Concordia – Lacayos de la calle – Cap.10
Daly y Lisa decidieron no salir a hacer la calle esa noche. De vez en cuándo se tomaban un día para ellas, en el que no sólo se tomaban el día. Habían salido por la tarde a comprar algo de ropa al Once y volvieron con un par de botellas de Ron y dos Coca-Colas de litro y medio.
Andrés había estado pintando y terminando de darle forma al cuadro de Adriana. La mancha roja ya se había convertido en algo un poco más formado, si bien de mantenía dentro del abstracto y se separaba cientos de miles de kilómetros, años y estilos de la obra maestra de Goya. Igualmente el artista veía claramente el cuerpo desnudo de la meretriz en el lienzo. El negro, el rojo, el amarillo apasionadamente mezclados componían para él lo que ella le representaba.
Bajó de su habitación y las vio golpeando la bolsa de “Rolito” para sacar algunos hielos para enfriar los primeros tragos y les dio una mano.
-¿Querés uno Bombón? – Preguntó Daly
-Me encantaría, pero el ron me cae como piedra. Voy al almacén a comprar unas birras y me uno.
-Dale papi, que tenemos mucho de que hablar – Dijo Lisa mirándolo con picardía.
El juego de crear situaciones límite era uno de los favoritos de esta pareja de amigas. Se aprovechaban de la impunidad que les da su condición y conocían a la perfección las diferentes reacciones que provocaban en los demás. Andrés, por su origen de sábanas de seda no estaba acostumbrado a este tipo de compañía, por lo tanto si bien le resultaba pintoresco y bizarro el momento no podía oculta su incomodidad.
Cuando volvió Andrés con cuatro botellas de Quilmes de litro se encontró además con Martín y Josefina unidos al grupo. Al parecer Don Valentín ya se había guardado en su pieza, los menores dormían y “la yuta” no había llegado.
Los cinco empezaron a compartir una charla, tal vez la primera con profundidad etílica desde el arribo del pintor. La interacción de los personajes rara vez incluía a los demás fuera de los grupos ya armados, peor igual no era extraño que de vez en cuando sucedieran estos encuentros.
-¿Y vos de qué trabajás? – escuchó Andrés que le preguntaba una voz grave, impostada y acaramelada desde el otro lado de la mesa.
-El pinta – dijo Josefina desde el otro lado de la mesa antes de que Andrés pudiera emitir sonido.
-Igual yo no se como se puede laburar de eso. La verdad que nosotros como artistas tuvimos que buscar esta salida porque si no, nos moríamos de hambre.- dijo Martín
-Es que él tiene plata, ¿no ves que tiene todo de “chetito”? – volvió a decir Josefina como si Andrés no estuviera allí.
Andrés, escondido detrás de un gran vaso de cerveza no podía evitar sentir una gran incomodidad, igualmente no veía en las palabras ni de Martín, ni de Josefina un sentimiento de rechazo, de ironía, ni de envidia. Simplemente notaba que sus palabras salían libremente, sin filtros ni frenos inhibitorios; tal cual las pensaban.
-Sí, pinto, y precisamente estoy terminándole un cuadro que me pidió Adriana.
-Ah, la puta esa – dijo Lisa
-De Adriana – Dijo tajantemente Andrés, como marcando un límite entre los problemas personales por un lado y la individualidad y el respeto por el otro.
-Entonces un día nos vas a pintar a nosotras – Mientras decía eso Daly se paraba y se ponía en pose como si fuera Marilyn Monroe sobre la salida de aire caliente levantándole el vestido.
-Sí, lo voy a hacer. Es lo que quedé con Don Valentín. – En ese momento empezó a notar que nadie hablaba de sus acuerdos con el viejo así que ahí dio por terminado este tema.
Las cervezas y el ron iban y venían, las charlas variadas e interminables amortiguaban el paso de las horas. Ernesto llegó y se sumó al grupo, pero con su ginebra, pero solamente estuvo una hora, la necesaria como para mutilar un poco de su tristeza. Martín y Josefina encendieron un porro al que denominaban “Marlboro JeJe” manteniendo su compromiso de proteger la infancia de los niños.
La noche siguió consumiéndose y la charla fue interrumpida a medianoche por el timbre. Don Valentín se levantó para abrir el portón, y se encontró con Adriana. Estaba llorando, con parte de la ropa rota y con un par de marcas en la cara. La habían asaltado cerca del parque Rivadavia.
La conmoción por la llegada y el llanto de la prostituta no logró acallar la reunión. Al parecer el alcohol y la hierba ablandaron el corazón de las travestis, que se sumaron a una tácita tregua. Ambas habían vivido situaciones similares, incluso peores. Era indudable que el heterogéneo grupo se estaba comportando como un grupo de mochileros alrededor de un fogón.
Las risas siguieron. Adriana había olvidado por unas horas la pena y el dolor. Don Valentín acompañó su ron, puro y sin hielo, con un par de secas. El único sorprendido fue Andrés. Era claro que al día siguiente nadie saldría a visitarme hasta después del mediodía. Claudio y Sandra se encontraron con todos ya en el momento de la despedida. Adriana, Don Valentín y Ernesto se despidieron primero. Los malabaristas se despidieron dando un pico a todos los presentes, sin importar sexo ni condición sexual, y sin encontrar rechazo alguno.
-¿Entonces, nos vas a pintar a nosotras cuando termines el cuadro de esa?
-Prometido
Aunque sea por un instante, unas horas nomás y cargadas de estímulo, la concordia pudo llegar al conventillo. Se que no les venía mal un respiro.
- 5 Comentarios
- 2 votos
- Reportar este Posteo


Que buena reunión de vecinos…Muy buena foto.