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Una letra

La y.

“Son la mitad más uno…”

Dedicado a ♥ ALE SWEET ♥

El árbitro Carlos Maglio paró el partido entre Racing y Boca, en el Coliseo de Avellaneda, porque los hinchas de La Academia cantaban canciones discriminatorias. “Son la mitad más uno, son de Bolivia y de Paraguay…”, decía el coro tribunero.

_¿Y qué pasa si les cantamos “son de Alemania y de Pakistán?” – preguntó en voz alta un narigón de gorra, parado al lado del paravalanchas, siguiendo el ritmo de la canción.

_Y no, ahí no pasa nada. Pero dicen que les decimos bolivianos y paraguayos como una ofensa, ¿entendés?, cortemoslá con eso… – contestó fastidiado un gordo de remera corta, sentado dos escalones más arriba.

_¿Y cuando les gritamos que La Boca está de luto, que son todos negros y todos putos? ¿Eso no es una ofensa? ¿Cómo es la cosa? Si eso no es una ofensa cantemos otra cosa entonces… – insistió el narigón, mientras le hacía ademanes con las palmas de las manos a los que tenían las banderas, para que pararan con la canción.

_Sí, negro – levantó la voz el gordo – Pero el tema es si le decimos bolitas como si fueran inferiores, ¿entendés? No rompamos más las bolas con eso…

_Ah!!! ¿Le podemos cantar que “vamo’ a matar a todos los bosteros” y no le podemos decir bolitas? – se calentó el narigón – Andá a cagar gordo! ¿Qué tiene de malo ser bolita?, a ver, ¿qué tiene de malo? ¿O al Cali no le decimos Bolita siempre? ¿Y qué? ¿Se enoja el Cali? Ni en pedo ¿Y el Turco, y el Yorugua? ¿Se calientan acaso? ¿Qué tiene de malo ser bolita?

_Perdón, si me permiten – intervino un flaco de barbita y anteojos, con gorro Piluso y una camiseta gastada, con la publicidad de Nashua – Creo que lo que quiere decir el Narigón es que al parar el partido, el árbitro avala el contenido peyorativo y discriminatorio del gentilicio, de algún modo lo legitima, ¿se entiende?

_¡¡¡Caruso mandá el equipo adelante y la reputísima madre que te paríó!!! – interrumpió el diálogo un joven de pelo largo y flequillo stones.

La hinchada ya cantaba otra cosa y Maglio pitó el pique que reanudó el partido.

30/10/90: El día que la Argentina entró al primer mundo

La sirena de la alarma corrió como un rayo por la cubierta del destructor Almirante Brown. Los doscientos efectivos a bordo, que llegaban al Golfo para sumarse a la misión de paz de las Naciones Unidas en Medio Oriente, se desplegaron a toda velocidad ante la inconfundible señal de alerta. Los radares del buque argentino habían detectado peligrosos desplazamientos navales en la zona de exclusión.

_¡Atención! -retumbó la voz del Capitán por los altoparlantes- ¡Todos a sus puestos! ¡Prepárense para entrar en combate!

La señal era fuerte y clara. Dentro de las doscientas millas marinas que demarcaban el área prohibida, avanzaban formaciones de naves enemigas en lo que parecían ser evidentes maniobras de Guerra. La embarcación argentina, que vigilaba el cumplimiento del bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos, era el primer testigo de aquella flagrante provocación iraquí al nuevo orden internacional.

_¡Capitán! – alertó el operador de los radares en la cabina de control – Tenemos en pantalla a dos buques no identificados, pero parecen ser transportes de carga…

_¡Fenicios saboteadores! – masculló amenazantes el Capitán – ¡Están violando el embargo comercial! ¡Dé la orden al oficial de la torpedera para que en treinta segundo abra fuego!

_Pero Capitán… – titubeó por un instante el joven oficial, ante la proximidad de aquellos dos enormes barcos indefensos.

_¡¿No me oyó?! ¡¿Qué espera?! – gritó enfurecido el Capitán – ¡Fuego dije!

Los torpedos surcaron el océano con despiadada velocidad. Dos puntos luminosos siguieron el trayecto de los proyectiles en los monitores de la cabina de control, hasta su fatal impacto contra los blancos programados. Apenas décimas de segundos después, un par de explosiones, casi simultáneas, retumbaron sordas mar adentro. Dos espesas columnas de humo negro se recortaron fantasmales sobre el horizonte y parecieron precipitar el atardecer en las aguas del Golfo.

¡Alerta roja Capitán! – se sobresaltó el operador – ¡Una lancha pesquera viene ahora a toda máquina en nuestra dirección!

_¡Es una lancha-bomba! – gritó el Capitán, advertido de los ataques suicidas del enemigo – ¡Vamos a interceptarla! – ordenó sin perder tiempo – ¡Active los misiles! ¡Ahora van a ver, turcos de mierda!

_Es que… – volvió a titubear el oficial – es de bandera rusa, capitán…

_¡Ahh!!! – enardeció aún más el Capitán – ¡El sucio trapo rojo! Mucho mejor… -masculló – ¡Dispare los misiles ya!

_Negativo Capitán – tomó aire el operador – hay un pequeño crucero que nos impide el ángulo de disparo…

_¡A la mierda con ellos también! – volvió a gritar Capitán, ya desencajado.

_¡Es que es de una compañía turística argentina, Capitán! – se atrevió a levantar la voz el oficial – y están agitando una sábana blanca!

_¡¿Usted es boludo o se hace?! – se paró el Capitán de su asiento, hasta mirar cara a cara al operador – ¡En algo andarán, oficial! ¡Obedezca mis órdenes y dispare contra todo aquello que se mueva en doscientas millas a la redonda! ¡¿Me entendió?!

En poco menos de dos horas, las mansas aguas que bañaban la plataforma continental del Golfo, se convirtieron en el dantesco escenario de la más contundente acción militar y de la Armada Argentina, quizá en toda su historia.
Las naves enemigas habían huido alocadas en todas las direcciones, claramente sorprendidas por la feroz ofensiva del buque argentino.

Poco después, la noche se cerraba sobre el océano y cubría, con un provisorio manto de tregua, lo que sin dudas podía considerarse a esa altura como el irreversible comienzo de un tercera Guerra mundial.

Una larga y tensa calma invadió la cabina de control del buque argentino durante los minutos siguientes, hasta que por fin volvió hablar el operador:
_Capitán – dijo esta vez en voz baja – hay una llamada urgente para usted en el radio de seguridad.

El Capitán ni se inmutó. Permaneció reclinado hacia atrás sobre su sillón, con la visera de la gorra apenas cubriéndole los ojos, mientras revolvía lentamente con la punta de sus dedos el par de hielos de su vaso de whisky.

_No es momento para protocolos – dijo con voz ronca, sin moverse de su asiento – Que esperen hasta mañana si quieren tener el primer parte de Guerra.

Por su mente, en tanto, desfilaban las imágenes de los principales diarios del mundo, con su fotografía imponente en primera plana, y enormes titulares que hablaban del heroísmo, la valentía y la rudeza de aquel viejo lobo de mar argentino. El hombre que con su valor patriótico y su mano firme, había dejado a salvo nada menos que la honra y el honor del mundo occidental.

_Es el presidente, Capitán – insistió el operador, antes de retirarse respetuosamente de la cabina.

El Capitán saltó de su asiento. Se calzó la gorra de su uniforme, hizo la venia y se aferró con las dos manos de micrófono del radiotransmisor.

_¡Jaque Mate Rey Dos, aquí Torre Blanca! – disparó eufórico sin esperar respuesta – ¡Estalló la Guerra, presidente! ¡La batalla fue durísima, pero vamos ganando señor! ¡Huyeron como ratas y…

De golpe, un abrupto silencio se instaló en al sala de mandos del destructor Almirante Brown, aquella madrugada del 30 de octubre de 1990. El rostro del Capitán pareció palidecer.

_¡Qué?! ¡¿Cómo dice señor?! ¿Pérsico…? ¡¿Qué Pérsico?!

Aún hoy, los principales servicios de inteligencia de todo el mundo intentan encontrar las explicaciones de aquel indiscriminado ataque argentino en aguas mexicanas.

Primicia Exclusiva: Los estrenos de la TV 2010

(Dedicado a Geraldinho: No te vayas, estúpido)

Bailando por un culo. (Ideas del Norte) Una nueva vuelta de tuerca al éxito televisivo de la década. Cuarenta chabones en sunga compiten por pasar una noche con Jessica Cirio. Jurados: Zulma Lobato, Jorge Rial, Karina Jelinek y Ernesto Tenembaum. Ojo, va después de las diez de la noche.

Pare de Sufrir. (Racing TV) Un programa espiritual para almas apasionadas. Aunque ganes o pierdas no me importa una mierda. Conduce: Miguel Angel Colombatti.

Todo Noticias Volver. La fusión de dos clásicos del cable. 24 horas seguidas de noticias que informan con objetividad y profesionalismo lo jodida que es la nueva ley de medios y lo bien que estábamos antes. Esto con la dictadura no pasaba.

Mesa ChiK. (Canal 7 y todas sus repetidoras, repetidoras, repetidoras…) Programa de debates ideológicos amplios, democráticos y pluralistas. Participantes: Néstor Kirchner.

La tierra es Mía. (Canal Rural) Paisanos, campesinos, chacareros y pequeños productores revelan cómo llegaron a ser los legítimos propietarios de millones de hectáreas de tierra.

Docentes en Acción. (El Canal de la CETERA) Ficción. Las increíbles aventuras de un grupo de maestras que conviven todos los días de su vida con 35 especímenes de diversas escuelas de Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Hablan las sobrevivientes.

Cómo ser marginal y salir en la tele. (Micro de Sprayette para América Latina) Un espacio de autoayuda, con múltiples ventajas y beneficios, dirigido al segmento del mercado integrado por villeros, jóvenes delincuentes, travestis y prostitutas. Llame ya!!!

¿Cuánto Midió? (Entretenimiento para productores de TV). Un Reality Show simultáneo de todos los canales en Prime Time. Escenografías espectaculares con tribunas repletas de gente gritando histérica que pongas su canal. Todos al pedo, pero en vivo, con la medición del minuto a minuto del rating permantemente en pantalla. El poder lo tenés vos!!!

Troskóvery Channel. Documentales filmados en asambleas, marchas, sentadas, piquetes y cortes de rutas a capitalistas y burgueses que se vendieron al sistema. El audio sale por megáfono. Cordón, compañeros, cordón!!!

Fútbol de Cuarta. TyC (Tenemos y Compramos) Señal de Deportes. La televisación exclusiva del torneo de la mayor de las Divisiones Inferiores del Fútbol Argentino. Sólo para fanáticos. Veintidós pibes a los que nadie les dijo que la pelota es redonda; que es cuestión de dársela a un compañero; que no hay nada mejor que el toque y la devolución; que si la perdés, correla; que juegues de lo que juegues hay que pasarse la vida aprendiendo a patear al arco; que vale amagar y gambetear, y que simular es de cagones. Videos didácticos de fútbol brasileño en los entretiempos. “No importa en qué cancha juguemos, yo a la cuarta la sigo donde va…”, canta la hinchada en la apertura del programa.

Pacientes. (Drama) La nueva tira de Pol Ké? Tres jóvenes galanes pasan días esperando que los atiendan en los pasillos de los hospitales públicos, después de haber viajado dos horas en el Sarmiento a las 8 de la mañana. La historia relata cómo se ponen de novios con las enfermeras y se reciben de médicos mientras esperan.

A quién carajo le importa! (América TV) Las intimidades, secretos y escándalos de los famosos que sólo son famosos por salir en “A quién carajo le importa”. Más de lo mismo, bah. Otro espacio destinado a la cultura y la educación nacional, auspiciado por Casa Tía.

Tomando café con Mariano Grondona después de almorzar con Mirtha Legrand. (Otra fusión de dos clásicos del ex canal 9) Programa con invitados y con Lilita Carrió como panelista. Lo peor está por venir.

Jurasik Luna Park. (C5N) Ciclo de recitales del Negro González Oro y monólogos del Baby Echecopar. En duplex con Radio 10.

Vamos a un corte. (Canal de la Mujer) Programa de cirugías espantosas para verte siempre joven y hermosa.

Talento Argentino II. (Clarín Blogs) Un montón de gente que piensa que Internet es mucho más que boludeo, que crea verdaderas obras de arte sin que nadie le pague un mango y que encima laburan, estudian y crian a sus hijos. (Ver amigos).

Dudas testimoniales

Tuve que quedarme un día en cama y me invadieron algunas dudas:

¿Por qué me anda un sólo canal de televisión?

¿Si voté a De Narváez, tengo que usar barbijo?

¿Qué barbijo, el Chipi Barbijo?

¿Cómo hago para cubrirme la boca con el codo?

¿Gripe A será porque después se viene el resto del abecedario?

¿Puedo ir a bailar esta noche si no apreto en los lentos?

¿Sirve ponerle alcohol a la gelatina sin sabor para lavarse las manos?

¿Oseltamivir no era el 9 de Yugoslavia?

¿No son soberbios los que hablan de soberbia?

¿Por qué me dicen que no vaya al cine, mientras estrenan La Era del Hielo 3 y anuncian la nueva de Harry Potter?

¿Para quién canto yo entonces?

¿Para tomar el té con limón, me puedo sacar el barbijo?

¿Cómo hago para sacudir las migas de las sábanas sin levantarme?

¿Encontraron la caja negra del Air Bus?

¿Al final fue el Padre Grassi o Carrascosa el que mató a Nora Dal Maso?

¿Será que sueño con ese beso al regresar?

¿O me estará subiendo la fiebre?

¿El mapa de la inseguridad es físico o político?

¿Influenza no juega en la B de la liga italiana?


¿Alguien vio el control remoto?

Ella y él (Capítulo VI bis)

Él le rogó que lo perdonara, la tomó de las manos y le juró que aquello no iba a volver a pasar. Ella se apartó de un salto enfurecida y le gritó: salí de acá y no me toques!

 

 
 

 

 

 
 

 

Él, desesperado, trató de darle explicaciones: le habló de una aventura, de un momento de inconciencia, de algo que en realidad no tenía la menor importancia para su vida. Ella, desencajada, sólo escuchó algo sobre el peor de los engaños, sobre la más cruel de las mentiras y sobre las estúpidas excusas de una traición imperdonable.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él intentó detenerla con ruegos y súplicas, mientras la perseguía por cada una de las habitaciones de su departamento. Ella no dejó de insultarlo en ningún momento, mientras guardaba todas sus cosas dentro de su cartera.

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él, en un último intento, le prometió que se casarían, que harían un viaje, que tendrían un hijo y que no iría más los domingos a la cancha a ver a Racing. Ella, sin detener su marcha, le preguntó que por qué no se iba un poquito bien a la mierda.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él le imploró de rodillas que no lo deje, y le pidió por favor que hablaran otro día, un poco más tranquilos. Ella le tiró con un juego de llaves que rebotó contra el sofá de living y salió del departamento dando un feroz portazo.

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él completamente descontrolado, la corrió en calzoncillos tres pisos por las escaleras. Ella llegó antes a la planta baja por el ascensor y paró el primer taxi que pasaba; recién entonces, rompió en un llanto desconsolada.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él la llamó cien veces por teléfono a su departamento durante los dos meses siguientes. Ella le contestó cien veces que no estaba, pero que podía dejar su mensaje después de escuchar la señal.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él llamó a todas sus amigas, a su familia, a su trabajo. Ella ya les había avisado a todos que, en caso de que él llamara, le informaran sobre su repentina partida hacia Sarajevo.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él pasó madrugadas enteras esperándola en la puerta de su edificio. Ella pasó noches enteras durmiendo fuera de su casa.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él recorrió, uno por uno, todos los lugares que ella solía frecuentar. Ella conoció, uno por uno, todos los lugares donde jamás había ido.

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él comenzó a beber por las noches y a encerrarse en su departamento los fines de semana. Ella no faltaba al cine ningún miércoles y salía a bailar con sus amigas los viernes, sábados y domingos.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él empezó, con el tiempo, a frecuentar borracho un prostíbulo del bajo. Ella empezó, los martes y jueves, un curso nuevo de expresión corporal.

 
 

 

 

 
 

 

Él volvió a verla casi de casualidad, seis meses más tarde, un domingo de lluvia, a la salida de un recital de Serrat en el Gran Rex. Ella se despedía de sus amigas en la puerta y caminaba por Corrientes para el lado de Leandro N. Alem.

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él la siguió desde lejos, hasta que la vio detenerse en la parada del colectivo. Ella buscó refugio bien cerca de la pared, ante una nueva ráfaga de viento y lluvia que llegaba desde el Río de La Plata.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él llegó en ese momento, caminando en silencio y mirándola a los ojos. Ella bajó la vista algo nerviosa y giró la cabeza hacia el otro lado.

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él se le paró adelante, se sacó la campera e intentó ponérsela sobre los hombros. Ella lo esquivó como a un poste y empezó a caminar apurada hacia el cordón de la vereda, para parar el colectivo que justo llegaba.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él dudó un instante en tomarla de la mano antes de que se fuera. Ella no dudó ni un segundo en tomarse el 33 que decía “Por Barracas”.

 
 

 

 

 
 

 

Él llegó caminando a Barracas, dos horas más tarde, algo borracho y completamente empapado. Ella se desvestía seis pisos más arriba, ya lista para acostarse.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él dio dos vueltas a la manzana, antes de tocar el timbre del portero eléctrico. Ella aún daba vueltas en la cama, antes de apagar el velador.

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él se decidió al fin y apretó dos veces el botón del 6º C. Ella, todavía despierta, pensó por un segundo en él antes de levantarse a contestar.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él pareció revivir cuando escuchó la voz de ella por el portero eléctrico y le pidió por favor que lo dejara subir, tan sólo un par de segundos. Ella le preguntó si estaba borracho y si tenía idea de la hora que era.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él le confesó que sí, que había tomado algunas cervezas, que sabía que eran las dos y veinticinco de la madrugada, pero que necesitaba verla un instante, sólo para decirle dos palabras. Ella dudó un momento por primera vez en seis meses, cerró los ojos, tomó un poco de aire y le dijo que estaba bien; pero que nada más podía subir un minuto, porque a las nueve de la mañana tenía que entrar a trabajar.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él escuchó la chicharra del portero eléctrico como la señal de entrada al paraíso. Ella corrió al baño a arreglarse un poco y a buscar su bata negra.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él salió del ascensor algo mareado, tratando de encontrar a ciegas el botón rojo de la luz en la pared. Ella se asomó al pasillo y lo vio llegar con el pelo mojado, las manos en los bolsillos y las solapas de la campera levantadas.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él permaneció un segundo parado en la puerta del departamento, mirándola a los ojos y sólo dijo – te amo – casi con susurro. Ella no pudo evitar sonreír, meneó suavemente la cabeza y dio un paso al costado para dejarlo pasar.

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él esta vez no dudó, la tomó con ambas manos de las mejillas y la besó apenas sobre los labios. Ella se dejó llevar, lo rodeó con sus brazos sobre el cuello y le devolvió el beso, esta vez larga y profundamente.

 
 

 

 

 
 

 

Él la despertó a la mañana siguiente con un café humeante en la cama y con tostadas recién preparadas. Ella desayunó sin hablar y se metió rápido en el baño cubriéndose con las sábanas.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él se sentó sobre la alfombra de la puerta del baño y, entreabriendo apenas la puerta, le preguntó cómo había pasado la noche. Ella le contestó que no le escuchaba nada por el ruido de la ducha y que cerrara la puerta porque entraba corriente de aire.

 
 

 

 
 

 

 
 

 

Él la esperó a que se vistiera, la siguió hasta la cocina, la rodeó con sus brazos contra la mesada y le pidió por fin que volvieran a verse. Ella, sin mirarlo, le pidió que antes de salir le ayudara a sacar las bolsas de residuos al cuartito del incinerador.

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

Él le rogó que lo perdonara, la tomó de las manos y le juró que aquello no iba a volver a pasar. Ella ensayó un suspiro, retiró las manos lentamente, bajó la vista, y le dijo que ya era demasiado tarde.

 
 

 

 

 
 

 

 

 Él pareció desplomarse para siempre y apenas con un hilo de voz, le preguntó si ya había otro hombre en su vida. Ella lo miró por primera vez a los ojos, sonrió pícara y le dijo que no, que era demasiado tarde porque ya se habían hecho las nueve menos cuarto.
 

 

 

Un país previsible…

Los mejores países el mundo – dicen – se caracterizan por su previsibilidad. Y eso es lo bueno de vivir en la Argentina.

Vos ya sabés que las clases nunca van a empezar en la fecha anunciada. Sabés que los maestros van a ganar siempre una miseria, que los pibes van a aprender apenas lo que puedan, y que todos van a decir que el gran problema de este país es la educación.

Sabés que los sindicalistas van a parar cualquier actividad cuando lo consideren conveniente, que después van a negociar, van a arreglar y que muchos, después, serán millonarios.

Sabés que los políticos van a cambiar de partido, de aliados, de estrategias, de imagen, de discurso y de cargos. Sabés que dirán lo que mejor les dé en las encuestas y que casi todos, después, serán millonarios.

Sabés que cada dos años tendrás que votar a casi trescientos desconocidos para que nada cambie. O sí. El futuro y bienestar de los hijos, nietos y choznos de esos casi trescientos desconocidos estará garantizado.

Sabés que cada tanto aparecerán algunas iniciativas piolas de gente común, que se hincha las bolas ante alguna injusticia grosa, y que al poco tiempo dejará de ser “noticia” o terminará absorbida por estructuras partidarias u organizaciones de mierda.

Sabés que en alguno de los próximos secuestros van a descubrir que había involucrado un polícía (o varios) y que no va a pasar esta semana sin que te enteres que a tal o cual lo afanaron, lo cagaron a palos, lo violaron o directamente lo mataron. Si no te tocó a vos, claro.

Sabés que una mitad va a decir que hay que matar a los pibes chorros y que la otra mitad le va a contestar que ningún pibe nace chorro.

Sabés que la marginación social extrema está de un lado de las vías del ex ferrocarril Mongo y del otro hay un complejo de countries diseñado en Miami.

Sabés que los sistemas penitenciarios y los centros correcionales sólo los vas a ver en las películas y que los abogados sólo defenderán a sus clientes, no a la verdad ni a la Justicia.

Sabés que la salud de millones de “compatriotas” está en las manos de Dios y que – también Dios mediante – podrás encontrar en los lugares menos pensados a médicos y enfermeras que son un fenómeno.

Sabés que los medios de comunicación son sólo la vidriera de grandes negocios y que uno entra a comprar al que más le guste, aunque también sepas que no habrá mucho para elegir. Ah, algunos periodistas, conductores, productores y “artistas populares” también serán millonarios.

Sabés que el fútbol es sólo una parte de la industria del entretenimiento, que a cada rato te atrapará con una gran Final o con una figurita de moda y – todo el mundo lo sabe – que los referís siempre lo van a bombear a Racing.

Sabés también que entre tantas pálidas, siempre habrá familia, parejas, hijos, parientes, amigos, compañeros de laburo, vecinos o conocidos dipuestos a contenerte con su afecto, a ponerte el hombro y a darte una mano cuando la necesites. Y que, seguramente, ninguno de ellos será millonario.

Todo eso uno lo sabe. Pero sabés qué? Sabés que es lo mejor que tiene este país tan lamentablemente previsible? Que sin buscar nada, un día abrís un blog pedorro porque es gratis y estás al pedo, y de golpe descubrís una banda de gente maravillosa, talentosa, creativa y súper buena onda que, a pesar de todo, te dibuja cada día una sonrisa en la cara…

Gracias mil a todos ustedes, desde lo más profundo de mi corazón (y sepan disculpar la catarsis).

Los problemas de Carlitos

El gran quilombo con la señorita Elena vino cuando la volvimos a tener en Tercero A, doctora, ahí se armó el despelote. Y no fue como dijeron algunos después, por culpa de ese libro de lectura que nos había hecho comprar la señorita Elena. Porque era un libro piola el Rulo y Pelusa, doctora. Venía con “osos que amasaban la masa” y ese tipo de huevadas, ¿vio? Pero para la edad que nosotros teníamos estaba bien, total, era para aprender a leer y nada más, ¿entiende?

No, doctora, le aseguro que no fue por culpa del libro de lectura el escándalo que se armó después. Y le digo más, ni siquiera le hice ningún drama cuando me empezó a hacer escribir las primeras oraciones en el cuaderno de clases. Y eso que eran todas macanas las que me hacía poner, eh. Que mi papá fumaba en pipa, que no sé qué pelotudo usaba un kimono, y qué sé yo cuántas gansadas más me hizo escribir la señorita Elena en mi primer cuaderno de clases. Y yo, un duque le juro. Hasta ahí, yo le obedecía todo como un soldadito, doctora. A las ocho años ya leía y escribía más o menos bien, hacía los deberes todas las tardes, subrayaba siempre con azul, y hasta le había forrado el cuaderno de comunicaciones con ese papel araña verde, ¿vio? Que era un asco, pero como era el que a ella le gustaba yo se lo había forrado igual. Se lo puede decir cualquiera, doctora, hasta ese momento, jamás le había dicho nada a la señorita Elena. Ni una protesta, ni una queja, nada, le juro que hasta ese día me la había bancado lo más bien.

¿Pero qué pasó? Resulta que una mañana, en pleno invierno me acuerdo, sería para principios de agosto más o menos, doctora, uno de esos días bien fríos, ¿vio? De esos en que a las siete de la mañana todavía era de noche y que en la calle el pasto estaba todo cubierto de escarcha, ¿se acuerda? Bueno, un día de esos era.

Hasta que mi vieja consiguió sacarme de la cama esa mañana y hasta que terminó de plancharme el guardapolvos, ese día le tengo que reconocer que llegué bastante tarde a la escuela, eso se lo tengo que reconocer. Ya hacía un buen rato que habían tocado la campana de entrada, ya habían formado todos los grados en el patio tomando distancia, habían izado la bandera, habían cantado Aurora, y ya estaban todos mis compañeros adentro del aula. Habrán sido unos quince o veinte minutos que llegué tarde ese día, doctora, no fue mucho más que eso. Pero hasta ahí no pasaba nada, porque era preferible que llegara tarde a la escuela, a que fuera sin guardapolvos, ¿entiende? Eso sí no se podía.

No, pero el quilombo de esa mañana, no fue por mi llegada tarde. Porque ese día, ni bien entré a la escuela, yo ya noté que había como un clima raro, doctora. No sé bien qué, algo extraño. Usted no cree en esas cosas, ya sé que usted no cree en esas cosas, pero a mí nadie me saca de la cabeza que fue como una especie de premonición, o algo así.

Como demasiado silencio había esa mañana en mi aula, doctora. No era como los demás días en los que yo llegaba tarde, que el griterío de Tercero “A” se escuchaba desde la otra punta del pasillo, ¿entiende? Si justamente eso era lo que mi vieja me había contado, que la señorita Elena se cansaba de repetir en las reuniones de madres. _Que éramos buenos alumnos, pero que hablábamos mucho en clase, decía siempre. Y esa mañana, cosa que nunca, la única voz que se escuchaba retumbar en el pasillo de mi escuela era la de la señorita Elena, doctora.

Mire como sería, que antes de entrar a clase me asomé en puntas de pie por la ventana del aula, para ver si era que ese día habían faltado muchos de mis compañeros, ¿entiende? Porque si no, no podía ser tanto silencio. Pero no, estar, estaban todos. Y ahí es que le digo lo de la premonición, doctora, porque ahí yo ya estuve seguro que ese día pasaba algo malo, pero malo en serio, ¿me entiende?

Usted tendría que haber visto como estaban todos mis compañeros ese día, doctora. No se podía creer, le juro. Inmóviles estaban. Todos, eh, hasta los que se sentaban en la fila del fondo, ese día estaban quietos y cada uno en su lugar. Como hipnotizados estaban mis compañeros, doctora. Todos mirando al frente y prestando atención a la señorita Elena, que explicaba algo nuevo en el pizarrón con rayas y números.

Con decirle que Jorgito, que era mi mejor amigo y que se sentaba conmigo en el segundo banco de la fila del medio, ese día ni me saludó cuando me vio abrir la puerta del aula. Y le digo la verdad doctora, yo tampoco saludé a nadie. Porque entré a clase con un cagazo bárbaro, para qué le voy a andar con vueltas. Entré, porque no me quedaba otra, doctora, para qué le voy a mentir. Así que medio que me hice el boludo, dije: – buen día – en voz baja, como para que nadie me escuchara y enfilé para mi asiento bien ligero con la vista clavada en el piso.

Me senté en mi banco tratando de no hacer ruido, desabroché las dos hebillas de mi portafolios y empecé a sacar los útiles de a uno, cosa de poder empezar a prestar atención y ver qué carajo era eso que estaba explicando la señorita Elena.

En eso miro el pizarrón y lo veo ahí escrito, doctora. Usted no me va a creer, pero es el día de hoy que todavía miro un pizarrón y lo veo ahí escrito: – Problema -, decía doctora. Así, con mayúscula, escrito bien grandote y subrayado con la tiza bien apretada.

“Que si Carlitos tenía no sé cuantas manzanas; y vaya a saber por qué mierda se le ocurrió empezar a regalarlas, ¿cuántas manzanas le corresponderán a cada uno de sus diecisiete amiguitos?”. Yo no lo podía creer, doctora, le juro que no lo podía creer. Me acuerdo que ahí nomás lo codeé al Jorgito y le pregunté en voz baja: – Che, ¿a esta qué le pasa hoy? ¿Por qué no tenemos gimnasia mejor? – Pero ya era demasiado tarde, doctora, ni bola me dio el Jorgito. La señorita Elena ya le había empezado a llenar la cabeza de problemas, igual que a todos mis compañeros, ¿entiende? Ahí fue que yo me calenté.

Ahí fue que ya no me la banqué más a la señorita Elena, y pasó lo del quilombo de ese día. Porque ahí nomás me avivé que el asunto de las manzanas, en realidad, no era un problema de Carlitos, doctora. Cualquiera en su lugar hubiera empezado a repartir las manzanas entre sus amigos, una a cada uno, hasta que se le acabaran y listo. Y si le sobraban algunas, se las quedaba para él y chau, ¿quién le iba a decir algo? Encima que las regalaba, ¿alguien le iba a decir algo? Dígame la verdad, doctora, ¿quién le iba a decir algo? Nadie, entonces, ¿qué problema había?

Así fue que se me dio por empezar a pispearle desde mi banco unos papeles que la señorita Elena tenía arriba de su escritorio, y ahí me terminé de dar cuenta de todo, doctora. Ahí nomás fue que me paré, levanté la mano y le pedí de pasar al frente antes que nadie, para escribir esa respuesta en el pizarrón, por la que después se armó tanto quilombo.

¿Porque sabe qué doctora? El de Carlitos, en realidad, era un problema que la señorita Elena había inventado en su casa para traernos a nosotros, ¿me entiende? Con la excusa de tener que enseñarnos la regla de tres simple, esta mina había empezado a inventar problemas en su casa, para complicarnos la vida a nosotros, doctora, que teníamos ocho años. ¡Ocho años teníamos recién nosotros!.

Por eso fue que me puse como loco y le escribí lo que le escribí en el pizarrón ese día. Pero con razón, doctora, ¿o no? Usted dígame la verdad, yo ahora puedo reconocer que se me fue un poco la mano, que le falté el respeto a una maestra, que eso no se hace y todas esas cosas. Pero en ese momento, era para calentarse, doctora, dígame la verdad, era para calentarse.

Porque era fija que no iba a ser ese día nomás y después se iba a dejar de romper las pelotas con los problemas de Carlitos, ¿entiende? No, estaba claro que a partir de ahí, si ninguno de nosotros le decía nada, la señorita Elena nos iba a empezar a traer cada vez más y más problemas de Carlitos, ¿entiende? Todos los días nos iba venir con más problemas de Carlitos. ¿Se imagina lo que iba a pesar mi cuaderno de clases a fin de año, doctora, con la cantidad de problemas de Carlitos que iba a haber ahí adentro? ¿Tiene idea de los que iba a pesar? ¡Cuatro mil toneladas iba a pesar ese cuaderno de clases! ¿O usted me va a decir que cuando tiene un problema, no siente como que tiene un peso encima, doctora? Algo como una carga o no sé como qué mierda, pero algo así se siente, doctora, ¿o no? Y eso era para mí lo que ella quería. Que nosotros ya supiéramos lo que era vivir con un peso encima, quería. Que empezáramos a convertirnos en esos tipos serios y amargados, ¿vio? Esos que viven todo el día preocupados por los problemas que tienen. Bueno, en uno de esos tipos quería convertirnos.

Porque no fue que vino y nos dijo – bueno, ahora voy a darles un juego de ingenio – por ejemplo; que hasta por ahí, quién le dice, hasta me hubiera gustado y todo, ¿me entiende doctora lo que le quiero decir? O nos hubiera dicho que teníamos que descubrir un enigma matemático, o un acertijo, una deducción lógica, qué sé yo; algo que suene divertido, ¿me entiende? Pero no, la señorita Elena lo había escrito bien clarito en el pizarrón. Lo de las manzanas de Carlitos era un problema, doctora. Ella quería que desde ese día, nosotros supiéramos lo que era empezar a tener problemas.

Pero a mí ya no sorprendió, doctora. Porque para esa altura yo ya la tenía junada a la señorita Elena. Parecía muy dulce y muy buenita, pero se le notaba que era de lo más jodida. Para ella nosotros teníamos que aprender solamente lo que a ella se le cantaba y sin decir ni mu, ¿me entiende? Por algo en todo el año jamás nos había hablado de ninguno de los derechos, que yo me enteré que teníamos como catorce años después. Pero hasta ese momento, minga, no teníamos la más mínima idea ni de los derechos del niño, ni de los constitucionales, ni siquiera de los derechos humanos nos había explicado nada la señorita Elena. Se conoce que para ella nosotros no teníamos derecho a nada. ¿me entiende? Pero eso sí, deberes, nos mandaba todos los días. Hasta los viernes nos mandaba deberes. ¿Y en realidad sabe por qué? ¿Sabe para qué nos mandaba deberes los viernes, doctora? Para que nosotros tuviéramos que pensar en ella durante todo el fin de semana, para que eso nos mandaba deberes los viernes. Porque era una histérica, eso era en realidad la señorita Elena, doctora, una histérica era.

Y le digo la verdad, por eso fue que yo se la tenía jurada. Por histérica se la había jurado. Y no tengo ningún drama en confesárselo. Por histérica fue que le escribí esa respuesta en el pizarrón, el día que nos vino con lo de las manzanas de Carlitos.

No se lo voy a negar, doctora, hacía como dos meses que yo se la había jurado a la señorita Elena. ¿Y sabe por qué? ¿Sabe por qué se la había jurado? Y guarda, que yo de minas todavía no entendía nada, eh. Le hablo de cuando todavía para mí, la señorita Elena era la mujer más maravillosa que había sobre la tierra. Ah sí, porque eso nadie se lo discute, doctora, ojo con tocarme hasta ese momento a mi señorita Elena. No le miento, eh, la vida daba yo hasta ese momento por mi señorita Elena.

Pregúnteselo a cualquiera, usted no sabe lo que era esa mina, doctora. No le quiero exagerar, pero una diosa espectacular era mi señorita Elena. Una belleza, le digo, sin verso, eh. Una melenita rubia, una carita perfecta, unos ojos celestes, una sonrisa angelical; no, si yo se lo reconozco doctora, hasta ese momento, yo venía muerto con mi señorita Elena. Un metejón de novela tenía yo con esa mina. Y le juro, eh, me importaba tres belines que fuera mi maestra de tercer grado. Tres belines me importaba. Yo por esa mina era capaz de cualquier cosa, le juro.

¿Y sabe qué? Ella lo sabía, doctora. A mi nadie me saca de la cabeza que ella lo sabía. Por eso era que me hacía sentar delante de todos y me elegía siempre a mí para pasar al pizarrón. Porque sabía que con eso, con un par de caricias en las mejillas que me hacía de tanto en tanto; y con un – Buen alumno, sigue así – que me ponía todos los meses en la parte de atrás del boletín; a mí ya me tenía comprado para toda la vida, ¿entiende?

Pero eso no es nada, ¿sabe lo me hizo esta mina cuando yo más enamorado estaba de ella? ¿Sabe lo que me hizo? Y después dígame si esto no me lo hizo de puro histérica que era la señorita Elena, doctora, después usted dígame.

Un día, para fines de junio fue, no me lo olvido más, en el medio de una clase, nos pidió que hiciéramos silencio porque tenía algo importante para decirnos. Ahí nomás, nos empezó a contar que por unos días no iba a venir a la escuela, que se iba a tomar una licencia y que íbamos a tener por unos días una maestra suplente. De golpe se paró y, tal como si nada, nos empezó a repartir por los bancos, con su mejor sonrisa, unos sobres todos rococó, con una tarjeta de participación adentro. Sí, doctora, imagínese lo peor: se casaba. Aunque usted no lo pueda creer, la señorita Elena se casaba con otro y encima me invitaba a la iglesia, ¿entiende? ¿Entiende lo que me hizo esta mina? A la semana siguiente, me tuve que comer el garrón de ir a verla al altar, para ver como un bigotudo de smoking y moñito, la agarraba de un brazo a mi señorita Elena y se la llevaba toda vestida de blanco, caminando lo más tranquilo con el Ave María sonando de fondo.

Casi me muero, doctora. ¿Sabe lo que fue eso para mí? ¿Usted sabe lo que fue eso, doctora? ¿Sabe lo linda que estaba ese día, con ese vestido largo de encajes y puntillas? ¿Sabe lo que era ese día mi señorita Elena? Un hada era, doctora, no le miento. Una princesa de uno de esos castillos encantados, ¿vio?, pero que en vez de soltarse del brazo del bigotudo y correr a mi encuentro en cámara lenta, para abrazarme y jurarme su amor eterno; no, apenas si me hizo una caricia en la mejilla cuando pasaba y se metió toda emocionada en un Ford Falcon con ese bigotudo cara de nabo. Como quince días a Bariloche de luna de miel se fue…

Ese día yo se la juré, doctora. Ese mismo día, cuando volvía para mi casa, todavía con un nudo en la garganta, yo ya sabía como era en realidad la señorita Elena. – Esta mina me va a traer problemas -, pensé. Dicho y hecho, doctora. A los dos meses nomás, nos vino con eso de la regla de tres simple.

Ahí fue entonces que ya no me aguanté y le escribí esa respuesta en el pizarrón, adelante de todos mis compañeros. No me la olvido más, doctora: – Que las manzanas de Carlitos te las cuente el cornudo de tu marido – le puse.

Espejitos de colores

Me despertó Andrés Calamaro desde mi Motorola. Apreté a oscuras el botón light de mi pedorro reloj Enko y prendí la tele. TN me hablaba de un policía bueno.

“Pague justo”, me ordenó el visor digital de la máquina tragamonedas del colectivo. Una camioneta pasó por la ventanilla con un cartel gigante que no sé que decía.

Los chicos de la obra cambiaban el asadito por un especial de salame y queso, mientras le daban a los mensajes de texto con la otra mano.

En el confitería de la esquina, la vidriera reflejaba a las señoras que pedían sus almuerzos frugales, sin despegar los ojos del plasma.

Me senté en mi PC y pensé en vos. Escribí. Y mi pantalla fue tu pantalla. Y sonreiste. ¿Qué loco todo no?

Memorias de un viejo choto

No es que te sientas viejo, entendés? Pero hay cosas de las que te tenés que empezar a dar cuenta. Cuando las pibas de 20 te empiezan a parecer criaturas difíciles de aguantar por más de veinte minutos, por ejemplo, de esas cosas te tenés que dar cuenta, o no?. Si antes te encantaban las pibas de 20, te tenés que dar cuenta…



O cuando te quedás tildado y no te sale la palabra que querés decir, pero no porque la tengas en la punta de la lengua, sino porque no te sale ninguna palabra, entendés? Nunca te pasó? Esas ya son cosas de viejo, no me digas que no…






No te digo empezar a recordar cosas de cuando eras pibe, porque eso ahora lo hacen hasta los pibes. Los de 12 “falshean” con los dibujitos que veían a los 6. Te hablo de cuando te das cuenta que tirarte al piso, por ejemplo, ya es una acción de varios movimientos, no es que te tirás de una. Y decime si cuando te levantás no empezás a sentir cómo funciona de verdad la cintura? Te fijaste? Bueno, de esas cosas te hablo.






Y no se trata de ser un viejo choto, eh? Aunque en algunas cosas sí, también hay que reconocerlo. Cuando ya te empieza a aturdir la música alta, por ejemplo, esa es una señal. Porque todos entramos al boliche con los bafles al taco y era lo más, o no?






O cuando empezás a pensar en el peligro de cada cosa, como si antes las mismas cosas no hubieran sido igual de peligrosas, entendés? O cuando empezás a decir que antes tal cosa era diferente a lo de ahora, eso es de viejo choto, no me digas que no.






O cuando ves modas juveniles que te resultan incomprensibles desde tu sentido común; o no pensás eso de la moda de los piercing, por decir una, que llenó de pequeños Tu Sam a la juventud, y ahora andan clavándose pinches hasta en la lengua, por no decir en otro lado… Eso no te cabe en la cabeza o sí?






Decí la verdad, no se te hace cada vez más insoportable mirar TV o escuchar programas de radio; no te cansan los concursos de culos todos iguales? No te hinchan las pelotas los ídolos de los pibes? Bueno, esas son cosas de viejo choto. Al menos desde la perspectiva que uno tuvo cuando fue joven, porque alguna vez fuiste joven o no?






Ojo, no es que te sentís un viejo choto, porque vos seguís siendo el mismo de siempre, entendés? Mirás fútbol igual, aunque no se den tres pases seguidos y le gritás a la tele como si te escuchara. Pero no me digas que después de haber estado en varias avalanchas en una popular, no empezás a preferir que la gente se pare sólo en las jugadas de gol. Eso es de viejo amargo o me vas decir que no? Dejate de joder, eso es de viejo amargo…






No sé si me entendés lo que te digo. Pasa que llega un momento en que te empiezan a preocupar las aventuras de tus hijos, cuando lo que más te gustaba a vos eran las aventuras, entendés? Bueno, “eso es de viejo choto”, te puede decir el pibe con toda razón. Pero te importa un carajo, te preocupás igual, o no? Igual te preocupás viejo…






Mirá, te la hago corta, no sé cuando llegará ese momento, pero te firmo ya que el día que me de cuenta, empiezo a escribir mis memorias…


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