La bienvenida – Lacayos de la calle – Cap. 2
Don Valentín solía volver a la casa junto con Martín y Josefina, compartían las esquinas, intercalaban semáforos y competían en ver quién había hecho más dinero. Este pacto también incluía cuidarse las espaldas. “La calle es implacable, y no perdona”, no se equivocan, así soy¬.
Buenos Aires no es muy amable en verano. El calor y la baja cantidad de gente hacían del trabajo una experiencia no muy rentable y mucho menos saludable. Habían decidido quedarse a trabajar en la Ciudad basados en la teoría de que serían los únicos que no habían ido a hacer la temporada a la costa, pero a éstas alturas ya estaban arrepentidos. Mas gente – mas dinero, es una ecuación simple y directamente proporcional.
Pase lo que pase durante el día, los tres comparten una cerveza o un café (dependiendo de la estación del año) en el Bar de la vuelta, al que llamaban “El Templo”, el sitio donde profesan su religión hacia mi. Y bien dicen que Dios da y Dios quita. Aunque a veces tomo más de lo que doy.
Andrés estaba impaciente esperando la llegada de Don Valentín, en su espera había visto llegar a Lisa y Daly. La descripción de Claudio había sido bastante acertada: son unas locas sueltas que quebraban cualquier tranquilidad posible con su ostentosa excentricidad.
Decidió bajar y comprarse una Quilmes de litro. Claudio y Sandra ya estaban alistándose para salir a trabajar. El carro lo tenían atado a un árbol en la vereda, y los chicos ya estaban en la cama y literalmente guardados en la habitación.
La casa tenía una cocina común, cada uno sabía qué era lo suyo y qué no, respetando con la exactitud medida al gramo las pertenencias de los demás. Nada de lo que allí había era regalado y todo podía llegar a valer más que el oro en épocas de necesidad.
Ahí estaba, sentado en el patio con la cerveza y un libro cuando escuchó los pasos y las risas por el pasillo. Josefina encabezaba la fila, son su habitual frescura, seguida de Martín. Don Valentín se retrasó un poco al cerrar la puerta con llave.
La sorpresa de los malabaristas al ver a Andrés no se hizo esperar.
-Don Valentín, parece que tenemos un amiguito nuevo – dijo Josefina muerta de risa
-Hola, soy Martín – dijo extendiéndole la mano.
-Andrés. ¿El Malabarista no?
-Epa, parece que nuestro nuevo amiguito es muy sabihondo – dijo ella.
-Es que estuve un rato hablando con Sandra y su marido.
-Claudio – dijo una voz grave desde el pasillo – Su marido se llama Claudio.
-Perdón, no lo recordaba. ¿Don Valentín?
-El mismo. Chicos, ¿nos dejan hablar un rato?
-¡Vamos!, en un ratito bajamos a cocinar.
Don Valentín tenía alrededor de setenta años y estaba muy bien plantado. Se notaba que en su juventud debió haber sido una persona imponente.
-¿Qué hacés acá? – preguntó abiertamente el viejo.
-Soy pintor, y estoy buscando un lugar donde vivir y crear.
-¿Y por qué acá? Queda claro que vos no sos de la zona, y mucho más claro que no sos uno de nosotros. Vos tenés guita.
-¿Y eso qué tiene que ver? – preguntó Andrés sin disimular su incomodidad.
-Que acá no quiero problemas. Por qué no estás por Palermo SOHO, alquilándote un Atelier.
-Porque ya lo hice, porque hice todo lo que debí hacer. Estudié, viajé, conocí los sitios más bohemios y a los pintores más famosos. Aprendí con los mejores. Pero nada de eso me alcanzó. Nunca pude sentir el arte. No ahí. Y por eso vine, aunque creo que el destino me trajo.
-¿El destino? El destino es una excusa absurda cuando no encontramos una respuesta racional.
-Bueno, y ¿cómo es la cosa acá?, porque Sandra ya me dijo que me ubicara en el 14. Si hay mucho problema me voy, todavía no vacié mi bolso.
-Mirá, acá todos colaboramos con algo, con lo que tenemos. Plata nunca sobra, pero nunca faltó nada. ¿Vos que podés poner, además de plata?, porque me imagino que para vos eso es lo más facil.
Andrés dudó con la respuesta, pero Don Valentín le dijo.
-Mirá, quedate y pensalo.


Ultimos Comentarios