El policía de la esquina – Lacayos de la calle – Cap. 3

Ernesto volvió después de un día de trabajo. Si bien su turno en la federal terminaba alrededor de las ocho de la noche dos veces por semana la jugaba de custodio del dueño de una cadena de cybercafés y lo escoltaba retirando la recaudación, lo cual demoraba por unas cuatro horas la llegada al conventillo.

Era el único que tenía llave, todo aquel que quisiera llegar después de las diez debía despertar a Don Valentín, o esperar hasta las seis de la mañana, que el viejo saliera a comprar el pan para todos.

Ernesto llevaba allí cerca de dos años. Después de Don Valentín, es el más antiguo, tanto en edad como el tiempo viviendo allí. Apareció una buena tarde con el ánimo por el suelo, y como todos, se acomodó en la habitación 14.

¿Qué puede llegar a sentir un suboficial de La Federal al encontrar a su mujer, madre de sus dos hijos, en la cama con uno de sus compañeros de promoción recientemente ascendido a comisario? No solo se precipitó el fin de su matrimonio de la manera más conflictiva, sino que todas sus aspiraciones en la fuerza terminaron con la primer trompada.

Ernesto patrulla las calles, de a pié. Desde el bendito proyecto de recuperar al “Policía de la Esquina” se vio obligado a dejar el patrullero y ocupar un espacio dentro del paisaje urbano. Suerte que el barrio era tranquilo

Atravesó el pasillo y se dirigió a la cocina común. Necesitaba con urgencia un vaso de vino tinto. Su vaso de vino tinto. Su habitación actual es justo la que está al lado de la de Martín y Josefina. Comparte pared con la cabecera de la cama de los malabaristas, que al menos tres veces por semana cogen en ella. Las otras veces cogen en cualquier lado.

Esa noche, el ritmo de los polvos no lo dejó dormir. Diez horas parado y otras cuatro custodiando al del cyber merecen un mejor descanso, suma un Rivotril y apaga su organismo hasta la mañana siguiente, que no comenzaría muy diferente a la pasada, ni a la siguiente. Su uniforme en lugar de azul debería ser gris.

La bienvenida – Lacayos de la calle – Cap. 2

Don Valentín solía volver a la casa junto con Martín y Josefina, compartían las esquinas, intercalaban semáforos y competían en ver quién había hecho más dinero. Este pacto también incluía cuidarse las espaldas. “La calle es implacable, y no perdona”, no se equivocan, así soy¬.

Buenos Aires no es muy amable en verano. El calor y la baja cantidad de gente hacían del trabajo una experiencia no muy rentable y mucho menos saludable. Habían decidido quedarse a trabajar en la Ciudad basados en la teoría de que serían los únicos que no habían ido a hacer la temporada a la costa, pero a éstas alturas ya estaban arrepentidos. Mas gente – mas dinero, es una ecuación simple y directamente proporcional.

Pase lo que pase durante el día, los tres comparten una cerveza o un café (dependiendo de la estación del año) en el Bar de la vuelta, al que llamaban “El Templo”, el sitio donde profesan su religión hacia mi. Y bien dicen que Dios da y Dios quita. Aunque a veces tomo más de lo que doy.

Andrés estaba impaciente esperando la llegada de Don Valentín, en su espera había visto llegar a Lisa y Daly. La descripción de Claudio había sido bastante acertada: son unas locas sueltas que quebraban cualquier tranquilidad posible con su ostentosa excentricidad.

Decidió bajar y comprarse una Quilmes de litro. Claudio y Sandra ya estaban alistándose para salir a trabajar. El carro lo tenían atado a un árbol en la vereda, y los chicos ya estaban en la cama y literalmente guardados en la habitación.

La casa tenía una cocina común, cada uno sabía qué era lo suyo y qué no, respetando con la exactitud medida al gramo las pertenencias de los demás. Nada de lo que allí había era regalado y todo podía llegar a valer más que el oro en épocas de necesidad.

Ahí estaba, sentado en el patio con la cerveza y un libro cuando escuchó los pasos y las risas por el pasillo. Josefina encabezaba la fila, son su habitual frescura, seguida de Martín. Don Valentín se retrasó un poco al cerrar la puerta con llave.

La sorpresa de los malabaristas al ver a Andrés no se hizo esperar.

-Don Valentín, parece que tenemos un amiguito nuevo – dijo Josefina muerta de risa
-Hola, soy Martín – dijo extendiéndole la mano.
-Andrés. ¿El Malabarista no?
-Epa, parece que nuestro nuevo amiguito es muy sabihondo – dijo ella.
-Es que estuve un rato hablando con Sandra y su marido.
-Claudio – dijo una voz grave desde el pasillo – Su marido se llama Claudio.
-Perdón, no lo recordaba. ¿Don Valentín?
-El mismo. Chicos, ¿nos dejan hablar un rato?
-¡Vamos!, en un ratito bajamos a cocinar.

Don Valentín tenía alrededor de setenta años y estaba muy bien plantado. Se notaba que en su juventud debió haber sido una persona imponente.

-¿Qué hacés acá? – preguntó abiertamente el viejo.
-Soy pintor, y estoy buscando un lugar donde vivir y crear.
-¿Y por qué acá? Queda claro que vos no sos de la zona, y mucho más claro que no sos uno de nosotros. Vos tenés guita.
-¿Y eso qué tiene que ver? – preguntó Andrés sin disimular su incomodidad.
-Que acá no quiero problemas. Por qué no estás por Palermo SOHO, alquilándote un Atelier.
-Porque ya lo hice, porque hice todo lo que debí hacer. Estudié, viajé, conocí los sitios más bohemios y a los pintores más famosos. Aprendí con los mejores. Pero nada de eso me alcanzó. Nunca pude sentir el arte. No ahí. Y por eso vine, aunque creo que el destino me trajo.
-¿El destino? El destino es una excusa absurda cuando no encontramos una respuesta racional.
-Bueno, y ¿cómo es la cosa acá?, porque Sandra ya me dijo que me ubicara en el 14. Si hay mucho problema me voy, todavía no vacié mi bolso.
-Mirá, acá todos colaboramos con algo, con lo que tenemos. Plata nunca sobra, pero nunca faltó nada. ¿Vos que podés poner, además de plata?, porque me imagino que para vos eso es lo más facil.

Andrés dudó con la respuesta, pero Don Valentín le dijo.

-Mirá, quedate y pensalo.

Solo un recordatorio

Che, alguien se acordó de que hoy hacen 25 años que se fueron los milicos??????

Listo, fue solo un mensajito desde el rincón de la memoria. … si puedo escribir algo esta tarde posteo el Capítulo 2.

Estamos todos – Lacayos de la calle – Cap. 1

La pesada puerta de hierro negra se abrió suavemente. En su recorrido chocó contra una pelota de goma pinchada y un autito con tres ruedas. Andrés entró cargando su bolso y una pequeña valija de madera. Tenía la barba y el pelo largos, bien cuidados, ojos azules y vestía ropa de marca. Vieja, pero de marca. Recorrió el pasillo con los ojos. Julián lo miraba desde detrás de una columna, se había escondido en el momento que lo vio aparecer junto a la puerta, con sus cuatro años conocía el rigor de la calle, sus riesgos, pero a la vez su bonanza. Sus ojitos negros y curiosos no podían despegarse del pintoresco visitante.

-Hey, hola chiqutín. ¿Cómo te llamás?

El rostro trigueño del niño desplegó unos dientes blancos antes de salir corriendo para el fondo.

Andrés continuó su marcha por el pasillo, el cartel de “hay habitación disponible” lo había invitado a entrar. Al llegar al final del pasillo se encontró con un patio y varias habitaciones alrededor. Julián estaba con otra niña, Stephany, apenas uno o dos años mayor que él y que estaba separando papel y aluminio en unas bolsas enormes de arpillera. Eran apenas las diez de la mañana de un caluroso día de enero.

Acercándose a los niños dice.
-Hey petiso, qué rápido que corrés. ¿Cómo te llamás? ¿Y vos?
-Yo me llamo Stephany mi hermanito se llama Julián. ¿Vos vas a venir a vivir acá?
-No se. ¿Conocen al encargado?
-El señor mas viejito se llama Don Valentín. ¿Y vos como te llamás?
-Andrés. Y donde está ¿Don Valentín?
-No se. Mi mamá está lavando la ropa – dijo Julián, tratando de ayudar.

Andrés gira y ve, detrás de unas sábanas colgadas, a una mujer de unos 30 años encorvada sobre la pileta de lavar y fregando una ropa manchada con mugre eterna.

-Hola, soy Andrés. Vine por el cartel.
-Ah, hola. La habitación es la 14, arriba. Agarrá nomás – Dijo Sandra
-¿Pero usted es la encargada?
-No, es Don Valentín, pero no llega como hasta las seis. Suba y póngase cómodo, si puede.

Andrés empezó a subir las escaleras al mismo tiempo que Sandra aclaraba:

-Y no hagas mucho ruido, que Claudio duerme.

La habitación tenía todo lo que debía tener. Una cama, un ropero, una silla y una mesa contra la pared, mesita de luz y tele de cartorce pulgadas. Acomodó sus cosas como pudo, no sin extrañarse de sí mismo al entrar en un lugar sin siquiera haber hablado al menos con el encargado. Tenía que ir a buscar el caballete y algunas cosas más, pero en vista de las circunstancias decidió quedarse allí al menos hasta estar seguro que era un sitio confiable.

Un par de horas después bajó y se encontró con Sandra, Claudio y los dos niños sentados en la galería del patio, tomando mate.

-Vení maestro– invitó Claudio, y Andrés se sumó al grupo para compartir. Compartir historias.

Ellos son cartoneros, llegaron hace un par de años. Antes vivían en Lanús, pero se vinieron abajo. Claudio tenía una fábrica de fusibles pero su socio y el contador lo cagaron, lo dejaron sin plata y con las deudas, fugándose a Miami con la guita.

Andrés no se sorprendió de la particular historia. Siempre supo y leyó de casos por el estilo. Pero lo que no entendía era como una realidad podía cambiar tanto y tan de golpe. El siempre tuvo todo y su presencia ahí era una decisión propia. Sintió vergüenza entonces de sí mismo, vergüenza del decirle a quienes no tenían opción que esa había sido su elección, simplemente decidió dar vagos detalles de su vida.

-Yo pinto y necesito un lugar para poder crear. Un lugar tranquilo en donde pueda desplegarme por completo.
-Acá hay cada personaje de historieta…- dijo riendo Claudio.
-Tenemos de todo – Acotó Sandra – Estamos nosotros cuatro, Don Valentín que vende lo que consiga en la calle, si necesitás algo, el te lo consigue. Como es el mas viejo lo tenemos como encargado, hace mucho ya que vive acá. Están los chicos, Martín y Josefina, ellos son como vos, artistas. Manguean en los semáforos. Ernesto es un cana, buen tipo, pero algo raro; es suboficial de calle. Tenemos también una Puta y dos trabucos.
-¡Claudio, están los chicos!
-Bueno, tenemos una meretriz y dos travestidos. Viven en guerra. Adriana es mujer, pero Lisa y Daly son dos locas sueltas. Y Daly todavía no se hizo las te… los pechos.
-Y ya estamos todos. Bueno, ahora estás vos también. ¿Cómo me dijiste que te llamabas?
-Andrés.

Eternidad. Lacayos de la calle. Prólogo.

Siempre estuve ahí, incluso antes de ser quién soy ahora. He pasado por muchas tormentas, inundaciones, sequías. Tuve cientos de miles de accidentes. Viví muchas vidas, pero a la vez muchas más muertes.

Vidas, subvidas, terráneas, subterráneas, todas me hicieron, me cruzaron, me cambiaron.

A mi lado van las historias, sobre mi las catástrofes. Las historias de millones de personas que día a día me poseen. Me poseen, son dueños de mi, se creen dueños de mi. Las catástrofes son mi venganza, porque tengo derecho a hacerlo.

Yo los elijo, los agrupo. Yo decido lo que va a pasar. Soy usada, pero vengativa. Los dejo ser y hacer, pero son mis lacayos y al final, tomo sus vidas como yo quiera hacerlo.

Me siento eterna aunque fui creada por ellos, y ellos mismos me pueden destruir, soy eterna en la mente de las personas, soy eterna en la historia, sus historias, soy eterna en cada relato, en cada recuerdo, soy eterna para cada uno de ellos mientras estén vivos.

Necesito vivir, y vivo de sus vidas.

Me meto en sus casas, los veo. Y ellos saben que estoy. Participo de todas y cada una de sus conversaciones, se sus actos y sus mentiras.

Ni Andrés, ni Claudio, Sandra y los chicos, ni Lisa, Adriana y Daly, ni Ernesto, ni Martín y Josefina, ni don Valentín se escapan de este destino. Su reino está en mi reinado y así está escrito.

El conventillo fue construido a principios del siglo XX, pasaron miles, ahora quedan doce. Cada uno con su historia, en la historia que voy a contar.

Siempre estuve ahí, incluso antes de ser quién soy ahora.

Clasificado 3

Busco Gran Danés con pedigree para la perra de mi mujer.

Clasificado 2

Vendo cochera. Tomo auto como parte de pago.

Clasificado 1

Hasta que tenga material suficientemente avanzado de “Lacayos de la calle” voy a postear una serie de clasificados para matar el tiempo.
“HIV positivo busca HIV positivo para sexo seguro”

El pase del año. La 69. Capítulo 21 (fin).


Llueve, parece que el otoño ahora sí pega fuerte, y que el invierno va a ser mucho mas duro que el del año pasado. Reparar la unidad tomó solo un par de días. La pintamos de blanco, pero manteniendo el número de interno, pero ya lleva como quince días parada. Es tonto lo que me pasa, pero me deprime verla así. Tantos años, tantos recorridos, tantos quilombos.

Cuando recuerdo la “Revolución de mayo” como le decimos en el barrio a lo que hicimos el primero se me escapa una sonrisa. El farito de la luz de giro izquierda aun no la conseguimos.

Estoy podrido de ver Intrusos, hay que también quiero salir a demoler ese estudio también, pero esta vez sin avisar, y pasarle a todos por encima.

Faltan dos semanas para que al Rúben le saquen el yeso. La verdad que el pibe se la bancó bien. Saltó por la Betty, lo cagaron a palos, pero supo enfrentarlos como un hombre. Mi pibe creció, y la Betty es buena piba.

La Lili ya no me quiere ni ver. Soy demasiado bruto, siempre que quiero arreglarlo todo, la embarro más. No sirvo para estar en la casa. Todo cambia cuando yo estoy. Tengo que encontrar laburo ya.

Las veinte lucas casi no las toqué, hasta me da miedo hacerlo, se que si lo hago me voy a mandar veinte mil cagadas. Una por dólar.

Suerte que sonó el celular para ponerle término a mi sentimiento autodestructivo.

-¡Qué hacé Juan!

-Boludo, me enteré de lo que te pasó.

-Y, sí, qué le vamo a hacé.

-Mirá, sentime bien. En una línea están necesitando unidade. ¿Te va? ¿Qué modelo es la tuya?

-99 y la tengo verificada, pipí cucú. Vo la viste. Pero qué, ¿la quieren comprá?

-No boludo para laburarla como chofé también.

-Y bueno, vamo. ¿Y vo qué onda?

-Yo pensaba que podé tenerla andando doble turno? Yo te la trabajo por la noche y consegimo laburo lo do, ¿qué decí?

-Ta bien, vamo. ¿El recorrido está bueno?

-Sí, e provincia, zona norte y algo de oeste. Algo complicado, pero qué no hay complicado ahora.

-Y si, tené razón, pero por lo meno no va a ser tan trabado el tráfico, ma facil.

-Mirá, la cosa e así. Vo me buscá mañana y vamo a la terminal que está en Puente Saavedra, yo arreglo todo con el de personal.

-¿Puente Saavedra? Qué e, ¿la 365?

-Si, ¿te jode?

-No boludo, pero cómo lo conseguiste.

-En el partido, me quedé hablando con un muchacho y me dijo.

-Está bien, ¿a qué hora?

-12 en punto.

Parece mágico, pero me siento otro, nuevo. Y recuperé el diálogo con Lili. Estoy entusiasmado como un pibe, pero ni siquiera se que pueda pasar mañana. Tantos años trabajando en la misma línea. Y ahora cambiar, y para la 365, todo tema.

11:59 ya estaba buscándolo a Juan y fuimos, con la unidad pintada a la terminal de la 365.

-Disculpá, tenemo que ver a Bamballi – le dice Juan al guardia de la entrada.

-¿El Señor Bamballi? Allá atrás, en la oficina que dice personal, la de la puerta azul.

Vamos hasta la puerta azul, golpeamos y se escucha un “Pase”

Entramos y veo a un hombre con camisa y corbata sentado frente a una computadora, de espaldas a nosotros. Apenas se da vuelta lo veo. ¡el cuatro y la reputa que lo parió!

La cara de Bamballi no mostró sorpresa. Me parece que él sabía con quiénes se iba a encontrar.

-Bienvenidos. La cosa es así – empezó a hablar con voz pausada – en el partido pasado nos dimos cuenta de que tenemos una serie de falencias en el equipo. Una es el arquero y obviamente como quedó claro en el gol la otra es el número tres. Y creemos que con ustedes dos estaríamos bien armados. Les propongo olvidar todos los problemas que pudo haber en la cancha ya que son temas que quedan ahí. Soy tan apasionado como usted, Cacho, y lo que hizo por su chico es natural.

Yo no podía salir de mi asombro. Estaba divertido pero a la vez absorto por lo ridículo de la situación.

-¿Qué dicen, agarran el puesto?

-Pero, ¿y el laburo? – pregunto tímidamente

-ah, sí. Van a ganar lo mismo que en la 60, usamos su unidad para que la trabajen los dos. Y Juan, cuando haya problemas con la unidad de Cacho, buscaremos otra disponible. ¿Les parece?

-Bueno… sí, pero una sola cosita más.

-Ah no, eso sí que no – dice Bamballi como adivinándome el pensamiento – La 69 ya la tiene mi cuñado, el diez, elíjase otro número.

Feliz día del trabajador. La 69. Capítulo 20

Los pibes vinieron corriendo, era mediatarde ya cuando los vi llegar. El Rúben estaba medio maltrecho.
-Pa, mirá como le dejaron el brazo al Rúben – me dijo Betty.
-¡Andá a llamar a la Lili y al Cacho! Y vo, mostrame.

El Rúben se levantó el buzo y me mostró una pelota negra. Ese brazo estaba indudablemente roto.

-Lili, andate con Irma al hospital a que atiendan a tu pibe. Se rompió el brazo. Andá a emergencia y esperemo que lo atiendan rápido. Pibe, ponete hielo para que te baje la hinchazón y no te duela tanto. Cacho, vo quedate. Y Betty, contame bien qué pasó.

La Betty me hace el relato de lo que pasó. ¡Estaban hablando con mi hija, querían cagar a mi hija! Ya no aguanto más.

-Chicos, vayan a buscar a sus papá. ¡carajo, apúrense, pajero!

La unidad estaba a medio pintar lo cual mucho no me preocupaba. Con cacho fuimos a buscar unos fierros al fondo del taller. En un rato teníamos montada una estructura de fierros en la trompa de la unidad, ya lista para cumplir la misión.

-Vo no te preocupé, le dije al Cacho. Yo te la arreglo después y te la dejo como nueva.

En la puerta del taller había como 20 personas, entre padres, madres, hijos, hermanos. Todos los vecinos se hicieron presente y eso me llenó más de fuerza. Antes de salir fui a buscar la treinta y ocho que me dejó mi abuelo, esa que le regaló su padre en la quema de la Curia en el 55.

Nos subimos todos a la unidad y encaramos cual turba violenta para lo de Benítez, bueno, para la casa del viejo Benítez, tomada por estos mal nacidos.

Nos bajamos todos, y Cacho apunta la trompa hacia la puerta. Yo, con el bufoso en la mano les golpeo a los turros y ni bien abren la puerta cacho pone primera y se carga la pared completa, para poner marcha atrás y volver a embestir.

La casa de Benítez ya estaba abandonada y venida a menos y con esto quedó destruida. De ahí salieron cuatro personas, los dos vendedores y un par de minitas. Intentaron correr hasta que con un par de tiros al aire logré frenarlos. Quedaron congelados, con las manos en alto.

Cacho seguía demoliendo. La estructura de fierros que le calzamos a la unidad soportó como si hubiéramos creado uno igualito a los de SWAT. Nos acercamos a los cuatro y me paré frente del más gordo, el que le había roto el brazo al Rúben u le encajo la mejor trompada que pude dar en mi vida, rompiéndole la nariz y bajándole cuatro dientes. En ese momento los otros tres empezaron a correr y detrás de ellos todos los demás persiguiéndolos y dándoles alcance en la esquina.

La yuta llegó justo a tiempo, alertada por el ruido y los tiros, si no, los linchábamos. Fuera de joda. Con todo el revuelo, Cacho se fue con la unidad para esconderla.

Por supuesto los de azul sabían perfectamente quiénes eran esos cuatro y de alguna manera los cubrían, pero ante la evidencia no pudieron hacerse los giles. Dentro de la casilla se encontraron elementos para el fraccionamiento de cocaína, cientos de dosis preparadas para vender de cocaina y paco y unos tres kilos de marihuana. Tuvieron que llamar al fiscal de turno, que vino con una “cara de domingo” que no se podía creer.

-¿Quién es el responsable de todo esto? Preguntó un cana.
-Todo, pero ellos mucho má – contesté
-¿Qué pasó?
-Se metieron con nuestro pibe. No los queremo ver má por acá.
-Pero el destruir propiedad privada es un delito muy grave.
-¿Y quién nos va a acusá? Los vendedore de droga o la yuta que los cubre?
-¡Más respeto con la autoridad! – dijo el cana antes de irse con la cabeza gacha.
-¡Laburen hijos de puta! – dije en voz baja, haciéndole honor al primero de mayo.


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