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11 de septiembre

Es un día emblemático: la fecha que el mundo no olvidará por la lección de horror que dejó. Pero también es un día para homenajear a quien te dio la mano cuando morías de miedo con tu guardapolvos cuadrille. Un día -también- para recordar a la de Castellano, a la de Física y a otras tantas.

Día emblemático, si los hay. El día del maestro y el día que el mundo no olvidará. La terrible lección de horror, que le enseñó la fragilidad de la existencia y de cómo la vida de muchos puede destruirse en una cuestión de milésimas de segundos. El tiempo que tarda un avión en estrellarse contra unas torres. El día que el mundo no podrá hacer borrón y cuenta nueva, con tantos destinos que se esfumaron entre los escombros, de la metáfora de los modernos Dioses que algunos se matan en erigir: el dinero y el poder.

Dia en el que se restó las miles de historias anónimas de trabajos, amores, desamores que sucumbieron víctima de ataques terroristas y de malas políticas que sólo disputan la gloria de los billetes y en nombre, de los que otros dicen, Religión. Que se parece más a un fanatismo insólito que lleva a extremos inconcebibles como inmolarse. Pero ahí están, siempre en danza los nuevos tótem mundiales: el euro, el dólar, el yen, el petróleo y así va el planeta. ¿Cómo hacer, entonces, para darle cabida a un deseo de felicidad si el recuerdo fatal de miles se interpone? Pero la vida sigue, y este gran show humano debe continuar, así dicen, por lo menos, todavía los artistas, esos maestros y magos de la ilusión, que nos brindan algunas cabriolas para poder continuar codo a codo con la realidad.

Y además, es el día del maestro, cómo obviarlo. Si, ya se, la educación está jaqueada por los malos sueldos y la plata, que como siempre, le alcanza y sobra a algunos y les falta a muchos, y entonces los paros la amenazan. Pero es justo un homenaje.

Vaya entonces para aquellos que me tomaron de la mano para ayudarme a crecer, a pesar de que el miedo llegaba a cubrirme mi propia estatura vestida de guardapolvo rosa a cuadritos y ahora un poco más de veinte años después, hacen lo propio con mi hijo e hicieron lo mismo con mi hija. Vaya misión, por cierto. De la mano de la biografía del mundo, de su historia y del abecedario, ayudar a crecer a un ser humano. Ya de más grande, mis maestras llevaron el delantal impecablemente blanco primero en el alma. Se hicieron cargo de que la palabra: maestro, empieza con la primera sílaba que curiosamente coincide con la m y la a, de mamá.

La maestra era como la segunda madre y la escuela el segundo hogar, así se le decía al colegio, por mi época, por lo menos. Y así, se sentía, puedo jurarlo. ¿Cómo olvidarme, entonces, del colegio del barrio de Belgrano con sus palmeras, de la señorita Susi y de la señora Elena? No sé ya donde están, pero, a cambio, sé que hay un lugar donde vuelvo a encontrar algo de ellas, las lecciones humanas que me brindaron. Ahí, ahí mismo en la geografía de mi corazón. ¿Cómo olvidar a las primero y ante que nada maestras y profesoras del comercial 31, que me mostraron como la vocación se lleva prendida como escarapela en el corazón y como bandera en todos los actos, en los que uno muestra como es en su esencia. ¿Cómo no decirles gracias? A Alba Nuñez, a la que cariñosamente le decíamos “la de castellano”, que cuando terminé quinto año me dijo, secándome las lágrimas, fruto de un ciclo terminado: “No temas decir adiós. A eso también se aprende. Es hora de volar del nido y aprender a construir otros”. A Graciela Gonzales Videla, la de matemáticas, que con su infinita paciencia destruyó mi miedo a los números y sembró en mí un poco de fe en ellos, aunque me explicó que el 2 + 2 en la vida no siempre suman 4. Que tenga en cuenta las alternativas que se cruzan perpendiculares, los conjuntos que hacen los sueños, las rectas que construye la fe, Marta Marcote, “la de educación para la salud”, que me enseñó que la paciencia es fundamental para los ciclos de la vida; que aunque parezca que todo pasa en un abrir y cerrar de ojos, todo lleva un proceso parecido al de los frascos de germinación que llevábamos al “cole” para mirar como crece una semilla, transformándose en planta. Y la de física, que entre medio de los fenómenos que nos hacía estudiar, se hacía un espacio para compartir vivencias cuya única fórmula consistía en mezclar un poco de amor, mezclado con dosis infinitas de paciencia. A Liliana Bortinik capaz de luchar a capa y espada contra los molinos de viento y defender las causas de sus alumnos como si fueran las propias. Imposible entonces no tener la linda tarea y el noble deber de recordar aquellos que me enseñaron a escribir con sueños la más linda de las composiciones: la de la vida.

11/09/08