendatario de la mina le merezca la pena construir buenas viviendas para el personal obrero y los industriales, etc., que vienen atraídos por la explotación. Además, si él mismo se propusiese ser magnánimo en este sentido, sus intenciones se verían malogradas por el propietario. En efecto, éste tiende siempre a exigir enseguida una exorbitante renta adicional por el privilegio de levantar sobre la superficie un pueblo decente y confortable para que lo habiten los obreros que trabajan en el subsuelo. Este precio prohibitivo, cuando no, prohibición rotunda, asusta, según dicen, a todos aquellos que sienten deseos de edificar… No quiero detenerme a examinar el valor de esta disculpa ni investigar tampoco a quién favorecía en última instancia el desembolso suplementario que se hiciese para construir viviendas decorosas, si al dueño de la mina, al arrendatario, a los obreros o al público… Lo indudable es que, frente a hechos tan vergonzosos como los que se descubren en los informes adjuntos [los del doctor Hunter, Stevens, etc.], hay que encontrar y poner un remedio… Los títulos de la propiedad inmobiliaria se utilizan para cometer grandes desafueros públicos. En su calidad de dueño de la mina, el propietario del suelo invita a una colonia industrial a trabajar en sus dominios y luego, en su calidad de dueño de la superficie, coloca a los obreros congregados allí por él ante la imposibilidad de encontrar el albergue indispensable y adecuado.” El arrendatario de la mina (el explotador capitalista) “no tiene ningún interés económico en hacer frente a este reparto del negocio, pues sabe muy bien que si las exigencias del propietario son exorbitantes, las consecuencias no las paga él, que los obreros que las soportan no tienen la conciencia suficiente para conocer sus derechos sanitarios y que ni la vivienda más hedionda ni el agua de beber más contaminada serán jamás causa para que se plantee una huelga”.71 www.bcnbox.com En Inglaterra, la legislación sobre el trabajo asalariado, encaminada desde el primer momento a la explotación del obrero y enemiga de él desde el primer instante hasta el último40 comienza con el Statute of Labourers de Eduardo III, en 1349. A él corresponde, en Francia, la Ordenanza de 1350, dictada en nombre del rey Juan. La legislación inglesa y francesa seguían rumbos paralelos y tienen idéntico contenido. En la parte en que los estatutos obreros procuran imponer la prolongación de la jornada de trabajo no hemos de volver sobre ellos, pues este punto ha sido tratado ya (capítulo VIII, 5). publicaciones El ciclo M – D – M arranca del polo de una mercancía y se cierra con el polo de otra mercancía, que sale de la circulación y entra en la órbita del consumo. Su fin último es, por tanto, el consumo, la satisfacción de necesidades, o, dicho en otros términos, el valor de uso. Por el contrario, el ciclo D – M – D arranca del polo del dinero para retornar por último al mismo polo. Su motivo propulsor y su finalidad determinante es, por tanto, el propio valor de cambio. bares de copas en tarragona Como sabemos, la productividad de la maquinaria está en razón inversa a la magnitud de la parte de valor que transfiere al producto. Cuanto mayor sea el período durante el que funciona, tanto mayor será también la masa de productos entre los que se distribuya el valor por ella incorporado, y menor la parte que añada a cada mercancía. Ahora bien; es evidente que el período activo de vida de la maquinaria depende de la magnitud de la jornada de trabajo o duración del proceso diario de trabajo, multiplicada por el número de días durante los cuales se repite este proceso. restaurantes en alicante A esto, contesta el autor del Essay on Trade and Commerce: “Sí se considera como una institución divina la de santificar el séptimo día de la semana, de ello se infiere que los seis días restantes se deben al trabajo (quiere decir, como enseguida se verá, al capital), y no se puede tildar de cruel a quien imponga este precepto divino… Que la humanidad tiende en general, por naturaleza, a la comodidad y a la inercia, es una fatal experiencia que podemos ver comprobada en la conducta de la plebe de nuestras manufacturas, a la que, por término medio, no hay moda de hacer trabajar más de 4 días a la semana, salvo en los casos en que encarecen las subsistencias… Supongamos que un bushel de trigo represente todos los artículos de primera necesidad del obrero, cueste 5 chelines y el obrero gane un chelín diario de jornal. En estas condiciones, le bastará con trabajar 5 días de la semana, y 4 solamente sí el bushel se cotiza a 4 chelines… Pero, como en este reino los salarios, comparados con el precio de las subsistencias son mucho más altos, el obrero que trabaje 4 días obtendrá un remanente de dinero con el que podrá vivir sin trabajar el resto de la semana… Creo haber dicho lo bastante para demostrar que el trabajar moderadamente 6 días a la semana no es ninguna esclavitud. Nuestros obreros agrícolas lo hacen así y son, a juzgar por todas las apariencias, los más felices de todos los jornaleros (labouring poor),91 también lo hacen los holandeses en las manufacturas y son, al parecer, un pueblo muy feliz. Los franceses hacen otro tanto, cuando no se ponen de por medio los numerosos días de fiesta.92 Pero, a nuestra chusma se le ha metido en la cabeza la idea fija de que por el mero hecho de ser ingleses gozan del privilegio de nacimiento de ser más libres y más independientes que los obreros de cualquier otro país de Europa. No negamos que esta idea encierra utilidad, en la parte en que influye en la bravura de nuestros soldados; pero cuanto menos incurran en ella los obreros de las manufacturas más saldrán ganando ellos mismos y el Estado. Los obreros no debieran considerarse nunca independientes de sus superiores (independent of their superiors)… Es extraordinariamente peligroso dar alas a la mob,(64) en un estado comercial como el nuestro, en el que, de las 8 partes que forman la población total del país, hay tal vez 7 que no tienen la menor propiedad o que sólo poseen bienes insignificantes…93 El remedio no será completo hasta que nuestros pobres industriales se resignen a trabajar 6 días por la misma suma de dinero que hoy ganan trabajando 4″94. Con este fin y con el de “extirparla holgazanería, el libertinaje y los sueños románticos de libertad”, así como, “para disminuir las tasas de beneficencia, fomentar el espíritu industrial y reducir el precio del trabajo en las manufacturas”, este héroe del capital propone el remedio acreditado de encerrar en una “casa de trabajo ideal ” (an ideal Workhouse) a los obreros que vengan a parar al regazo de la beneficencia pública, o, dicho en otros términos, a los pobres. “Esta casa deberá organizarse como una “Casa de terror” (House of Terror).95 En esta “Casa de Terror” o “Casa de Trabajo ideal” se deberá trabajar “14 horas diarias, aunque descontando el tiempo necesario para las comidas, de tal modo que queden libres 12 horas de trabajo”. 96 Barcelona pisos 26 El lector que tenga el cerebro hecho a las ideas capitalistas echará de menos aquí, naturalmente, el “interés” que la máquina añade al producto, en proporción a su valor–capital. Sin embargo, es fácil comprender que la máquina, no engendrando valor nuevo, como no lo engendra ninguna parte del capital constante, no puede tampoco añadirlo bajo el nombre de “interés”. Asimismo es evidente que aquí, estudiando la producción de la plusvalía, no podemos presuponer, dar por supuesta, a priori, bajo el nombre de “interés”, una parte de la plusvalía cuyos orígenes investigamos. Este modo capitalista de calcular, que a primera vista se revela como algo extraño y contrario a las leyes de la formación del valor, se explicará en el libro tercero de la presente obra.
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