La guerra de las mil noches. –Lacayos de la calle – Cap. 5
-¡Salí de acá, vieja celulítica! – disparó Lisa desde el balcón.
-Callate maricón de mierda que además de puto sos un malcogido que te tuviste que poner tetas para que te la metieran – contraatacó Adriana desde abajo.
-¿Y vos?, si yo fuera hombre no te la metería ni en pedo – Atacó por la retaguardia Daly.
-Sos hombre, pelotudo, ni siquiera tetas tenés. Y si las tuvieras, jamás serían como éstas – Adriana en ese momento saca sus tetas y se las muestra a los travestis con clara señal de desprecio.
Esta lucha entre travestis y putas tiene menos años que la que existe entre vampiros y hombres lobo, pero no es menos sangrienta.
La llegada de los travestis al barrio y luego al conventillo había desequilibrado de sobremanera a Adriana, que pese a la ventaja de trabajar en un departamento privado siguió prefiriendo mi frio abrigo. Me gusta que confíe en mi y a la vez que se cuide de mi. Por eso la cuido.
Lisa y Daly trabajaban también en la calle. Nunca nadie supo sus nombres aunque seguramente a Daly la podrían reconocer en la calle y gritarle “Che, fulanito, se te está metiendo el jean en el culo” No son pareja, aunque en la privacidad no escatiman mimos entre ellas, liberando su confusa sexualidad.
Inevitablemente putas y travestis compartirán el campo de batalla y competirán en él a muerte. Adriana tuvo varios choques con los, cada vez mas, travestis de la zona, que alegando la libertad para trabajar liberaban su masculina y prepotente violencia corriéndola cada vez a sitios, para ellos, menos rentables. Lo que nunca supieron es que quién decide en la calle soy yo, la calle misma.
Andrés estuvo escuchando la pelea desde la cocina, mientras limpiaba unos pinceles. Adriana entró acomodándose las tetas y le preguntó.
-¿Vos sos el nuevo no?
-Sí, soy Andrés.
-¿Y qué hacés acá, sos pintor?
-Vamos por partes. Acá, vivo. En la cocina lavo mis pinceles. Y sí, soy pintor.
-Yo quiero que me pinten un cuadro. Un cuadro como ese de la que está tirada en el sofá en pelotas.
-¿La maja desnuda?, ¿el cuadro de Goya?
-Si vos lo decís. Yo me pongo así, en bolas y sobre un sofá y vos me pintás.
-Es que yo no retrato. Yo me dedico al arte mas abstracto, creo formas y sensaciones independientemente de las figuras.
-¿Eh?
-Que no hago retratos, pero podría pintar lo que vos me representás a mi, y tratar de volcar esas emociones en la tela.
-Mirá, no entendí nada, pero si querés, hagámoslo. Vos avísame.
Terminando esas palabras se dio vuelta y salió por la puerta. Andrés vio su opulencia alejarse y con una sonrisa decidió aplacar el desconcierto que este diálogo le había provocado. No era una mujer con la que Andrés hubiera planeado, pensado ni soñado estar, y mucho menos retratar o dedicarle una obra, pero por alguna extraña razón le divertía la idea.
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