La necesidad – Lacayos de la calle – Cap. 9
No hay peor castigo para la nobleza que la traición. Esa frase le daba vueltas por la cabeza a Claudio desde los últimos dos años. Él conocía muy bien lo que es romperse el lomo figuradamente para conseguir que un negocio prospere, trabajando de sol a sol, negociando con proveedores, atendiendo clientes y desarrollando una empresa pequeña pero sin vicios. El haber sido traicionado por quienes fueran sus personas de confianza lo marcó demasiado. Ahora sí conoce lo que es literalmente deslomarse, cargando cartones y basura ajena y haciéndola propia para conseguir los pocos pesos que los iban a ayudar a vivir.
La casa para ellos era un refugio en el que nunca les iba a faltar nada, tal vez por una influencia mágica, o acción del destino, según pensaban ellos.
Así como el aporte de Andrés era el de la creatividad, el de Claudio y Sandra era el esfuerzo, era el de demostrar que desde abajo todo se puede lograr. Los pactos no tienen condiciones ni tiempos, pero no se deben romper; pero la armonía en la pensión podía ser fácilmente quebrantada a partir de los incumplimientos.
El salir cada día a buscarse la vida, la educación de sus hijos y su presencia eran suficiente para mantenerse en la casa. Pero la combinación entre necesidad y orgullo a veces puede confundir a cualquiera.
Se acercaba el inicio de clases. Stephany había conseguido una bacante en la escuelita que estaba a unas cuatro cuadras, y Julián ya debería ir a pre-escolar. Al fin podrían rebuscárselas con otra changa mientras los chicos iban al colegio. Don Valentín se iba a encargar de llevarlos cada mañana y por la tarde, ellos los recogerían. Y Claudio andaba en la búsqueda. Nunca fue bueno con las labores manuales, en la fábrica lo suyo era administrar y manejar a la gente, pero “de oído” ya que nunca había estudiado nada, por lo tanto, el ingreso a cualquier empresa estaba bloqueado. Su salida fueron los cartones, amparado en el refugio que les conseguí en la pensión. Pronto notó que la calle de día es muy diferente, y que los códigos son más diferentes aún. En la noche se sentía protegido por la impunidad que da caminar en la oscuridad en trayectos conocidos. Sintió la vergüenza de ser pobre a la luz del día. La vergüenza de no poder entrar a ningún lugar a comprar útiles o cosas para el colegio sin que lo siguieran de la seguridad por miedo a que se robe algo. Sintió la violencia que puedo desplegar bajo los rayos del sol, y reaccionó.
Ninguno de los pensionados estaba preparado para esto. Ninguno pudo jamás suponer lo que Claudio terminó viviendo el día que estuvo detenido por romperle la nariz al custodio de la empresa mayorista donde fue a averiguar precios para la lista escolar. Con un papel y un lápiz anotaba cada una de las cosas que veía en el negocio, al anotar el tercer precio, el empelado de seguridad se le acercó y le pidió violentamente que saliera del local. Claudio no tenía dinero como para demostrarle que iba a comprar algo y las explicaciones razonables no aplican con ese tipo de gente así que con su puño ya curtido por el manejo de los cartones le rompió la nariz al inoportuno vigilante.
Ernesto dio la cara por Claudio en la seccional y su salida fue limpia, pero ya nunca más fue el mismo. Sus ojos cambiaron. Su mirada esperanzada se convirtió en una mirada de decepción. Empezó a sentir que la vida lo había decepcionado y que no tenía razones para serle noble a nadie. El mundo le jugaba en contra, y lamentablemente empezó a pensar en cómo enfrentarlo, con cualquier arma y a cualquier costo.
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y no hay nada más triste que perder todas las esperanzas..
q no tener tu refugio…
tu lugar…. donde soñar y creer q todo va a mejorar…
y existe tanta gente desespreanzada en el mundo…
sin sueños…. sin nada q las protega—
es muy triste…