Febrero 20, 2009 | Por blogosmar | Claves: clases, escuelas, humor, infancia, maestras | # Enlace permanente
El gran quilombo con la señorita Elena vino cuando la volvimos a tener en Tercero A, doctora, ahí se armó el despelote. Y no fue como dijeron algunos después, por culpa de ese libro de lectura que nos había hecho comprar la señorita Elena. Porque era un libro piola el Rulo y Pelusa, doctora. Venía con “osos que amasaban la masa” y ese tipo de huevadas, ¿vio? Pero para la edad que nosotros teníamos estaba bien, total, era para aprender a leer y nada más, ¿entiende?
No, doctora, le aseguro que no fue por culpa del libro de lectura el escándalo que se armó después. Y le digo más, ni siquiera le hice ningún drama cuando me empezó a hacer escribir las primeras oraciones en el cuaderno de clases. Y eso que eran todas macanas las que me hacía poner, eh. Que mi papá fumaba en pipa, que no sé qué pelotudo usaba un kimono, y qué sé yo cuántas gansadas más me hizo escribir la señorita Elena en mi primer cuaderno de clases. Y yo, un duque le juro. Hasta ahí, yo le obedecía todo como un soldadito, doctora. A las ocho años ya leía y escribía más o menos bien, hacía los deberes todas las tardes, subrayaba siempre con azul, y hasta le había forrado el cuaderno de comunicaciones con ese papel araña verde, ¿vio? Que era un asco, pero como era el que a ella le gustaba yo se lo había forrado igual. Se lo puede decir cualquiera, doctora, hasta ese momento, jamás le había dicho nada a la señorita Elena. Ni una protesta, ni una queja, nada, le juro que hasta ese día me la había bancado lo más bien.
¿Pero qué pasó? Resulta que una mañana, en pleno invierno me acuerdo, sería para principios de agosto más o menos, doctora, uno de esos días bien fríos, ¿vio? De esos en que a las siete de la mañana todavía era de noche y que en la calle el pasto estaba todo cubierto de escarcha, ¿se acuerda? Bueno, un día de esos era.
Hasta que mi vieja consiguió sacarme de la cama esa mañana y hasta que terminó de plancharme el guardapolvos, ese día le tengo que reconocer que llegué bastante tarde a la escuela, eso se lo tengo que reconocer. Ya hacía un buen rato que habían tocado la campana de entrada, ya habían formado todos los grados en el patio tomando distancia, habían izado la bandera, habían cantado Aurora, y ya estaban todos mis compañeros adentro del aula. Habrán sido unos quince o veinte minutos que llegué tarde ese día, doctora, no fue mucho más que eso. Pero hasta ahí no pasaba nada, porque era preferible que llegara tarde a la escuela, a que fuera sin guardapolvos, ¿entiende? Eso sí no se podía.
No, pero el quilombo de esa mañana, no fue por mi llegada tarde. Porque ese día, ni bien entré a la escuela, yo ya noté que había como un clima raro, doctora. No sé bien qué, algo extraño. Usted no cree en esas cosas, ya sé que usted no cree en esas cosas, pero a mí nadie me saca de la cabeza que fue como una especie de premonición, o algo así.
Como demasiado silencio había esa mañana en mi aula, doctora. No era como los demás días en los que yo llegaba tarde, que el griterío de Tercero “A” se escuchaba desde la otra punta del pasillo, ¿entiende? Si justamente eso era lo que mi vieja me había contado, que la señorita Elena se cansaba de repetir en las reuniones de madres. _Que éramos buenos alumnos, pero que hablábamos mucho en clase, decía siempre. Y esa mañana, cosa que nunca, la única voz que se escuchaba retumbar en el pasillo de mi escuela era la de la señorita Elena, doctora.
Mire como sería, que antes de entrar a clase me asomé en puntas de pie por la ventana del aula, para ver si era que ese día habían faltado muchos de mis compañeros, ¿entiende? Porque si no, no podía ser tanto silencio. Pero no, estar, estaban todos. Y ahí es que le digo lo de la premonición, doctora, porque ahí yo ya estuve seguro que ese día pasaba algo malo, pero malo en serio, ¿me entiende?
Usted tendría que haber visto como estaban todos mis compañeros ese día, doctora. No se podía creer, le juro. Inmóviles estaban. Todos, eh, hasta los que se sentaban en la fila del fondo, ese día estaban quietos y cada uno en su lugar. Como hipnotizados estaban mis compañeros, doctora. Todos mirando al frente y prestando atención a la señorita Elena, que explicaba algo nuevo en el pizarrón con rayas y números.
Con decirle que Jorgito, que era mi mejor amigo y que se sentaba conmigo en el segundo banco de la fila del medio, ese día ni me saludó cuando me vio abrir la puerta del aula. Y le digo la verdad doctora, yo tampoco saludé a nadie. Porque entré a clase con un cagazo bárbaro, para qué le voy a andar con vueltas. Entré, porque no me quedaba otra, doctora, para qué le voy a mentir. Así que medio que me hice el boludo, dije: – buen día – en voz baja, como para que nadie me escuchara y enfilé para mi asiento bien ligero con la vista clavada en el piso.
Me senté en mi banco tratando de no hacer ruido, desabroché las dos hebillas de mi portafolios y empecé a sacar los útiles de a uno, cosa de poder empezar a prestar atención y ver qué carajo era eso que estaba explicando la señorita Elena.
En eso miro el pizarrón y lo veo ahí escrito, doctora. Usted no me va a creer, pero es el día de hoy que todavía miro un pizarrón y lo veo ahí escrito: – Problema -, decía doctora. Así, con mayúscula, escrito bien grandote y subrayado con la tiza bien apretada.
“Que si Carlitos tenía no sé cuantas manzanas; y vaya a saber por qué mierda se le ocurrió empezar a regalarlas, ¿cuántas manzanas le corresponderán a cada uno de sus diecisiete amiguitos?”. Yo no lo podía creer, doctora, le juro que no lo podía creer. Me acuerdo que ahí nomás lo codeé al Jorgito y le pregunté en voz baja: – Che, ¿a esta qué le pasa hoy? ¿Por qué no tenemos gimnasia mejor? – Pero ya era demasiado tarde, doctora, ni bola me dio el Jorgito. La señorita Elena ya le había empezado a llenar la cabeza de problemas, igual que a todos mis compañeros, ¿entiende? Ahí fue que yo me calenté.
Ahí fue que ya no me la banqué más a la señorita Elena, y pasó lo del quilombo de ese día. Porque ahí nomás me avivé que el asunto de las manzanas, en realidad, no era un problema de Carlitos, doctora. Cualquiera en su lugar hubiera empezado a repartir las manzanas entre sus amigos, una a cada uno, hasta que se le acabaran y listo. Y si le sobraban algunas, se las quedaba para él y chau, ¿quién le iba a decir algo? Encima que las regalaba, ¿alguien le iba a decir algo? Dígame la verdad, doctora, ¿quién le iba a decir algo? Nadie, entonces, ¿qué problema había?
Así fue que se me dio por empezar a pispearle desde mi banco unos papeles que la señorita Elena tenía arriba de su escritorio, y ahí me terminé de dar cuenta de todo, doctora. Ahí nomás fue que me paré, levanté la mano y le pedí de pasar al frente antes que nadie, para escribir esa respuesta en el pizarrón, por la que después se armó tanto quilombo.
¿Porque sabe qué doctora? El de Carlitos, en realidad, era un problema que la señorita Elena había inventado en su casa para traernos a nosotros, ¿me entiende? Con la excusa de tener que enseñarnos la regla de tres simple, esta mina había empezado a inventar problemas en su casa, para complicarnos la vida a nosotros, doctora, que teníamos ocho años. ¡Ocho años teníamos recién nosotros!.
Por eso fue que me puse como loco y le escribí lo que le escribí en el pizarrón ese día. Pero con razón, doctora, ¿o no? Usted dígame la verdad, yo ahora puedo reconocer que se me fue un poco la mano, que le falté el respeto a una maestra, que eso no se hace y todas esas cosas. Pero en ese momento, era para calentarse, doctora, dígame la verdad, era para calentarse.
Porque era fija que no iba a ser ese día nomás y después se iba a dejar de romper las pelotas con los problemas de Carlitos, ¿entiende? No, estaba claro que a partir de ahí, si ninguno de nosotros le decía nada, la señorita Elena nos iba a empezar a traer cada vez más y más problemas de Carlitos, ¿entiende? Todos los días nos iba venir con más problemas de Carlitos. ¿Se imagina lo que iba a pesar mi cuaderno de clases a fin de año, doctora, con la cantidad de problemas de Carlitos que iba a haber ahí adentro? ¿Tiene idea de los que iba a pesar? ¡Cuatro mil toneladas iba a pesar ese cuaderno de clases! ¿O usted me va a decir que cuando tiene un problema, no siente como que tiene un peso encima, doctora? Algo como una carga o no sé como qué mierda, pero algo así se siente, doctora, ¿o no? Y eso era para mí lo que ella quería. Que nosotros ya supiéramos lo que era vivir con un peso encima, quería. Que empezáramos a convertirnos en esos tipos serios y amargados, ¿vio? Esos que viven todo el día preocupados por los problemas que tienen. Bueno, en uno de esos tipos quería convertirnos.
Porque no fue que vino y nos dijo – bueno, ahora voy a darles un juego de ingenio – por ejemplo; que hasta por ahí, quién le dice, hasta me hubiera gustado y todo, ¿me entiende doctora lo que le quiero decir? O nos hubiera dicho que teníamos que descubrir un enigma matemático, o un acertijo, una deducción lógica, qué sé yo; algo que suene divertido, ¿me entiende? Pero no, la señorita Elena lo había escrito bien clarito en el pizarrón. Lo de las manzanas de Carlitos era un problema, doctora. Ella quería que desde ese día, nosotros supiéramos lo que era empezar a tener problemas.
Pero a mí ya no sorprendió, doctora. Porque para esa altura yo ya la tenía junada a la señorita Elena. Parecía muy dulce y muy buenita, pero se le notaba que era de lo más jodida. Para ella nosotros teníamos que aprender solamente lo que a ella se le cantaba y sin decir ni mu, ¿me entiende? Por algo en todo el año jamás nos había hablado de ninguno de los derechos, que yo me enteré que teníamos como catorce años después. Pero hasta ese momento, minga, no teníamos la más mínima idea ni de los derechos del niño, ni de los constitucionales, ni siquiera de los derechos humanos nos había explicado nada la señorita Elena. Se conoce que para ella nosotros no teníamos derecho a nada. ¿me entiende? Pero eso sí, deberes, nos mandaba todos los días. Hasta los viernes nos mandaba deberes. ¿Y en realidad sabe por qué? ¿Sabe para qué nos mandaba deberes los viernes, doctora? Para que nosotros tuviéramos que pensar en ella durante todo el fin de semana, para que eso nos mandaba deberes los viernes. Porque era una histérica, eso era en realidad la señorita Elena, doctora, una histérica era.
Y le digo la verdad, por eso fue que yo se la tenía jurada. Por histérica se la había jurado. Y no tengo ningún drama en confesárselo. Por histérica fue que le escribí esa respuesta en el pizarrón, el día que nos vino con lo de las manzanas de Carlitos.
No se lo voy a negar, doctora, hacía como dos meses que yo se la había jurado a la señorita Elena. ¿Y sabe por qué? ¿Sabe por qué se la había jurado? Y guarda, que yo de minas todavía no entendía nada, eh. Le hablo de cuando todavía para mí, la señorita Elena era la mujer más maravillosa que había sobre la tierra. Ah sí, porque eso nadie se lo discute, doctora, ojo con tocarme hasta ese momento a mi señorita Elena. No le miento, eh, la vida daba yo hasta ese momento por mi señorita Elena.
Pregúnteselo a cualquiera, usted no sabe lo que era esa mina, doctora. No le quiero exagerar, pero una diosa espectacular era mi señorita Elena. Una belleza, le digo, sin verso, eh. Una melenita rubia, una carita perfecta, unos ojos celestes, una sonrisa angelical; no, si yo se lo reconozco doctora, hasta ese momento, yo venía muerto con mi señorita Elena. Un metejón de novela tenía yo con esa mina. Y le juro, eh, me importaba tres belines que fuera mi maestra de tercer grado. Tres belines me importaba. Yo por esa mina era capaz de cualquier cosa, le juro.
¿Y sabe qué? Ella lo sabía, doctora. A mi nadie me saca de la cabeza que ella lo sabía. Por eso era que me hacía sentar delante de todos y me elegía siempre a mí para pasar al pizarrón. Porque sabía que con eso, con un par de caricias en las mejillas que me hacía de tanto en tanto; y con un – Buen alumno, sigue así – que me ponía todos los meses en la parte de atrás del boletín; a mí ya me tenía comprado para toda la vida, ¿entiende?
Pero eso no es nada, ¿sabe lo me hizo esta mina cuando yo más enamorado estaba de ella? ¿Sabe lo que me hizo? Y después dígame si esto no me lo hizo de puro histérica que era la señorita Elena, doctora, después usted dígame.
Un día, para fines de junio fue, no me lo olvido más, en el medio de una clase, nos pidió que hiciéramos silencio porque tenía algo importante para decirnos. Ahí nomás, nos empezó a contar que por unos días no iba a venir a la escuela, que se iba a tomar una licencia y que íbamos a tener por unos días una maestra suplente. De golpe se paró y, tal como si nada, nos empezó a repartir por los bancos, con su mejor sonrisa, unos sobres todos rococó, con una tarjeta de participación adentro. Sí, doctora, imagínese lo peor: se casaba. Aunque usted no lo pueda creer, la señorita Elena se casaba con otro y encima me invitaba a la iglesia, ¿entiende? ¿Entiende lo que me hizo esta mina? A la semana siguiente, me tuve que comer el garrón de ir a verla al altar, para ver como un bigotudo de smoking y moñito, la agarraba de un brazo a mi señorita Elena y se la llevaba toda vestida de blanco, caminando lo más tranquilo con el Ave María sonando de fondo.
Casi me muero, doctora. ¿Sabe lo que fue eso para mí? ¿Usted sabe lo que fue eso, doctora? ¿Sabe lo linda que estaba ese día, con ese vestido largo de encajes y puntillas? ¿Sabe lo que era ese día mi señorita Elena? Un hada era, doctora, no le miento. Una princesa de uno de esos castillos encantados, ¿vio?, pero que en vez de soltarse del brazo del bigotudo y correr a mi encuentro en cámara lenta, para abrazarme y jurarme su amor eterno; no, apenas si me hizo una caricia en la mejilla cuando pasaba y se metió toda emocionada en un Ford Falcon con ese bigotudo cara de nabo. Como quince días a Bariloche de luna de miel se fue…
Ese día yo se la juré, doctora. Ese mismo día, cuando volvía para mi casa, todavía con un nudo en la garganta, yo ya sabía como era en realidad la señorita Elena. – Esta mina me va a traer problemas -, pensé. Dicho y hecho, doctora. A los dos meses nomás, nos vino con eso de la regla de tres simple.
Ahí fue entonces que ya no me aguanté y le escribí esa respuesta en el pizarrón, adelante de todos mis compañeros. No me la olvido más, doctora: – Que las manzanas de Carlitos te las cuente el cornudo de tu marido – le puse.
Febrero 2, 2009 | Por blogosmar | Claves: humor, juventud, vejez | # Enlace permanente
No es que te sientas viejo, entendés? Pero hay cosas de las que te tenés que empezar a dar cuenta. Cuando las pibas de 20 te empiezan a parecer criaturas difíciles de aguantar por más de veinte minutos, por ejemplo, de esas cosas te tenés que dar cuenta, o no?. Si antes te encantaban las pibas de 20, te tenés que dar cuenta…
O cuando te quedás tildado y no te sale la palabra que querés decir, pero no porque la tengas en la punta de la lengua, sino porque no te sale ninguna palabra, entendés? Nunca te pasó? Esas ya son cosas de viejo, no me digas que no…
No te digo empezar a recordar cosas de cuando eras pibe, porque eso ahora lo hacen hasta los pibes. Los de 12 “falshean” con los dibujitos que veían a los 6. Te hablo de cuando te das cuenta que tirarte al piso, por ejemplo, ya es una acción de varios movimientos, no es que te tirás de una. Y decime si cuando te levantás no empezás a sentir cómo funciona de verdad la cintura? Te fijaste? Bueno, de esas cosas te hablo.
Y no se trata de ser un viejo choto, eh? Aunque en algunas cosas sí, también hay que reconocerlo. Cuando ya te empieza a aturdir la música alta, por ejemplo, esa es una señal. Porque todos entramos al boliche con los bafles al taco y era lo más, o no?
O cuando empezás a pensar en el peligro de cada cosa, como si antes las mismas cosas no hubieran sido igual de peligrosas, entendés? O cuando empezás a decir que antes tal cosa era diferente a lo de ahora, eso es de viejo choto, no me digas que no.
O cuando ves modas juveniles que te resultan incomprensibles desde tu sentido común; o no pensás eso de la moda de los piercing, por decir una, que llenó de pequeños Tu Sam a la juventud, y ahora andan clavándose pinches hasta en la lengua, por no decir en otro lado… Eso no te cabe en la cabeza o sí?
Decí la verdad, no se te hace cada vez más insoportable mirar TV o escuchar programas de radio; no te cansan los concursos de culos todos iguales? No te hinchan las pelotas los ídolos de los pibes? Bueno, esas son cosas de viejo choto. Al menos desde la perspectiva que uno tuvo cuando fue joven, porque alguna vez fuiste joven o no?
Ojo, no es que te sentís un viejo choto, porque vos seguís siendo el mismo de siempre, entendés? Mirás fútbol igual, aunque no se den tres pases seguidos y le gritás a la tele como si te escuchara. Pero no me digas que después de haber estado en varias avalanchas en una popular, no empezás a preferir que la gente se pare sólo en las jugadas de gol. Eso es de viejo amargo o me vas decir que no? Dejate de joder, eso es de viejo amargo…
No sé si me entendés lo que te digo. Pasa que llega un momento en que te empiezan a preocupar las aventuras de tus hijos, cuando lo que más te gustaba a vos eran las aventuras, entendés? Bueno, “eso es de viejo choto”, te puede decir el pibe con toda razón. Pero te importa un carajo, te preocupás igual, o no? Igual te preocupás viejo…
Mirá, te la hago corta, no sé cuando llegará ese momento, pero te firmo ya que el día que me de cuenta, empiezo a escribir mis memorias…
Agosto 27, 2008 | Por blogosmar | Claves: discriminacion, medios, parejas | # Enlace permanente
“Declárase a los convivientes del mismo
sexo incluidos en los alcances del artículo
53 de la Ley Nº 24.241, como parientes con
derecho a la pensión por fallecimiento del
jubilado, del beneficiario de retiro por invalidez
o del afiliado en actividad del Régimen
Previsional Público o del Régimen de Capitalización”.
ARTICULO 53 de la Ley Nº 24.241. – “En caso de muerte del jubilado, del beneficiariode retiro por invalidez o del afiliado en actividad, gozarán depensión los siguientes parientes del causante: a) La viuda; b) El viudo; c) La conviviente; d) El conviviente; e) Los hijos solteros, las hijas solteras y las hijas viudassiempre que no gozaran de jubilación, pensión, retiro o prestaciónno contributiva, salvo que optaren por la pensión que acuerda lapresente, todos ellos hasta los dieciocho (18) años de edad. La limitación a la edad establecida en el inciso e) no rige si losderechohabientes se encontraren incapacitados para el trabajo a lafecha de fallecimiento del causante o incapacitados a la fecha enque cumplieran dieciocho (18) años de edad. Se entiende que el derechohabiente estuvo a cargo del causantecuando concurre en aquél un estado de necesidad revelado por laescasez o carencia de recursos personales, y la falta decontribución importa un desequilibrio esencial en su economíaparticular. La autoridad de aplicación podrá establecer pautasobjetivas para determinar si el derechohabiente estuvo a cargo delcausante. En los supuestos de los incisos c) y d) se requerirá que el o lacausante se hallase separado de hecho o legalmente, o haya sidosoltero, viudo o divorciado y hubiera convivido públicamente enaparente matrimonio durante por lo menos cinco (5) añosinmediatamente anteriores al fallecimiento. El plazo de convivenciase reducirá a dos (2) años cuando exista descendencia reconocidapor ambos convivientes. El o la conviviente excluirá al cónyuge supérstite cuando éstehubiere sido declarado culpable de la separación personal o deldivorcio. En caso contrario, y cuando el o la causante hubiereestado contribuyendo al pago de alimentos o éstos hubieran sidodemandados judicialmente, o el o la causante hubiera dado causa ala separación personal o al divorcio, la prestación se otorgará alcónyuge y al conviviente por partes iguales”.
Pregunto: ¿En qué lugar de la resolución publicada hoy en el boletín oficial habla de “parejas gay”, como titulan los medios de comunicación?
¿Por qué, desde lo que se desprende del texto, los convivientes no pueden ser interpretados como amigos, o socios, o el rótulo social que ellos prefieran, si es que prefieren alguno?
¿En qué lugar del artículo 53 de la Ley 24.241 se hacen referencias al sexo entre convivientes, para que sean etiquetados como “parejas gay”?
¿No es una forma de discriminar establecer categorías sexuales de ciudadanos que ni la misma ley tipifica?
¿No será una ingenioso modismo de la libre empresa para crear y afianzar un nuevo mercado?
¿Puede existir el fútbol gay?
¿O es simplemente fútbol?
¿Tendrá algo que ver con esto el ex arquero de Independiente Carlos Gay?
Pregunto…
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