Economía e ideología
La formación neoclásica impide a la mayoría de nuestros economistas darse cuenta de que todo sistema capitalista a nivel mundial implica un sistema de dominación y, por ende, una forma de detraer recursos del resto. Por Eduardo Dalmasso.
Profesor de Liderazgo y Estrategia, Universidad Nacional de Córdoba
Hace un año, acaso ninguno de los economistas más consultados del país proyectaban el descalabro que se vive hoy en el mundo, ni tampoco la realidad de un movimiento financiero sumamente peligroso. La mayoría de aquellos economistas formados en la ortodoxia neoliberal se negaban a pensar en términos de las consecuencias que vivimos; en el mejor de los casos, el pronóstico concluía en que era muy probable una recesión de Estados Unidos, que implicaría consecuencias negativas para nuestro país, con deducciones de muy buena lógica argumentativa.
Lo que surgió luego de la debacle del sistema financiero demostró el escaso conocimiento o la débil valoración del significado de la autonomía de este sistema a escala global.
Con escasas excepciones y más por su formación humanista que por su experticia financiera, algunos de los que pudieron entrever con mayor profundidad las terribles consecuencias del sistema fueron, entre otros, George Soros (La crisis del capitalismo global) y Nassim N. Taleb (El cisne negro). Dentro del campo antiimperialista es justo destacar los análisis de James Petras y Henry Veltmeyer (La dinámica del capitalismo de libre mercado). También a Inmanuel Wallerstein es necesario reconocerle que venía señalando la debilidad del sistema, aunque, lamentablemente, en sus escritos aparecen huellas de determinismos que debilitan su argumentación. El determinismo, desde nuestro punto de vista, es justamente ajeno a las características del fenómeno que él brillantemente estudia.
El resto, como conjunto, asistía y asiste azorado ante una crisis que no podía dimensionar, o por izquierda se zambullía en un lenguaje agorero sobre la preeminencia norteamericana dentro del escenario mundial.
Es verdad que la crisis es posible que debilite la hegemonía norteamericana, pero su resultado final dependerá en sumo grado de los niveles de autonomía del resto del mundo y sobre todo de la capacidad de los diferentes estados, según la región que se trate, en articular políticas novedosas y consistentes con los cambios tecnológicos y sociales, a partir de evaluar que, aislados, la situación puede tornarse insostenible.
Una vez más aparece con claridad que la ortodoxia disciplinaria o la rigidez ideológica impide entrever fenómenos estructurales. Lo interesante de destacar es que, si bien se conoce la existencia de los ciclos como propios de la naturaleza del capital en su dinámica de acumulación, el supuesto implícito en los estamentos académicos y de los titulares del capital era el de que las herramientas de política monetaria y fiscal que podían operar los gobiernos, sumados a la experiencia de cómo había operado la crisis del ’30, eran suficientemente sólidos para lograr que las consecuencias de las pérdidas del capital financiero no se trasladaran en forma traumática a la ocupación y la pérdida del ingreso real de vastas capas de la población.
Sistema de dominación. En un caso, este discurso lo podríamos justificar por el propio interés del sector financiero en encubrir su debilidad (sobre expansión) a través de la defensa ideológica del sistema, pero en los estamentos que hacen al estudio de la economía me atrevo a afirmar que la formación neoclásica impide a la mayoría de nuestros economistas darse cuenta de que todo sistema capitalista a nivel mundial implica un sistema de dominación y, por ende, una forma de detraer recursos del resto. En general este hecho relevante es ignorado.
Esto es, su formación académica los conduce a privilegiar el cálculo matemático, como demostración de rigurosidad, cuando el problema es que estos modelos se sustentan en supuestos basados en la premisa de una tendencia al equilibrio del sistema o en el mejor de los casos en expectativas racionales u otras que omiten comportamientos sociales y políticos esenciales a cada realidad nacional.
Por supuesto, en condiciones estables sus predicciones tienen cierta sustentabilidad, pero las formulaciones técnicas encubren una asimilación nada crítica respecto a un modelo que oculta las dificultades de acumulación de capital y de desarrollo. Vale decir, distrae a personas muy inteligentes y estudiosas de los verdaderos problemas, que en nuestro caso, me parece, se refieren fundamentalmente a discutir modelos de desarrollo y preservación de un sano sistema democrático.
Creo que la realidad está demostrando que, si bien se puede actuar con cierta rapidez, en aras de, fundamentalmente, rescatar el sostenimiento del capital e impedir un cuadro de destrucción del sistema productivo mundial (sobre el cual ya existen dudas en personalidades como Krugman, en EE.UU., o Mangabeira, en Brasil), existen ciertos procesos que tienen que ver con la competitividad y los desplazamientos de capital que van creando subrepticiamente otro modelo de desarrollo, modelo que en el tiempo se va montando sobre cambios estructurales y tecnológicos, y de hecho en las relaciones de poder.
El ingrediente nuevo, y además clave en este proceso, se refiere a las restricciones crecientes que exige el equilibrio ecológico, si no se quiere poner en riesgo la sustentabilidad del planeta.
El desarrollo del estudio de la economía, que como efecto del escaso pensamiento crítico es funcional a la ideología de los centros hegemónicos, ha acentuado la sofisticación en el uso de las herramientas matemáticas en detrimento del análisis histórico, del comportamiento social e incluso de la observación aguda de los hechos.
Qué mayor prueba que el desconocimiento de la magnitud del impacto de lo que se denominan derivados y sobre todo el juego de intereses que determinaron su casi absoluta desregulación. Pero quizá lo importante es darnos cuenta de que, en realidad, ese comportamiento del capital financiero, más allá de su apertura, está mostrando en forma más que clara la torsión de un modelo capitalista y las posibles consecuencias en el orden mundial que indudablemente deberíamos intentar prever, en términos de escenarios posibles y sus posibles consecuencias no sólo en nuestro país sino en el más amplio espacio que denominamos Mercosur.
Aparato conceptual. De lo anterior, surge a modo de ejemplo, la necesidad de reexplorar el aparato conceptual de pensadores latinoamericanos, tales como Raúl Prebisch, Celso Furtado o Alejandro Bunge, enemigos de la simplificación argumental, o en el campo de la sociología política, un Fernando Henrique Cardoso. Para evitar que esta recomendación sea tildada de sesgada, sugiero tomar también como modelo las figuras de Keynes, debatiendo sobre problemas económicos sensibles a los intereses de Gran Bretaña desde una perspectiva política consciente, o la del propio Joseph Schumpeter, quien no consideraba economista de valía a quien no tuviera una sólida formación en historia y en el análisis del comportamiento social. Indudablemente profesaban el capitalismo democrático, pero trataban de no ser ingenuos.
No es cuestión de tomar sus escritos como un vademécum a seguir, sino para darnos cuenta de que lo esencial en sus estudios era la búsqueda de los factores que pudieran esclarecernos sobre los fundamentos que pudieran sustentar el crecimiento económico y el desarrollo social.
Es aleccionador en función de lo que esbozamos, el escrito de Guillermo Arbe (América Economía), gerente de Estudios de Scotia Bank de Perú, quien expresa con suma agudeza: “La economía no es una ciencia exacta. Ni siquiera es una ciencia, creo. Es una disciplina con pretensiones de ciencia (…). La prueba de lo despistados que andan todos es que hay crisis. De hecho, ésta es el resultado de una miopía sobrehumana en los países desarrollados a nivel de autoridades, reguladores, traders, markers y analistas. (…) ¿Que los precios y los mercados están gobernados por sus fundamentos? Nada. Estos capitales se mueven en donde hay rentabilidad rápida…”.
Por supuesto, estoy definiendo la necesidad de trascender el mero academicismo por una mayor vocación intelectual. Vale decir, superar los velos ideológicos disfrazados de científicos por una búsqueda crítica en relación a nuestras propias debilidades estructurales.
Analizar la coyuntura es válido, plantear modelos sectoriales es necesario, ser capaz de evaluar y medir el impacto de la inflación es muy importante, pero insuficiente. Se trata de animarnos a desarrollar nuevos modelos de pensamiento y de interpretación. Quizá habría que discutir si el sistema universitario alienta o frena estas posibilidades, y que otros factores inciden en la carencia de pensamiento crítico.
Por último, cabe insistir que en función de la experiencia de las últimas y sucesivas crisis, los modelos econométricos o de simulación han sido cuestionados por la realidad, tanto dentro del campo financiero (quiebra de importantes fondos de inversión basados en ellos) como del comportamiento de la economía real. Además, el principio de indeterminación tan bien desarrollado por George Soros (quien no es economista, sino un fuerte inversor capitalista con una sólida educación filosófica), como consecuencia de la irracionalidad de los mercados financieros, plantea un problema a las teorías que sustentan el sesgo neoclásico, prácticamente insoluble. De ahí lo que expresa Guillermo Arbe, quien se muestra menos generoso que el propio Schumpeter respecto al valor de la economía como ciencia.
Dicho de otra manera, habrá cambios de paradigmas como consecuencia de la crisis instalada como un símil de un tsunami. A partir de ello, debemos hacer el esfuerzo en nuestros centros académicos de pensar y elaborar desarrollos que contemplen nuestra realidad. Es un desafío a afrontar que, sin duda, potenciará el valor social de esos centros.
© La Voz del Interior
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Eduardo, muy buena tu nota titulada “Economía e Ideología” publicada en el Diario La Voz del Interior el sábado pasado. Esta acompañada de interesante y destacada bibliografía. Es importante la recomendación de que las instituciones académicas dejen de lado la aplicación en fórmulas preestablecidas en los centros de poder y aporten un análisis más creativo en la solución de nuestros problemas. Es alarmante como en situaciones críticas (conflicto del campo, urbanismo, drogadicción, recolección de residuos, etc.) el análisis queda a merced de la opinión de “comunicadores” (mal informados y peor intencionados…), con total ausencia de una opinión académica autorizada. Esta crisis, es una gran oportunidad para pensar y proponer soluciones acordes con nuestra realidad y desprenderse de tanta “ideología importada”.