Octubre 6, 2009 | Por Curiosa | Claves: amigos, amistad, ayuda humanitaria, clarín, día a día, relatos, sanalocura, sentimientos, vida | # Enlace permanente
Brisa y Abril
Este es un cuento de una realidad. Por desgracia no todos los niños pueden tener el amor de unos padres, ni tampoco pueden no sólo disfrutar del amor de un hermano, sino que la vida que les ha tocado no les permite el poder cumplir el sueño deseado. Por ello, y porque es una realidad que entre todos podemos cambiar, este cuento narra la historia de unas niñas, como muchos otros niños, que sí pueden contar con el regazo del amor de sus progenitores, que pueden compartir juegos con sus amigos, y como hermanas al recibir lo más importante -el amor de los suyos-, también pueden llegar un día a cumplir sus sueños.
Porque los sueños de los niños no deberían truncarse. Porque los sueños de los niños de hoy pueden ser los hechos de los hombres de un mañana mejor si tienen amor y se les educa con los auténticos valores de la vida.
Aquel día en el que Brisa y Abril compartieron la felicidad del mayor de los logros: el volver de nuevo a celebrar el triunfo del amor que en su vida en común como hermanas, como compañeras de aventuras y de nuevas experiencias, se tienen y transmiten hacia los demás, es el que ha inspirado el siguiente relato:
Brisa se movía ágilmente, entre arreglándose y vistiendo para aquella jornada y a modo de práctica para lo que sentía después tendría que hacer y deseaba realizarlo como ella sólo sabía hacerlo: de la mejor manera posible. La casi siempre serena Brisa, se encontraba algo más nerviosa que en otras ocasiones. Sus movimientos, casi acompasados, en continuo ejercicio para su cercano momento, iban recorriendo la instancia desde la habitación a la cocina, pasando por el cuarto de baño en donde, coqueta, miraba su cabello casi flotando sobre sus hombros armoniosos. Una aproximación al espejo, un pequeño retoque y su cabello volvía a estar como apenas unos minutos antes lo había dejado. Y así proseguía un nuevo recorrido por el resto de las habitaciones, cuando se le llamó la atención para que tomara algo de alimento y de bebida con un poco de serenidad, sentada por una vez, al menos, en aquel espacio del día que parecía no terminara nunca para recargarse de ese brío que, aunque con la kalma que sus compases y sus maneras daba la sensación que no producían desgaste alguno en su atlético y joven cuerpo, tenía que recuperar para poder proseguir como si de un “calentamiento de motores”se tratara.
Abril se vestía deprisa. Tanto, tanto, que tuvo que pedir ayuda pues se introdujo su camiseta al revés. Sus energías siempre inagotables, como la luminosidad que sus días desprenden, querían hacerlo todo ¡ya!. Y alguien recordó aquello de “vísteme despacio, que tengo prisa”, porque aquel día en particular iba a ser largo, especial y sí, también luminoso, muy luminoso. Examinaba muy cuidadosamente que nada faltara en su vestimenta, ¡quería lucir hermosa, muy hermosa!. Más que cualquiera de las muchachas españolas en una Feria de Abril de la Sevillana fiesta, con vestidos de faralaes y complementos de todo tipo (vistosos pendientes, preciosas pulseras y una bonita peineta engrandecida por la obligada flor que enriquecía el traje de volantes y lunares), pudiera encontrarse. Por eso había elegido con alegría y determinación qué ponerse y qué zapatos acompañarían aquel conjunto seleccionado para esa ocasión tan especial. Incluso optó por llevar su gorra rapera favorita, ¡quería estar muy, muy guapa!.
Por fin llegó la hora en la que Brisa iba a brillar con sus rítmicos y armoniosos compases, para mayor contento de Abril, también preparada para dejarse llevar por el vaivén de su hermana Brisa. La sala estaba llena, todos expectantes deseaban empezara el acontecimiento tan esperado. Los padres se acomodaban como podían para intentar coger el mejor lugar en el que disfrutar de la actuación de sus hijas. Abril, inquieta apenas transcurridos unos pequeños minutos de demora, no cesaba de preguntar cuándo empezaría, mientras, en alerta y sin dejar de moverse para no perder su forma acostumbrada, Brisa también contaba los segundos para entrar en acción.
Se ajustaron las luces del recinto, se anunció el comienzo del espectáculo, se nombró a las participantes y, ante un aplauso generalizado y animoso, Brisa apareció como flotando de entre los cortinajes que separaban a las participantes del público. Pronto llegó hasta el lugar adecuado, tomó suavemente las cintas que colgaban y se dejó transportar. Así, sintiendo lo que el movimiento que las cintas parecía imponer, Brisa las gobernaba. Utilizaba una fuerza extrema para poder con ellas transformar una verticalidad en una figura cada vez más bella, seguida de una postura en horizontal que dejaba boquiabiertos a todos los asistentes. Como si jugara con el oleaje del mar, Brisa, sin aparente esfuerzo, se elevaba, se dejaba caer y volvía a elevarse y en cada una de esas piruetas magníficas se permitía transportar y, parada durante unos instantes, arrancaba aplausos enérgicos ante tal belleza de composición con movimiento y con gracia que más parecía una danza con las cintas que un verdadero ejercicio de trabajo y vitalidad ensayado con mucho tiempo y empeño para el disfrute de los asistentes y de sus queridos papás.
Y mientras tanto Abril aplaudía entusiasmada, sabiendo que su hermana mayor estaba dejando maravillados a todos los que se encontraban reunidos. Por eso, porque ese día iba a ser muy especial, Abril tenía que estar tan hermosa. Después, contenta por ver a su hermana Brisa realizar aquel conjunto de acrobacias al compás de un primoroso ritmo, recibiría enhorabuenas por ser la hermanita de tan importante artista. Ella sabía que también tendría su momento de gloria, aquel en el que papá y mamá, junto a Brisa, llegarían a disfrutar de su talento, como demostraba con sus bailes y cantos raperos. Pero, por lo pronto, aún era demasiado pequeña para poder plantearse todo ello y, además, lo que importaba era el ver a papá filmando a Brisa, el poder después ver en familia una y otra vez ese vídeo en el que su hermana parecía que estuviera suspendida en el aire, como colgando de un hilo mágico agarrado al techo.
Una vez acabada toda la representación, Brisa corrió a reunirse con su familia y Abril la recibió, fundándose ambas en un tierno y emotivo abrazo lleno de contento, como el de la fiesta que habían vivido ambas y que no iban a olvidar. Además, ¡siempre cabía la posibilidad de una sorpresa!. Y sí, la hubo. Para rematar un día tan importante Brisa y Abril, juguetonas y compartiendo sus secretos, pudieron comer una hamburguesa de sus preferidas, contándose curiosidades e inventando más juegos para los próximos días. Entre bromas y más risas Brisa charlaba con su hermana siempre risueña. Abril, a su vez, con sus inmensos ojos negros, había grabado en su retina, en su memoria y en su corazón, la felicidad de Brisa cada vez que ejecutaba uno de esos ejercicios tan difíciles, pero que la hacían sentir cono si fuera un hada columpiándose entre nubes de blanco algodón.
Con todo mi cariño para Sebas, gran persona y mejor padre de las preciosas y entrañables Brisa y Abril, por su amistad y por compartir con sus amigos el amor que tiene y que entrega a sus dos reinas.
Jorge Miguel fue una vez un niño. Un niño al que le encantaba que le leyeran cuentos antes de dormir. El cuatro de octubre de 1980 nació en la Clínica Virgen de La Paloma. Yo, su hermana, tuve el emocionante placer de ser la primera que lo vio, cuando lo depositaron en una cunita en el Nido de la clínica hasta que alcanzara el peso adecuado. Mamá se encontaba demasiado débil y papá estaba pasando uno de sus ataques de gota y además tenía que quedarse en la habitación a atender a mamá que acababa de ser subida del paritorio; yo, impulsiva y como si fuera un polvorín, corrí por los pasillos hasta llegar a poner mis manos en el cristal para visitar a los bebés y verle según dejaron a mamá en la habitación.
Pero el nacimiento de mi hermano menor, tiene su capítulo en una de las partes más importantes de mi vida y de mi corazón y será relatado en su momento en el apartado correspondiente de mi blog personal.
Mientras llega ese momento y aunque hayan pasado tres días: feliz cumpleaños, “tato”, te quiero mucho. Cuando veo tu sonrisa, me haces muy feliz.
Julio 25, 2009 | Por Curiosa | Claves: amigos, amistad, ayuda humanitaria, clarín, día a día, sanalocura, sentimientos, vida | # Enlace permanente
Este blog está temporalmente parado por motivos diversos, por lo que no puedo dar respuesta como me gustaría a tantos mensajes y, sobre todo, a tantas personas que han dejado tan bellos comentarios.
Me gustaría visitar cada casita, cada blog, como se merecen, amigos de Clarín, aunque espero hacerlo de nuevo en el menor tiempo posible.
Gracias por la amistad demostrada y ¡lo mejor de lo mejor para los hombres de buena voluntad!*
* Ummmmm, ¿de qué me resulta familiar esta frase? (espero no plagiar a ninguno de los amigos, ¡bueno, si lo hago, supongo que se me perdonará!
)
Besos y saludos para todos los que viven y disfrutan la buena onda que aquí se respira.
Julio 19, 2009 | Por Curiosa | Claves: amigos, amistad, ayuda humanitaria, clarín, día a día, sanalocura, sentimientos, vida | # Enlace permanente
Este texto lo envié esta mañana a mis queridas San e Ivo. Parece que llegó fuera del programa, pues mi intención era el haber estado presente en cuerpo (y no sólo en espíritu y con el corazón) compartiendo con los buenos amigos un día de tan especial celebración. El mensaje es el que sigue:
Queridas y sabias amigas San e Ivo, queridos amigos de tan SanaLocura. He dejado el “piloto automático” -como si de Gaby se tratara- en la mesa familiar para compartir estas palabrejas (que no “poemigas” que diría el gran Aute), pues no tienen tanta categoría, para celebrar lo hermoso del amor hacia el amigo, del cariño entregado de forma desprendida como se entrega al amigo:
“Porque me importan tus fuerzas o tus flaquezas,
desataré con dientes y rabia las ataduras
de piernas y brazos, hasta conseguir darte las mías.
Porque me enseñas o me rehaces sin quererlo,
sé que aunque las matemáticas fallan
y no siempre la línea recta me lleva a ti,
recorreré de igual manera la distancia hasta
que me sientas y tengas el abrazo querido.
Porque sabes que te quiero arriba,
volveré a ser la alocada joven sin cordura,
que sin arnés y sólo con sus manos y sus ganas,
subía La Pedriza y aunque en su desmedida
temeridad tirara al resto de la pandilla,
reiré de nuevo, para que escuches y te contagies
de mi risa y sepas que de nuevo volveré a escalar
una y otra vez hasta acompañarte
y juntos y callados, admirar el mundo.
Porque tu cosecha ha de ser tu alimento,
cosecho, y daré mis frutos como comida,
para así dejar intacta tu obra y recoger,
con el valor que tiene lo que se entrega,
las migas que dejas como el mejor regalo.
Porque mi luz puede no ser suficiente,
perdí mis miedos del amanecido y así,
noche a noche hago vigilia,
en la espera de que el sol renazca y traiga el día.
Dejé en el olvido la abandonada pamela,
los temores al calor del astro que contemplo,
sabiendo que su calor también será
el calor que te haga seguir el camino,
amigo, querido amigo.”
Con todo mi amor en tan hermoso día,
Curiosa
Julio 11, 2009 | Por Curiosa | Claves: amigos, amistad, ayuda humanitaria, clarín, día a día, relatos, sanalocura, sentimientos, vida | # Enlace permanente
Partieron muy temprano, en mitad de la noche. Cuando atravesaron el Puerto de Guadarrama echó mano de la chaqueta que tenía preparada. Seguía siendo demasiado temprano, anochecido, y pese a encontrarse en pleno verano las temperaturas eran muy bajas a esa altura. Iban con toda la ilusión, buscando encuentros varios, experiencias, diversión y compartir aquellos días como buenos amigos.
Sentada en el asiento trasero, al no poder vislumbrar nada a través del coche cuyos cristales se habían empapado del vapor de sus alientos entre el cambio de temperatura según bajaban de nuevo, y siendo aún de noche, intentó echar una cabezadita apoyada en el cristal. Pero no pudo conciliar el sueño. Pese a no dormir en las noches previas, pese al cansancio acumulado, la excitación era mayor que el sueño, además era raro que pudiera dormir en algún trayecto, cualquier detalle le llamaba la atención y, también, ¡era tan deseado aquel encuentro!.
Pasaron las horas, algunas paradas para desayunar y para estirar las piernas y dar descanso al que conducía. Pero el último trance fue el más eterno. Había admirado los campos de cereales, las tierras ya soleadas y aquellos árboles distribuidos de forma aleatoria, los riachuelos y ríos amurallados por altos cipreses. Pero esta vez no se abstraía con el paisaje, era una manera, junto a la conversación, las risas y las bromas, de poder hacer lo más llevadero el camino hacia el destino que la esperaba.
Aquellos últimos kilómetros fueron un tormento, hubo quién indicó de hacer otra pequeña parada, quizás por su nerviosismo respondió con un no rotundo, consiguiendo sin más vacilación que el viaje finalizara en un tiempo mínimo que le pareció eterno.
Según el coche paró todos joviales se apresuraron a salir y corriendo fueron al encuentro de los que estaban ya esperando; sin embargo ella se quedó paralizada, no podía dar un paso, ¡tanto, tanto lo había esperado, que ahora parecía que era un sueño!.
Ya había dejado su adolescencia atrás y sin embargo reaccionaba como si todavía fuera una jovencita intimidada. Los demás la gritaron, la llamaron por su nombre y hasta bromearon: “¿qué, ahora te vas a quedar pasmada?, tantas prisas, tantas ganas y ahora ¿qué, no te vas a atrever?, ven, miraaaa!!!”. Era lo que ella estaba haciendo con la puerta del coche agarrada o quizás ella agarrada a la puerta. ¡Por fin!. Allí estaba. Y no sólo podía verlo, ¡su aroma le había llegado antes hasta embriagarla!.
Cerró despacio la puerta del coche. Fue pausadamente con los ojos fijos, apenas sus piernas podían sujetarla. El resto se había quitado ropa o se estaba cambiando, pues la temperatura ya era muy distinta en esas horas próximas al mediodía. Ella continuaba su andadura, cada vez más cerca. No se percató de qué prendas tenía puestas. Sólo, al notar la arena, descalzó sus pies. Seguía guiada por aquel perfume deseado, por aquel contacto que pronto sentiría. Parecía que impávido la estaba esperando. Sin embargo ella seguía su andadura. Cada vez sentía más lejano el sonido que producían los demás, los saludos, los jolgorios y las bromas que se cruzaban. Sólo tenía una finalidad sus pensamientos y sus sentidos: llegar a su lado.
No podía bajar la cabeza, hubiera tropezado una y otra vez si algún obstáculo se hubiera puesto entre su camino y su esperado. Él se mantenía distante, pero podría ser una apreciación; sí, sin duda; también se aproximaba y también parecía a veces retroceder.
No supo bien como llego; de repente fue como si él, ante su cercanía, se echara para atrás y ella, sin pensarlo, dio unos pasos más; pero era en vano, él ya había rectificado ese aparente querer huir, la estaba tocando.
Cerró los ojos, sentía una atracción que había imaginado pero que superaba lo soñado. Sólo quería sentirle más, estaba fascinada viviendo ese sueño; su aroma, su tacto no tenían comparación, ¡parecía que el mundo se había detenido sólo para ellos!.
Ya no oía al resto; abrió los ojos, quería admirarle, observar cada parte de todo él. Y él cada vez la envolvía más, atrayéndola y seduciéndola. Volvió a cerrar los ojos, ¡necesitaba de todos sus sentidos!, ¿era él quién la cautivaba o era ella la que se dejaba arrastrar por sus propios instintos?. Una pregunta sin respuesta, ¡qué importancia tenía!.
Cada vez estaba más enlazada, se sentía envuelta por su dulzura, al mismo tiempo que creía percibir cierta fuerza controlada. Ya oía su susurro próximo a sus oídos. La melodía tantas veces esperada. Se sentía transportada y completamente rendida. ¡Ya nada podía hacer ese instante más perfecto e irreprimible!. Estaba en perfecta unión, por fin envuelta de la embriaguez añorada.
“¡Por Díos!, ¿qué haces?, ¿te has vuelto loca?”. Unas voces conocidas, unas manos que la agarraban fuertemente la hicieron recobrar una gradual lucidez: ¡no sabía nadar!.
Una vez en la orilla de nuevo, mientras se interesaban por su estado, ella miró hacia atrás. Él seguía allí, ¡inmenso, poderoso!, casi parecía que bramaba con cierta furia, incluso que quería recogerse hacia el interior alterado. Pero no, volvió a sentir el compás de sus murmullos repetidos, sus idas y venidas de un oleaje calmo.
Su embriagador olor y aquel primer encuentro nunca la abandonarían.
Junio 29, 2009 | Por Curiosa | Claves: amigos, amistad, ayuda humanitaria, clarín, día a día, relatos, sanalocura, sentimientos, vida | # Enlace permanente
Aquella mañana parecía que no iba a ser especial para Lucía. Un mañana ya sin colegio y con papá en casa con permiso de unos días era lo más novedoso, pero sobre el resto desconocía los acontecimientos especiales que le espera la jornada. Se había ido a la cama algo más tarde aquella noche, gracias a las esperadas vacaciones escolares y por eso no tuvo que madrugar. Además mamá tampoco tenía que acudir al trabajo esa mañana, pues le correspondía el turno de tarde. El desayuno fue como el de un domingo, los tres juntos compartiendo charla y las risas disimuladas de su mamá ante los juegos de gestos exagerados en los que solían competir Lucía con su padre, aprovechando un aparente despiste de la madre.
Comentaban algo de no demorarse demasiado, pues la hora se les echaba encima. Pensó que alguna sorpresa le tendrían guardada y por eso, según se vestía ayudada pues aún no había aprendido a hacerse la lazada de sus deportivas preguntó alterada entre saltito y saltito de cierto nerviosismo. Papá le dijo que así le era imposible atarle el nudo de las zapatillas y que parara ya de saltar, pero Lucía no dejaba de preguntar: “¿vamos al parque?, ¿me llevo el cubo y la pala para jugar con la arena?, ¿iremos al zoo, papá?, ¡oh, sí, mamá, dile a papá que queremos ir al zoo!”, dijo ya en tono más alto para llamar la atención de su madre, que estaba terminando de peinarse y desde el cuarto de baño le respondió: “Lucía, cariño, ¡no seas tan ansiosa!, así papá no terminará de ayudarte a atar las deportivas y llegaremos tarde”. “Pero, ¿a dónde vamos?”. “Lucía -le dijo el padre con tono de cansancio de tanta repetición- te lo hemos dicho ya, hoy hemos quedado con los vecinos en la esquina de la calle”.
Lucía se quedó pensativa, mientras sus saltitos habían parado; de eso no se acordaba, pero es verdad que se lo habían comentado. “¡Vaya!”, pensó en su interior, con cara de poco contento. Salieron los tres por fin y bajaron en el ascensor hacia la calle. En él Lucía de nuevo interrogó a sus padres: “¿y por qué no vamos mejor al parque?, ¡qué aburrido bajar a la calle para que charléis con los vecinos!, ¿y no podríamos ir un momento al parque del barrio?, quizás Elena y Alberto estén y puedo jugar un ratito, ¿eh, no puedo, eh, papá, mamá?”.
Para cuando respondió papá ya había llegado el ascensor a la planta baja, pues la interrogación de Lucía había abarcado todo el tiempo. Mientras papá repetía una y otra vez que no era posible, que debían ir a la esquina del próximo bloque, mamá le secundaba recordándole que se le había explicado el porqué no podían faltar, incluida ella, a esa reunión de los vecinos del barrio.
Entonces Lucía en su interrogatorio interminable al que ya estaban acostumbrados sus padres repuso: “¿Y vamos a caber todos en la esquina?”. A lo que sus padres respondieron con una carcajada. “No, Lucía, en la acera no, pero aunque no vengan todos, estaremos también en la calle esperando que seamos muchos”, contestó su padre.
Salían por la puerta del portal y agarrada por ambas manos bajó, como era usual en ella, aprovechando los brazos como columpio, balanceándose sin tocar los peldaños de la escalera, mientras los contaba una y otra vez. Llegaron a la acera. Y Lucía, ya completado el ritual de bajada a modo de columpio, siguió insistiendo: “¿estaremos mucho tiempo?, ¿podré ir al parque un ratito?”.
Papá y mamá suspiraron y volvieron a responder: “no te hagas ilusiones, no sabemos cuánto tardaremos”.
Lucía seguía el compás por la acera de los pasos de sus padres y entonces las escuchó; era habitual que a esas horas no volaran, lo sabía muy bien, quizás algo más temprano, luego al mediodía y al atardecer, cuando desde el balcón jugaba a intentar alcanzar a alguna. En ese momento “se están hablando”, se decía Lucía. “Seguro que las pequeñas están de vacaciones y sus papás están desayunando con ellas”. “Se dicen las unas a las otras si estamos de paseo o si les vamos a hacer daño, como me explicó mamá”. “Ese ruidito es de alguna cría, sí, ¡seguro que es una de las pequeñas!, igual ellas tampoco quieren ir a la esquina de la calle, ¡es más divertido cazar insectos al atardecer!” se dijo.
Llegaron a la esquina, había mucha gente antes de alcanzarla, Lucía pensó que nunca había visto tanta gente del barrio junta, como bien ella había considerado no cabían en la esquina, estaban por todos los lados.
Los papás de Lucía iban saludando a sus vecinos y ella cogió feliz un globo verde que le regaló una señora que iba entregándolos entre los asistentes a aquella concentración.
Parecía eterna la espera de no sabía el qué, pero entre el globo, que mamá le había atado a la pequeña muñeca de uno de sus brazos para que no se le escapara, y la alegría de encontrar a Elena entre los reunidos, se le hizo algo más llevadero el final del acontecimiento.
Bruscamente empezaron los vecinos a protestar, al parecer unos policías les obligaban a abrir la calle, las protestas eran muy variadas con gritos, con muestras de grandes cartones o especie de sábanas blancas con letras que Lucía intentaba leer, pero que no conseguía con el movimiento de los que los llevaban y los empujones de la policía.
Lucía miró a su padre y él le devolvió una mirada de tranquilidad, mamá la tenía bien sujeta por su pequeña mano, lo sabía por la intensidad, semejante a cuando intentaba cruzar por la calle sin esperar a que mamá se lo indicara recordando que tenía que siempre cruzar agarrada y mirar a ambos lados de la calle.
Pero ahora no se veían coches, sólo la gente del barrio, que parecía cada vez más molesta y la policía que seguía empujando hacia atrás a los vecinos.
Entonces se oyó un ruido extraño. Detrás de un coche con luces de colores una máquina que Lucía nunca había visto y un camión parecía que querían entrar por la calle, pero los vecinos empujaban cada vez más a los policías y Lucía comprobaba cómo les iba a resultar difícil pasar a esos vehículos de color anaranjado por la calle. Entonces volvió a preguntar: “papá, ¿por qué nos ponemos en medio de la calle?”, “hija, ya te comenté, ahora cuando regresemos a casa te explico de nuevo”. Lucía recordó una conversación de días previos; sí, papá y mamá habían hablado del árbol de la esquina. Se giró, miró hacia atrás, había mucha gente entre ella y el árbol de la esquina, pero vio su impotente altura, sus brazos extendidos. “¿El árbol?”, se dijo intentando recordar por qué se comentó lo importante que era aquel árbol. Pero no tenía la respuesta, en ese momento seguía aferrada a la mano de su madre y agarrado su globo verde.
De repente, ¡un aplauso unánime, una alegría desatada la devolvió a la realidad!, mamá por fin soltaba su mano, papá la subía a sus hombros y le gritaban: “¡Lucía, hija, mueve el globo, lo hemos conseguido!”. Ahora eran todos, papá incluido con ella sobre sus brazos, los que pegaban saltitos. Ella estaba contagiada con tanta alegría, mientras se preguntaba si los que saltaban se habrían abrochado los cordones de las deportivas.
Regresaron a casa, aquella máquina y el resto de los vehículos no estaban. Parecía que quedaban algunos policías conversando con la gente, pero ya no se daban empujones.
Subió los escalones del portal aún en los hombros de papá, mientras jugaba con el globo y miraba al cielo. Ahora no las oía, Lucía pensaba: “las han asustado, con tanto ruido, ¡pobres!”. Papá la bajó para entrar al portal y ella preguntó: “¿puedo soltar el globito?”, “Lucía, cariño -dijo mamá- ¿no lo quieres para jugar en casa?”. “No, mamá, prefiero que jueguen con él las golondrinas”.
Mamá se agachó y desató el globo, le dejo el cordel a Lucía y le dijo: “hija, ¡déjalo para que jueguen las golondrinas!”.
Ya en casa, papá llamó a Lucía para ayudarle a desatar las zapatillas, mientras mamá empezaba a preparar la comida, y le preguntó: “¿Lucía, por qué les has regalo el globo a las golondrinas?”, mientras preguntaba la conducía al baño, se habían puesto las zapatillas de estar en casa, y se lavaban los dos las manos para ir con mamá para colaborar en la preparación de la comida. Mamá que había oído la pregunta miraba a Lucía al dar su respuesta. “Porque las pobres se han callado, estarán asustadas con tanto ruido y tanta gente, y seguro que las crías se divertirán con el globito cuando esta tarde salgan a merendar”. Entonces mamá se sentó en una silla, puso en sus piernas a Lucía y dándole un beso en la frente, le dijo: “cielo, por eso no queríamos que talaran el árbol centenario de la esquina”, Lucía calló pues no entendía bien esa explicación. Al ver los grandes ojos con los que Lucía miraba a su mamá, ella siguió: “sin los árboles, las golondrinas se irán a otro barrio o a otra ciudad”. “No, mamá, estás equivocada, papá me enseñó los nidos de las golondrinas, ellas no necesitan los árboles”. Continuó su madre, mientras papá miraba a ambas con ternura y continuaba ahora preparando la mesa para comer, ya que pronto la madre de Lucía tendría que ir al trabajo: “No, Lucía, los árboles los necesitan las golondrinas también, aunque no hagan sus nidos en él, como los necesitamos nosotros aunque vivamos aquí, en casa”. Lucía callaba, algo poco habitual en ella, esperando saber el porqué les podría interesar el árbol a las golondrinas, pues le encantaba conocer cualquier información relacionada con sus “compañeras de juego” al atardecer desde el balcón de casa. “Con las ramitas de los árboles, porque no tenemos campo del que poder coger varitas para construir sus nidos, como ocurre en el pueblo de los abuelitos. Además, cuando llega el verano, al igual que tú te pones tu sombrero o tu gorrita, ellas se ponen entre las ramas del árbol para no sentir tanto calor y en las ramas también pueden ponerse cuando llueve mucho en el otoño”. Lucía se quedó pensativa. Mamá continuaba: “también nosotros procuramos hacer un descanso a la sombra del árbol cuando regresamos con la compra de camino a casa y cuando llovió tanto y te había ido a recoger al colegio sin paraguas, también nos quedamos debajo del árbol un ratito para seguir corriendo y llegar lo antes posible a casa. Además, hay otros pajaritos en el barrio que sí viven en el árbol centenario”.
“Entonces, mamá, ¿por qué venía esa máquina tan grande?, ¿quería hacerle daño al árbol de las golondrinas?”. “Sí, Lucía, querían talarlo, es decir cortarlo y llevarlo en ese camión que iba detrás de la máquina”.
“¿Pero por qué? -dijo Lucía entristecida-, ¿por qué querían matarlo?”.
Y la mamá de Lucía le respondió con una entonación severa: “Porque mañana vendrá el alcalde a entregar las casas del nuevo bloque que se ha construido al lado del árbol y molestaba para colocar a las autoridades y hacer las fotografías de la entrega de esas llaves de las casas a los nuevos vecinos”.
Aquella tarde, cuando Lucía se asomó al balcón buscó los vuelos veloces y cambiantes en altura, cruzados y como juguetones de las golondrinas; empezó a escucharlas antes de poder verlas volando revoltosas. Jugó a estirar la mano entre las rejas de seguridad del balcón de su casa, como intentando tocar a una de ellas. Cambió la dirección de su mirada, había palomas, gorriones y otros pajarillos que hasta este momento no habían captado su atención. Y a continuación fijó su vista a su izquierda, se trasladó a esa parte de la terraza y chilló, mientras movía su pequeño brazo alegremente: “¡Hola, arbolito!, ¿cómo estás?”.
El árbol no respondió, pero sí las golondrinas que parecían hablaban por él. Y es que Lucía sabía interpretar los diferentes estados de ánimo con tan sólo escucharlas, y estaba convencida que el árbol estaba bien, porque las golondrinas se lo confirmaban con sus escandalosos sonidos, aproximándose en sus vuelos rápidos al balcón, bajando y subiendo de forma extraordinaria, como esperando tocar la pequeña mano de Lucía extendida hacia ellas.
Este cuento es para Pilar y Jesús, verdaderos artífices de su creación, pues sólo su empeño y sus ánimos al alentarme en esta aventura han posibilitado el que retomara una escritura aparcada: la del mundo de la fantasía y de la imaginación sin limitaciones, como la un niño que con su inventiva puede alcanzar el vuelo de una golondrina.
Gracias, queridos Pilar y Jesús. El haberos conocido y el darme tan buenas noticias es una de las experiencias más gratificantes que he vivido.
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