Capítulo 10: O.P.I.U.M

Escritor: Caín | Ilustradora: Pauli

25 de diciembre, pasado el mediodía. Tarde de resaca y Vitel Toné. Las calles de Buenos Aires están vacías. Dos veces por año la ciudad se decide a dormir. En un subsuelo de Puerto Madero, una recepcionista atiende el teléfono.

- O.P.I.U.M., buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar?

- Natalia, estoy afuera, dejame pasar que tengo que hablar con el jefe.

- Ah, so vó, Zaldívar. Pasá –contestó Natalia con indisimulable acento rosagasarino.

Zaldívar recorrió las instalaciones hasta finalmente encontrar a Su Magnánima Excelencia. Sir Angus Flannagan, presidente de O.P.I.U.M., Organismo Protector de Ilusiones y Utopías Mundiales, junto a interminables pilas de cartas a Papá Noel que se acumulaban en los pasillos de la clandestina e inmemorial empresa.

- Buenas tardes, Su Divina Gracia –dijo Zaldívar.

- Qué hacé, Zaldívar. Contame las novedades.

- El incidente de Rafaela fue solucionado, señor. Nos ocupamos del cadáver y conseguimos Papá Noel para el año que viene.

- Buenísimo. ¿Y los tres boludones de Río Cuarto?

- Con ellos no hubo caso. Siguen creyendo.

- ¿Pero no les metieron en sueños la data de que Papá Noel son los padres?

- Sí, pero se metió la loca de la prima de la recepcionista que los hizo ir a Rosario para que recuperen la fe…

- Uhh, ¿otra vez la Bibi?

- Sí, esa, Su Altísima Delgadez, y después el más boludo de todos se mamó con ferné y se creyó que Papá Noel era el caniche. Además el viejo que contratamos para la Región Sudamérica ayudó en eso también.

- Bien muerto está, entonces. Zaldívar, ¿vos entendés la importancia de que los adultos sepan que Papá Noel es una ilusión?

- No del todo, Su Real Señoria.

- O.P.I.U.M. existe hace cientos de años. Esta empresa trabaja en todo el mundo y se ocupa de mantener a los pueblos contentos y contenidos. Fijate lo que pasa cuando las cosas se van de las manos, como en el 2001. La gente necesita creer en algo, ¿sabés, Zaldívar? Así funciona el capitalismo. Al monitorear y manipular los pensamientos de la gente, nosotros logramos que siga viva la ilusión. Como con los nenes de Monte Caseros, que no querían decir qué regalo querían y por eso tuvimos que meterle en la cabeza a los abuelos qué tenían que comprarles. Pero cuando crecen, es necesario que se enteren para mantener la maquinaria funcionando. De ahí que Pedro, Superman y la Pantera Rosa sepan la verdad. Sino les termina pasando como a la dibujante de Tigre que en 34 años jamás recibió un regalo por que sus padres no sabían que ellos eran Papá Noel. La pobre mina se pensaba que el gordo no le llevaba regalos porque se portaba mal y ella era más buena que la nena de Samsara.

- ¿Pero entonces cuál es el sentido de contratar Papás Noeles regionales, Su Graciosa Hidalguía?

- Hacer que se dejen ver cada tanto, por supuesto, y arreglar cositas menores, como el sorteo del viaje a Mar del Plata para Rosa de Lanús. Esa mujer es el fiel exponente del espíritu que queremos mantener. Se merecía un milagrito. ¿Algún otro reporte, Zaldívar?

- Se escaparon dos lobos del Zoológico de Rawson, señor.

- ¿Y eso qué tiene que ver con el Operativo de Navidad?

- Parecería que no mucho, pero resulta que la loba salió primero y unos chicos que preparaban el asado de Nochebuena la ataron en el patio de su casa. Al rato el lobo se fue atrás de ella, la encontró y a mordiscones cortó la cuerda. Después huyeron los dos hacia las montañas.

- ¿Y?

- Nada, me pareció interesante para compartirlo, nomás.

- Mirá, Zaldívar. Hace 1658 años que nos encargamos que se festeje la navidad. Para eso hicimos que la mayor parte del mundo adopte la fecha del 25 de diciembre, que nos venía bárbaro porque era una semana antes del Año Nuevo. Cuando se forjó el sistema capitalista, mezclamos las leyendas de Saturno, San Nicolás de Bari, Sinterklaas y no sé cuántas más para darle forma a Papá Noel. Financiamos la campaña que Coca Cola le encargó en 1931 a Habdon Sundblom. Tenemos una logística que jamás nadie pudo igualar. ¿Y vos me venís a hablar de lobos fugitivos?

- Perdón, Su Omnipresente Sabiduría.

- Todo bien, Zaldívar. Vení que te tengo que dar algo.

Zaldívar y Sir Angus Flannagan caminaron por los pasillos hasta llegar al despacho del presidente. Una vez allí, Sir Angus tomó un paquete envuelto para regalo que había en el suelo y se lo dio a su empleado.

- Tomá. Feliz Navidad.

Zaldívar lo abrió. En su interior había una cárcel del oeste de los años ’50. Zaldívar de niño había logrado reunir casi toda la colección de juguetes del oeste. Sólo le faltaba esta pieza.

- Señor… pensé que ya no la conseguiría…

- Nunca dejes de tener fe, Zaldívar. En definitiva, todo es cuestión de fe.

¡Felíz Navidad!

¡Jo, jo, jo!

Capítulo 9: Media hora y estamos

Capítulo 9: Media hora y estamos

Escritora: Betina | Ilustrador: Marce

El espíritu de la Navidad se extendía como un manto sobre el planeta. En la Argentina, desde Monte Caseros hasta Rawson, los sapos y los niños, los borrachos y los músicos ciegos, las amas de casa y los perros, todos, se dejaban llevar por el ánimo festivo.

Mientras, en algún lugar del universo, rodeado por sus majestuosos renos, expectante, estaba el.

Harto. Recontrarrepodrido. Con las partes pudendas como dos globos aerostáticos. Así estaba Papa Noel. Esta Navidad venía complicada. La crisis mundial no era el problema. El mundo y el tenían sobrada experiencia en el tema.

Pero, inútil negarlo, había ciertos puntos conflictivos. Como para mencionar algunos: el trineo incomodo, la barba calurosa, los nenes caprichosos, la vejez. Y la Argentina, que encabezaba la lista de países complicados. Por razones locales nos vamos a concentrar en esto último.

Porque como si no alcanzaran los 39 grados de calor a la sombra que hacían en ese bendito país, y el en traje con botas, había muchísimas cuestiones que requerían atención. Y concentración.

No estamos hablando de nimiedades que a Papá Noel no le importan nada, como la política por ejemplo. Hablamos de otro tipo de cosas. Por el país más al sur había tenido que abandonar antes sus vacaciones. Se puso los lentes, hizo listas y designó prioridades. Y tanto pedido de todos lados. Y el trineo que de tan viejo en cualquier momento lo deja de a pie pero en el aire.

Faltaba poco para las 12. Y bueno, cada uno es lo que es y se lleva puesto. Así que a pesar de todo, como un viejo actor de teatro, siempre volvía a sentir cosquillas antes de salir a cumplir con la repartija.

Repasó en voz alta y apuró el paso. Lo único que faltaba era que además de dudar de su existencia se lo tildara de impuntual. Había que andar con un cuidado…

Estaba decidido, entre otras cosas, a dejar los regalos para Bautista y Paloma en lo de los abuelos. Los gansos de los padres, metidos, habían comprado cualquier cosa.

Meter mano en la rifa de la Sociedad de Fomento de Lanús. Ya se iba a ganar Rosa el pasaje a La Feliz. Y con estadía, porque el tipo estaba medio podrido pero amarrete no era.

Cambiarle la armónica a Tortuga. Total como era ciego… bueno, la verdad es que cuenta se iba a dar. Pero tan bien sonaba la nueva que le devolvía la esperanza al más argento.

Abrirle la jaula al lobo. Y pedirles a los sapos sincretistas que cantaran. La libertad con banda sonora es mejor.

Ponerle las ruedas al tren de la alegría para que, si sobrevivían al sofocón de los disfraces, Pedro Pablo y Sebastián salieran a buscar a Yosho, no lo encontraran y creyeran (El fernet como hábito te hace creer en cualquier cosa) que era Papá Noel, ergo, Papa Noel existía. Nota mental: Encerrar al perro tres días para alimentar el mito. Y esos tres días alimentar al perro porque sino…

Al final, entregar regalos era fácil. Lo complejo (y emocionante, tampoco se iba a hacer el superado) era todo el resto. Por si fuera poco, ya sabía el que una vez concluido el espectáculo alguien le iba a pegar un tiro. No es fácil asumir que las cosas buenas existen, hay quienes sólo pueden compartir el mundo con las malas. Y bueno, también hay gente a la que no le gusta el chocolate. Tenemos de todo.

Lo cierto es que a Papa Noel, como a los sueños, se los mata a diario. Pero no sería Papa Noel, ni serían sueños, si fueran tan fáciles de matar. Así que no dramaticemos.

Los asesinos eran justamente los que no creían en el. No se dan cuenta de la incoherencia?. No se mata lo que no existe, y se reía. Jojojo reflexivo.

Entendía entonces Noel que moría dentro de un rato. Y si bien no era ni agradable ni placentero (Se pegaba unos golpes contra el piso, manga de desconsiderados) lo asumía y sabía que, se levantaría y otra vez a sus vacaciones hasta la próxima navidad. Hasta la próxima muerte.

Eran 23.30 y de la plaza y la bala infructuosa nadie se iba a enterar. Eso era después y no importaba. No era la primera vez. Y qué?

Faltaba media hora para la Navidad. Y este viejo descarga la carga del enojo que le pesa como un mundo, se pone en los hombros la Fe de los que creen y en el trineo los regalos. En su alma resucita, como el Jesús de tantos, la Navidad que nace por su propio significado.

Agarra una birome para ir tachando lo hecho, una botella de agua por si le da sed, y sale a surcar el cielo. Queda media hora. Lo mejor, como siempre, todavía está por venir.

Capítulo 8: ¡Ojo! Que con Papá Noel no te metan el perro
Capítulo 10: O.P.I.U.M

Capítulo 8: ¡Ojo! Que con Papá Noel no te metan el perro

Escritor: Daniel Kaimanta | Ilustrador: Manuel Abal

Cuando la terrible realidad le pega en lo más hondo de su ser, Pedro realiza su mítica pero siempre eficaz rutina: enfila para el bar.

Volvió a dedo desde Rosario mas confundido que antes. Entró al bar con su perro Yosho. Un caniche toy, que es lo único que le quedó de su ex que se fue tras los pasos de Valdemar Benito Aute, mediocre cantor de tangos que como única virtud, mostraba que no podía dejar de hacer el amor cuando llovía. Hoy viven en Monte Waialeale.

- ¿Qué ye va a yervir el shiñiorr?

- Un ferné, gallego.

- Ashhturiano juder! O acashho tu ¿eresh currentino?

- Bueh, dale varón. Traé el ferné y dejá la botella.

Ya se había bajado la mitad cuando le contaba a Yosho sus penurias.

- ¿Te imaginás que Papá Noel no exista? ¡Seria como Córdoba sin pepeerina! Como…- No pudo terminar la frase sin entrar en un llanto desolador.

- ¡¿Quién, sino él, me trajo en el ´73 El Cerebro Mágico?! Y ¡¿en el ´75, el Scalextric?! ¡¿Y en el ´78 el disco de Queen, Play the Game?! En Navidad viajamos a Buenos Aires con los viejos y parábamos en Pompeya. Se juntaban como 20 familias en el pasaje Juez Magnaud y la joda empezaba ¡desde el 24 hasta el 2 de Enero! Asado, Pulpo a la Gallega, cientos de litro de cerveza, vino, cartas y la infaltable ensalada de fruta.

Yo me bailaba todo con las viejas: pasodoble, cumbia; sabia todos los pasos de Travolta; el Baile de la Escoba, y después se disfrazaban. Oscar hacia del violinista manco que cuando saludaba metía la mano dentro del pantalón y con un dedo saliendo por la bragueta, agarraba el arco del violín, y todos se mataban de risa. Se hacia el trencito y se metían por las casas de los vecinos y todo era una fiesta. Y al volver… si, ahí estaban los regalos que dejaba Papa Noel.

¿Quien otro? ¿Sino quien se tomaba el vaso de leche y comía las galletitas? ¡Eh!

Y en la navidad del ´82, ¿quien me concedió “verle la cara a Dio´ con la Mirna esa madrugada del 25? ¿¡Eh!? Eso no te lo dan los padres… ¡hacia dos años que se lo venia pidiendo!

- Güeno Pedro, no tené que ponerte así, culeau.

No le sorprendió tanto que Yosho hablara, como que tomara el último vaso de su Fernet.

- Hay cosas más terribles. Le dijo Yosho, mientras se rascaba la oreja.

- ¿Pero vos qué sabes? Si sólo sos un perro malcriado.

- ¿Estas seguro que solo soy un perro?

Y sus ojos no podían creer lo que veía. Yosho se calzó un gorro, un sacón y pantalón rojo; se ajustó su cinturón y sin más le dio lápiz y papel a Pedro.

- ¿Ya escribiste la carta? Apurate que tengo el trineo mal estacionado y no tengo monedas para el parquímetro. Encima con la crisis no pude cambiarlo. Porque yo siempre lo cambio a fines de noviembre ¿viste?, pero este año se me complicó todo. Para los de Guolestri que me piden un milagro en Navidad, ¡minga! Dale escribí; que ya tengo:

- patines
- colectivo
- pantalón
- MP4
- remera
- espuma de afeitar
- calzones rosa
- sonrisas
- besos
- abrazos

- Y vos, ¿qué vas a pedir?

- Pero, ¿vos sos Papá Noel?

- !No si vua a ser el novio de Lassie! Pero no ves que la Navidad está en todos aquellos que amamos y se ilumina en el otro. Dale Pedro, apuráte, ¿Pedro?, ¡Pedro!…

- ¡Pedro! ¡Pedro! ¡Dale despertate varón que ya va a ser navidá!

Sebastian zamarreaba a Pedro y este apenas si se podía parar.

- ¡Lo vi! – Les dijo Pedro a sus amigos con los ojos mas desorbitados que Maradona gritando el gol a Grecia.

- ¿A quien viste negro?

- A Papá Noel. Es él- Y señaló a Yosho, mientras este se lamia sus partes indiferente.

Pablo y Sebastian lo miraron extrañados.

- Dejate´joder, tas en pedo.

- No dejame, tengo que escribir la carta.

- ¿Pero no era que el gordo no´esitía? Acoto Pablo mientras manoteaba una papa frita.

- ¿Y si en verdá esite? ¿Vo tene pruebas que no esita? ¿Por que no voy a intentar recuperar la ilusión que perdí?

Y salieron corriendo del bar hacia el correo como atleta olímpico, sin importarles nada.

Cuando nadie le prestaba atención, y como todos los 24 de Diciembre, Yosho entraba al baño del bar y no se lo veía hasta tres días después; cuando reaparecía sentado en el tablón de algún vecino.

El violinista manco seguía tocando y el trencito y las piruetas de Superman no paraban. Ya les dije, la fiesta continua hasta el 2 de Enero…

Capítulo 7: El misterio navideño
Capítulo 9: Media hora y estamos

Capítulo 7: El misterio navideño

Escritor: Johny Lima | Ilustrador: Paio

República Popular de Rafaela, diez minutos después de la Navidad

Un cielo oscuro, salpicado de diamantes, las copas de los árboles de la Plaza 25 de Mayo, la Estatua del Señor San Martín Apuntando, las calles desiertas. Un silencio de Navidad cumpliéndose, apenas quebrado por el sonido lejano de cohetes, cohetes de rojos y violetas, de vueltas, de vamos y venimos en los aires, bailando su danza cumbiera; y la existencia del mundo, ajena al grupo de personas ahí en la plaza.

El chico guardó el revólver en la cartuchera, todavía sin poder creer lo que había pasado. Era imposible, no tenía sentido. ¿Cómo podía haber hecho eso?

Superman y la Pantera Rosa y Pedro miraban, sin poder entender lo que había pasado. Paloma y Baustista, con sus patines y sus colectivos verdes, miraban llorando. Los dos pistoleros enfrentados, y el Enemigo de la Navidad, ese hombre de negro, tan flaco que necesitaba pasar dos veces para dibujar una sombra, cayendo por el disparo.

La familia, que había abandonado su Navidad, su Lanús, por las señales, traídas por tres Reyes Vagos, cordobeses más que Monas y Potros… Y el Tortuga, misterioso Señor de las Visiones, acompañado de su loba lazarilla.

Todos ahí. Ninguno ahí. Presentes y al mismo tiempo en otro lado, tratando de entender. ¿Por qué a ellos, por qué esa Navidad, esa Navidad como un parto, de un dolor nuevo, de unos nervios, de una sombra que nunca habían sentido? Tampoco entendían al pibe, ¿cómo podía estar parado enfrente del viejo y no sentir nada, no asombrarse, no temblar?

Zarpado, pensaba, separado por kilómetros de los otros, porque las distancias las inventó la Humanidad, y las inventó con el corazón. Y su corazón estaba muy lejos de los otros, esos otros que no entienden que hice lo que tenía que hacer… Fue él, el que batió cualquiera, yo hice la mía.

Este pibe está loco…

¿Mamá, por qué hizo eso el señor?

No quiero mi camión si es por eso…

Nunca pensé que las señales trataban de mostrarme esto…

Afirmando la gorra, se acercó al viejo, que yacía, ahí cerquita, mientras la vida adentro iba bajando el volumen de a poquito. El ojo de vidrio, de a poco se moría y el chico no sabía cómo evitarlo. Llegó hasta al lado del hombre, se agachó, ignorante de los quejidos del jean, para preguntarle, por qué lo había hecho. Había otra salida, supongo. Obviamente, pero era parte del plan, siempre lo fue. No entiendo. Y hacés bien, no se trata de entender, pibe, no se trata de entender.

El viejo alzó las manos ensangrentadas y le acarició la cara, que fue maquillando de rojo. Desde el principio, las dudas, las palabras en la Ciudad de Córdoba, todo había sido orquestado para llegar a esa noche. Inclusivo los últimos eventos, los de esa Nochebuena fatídica, iban saliendo tal y como la adivina Circe lo había predicho. No se trata de entender, le dijo, se trata de sentir. Y ahora ellos, ellos allá, están sintiendo. Pero sienten miedo, sienten duda, no saben lo que está pasando. Ya van a ver…

¡Ahh, a propósito! Fuiste un buen chico, dijo el viejo de negro, y sacó de abajo de la túnica que se fundía con la noche, un revólver. Un revólver como el chico nunca había visto antes.

De a poquito, los cables, que le hacían cortocircuito, se le fueron acomodando, y todo eso que había creído hasta ese momento, agarro una pinta nueva, la pinta definitiva.

Estamos señores en la República Popular de Rafaela, siendo las cero horas, con quince minutos. Papá Noel, sí, aquel del que todos dudaban su existencia, yace, en “Mute” la vida, sobre el césped de la Plaza Central. Y un chico llovizna, sufre la pérdida del hombre de negro, mientras allá, un hombre sin una pierna, los Reyes Vagos, dos chiquitos con padres y regalos, una familia completa de Lanús y una loba lazarilla no lo pueden creer.

Papá Noel essiste. Essiste y acaba de morir enfrente de ellos.

De repente, una luz brota del ojo de vidrio. Qué carajo, piensan todos, pero a la estrella que brilla, la luz de Galadriel en versión navideña, poco le importan disquicisiones humanas, mundanas. La vida vuelve a subir el volúmen del hombre. Un millón de fantasmas rojos, azules, verdes y de otras yerbas baja desde el cielo, en trineos, cohetes, estrellas y hasta escobas, vehículos para todas las culturas. Se fusionan los mil Noeles, Santa Clauses, Nicolases, y demás etcéteras.

Al final, el hombre de negro se levanta, se levanta de blanco, y se aleja, en silencio, en dirección al horizonte, al horizonte señalado por San Martín.

Todos ahí. Ninguno ahí. Presentes y al mismo tiempo en otro lado, tratando de entender.

Pero no se trata de entender…

Capítulo 6: ¿Será una señal?
Capítulo 8: ¡Ojo! Que con Papá Noel no te metan el perro

Capítulo 6: ¿Será una señal?

Escritora: Bibi | Ilustradora: Digitana

Los milagros se seguían sucediendo aquí y allá como si nadie se diera cuenta de que en un lugar de la ciudad de Córdoba tres amigos se hallaban presos de la más terrible de las dudas convirtiendo en un infierno sus alegres vidas.

Cada vez que Pedro tomaba el papel para escribir su tan ansiada misiva, la lapicera temblaba entre sus dedos y terminaba cayendo indefectiblemente al piso. Pero dos días antes de la Nochebuena, con el corazón hecho trizas, tomó la gran decisión de su vida… enfrentar la verdad.

Después de unos cuantos llamados telefónicos a sus fieles amigos, los tres decidieron subirse al Tren de la Fantasía y no parar hasta encontrar una respuesta.

La primera parada fue en el Patio Olmos. El shopping parecía una jauría humana en busca de cualquier cosa que se pudiera envolver con papel brillante y moño plateado. Debían separarse porque no quedaba mucho tiempo. Pedro corrió por las escaleras mecánicas hasta la sección niños y lo vio. Casi olvidando su cometido se queda parado en la cola para la fotos, pero el bostezo del hombre vestido de rojo lo hizo reaccionar y de un salto se abalanzó contra el trono de pino pintado y en un heroico gesto tiró con fuerza de la barba blanca hasta despertar al gordinflón aletargado de su quíntuple sueño del día. Las cajas cayeron, los niños comenzaron a llorar, las madres corrieron aterrorizadas por los pasillos y el guardia de seguridad lo agarró del cuello y lo hizo volar hacia el medio de la calle.

Pablo y Sebastián no corrieron mejor suerte, pero al menos lograron despojar al flacucho de la esquina de su mentirosa panza de algodones. Muy por el contrario la primera trastabilladla no hizo mas que llenarlos de fuerza. Ya no eran los mismos. La ciudad de Córdoba entera les estaría agradecida por siempre. Ellos ya no descansarían hasta desenmascarar a quienes intentaran asesinar las ilusiones.

Fue después de cascotear el árbol gigante dejando la ciudad a oscuras, cuando la Pantera Rosa se acordó de un blog que había leído en Clarín una vez y les dijo:

—Amigos, nuestro próximo destino es la ciudad de Rosario. Me dijeron que hay una mina que se la pasa buscando señales por todos lados y….

—¿Rosario? ¿Tenemos que ir hasta allá?— interrumpió Pedro exhausto.

—¿Quieren o no saber si papa Noel esisste? Después de todo, Fito dijo que Rosario siempre estuvo cerca ¡Yo manejo!— Y acomodando su cola rosa en el asiento agarró el volante rumbo a la ciudad de los negros eternos.

Estacionaron el tren de la Fantasía frente al Monumento a la Bandera justo en el momento en el que el Maestro Larguía terminaba de emocionar a la multitud con sus villancicos. Esperaron. Si había una señal, no estaría lejos. Aunque la data decía que a la mujer en cuestión se la había visto por última vez caminando por Pichincha como la ultima reencarnación de la Galifi, tuvieron miedo de que las francesitas del Madame Safó los entretuvieran por demasiado tiempo en la calesita. Así que pororó en mano, decidieron subirse al Barco Ciudad de Rosario, atrapado también con lucecitas de colores y turistas acalorados por el espíritu navideño.

Las señales no se hicieron esperar. A ella siempre le gustó el río y cuando escucharon su voz desde la cubierta supieron quien era.

—Los estaba esperando— les dijo pausadamente.

El cielo se iluminó de golpe. No se supo bien si era la luna o el sol o el eclipse o la lluvia, pero ellos escucharon la música y se sintieron por primera vez parte de ese universo que lograba sin tiempo y sin espacio unir a cada uno de los seres que lo habitan. Gordinflones, palomos mensajeros, caritas sucias y lustradas, cenas compartidas, sapos cantarines, hechizos eternos, abrazos amarillos, blancos, negros, una sola estrella fugaz y mucho Rock and roll.

—Esssiste ¿y qué?— dijo ella antes de desaparecer —No busquen más que dentro de ustedes mismos…—

Sin hablar volvieron a buscar el tren suspirando y mirando el cielo. Tan extasiados estaban que tardaron varias horas en darse cuenta que en lugar de las cubiertas, que ya no estaban, había una nota prolijamente escrita que decía: “Gracias, me hacían falta para el trineo ¡Feliz navidad! Ho! Ho! Ho!”.

Los tres amigos se miraron y al unísono dijeron: “Uiaaaaaaaaa. ¿Será una señal? ¿Y ahora como volvemos?”

Capítulo 5: La otra mirada
Capítulo 7: El misterio navideño

Capítulo 5: La otra mirada

Escritora: Lils | Ilustrador: Majofa

Los protagonistas de las fábulas tienen otra perspectiva de las cuestiones humanas, es por eso que Fernando, el palomo mensajero que estaba desocupado debido al progreso en las comunicaciones y aprovechaba para recorrer el país saludando a los amigos, observaba los sucesos con otra mirada.

Al pasar por Córdoba, supo que los tres jóvenes que compartían una mesa en el restauran, más que matar una ilusión habían roto un código, en cambio esos dos chicos de Monte Caseros lo habían respetado a ultranza, al igual que Rosa que, transpirando la gota gorda en Lanús, obedecía a tal punto los mandatos sociales que se obligaba a quedarse en casa en lugar de ir a descansar a la Feliz. como hubiera deseado.

Cuando pasó rápidamente por Isidro Casanova donde el Tortuga tocaba ese tema con su armónica, Fernando exclamó “¡¡¡no soporto el rap!!!” se calzó los auriculares del iPod y enfiló a toda velocidad para el sur escuchando a la negra Sosa.

Su recorrida finalizaba en Chubut, donde saludaría a sus amigos del zoológico de Rawson.

Encontró una onda muy festiva. Todos los años en la semana de navidad se organizaba una velada de gala con la actuación estelar de los Sapos Cantores. El musical, con la participación de las Ranas Bailarinas, relataba el nacimiento de Joshua ben Joseph, popularmente conocido como Jesús. Esta tradición oral se había mantenido a través de los siglos con rigurosa fidelidad, según decían los organizadores.

Es sabido que a veces las historias sufren alteraciones según va pasando de relator a receptor, o son tergiversadas adrede con fines un tanto oscuros. Los sapos aseguraban que esta obra representaba el verdadero mensaje del Maestro.

Entre los habitantes del zoo había una parejita de lobos recién llegada que presenciaba los preparativos con curiosidad. Maika y Zack, que así se llamaban, permanecían en su cubil y no se les permitía salir ni siquiera esa noche de fiesta. Los lobos cargan con una oscura fama.

Desde su llegada Maika se había encerrado en el mutismo. Hacía poco que la habían capturado y su espíritu aventurero no soportaba el cautiverio.

- Aprovechemos esta noche que todos van a estar distraídos- dijo de pronto Maika- escapémonos.

- ¿Estás loca? ¿Escaparnos? Acá estamos seguros, tenemos techo y comida, no nos faltan amigos y nuestros futuros cachorros tendrán una educación formal -argumentaba Zack- además estamos encerrados ¿Cómo pensás salir?

Maika lo llevó hasta un rincón de la jaula donde había un hueco por debajo de la cerca.

- ¿Ves? Este hueco siempre ha estado ahí, es una señal. Detrás de esta cerca, está la libertad, está la vida. Es cuestión de dar el primer paso.

Maika esperó que empezara la velada y salió por el hueco, dejando a su compañero triste y paralizado por el temor.

Anduvo sigilosamente con paso de loba por los senderos del zoo, respiró profundo el aire de la noche sintiéndose inmensamente feliz. Cuando se iba alejando escuchó que los sapos contaban algo sobre el amor.

Nadie la detuvo en su camino hacia la ciudad. Antes de internarse en las montañas cercanas, había planeado conocer a los hombres, había oído hablar de las costumbres navideñas de los humanos y deseaba conocerlas. No tuvo en cuenta que su presencia en la ciudad despertaría temor o curiosidad.

Un grupo de chicos la descubrieron y como estaba hambrienta y cansada se dejó llevar hasta la casa de uno de ellos, donde la encerraron en el patio. Su sorpresa fue enorme cuando se encontró con un sapo y dos sapitas que cantaban debajo de un árbol, según le dijeron eran los Sapos Cantores Luteranos y recorrían el poblado contando la verdad sobre el nacimiento de un hombre extraordinario hacía dos mil años. Por cierto, lo que pudo escuchar de la historia era sutilmente diferente a la de los sapos del zoo.

Lo que Maika ignoraba, era que había infinitas versiones de la misma obra, aunque todos los sapos decían que la suya era la verdadera. Y si hubiera podido ir más allá del mundo cristiano, se encontraría con los Sapos Hebreos los Sapos Budistas y los Musulmanes representando sus tradiciones, tan disímiles y tan idénticas en algún punto.

Rodeada de los chicos que venían a ofrecerle comida y cariño, Maika sintió que solo el amor que le prodigaban esos cachorros de hombre hacía que el cautiverio pareciera menos penoso y comprendió la tendencia de los humanos a crear ataduras en nombre del amor, transformándolo en posesión. Ella sabía que sin libertad el amor es incapaz de florecer.

Algunas tradiciones no hacían más que reforzar esa idea de amor condicionado.

Y aunque el hueco debajo de la cerca siempre había estado allí, solo algunos podían verlo. Estaba segura que el día en que muchos se animaran a saltar del otro lado de la reja, toda la humanidad podría tener una Feliz Navidad todos los días del año.

Capítulo 4: La melodía de Tortuga
Capítulo 6: ¿Será una señal?

Capítulo 4: La melodía de Tortuga

Escritor: SEBASjefe | Ilustrador: Comiq

Un hombre solo tocando su armónica observa desde una esquina de Isidro Casanova, como la gente camina apurada sin ver que un nene llora.

Observa como la mayoría camina pensando en sus cosas y nadie destina un instante en dar lo mejor de uno, madres, padres, hijos, todos en su mundo.

El hombre toca su música y desde ahí siente a esos Ángeles, cerca, tomando a sus padres de la mano. Quieren ayudar al nene que llora que está sin su mamá y su papá. Tratan con sus miradas de darle la paz que por un ratito perdió.

Luis, el doctor, observa, deja de hablar con el celu y se detiene, acaricia la cabeza de ese pequeño…

- ¿Cómo te llamás?, – Mariano, dice llorando y Luis le da un chupetín que saca de su bolsillo.

Mucha gente pasa y él observa que entre tantos solo uno se paró ante el llanto de ese Ángel.

Tortuga, así le dicen al hombre de la armónica, cuenta las monedas que le dejaron en su tachito y piensa de que maneras diferentes la gente festeja la navidad, pero todos olvidan desde su lugar que la común-unión, el hecho de “celebrar el nacimiento de Jesús”, es mas que una carretilla llena de regalos.

No quiere más monedas, está cansado… sólo quiere tocar “Jingle Bell Rock” mientras espera que Mariano con la ayuda del doctor encuentre a su familia.

Desesperada dentro de la multitud se ve a una mujer que, llena de regalos, busca a su hijo. Al verlo los suelta y abraza a su Rey, le da calma, se da cuenta que lo que había perdido por un instante es mas importante que todo el dinero que había gastado.

“Dejen que los chicos vengan a mi” dice el flaco. Tortuga ríe: ¡flaco, si supieras que hoy en día la mayoría lo dice de la boca para afuera, y no como vos lo decías hace dos mil años atrás!, piensa.

Una navidad más que llega en donde la mayoría se junta a aparentar y no a valorar las pequeñas grandes cosas de cada día. Tortuga sin su pierna, sin su familia, sin su techo solo observa y recuerda los días en que su papá le enseñó en su Barrio Alberdi natal que la base está en eso que de a poco y en cada navidad se va perdiendo: el amor al prójimo.

Una moneda más para Tortuga, abatido por la indiferencia sólo mira y sabe que la navidad 2008 pasará… el hambre, la soledad, la indiferencia, no.

Solo y mirando al cielo sigue tocando su melodía pidiendo una limosna de cariño para que en esta Navidad nazca en cada corazón las ganas de avanzar, siempre pensando en el bienestar del prójimo para poder regalar sonrisas, besos, abrazos… esos regalos que sólo los dicta el corazón… ¿se podrá?

La mayoría de la gente sigue girando en su mundo ignorando la melodía. Sin ganas de querer abrir el corazón, de dejar de aparentar, de seguir comprando lo que los pesos no pueden comprar. La mayoría sigue en su mundo sin mirar a su alrededor.

Mariano se va sin lágrimas con mamá, el Doctor a su casa y Tortuga ahí estará en esa esquina hasta que el flaco diga lo contrario. Y se pregunta: ¿alguien se acuerda quién cumple años el 25?

Mientras en Casanova, Brisa, Mariano, Abril, Delfina, Kevin, Martín y tantos otros chicos y grandes hacen su cartita como en Monte Caseros Paloma y Bautista, y siguen creyendo lo que Pedro también cree.

Capítulo 3: El espíritu de la Navidad sigue girando
Capítulo 5: La otra mirada

Capítulo 3: El espíritu de la Navidad sigue girando

Escritora: Amy | Ilustradora: Denisealphabet

En ciudad de Córdoba, Pedro se desilusiona porque Papá Noel no existe. Pablo y Sebastián, parece que ya se habían enterado ¡Semejantes grandulones! No sabían que ese rol lo desempeñan los papás, o las personas de buena voluntad, para que el espíritu navideño siga girando en el mundo. Ellos trabajan en el Tren de la Fantasía disfrazados de Superman y la Pantera Rosa, que también crean ilusión en los niños ¿Y…qué? El muerto se asusta del degollado!

En Monte Caseros, Corrientes, Paloma y Bautista parece que la tienen más clara. Le pidieron en secreto sus regalos al Niño Jesús, él se encargará que los padres, en su nombre, los entreguen.

En Lanús, Gran Buenos Aires, Rosa se prepara con muchos bríos para recibir la Navidad. El 8 de diciembre, porque trae suerte, armó el árbol; uno nuevito, porque el otro estaba muy cachuzo y lo colocó en el canasto de la basura. Al ratito nomás no estaba, se ve que para otros no estaba tan cachuzo. “Seguro que lo agarraron los de enfrente, son unos cirujas”, pensó.

A su árbol nuevo le puso adornos dorados y azules, dicen que trae suerte ¡Quedó lindo! ¡Pero con look boquense! “Me van a cargar, de puro envidiosos que son, porque saben muy bien que yo soy del Grana”.

Los regalos ya los tenía comprados. A Vanina, un pantalón de marca, caro, como a ella le gusta. Para Leandro, un MP4 que le habían prometido para su cumple. Para Luis, el marido, una remera de algodón con bolsillo “¡Siempre las quiere con bolsillo! ¡Me costó pero la conseguí! Entré a recorrer la 9 de Julio desde la Estación, y cerca del Club la encontré”

Para el resto de las mujeres, bombachas rosa. Se dice que es de buen augurio estrenar bombachas rosa en Nochebuena, nunca se supo por qué. Para todas, ¡calzones rosa y listo! Para los hombres espuma de afeitar, aunque se olvidó que el tío Miguel usa barba “¡Má sí…! ¡Que la use para limpiar el auto!”
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Envolvió todo en papeles brillantes con moñitos rojos y los colocó en un canasto al pie del árbol. ”Mucho no me rompí con los regalos, pero me acordé de todos”. Armó el pesebre con Niño y todo “porque el 24 a las doce me olvido de ponerlo y el pesebre sin Niño, queda mal” y adornó el frente de la casa con guirnaldas multicolores, como se estila en la zona “No vamos a ser menos”

Después se fue al super de los chinos y compró de todo: lechón, vithel, frutas secas, turrones, pan dulce. “Si faltan no es Navidad”. Compró las bebidas, no se olvidó ni siquiera del champán extra brut para la tía Isabel “¡Vieja finolis! ¡Otra cosa no toma, no sé de qué se las da!”

Compró alimentos para un batallón “Más vale que sobre, no que falte. Igual siempre critican, que falta sal, que sobra picante, que el budín salió tostado.” Repasó la lista de invitados: el tío Adolfo, que cuando toma demás se pone re pesado; la abuela, que ni bien comió se quiere ir a su casa porque le molesta el ruido; y la cuñada con los chicos, ella con esa cara de amargada y los niños que rompen todo,”Claro, no es su casa”.

Pero es Navidad: “siempre nos reunimos acá con la excusa de que la casa es grande”. Rosa se sentó en un sillón a contemplar a su alrededor. Todo relucía, todo vestido para la Navidad “esto es como margaritas a los chanchos”. A ella le gusta tener todo listo unos días antes “porque después empezamos con brindis por aquí y por allá, y seguro que voy a terminar diciembre con unos kilos demás. No importa, después voy a que me pongan las semillitas en la oreja y listo, a mí me esgunfia la gente que esto no, que aquello tampoco, tantas cosas ricas y no las vamos a comer, de esta vida es lo que te vas a llevar”.

Cuando al fin tenía todo listo, se quedó pensando: “Tanto trabajo ¿para qué? ¿No sería una buena idea irnos a pasarla a Mar del Plata los cuatro solos­?”
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En Ciudad de Córdoba, Pedro, Pablo y Sebastián se juntan a tomar una birra, y piensan: “sería bueno vestirse de Papá Noel y regalar golosinas a los chicos del barrio, así sembramos ilusión”. En Corrientes, Paloma y Bautista esperan su regalo navideño. En Lanús, Buenos Aires, Rosa se quiere rajar.

El Niño desde su pesebre se pregunta: ¿Alguien se acuerda que el que cumple años, soy yo?

Capítulo 2: No se lo digas a nadie, sólo al Niño Jesús…
Capítulo 4: La melodía de Tortuga

Capítulo 2: No se lo digas a nadie, sólo al Niño Jesús…

Escritora: Anila Rindlisbacher | Ilustrador: Juan Argüelles

El mismo día que Pedro, Pablo y Sebastián sentían en su interior que habían destruido uno de los lemas básicos de su amistad; a unos cientos de kilómetros de distancia, en la ciudad de Monte Caseros, provincia de Corrientes, una niña llamada Paloma y su hermano Bautista, comenzaban esa noche a cumplir con un ritual que repetían todos los años. El mismo consistía en pedirle al Niño Jesús, durante unos minutos mirando al cielo antes de ir a acostarse, el regalo que querían recibir para Navidad.

- Niño Jesús, yo quiero que me traigas un par de patines con botas, esos de ruedas de color naranja como los que tiene mi amiga “la Cecilia”, susurraba Paloma.

- Niño Jesús, yo quiero un colectivo grande, como el que vi en la vidriera de la juguetería que está en la calle Alvear, al lado del kiosco de Don Justo. Pero no el más chico, sino el más grande, ese que es amarillo y verde, así puedo llevar muchos pasajeros, explicaba en detalles Bautista -no vaya a ser cosa que el Niño Jesús se confunda de modelo y tamaño-.

Los padres de Paloma y Bautista querían saber cuál era el regalo que habían pedido, pero los niños no lo querían decir; pues había corrido un rumor entre sus amigos del barrio de que si contaban lo que pedían, llegaba cualquier regalo menos el deseado.

Al principio los padres no insistieron, pensando en que pronto se olvidarían de esa absurda idea. Pero cuando se acercaba la fecha y los niños no revelaban su pedido, trataron primero de averiguar sutilmente.

- Paloma, ¿qué le habías pedido al Niñito Jesús?, que no me acuerdo.

- No te lo dije mami, porque si te lo digo el Niñito Jesús se puede enojar y traerme otra cosa.

- Pero Paloma ¿de dónde sacaste eso? Además yo soy tu mamá, contame… te prometo que no se lo voy a decir a nadie.

Con Paloma no hubo caso. Pensó que como Bautista era más chico tal vez… Pero Bautista tampoco dio el brazo a torcer, y ante las insistencias de su mamá, le daba a cada rato una respuesta distinta.

- Le voy pedir una pelota de fútbol.

- Le voy a pedir un auto de carrera.

A la media hora

- No ¡ya sé! mejor una pistola de agua. Y así decía cambiar de idea dos a tres veces por día.

Los padres desconcertados no sabían qué hacer. Ellos querían que sus hijos recibieran el regalo que tanto soñaban…Pero ¿cómo averiguarlo?

- ¿Qué te parece si le contamos la verdad a Paloma que es más grande, y le decimos que no existe el Niño Jesús?. Propuso el padre desesperado.

- ¡No¡ -la madre puso el grito en el cielo-. Ella es chica, tiene diez años, no podemos romperle la ilusión. Ya vamos a buscarle la vuelta. Voy a hablar con su amiga Cecilia, ella debe saber.

Y así fue como la mamá de Paloma se enteró por “la Cecilia” que Paloma quería una muñeca que hablara y Bautista un helicóptero. Amalia y Héctor, aliviados, fueron esa misma tarde a la juguetería del pueblo y eligieron la muñeca más hermosa que encontraron y un espectacular helicóptero a control remoto.

Faltaban sólo tres días para la nochebuena y ellos ya habían cumplido su misión. Habían envuelto los regalos en papel celofán, y los habían escondido sobre el ropero, cubriéndolos con mantas, como para que pasaran desapercibidos.

Paloma y Bautista jugaban felices en la vereda, sin sospechar que el Niño Jesús no había escuchado sus súplicas. Sólo un milagro y la magia de la Navidad podrían hacer que esos regalos se conviertan en los deseados…pero eso sólo pasa en las películas.

Mientras en Córdoba Pedro, Pablo y Sebastián, habían terminado de almorzar, se saludaron y prometieron volver a reunirse “uno de estos días“. Pablo se puso el traje de Superman, Sebastián el de la Pantera Rosa y partieron a seguir alegrando a la gente en el Tren de la fantasía. Pedro se quedó sólo por un buen rato, pensando en que tal vez en algún lugar de la tierra, Papá Noel, si existía.

Capítulo 1: ¡Noel, vo no esistí!
Capítulo 3: El espíritu de la Navidad sigue girando

Capítulo 1: ¡Noel, vo no esistí!

Escritor: Gillespi | Ilustradora: Klinko

Los 41 grados de sensación térmica que abrumaban a la ciudad de Córdoba, si bien no eran el motivo por el cual Pedro daba vueltas en la cama sin poder pegar un ojo, tampoco lo ayudaban. Su ansiedad era desbordante. La duda que habitaba en él le impedía conciliar el sueño. Faltaban cuatro días para la llegada de la Nochebuena y aún no había comenzado a escribir la carta que pensaba dejar junto al árbol de Navidad ya que le era imposible decidir entre el par de botines o la nueva camiseta de Talleres.

- Pedro, ¿qué estás redactando?

- Una carta para Papá Noel

- ¿En serio me lo decís? ¿Vos todavía creés en Papá Noel?

- Sí, ¿por qué?

- Porque, al igual que los Reyes Magos, Santa Claus no existe… son los padres
¡Son los padres… Son los padres… Son los padres!

Se despertó de un modo abrupto y bastante agitado. Probablemente en cierto momento de la noche haya conseguido dormirse pero una cruel pesadilla lo trajo de regreso a la realidad.

La frase “son los padres” le repiqueteó en la cabeza toda la mañana. Se sentía perturbado. Con el correr de las horas, Pedro intentó dispersarse para ponerle un corte a semejante tortura y evaporar de su pensamiento la idea de que aquella sentencia fuera definitiva. Probó jugar al Tetris en su computadora, hojear el diario, comer chocolates.

Un poco antes del mediodía se pudo escapar del trabajo. Frente al moderno edificio de oficinas, mientras en su reproductor de mp3 sonaba el “Jingle Bell Rock” por Billy Idol, encendió el quinto cigarrillo del día y raudamente caminó hacia encuentro que tenía pautado con dos ex compañeros de secundaria.

El restaurant, como la mayoría para esa época, estaba repleto. Desde la entrada alcanzó a distinguir, en una mesa cercana al acceso de los baños, a Pablo y Sebastián. El primero disfrazado de Superman y el otro, su viejo compinche de travesuras infantiles, de la Pantera Rosa; indumentarias que utilizaban en el Tren de la Fantasía, un emprendimiento laboral que ambos habían iniciado a principio de año.

Pedro, apenas se sentó, quiso compartir con ellos su inquietante sueño de la noche anterior. No pudo. Sus amigos se le adelantaron y expresaron al unísono: “Queremos contarte algo que escuchamos”. Luego de un par de segundos de silencio, Pablo -a boca de jarro- manifestó: “Dicen que Papá Noel no existe… son los padres”.

De inmediato a Pedro le afloró el canchero, el tipo piola que se las sabe todas. Los miró y sonriendo casi con sorna les dijo: “Boludos, ¿ustedes no lo sabían?; Noel es como la hinchada de Belgrano… ¡no esissste!”

El almuerzo continuó muy relajado. Se rieron bastante. Recordaron varias de sus andanzas en el Barrio Alberdi, unas cuantas finales de fútbol intercolegial, el viaje de egresados a Bariloche pero, eso sí, al viejito de barba blanca, renos y trineo, no se lo volvió a mencionar. Los tres, en su interior, sabían que acababan de hacer trizas uno de los lemas básicos de su entrañable amistad; aquel que decía: no existe peor asesino que el que mata una ilusión.

Capítulo 2: No se lo digas a nadie, sólo al Niño Jesús…

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