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Y ahí estaba. Desnuda, sentada sobre él, mojada de sudor y de ganas.
“Prendé un cigarrillo, amor”.
Era un grito silencioso insistiendo en la urgencia de un goce que se hacía complicado.
“Me excita verte fumar, amor”.
La sentencia eterna de querer provocar algo que uno quisiera evitar.
“Te fantaseo fumando, amor”.
El no poder ceder a la locura como antes, el elegir no exponerse a ciertos retos.
“Me masturbo imaginándote fumar, amor”.
El peso de la cordura.
El dolor de protegerse.
La evitación de lugares demasiado sombríos.
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