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El Pacto. –Lacayos de la calle – Cap. 7

Las noches en la casa cumplían con una estudiada y recurrente rutina. Sandra y Claudio dejaban los niños literalmente encerrados en el cuarto. De ahí a desatar su carro del árbol de la vereda y salir a cartonear. Lisa y Daly visiténdose para matar, o ser matadas y acribilladas por la mayor cantidad de chongos que contraten su efímero cariño. Y Adriana terminándose de acomodar su uniforme de batalla para la primera cita arreglada por celular minutos antes.

La pensión también espera el regreso de Ernesto con su habitual halo depresivo. Los malabaristas empiezan a planear su epopeya sexual y Don Valentín, que casi nunca pasaba despierto de las nueve de la noche se alistaba para dormir y despertar antes que el alba.
Andrés estaba aprehendiendo cada uno de los movimientos. No hacía un mes de su llegada.

Las noches de calor en el cuartucho lo invitaban a salir al patio, a tomar uno que otro litro de Quilmes en plena soledad, o con el acompañamiento de Martín y Josefina antes de su habitual performance. Se que puedo cansar hasta el más resistente y los chicos no se salvaban de mi conocido rigor. Pero Andrés aún me miraba de costado, pero era testigo de mi accionar sobre cada uno de sus vecinos.

Don Valentín vio al despertarse que la luz del cuarto de Andrés aún estaba encendida, y no le sorprendió encontrar a un Andrés perdido frente a un casi intacto lienzo. El cadáver de una botella de cerveza y el rastro oloroso de la marihuana mostraban los diferentes caminos creativos que el pintor había querido tomar esa noche.

-¿Qué hacés pibe?
-¡Don Valentín, qué sorpresa!. Pinto.
-Por lo que veo no estás pintando mucho
-Es que llegué a una etapa en la que estoy bloqueado.
-Yo diría que empezaste bloqueado, no hay más que una mancha roja en el centro del cuadro. ¿Qué es?
-Es que la señora que vive abajo me pidió que la retratara.
-Adriana, la señora se llama Adriana, y no se parece en nada a “eso”.
-Es que yo no voy a retratarla. Voy a pintar lo que ella me representa.
-Ah, ya veo. Una mancha roja. Adriana es muchísimo más que eso.
-Me imagino, pero aquí quedé.
-Es que te falta sentirla, vivirla, experimentarla. Así, sin ella no vas a poder pintarla. ¿Pensaste en cuál va a ser tu aporte?
-Emmmm, sí – Dijo Andrés pensando rápidamente – Mi colaboración puede ser que no falte nada en la cocina. Nunca.
-Hmmm no sirve. Si te fijás no falta nada, ni faltaba nada antes de que llegaras. Pero se agradece. ¿Sabés? Tu aporte puede ser un cuadro de cada una de las habitaciones; es decir, de sus habitantes y lo que “ellos te representen”. Ahora te dejo. Voy a ver cómo están los pibes de Claudio y abrir las puertas para que entren los que llegan.
-¿A los pibes? ¿Pero cómo?
-Igual que cómo entré acá. Tengo las llaves de todos los cuartos. ¿O pensaste que habías dejado la puerta abierta?

Esta respuesta descolocó a Andrés que se sintió invadido e inseguro, pero si la convivencia es armoniosa en estos momentos y lo fue antes, no debería sentirse preocupado.

-Es que no puedo quedarme tranquilo si no veo a los pibes antes de dormir ni al despertarme. Necesito saber qué están bien – Dijo el viejo antes de irse. – Ah, y lo de las llaves, es un secreto.

Y cerró la puerta.

Andrés escuchó cuando regresaron los cartoneros, que en silencio se encerraron a descansar y los travestis, que en estado de completa ebriedad entraron cantando y contando lo que habían ganado versus todo lo que habían gastado en alcohol. Recién cuando el respetuoso silencio llegó de la habitación contigua pudo pegar un ojo.

La bienvenida – Lacayos de la calle – Cap. 2

Don Valentín solía volver a la casa junto con Martín y Josefina, compartían las esquinas, intercalaban semáforos y competían en ver quién había hecho más dinero. Este pacto también incluía cuidarse las espaldas. “La calle es implacable, y no perdona”, no se equivocan, así soy¬.

Buenos Aires no es muy amable en verano. El calor y la baja cantidad de gente hacían del trabajo una experiencia no muy rentable y mucho menos saludable. Habían decidido quedarse a trabajar en la Ciudad basados en la teoría de que serían los únicos que no habían ido a hacer la temporada a la costa, pero a éstas alturas ya estaban arrepentidos. Mas gente – mas dinero, es una ecuación simple y directamente proporcional.

Pase lo que pase durante el día, los tres comparten una cerveza o un café (dependiendo de la estación del año) en el Bar de la vuelta, al que llamaban “El Templo”, el sitio donde profesan su religión hacia mi. Y bien dicen que Dios da y Dios quita. Aunque a veces tomo más de lo que doy.

Andrés estaba impaciente esperando la llegada de Don Valentín, en su espera había visto llegar a Lisa y Daly. La descripción de Claudio había sido bastante acertada: son unas locas sueltas que quebraban cualquier tranquilidad posible con su ostentosa excentricidad.

Decidió bajar y comprarse una Quilmes de litro. Claudio y Sandra ya estaban alistándose para salir a trabajar. El carro lo tenían atado a un árbol en la vereda, y los chicos ya estaban en la cama y literalmente guardados en la habitación.

La casa tenía una cocina común, cada uno sabía qué era lo suyo y qué no, respetando con la exactitud medida al gramo las pertenencias de los demás. Nada de lo que allí había era regalado y todo podía llegar a valer más que el oro en épocas de necesidad.

Ahí estaba, sentado en el patio con la cerveza y un libro cuando escuchó los pasos y las risas por el pasillo. Josefina encabezaba la fila, son su habitual frescura, seguida de Martín. Don Valentín se retrasó un poco al cerrar la puerta con llave.

La sorpresa de los malabaristas al ver a Andrés no se hizo esperar.

-Don Valentín, parece que tenemos un amiguito nuevo – dijo Josefina muerta de risa
-Hola, soy Martín – dijo extendiéndole la mano.
-Andrés. ¿El Malabarista no?
-Epa, parece que nuestro nuevo amiguito es muy sabihondo – dijo ella.
-Es que estuve un rato hablando con Sandra y su marido.
-Claudio – dijo una voz grave desde el pasillo – Su marido se llama Claudio.
-Perdón, no lo recordaba. ¿Don Valentín?
-El mismo. Chicos, ¿nos dejan hablar un rato?
-¡Vamos!, en un ratito bajamos a cocinar.

Don Valentín tenía alrededor de setenta años y estaba muy bien plantado. Se notaba que en su juventud debió haber sido una persona imponente.

-¿Qué hacés acá? – preguntó abiertamente el viejo.
-Soy pintor, y estoy buscando un lugar donde vivir y crear.
-¿Y por qué acá? Queda claro que vos no sos de la zona, y mucho más claro que no sos uno de nosotros. Vos tenés guita.
-¿Y eso qué tiene que ver? – preguntó Andrés sin disimular su incomodidad.
-Que acá no quiero problemas. Por qué no estás por Palermo SOHO, alquilándote un Atelier.
-Porque ya lo hice, porque hice todo lo que debí hacer. Estudié, viajé, conocí los sitios más bohemios y a los pintores más famosos. Aprendí con los mejores. Pero nada de eso me alcanzó. Nunca pude sentir el arte. No ahí. Y por eso vine, aunque creo que el destino me trajo.
-¿El destino? El destino es una excusa absurda cuando no encontramos una respuesta racional.
-Bueno, y ¿cómo es la cosa acá?, porque Sandra ya me dijo que me ubicara en el 14. Si hay mucho problema me voy, todavía no vacié mi bolso.
-Mirá, acá todos colaboramos con algo, con lo que tenemos. Plata nunca sobra, pero nunca faltó nada. ¿Vos que podés poner, además de plata?, porque me imagino que para vos eso es lo más facil.

Andrés dudó con la respuesta, pero Don Valentín le dijo.

-Mirá, quedate y pensalo.


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