EL GOL DEL 25.

La lluvia sigue implacable. Aunque eso a la gente no le importa demasiado. Los aficionados continúan llegando sin cesar. Falta algo más de media hora para el inicio del partido.

Hipólito y Nicolás tratan de guarecerse debajo de una bandera celeste y blanca, mientras aprovechan para seguir charlando de fútbol, el deporte que tanto los apasiona.

-No sé si escuchaste algo Nico, pero dicen que en España hay un jugador argentino que la está rompiendo, un tal San Martín, que se fue de muy chico para allá, creo que tenía siete años cuando se fue, un correntino, nacido en Yapeyú-

-Si, casualmente en el último barco que llegó al puerto proveniente de España, hace unos quince días, viajaron unos amigos míos, y ellos me contaban de lo que juega ese muchacho, José de San Martín se llama, dicen que en un par de años volvería al país. Mirá Hipólito, según me dijeron mis amigos, si José viene para acá va a ser figura, tiene todo para convertirse en un gran ídolo de la afición futbolera.-

-¡Qué lindo sería que juegue para nosotros!-

-¡Con ese en la delantera, aseguramos el campeonato!-

Se ilusionan Hipólito Vieytes y Nicolás Rodríguez Peña, amigos inseparables y también socios en la jabonería instalada en la esquina de Venezuela y Tacuarí.

La Jabonería de Vieytes, tal como la denominaban los amigos, era permanente lugar de reunión de jugadores y simpatizantes del Primera Junta. Durante la semana previa a este partido, mucho se había analizado el armado del primer equipo, hasta que, tres días antes del encuentro, el martes 22, se tomó la decisión final. Saavedra se puso de pié, y dirigiéndose a los presentes exclamó:

-Señores, ha llegado el momento de definir la formación para el viernes, vos, Manuel vas al arco- dijo, refiriéndose a Alberti. En la línea de fondo: Miguel de Azcuénaga de cuatro, yo de dos, vos Castelli, al lado mío, de seis y el “Mingo” Matheu de tres. En el medio, de ocho juega Juanjo Paso, de cinco Manolo Belgrano y de diez Mariano Moreno. Adelante, bien de punta va Juancito Larrea.- concluyó y tomó asiento.

-Pero Cornelio- increpó Rodríguez Peña –faltan dos jugadores, no iremos a entrar con nueve me imagino-.

-Por supuesto que no, estimado Nicolás. Junto a Larrea en el ataque tengo dos muchachos que, aunque no los vi jugar, se que están muy compenetrados con nuestra causa. Por la derecha jugará French y por izquierda irá Beruti.

La persistente lluvia, que azota la capital desde las primeras horas del día, no ha logrado impedir que la gente se haga presente en el coloso estadio Plaza de Mayo, ubicado entre las avenidas Yrigoyen y Rivadavia.

Sobre la tribuna que da espaldas al Cabildo de la calle Bolívar, los simpatizantes del equipo de Primera Junta, apodados “los criollos” siguen desplegando sus estandartes celestes y blancos.

-¿Qué te parece la formación del equipo?- pregunta Nicolás.

-Me gusta. Aunque me quedan algunas dudas con Manolo de cinco. Está un poco grande ya, anda por los cuarenta, y si el partido se pone áspero no se si va a aguantar los noventa.- responde Vieytes con gesto de preocupación.

-Lo que pasa es que Belgrano es una institución para el equipo. No te olvides que él fue quien eligió los colores de la bandera, los muchachos lo respetan mucho.- dice Rodríguez Peña, tratando de tranquilizar a su amigo.

-Te digo más, si está inspirado Morenito, olvidáte, hoy le metemos cuatro a estos  usurpadores.-

-Tenés razón, yo también le tengo una fe bárbara al diez. Mariano es un crack. Pueda ser que hoy tenga su tarde de gloria.

Hipólito y Nicolás saben que este viernes 25 de mayo de 1810 no será un día más. Se juega la final del campeonato, nadie se la quiere perder, el estadio es una fiesta. Los criollos enfrentan a Defensores de Su Majestad, mas conocidos en la jerga futbolera como “los realistas”. Un cotejo clave por la permanencia, el que gana se queda, y el perdedor tiene que irse, o dar un paso al costado, que es más o menos lo mismo.

La parcialidad de los realistas tiñe con sus colores rojo y amarillo la popular que da espaldas a la Casa de Gobierno.

En los vestuarios del conjunto local, Saavedra, el rústico primer marcador central y capitán del Primera Junta, se pasea nervioso, esperando la llegada de French y Beruti, convocados de apuro para completar los once.

Antonio Beruti y Domingo French, están muy entretenidos repartiendo insignias entre la hinchada local, cuando se acerca a ellos un enviado de Saavedra y los pone sobre aviso que los aguardaban para cambiarse y comenzar la entrada en calor.

-Parece que hay quilombo afuera- se preocupa Hipólito, al escuchar los gritos “el pueblo quiere saber de que se trata” que llegaban desde las inmediaciones del estadio.

-Sabés que pasa, hoy está de guardia el regimiento de Patricios, esos están a morir con nosotros, creo que están dejando pasar solamente a los nuestros y  los hinchas rivales se ponen como locos.- responde Nicolás gozando por la situación.

El equipo criollo está listo para saltar al terreno de juego, llega el momento de la arenga del capitán Saavedra:

-Señores, hoy nos jugamos la vida.- señala en tono enérgico.

-¿Está claro?- retumban sus gritos en el oscuro y húmedo vestuario local. Todos asienten en silencio.

Mariano Moreno pide la palabra, él no era un tipo de andar hablando de gusto.

-Muchachos, de nosotros depende el futuro de mucha gente, vamos a demostrar que podemos. No aflojemos ahora. ¡Si dejamos todo en la cancha, la victoria está garantizada!- exclama con ímpetu el volante creativo del equipo.

A Saavedra esto no le gustó demasiado. Con Moreno no se llevan bien. Nunca fueron amigos, prácticamente no se dirigen la palabra, pero ambos están convencidos que esta lucha demanda dejar de lado los problemas personales para brindarse por completo en beneficio del equipo.

-¡Ahí salen los realistas!- gritó Nicolás dando aviso a los vecinos que poblaban la popular criolla y la silbatina se hizo generalizada.

En la tribuna de enfrente, la de la casa de gobierno, comienza a desplegarse una gran bandera que les mandaron de regalo desde España, se puede leer en grandes letras “Lealtad al Rey Fernando VII”. Encabezando la fila india aparece el capitán visitante Baltasar Cisneros, más conocido como “el virrey”, el dueño del equipo, le siguen Manuel Villota, Francisco Orduña, Julián de Leiva, De la Colina, Esteban Fernández de León, el veterano Sobremonte, Francisco de Elío, y Pedro Antonio de Olañeta, alias “el contrabandista”; reforzados por el peruano Pío Tristán y el venezolano Juan Ángel Michelena. Aunque la mayoría de ellos son españoles, y también saben que esta tarde del 25 de mayo de 1810, están en juego muchas cosas.

-¿Quien es el árbitro?- pregunta Nicolás.

-El Doctor Cosme Argerich, una garantía, y los líneas Donado y Chiclana.- responde el siempre bien informado Vieytes.

De pronto explota la parcialidad local. ¡Aparecen los criollos! Millones de papelitos blancos y celestes inundan el estadio Plaza de Mayo, la algarabía es total. Cada hincha con la escarapela prendida en el pecho. Brazos en alto, puños apretados. Una verdadera fiesta, a pesar de la lluvia otoñal que no logra empañar el fervor popular.

Rodríguez Peña se persigna antes de anunciar: -¡Arrancó el partido!-

-¡Vamos los criollos carajo!- grita Vieytes.

Los amigos se abrazan. Noventa minutos los separan de lo que será sin dudas un momento histórico.

El cotejo arranca muy parejo. La resistencia realista se hace notar. Cisneros no quiere claudicar y empuja a los suyos para tratar de desbaratar las embestidas de Primera Junta. Pero el equipo criollo, basado en la inteligencia de Belgrano en la mitad de la cancha, la sobriedad de los centrales Saavedra y Castelli, el empuje de los “chisperos” French y Beruti, y las genialidades de Mariano Moreno, logra superar a Defensores de Su Majestad en todas las líneas. Hasta que llega el momento cumbre de esta lluviosa tarde de Mayo de 1810.

-¡Gol criollo!- grita Vieytes prendido al alambrado que separa a la tribuna del Cabildo con el campo de juego.

-¡La fórmula mágica! Centro de Moreno, gol de Saavedra. Te dije, si Morenito está inspirado, ¡olvidáte!- se emociona hasta las lágrimas Nicolás.

Primera Junta se pone en ventaja producto de una memorable jugada de Mariano Moreno por la izquierda, dejando tres rivales por el camino, centro y cabezazo certero de Saavedra que había subido para tratar de sacar ventajas en el área rival.

-¡Qué golazo, por Dios!- grita Hipólito, levantando los brazos al cielo.

-¿Pero qué pasa que Moreno no lo va a abrazar a Saavedra?- le pregunta a su amigo.

-Dejálos- contesta Nicolás. –Es que no se llevan muy bien entre ellos, pero mientras adentro de la cancha tiren los dos para el mismo lado, que importa.-

Los minutos pasan. Ya transcurre el segundo tiempo. La reacción realista no llega. Cisneros se desespera. Pero da la impresión que la suerte está echada.

-¿Cuánto falta?- se desespera Rodríguez Peña.

-¡Está la hora!- responde Vieytes. -¡Dale Argerich, terminálo que ya está!-

Y es el final. Los criollos de la Jabonería ganan el partido más importante de sus vidas.

-¡Y ahora, y ahora, nos chupan….!-

-¡Pará Nico!- interrumpe Vieytes a su amigo que está totalmente desbordado.

-Pará un poco, que esta victoria es una verdadera epopeya. Después vas a aparecer como un mal hablado en todos los manuales de historia.- lo calma, y lo abraza muy fuerte.

La tarde está llegando a su fin, la lluvia va mermando, hasta parece que quiere salir el sol.

 

Ricardo Rodriguez.

LOS MUCHACHOS DE CUARTA.

Como todos los años, para mediados de invierno, viajo desde la ciudad donde resido actualmente hacia mi querido pueblo para presenciar, una vez más, el aniversario del Club Deportivo Arenas. El de mis amores, el que me vio nacer….

También para encontrarme con viejos amigos, y a veces con gente o compañeros que hace tiempo no veo. Es un poco difícil de explicar que es lo que uno siente por la institución. A veces digo -que fue el jardín de infantes- que por esas épocas no existía, y nos abría los brazos para que vayamos a descargar las energías ahí y aprendamos del juego que tanto nos apasiona.

La sede queda a dos cuadras de mi casa – como no me iba a ser hincha del Depo!- ahí se encuentra el reservado con su cantina, la cancha de bochas y un gimnasio enorme. El estadio a trescientos metros, pero en otra dirección, cuenta con una canchita de tierra pegadita al campo de juego profesional, separada por el alambre olímpico, donde derrochamos con mis amigos de pebetes todas las demostraciones de futuras estrellas. No es como los clubes de Buenos Aires que tienen todo el complejo junto, en mi pueblo se dividen las cosas, y cuando hablo de dividir abarca todo lo literal que refleja la palabra.

No me voy a poner a hablar de historia, pero sí, tengo que decir que no estamos solos, sino que también está la contra, los eternos rivales, los que nacieron antes que nosotros pero que no dejan de ser “nuestros hijos”…. igual eso es un tema a parte.

Casi siempre organizo sentarme junto a mi querido amigo el “gordo” Marcelo Calvano, porque da la casualidad que él cumple los años casi pegadito al aniversario del Club, así que hacemos doblete, levantamos las copas y brindamos por un año más que pasa para cada uno.

Mi compañero todavía tiene la suerte de seguir jugando y vestir la camiseta, y tiene el orgullo de ser el capitán, como cuando jugaba en las inferiores. No es que la calidad se haya ido al mazo en el futbol de la zona, él no fue ni es el 10 que pisa la bocha o la duerme bajo la suela y correspondidamente lleva la cinta ancha en su brazo izquierdo sino que juega de 6, pero es de esos centrales firmes que no deja que lo pasen así nomás. O la pelota o el jugador, uno casi siempre se queda. Fanático de que le saquen la amarilla. Yo calculo, que goza jugando al límite, o que le gusta el color de la cartulina, y hasta dudo que un día pinte una franja negra en el medio de la tarjeta del colegiado y quede con los tonos de nuestro equipo, para que por lo menos sienta un gusto distinto de ser amonestado.

Entre postres y entregas de premios a los nuevos y viejos jugadores, vemos que por la otra punta del gimnasio estaba el “Narigón” Armandito Verea, que conformó el equipo de las divisiones menores junto a nosotros.

-Creo que está en la ciudad de Bahía Blanca trabajando-. El gordo me respondió al instante casi sabiendo la pregunta antes de que se la tire.

-Como corría ese muchacho-le dije-. Era un wing derecho muy poco habilidoso, pero con unas zancadas que dejaba atrás hasta un avestruz. Le pegaba a todos los tiros de esquina, porque nosotros los flacuchos no llegábamos ni al área, salvo el gordo, pero lo dejábamos clavado en la cueva. Hizo tres goles de corner “el narigón” -de pedo- pero los embocó. La agrandada que tenia por esos días, estaba inbancable!

Cuando ya le entrábamos al clericó apareció el “gambeta” Zarate batiendo una cerveza de litro roseándonos con la espuma, como suele tener la costumbre de hacer joditas pesadas, y al alarido de: –Donde están los otros amargos!- haciendo alusión a varios de los compañeros de aquel cuadro inolvidable.

-Ya van a caer- le contesta el gordo haciendo los ademanes exagerados para que todos se arrimen a brindar.

Eduardito Zarate bailoteaba lo que se cruzara, y no hablamos solamente del baile de la fiesta, sino de que agarraba la pelota y era capaz de hacer pasar de largo hasta el banderín del esquinero. Podía ir y volver, de un arco a otro, zigzagueando con la redonda sin que se la saquen. -Era medio morfon!-, pero cuando quería nos hacia ganar varios partidos.

Entre vasos de vino, y torta que siempre hace la comisión de Mujeres, fueron arrimándose todos a los que el gordo había divisado desde lejos, y no podía faltar el tema crucial, que era hablar de aquella época añorada junto al gran conjunto de esos años.

Me acuerdo la formación de memoria!- tira “el gordo”- y lo nombraba como si estuviese alineando a la maquina de River. –Al arco el Flaco Sanabria, línea de 4 en el fondo con: Melena Bartistoni, Claudio Aued, Yo y el Kichu Sarmiento. En el medio, vos de 8, -me apunta señalándome con el dedo-, Calesita Brumel y el ruso Kimberstein. Y arriba, Verea, Zarate y el Largo Carracedo.

La verdad que teníamos un equipazo –señalé-. Si pero lastima que se nos complico con el ultimo partido, porque veníamos ganando todos-. Eso nos pasa por cagones! Agrega “el gambeta” siempre poniendo su cuota de picardia.

Ese año asumió de técnico uno de los grandes valuarte que jugaba en primera, Carlos Celestin -un crack el tipo- afirma el Kichu que saboreaba un negro y larga el humo hacia arriba- nos hizo entrenar como nunca antes lo hicimos- comentó.

Practicamos tiros libres, centros, ley de orsay y un montón de cuestiones que para nosotros eran casi desconocidas. –Lo nuestro era siempre el picadito reducido… con eso y un poco de fantasía de algunos nos la rebuscamos para pelear los torneos – agregó el Largo que venia con una dosis de vino tinto que se prendía fuego.

Veníamos haciendo un campeonato bárbaro, el fixture nos favoreció en las primeras fechas porque jugamos con los equipos que no habían quedado bien armados. Ganamos todos por goleada. En total eran 11 partidos en la rueda. Pero los 3 últimos eran los más jodidos. Nos tocaba de visitantes con San Javier, de local Con Deportivo Azul, y definir la rueda con San Antonio, los primos y en su cancha. Los 4 veníamos bien prendidos. Le metimos dos a San Javier, tres al Azul y ya éramos los campeones antes de jugar el clásico, o sea que estábamos preparados para darles la vuelta en su casa.

En San Antonio jugaba un zurdito, Francisco Cacciari, era el único bueno que tenían. Jugaba de todos los puestos menos de arquero. Arrancaba con la camiseta numero dos y gambeteaba hasta llegar al otro arco, era el As de espada, el de basto y cualquier otra carta mejor que las que podíamos tener nosotros. Todavía anda dando vueltas por el mundo pateando el “fobal” y dejando bien parado el nombre de nuestro pueblo. Porque a pesar que llevaba los otros colores no negamos su caballerosidad y lo buen tipo que es.

La cuestión es que el solito nos complico el partido, después que habíamos volteado a los mejores conjuntos de la zona nos fuimos al descanso del primer tiempo con uno adentro. Perdíamos uno a cero. Cacciari no nos hizo el gol, pero se la dejo servida al “cabezón Cacace” para que la empuje.

Que manera de lagrimear como unos maricones- acota Verea- La mitad de los chicos lloraban dentro del vestuario, estaban inconsolables, los padres de algunos los apretaban fuerte para que paren pero era imposible. Nuestro Dt miraba atónito la situación. No encontraba palabras de apoyo para levantarnos de esa depresión rotunda de perder el invicto… justo, justo contra nuestro eterno rival.

La cuestión fue que nuestro entrenador pego un buen grito alentador. “Ustedes son los campeones! Los muchachos de la cuarta! -como nos decía la gente por el pueblo- No sean cagones! No podemos perder el invicto en el clásico! Le van a dar la vuelta en la cara hoy si o si! Salgan y cómanselos crudos!”.

Salimos como leones al campo de juego a disputar el segundo tiempo. Ni me acuerdo como hicimos el gol del empate porque fue tal el revuelo en el área que no se si fue el “largo” o el “gambeta” el que acarició la bola mansita y la hizo rodar hacia adentro del arco. –Lo hice yo- grita el gordo Calvano ya parado arriba de la silla como volviendo el tiempo atrás y viviendo ese mismo momento- Le habíamos inclinado la cancha como si fuese un metegol levantado de las dos patas- acierta Kichu-  Lastima que no le embocamos otro, fue empate uno a uno, pero alcanzo para cerrar el torneo invictos y con la copa bajo el brazo.

Somos los campeones grita el “gambeta”- y la voz del encuentro justo nos llama a recibir el recordatorio y dimos la vuelta al gimnasio cantando DALE CAMPEON DALE CAMPOEN!

 

Gonzalo Plaza.

ENCUENTRO EXTRA-TERRESTRE

Tradicional jornada de verano como a las ocho y media de la noche. El sol, que ese día había trabajado a destajo, empezaba a caer en el horizonte de mi pueblo.

Yo descansaba sentado junto al almacigo de acelga que sembró mi viejo en su quintita agotado de jugar al frontón contra la pared con el fútbol azul y amarillo que me regaló el tío Carlos. Un fanático hincha de Boca, un personaje increíble, siempre de buen humor y que además prometió llevarme el próximo clásico con River en La Bombonera.

Como de costumbre no se escuchaba ni el zumbido de una mosca, ni un solo aleteo de mariposa.

A pesar de la fatiga me puse a regar las verduras y los frutales de temporada en el fondo del patio, un lugar amplio con cincuenta metros de fondo por veinte de ancho lleno de árboles y frutales, el césped bien cortito y algunas flores contra el paredón que divide la medianera de mi vecino.

Siempre me toca este trabajo a mí porque mi hermano Julián se escapa en el momento justo antes que mi viejo lo mande a realizar alguna tarea del hogar.

Juli es un vagoneta atroz, lo único que le interesa es estar bien peinadito y perfumado en la esquina con sus amigos esperando que pase la Chuchi Arenas para piropearla y ver si alguno le gana el corazón. ¡Están embobados!

Mi viejo ya no le dice nada y por eso me engancha a mí con los quehaceres. Papi no es un tipo riguroso pero le gusta que las cosas se hagan bien.

Él trabajaba en la denominada Junta Nacional de Granos que ya no existe hoy… de vez en cuando vamos allí con los chicos a despuntar el vicio de cazar con la gomera porque están los silos donde hay cantidades de palomas atraídas por el trigo que ha quedado viejo y abandonado. Las queremos reventar a todas si total son como mil…. 

En eso estaba, apretando la puntita de la manguera para que el agua caiga en forma de lluvia como me enseñó mi papá, cuando ví algo que se movía… se oyó un ruido extraño que provenía de la hilera de tamariscos, algo había en esa frondosa enramada donde hace algún tiempo con los chicos solíamos hacer chozas con las ramas y ocultarnos cuando jugábamos a las escondidas. No nos encontraba nadie… no se veía absolutamente nada ahí abajo.

Me acuerdo cuando un día serruchamos varias ramas y armamos una choza donde jugamos toda la tarde y haciendo que cocinábamos, prendimos una pequeña fogata y se nos escapó el fuego… diga que estaba la abuela Porota, que vino, literalmente, como los bomberos con un balde de agua a extinguir las llamas sino armábamos un lío de aquellos.

Algo oculto y quisquilloso rondaba entre la arboleda. Me pegué un soberano julepe. Porque uno se hace el gallito cuando está entre muchos pibes, cuando hay varios al lado de uno, como ese día que lo agarramos entre todos al Mariano, le pegamos una paliza bárbara! obvio que después me agarró solo y se me cayeron hasta los pantalones de la corrida que me dio. Pasa que solito arrugás hasta lo más íntimo.

Pasé de mi posición de hincado a erguido en un santiamén y trate de divisar desde mi lugar cuál era el motivo de ese resonar bajo las cepas. No era momento para que el temor le gane a la intriga así que miré para todos lados a ver si una de las gallinas andaba remoloneando por ahí pero todas estaban encerraditas en su lugar ya en silencio, como dormidas. Sería, tal vez, alguna paloma haciendo su nido… pero tan abajo, casi en el suelo, era imposible.

En ese momento se me entraron a cruzar cincuenta mil cosas. Apenas con doce añitos y una imaginación amplia podía sospechar de cualquier objeto o sujeto que ande merodeando. Me preparé como para salir corriendo marcha atrás mirando fijo al objetivo para que no me ataque a traición, ese objetivo que todavía no había divisado porque ya estaba re oscuro. Me quedé desconcertado, no atiné a nada, espere que algún movimiento lo descubriera.

Encima los guachos de mis amigos el día anterior estuvieron hablando de algunos sucesos extravagantes que venían ocurriendo con frecuencia por el pueblo.

Para que me habré acordado!!… pensé en ese momento.

Me pareció ver tres enanitos verdes, de esos chiquitos de ojos rojos, como los que vio la señora del Chulo Spaziuk. Ella dijo que se los había cruzado hace un tiempo cerca de un silo en el patio de su casa y que la dejó como petrificada. Que se habían mirado fijo, comentó, argumentando que tenían las manos largas hasta el piso a pesar que median más o menos cincuenta centímetros de alto, que corrían muy rápido con movimientos zigzagueantes y que al mismo tiempo frenaban su marcha y te clavaban esa mirada profunda e inquietante.

Mi miedo era incontrolable. Sin poder abrir mas los ojos para una mayor resolución me pareció que llevaban un bonete en la cabeza cada uno, parecían gorritos de cumpleaños, unas arrugas en el cuerpo y que tenían las uñas bien largas y la cara similar a la de ET, el de la película. Sospeché que ante cualquier intento de escape me iba a ser imposible correr.

La intriga empezó a carcomerme un poco los sesos, me quedé paradito firme como un soldado, esperando que las luciérnagas en su prender y apagar de luces les alumbraran la cara. Mi ataque de pánico no tenía precedentes.

Me adelanté unos pasos, ya estaba a cinco metros más cerca. En ese momento me viene a la memoria una imagen de algunos días atrás: resulta que en el baldío de al lado de mi casa se encontraron unos manchones redondos, unas circunferencias perfectas de casi diez metros de diámetro en el suelo como las que, según cuenta el tío Pili, hay en su campo. Unos redondeles de pasto amarillo, como si fuese quemado, pero sin achicharrar como cuando se tira una chapa al suelo y al tiempo se levanta; así estaban los yuyos esos aplastaditos y amarillentos. El tío ya encontró como diez de estos redondeles en “La Mariana”, la granja donde vive, y para él son estacionamientos de naves espaciales.

Lo mismo dijo Juan Albistur, un campesino con mucha experiencia en la zona, que en su campo los días de luna llena también encuentra los tanques australianos totalmente vacíos sin tener ni una rajadura, ni si quiera una pérdida de agua. Y ha visto luces en el cielo que, aunque nunca pudo verlas de cerca, asegura que son OVNIS.

Con todas esas cuestiones dando vueltas en mi cabeza pensé que eran éstos los guachos que me comían las frutillas, estos petisos paran por acá cerca y se lastran mis frutales.

Seguí distante a la enramada, se siguió oyendo un poco mas seguido el pisar de hojitas y ramitas secas, como que se estaba moviendo hacia algún lado. Lo único que esperaba era que no venga hacia mí y me mutile como esos animales que se encontraron en la estancia del Viejo Solís. Igual la experiencia de acercamiento de esos sujetos al viejo me dejaba un poco mas tranquilo. A él, gracias a Dios, no le amputaron ni le sacaron los órganos como a las vacas de su chacra. Solo le hicieron un pequeño pinchazo en el dedo, como si fuera con una aguja para sacar sangre, y le robaron el celular. Suerte que yo no tenía celular así que preparé el dedo apretándome fuerte para que salga enseguida la sangre ante el pinchazo de los enanos verdes.

Levanté la mirada para ver si una divinidad sagrada me sacaba del lugar en un solo abrir y cerrar de ojos y me encontré con la única testigo del asunto. Una luna llena totalmente iluminada, rara se podría decir porque estaba más grande que nunca o eso me pareció. Me di un minuto para pensar y trate de atar cabos. Tanto buscar con telescopios y pasar horas arando los campos con filmadoras esperando el encuentro fenomenal que solo algunos tuvieron la oportunidad y no pudieron obtener evidencias, me di cuenta cual era la mentira que por todos los siglos nos estaba acechando. Esa perfecta luna redonda es la nave de estos alienígenas, pensé, y la vemos bajar y subir todos los días y no nos damos ni cuenta, será que aprovechan cuando dormimos… tienen todo bajo control seguramente y es ella que se posa en la tierra y deja esas marcas perfectas que otra cosa si no!.

La situación no daba para seguir estirando la incógnita, ya me imaginaba ser el famoso número uno que tenga la prueba y demostrar a todos que estos marcianos vienen a apoderarse de nuestras cosas y costumbres. Además estaba podrido de que me coman las frutillas así que si no era por un descubrimiento mundial lo iba a ser por mi propio juicio.

Agache la cabeza, agarré un palo a la pasada, uno de esos troncos secos, tipo garrote que usábamos para darle a las gallinas en la cabeza y encaré derechito donde se notaba esa figura, esa silueta de enano fiero, color verde y de ojos rojos detrás de las ramas  Me corrió una gota helada por la columna vertebral cuando se oyó un sonido, algo así como un gemido, hice un amago como para asustarlo pero ni se mosqueó. El espanto se había adueñado de mi cuerpo, me sentí como congelado por un instante pero afloró un atisbo de hombría y sin pensarlo tiré una patada estilo karateka hacia una de las ramas que se quebró y así me encontré directamente, cara a cara, con el objetivo que me había tenido amenazado por varios minutos.

Ahí estaba en cuatro patas con esas orejas bien paraditas y sus ojos brillosos mirándome con desconfianza, parecía que los roles se habían intercambiado. Cabeza relativamente pequeña, dientes filosos, cuerpo peludo y una cola larga.

¡Era Felipe!…. el gato de doña Flora. Lo levanté con mis dos manos lo apreté bien fuerte de forma cariñosa y sentí un gran alivio. Suspiré una y mil veces luego del terrible pavor y se lo llevé a mi vecina que lo estaba buscando desesperada porque se le había escapado cuando abrió la puerta de su casa. Dejé a Felipe con su dueña, caminé despacio mirando a esa luna sospechosa que brillaba en el cielo de mi pueblo. Le guiñé un ojo y le prometí que nunca más iba a dudar de ella.

 

Gonzalo Plaza.

MAÑANA NI EN EL DIARIO VOY A SALIR.

Hermosa tarde de domingo.

–Suerte que no fui a la cancha- se dijo para sus adentros “el Gaita” Fernández, mientras se disponía a regar el césped.

El Deportivo, hoy, estaba jugando de local frente a los de Ferro, uno de los cuadros del pueblo vecino. Desde la vereda de su casa se habían escuchado nítidamente los bocinazos que recibían a cada uno de los equipos al ingresar al campo de juego. Y después un par de festejos más. Deberían ser dos goles.

-Ojalá sean del Deportivo- pensó, mientras acomodaba los regadores.

El Gaita supo jugar, cuando muchacho, pero nunca fue un virtuoso, ni le gustaba tanto el fútbol como para seguir. – Ya estoy grande – decía.

Había comenzado a conformar su propia familia, se había casado con Elvira, su novia de toda la vida, y estaban esperando el primer hijo. Hacía poco que le habían dado una casita de barrio, la estaba pintando, acomodando los muebles, de a poco. El frente era algo que lo desvelaba, por eso sembró césped y quería mantenerlo, para ello aprovechaba los domingos por la tarde.

En esos menesteres estaba cuando de repente ve venir un auto en veloz carrera, y frenar hasta hacer chillar las gomas, justo frente a su casa.

Era el presidente del Deportivo, quien presuroso se bajó del vehículo y le gritó, casi sin aliento: -Gaita, venite conmigo, te precisamos ya en la cancha!- le gritó, casi, digamos, le ordenó. El Gaita, sin entender lo que estaba ocurriendo, solo atinó a preguntar: -¿Qué pasa Felipe? ¿Para qué me querés?-

Felipe Alcántara, el presidente del Deportivo, sin recuperar aún su compostura habitual repitió – ¡Vamos, dale, en el viaje te voy contando!- -¡Subí rápido que no llegamos!

El Gaita estaba en bermudas, con una vieja remera verde y en ojotas, pero claro, la urgencia de la situación no le permitió ni siquiera intentar pedir un rato para cambiarse, así que tal como se encontraba subió al auto y arrancaron.

Felipe apretó el acelerador y las cuatro cuadras que separan la casa de la cancha se consumieron rápido, no alcanzaron para explicar mucho.

–El Caballo Fernández, tu primo, como siempre, está suspendido- dijo el Presidente.

–Metimos la pata, lo pusimos porque nos faltaba uno, no completábamos-

El Gaita no entendía bien para qué lo precisaban a él.

–Está jugando, pero con la ficha tuya Gaita. El problema es que los de Ferro se dieron cuenta y nos van a protestar los puntos, justo hoy que vamos ganando dos a cero, podés creer?- agregó el Presidente para despejar dudas.

El Caballo era así, al sobrenombre se lo había ganado por su arte para maltratar a los adversarios, gran candidato a la tarjeta roja, siempre jugaba al límite, áspero con los rivales e implacable con los árbitros, cuando algo no le gustaba, empezaba a protestar. En el año jugaba pocos partidos, la mayoría de las veces estaba suspendido, como hoy…. aunque hoy estaba jugando. Y estaba jugando bien. Un baluarte en la defensa para sostener la victoria del Deportivo.

Mientras tanto, levantando polvareda, el Presidente y el Gaita llegaron a la cancha, el partido todavía no había terminado, entraron con el auto por el lado del local y llegaron a la puerta del viejo vestuario.

–Bajáte- ordenó el Presidente, -ahí adentro te están esperando-

El Gaita, desconcertado, entró al vestuario y se encontró con el Pulga y Gavilán, los utileros, le tenían preparado un par de medias, el pantalón corto y unos botines gastados. Raudamente el Gaita empezó a “disfrazarse” de jugador. De a poco iba entendiendo de qué se trataba, iba a ser protagonista de una gran farsa.

Para esto el encuentro había terminado. ¡Ganó el Deportivo! Al final fue dos a cero nomás. Los jugadores se abrazaban en la mitad de la cancha, se acercó el director técnico, don Gualberto Pardales, no parecía contento con la victoria, más vale daba la impresión de estar preocupado. Lo tomó al Caballo Fernández de un brazo, lo apartó del grupo bullanguero, y le dijo por lo bajo: -Rajá para el lado del vestuario Caballo, después te explico-

El Caballo, al momento, se dio cuenta que algo andaba mal, y para sus adentros pensó… -¿se habrán dado cuenta estos putos que estoy suspendido y jugué con la ficha de mi primo?-.

Corrió hacia el sector local, Gavilán, uno de los utileros, lo estaba esperando, sin mediar palabra alguna le sacó la camiseta, empapada en sudor y sucia de tierra, y salió corriendo rumbo al vestuario.

Don Gualberto sin darle tiempo a nada le dijo –¡Caballo … desaparecé!-

-Pero… ¿y mi ropa?- preguntó el Caballo.

-Mañana te la alcanzo. Vos rajá ya mismo boludo. ¡Te descubrieron!-

El Caballo dio media vuelta y emprendió la retirada. Escondiéndose entre las plantas fue buscando la salida por atrás de la cantina, tratando de que no lo vea nadie.

Desde el sector de enfrente tres personas venían caminando a paso sostenido. El Doctor Camacho, presidente de Ferro, y dos laderos que metían miedo. Le salieron al cruce al referí del partido, que feliz con su desempeño arbitral ni se imaginaba lo que le esperaba.

Camacho lo increpó –Estos guachos nos metieron la mula- gritó. –Hay un jugador mal incluido, quiero que ya mismo lo constate en el vestuario- dijo sacando a relucir sus dotes de abogado. –Les vamos a protestar los puntos, pero usted tiene que certificar que nosotros tenemos razón- agregó.

El árbitro no se podía negar a tan importante denuncia e invitando a los representantes del Club visitante a acompañarlo, se dirigieron al vestuario local.

El resto de los jugadores del Deportivo seguían ajenos al problema en ciernes, y lentamente habían emprendido también el camino a su vestuario. Entre cantos y festejos se fueron acercando.

En la puerta, parados los dos grandotes con pinta de patovicas de boliche bailable, no permitían pasar a nadie. El doctor Camacho ingresó con el referí al recinto, y allí estaba el Gaita, sentado en un banco, con la camiseta sudada y llena de tierra, los pelos mojados, porque lo habían rociado con agua de la canilla para que parezca transpirado, el pantalón corto, las medias a los tobillos y los botines desvencijados. ¡Hasta parecía cansado!

Camacho no lo podía creer, -¿pero… cómo?- dijo, -Este nos es el que estaba jugando hace un rato-.

–Cómo que no- dijo el Gaita demostrando una seguridad absoluta en sus palabras. Y resoplando agregó: -Acabo de entrar al vestuario, lo que pasa es que estoy fusilado-.

El árbitro con la ficha del jugador en una mano y la planilla del partido en la otra, empezó a mirar con mala cara a Camacho, -Señor presidente ¿qué me hace?, no quedan dudas que esta persona es la misma cuya foto está en la ficha- sentenció mostrando el documento que acreditaba al Gaita Fernández y coincidía con el casillero número tres, el mismo número de la camiseta que transpiró el Caballo adentro de la cancha, pero que ahora tenía puesta su primo, el Gaita.

Camacho, rojo de furia, no podía entender lo que estaba ocurriendo. Si él lo conocía al Caballo, pero claro las evidencias le jugaban en contra. Pegó un puñetazo a la vieja puerta de chapa del vestuario y se retiró, junto a los grandotes. -¡Cómo nos cagaron!- exclamó fuera de sí, mientras emprendía el regreso hacia su sector, insultando a diestra y siniestra.

Al Caballo Fernández lo vieron disparando por una de las calles laterales rumbo a su casa, sin camiseta.

Al llegar, se encontró con su padre, que podaba las acacias de la vereda. Viejo hincha del Deportivo don Dionisio Fernández, aunque ya no iba a la cancha.

–¿Y, cómo salieron?- preguntó el padre.

El Caballo, algo agitado por la carrera y sin siquiera ponerse colorado, le contestó:

-¡Ganamos dos a cero! Yo jugué un partidazo, pero mañana, ni en el diario voy a salir-

 

Ricardo Rodriguez.

ME VA A TENER QUE ACOMPAÑAR.

De pibe iba a la cancha. La cancha de mi Club, piso de tierra, pero muy parejo, eso si. La nuestra era una de las mejores canchas de la zona. Cuando llovía, porque por aquel entonces llovía, no se juntaba nada de agua. Cuarenta, cincuenta milímetros el sábado, y el domingo se jugaba sin ningún problema.

Corrían los años de los torneos “relámpagos”. Se reunían cuatro, seis u ocho equipos una tarde de domingo en cualquier cancha de la zona, se armaba por sorteo el orden de los partidos y arrancaba el campeonato. Era por eliminación y en caso de empate se definía por tiros libres, desde la puerta del área grande, el pateador elegía el lugar donde poner la pelota y desde allí “ejecutaba” al arquero.

De tardecita, a veces con poca luz, ya que el sol empezaba a despedirse lentamente, se jugaba la final.

La gente, dispuesta alrededor del rectángulo de juego, sin más obstáculo que una mera baranda de madera, pero conservando su lugar, sin pensar en invadir en ningún momento, salvo que la situación lo amerite.

Esta no iba a ser una tarde de domingo más. Éramos locales, los nuestros estaban confiados. Se sentían candidatos a quedarse con la copa. Ese día se juntaron cuatro equipos. En el primer partido los dueños de casa vapulearon a los de Villa Alba por cuatro a cero. Tres goles del Negro Lezcano y el último, de penal, lo convirtió el capitán “Juancho” Amenábar.

¡Qué goleador Lezcano! Dentro de las dieciocho era inapelable. No perdonaba el Negro. Tipo vivo como pocos. Sacaba ventajas del error más pequeño del rival.

En el segundo partido se enfrentaban los de La Colonia con los empleados del ferrocarril de un pueblo vecino, que se estaban agrupando para dar vida, unos años después, al Deportivo Anglo Argentino.

Ganaron los de La Colonia 4 a 2, equipo fuerte, duro, el 9, el ruso Schmidt, medía como dos metros. Todos trabajadores del campo. Se entrenaban hombreando bolsas.

Y así llegó la final. El local frente a La Colonia. El Negro Lezcano se tenía una fe bárbara. Pero el encuentro se hizo muy parejo. Pasaban los minutos y el marcador seguía en blanco. Hasta que, sobre la media hora del segundo tiempo, en una de las pocas llegadas de La Colonia, se escapó el ocho de ellos, gambeteó a Amenábar, y cuando el pelado Corcuera, nuestro arquero, dio un paso para tratar de achicar el ángulo de tiro, se la pasó al ruso Schmidt que sacudió un latigazo y la pelota se fue a meter pegadita al palo izquierdo. Gol de La Colonia. Fue un instante de silencio absoluto, que solo se rompió con el grito de gol del nueve y sus compañeros, y algunos pocos que habían venido en un camión destartalado, siguiendo a los visitantes.

Se cuenta que caminando para la mitad de la cancha, el Negro Lezcano, pelota bajo el brazo, se le acercó al referí y por lo bajo le dijo: -Hasta que no empatemos no lo terminás eh- El árbitro, había venido de Bahía, andaba de paso visitando unos parientes y aprovechaba la tarde para hacerse unos manguitos. Se sabía que allá en la ciudad era referí, lo que no sabía que era de esos que “no se casan con nadie” –Juegue- ordenó, y siguió el partido. Los grandotes de La Colonia, todos atrás y los nuestros a la carga barracas! El arquero de ellos parecía agigantarse, le pegaban por todos lados, una en el palo, otra apenas afuera, los minutos pasaban, iban 43, parecía que se nos escapaba. Hasta que la agarró el petiso Díaz, ligero el petiso, se escapó por la derecha y mandó un centro que era un poema, combado, perfecto, justo al corazón del área, el full back que duda, el arquero no sale, y allí estaba Lezcano, saboreándose esperando la pelota, la bajó, la acomodó, se disponía a rematar…. cuando siente desde atrás un golpe duro que lo desparrama por el área. Penal!!! Gritaron todos. Penal!!! Vociferó el Negro mirando al referí. El encargado de impartir justicia, realizando el clásico ademán con los brazos, expresó: siga…. siga…. -Como siga, siga, estás loco, estás- exclamó el Negro desesperado. -No viste el golpe que me pegaron?- agregó haciendo señas ampulosas que se vieron desde el arco de enfrente. –¡No serás tan hijuna gran puta de no cobrar penal!- recalcó. El bahiense, imperturbable, frío como el mármol, se quedó plantado en la media luna, ante el estupor generalizado y los insultos recibidos desde afuera y desde adentro de la cancha, sentenció:

-Lezcano se va para afuera, está expulsado- extendiendo su brazo derecho y señalando con el dedo índice, el sector local.

–¿Cómo que lo echás?- gritó el capitán Amenábar

–¿Estás loco vos? Mirá que de acá no salís vivo eh!- agregó para tratar de amedrentar al portador del silbato. Pero éste, lejos de arrugar, repitió: -Lezcano se va o no sigo el partido- Los nuestros, en la desesperación, viendo que los minutos se esfumaban y se nos iba el partido, apuraron el trámite.

–Dale Negro, dejáte de joder, anda para afuera así seguimos jugando- fue el reclamo casi unánime, pensando que el árbitro en algún momento iba a aflojar y adicionar varios minutos. Le erraron fiero, porque el arquero sacó desde el área un fuerte y alto pelotazo y cuando el esférico pasaba de un campo a otro el silbato del referí se escuchó tres veces, sentenciando el final y la derrota.

El negro Lezcano, todavía refunfuñando, estaba juntando su ropa. Se colocó el capote y se puso la gorra chata, azul, con el escudo nacional de bronce en el frente, y se acodó en la baranda. Se le oyó decir – Vos me echaste hijuna gran perra. Ahora vas a ver!- y cuando el referí se acercó a donde el Negro estaba esperándolo, éste emitió la frase que tantas veces había dicho en procedimientos policiales:

- ¡Señor árbitro, disculpe,…. me va a tener que acompañar! –

Y ahí salieron los dos. El referí y Lezcano. El árbitro sin entender porqué se lo estaban llevando, de última no había visto un penal grande como una casa y nos había echado un jugador, creía que no era para tanto, pero claro cómo iba a pensar que ese jugador que había expulsado, el goleador, el ídolo nuestro, era ni más ni menos que el Comisario del pueblo, Obdulio “el negro” Lezcano.

Y Lezcano que lo llevaba agarrado de un brazo, con el capote sobre los hombros, la gorra chata, azul, con el escudo al frente… pantalón corto y botines, repetía: -yo te voy a dar…. echarme a mi-

Ante la mirada atónita de todos los presentes, ahí iban los dos, caminado, rumbo…. a la Comisaría.

Ricardo Rodriguez.

AL AGENTE NO ME LO TOCAN.

La semana previa al clásico es distinta a todas las semanas del año. El partido empieza a jugarse en cada esquina del Pueblo. Es el comentario obligado en los bares, en los lugares de trabajo, en el colegio. La mezcla de nerviosismo y ansiedad que antecede al acontecimiento futbolístico por excelencia, abarca a todos los vecinos. Hasta a aquellos que no sienten por el futbol una atracción desmedida. Se cuentan las horas que faltan para que empiece a rodar la pelota. Crecen las dudas y las certezas. Y mientras tanto se va preparando el entorno que tendrá el encuentro. Se deberán llevar todas las banderas, porque el colorido es muy importante. Los encargados de la pirotecnia empezarán a diagramar la estrategia más conveniente. Los jugadores y los técnicos de ambos equipos, tratarán de abstraerse del clima que se genera y buscarán en los entrenamientos llegar de la mejor forma al partido del año. El boca a boca de la gente se irá multiplicando.

-El domingo no nos fallés, ¡tenemos que ir todos a la cancha!-

Mientras tanto en ambos Clubes se irán ultimando los detalles. Los que harán las veces de local preocupados, además, por la organización del evento. Se agregarán más cobradores de entradas, se tratará de presentar un escenario acorde al suceso deportivo que se viene. Los visitantes obsesionados por llevar una multitud a la cancha de su eterno rival, y de esta forma evitar que la condición de local influya demasiado en el trámite del partido.

Por fin llega el día tan esperado. A la hora señalada en la cancha no cabe un alfiler. El alambrado está cubierto en todo su perímetro. ¡No faltó nadie!

El momento en que ingresan los equipos a la cancha está cargado de una magia especial. Se desata una locura generalizada difícil de explicar. El saludo de bienvenida para los propios y la rechifla para los rivales. Cohetes, bombas, bengalas, papelitos, todo el color y el calor.

Empieza el partido. Una vez más, como tantas veces, el Atlético y el Deportivo están frente a frente.

Como casi siempre, el juego es deslucido. Los clásicos son más peleados que jugados. No es lindo para ver, pero es emotivo. No agrada por el futbol bien jugado, pero se hace atractivo por la lucha. Nadie afloja. Todos ponen.

¡Gol del Deportivo! La algarabía es indescriptible pero dura poco. Solo cinco minutos. ¡Gol del Atlético! Uno a uno y todo como al principio.

En el entretiempo el público aprovecha para darse una vuelta por la cantina. En la cancha del Atlético a la cantina la regentea don José. Viejo futbolero de mil batallas. Ahora que está en la mala, el Club le da una mano para se haga unos pesitos.

-¿Y José, como lo ves? Le pregunta Plácido, el mandamás de la barra del Atlético.

-Difícil pibe. Estos guachos nos van a querer ganar a toda costa. Casi te diría que con el empate me conformo.- responde el cantinero mientras le sirve, a escondidas, una Legui bien cargadita. Porque, no se puede vender bebidas alcohólicas en la cancha, pero qué mejor que una caña para entonar la garganta. Se viene el segundo tiempo.

Los minutos pasan, el partido no sale de su paridad inicial. Los nervios van imponiéndose a la euforia. Los cantos y los gritos de las hinchadas se van haciendo más esporádicos. Todos comienzan a presagiar que un gol a partir de este momento, sentenciaría el resultado final del clásico.

El árbitro lo va llevando cortito al partido. No quiere que, por ninguna razón, se le escape de las manos. El juez del encuentro es el negro Zabala. Archiconocido en las canchas de la zona. Todo un personaje. Bigotito fino, pelo negro y bien arreglado. Un payaso bárbaro, para algunos. El mejor referí, para otros.

Se acerca el momento del final. Cuarenta y cuatro minutos del segundo tiempo.

-¡La hora Zabala! Le grita una mujer desde el alambrado.

-¡Seis menos cuarto, señora!- Contesta el referí mirando su reloj con una sonrisa dibujada en el rostro, tratando de ponerle un poco de humor a un partido tan dramático.

Se escapa el wing derecho del Deportivo, manda el centro y aparece el Cabezón Riera para impactar un furibundo derechazo y convertir. ¡Gol del Deportivo!

Pero el juez de línea, ubicado del lado donde estaba la parcialidad del Atlético, tiene levantado su banderín solferino. El árbitro Zabala duda un instante, no le pareció fuera de juego. Pero el asistente permanece inmutable, tieso, con su bandera arriba.

-No vale. Anulado- dice el árbitro, mientras los jugadores del Deportivo se abrazan en un rincón y los hinchas enloquecen. Algunos todavía festejando el gol que no fue, y otros porque se dieron cuenta que el referí lo estaba invalidando.

-¿Qué cobró? se preguntan todos.

-Claro, aquellos turros lo apretaron y lo obligaron a levantar la bandera.

¡De donde orsai!- Gritan los hinchas del Deportivo.

-Muy bien Línea…. ¡Claramente adelantado!- se escucha en la parcialidad del Atlético.

Como si esto fuera poco. El árbitro que hace señas para reanudar el juego, largo pelotazo del arquero, veloz corrida del nueve, y…. ¡Gol del Atlético!

El festejo de los locales augura un triunfo.

-¡Ya termina, está la hora! ¡Hijos nuestros, hijos nuestros!-

La desazón de la parcialidad visitante es impresionante.

-En un santiamén pasamos de tenerlo ganado a perderlo. ¡Esto no puede ser!-

Para colmo, antes que sacaran la pelota del medio, el árbitro Zabala da por terminado el partido. Ganó el Atlético dos a uno. Comienza a generarse un escándalo sin precedentes.

Mientras la parcialidad local da rienda suelta a un festejo descomunal, los visitantes empiezan a organizar la sublevación ante tamaña injusticia.

-¡Vamos todos al portón! ¡Estos cuervos no salen vivos de acá! Son los gritos de guerra.

La terna arbitral permanece en el círculo central, rodeada de policías. La gente enardecida, amenazando con no dejarlos salir. El Comisario decide hacer ingresar un patrullero al terreno de juego y así poder sacar a los árbitros del predio. El móvil, inicia la retirada, escoltado por cuatro agentes.

Un nutrido grupo de hinchas del Deportivo, agolpados en el portón, pretenden impedir el paso del vehículo. En medio de insultos y escupitajos el auto se va abriendo camino.

La multitud de fanáticos avanza flanqueando al patrullero.

El flaco Betinotti formaba parte de la muchedumbre, tipo tranquilo el flaco, pero esa tarde estaba fuera de sí. Caminaba con la cabeza gacha, buscando una respuesta, algo que le permita entender semejante atropello, parecía que la resignación le iba ganando a la intolerancia. De pronto su mirada perdida encuentra una botella de Bidú Cola vacía, que, alguien, habría dejado tirada a un costado del camino. Betinotti alza la botella, la mira, y ve la oportunidad de imponer justicia por mano propia. En ese momento su mente se nubla por completo. Emerge entre la multitud y arroja la botella contra el patrullero. El envase de Bidú explota en mil pedazos al impactar sobre una de las ventanillas del móvil policial.

El alboroto toma dimensiones mayores, el Comisario detiene el auto, se baja y pregunta:

-¿Quién fue?- Mirando a sus subalternos, quienes no pueden salir del asombro.

Inmediatamente el cabo primero Parra toma a Betinotti de un brazo.

-Acá está mi Comisario, este fue el que tiró la botella-

-Llevameló para la Comisaría. ¡Ya va a aprender este desgraciado!- ordena el Jefe policial, antes de retomar vertiginosamente su camino.

¡Estás detenido! Vamos para la Comisaría- dice el Cabo Parra, mientras arranca caminando entre la concurrencia, llevándose a Betinotti.

Al llegar a la tranquera de acceso a la cancha, la gente rodea a Parra, le impide seguir avanzando y se arma la discusión.

-Parrita…. dejálo al pibe. ¡Si no hizo nada che!- se alzan las voces de los hinchas. El cabo primero entra en pánico. Betinotti alcanza a zafar y sale disparando. El Policía presa del espanto, en medio del borbollón, pide por favor que no lo compliquen.

–Muchachos me van a hacer cagar a pedos por el Comisario- dice tratando de convencer a los más desaforados.

De pronto, aparece una persona con anteojos oscuros tratando de aportar calma en medio de la tempestad. Después se supo que era un Gendarme, que andaba de paseo, visitando unos amigos. Se abrió paso empujando, separó al Cabo y quedó, de frente, ante los exasperados hinchas.

–¡Al Agente no me lo tocan!- expresó. Fue lo último que se le escuchó decir. En ese mismo momento el “lungo” Iparraguirre le embocó un puñetazo en el medio de la frente, le quebró los lentes negros, y lo hizo recular como cinco metros.

-¡Rajá de acá pelotudo! ¿Qué te tenés que meter? ¿Quién sos vos?, ¡tomatelás! Profirió Iparraguirre, a quien, aquella piña, iba a convertir en héroe incondicional de la barra del Deportivo.

El Gendarme intentó recomponerse, pero al ver que se le venían para seguir fajándolo, emprendió la huida porque comprendió que, si insistía, esa tarde lo linchaban.

El grupo de hinchas siguió su camino por el boulevard, unos por la vereda, otros por el medio de la calle. El loco Canale había encontrado la mitad de los lentes negros del Gendarme, y los exhibía como trofeo de guerra.

La próxima parada era el bar de don Emilio. Allí se hospedaban los árbitros cuando venían a dirigir a este pueblo. La fuerte custodia policial complica el acceso. Mientras tanto algunos van pidiendo cerveza, el alcohol siempre es bueno para mitigar las penas.

A pocas cuadras de allí, los vencedores alargan su festejo. Las bocinas, los bombos y los cantitos futboleros, hacen presagiar una fiesta prolongada. No es para menos, un clásico ganado siempre es un buen motivo para celebrar.

Los que van llegando ordenan otra ronda cerveza. El alcohol siempre es bueno para compartir una alegría.

Este tipo de partidos, cuando se enfrentan dos rivales con una historia tan nutrida, siempre dejan algo. A veces serán recordados por el buen juego, en otras oportunidades se rescatará lo apasionante del encuentro, esta vez pasará a formar parte del anecdotario futbolero, más por lo que ocurrió afuera, que adentro de la cancha.

El botellazo de Betinotti y la frase del Gendarme: “Al Agente no me lo tocan”.

Ricardo Rodriguez.

UNO, DOS, TRES… NO SE CALIENTEN MUCHACHOS.

Tardecita del sábado.

La barra integrada por la mayoría de los jugadores de primera división reunida en el Club, como siempre, compartiendo un copetín y alargando la charla previa al partido del domingo.

La de mañana será una parada difícil. De visitantes y necesitados de puntos.

De pronto entra el Gordo Lázaro, que cumplía las funciones de aguatero, masajista, y hasta, a veces, se animaba a dar alguna indicación desde la raya de cal.

Su rostro desencajado hacía presagiar algo grave.

-¿Qué te pasa Gordito?- le preguntaron.

-Muchachos, no puedo enganchar a nadie que haga de referí mañana- respondió Lázaro preocupado.

Por aquellos años al referí lo llevaba el visitante. Tarea complicada encontrar alguien dispuesto a impartir justicia, sobre todo en canchas foráneas.

En ese momento, se abre nuevamente la puerta y aparece por el Club don Rigoberto Luna. Hombre bajito, con cara de bonachón y amigo de la barra, siempre ligado al Club.

-¡Lunita!- exclamaron los muchachos.

Se paró el Colorado Benavídez y estrechándolo en un abrazo le dijo:

-Justo estábamos hablando de vos, mañana te necesitamos. Tenemos que llevar el árbitro para el partido, y pensamos que vos serías el más indicado- le dijo con tono convincente.

Rigoberto se negó rotundamente. Buscó mil escusas, apeló a pretextos poco creíbles para tratar de zafar.

-¡Ustedes están locos! Ni en pedo me meto de referí. Qué quieren que me caguen a palos.

-Dale Lunita-. Así le decían, inclusive muchos no conocían su verdadero nombre.

-No nos podés fallar en esta. Si no llevamos referí van a poner uno de ellos y nos afanan el partido seguro-.

La insistencia de los amigos del Club fue tal que Luna no tuvo más remedio que aceptar y formar parte de la delegación.

El traslado hasta el pueblo vecino, a veinticinco kilómetros de distancia, era en camión. Un Chevrolet, modelo 37, que se caía a pedazos. El chofer, don Salomón Habib, lo cuidaba como si fuera una joya. Había que salir temprano para llegar a tiempo al partido.

Para colmo a mitad de camino había una loma brava, una vez, cuentan, los jugadores se tuvieron que bajar a empujar para ayudar al camión a llegar a la cima.

Junto a Salomón, adelante, viajaba Lunita. Atrás, en la caja que después serviría de vestuario, cubiertos por una lona con algunos agujeros y muchos remiendos, el gordo Lázaro y los once muchachos que iban a defender estoicamente los colores del Atlético Pueblo Nuevo. Suplentes no hacía falta llevar, porque en ese entonces no estaban permitidos los cambios.

El partido arrancó parejo, pero con el correr de los minutos los locales empezaron a dominar las acciones. El primer tiempo terminó cero a cero. En el segundo, los dueños de casa salieron con todo, una buena actuación del arquero del Atlético, la marca implacable de los fullbacks, y alguna mano que les daba Lunita de vez en cuando, hacía que el marcador continuara cerrado.

La gente, afuera, se estaba empezando a impacientar. Las decisiones arbitrales de Lunita dejaban bastante que desear.

¡Por momentos parecía un defensor más del Atlético!.

Los insultos arreciaban. Las amenazas de la parcialidad local estaban haciendo meya en la serenidad de Lunita.

Faltaban cinco minutos. La hazaña estaba a un paso de conseguirse. El empate tenía sabor a victoria. Porque era logrado de visitante y porque en realidad, los rivales habían sido netamente superiores.

Hasta que llegó el instante fatídico.

Un largo pelotazo cae dentro del área, en la desesperación por sacarla Juancito Muñoz, el dos del Atlético, le erra la patada y antes que conecte un delantero rival, le pega un puñetazo a la pelota al mejor estilo Antonio Roma.

-¡Mano! ¡Penal!- Fue el pedido unánime.

La gente amagaba con meterse a la cancha. Los jugadores esperaban el sonido del pito para festejar. Lunita dudó, los segundos parecían minutos. Hasta que finalmente, y en contra de su voluntad y con todo el dolor del alma, sopló fuerte el silbato y marcó –¡Penal!-

La algarabía se desató inmediatamente. Un penal sobre el final del partido era victoria asegurada.

Rigoberto Luna se paró en la raya del arco, apretó la pelota bajo el brazo derecho, listo para iniciar la caminata que, originalmente, tenía que ser de doce pasos, para colocar el balón a la distancia justa para la ejecución de la pena máxima.

El penal ya estaba cobrado, pero los jugadores del Atlético no se querían convencer. Rodearon a Lunita, increpándolo de mala manera. No lo dejaban avanzar.

-¿Qué cobraste Luna? ¿Dónde viste penal? ¿Para esto te trajimos? ¿Querés volverte caminando?- eran algunas de las cosas que le decían intentando cambiar su decisión, además de insultarlo sin contemplaciones, haciéndole recordar que ellos lo habían convencido para que venga a jugar de referí.

Lunita, con la cabeza gacha y sin soltar en ningún momento el esférico, comenzó su camino…

-Uno, dos, tres, no se calienten muchachos- decía mientras seguía caminando.

-Cuatro, cinco, seis… yo les dije que no sabía de esto- continuando su marcha.

Mientras hablaba, Lunita seguía dando pasos, entonces cada vez se iba más lejos del objetivo.

–Siete, ocho, nueve… acuérdense que me trajeron obligado, yo no quería, pero ustedes insistieron, ahora no me jodan… diez, once, doce- finalizó el conteo y la caminata, se agachó y colocó la pelota para la ejecución… ¡casi sobre la línea del área grande! Tanta charla entre medio había hecho que la cantidad de pasos se extendiera, había contado doce pero…. ¡había dado como veinte!.

–¿Quién patea? Preguntó Lunita, imperturbable.

Los jugadores locales se miraban atónitos.

-¿Pero cómo?- dijo el capitán del equipo, -¿Desde acá hay que patear?. ¡Usted está loco!-

Lunita con esa facilidad que tenía para demostrar tranquilidad en los momentos más difíciles, en tono compinche se dirigió a los jugadores del equipo local:

–Muchachos, encima que les doy un penal casi sobre la hora me van a hacer quilombo. Dejensé de joder se patea desde acá y listo- dijo tratando de calmar los ánimos.

En un acontecimiento poco habitual en el fútbol, Lunita había logrado tener enojados a los dos equipos al mismo tiempo. Los visitantes, sus amigos del Club, por el penal que les había cobrado en contra, y los locales porque se los quería hacer patear desde el borde del área. Los veintidós jugadores lo estaban rodeando, insultando, increpando y con ganas de darle algún coscorrón.

Lunita, en un momento de lucidez, miró de reojo su reloj y se dio cuenta que…. ¡se habían cumplido los noventa minutos!, entonces, ante el estupor generalizado y con cara de “acá no ha pasado nada”, expresó:

-Es la hora señores. Final del partido. Cero a cero, todos contentos y cada uno para su casa- y, aliviado, hizo sonar su silbato.

Ricardo Rodriguez.

NI TORTA, NI DENUNCIA.

Cuando empieza a llegar el veranito, nos juntamos con los muchachos a las siete de la tarde en la plaza del pueblo.

Es una práctica que repetimos cada verano, después del laburo. Siempre con una birrita de por medio, porque el mate, en esa época de calor, te deja totalmente sudoroso, como si hubieses jugado un picado de cuatro contra cuatro, a pura gambeta.

Nos sentamos en hilera, sobre el cordón de la vereda a recordar y contar las anécdotas de nuestros años mozos.

Nuestra barra siempre estuvo conformada por los mismos cinco: el Bebe Martilota, Lalo Fernández, Martincito Sepúlveda, el Loco Rewar y Yo. Somos amigos desde pibitos, fuimos juntos a la escuela. Compartimos miles de aventuras y, por supuesto, cuando empezamos a salir, en la época de juventud, también lo hacíamos juntos. Una barra de fierro, con la amistad como valor supremo.

Ahora, la mayoría, tenemos treinta años, menos el Bebe que ronda los veintiocho, pero siempre anduvo con nosotros, desde chiquito y por eso lo apodamos así.

¡Casi me olvido del Coco! El que falta en el grupo. El Coco es integrante original de la banda.

En su reemplazo, el año pasado, se sumó Eduardito Malaspina, llegado al pueblo como empleado del Correo.

El Coco se nos casó hace tres años, con la tarambana de la Mecha Sanavivi, pero bueno, el amor siempre va por delante de todo, aunque igual, se hace sus tiempos para pasar a saludarnos.

En eso estamos, compartiendo una charla cargada de ribetes tragicómicos, cuando observamos que, transitando a paso sostenido por la vereda de enfrente, pasa la madre de la Mecha, la esposa de nuestro amigo. Sin siquiera mirarnos para evitar tener que saludarnos. Hacemos silencio, solo se escucha el ruido de los tacos sobre la vereda de mosaicos.

- Che, ¡ahí va esa yegua! La bronca que nos tiene la vieja, y no es para menos, ¿se acuerdan del quilombo que armamos en el casorio del Coco?- dice el Bebe con una sonrisa de pícaro, para hacerle sentir, a Juancito Rewar, el escozor de recordar ese momento.

El Loco, ni lerdo ni perezoso, contesta: -Ni me hagas acordar, la de artimañas que tuvimos que hacer por aquellos días. Si no encontraba una manera de zafar me hubiesen destituido del cargo al instante.-

Juancito, o el Loco, como lo llamamos cariñosamente los íntimos, así como lo ven, es hoy Jefe de la Comisaría de nuestro querido pueblo.

-Che Fito, dale contá la historieta que a vos te sale bien, así nos reímos un rato de las boludeces que hacíamos no hace tanto tiempo.- Me dice el Lalo empinando la cerveza y dándole esos chupones largos a los que solo él aguanta.

Yo miro para todos lados, junando que no venga nadie caminando y no muy animoso le contesto: -Lo que pasa es que… me da lástima por el Coco che…, porque en el fondo él sabe bien que fuimos nosotros los canallas-.

-Dale- dice Eduardito, mientras se frota las manos. Sabe que está a punto de conocer una más de las historias de la barra. Su nueva barra de amigos.

-Dale que esa no la sé-

–Está bien, yo empiezo a contarla pero si me olvido de algo no me interrumpan, porque al final empiezo con el cuento y entran a agregar pelotudeces- digo, como para evitar las intromisiones de siempre.

-No no,… esta vez no te rompemos los esquemas, metele tranquilo- Salta Martincito que siempre me hace la gamba y escucha con atención todas las fábulas.

Ablando la garganta con un trago de la borra del fondo de la botella, así me deja el garguero bien rasposo, y apunto:

-Bueno arranco. Ya como todos sabemos aquel sábado se casaba nuestro querido amigo. De punta en blanco estábamos todos, menos el pelotudo del Bebe que andaba de traje y zapatillas, porque según él, la madre no le había ido a buscar los zapatos a lo del viejo Turan, el zapatero del pueblo. Nosotros cinco como buenos vagos aguardábamos en el último banco de la iglesia, ubicación estratégica para salir como tiro rumbo al salón, y ser los primeros en entrarle de una a los sándwich de miga y al ananá fizz.

Como buen aficionado a la interrupción el Lalo señala: -¡Que buenos estaban esos sangu de miga ché!-

-Ya tenés que entrar a hablar gansadas e interferir en el relato, ¡vez que no podes con tu genio!- Le digo haciéndome el caliente, porque sino este hincha quinotos no la termina más.

-Nooo, dale seguí y no te enojes, si ya lo conoces al “pánfilo” éste-. Comenta el Loco, que se mantenía calladito escuchando, sabiendo que la parte crucial todavía no había llegado.

Lo miro de reojo, como para intimidarlo otro poco para que no me vuelva a interceptar con sus comentarios y sigo:

-Cuando terminó la ceremonia enfilamos derechito, saludamos a los novios de un sopetón, y entramos al salón donde iba a ser la famosa fiesta.-

-Que decoración! Que prolijidad tiene esa Mecha para armar las cosas a su gusto.- Vuelve a interrumpir el Lalo con su endemoniada inocencia para romper las pelotas.

-Pará Lalo!, nos cansás con tus taradeces- lo increpa el Loco con esa voz de Coronel Mayor, que mete miedo, y cuando habla así no hay nadie que le replique.

Dando un suspiro, esos que suenan a conocedor del caso, porque al Lalo lo conozco casi de bebé, porque vivíamos casa de por medio, continúo:

-La fiesta estaba de lo mejor. La orquestita, que había contratado el suegro del Coco, animaba la reunión. De pronto, recorriendo el lugar de los festejos, al Loco no se le ocurre mejor idea que la de esconder la torta de bodas. Macabra idea a la que nos prendimos los cinco, porque, más allá que el autor intelectual fue Juancito, los actores materiales del hecho fuimos todos-.

-Como quienes no quieren la cosa, nos juntamos en una mesa del fondo y mientras le entrábamos al plato principal, tramamos el plan a llevar a cabo.-

Eduardito abría los ojos grandes, no podía creer lo que estaba oyendo. Y el resto de los integrantes de la barra, aunque ya conocían de memoria la historia, también se habían copado con mi relato.

-El Loco y Martincito agarraron la torta y la metieron en una piecita, al costado del salón principal, donde guardaban todas las cosas en desuso. El Bebe, el Lalo y yo hacíamos de campana, parados en lugares estratégicos del salón, cosa que nadie se diera cuenta de la guachada que estábamos fraguando.- Hago una pausa. El Lalo, que se había corrido hasta el kiosco, trae una imperial helada, la destapa con el encendedor lo más rápido posible, así no se nos seca el pico, y seguimos deleitándonos con la leyenda.

-La cuestión es que la fiesta siguió su rumbo, nosotros volvimos raudamente a ocupar nuestros lugares y nadie se dio cuenta del vandálico acto que habíamos perpetrado. La verdad es que a la torta de bodas, hasta el momento de las fotos y el corte simbólico, nadie le da mucha bola. La noche se fue alargando, nosotros meta tomar y tomar, no nos dimos cuenta que la joda ya estaba a punto de culminar y teníamos que volver a poner la torta en su lugar.-

-Somos unos boludos, porque ninguno de nosotros se hizo cargo en ese momento, tal vez hubiésemos pasado un mal rato, pero por lo menos nadie se iba a enojar-. Se lamenta el Loco en un rapto de sinceramiento destacable.

-Lástima que no te acordaste antes de tener aquella idea siniestra, en vez de hacerte ahora el benefactor de la paz.- Le recrimina el Bebe generando las risotadas de todos nosotros.

-Bueno, la anécdota ya está escrita, ahora no vamos a cambiar los sucesos-. Digo por lo bajo y sigo con el comentario de la novela.

-Era casi una obviedad que meta entrarle al tinto, con un solo hielo, eso sí, porque dos hielos te maman, como dice siempre el Bebe, nos íbamos a olvidar de devolver el cuerpo del delito a su lugar de origen-. Aseguré en una frase con tono policial para ir acercándome al desenlace de la cuestión.

-Llegó el momento del bendito corte del preciado tesoro matrimonial, con ese cuchillo feo que siempre ponen en esos momentos trascendentales, y saltó la Mecha, o Mercedes del Carmen, como quieran llamarla a esa yegua, y gritó-: “¡Donde esta nuestra torta!” Lo primero que hizo fue mirarlos al Bebe y al Lalo, que son los dos apuntados por todo el pueblo ante cualquier sospecha de algún tipo de macanas. Estos dos se quedaron como perro que voltió la olla, es más, se hicieron los sorprendidos por el asunto.-

-¡Qué bien me sale la cara de nabo cuando quiero eh!- Festeja Lalo.

Yo aprovecho las carcajadas de los presentes para tomarme otro traguito de cerveza, ya un poco más calentita, y prosigo

-Todo el mundo a buscar la torta en medio de la fiesta de casamiento. Nosotros sabíamos que si la encontraban estábamos fritos, rápidamente nos concentramos cerca de la orquesta, que para ese entonces había entrado en el desconcierto general y no pegaba un compás ni por casualidad, y organizamos la desaparición del objeto del delito. Chiflando bajito nos fuimos acercando para la piecita, Martincito agarró el premio tan preciado y se lo pasó al Lalo Fernández por una ventana chiquita, por la que apenas se podía deslizar la torta de bodas, la decoración se desboronó casi por completo. Juntamos del suelo los restos del fondant y Juancito se llevó finalmente la torta para colocarla en el baúl del Falcon 69. ¡Era el auto de la policía! Pero claro si él era el Jefe. Yo me subí a los apurones. Salimos rajando y a la torta la tiramos en la primera quinta que vimos a la salida del pueblo, en verdad se la dimos a los chanchos del ruso Bernadsky, que limpiaron inmediatamente la evidencia.-

-Hay que estar locos!- exclama Eduardito, que sigue sin poder entender nuestro proceder de aquella noche.

-Lo que pasa es que si encontraban esa torta escondida, la Mecha nos iba a apuntar directamente a nosotros, nos echaba indeclinablemente del casorio, y encima yo iba a tener semejante quilombo en la comisaría. ¡Te imaginás! Rompíamos relaciones para siempre. Y el Coco era nuestro amigo. No podíamos quedar como los culpables así porque sí.- Intercede el Loco, haciéndose cargo de la situación.

Un poco más distendido, me toca de nuevo la borra amarga del fondo, y me acerco al desenlace.

-La noche siguió, después de nuestro raid delictivo volvimos adentro a terminar con los restos de postre que quedaban, nos empinamos los vasos brindando por el Coco, y todo terminó como se esperaba… digo lo de la fiesta, ¡porque la Mecha del robo de la torta no se olvidó tan fácil.- redondeo mi comentario como para cederle la posta al Loco, para que él mismo cuente lo acontecido dos días después.

-El lunes, con una calentura de padre y señor nuestro, cayeron por la comisaría la Mecha y su mamá, y ¿quién estaba a cargo de la dependencia policial?- pregunta el Loco, y sin esperar respuesta continúa… -El Sr. Jefe Mayor Juan Reinaldo Rewar, el Loco Rewar, o sea yo.- dice con una risotada.

-Yo me la veía venir- agrega el Loco, y comienza a relatar los acontecimientos de una forma casi actuada, como si estuviera en su lugar de trabajo aquella mañana de lunes

-Que pasa Mecha? le pregunté con voz de milico y sin que se me moviera un pelo-.

-Vengo hacer una denuncia!- Gritó Mercedita.

-Parecía que se le salían los ojos de esa cara redonda y colorada. Y la vieja al lado, firme como rulo de estatua.- Agrega Rewar, todavía un poco asombrado y hasta parece asustado, como si las estuviese viendo.

-Dígame. Le indiqué mientras afinaba la punta del lápiz para tomarle la declaración.-

-Me robaron la torta el sábado en mi fiesta de casamiento, y esto ¡no puede ser! ¡Tienen que aparecer los culpables! No! No! No! ¡Esto no va a quedar así! Estaba más mala que gato en una jaula la Mechita.- dice el Loco gesticulando a más no poder.

-Y vos estabas allí, me dijo la vieja. Yo no sabía dónde meterme, pero me tenía que mantener firme. Seguía serio, aunque por dentro me estaba cagando de risa. Pero intuía que se venía brava. Si esto se investigaba, todos los integrantes de la barra quedábamos pegados, pero además yo corría riesgos de perder el cargo.- exclama Rewar.

-Pero Dios me iluminó y las encaré por un lado que nadie se podía esperar. Entré a hacerles preguntas. Ellas se miraban. Dudaban. Y ahí me di cuenta que estaba empezando a resolver la situación.- asegura el Loco.

-Bueno, a ver, ¿cuánto pesaba la torta? fue mi primera pregunta gambeteando la situación como un win a pleno desborde.

-¡Que se yo! Ponele cinco kilos. Me contesta la Mecha ofuscadísima.

-¿Cuantos huevos llevaba? la interrogo. ¿Nos estas jodiendo? Me repregunta la vieja de la Mecha totalmente salida de las casillas. ¡Pará mamá!, la retó la Mecha, que aunque sea amigo del Coco, es el jefe de la comisaría, compórtate un poco. Ponele doce huevos, que se yo. Me contesta la Mecha. Entonces yo, aprovechando el momento de confusión de ambas, le hago la pregunta crucial… Y… ¿de qué marca era el fondant? Para esto la vieja estaba a punto del desmayo, Mechita perdió la compostura y me gritó ¡Qué sé yo de que marca era! ¿Es necesario ponerlo en la denuncia? me increpó.- remarca el Loco Rewar, mientras nosotros nos revolcamos en el suelo estallando de risa. El Loco, dueño total de la situación, remata su apología:

- En ese momento me levanté de la silla y rompiendo la hoja de papel en la cual estaba redactando la denuncia de Mechita y su mamá, con una voz fuerte y clara, y actitud convencida, les dije: De ésta manera no hay ninguna denuncia, sino hay datos claros, ¡no hay torta, ni denuncia que valgan! Señoras…. caso cerrado, buenos días.-

-Y de esa manera…..¡salvé la ropa!- culmina el Loco, arrancando nuestro más fervoroso aplauso.

Gonzalo Plaza.

EL GOL, EL FACÓN Y LA BIDÚ.

Adalberto Madrid. Por todos conocido como el “cabezón” Madrid.

Jugaba de puntero derecho. Cuando todavía los wines no eran una especie en extinción.

Jugaba por la camiseta. Cuando todavía la gran mayoría jugaba por la camiseta.

La virtud más notable que tenía era su velocidad. Rapidísimo. Capaz de meter treinta o cuarenta piques, a fondo, por partido. Siempre por la derecha. Pegadito a la raya de cal. A veces se la tiraban. Otras veces no. Cuando esto último sucedía, agachaba la cabeza y volvía al trotecito a ocupar su posición.

Pero además de ser muy ligero, el Cabezón dejaba la vida en la cancha. Vestía con orgullo la camiseta del Deportivo.

Debutó en primera cuando estaba por cumplir quince años, le faltaban unos días nomás. Se fue afianzando hasta llegar a ser titular indiscutido durante muchas temporadas. Siempre aportando su entrega, varios goles y mucho sacrificio.

Aquel partido, de visitantes en Villa Gobernador Amit, era muy difícil. En los papeles previos, el Deportivo no tenía muchas chances de ganar. Pero, había que jugarlo. Y lo jugaron. Vaya si lo jugaron. Partido de dientes apretados, pierna fuerte, disputado al mango. No se dieron tregua. Los locales eran superiores, pero los once del Deportivo estaban dispuestos a arruinarles la tarde.

Con el Coco y Panchito viajamos colados en el camión de Vicente, junto con los jugadores. Éramos pendejos, nos habíamos criado juntos, y a los tres nos gustaba mucho el fútbol, así que aquella tarde estábamos firmes junto al Deportivo.

-Vamos a tomar una bidú, no doy más de la sed que tengo- dijo Panchito.

-Pero tenemos que dar toda la vuelta a la cancha, aguantá que faltan veinte- respondió el Coco, abonado permanente a la cultura del mínimo esfuerzo.

-¿Trajeron plata?- pregunté yo como para tantear la situación.

El Coco resignado, sacó un billete de un peso. Panchito un puñado de monedas y yo otro tanto. Contamos las chirolas y confirmamos que nos alcanzaba para un buen refresco. La verdad que el sol estaba matador. Vendría bien una bidú.

-Dale Coco, vamos caminando despacito- lo convencí y arrancamos los tres rumbo a la cantina, que quedaba del otro lado, justo enfrente nuestro.

Cuando íbamos pasando por detrás del arco de ellos, irían treinta minutos del segundo tiempo, con el marcador en blanco, una escapada fenomenal del Cabezón Madrid, por la derecha, ¿por dónde iba a ser?, terminó en un centro magistral, la devolución de un defensor quedó corta, y el propio Madrid, que siguió corriendo, la empalmó en el borde del área y estampó un furibundo remate que se clavó en el ángulo superior izquierdo. Un golazo.

Los tres nos abrazamos, saltando de alegría. No quisimos hacer mucho barullo porque cerca de allí estaban algunos hinchas de la contra y se nos podía armar quilombo.

-¡Grande Cabezón!- Gritó Panchito.

-Shhh, cállate boludo, nos van a matar a palos. Dale, vamos para la cantina- le dije como para calmarlo.

El Cabezón, después de empalmarla siguió su corrida, y cuando se dio cuenta que la pelota entraba, inició un alocado festejo de frente a su parcialidad, que deliraba de alegría. Se quería abrazar con todos, no paraba de correr, con los ojos desorbitados y la boca llena de gol, estirando la o hasta más no poder.

Cometió un solo error, cuando pasó al lado del grandote Marchi, el full back de ellos, uno de los dos hermanos que habían reforzado a Defensores de Villa Gobernador Amit en ese campeonato, interrumpió el grito y por lo bajo, le dijo:

-Sacála con una ficha, grandote pelotudo- y siguió su loca carrera.

El grandote Marchi acusó el golpe. No estaba dispuesto a perdonar semejante cargada. No podía tolerar que el Cabezón, aparte de haberles metido el gol, se les estuviera riendo en la cara. Le hizo una seña a su hermano, que jugaba de nueve. Otro grandote. Y éste, ni lerdo ni perezoso, a la pasada, le tiró un trancazo a Madrid, que lo hizo trastabillar. Ahí se le fueron al humo. Lo agarraron en el suelo y le dieron para que tenga y guarde. Hasta que reaccionaron los jugadores del Deportivo, los grandotes Marchi lo habían desfigurado a patadas.

Cuando llegaron los compañeros de Madrid, los Marchi se hicieron a un lado, el árbitro le apuntó a uno de ellos, al fullback, y lo echó de la cancha.

El Cabezón había quedado tendido en el terreno de juego. Mirando al cielo y con los brazos abiertos. Le sangraba la nariz, tenía un ojo completamente cerrado, partido el labio inferior y acusaba un fuerte dolor en el costado izquierdo. Algunos intentaron tomar represalias contra los grandotes, pero al ver el estado calamitoso en que había quedado el Cabezón, prefirieron atenderlo a él. Entraron el técnico y el masajista. Uno lo agarró de los hombros, el otro de las piernas, y lo trasladaron a un costado del campo. Se acercó un dirigente de Defensores y les ofreció llevarlo al vestuario. Lo sacaron de la cancha y lo iban trasladando. En eso estaban, cuando el grandote Marchi, el que habían echado, pasó junto a ellos y empezó a insultar al Cabezón.

-¡Cargame ahora cagón!. Ahí tenés lo que ganaste.-

El técnico del Deportivo increpó a Marchi.

-¡Dejáte de joder grandote, sos un asesino vos, tomatelás, hijuna gran perra!- le dijo mientras atravesaban la puertita de chapa del vestuario, con el Cabezón chorreando sangre por todos lados.

-¿Qué dijiste?- reaccionó Marchi. –¡Repetimeló y te muelo a palos!- gritaba, mientras los nuestros, a los empujones se habían metido al cuartito que hacía las veces de vestuario.

En ese momento nosotros estábamos llegando a la cantina, que quedaba a la vuelta del vestuario. De frente teníamos la escena. Nos quedamos parados, como petrificados, observando los acontecimientos.

El grandote, totalmente furioso, tomó carrera y le estampó un planchazo a la puertita de chapa que se dobló al medio, parecía que se iba a partir en dos. Suerte que desde adentro se habían aferrado al picaporte y pudieron resistir.

Para esto varios hinchas de Defensores, haciendo causa común con Marchi, se iban aglutinando en la puerta del vestuario.

Adentro, el Cabezón tirado en un banco, el técnico tratando de reanimarlo, y el masajista afirmado a la puertita de chapa que parecía no iba a resistir la presión que ejercían desde afuera. Cada vez que Marchi arremetía y la puerta se doblaba, podíamos ver la cara de espanto del masajista.

En ese momento, don Clemente Argañaraz, simpatizante del Deportivo, se había acercado hasta el sector local, también en busca de la cantina, estaba sereno, a él el fútbol no lo desvelaba demasiado, había venido porque su nieto jugaba en la reserva del Deportivo y le insistió para que lo venga a ver jugar.

Hombre de campo don Clemente. Siempre andaba con el cuchillo a la cintura. Esa tarde había llevado el lujoso, con cabo y vaina de plata labrada, un facón como de medio metro.

Acodado en el mostrador saboreando una caña quemada, Don Clemente escuchó el griterío, apuró el trago, y, sin vacilar, se fue arrimando para la zona del vestuario, en el medio del alboroto. Llegó al lado de la puertita de chapa. Se paró, y con la tranquilidad que lo caracterizaba, empezó a sacar el facón.

Nosotros observábamos el desenlace. Teníamos los ojos como el dos de oros. ¡El facón no terminaba nunca de salir de la vaina! Una vez desenfundado, lo movió, amenazante, como para que lo vieran, y con esa voz finita que tenía, expresó:

-¿Qué está pasando acá?- no precisó decir nada más.

Los desenfrenados hinchas de Defensores se fueron abriendo, el Grandote Marchi, que seguía empecinado con derribar la puertita de chapa, alcanzó a verlo de reojo, primero dudó, pero al observar el tremendo facón que empuñaba Argañaraz, se corrió para atrás.

Don Clemente, aprovechando el desconcierto, se agrandó:

-Acá se terminan los cojudos- dijo –¿O alguno se va a animar?- Preguntó desafiante.

No quedó nadie. De a poco se fue despejando la zona.

Nosotros, todavía inmóviles, nos mirábamos asombrados. Habíamos sido espectadores de lujo de una situación imprevista.

Se acercó una camioneta. Mientras Don Clemente volvía a envainar el facón. Lo cargaron al Cabezón Madrid para llevarlo al hospital. Parecía que había reaccionado. Igual se quejaba de dolor. Después nos enteramos que tenía dos costillas rotas, le tuvieron que dar cuatro puntos en el labio inferior, y cargaron una bolsa de hielo para que se ponga sobre el ojo hinchado.

Escuchamos unos gritos que provenían desde la cancha.

-Terminó el partido. ¡Ganamos!- exclamó Panchito.

Nos volvimos a abrazar. La alegría por el triunfo pudo más que el susto que teníamos por lo que habíamos vivido hacía un ratito.

-Pero…. no tomamos la bidú- dijo el Coco

-Dejá. Vamos a festejar. Después la tomamos cuando lleguemos al Club- le dije y arrancamos corriendo como despavoridos hacia nuestra hinchada, que ya había desatado la algarabía del festejo.

Nos pasó por un costado la camioneta que trasladaba a Adalberto Madrid. Inmediatamente nos sumamos al reconocimiento de la gente del Deportivo:

-¡Cabezón …. Cabezón!

Ricardo Rodriguez.

EL SUEÑO DEL PARACAIDAS.

Una mera anécdota de pueblo chico, cuando van pasando los años, se convierte en leyenda. Algunos descreen, otros confirman. Con el tiempo se duda si realmente pasó lo que se dice. Las personas que van narrando los hechos siempre le agregan algo, un pequeño aporte personal que va convirtiendo al simple acontecimiento doméstico en un relato con mucho de fantasía e imaginación.

Las charlas entre amigos. Las reuniones familiares. Los lugares de trabajo. Todos sitios ideales para la proliferación de historias. Algunas verídicas, otras algo inventadas. Hasta los velorios se han convertido en tierra fértil para la propagación de chismes, habladurías, intrigas y ficciones.

La cita obligada de los viernes, por la noche, era el taller mecánico del tano Razzoti. Lugar de reunión para degustar un buen asado y, por supuesto, ponerse al tanto de todo lo que había pasado y estaba pasando en el Pueblo y alrededores. También se hablaba de fútbol, de automovilismo, por supuesto, porque al Tano le tiraban los fierros. Pero fundamentalmente se recreaba el folclore lugareño. Siempre alguno de los conspicuos invitados traía alguna primicia, y regodeándose, primero se hacía desear un rato, y al final largaba el rollo.

En una oportunidad, comiendo con la barra del taller, estaba el gordo Benavidez. Gordo en serio. Andaba por los ciento cuarenta kilos y eso que estaba de régimen. Aunque mucho no se notaba porque no erraba convite.

Para colmo, aquella noche, le había tocado hacer el churrasco al Pirulo Sevillano, un maestro el Pirulo. Su especialidad era la parrillada completa y había conseguido una de primera, chinchulines, tripa gorda, mollejas, chorizo y morcilla, entraña, riñoncitos. Además, para aquellos que eran medio reacios a las achuras, le había agregado dos pollos, tres tiras de asado, un generoso vacío y hasta un pedazo de matambre de vaca. Un verdadero poema.

De tanto en tanto, los asados servían también para recrear viejas leyendas.

Entre comentarios, discusiones de fútbol, novedades lugareñas y demás yerbas, el asado fue transcurriendo con total normalidad. A los postres, cuando el vino había hecho meya en algunos de los concurrentes, salió a la luz una de las leyendas del Pueblo. Un tema que todos conocían pero nadie podía certificar si era cierto o no.

Aprovechando la presencia de Benavidez, los que estaban sentados cerca del petiso Echenique lo empezaron a persuadir para que le preguntara al Gordo sobre aquel mito pueblerino. El Petiso, el más desinhibido del grupo y con varios vasos de más, tomó coraje y le preguntó:

-Gordo, no te vayas a ofender, pero yo quiero hacerte una averiguación- arrancó, como allanando el camino para desembocar en lo que vendría.

-No te enojes, Gordo, pero…. ¿fue cierto lo del paracaídas?- le preguntó el Petiso ante la carcajada generalizada de todos los presentes.

El Gordo Benavidez, bueno como el pan, se puso un poco colorado, pero apurando el último bocado, y luego de hacer fondo blanco con el vaso de vino tinto, respondió.

-Sí. Para que les voy a mentir. Fue cierto- dijo, y todos se quedaron mirándolo esperando que siga adelante con el relato.

-Es algo que nunca conté, primero cuando todavía era pibe, porque tenía miedo que mi viejo me cagara a palos, y después cuando fueron pasando los años, porque me daba un poco de vergüenza, pero hoy que estamos entre amigos, se los voy a contar.- Agregó Benavidez, mientras los comensales se acomodaban más cerca de él para no perderse detalle.

-Resulta que el Aeroclub había organizado un evento muy importante, creo que festejaban un aniversario o algo así. Vinieron aviones de todos lados. Y junto con los aviones se presentó un espectáculo de paracaidistas. Se imaginan lo que fue eso para el piberío del pueblo. Una barbaridad. La mayoría nunca había visto cosa semejante. ¡Una barbaridad!- Remarca Benavidez, sabiéndose el centro de la reunión.

-Yo era pendejo, tendría once o doce años, y ya era bastante gordito, no tanto como ahora pero tenía mis kilitos de más. Quedé tan maravillado con lo que había visto, que cuando llegué a la quinta donde vivíamos, no podía dejar de pensar en eso. Me empezó a dar vueltas por la cabeza la idea de fabricar mi propio paracaídas. A la otra mañana, aprovechando que mi viejo había salido, me fui al galponcito del fondo y me puse a juntar los elementos necesarios. Un pedazo de lona viejo, algunas sogas, un rollito de alambre dulce, agarré la tenaza y …. ¡manos a la obra!- explica, ante el silencio absoluto de todos los presentes.

-Me costó bastante armarlo, pero lo quería tener listo para el sábado, porque los viejos se iban a visitar a unos parientes y yo me quedaba solo en la quinta todo el día, así que le metí pata y para el viernes a la noche estaba terminado. Me fui a dormir pensando en que al otro día iba a hacer realidad mi sueño.- el Gordo se toma un respiro, aprovecha para entrarle a un pedazo de torta que había traído la mujer del Tano, el dueño del taller, y mientras Echenique le completa el vaso con vino tinto, sigue contando.

-A la otra mañana, temprano, se fueron mis viejos. Yo me levante y empecé a preparar todo. Junté las cosas y me dirigí resueltamente hacia el molino, que iba a servir de plataforma para mi vuelo en paracaídas. Me ajusté las sogas, acomodé la lona, y empecé a subir la escalerita. Una vez arriba, en lo más alto, me asusté un poco, pero después recordé que mi ilusión era repetir lo que habían hecho esos muchachos en el aeroclub, entonces, decidido, me largué.- todos se quedaron mirándolo, las carcajadas del Gordo rompieron el silencio, y él siguió con su relato.

-¿Qué fue lo que pasó? La lona vieja no aguantó mi peso, el paracaídas, por supuesto, no se abrió, así que ¡me vine en banda desde arriba del molino!-

-¿Y no te hiciste nada?- le preguntó el Tano, que estaba parado cerca del fogón.

-¡Me salvé porque caí justo arriba de un almácigo que había hecho el viejo! No se imaginan el pozo que dejé, pero gracias a que la tierra estaba blandita no me hice ni un rasguño. Inmediatamente acomodé todo como estaba, empareje el terreno, guardé las cosas, y borré todas las huellas del delito. Y si no fuera porque un vecino, cercano a la quinta nuestra, estaba mirando de lejos, y vio todo, nunca nadie se hubiera enterado.- confesó el Gordo, certificando que aquella vieja leyenda urbana, era algo que en realidad había sucedido.

-Aunque mi viejo, algo había empezado a sospechar, porque pasaban los días y los cebollines que había plantado no aparecían. Claro, ¿cómo iban a parecer? ¡Si yo los había enterrado como dos metros bajo tierra!- dijo ante las risotadas y los aplausos de la concurrencia.

Ricardo Rodriguez.