Archivo para la categoría ‘General’

Apasionada Buenos Aires – Lacayos de la calle – Cap. 11

Ser parte de una ciudad llena de misterios no exime a nadie de participar en ellos. La habitación 15 es uno de esos misterios que mantiene atrapados, aunque ya sea parte del paisaje a todos los habitantes de la casa. Otro es el origen de la pesada puerta de hierro, indudable reliquia arquitectónica de principios del siglo XVIII. Sólo yo recuerdo su origen y pasa camuflada entre las otras construcciones y pórticos que pueblan la cuadra.

En la que es hoy la Avenida Montes de Oca al 800 estaba el origen de este portón. Era la puerta de acceso a una de las residencias más importantes de la zona. Allí habitaba Doña Juana Iriarte. Una bella mujer que quedó al mando de la casa al quedarse la familia sin hombres tras la cruda lucha Unitario-Federal. Lejos de toda ideología política y de construcción de un nuevo modelo de país, Doña Juanita, como le decían todos, enfocó todas sus energías en el asilo de los pobres. Dinero no le faltaba ya que los campos que la familia tenía cercanos a Lujan eran excelentes productores.

Huérfanos, campesinos, inmigrantes, todo aquel que necesitara asilo podía llegar a encontrarlo en la casona de los Iriarte. Al comienzo Juanita les ofrecía trabajo en la casa o el campo. Con el tiempo y las vacantes tomadas trataba de conseguirles lugar con las familias amigas, pero al final simplemente podía ofrecerles techo, comida y educación. Juanita sabía leer y escribir, y de tanto aprender, aprendió a enseñar.

Piero Sitalli fue uno de los primeros niños que llegó solo en la inmigración, ya para 1857 estaba pisando tierras argentinas con sólo diez años. Después de tanto vagar por el puerto y mendigar por la ciudad llegó a casa de Doña Juana y ahí recibió asilo, aprendió el idioma, a leer y escribir. Al principio se encargaba del jardín de la casona pero a medida que iba creciendo empezó a tomar otras responsabilidades, la confianza fue creciendo hasta convertirse en incondicional.
Juanita le llevaba alrededor de quince años pero eso no impidió que desde la infancia el italianito se enamorara de ella. La incondicionalidad con la que Piero la servía respondían al más noble amor. Y el amor y libido de la patriota se focalizaba en su filantropía por los necesitados. Así fue como la imagen que Piero tenía de ella rozaba la de una santa virginal que no se alejaba de “La Madonna” que le habían enseñado a adorar desde la cuna.

Piero no era el único enamorado de Juana. Cualquiera de sus pupilos podrían expresar el mismo sentimiento. Renzo Zucchini fue uno de los primeros en recibir asilo. Llegó ya con sus entrados cuarenta años con una mano atrás y otra adelante. Y él ocupó de alguna manera el rol que los muchos hombres muertos de la familia habían dejado vacante. Renzo podía matar por el amor a Juana. Un amor intenso, reservado y silencioso.

No fue casual que Juana elija los brazos de Piero para buscar consuelo. El joven sintió tocar el cielo con las manos. La mujer recibió la contención necesaria para los tiempos duros que sin duda estarían por llegar.

El año 1871 llegó regalándole a Buenos Aires la primera gran epidemia de fiebre amarilla. La casa de los Iriarte no quedó libre de la epidemia y todos los que pudieron salir, así lo hicieron, alejándose de la ciudad lo más posible. Juanita se quedó para cumplir su misión de protectora y cuidar a sus enfermos. No tardó en montar un pequeño hospital para tratar enfermos con la presencia también de Renzo y de Piero, colaborando a la par. Muchos fueron los muertos mucha la pena, pero nada comparable cuando un pequeño recién nacido murió en brazos de Doña Juanita. Ella sintió en ese momento que todo esfuerzo era vano, que su castillo de beneficencia de venía abajo. Nada pudo evitar el contagio del cien porciento de los habitantes de la casa. La unión con Piero se hizo más fuerte y los celos de Renzo pudieron más que la razón.

Las llamas devoraron todo cuanto quedó en la casa. No sobrevivió siquiera un ladrillo en pié. Fueron muchos los que murieron. La locura de un des-amor llevó a quemarlo todo y a todos. La fiebre amarilla se vio vencida en esa casa, ya no tenía a quién matar.

Concordia – Lacayos de la calle – Cap.10

Daly y Lisa decidieron no salir a hacer la calle esa noche. De vez en cuándo se tomaban un día para ellas, en el que no sólo se tomaban el día. Habían salido por la tarde a comprar algo de ropa al Once y volvieron con un par de botellas de Ron y dos Coca-Colas de litro y medio.
Andrés había estado pintando y terminando de darle forma al cuadro de Adriana. La mancha roja ya se había convertido en algo un poco más formado, si bien de mantenía dentro del abstracto y se separaba cientos de miles de kilómetros, años y estilos de la obra maestra de Goya. Igualmente el artista veía claramente el cuerpo desnudo de la meretriz en el lienzo. El negro, el rojo, el amarillo apasionadamente mezclados componían para él lo que ella le representaba.
Bajó de su habitación y las vio golpeando la bolsa de “Rolito” para sacar algunos hielos para enfriar los primeros tragos y les dio una mano.
-¿Querés uno Bombón? – Preguntó Daly
-Me encantaría, pero el ron me cae como piedra. Voy al almacén a comprar unas birras y me uno.
-Dale papi, que tenemos mucho de que hablar – Dijo Lisa mirándolo con picardía.
El juego de crear situaciones límite era uno de los favoritos de esta pareja de amigas. Se aprovechaban de la impunidad que les da su condición y conocían a la perfección las diferentes reacciones que provocaban en los demás. Andrés, por su origen de sábanas de seda no estaba acostumbrado a este tipo de compañía, por lo tanto si bien le resultaba pintoresco y bizarro el momento no podía oculta su incomodidad.
Cuando volvió Andrés con cuatro botellas de Quilmes de litro se encontró además con Martín y Josefina unidos al grupo. Al parecer Don Valentín ya se había guardado en su pieza, los menores dormían y “la yuta” no había llegado.
Los cinco empezaron a compartir una charla, tal vez la primera con profundidad etílica desde el arribo del pintor. La interacción de los personajes rara vez incluía a los demás fuera de los grupos ya armados, peor igual no era extraño que de vez en cuando sucedieran estos encuentros.
-¿Y vos de qué trabajás? – escuchó Andrés que le preguntaba una voz grave, impostada y acaramelada desde el otro lado de la mesa.
-El pinta – dijo Josefina desde el otro lado de la mesa antes de que Andrés pudiera emitir sonido.
-Igual yo no se como se puede laburar de eso. La verdad que nosotros como artistas tuvimos que buscar esta salida porque si no, nos moríamos de hambre.- dijo Martín
-Es que él tiene plata, ¿no ves que tiene todo de “chetito”? – volvió a decir Josefina como si Andrés no estuviera allí.
Andrés, escondido detrás de un gran vaso de cerveza no podía evitar sentir una gran incomodidad, igualmente no veía en las palabras ni de Martín, ni de Josefina un sentimiento de rechazo, de ironía, ni de envidia. Simplemente notaba que sus palabras salían libremente, sin filtros ni frenos inhibitorios; tal cual las pensaban.
-Sí, pinto, y precisamente estoy terminándole un cuadro que me pidió Adriana.
-Ah, la puta esa – dijo Lisa
-De Adriana – Dijo tajantemente Andrés, como marcando un límite entre los problemas personales por un lado y la individualidad y el respeto por el otro.
-Entonces un día nos vas a pintar a nosotras – Mientras decía eso Daly se paraba y se ponía en pose como si fuera Marilyn Monroe sobre la salida de aire caliente levantándole el vestido.
-Sí, lo voy a hacer. Es lo que quedé con Don Valentín. – En ese momento empezó a notar que nadie hablaba de sus acuerdos con el viejo así que ahí dio por terminado este tema.
Las cervezas y el ron iban y venían, las charlas variadas e interminables amortiguaban el paso de las horas. Ernesto llegó y se sumó al grupo, pero con su ginebra, pero solamente estuvo una hora, la necesaria como para mutilar un poco de su tristeza. Martín y Josefina encendieron un porro al que denominaban “Marlboro JeJe” manteniendo su compromiso de proteger la infancia de los niños.
La noche siguió consumiéndose y la charla fue interrumpida a medianoche por el timbre. Don Valentín se levantó para abrir el portón, y se encontró con Adriana. Estaba llorando, con parte de la ropa rota y con un par de marcas en la cara. La habían asaltado cerca del parque Rivadavia.
La conmoción por la llegada y el llanto de la prostituta no logró acallar la reunión. Al parecer el alcohol y la hierba ablandaron el corazón de las travestis, que se sumaron a una tácita tregua. Ambas habían vivido situaciones similares, incluso peores. Era indudable que el heterogéneo grupo se estaba comportando como un grupo de mochileros alrededor de un fogón.
Las risas siguieron. Adriana había olvidado por unas horas la pena y el dolor. Don Valentín acompañó su ron, puro y sin hielo, con un par de secas. El único sorprendido fue Andrés. Era claro que al día siguiente nadie saldría a visitarme hasta después del mediodía. Claudio y Sandra se encontraron con todos ya en el momento de la despedida. Adriana, Don Valentín y Ernesto se despidieron primero. Los malabaristas se despidieron dando un pico a todos los presentes, sin importar sexo ni condición sexual, y sin encontrar rechazo alguno.
-¿Entonces, nos vas a pintar a nosotras cuando termines el cuadro de esa?
-Prometido
Aunque sea por un instante, unas horas nomás y cargadas de estímulo, la concordia pudo llegar al conventillo. Se que no les venía mal un respiro.

La necesidad – Lacayos de la calle – Cap. 9

No hay peor castigo para la nobleza que la traición. Esa frase le daba vueltas por la cabeza a Claudio desde los últimos dos años. Él conocía muy bien lo que es romperse el lomo figuradamente para conseguir que un negocio prospere, trabajando de sol a sol, negociando con proveedores, atendiendo clientes y desarrollando una empresa pequeña pero sin vicios. El haber sido traicionado por quienes fueran sus personas de confianza lo marcó demasiado. Ahora sí conoce lo que es literalmente deslomarse, cargando cartones y basura ajena y haciéndola propia para conseguir los pocos pesos que los iban a ayudar a vivir.
La casa para ellos era un refugio en el que nunca les iba a faltar nada, tal vez por una influencia mágica, o acción del destino, según pensaban ellos.
Así como el aporte de Andrés era el de la creatividad, el de Claudio y Sandra era el esfuerzo, era el de demostrar que desde abajo todo se puede lograr. Los pactos no tienen condiciones ni tiempos, pero no se deben romper; pero la armonía en la pensión podía ser fácilmente quebrantada a partir de los incumplimientos.
El salir cada día a buscarse la vida, la educación de sus hijos y su presencia eran suficiente para mantenerse en la casa. Pero la combinación entre necesidad y orgullo a veces puede confundir a cualquiera.
Se acercaba el inicio de clases. Stephany había conseguido una bacante en la escuelita que estaba a unas cuatro cuadras, y Julián ya debería ir a pre-escolar. Al fin podrían rebuscárselas con otra changa mientras los chicos iban al colegio. Don Valentín se iba a encargar de llevarlos cada mañana y por la tarde, ellos los recogerían. Y Claudio andaba en la búsqueda. Nunca fue bueno con las labores manuales, en la fábrica lo suyo era administrar y manejar a la gente, pero “de oído” ya que nunca había estudiado nada, por lo tanto, el ingreso a cualquier empresa estaba bloqueado. Su salida fueron los cartones, amparado en el refugio que les conseguí en la pensión. Pronto notó que la calle de día es muy diferente, y que los códigos son más diferentes aún. En la noche se sentía protegido por la impunidad que da caminar en la oscuridad en trayectos conocidos. Sintió la vergüenza de ser pobre a la luz del día. La vergüenza de no poder entrar a ningún lugar a comprar útiles o cosas para el colegio sin que lo siguieran de la seguridad por miedo a que se robe algo. Sintió la violencia que puedo desplegar bajo los rayos del sol, y reaccionó.
Ninguno de los pensionados estaba preparado para esto. Ninguno pudo jamás suponer lo que Claudio terminó viviendo el día que estuvo detenido por romperle la nariz al custodio de la empresa mayorista donde fue a averiguar precios para la lista escolar. Con un papel y un lápiz anotaba cada una de las cosas que veía en el negocio, al anotar el tercer precio, el empelado de seguridad se le acercó y le pidió violentamente que saliera del local. Claudio no tenía dinero como para demostrarle que iba a comprar algo y las explicaciones razonables no aplican con ese tipo de gente así que con su puño ya curtido por el manejo de los cartones le rompió la nariz al inoportuno vigilante.
Ernesto dio la cara por Claudio en la seccional y su salida fue limpia, pero ya nunca más fue el mismo. Sus ojos cambiaron. Su mirada esperanzada se convirtió en una mirada de decepción. Empezó a sentir que la vida lo había decepcionado y que no tenía razones para serle noble a nadie. El mundo le jugaba en contra, y lamentablemente empezó a pensar en cómo enfrentarlo, con cualquier arma y a cualquier costo.

Alerta meteorológico – Lacayos de la calle – Cap. 8

Las tormentas de verano son por demás violentas y esta será una pocas veces vista. Lo se. Llevo años drenando agua, basura y cuerpos hacia mi hermano el Río.
“Nuevo paquete económico hizo enojar a San Pedro. El cielo se va a caer” rezaban los titulares matutinos de Crónica TV. Y no se equivocaban. Ernesto tenía ya revisadas todas las alcantarillas de su zona y verificado que la basura que estaba en la vereda no corriera el riesgo de ser arrastrada. Sabía que su esfuerzo iba a ser en vano, pero al menos cumplía con su parte del trato.
Fue un día de tormenta descomunal cuando su vida tomó este cambio drástico, al llegar a su casa y encontrar a su mujer con Oscar Sanguinetti, compañero de promoción y recientemente ascendido a comisario. Sanguinetti nunca estuvo en cosas lo suficientemente claras como para ser calificado de honesto. Siembre por H o por B estaba pegado en algo, pero tenía ese ángel particular para quedarse con cosas que no le correspondían. Por eso siempre estuvo un escalón más arriba que Ernesto. Y esa tarde no solo lo tenía sobre ese escalón sino también sobre su cama. Llegó más temprano debido a que por la tormenta de la mañana sufrió un golpe con una rama que cayó de un paraíso y lo mandaron para la casa. Al llegar se encontró con la escena. Su mujer y Sanguinetti cogiendo en su propia cama. No dudó un segundo en sacar “la reglamentaria” y apuntarle a ambos con su cara de desorbitado habitual. Amenazó que iba a gatillar una y otra vez. Se la puso a Sanguinetti en las bolas y en la frente, para romperle después el tabique con un certero derechazo. En toda esa escena casi no miró a su mujer, que gritaba desesperada con las tetas al aire. Se dio vuelta, sacó algo de ropa y se fue. Nunca más volvió a verlos. Pidió cambio de delegación para estar alejado de su ex amigo y se dedicó a tratar de recuperar el contacto con sus hijas. Tardó dos días en llegar al conventillo, en los que estuvo vagando sin rumbo, pero encontrando al fin el particular asilo.
Don Valentín, Martín y Josefina decidieron guardarse apenas pasado el mediodía, la tormenta que se venía no era joda. Al viejo ya le estaban doliendo las rodillas y estornudó cuatro veces seguidas; eso es indudablemente síntoma de temporal. Los chicos, por supuesto, aprovecharían cada uno de los segundos para sus amoríos vespertinos y silenciosos.
Stephany y Julián corrían por el patio mientras esperaban que sus papás entraran el carro al pasillo. Si me llegara a tragar su carretilla les quitaría casi lo único que tienen. Y las profesionales del sexo nunca se enteraron de la tormenta. Aún yacían en cama después de la veraniega y agitada noche anterior.
Andrés espiaba desde el balcón todos los movimientos de los moradores y los preparativos para el aguacero. Don Valentín daba instrucciones de cómo poner diarios en la base de las puertas el agua seguramente inundaría el patio y debían tratar de evitar que se metiera en los cuartos.
-Che pibe, será mejor que tapes los cuadros con una bolsa de plástico. La 14 está llena de goteras – Le gritó a Andrés desde abajo.
Alertado por el viejo Andrés agarró unas cuántas bolsas del supermercado y las abrió para tapar su inconclusa obra de Adriana, y aprovechó para poner otras encima del placard para proteger su ropa.
El cielo dejó de amenazar y el aguacero se hizo presente. Adriana se despertó puteando porque el agua le entraba por la puerta, los travestis reían en el balcón mientras miraban la lluvia. Claudio y los chicos estaban encerrados en su habitación y el viejo, con botas de goma hasta las rodillas trataba de destapar un par de canaletas para que el agua drene más fácilmente.
Ernesto estaba refugiado debajo del toldo de un kiosco. Las pocas inconscientes almas que estaban por la calle eran alertadas por el silbato del policía que las obligaba a caminar bien pegados a la pared, evitando ramas y posibles cables caídos.
Con la tormenta fuimos implacables. En tan solo un par de horas provocamos un caos impresionante, tomé venganza de cuatro personas, tragándomelas por las alcantarillas y entregándoselas sin vida a mi hermano el río.

El Pacto. –Lacayos de la calle – Cap. 7

Las noches en la casa cumplían con una estudiada y recurrente rutina. Sandra y Claudio dejaban los niños literalmente encerrados en el cuarto. De ahí a desatar su carro del árbol de la vereda y salir a cartonear. Lisa y Daly visiténdose para matar, o ser matadas y acribilladas por la mayor cantidad de chongos que contraten su efímero cariño. Y Adriana terminándose de acomodar su uniforme de batalla para la primera cita arreglada por celular minutos antes.

La pensión también espera el regreso de Ernesto con su habitual halo depresivo. Los malabaristas empiezan a planear su epopeya sexual y Don Valentín, que casi nunca pasaba despierto de las nueve de la noche se alistaba para dormir y despertar antes que el alba.
Andrés estaba aprehendiendo cada uno de los movimientos. No hacía un mes de su llegada.

Las noches de calor en el cuartucho lo invitaban a salir al patio, a tomar uno que otro litro de Quilmes en plena soledad, o con el acompañamiento de Martín y Josefina antes de su habitual performance. Se que puedo cansar hasta el más resistente y los chicos no se salvaban de mi conocido rigor. Pero Andrés aún me miraba de costado, pero era testigo de mi accionar sobre cada uno de sus vecinos.

Don Valentín vio al despertarse que la luz del cuarto de Andrés aún estaba encendida, y no le sorprendió encontrar a un Andrés perdido frente a un casi intacto lienzo. El cadáver de una botella de cerveza y el rastro oloroso de la marihuana mostraban los diferentes caminos creativos que el pintor había querido tomar esa noche.

-¿Qué hacés pibe?
-¡Don Valentín, qué sorpresa!. Pinto.
-Por lo que veo no estás pintando mucho
-Es que llegué a una etapa en la que estoy bloqueado.
-Yo diría que empezaste bloqueado, no hay más que una mancha roja en el centro del cuadro. ¿Qué es?
-Es que la señora que vive abajo me pidió que la retratara.
-Adriana, la señora se llama Adriana, y no se parece en nada a “eso”.
-Es que yo no voy a retratarla. Voy a pintar lo que ella me representa.
-Ah, ya veo. Una mancha roja. Adriana es muchísimo más que eso.
-Me imagino, pero aquí quedé.
-Es que te falta sentirla, vivirla, experimentarla. Así, sin ella no vas a poder pintarla. ¿Pensaste en cuál va a ser tu aporte?
-Emmmm, sí – Dijo Andrés pensando rápidamente – Mi colaboración puede ser que no falte nada en la cocina. Nunca.
-Hmmm no sirve. Si te fijás no falta nada, ni faltaba nada antes de que llegaras. Pero se agradece. ¿Sabés? Tu aporte puede ser un cuadro de cada una de las habitaciones; es decir, de sus habitantes y lo que “ellos te representen”. Ahora te dejo. Voy a ver cómo están los pibes de Claudio y abrir las puertas para que entren los que llegan.
-¿A los pibes? ¿Pero cómo?
-Igual que cómo entré acá. Tengo las llaves de todos los cuartos. ¿O pensaste que habías dejado la puerta abierta?

Esta respuesta descolocó a Andrés que se sintió invadido e inseguro, pero si la convivencia es armoniosa en estos momentos y lo fue antes, no debería sentirse preocupado.

-Es que no puedo quedarme tranquilo si no veo a los pibes antes de dormir ni al despertarme. Necesito saber qué están bien – Dijo el viejo antes de irse. – Ah, y lo de las llaves, es un secreto.

Y cerró la puerta.

Andrés escuchó cuando regresaron los cartoneros, que en silencio se encerraron a descansar y los travestis, que en estado de completa ebriedad entraron cantando y contando lo que habían ganado versus todo lo que habían gastado en alcohol. Recién cuando el respetuoso silencio llegó de la habitación contigua pudo pegar un ojo.


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog