UNA NOCHE EXTRAÑA

Habían dejado sus trabajos de motoqueros. No les quedaba nada, sólo el Taunus modelo setenta y seis de Carlos. En el último mes gastaron casi toda la plata en drogas y alcohol. Les gustaba pasar la noche en la plaza del bajo, cerca de los bosques de Palermo, era un lugar tranquilo para el vicio. La policía nunca aparecía por ahí.

-Te digo que lo vi, pasó por allá –señaló el Colo con el dedo-, era un elefante.

Carlos y Tula le dieron piñas al pasto muertos de risa.

Tenían unas botellas de vodka y unas latas de energizantes que se habían robado de un kiosko. Era una noche cerrada. Les costaba embocarle al vaso de plástico para hacer los tragos.

-Ahí viene, ahí viene –el Colo se puso duro, le agarró una mano a Carlos.

-¿Cuál es el problema? Si quiere venir que venga –dijo el Tula mientras le golpeaba un brazo a Carlos para que le pasara el encendedor.

El elefante se acercó unos metros más, y se escondió atrás de un árbol.

-No lo puedo creer, nos mira el hijo de puta –dijo Carlos.

-Viste, y ustedes que no me daban bola. 

-¿Y qué querés, con lo puesto que estás?

-¿Será del circo Rodas?

-Qué carajo importa, ¿Le vas a poner una correa y llevarlo?

-¿Sintieron? preguntó Carlos.

-Sí, como de una bomba.

-Quizás estornudó, –dijo Tula y se cagaron de risa-. Mejor vamos.

Se subieron al Taunus y arrancaron. Bordearon el parque. Las luces no andaban bien. El motor tampoco, entraba solo la primera. Tula se dio vuelta para poner la campera en la luneta trasera y lo vio: el elefante los seguía, movía sus patonas con gran ritmo. Golpeó el hombro de Carlos.

-Boludo, mirá.

El elefante seguía acercándose a paso agigantado.  

Tula y el colo lo miraban a través del parabrisas de atrás y Carlos por el espejito retrovisor. El elefante se pegó al paragolpes.

-Acelerá pelotudo.

-¿Y qué te pensás que estoy haciendo?

-¿Cómo puede ir tan rápido, la puta que lo parió –gritó el Colo tiritando-. ¿Es esa falopa de mierda que trajiste vos o es de verdad?

-¿Así? ¿La falopa?

Apretó el freno.

-Bajen -ordenó.

Lo hicieron y miraron para atrás: el elefante no paró a tiempo y se llevó puesto el Taunus. Quedó con medio cuerpo incrustado en el baúl. Tenía los ojos abiertos y movía las patas tratando de incorporarse.

-Basta, quiero que se termine el efecto ya –dijo el Colo comiéndose las uñas. Carlos se le acercó y lo abrazó.

-Tranquilo, tranquilo.

Tula quería llamar a una ambulancia por el celular pero de los nervios apretaba cualquier cosa.

Carlos se maldecía por habar cambiado de dealer.

 

Empezaba a amanecer, el cielo estaba encapotado. El Tula se refregaba contra el pasto como un loco, Carlos fumaba con la mirada perdida y el Colo refrescaba al elefante con una manguera conectada al radiador del Taunus.

Dos señoras que hacían footing se acercaron.

-¡Alicia, mirá esto! –exclamó una de ellas.

El elefante apoyó las patas en el piso y pudo salir de arriba del baúl.

-Es mío –llegó gritando y bamboleando los brazos una morocha de pelo lacio y largo.

-Amor, Tincho, ¿dónde te metiste?

Tula, Carlos y el Colo se miraron. Las señoras sonrieron y acariciaron con sus manos rugosas el la piel de Tincho.

La morocha tenía unas sandalias de cuero, una pollerita marrón, y un chaleco con flecos. Era como si Pocahontas se hubiera escapado de la pantalla. 

Las mujeres siguieron con su paseo. La morocha se alejó unos metros y no pudo contenerse. Lloró abrazada al elefante: “No tenías que irte, Tincho” “¡Por qué me hiciste esto!” decía, ante la mirada desconcertada de los tres amigos.

Después se secó las lágrimas.

-Hola, soy Mariana, muchas gracias por cuidar a Tincho –besó a cada uno en la mejilla y el elefante se agachó para que ella pudiera subirse.

-Vengan, quiero que conozcan el circo.

Acarició la cabeza de Tincho y éste empezó a avanzar a paso lento.

Carlos prendió otro pucho.

-Yo no puedo. No voy a dejar solo al Taunus.

Tula y el Colo veían como Mariana y el elefante se alejaban.

-Ustedes vayan si quieren. Todo joya.

-Dale, después hablamos.

-Gracias –dijo el Colo sin pensar y ambos se fueron al trote hasta ponerse a la par de Tincho.

Carlos, con la brasa del cigarrillo a punto de quemarle los labios, pasó la mano por lo que quedó del baúl.

El circo quedaba a pocas cuadras, detrás de la ciudad universitaria, en un descampado. Las nubes seguían allí, haciendo que pareciera de noche. Delante de la casa rodante de Pocahontas había una bombita prendida. El resto de los trailers formaban un círculo. Escucharon algunos ronquidos. Detrás estaba la carpa, ocupaba unos cuarenta metros, no era el circo Rodas pero tampoco una iglú.

-Despacio Tincho, ya estás en casa -. Se bajó y el elefante quedó al lado del trailer.

Al entrar, el Colo se tropezó con un escalón.

Siéntense –les dijo Mariana mientras ponía varias frutas adentro de una lata grande como la rueda de camión. Cuando terminó de mezclarlas salió y la apoyó en el suelo frente a la trompa de Tincho.

Volvió al trailer y cerró la puerta.

-¿Café?

Los dos asintieron.

El Colo no podía parar de mirarle las piernas, tenían las formas justas, un poco de músculo pero no tanto como para que algún gracioso le dijera Maradona. La pollera era muy corta, cuando se agachaba a buscar algo en el estante de abajo, se le veía la bombacha.

Sirvió los cafés y se sentó con ellos alrededor de la pequeña mesa pegada a la ventana. Se reía a cada rato, hablaba y mostraba sus dientes blancos y parejos. Hablaba de Tincho como si fuera una persona. Se le iluminaba la cara cada vez que lo nombraba.

-¿Cómo que a veces dormís con él? –se sorprendió el Colo.

-Sí, cuando hace calor vamos hasta la orilla del río y nos quedamos mirando las estrellas. Nos damos amor.

El Tula necesitó pellizcarse el brazo. Trataba de evitarlo pero no podía quedarse quieto. Se paró, empujó al Colo y fue hasta la mesada a buscar un encendedor.

-Acá no podés fumar –le dijo Mariana.

-Claro que voy a fumar, puta de mierda, ¡Cómo podés coger con un elefante!

Mariana dio una carcajada pero su mirada llevaba un signo de interrogación. Sus ojos negros se habían abierto un poco más de lo normal. Seguía siendo hermosa.

-¿Qué te pasa, pelotudo? –le dijo el Colo- ¿Te volviste loco?

-Es una puta –repetía Tula- duerme con un elefante. Está enferma.

A Mariana le dio un ataque de risa.

El Colo no sabía si estaba en una película de Fellini o si el ácido era más fuerte de lo que había pensado. Doce horas de efecto, calculó.

-Qué pesadilla –dijo y apoyó la cabeza contra la mesa. Cuando abrió los ojos vio al Tula forcejeando con Mariana en el medio del trailer. Se levantó con la intención de separarlos, pero se quedó duro al ver que su amigo le arrancaba la ropa.

-Vení, ayudame boludo, vos tenela de los brazos.

El Colo obedeció. Entonces el Tula pudo bajarle la bombacha con comodidad. Sacó su pija y se la metió. Mariana parecía desvanecida, el pelo le tapaba la cara, su cabeza caía para adelante como abandonada.

Un rato después sintieron un golpe. Se asomaron por la ventana. Tincho golpeaba su cabeza contra el trailer.

Se miraron. Apagaron la luz y salieron.

-¡Qué carajo están haciendo ahí! –dijo un tipo asomado en la ventana de una casa rodante.

El Tula y el Colo empezaron a correr como nunca en sus vidas, con el corazón latiéndoles a mil por hora, ni se atrevían a mirar para atrás. Llegaron al pabellón I de ciudad universitaria. Se apoyaron contra la pared. No vieron a nadie. Algo más calmos siguieron caminando. 

-No me siento nada bien –dijo el Colo.

-Es este ácido de mierda que nos dio Carlos. No te preocupes, ya va a pasar.