Enero 16, 2010 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente

El pianista Kenny Drew fue animado en su infancia por su madre, pianista clásica para que se interesara por la música. De adolescente estudió en la “Hig School of Music and Art” de New York y debutó profesionalmente acompañando a una orquesta estudiantil sin renombre. Estudio la música de Fats Waller, Art Tatum y Teddy Wilson, tres clásicos del piano de jazz en la era del swing y sus primeras influencias. En aquella época la Calle 52 de Harlem era un hervidero musical de nuevas ideas y alternó sesiones en directo con Sonny Rollins, Jackie McLean y Art Taylor. En uno de los clubes de la Calle 52, escuchó una noche tocar el piano a Bud Powell y el sonido del maestro del piano bebop, lo cautivó para siempre.
En 1950 grabó su primer disco para Blue Note aunque liderado por Howard McGhee, y junto al trombonista, Jay Jay Johnson y Brew More. A finales del cincuenta y principios de 1951, Kenny Drew tocó al lado de las grandes vacas sagradas del jazz como los saxos tenores, Coleman Hawkins y Lester Young, y también con Charlie Parker. Al año siguiente se traslada a California donde formo un trío propio con el que actuó en diversos clubes de San Francisco y Los Ángeles. Allí grabaría su primer disco como líder junto a Curley Russell y Art Blakey. De vuelta a New York acompaña a la cantante Dinah Washington y toca durante dos meses con los Jazz Messenger de Art Blakey. De Junio de 1958 a marzo de 1959 actuó de manera consecutiva con el grupo de Buddy Rich antes de formar un nuevo trío, su formula musical preferida, y actuar en el estado de Florida.
En 1960 actuó en el Festival de jazz de Newport y formo parte del cuarteto de Kenny Dorham. Al año siguiente viaja por primera vez a Europa actuando en Paris, Bolonia y Copenhague donde contrajo matrimonio con la hija del pianista Leo Mathisen. En Copenhague actuó asiduamente en el “Montmartre Jazzhus” con Dexter Gordon, Johnny Griffin, Jon Henderson, Hank Mobley, Ben Webster o Don Byas. Trabó una gran amistas con el contrabajista danés, Niels-Henning Orsted Pedersen y formo un dúo con el ampliándolo ocasionalmente con el añadido del guitarrista belga, Philip Catherine. Sus discos para el sello danés “Steplechease” son además de numerosos, magníficos y prácticamente con todo el amplio abanico de músicos que estaban de visita en Dinamarca.
Kenny Drew fue un pianista extraordinario, dotado de una refinada técnica, de garra y precisión, valores con los que evitaba adornarse con florituras innecesarias.
Diciembre 29, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente
Florencio de los Ángeles Molina Campos nació en Buenos Aires el 21 de agosto de 1891. Hijo de don Florencio Molina Salas y de doña Josefina del Corazón de Jesús Campos y Campos, miembros de una familia tradicional cuyos orígenes se remontan en el país a la época de la Colonia. Entre sus ilustres y heroicos antecesores se cuentan los generales Luis María, Gaspar y Manuel Campos, entre otros.
Florencio Molina Campos, muy distante del ámbito castrense, pasó su vida alternando entre la Ciudad de Buenos Aires y los campos de sus padres en los pagos del Tuyu y General Madariaga, en provincia de Buenos Aires, y Chajarí, provincia de Entre Ríos.
El 31 de julio de 1920 contrajo matrimonio en la Iglesia del Salvador con María Hortensia Palacios Avellaneda, hija de don Rodolfo Palacios y de doña María Avellaneda -integrantes de encumbradas familias tradicionales de nuestro país-, con la que inició su vida matrimonial en un departamento ubicado en la Calle Paraguay 339.
El 11 de junio de 1921 nació la que sería su única hija, Hortensia, a la que llaman “Pelusa”. Tiempo después el matrimonio se separó de hecho, quedando la tenencia de Pelusa a cargo de su madre María Hortensia. Pelusa, luego de un largo noviazgo, contrajo enlace con don Antonio “Buby” Gimenez, hijo único de una familia castrense tradicional de gloriosos expedicionarios al Desierto. Transcurridos 11 años de matrimonio, nació el que sería también su único hijo, Gonzalo Gimenez Molina.

En 1926, Florencio Molina Campos -a instancias de sus amigos y aprovechando que sus antepasados eran socios fundadores y él había sido empleado y en ese entonces ya era socio- presentó su primera exposición en el Galpón de Palermo de la Sociedad Rural Argentina. Su muestra fue visitada por el Presidente de la Nación, Marcelo T. De Alvear, quien se convirtió en ferviente admirador de su obra y lo premió otorgándole una cátedra en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda.
Durante una exposición que llevó a cabo en Mar del Plata en el año 1927, Florencio conoció a una joven mendocina, María Elvira Ponce Aguirre, a la que no volvió a ver por un largo período. Años después formaron pareja y convivieron hasta la muerte de Florencio en el año 1959. Como en la Argentina no estaba legalizado el divorcio, y por lo tanto no se permitía el casamiento de personas separadas, la pareja contrajo matrimonio sucesivamente en Uruguay en 1932, Estados Unidos en 1937 y, finalmente, por civil en Buenos Aires el 9 de marzo de 1956, favorecidos por la Ley Perón.
En 1931 el pintor realizó su primer viaje a Europa y expuso en París. Más adelante viajaría infinidad de veces, invitado por diferentes gobiernos como representante cultural argentino. Fue profesor de las nuevas generaciones, tanto en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda como en Bellas Artes.
En esa época inició el contrato para ilustrar los almanaques de la firma Alpargatas, que se editaron desde el año 1931 a 1936, 1940 a 1945, 1961 y 1962. Constituyeron, quizá, su obra más difundida, y sobre ellos dijo Ruy de Solana: “los almanaques constituían un sinónimo elemental de lo barato y despreciable. Pero desde que este artista empezó a difundir sus trabajos por ese medio humilde y anual, los almanaques se convirtieron en la pinacoteca de los pobres”.
A partir de 1942, Molina Campos estrechó su relación con Walt Disney y fue contratado para asesorar al equipo de dibujantes para tres películas que los Estudios Disney estaban por realizar, ambientadas en la Argentina y basadas en obras del artista argentino y en los paisajes que habían visto en sus viajes a nuestro país.
Molina Campos había sido convocado cuando ya estaba bastante avanzada la primera de las tres películas que planeaban realizar. El pintor argentino no compartía las extravagancias que el estudio cinematográfico quería hacer protagonizar a los paisanos y, tras varios intentos fallidos por lograr una representación más fiel del gaucho argentino, renunció. Ya sin Molina Campos, Disney decidió convertir las tres películas en una sola, que se conoció como “Saludos, amigos”.
Como muda huella de su paso por los estudios de la Disney, quedaron las fotografías que se exhiben en el Museo Florencio Molina Campos entre las que aparecen Walt y sus dibujantes en el rancho Los Estribos, en un viaje relámpago que hicieron a la Argentina exclusivamente para contratarlo.
En 1944, el pintor formalizó un contrato que se extendería por 10 años en forma consecutiva con la firma norteamericana Mineapolis-Moline, para la que ilustró entre 1944 y 1958 una serie de almanaques similares a los de Alpargatas, pero que incluyeron – por sugerencia suya- maquinaria agrícola de esa empresa. Además efectuaron afiches, estampillas y naipes y se reprodujeron los cuadros en diarios y revistas. En 1951, editaron también 12 laminas de los originales de ese año.
El 16 de noviembre de 1959, superado por una enfermedad terminal luego de una infructuosa operación, Florencio Molina Campos murió en Buenos Aires. Sus restos permanecieron en la bóveda familiar de la Recoleta hasta que, en la década del 70, fueron trasladados a instancias de Elvirita al Cementerio de Moreno, en donde permanecen.
Fue la imagen de Florencio la del típico argentino, simpático, entrador, audaz, excelente bailarín, con un envidiable carisma del que se valía para amenizar las reuniones a las que concurría. Poseía un fuerte carácter, que rasaba en ocasiones el mal humor. Era amante de la música clásica, que escuchaba durante las noches mientras pintaba.

No tuvo una visión comercial de lo que hacía. Pintaba porque le gustaba pintar. Cuando por la guerra no entraba al país papel canson que utilizaba, pintó sobre cajas de ravioles, cuyo material reunía buenas cualidades como soporte de su arte. Jamás proyectó su obra a futuro. Vendía sus pinturas, sí, pero a precios sumamente módicos para la época, que sólo le permitieron vivir decorosamente. Pintó infinidad de cuadros, probando con diversas técnicas.
Estos al igual que otros detalles de la vida de Molina Campos, surgen de la cuidada, respetuosa y estudiada biografía escrita por el Profesor Juan Carlos Ocampo, editada originalmente en 1980 y recientemente actualizada y reeditada, ante el reiterado pedido de admiradores tanto de la Argentina como del extranjero.
Nuevo museo Florencio Molina Campos
By guiacontratango
Con un cielo celeste, como lo hubiera pintado Florencio Molina Campos, se inauguró ayer en el corazón de esta ciudad el museo que lleva su nombre y que reúne 65 obras, recuerdos, fotos, libros y cuadros procedentes de la colección Octavio Caraballo (Fundación Las Lilas), impulsor de un proyecto que llena de orgullo a los vecinos de Areco y será, sin duda, un nuevo polo de turismo cultural.

El nuevo museo se ubica en la localidad bonaerense de San Antonio de Areco.
Nunca continente y contenido fueron tan afines, porque la obra del mayor difusor universal de las costumbres del campo se nutre de los usos y costumbres de los gauchos bonaerenses, que el artista inmortalizó en la serie de almanaques de Alpargatas, en las primeras décadas del siglo XX.
Octavio Caraballo dijo ayer en rueda de prensa que llevaba tiempo imaginando un proyecto para difundir la obra del gran artista del campo en una tierra por la que siente afecto profundo. “Compré mi primera obra cuando tenía 15 años, pero el gran salto lo dimos en los años 80, cuando compramos con mi hermana Claudia la colección de almanaques que estaban en manos de Alparagatas”, contó.
Caraballo, con más de 170 obras en su poder, es el mayor coleccionista de Molina Campos del mundo, y está dispuesto a que la Fundación Las Lilas sostenga “para siempre” este museo que reúne las obras y el espíritu del notable artista que trabajó con Walt Disney, viajó por el mundo y murió de un cáncer fulminante a los 65 años.
Fue una fiesta recorrer las salas de la vieja casa de la familia Pasaglia, refuncionalizada por Luis Benedit, en compañía de un fino conocedor como es Marcos Bledel, galerista y coleccionista.
Arquitecto y pintor, Luis Benedit recordó la categoría de este maestro que en vida quedó, muchas veces, atrapado en el casillero de ilustrador. “Fue decisiva la muestra que en 1989 le dedicó el Museo Nacional de Bellas Artes. El público y la crítica advirtieron la magnitud de su talento expresado en un lenguaje singular y genuino”, recordó.
El museo (Moreno 279) abrirá sus puertas al público el sábado. Por el valor de la entrada ($ 20) se podrá disfrutar de un espectáculo imperdible: los cuadros escenificados por Fernando Pugliese y animados por Luis Landriscina, quien cuenta la vida y los amores de don Tiléfero Areco, un gaucho querendón al que Molina Campos supo llevar a miles de hogares argentinos.
Fuente: La Nación
Diciembre 16, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente
Angela Brigid Lansbury nació cerca de Regent’s Park, Londres, el 16 de octubre de 1925. Su madre fue Moyna Macgill una conocida actriz de teatro, quien se casó en segundas nupcias con Edgar Lansbury, un hombre de negocios bastante mayor que ella, hijo de George Lansbury un importante líder del Partido Laborista. Moyna y Edgard fueron padres de tres hijos, Angela y los gemelos Edgard Jr y Bruce (futuros productores de Broadway). La familia se completaba con Isolde, hija del primer matrimonio de Moyna y años más tarde primera esposa de Peter Ustinov.
La joven Angela y sus hermanos se criaron primero en Regent’s Park y más tarde en el barrio de Mill Hill, donde su madre (quien había aparcado su carrera artística) convirtió la casa familiar en un salón concurrido por escritores, actores y músicos. Este ambiente y la educación fueron determinantes para encaminar la futura carrera de Angela: tras sacarla de la escuela para chicas en la que estudiaba, su madre la llevó primero a una escuela de danza, y más tarde a otra de artes dramático. Además, Moyna llevó asiduamente a su hija a ver las representaciones del Old Vic para animarla a hacerse actriz.
Tras la muerte de Edgard a consecuencia de un cáncer de estómago (1934), Moyna se casó con un antiguo coronel escocés, Leckie Forbes para lamentarlo posteriormente (el concepto de disciplina de Forbes convirtió la casa en una tiranía). Una noche de 1940, cuando faltaba poco para que la Luftwaffe castigara Londres con sus bombas, mamá Moyna sacó a sus vástagos de casa y los embarcó rumbo a Montreal, de donde pasaron a Nueva York. En 1942, siguiendo un tour de la matriarca, la familia recaló finalmente en Hollywood.

Angela trabajó en una tienda de Los Angeles hasta que un aspirante a actor, Michael Dyme (a quien conoció en una fiesta que Moyna había organizado para refugiados británicos) le presentó a Mel Ballerino, director de casting de la Metro, quien estaba trabajando en el reparto de Luz que agoniza (1944) de George Cukor y ofreció a Angela el papel de la criada opuesta a Ingrid Bergman, por el que la debutante actriz logró su primera nominación al Óscar como actriz de reparto. Al año siguiente Ballerino dio el papel de Sybil Vane, la joven actriz a la que Hurt Hartfield rompe el corazón en El retrato de Dorian Gray (1945) basada en la novela de Oscar Wilde. La película, en la que también participó Moyna en una pequeña intervención, le valió su segunda nominación al Óscar y su primer Globo de Oro.
Las dos películas sentaron la carrera de Angela en el cine aunque nunca escapó de papeles secundarios: en años siguientes le daría la réplica a Judy Garland en The Harvey girls (1946), a George Sanders en The private affairs of Bel Ami (1947), a Gene Kelly y a Lana Turner en Los tres mosqueteros (1948), a Victor Mature en Sansón y Dalila (1949) de Cecil B. de Mille, y a Paul Newman en El largo y cálido verano (1958). En 1963 consiguió su tercera nominación al Óscar por resultar creíble como posesiva madre de Lawrence Harvey (sólo tres años más joven que ella) en El mensajero del miedo.
Angela se casó con 19 años con el actor Richard Cromwell de quien se divorció un año después (y descubrir entonces que Cromwell era bisexual). En 1949 se volvió a casar, con Peter Shaw actor, productor y representante de actores (lo fue de Katharine Hepburn y de Robert Mitchum), con quien tuvo dos hijos, Anthony y Deirdre. Peter fue un una piedra puntal en la carrera de Angela y el matrimonio permaneció unido hasta la muerte de él en 2003.

Sus mayores éxitos, sin embargo, los consiguió no en los platós sino en las tablas. Tras protagonizar Anyone can whistle de Stephen Sondheim en 1964, se hizo con uno de sus mayores triumfos al protagonizar el musical Mame de Jerry Herrman que interpretó en más de 1500 representaciones de 1966 a 1969, y por el que ganó el primer de sus cuatro premios Tony; los otros tres los conseguió por sus interpretaciones en los musicales Dear world (1969), Gypsy (1974-1975) y Sweeny Todd (1979-1980), en el que interpretó el papel de Mrs Lovett.

A finales de los años sesenta dos sucesos sacudieron violentamente su vida: un incendio arrasó el domicilio familiar y el joven Anthony se reveló como un seguidor del nefasto Charles Manson. Por ello, y para alejar a sus hijos de las drogas con las que habían estado experimentando, Angela apartó momentáneamente su carrera para irse a vivir con ellos al sur de Irlanda.
Volvió a la gran pantalla en los años setenta, aunque en actuaciones cada vez más esporádicas: la aprendiz de Harry Potter de Una bruja novata (1971) de Disney, su papel protagonista más recordado; la escritora de Muerte en el Nilo; y la abuelita de la fantástica En compañía de lobos (1984) de Neil Jordan.
Sin embargo, su papel más célebre no lo interpretó ni en teatro ni en cine, sino en la televisión: la madura escritora de novelas de misterio Jessica Fletcher, que interpretó en los más de doscientos episodios (y algún que otro telefilm) de la serie Se ha escrito un crimen; siempre dispuesta a resolver los más complicados asesinatos (algo que hacía muy a menudo ya que, por alguna extraña razón, allí donde ella iba alguien era asesinado) y dejar a los más experimentados policias como unos completos inutiles. La serie (de la que su hijo Anthony ejerció de productor) se mantuvo en antena durante doce temporadas (de 1984 a 1996 cuando fue retirada al perder audiencia ante Friends) y le valió cinco Globos de oro y doce nunca recompensadas nominaciones a los Emmy.

Aunque la serie absorbió casi por completo su tiempo a lo largo de todo ese tiempo, aun tuvo momentos para dar voz a la Sra.Potts de La bella y la bestia (1991) y la vieja emperatriz Maria de Anastasia. Su última aparición en la gran pantalla fue La niñera mágica (2005). En mayo de 2007 volvió a subirse a un escenario para protagonizar la obra Deuce de Terrence McNally, por la que fue nominada a otro Tony.
Diciembre 5, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente
Este cálido y al mismo tiempo descarnado testimonio sobre el autor de La traición de Rita Hayworth, sobre sus amores, la pasión que alimentaba por las estrellas de cine y el mundo de ensueño de Hollywood, echa una cruda luz sobre algunos de los aspectos que inspiraron sus libros.
“Creen que soy un best-seller pasajero, no un escritor. Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta años” Un atardecer de junio, en 1991, volví a ver a la madre de Manuel Puig en el mismo living modesto de la calle Charcas donde la había conocido veinte años antes.Había un invencible anhelo de orden en los objetos que la rodeaban. Cierta ley de la gravedad dictada por el tiempo, o por la voluntad del hijo muerto, dejaba caer los objetos en un lugar preciso, y ese lugar era para siempre.
“Vení a saludar a Coco”, me dijo, resucitando el apodo familiar que Manuel detestaba. “Tenés que verlo. Está precioso”.
María Elena delle Donne -ése era su nombre, aunque le gustaba que los amigos de Manuel la llamáramos Male- me llevó a la salita que su hijo había usado como estudio en los años de Boquitas pintadas y The Buenos Aires Affair. En el rincón menos hospitalario languidecía, inútil, la Olivetti Lettera en la que Puig había escrito sus tres primeras novelas. En los estantes metálicos de la biblioteca vi algunas traducciones de Pubis angelical, una biografía de Greta Garbo y los libretos radioteatrales, encuadernados, de Yaya Suárez Corvo, que conocieron una efímera fama en los años 40 y por los que Manuel había profesado siempre una veneración secreta. Las paredes estaban adornadas con abanicos japoneses y una espada de samurai. El editor de Tokio se los había regalado a Male en marzo de 1990, y ahora ella no quería desprenderse de los recuerdos. “No podés imaginar lo feliz que Coco estuvo en Japón”, me dijo. “A todas las personas les gusta que las quieran, pero él era más sensible que nadie a esas cosas.”
A la izquierda de la biblioteca, entre dos budas de porcelana dudosa, vi el cáliz de metal bruñido en el que Male había llevado desde México las cenizas de Manuel. Contra lo que yo esperaba, no había ninguna inscripción que indicara el principio y el fin de la historia. Nada que dijera, en el estilo paródico del difunto: Hijo, descansa en paz o Manuel Puig (General Villegas, 1932 – Cuernavaca, 1990). Sobre el cáliz desentonaba un crucifijo de bazar.
“Decíle a Coco lo que estás pensado”, me alentó Male. “No tengas vergüenza. Decíle que lo encontrás más lindo que nunca”.
Yo no sentía vergüenza ni sorpresa ni tan siquiera pena. Manuel Puig había muerto de una dolencia incomprensible un año antes, en México y, después del desconcierto de la noticia, ya la tristeza se había disipado. En verdad, yo no sabía qué hacer ante aquellas cenizas. Puig no estaba en ellas y tampoco quedaba nada de él en ese cuarto: nada, ni lo que había deseado o imaginado, y menos aún lo que había sido.
La primera vez que oí hablar de Manuel Puig fue en el otoño argentino de 1967, cuando el editor catalán Carlos Barral me llamó por teléfono al semanario Primera Plana -del que yo era entonces jefe de redacción- para contarme que un “prodigioso escritor argentino” había perdido por un margen de dos votos el premio de novela Biblioteca Breve. “Tu corresponsal en Nueva York debe entrevistarlo”, me dijo. “Lo encontrarán en las oficinas de Air France del aeropuerto Kennedy. Se llama Juan Puig y está allí, en la recepción, a la espera de que aparezca una estrella de cine”.
Primera Plana no tenía corresponsales en Nueva York, pero uno de los redactores del semanario debía de todos modos pasar por las oficinas de Air France en Kennedy durante una escala a Europa. Una semana después envió lo que el semanario titularía “Retrato del novelista desconocido”.
Puig era -escribió- un joven de estatura mediana, que se desplazaba por los pasillos del aeropuerto en cámara lenta. Había nacido a mediados de 1932 en General Villegas, una ciudad desértica de la provincia de Buenos Aires, y se había mudado a Buenos Aires en 1949 para estudiar arquitectura.
La arquitectura, sin embargo, era sólo un desvío para llegar a su pasión verdadera, el cine.
A fines de 1960 trabajó en algunas coproducciones más bien atroces. La mejor, que se llamó Una americana en Buenos Aires, avergonzó tanto a su desvergonzada protagonista -Mamie Van Doren- que ella jamás quiso incluirla en su filmografía. Puig, en cambio, logró sacar ventaja de esas desdichas. Durante todas las noches de 1961 y 1962 escribió, casi en secreto, un guión sobre la inagotable voracidad de una familia por el cine. General Villegas se le fue transfigurando en una ciudad imaginaria, Coronel Vallejos, y él mismo, Juan Manuel, asumió la identidad de Toto, un niño que nunca crece y por el cual pasan, desbordadas, las habladurías del pueblo. Casi por inercia, el guión fue derivando en una novela, La traición de Rita Hayworth. A fines de marzo de 1965, cuando sintió que ya estaba terminada, se la dio a Juan Goytisolo. Fue él quien alentó la idea de enviar el manuscirto al concurso de Sex Barral.
Seis meses después de aquella entrevista, Puig pudo instalarse por fin en Buenos Aires. Llegó desprendiéndose de su primer nombre, Juan. Todos los sábados, en mi casa de la calle Rodríguez Peña, nos reuníamos para leer los borradores del folletín que estaba escribiendo (y que debía llamarse Eras para mí la vida entera, según he descubierto en una de sus dedicatorias). Después, salíamos a caminar por Santa Fe o por Corrientes, sintiéndonos extraños en una ciudad a la que ninguno de los dos pertenecía. Aunque Manuel era receloso, reservado y más bien distante, apenas advirtió que yo no iba a condenar su homosexualidad sino más bien a protegerlo de otras condenas, me confió su desesperado amor por un obrero que colocaba tuberías de gas.
“Soy una mujer que sufre mucho”, me dijo. “Si pudiera, cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán de la casa, con los rulos hechos, bien maquillada y con la comida lista. Mi sueño es un amor puro, pero ya ves, estoy condenada a los amores impuros.”
Aunque era evidente que sufría, habló sin el menor asomo de autocompasión, como si el dolor fuera de otro. “Yo tendría que haber nacido mujer, ¿no te parece?”, dijo, suspirando. Dejaba caer los suspiros como si los hubiera ensayado delante de un espejo. Eran su afectación pero también un último recurso de su pudor. Reflejaban en su vida lo mismo que las líneas suspensivas expresan en los diálogos de sus novelas: melancolías, signos de interrogación, tiempos perdidos. “Tal vez”, repitió, “yo debería nacer de nuevo, en otra parte..”
Un mediodía de noviembre, mientras caminábamos por la avenida Santa Fe hacia la esquina de Salguero, vi que su cuerpo se crispaba sin razón aparente. Manuel era todavía joven, y su belleza provinciana, algo tosca, llamaba la atención. Cultivaba con esmero un parecido remoto con Tyrone Power, copiando los mohines de torero que le había visto al actor en Sangre y arena. Se dejaba caer un mechón de pelo oscuro sobre la frente y caminaba con pasos largos y atléticos.
Cerca de la esquina de Salguero se alzaban dos carpas de lona oscura. Sobre unos flejes, en la vereda, vi achuras y costillares asándose. Manuel me tomó una mano, como si yo pudiera ampararlo. “Ahí está él. Ahí está su cuadrilla”, señaló con voz sigilosa. “Es la hora de comer pero él no sale. Se queda siempre en la fosa, trabajando”. Temblaba como un adolescente. “Acá nos separamos”, me dijo. “A él no le gusta que lo molesten pero yo no me aguanto. Voy a bajar a buscarlo”.
Lo vi apartar las lonas de la carpa y desaparecer. No dio señales de vida hasta tres días más tarde. Estaba de un humor sombrío y, cuando cometí la torpeza de preguntarle por su aventura con el obrero de gas, me contestó con sequedad:”Historia pasada”.

Escribía con una disciplina de hierro, a veces un par de horas por la mañana y cuatro a cinco por la tarde. Cuando estaba trabajando en los últimos capítulos de su folletín, se quedaba hasta las ocho o nueve de la noche y luego se iba a nadar. Un profesor de natación lo consoló de su fracaso con el último amante, pero cada vez que pasábamos ante una de esas carpas oscuras donde se guarecían las cuadrillas de la electricidad, del gas o de los teléfonos, no podía reprimir la tristeza.
Fue en esas vísperas del fin de su novela -a la que por fin decidió llamar Boquitas pintadas- cuando me presentó a Male, su madre, y empezó a contarme algunas historias de su infancia. El padre, Baldomero Puig, era un fraccionador de vinos; Male trabajaba en una farmacia. La pasión de ella era ir todos los miércoles al cine, a la doble función vermut donde pasaban las películas románticas de Bette Davis, Norma Shearer, Greer Garson, Ann Sothern e Irene Dunne.
Manuel la acompañaba siempre, pero cada vez que los compañeros lo golpeaban en la escuela o se burlaban de él, el padre -para endurecerlo- le prohibía esos placeres por una semana o un mes.
En 1973, cuando publicó The Buenos Aires Affair y le llovían las ofertas para traducirlo, empezó a sentir que la Argentina no le hacía justicia. Había llegado más lejos que cualquier otro escritor de su generación, pero se lo trataba como a uno cualquiera. No quería aceptar que el país siempre había sido así, y que seguiría siéndolo. Cuando recuerdo los encuentros de aquellos años me parece volver a oír su inagotable amargura. Suponía que los críticos argentinos -tanto en los medios de prensa como en la universidad- consideraban su obra como un artificio menor, destinado a no perdurar sino a ser consumido y olvidado por el mercado. “Creen que soy un best-seller pasajero, no un escritor”, me dijo. “Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta años, y los que le cavaron la tumba son los mismos que ahora lo ensalzan.”
Volví a verlo fugazmente en los pasillos del diario La Opinión -cuando la reseña sobre The Buenos Aires Affair tardaba demasiado en salir, lo que a él le parecía otro signo de la mala voluntad hacia su obra- y años después con más frecuencia, en Venezuela y en Nueva York. Fuera de Buenos Aires volvió a ser el de antes. Una noche, en un hotel de Cumaná -lo habían invitado a dictar un taller literario de dos meses en la Universidad de Oriente-, le referí con exagerada simplicidad las ideas sobre la creación del mundo que el cabalista Yitshac Luria había imaginado en Safed -una aldea mística de Galilea- entre 1566 y 1572, cuando tenía poco más de treinta años. Luria se había preguntado cómo era posible que Dios pudiera existir en todas partes. Si Dios era Todo en todo, ¿cómo se explicaba la presencia de seres y objetos que no eran Dios? La respuesta de Luria era que Dios, hospitalario, se había contraído a sí mismo para abrirle un sitio al mundo. Luria pensaba -le dije- que el En-sof, el Ser Infinito, se había replegado hacia lo más recóndito de sí para que la creación fuera posible. Se había retraído en un movimiento semejante al del aspirar el aire y al final de los tiempos volvería a exhalarlo, recuperaría su ser original.
Nunca sentí a Manuel tan hipnotizado por una idea como esa noche. Me pidió que le diera más detalles. Yo los había olvidado. Lo único que mi memoria lograba recuperar era la palabra hebrea tsimtsum, que en el lenguaje de la Cábala significa “retirada”, o más bien, “retraimiento”. Contra la más remota ortodoxia, le dije, el tsimtsum de Luria no era el punto infinitamente sagrado donde Dios se había concentrado sino el lugar del que se había ido. El tsimtsum éramos nosotros.
“¿Cómo se puede ver la creación de esa manera?”, me dijo. “Es maravilloso. Ahora entiendo el sentido de las cosas.El fin del mundo va a ser, entonces, la fusión de todos en el Todo. Todos seremos Dios”.
Fue la única vez que le oí una inquietud metafísica. Creía que había otras inteligencias en las galaxias remotas, y a veces creía (o quería creer) en la reencarnación, pero las teologías y el más allá lo dejaban indiferente. Resplandecía, en cambio, cuando contaba sus victorias de amor. Conocí a dos o tres de sus pasiones en el Village de Nueva York -donde volvió a vivir en 1976- y a un ex albañil que lo acompañaba en el hotel Hilton de Caracas. Todos eran, como él decía con falsa modestia de conquistador, “casados y muy varoniles”.
Aunque yo siempre lo llamé Manuel, él se llamaba a sí mismo Rita o Julie -por Julie Christie-, y hablaba de los demás en femenino, dándoles nombres de actrices: Carlos Fuentes era Ava Gardner, Mario Vargas Llosa era Elizabeth Taylor, a mí me tocaba ser Faye Dunaway o Jane Russell, actrices que no le gustaban.
A sus amores ocasionales los llamaba sin embargo como a los maridos de Rita Hayworth: Orson (por Welles), Alí (por Alí Khan), Dick (por el cantante Dick Haymes) o Jim (por el productor James Hill, que fue el último). Una noche de diciembre, en el vestíbulo del Caracas Hilton, vimos a una mujer muy hermosa que pocos años antes había sido Miss Universo. La belleza trabajada y un tanto boba de la mujer me dejaba frío, pero Manuel quedó seducido. “¡No sabés cuánto daría por ser ella!”, me dijo. Sentí una invencible curiosidad y me atreví a preguntarle: “¿Alguna vez hiciste el amor con una mujer, Manuel?¿Alguna vez lo harías?” Me miró y, con toda seriedad, me dijo: “Cuando era chico soñaba con eso. Ahora pienso que, si lo hiciera, sería sólo una vez, por curiosidad, para saber cómo es. Dos veces me parecerían una perversión”.
Sus frases me volvieron a la memoria el aciago 23 de julio de 1990, cuando leí en The New York Times la necrología de Puig, que había muerto la madrugada anterior en Cuernavaca. Definía su obra como una muestra de “realismo experimental, oscuro y elusivo como el de William Faulkner”. Creo que esa definición le hubiera gustado.
El segundo párrafo de la necrología me llamó la atención. Afirmaba que “su hijo (sic), Javier Labrada, dijo que el escritor había muerto de un ataque al corazón después de una operación de vesícula”. Las últimas líneas le adjudicaban a Puig un segundo hijo, Agustín García Gil, que -como Labrada- vivía en Cuernavaca. Esas referencias me sorprendieron. ¿Era posible que Manuel hubiera tomado a dos niños en adopción? Llamé por teléfono al autor del artículo, John McQuiston, y le pregunté si sabía algo más sobre el tema. “Nada”, me dijo. “La noticia vino en un cable de agencia. Cuando traté de confirmar la información en la empresa fúnebre, me hablaron de dos hijas, Rebecca y Yasmin, pero me pareció que era una broma, una traición final de Rita Hayworth.”
Rebecca y Yasmin se llaman las hijas que Rita tuvo con Orson Welles y Ali Khan.
Años después fui a México para reconstruir los últimos días de Manuel. Supe que Labrada dirigía la filmoteca del Canal 13 y que García Gil era una figura notoria del teatro mexicano. Ambos se referían a Puig como “mi mami” y él, a su vez, hablaba de los jóvenes que revoloteaban por su casa como de “mis hijas”. También oí el rumor de que el SIDA había causado su muerte, pero los amigos más serios negaban que fuera cierto. Conocí mi versión de la historia a través de Male, de Tununa Mercado y de los raros escritoresmexicanos a los que Manuel había frecuentado.
Me dijeron que la muerte rondó a Manuel durante varios meses sin poder alcanzarlo. El miércoles 18 de julio de 1990, cuando por fin se le clavó en el vientre, estaba sentado en su estudio de Cuernavaca, escribiendo la segunda escena de Madrid 37, el guión que la directora española Marina Cañonero le había pedido “para ayer si puedes, Manolito, que tengo la producción armada y sólo faltas tú para que comencemos”. Eran las diez de la mañana.
Había pasado una noche horrible y no le ocurría nada. Era extraño sentir cómo de pronto la imaginación le rodaba por los suelos sin que pudiera retenerla. Todo lo abandonaba: el entusiasmo de la juventud, las voces que siempre acudían a él en el silencio de las mañanas y que se desplegaban solas por el papel. “Estoy empezando a dudar de mí, mamá”, le dijo a Male. “Ya no recuerdo cuál fue la última vez que sentí fuerzas para crear y amar, ni siquiera recuerdo la mala sangre de los últimos meses en Buenos Aires”.
Eso era lo terrible de aquella enfermedad desconocida: que le quitaba todo, hasta el pasado.
A las diez y dos minutos dela mañana escribió: El general más bien bajo con el birrete puesto de costado (se le nota que es calvo) estudia la situación ante la mesa de arena. Banderitas azules para sus tropas y rojas para los enemigos… Cuando llegó a esos puntos suspensivos le regresó el dolor, con más intensidad que durante la noche. Palideció y dejó caer la cabeza sobre la máquina. Al rato, Male volvió de la pileta -o la alberca, como la llamaban en México- y lo encontró así, apretándose el vientre con las manos, hundidas las ojeras, apagado como una raya en el horizonte. “¿Te ha pasado algo, Coco? ¿Querés un té? Descansá un poco, hijo. Andá al espejo y mirá lo demacrado que te has puesto. El me miró con unos ojos tan desamparados que sentí frío en el alma, ¿sabés?, me di cuenta en el fondo del corazón de que algo malo estaba pasando. Con un hilo de voz me pidió que lo llevase al médico. A ver, le dije, ¿qué te duele? Aquí al costado, me contestó: es como si me cayeran gotas de plomo derretido.”
Esa tarde, a las tres, lo llevaron al quirófano. Salió a las siete y media: se le habían afilado los rasgos,la piel estaba tensa en los pómulos y la frente, como si las ráfagas de la muerte lo hubiesen marcado ya y no le permitieran despertarse.
Tardó más de dos días en salir del coma, pero el Manuel que balbuceó unas pocas palabras al oído de Male no se parecía al de antes. Eran sílabas más bien, torpezas sin sentido. Nadie supo jamás qué había ocurrido. Los médicos de Cuernavaca no dieron explicaciones. Insinuaron que algo pasaba con el corazón; que al extirparle la vesícula hubo un momento en que Manuel se les iba.
Manuel murió el domingo 22 al amanecer. Se fue apagando en silencio, sin molestar a nadie. No lo vieron marcharse las enfermeras ni el médico. El timbre junto a la cama estuvo mudo toda la noche y hasta la fiebre de los días últimos se le había evaporado. Acababa de cumplir 58 años.
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación – Buenos Aires, 1997
Manuel Puig nació en General Villegas, Provincia de Buenos Aires el 28 de diciembre de 1932. En 1946 se trasladó a Buenos Aires para empezar como pupilo en la escuela secundaria. Comenzó por entonces su temprana fascinación por el cine, asistiendo regularmente a las “matinées” de cine de los domingos. En 1951 inició sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras. Viajó luego a Roma, en 1956, con una beca para estudiar dirección en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Pasó luego por Londres y Estocolmo, donde enseñó español e italiano, trabajó como lavacopas, y donde escribió sus primeros guiones para películas. Entre 1961-1962 trabajó como asistente de dirección en diversos filmes en Buenos Aires y Roma. En 1963 se mudó a New York, donde comenzó a escribir su primera novela La traición de Rita Hayworth, terminada en 1965. En diciembre de ese mismo año la novela fue finalista de Premio Biblioteca Breve de la Editorial Seix Barral, y más tarde, en 1969, fue proclamada como la mejor novela del período 1968-1969 por el periódico “Le Monde”. En 1967 regresó una vez más a Buenos Aires para comenzar a enfrentar sus problemas con la censura. Después de publicar Boquitas pintadas, convertida inmediatamente en “best-seller”, apareció en 1973 su tercera novela: The Buenos Aires Affair. Después de repetidas amenazas telefónicas, Puig abandonó la Argentina para establecerse en México, donde terminó El beso de la mujer araña en 1976. En 1981 se radicó en Rio de Janeiro, Brasil. En 1985 hizo la adaptación para cine de El beso de la mujer araña, filmada por el argentino Héctor Babenco. En 1988 apareció su última novela, Cae la noche tropical. Un año después abandonó Brasil para volver a México, estableciéndose con su madre en Cuernavaca. Es en esa ciudad donde Manuel Puig murió, el 22 de julio de 1990. Dejó inconclusa su novena novela: Humedad relativa: 95%.
Manuel Puig y El Cine

En el prólogo de dos de sus guiones cinematográficos, Manuel Puig escribió un punteo de lo que consideraba las diferencias entre escribir novelas y escribir guiones. El texto es de 1978, pero vería la luz recién en 1985 con la publicación de ese material por Seix Barral. Entre las cruciales distinciones que marcaba, escribió: “En términos de recompensas: un libro, incluso un manuscrito, se llega a leer, pero si una obra de teatro o una película no es producida, es como si no hubiera pasado nada”.
Esa profecía se volcó de lleno a su producción teatral. Porque Manuel Puig, además de ser un novelista fascinado por el cine y un guionista ocasional pero perseverante, fue un dramaturgo singular y prácticamente desconocido en su país. A pesar de las puestas de sus obras realizadas en el extranjero (en particular de El beso de la mujer araña), su trabajo para el teatro es tan marginal que casi no se menciona en las investigaciones realizadas sobre él. En la extensa biografía del autor que realizó Suzanne Jill-Levine, por citar un ejemplo, se describe exhaustivamente el nacimiento y recepción de cada una de sus novelas, un poco más escuetamente de sus guiones, pero lo que se dice sobre teatro es posible de contabilizar en líneas. Casi nada.
La misma indiferencia se practicó desde los estudios teatrales argentinos. Puig es apenas mencionado en algún diccionario de dramaturgos, pero su obra no ha sido estudiada en profundidad, en cuanto al lugar que ocupó, o a los autores teatrales con quienes dialogó. De ahí la rareza de la publicación de sus cuatro dramas y su comedia musical inédita por parte de Entropía. Algunas de estas obras habían sido editadas por Beatriz Viterbo en Rosario, pero ahora finalmente están reunidas en un solo volumen de teatro cerrado en sí mismo, con un prólogo a cargo del crítico Jorge Dubatti. Como si finalmente llegara la tan escamoteada legitimidad para Puig dramaturgo, y finalizara el malentendido que él mismo anunció y que pretendía que ahí no había pasado nada.
Y eso que, justamente, lo que siempre se resalta de Puig, ese ausentismo como narrador y la contundente presencia de sus personajes como conciencias que se muestran crudamente a sí mismas, a través de monólogos, podría ser descripto como teatral. Siempre estuvo eso ahí. Toda la obra de Puig podría pensarse de ese modo: a través de ese manejo dramatúrgico de la palabra, como una clave oculta de su filigrana de oralidad.
Es conocida la anécdota del origen de La traición de Rita Hayworth, su primera novela: la voz de una tía que empezó a hablar dentro de su cabeza y luego ya no pudo detener. Pero aquella primera novela tiene también otro origen, llamémoslo teatral, y data de cuando Puig aún insistía en hacer carrera en cine a través de sus guiones. En 1958, recién llegado a Londres, lee una novela que lo impresionará mucho. La lee motivado por la filmación de una obra que había visto (escribió, fascinado sobre la actuación de Julie Harris, la misma que después hará Al este del paraíso). Se trataba de Frankie y la boda, de Carson McCullers. El tratamiento autobiográfico que McCullers hacía del pasaje a la mayoría de edad de una muchacha sureña y su uso vívido del habla regional lo impactaron tanto o más que la voz de su tía. O mejor dicho: lo impactó antes. El sur literario de los Estados Unidos había dado vida a esta obra, como General Villegas lo haría con La traición de Rita Hayworth. Pronto iba a comenzar el guión “fallido” que terminaría formando parte de la propia autobiografía de su infancia.
Teatro por mano propia
Pero más allá de sus afinidades electivas, sus obras de teatro propiamente dichas, las que aparecen en su Teatro reunido fueron escritas en la época de su exilio. En 1974 Puig se instala en México, empujado por la prohibición a su novela The Buenos Aires Affair y las amenazas telefónicas que había sufrido en la Argentina. Y es entonces cuando comienza su trabajo como dramaturgo. Primero con dos comedias musicales imbuidas del color y el sonido de México Amor del bueno (1974), Muy señor mío (1975). Y luego de algunas mudanzas más entre Nueva York y Río de Janeiro donde finalmente se instala, pone manos a la obra con la adaptación de El beso de la mujer araña (1980), su novela más celebrada. Algunos dicen que, cansado de enterarse de adaptaciones informales, hace la adaptación él mismo para cobrar derechos de autor.
Es llamativo que dentro de las pocas indicaciones escénicas que hace en esta obra, Puig pide que en el comienzo de las primeras escenas la luz enfoque solamente las cabezas de sus protagonistas. La cárcel casi no existe, sólo dos personajes –Molina y Valentín– que conversan acerca de una película e intercambian puntos de vista antagónicos. Como autor teatral Puig tiene clarísimo que la escena es un paisaje mental, un lugar de encuentro de dos discursos, el del militante y el del gay, de algún modo simplificados o representables, vueltos míticos, desde la ingenuidad del trazo.
Puig en el teatro opta por alejarse del realismo. Y lo hace deliberadamente. Como cuando en sus épocas de estudiante en el Centro Sperimentale di Cinematografia denostaba el neorrealismo rosellineano obligatorio que se aprendía y practicaba de Roma. En sus búsquedas teatrales también se aleja del realismo imperante y que oficia de eje de la historia del teatro argentino.
Además de El Beso…, los otros dramas que incluye este Teatro reunido son Bajo un manto de estrellas (1981), Misterio del ramo de rosas (1987), Triste golondrina macho (1988). A ellos se suma el musical inédito Un espía en mi corazón (1988). Piezas que comparten ese punto de partida: la utilización gozosa de recursos “teatralistas”, artificiosos, la escasa pretensión de realidad. Es decir: personajes que son alternadamente varios personajes, luces que cambian de color y hacen recordar a alguien el momento más traumático de su vida, cambios de identidad que suceden dentro de un placard o al bajar una escalera, robots nazis que se hacen pasar por chicas de barrio. Como si en cada uno de estos procedimientos se acentuara su marca autoral, Puig avanza hacia una mayor irrealidad en cada obra.
Bajo un manto de estrellas es una suerte de comedia negra o baile de máscaras ambientado en los años cuarenta, donde el dueño y dueña de casa reciben la visita de dos extraños que toman la forma de sus pesadillas: pueden ser los padres de su hija adoptiva muertos en un accidente, dos famosos ladrones de joyas, el hombre y la mujer de sus sueños. Sin llegar a ser teatro del absurdo la obra mantiene las situaciones y personajes en un clima humorístico de gran ambigüedad, que se va ensombreciendo hasta volverse irrespirable.
Con Misterio del ramo de rosas en cambio, nos encontramos con una obra más convencional en el estilo Puig: dos personajes que dialogan, paciente y enfermera, cuyos roles acentuados al principio, se van diluyendo, hasta intercambiarse. Con algunos puntos en común con Maldición eterna a quien lea estas páginas, la obra aprovecha los personajes prototípicos débil/fuerte y su encarnadura en dos mujeres, para hacer una suerte de melodrama hospitalario.
El último de sus dramas, Triste golondrina macho, es una obra rarísima. Como un cuento gótico, donde los temas característicos del autor parecen haber sido llevados hacia atrás en el tiempo, hacia sus antepasados estilísticos, y en vez de un melodrama burgués vemos un cuento de hadas negro, donde tres hermanas –una de ellas muerta pero aparecida– se disputan a un jinete hermoso pero inconstante.
La comedia musical, Un espía en mi corazón, es la única que no sólo permanecía inédita sino que nunca fue llevada a escena. Aun así, el texto es disfrutable en sí mismo. Una disparatada mezcla de letra de tango –la costurerita, el muchacho trabajador engañado– con una trama de espías de la Segunda Guerra Mundial, contado como un musical radiofónico.
Este Teatro reunido no contiene todas las obras teatrales escritas por Puig. Algunas comedias musicales quedaron afuera. Con todo, el panorama del libro abre una vía nueva para pensar a este autor que se viene leyendo de manera automática desde su producción para narrativa y sus filiaciones cinematográficas. Las obras teatrales iluminan otros aspectos de sus novelas, en la forma particular que tiene Puig para contar el dolor. Las cinco piezas son protagonizadas por mujeres, cuyo mayor temor, atávico incluso, es quedarse solteras. Los prejuicios, las convenciones sociales impuestas sobre el debut sexual, la figura de la solterona, la enfermedad y la muerte, se unen. En Triste golondrina macho, esto se dice directamente: “Las muchachas de la aldea, si a los dieciocho no se casan se enferman, les crece musgo en los pulmones”.
En su particular sentido del drama, Puig pone en escena la tragedia vista desde los ojos de la provincia. El mayor temor, o el mayor dolor, es ese: que el amor no se presente nunca.
Diciembre 1, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente

“Facile” es el nuevo trabajo de Mina, que ya está a la venta en Italia. Las doce canciones que contiene han sido compuestas por autores como Andrea Mingardi y Maurizio Tirelli, Samuele Cerri, Axel Pani, Matteo Mancini y Gianni Bindi, Manuel Agnelli y Davide Dileo (Boosta) del grupo Subsóncia. De la producción se ha encargado Massimiliano Pani. El álbum tiene en realidad trece cortes, ya que al final aparece una versión diferente de la canción ‘Questa vita loca’, no recogida en los créditos. Listado de canciones de “Facile”:
01. ‘Questa Vita Loca’
02. ‘Con O Senza Te’
03. ‘Volpi Nei Pollai’
04. ‘Ma Tu Ami Ancora?’
05. ‘Non Si Butta Via Niente’
06. ‘Adesso E’ Facile’
07. ‘Carne Viva’
08. ‘Ma C’é Tempo’
09. ‘Non Ti Voglio Più’
10. ‘Il Frutto Che Vuoi’
11. ‘Più Del Tartufo Sulle Uova’
12. ‘Eccitanti Conflitti Confusi’
Noviembre 16, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente
Baden Powell de Aquino (6 de agosto de 1937 – 26 de septiembre de 2000) ampliamente conocido como Baden Powell, fue un guitarrista brasilero. Interpretó muchos estilos de música brasilera tales como Bossa nova, Samba, Jazz brasilero, Pop brasilero, Jazz latino y Música Popular Brasileña (MPB).
Es padre del pianista Philippe Baden Powell de Aquino y del guitarrista Luis Marcel Powell de Aquino.
Hijo de Adelina y del guitarrista Lino de Aquino, Baden Powell de Aquino nació en Varre-e-Sai, en el Estado de Río de Janeiro, Brasil. Su padre le dio ese nombre por ser admirador del creador del scoutismo, Robert Baden-Powell. Cuando tenía tres años, su familia se trasladó a un suburbio en la ciudad de Río de Janeiro. El nuevo entorno le resultó profundamente influyente. Su casa fue una parada popular para los músicos durante su infancia. Pronto comenzó con lecciones de guitarra Jayme Florencia, un famoso guitarrista de Choro en la década de 1940. Demostró ser un joven virtuoso, después de haber ganado muchos concursos de talentos antes de su adolescencia. A los quince años, ya tocaba profesionalmente, acompañando a cantantes y bandas en diversos estilos. Durante su juventud estaba fascinado por el swing y el jazz, pero sus principales influencias estaban firmemente arraigadas en el canon de guitarra brasilera.
En 1955, Powell ejecutaba en la Orquesta Steve Bernard en la Boite Plaza, un club nocturno en el Hotel Plaza. Cuando Ed Lincoln creó un nuevo trío, pidió a Powell a unirse al grupo guitarra para convertirse en el Hotel Plaza Trío. Powell indicó a Luiz Marinho para interpretar el bajo, así como al cuarto miembro del “trío”: Claudette Soares en la voz. Powell, Lincoln y sus jóvenes amigos músicos realizaban después de las horas de trabajo jam sessions (improvisaciones), ganando creciente popularidad en la escena del jazz brasilero.[1]
Powell logró amplia fama en 1959 al convencer a Billy Blanco, un consolidado cantante y compositor, para poner letra a una de las composiciones de Powell. El resultado se llamó “Samba Triste” y rápidamente se convirtió en un gran éxito. Esta ha tenido gran cantidad de versiones realizadas por numerosos artistas, entre ellos Stan Getz y Charlie Byrd.
En 1962, Powell se unió con el poeta-diplomático Vinícius de Moraes y comenzó una colaboración que tuvo verdaderos clásicos de la música brasilera de los ‘60. Aunque la bossa nova fue el sonido predominante de la época, la asociación Baden-Vinicius trascendió la moda de entonces con sonidos sincronizados de formas afro-brasileras, tales como Candomblé, Umbanda y Capoeira con las formas de samba de Río de Janeiro. El resultado fue un LP en 1966 bajo el nombre de “Os Afro-sambas de Baden e Vinicius”. Durante esos años, estudió armonía avanzada con Moacir Santos, y realizó grabaciones independientes en Brasil con los sellos Elenco y Forma, así como con el sello francés Barclay y el sello alemán MPS/Saba (en particular Tristeza en Guitarra (1966), considerado por muchos ser un punto alto en su carrera). Además, era el guitarrista de casa Elenco y el show de Elis Regina en TV “O Fino da Bossa”.
En 1968, se unió al poeta Paulo Cesar Pinheiro y produjo otra serie musical de inspiración Afro-brasilero lanzada en 1970 como “Os Cantores da Lapinha”.
Visitó y recorrió Europa con frecuencia en la década del ‘60, radicándose en Francia en 1968. En la década del ‘70, lanzó muchas grabaciones con diferentes sellos en Europa y Brasil. Su fama fue atenuando en cierta medida debido a problemas de salud y las evolución de los gustos musicales. Pasó la década de 1980 en semi-retiro en Francia y Alemania. Por último, en la década del ‘90 él y su familia regresaron a Brasil, donde continuó creando y grabando. El reconocimiento público de su trabajo llegó en torno de ese momento en el Brasil. A fines de la década del ‘90 se convirtió a la fe evangélica. También superó su larga adicción al alcohol y el tabaco. Sin embargo, su salud estaba muy deteriorada después de muchos años de abusos, cayendo enfermo en el 2000.
Baden Powell murió de neumonía, provocada por la diabetes, el 26 de septiembre de 2000, en Río de Janeiro.
CARLOS GALILEA, Madrid
Baden Powell falleció en la tarde de ayer en un hospital de Río de Janeiro, donde estaba ingresado en estado grave desde finales de agosto. Tenía 63 años. Con la muerte anunciada del autor de canciones clásicas como Samba triste -su primer éxito en la década de los cincuenta-, Samba da benção, Samba em prelúdio, Canto de Ossanha o Berimbau, la mayoría de ellas con letras del poeta Vinicius de Moraes, se ha ido uno de los guitarristas más importantes de la historia de la música brasileña.
Baden Powell, en 1996 (EPA). |
Había ingresado el 23 de agosto en la clínica Sorocaba, en el barrio carioca de Botafogo, y por deseo de la familia los médicos únicamente habían informado de un estado de salud preocupante. Era el guitarrista brasileño por excelencia: el más popular e influyente. Y aunque se le asocie para siempre a la bossa nova, nunca fue realmente uno de sus puntales.
Baden Powell acababa de grabar en São Paulo un nuevo disco, al que se refería como disco de nostalgias, y tenía pensado regresar a Francia, país en el que residía desde los años sesenta. Baden Powell de Aquino había nacido el 6 de agosto de 1937 en Varre-e-Sai, una pequeña población cercana a Río de Janeiro. Su padre, Lilo de Aquino, un bohemio que se ganaba la vida fabricando zapatos y tocaba la tuba en la banda municipal, le puso el nombre del fundador del movimiento scout. Toque exuberante Y si no le bautizó con el nombre completo -Robert Stephenson Smyth Baden Powell- se debe sólo a que le echó para atrás que, al final, se pudiera conocer a su hijo como Robertinho. Tuvo como profesor de guitarra a Meira. Éste le enseñó los primeros acordes y de él heredó su estilo inconfundible, esa forma de tocar, exuberante y viril, en la que el acento cuenta más que la limpieza de sonido. Con 10 años ya se le podía oír en la radio, y a los once era todo un profesional, que igual interpretaba a Bach en la iglesia, que tocaba choros y jazz en los clubes nocturnos. Un segundo encuentro decisivo le colocó en 1961 frente a Vinicius de Moraes: Baden Powell recordaba que no pudieron estrecharse la mano en aquella ocasión porque las tenían ocupadas con sendos vasos de whisky. Se interesaron por la cultura negra de Bahía, y de ahí nacieron sus afrosambas, inspiradas en las creencias religiosas del candombe. Encerrados ambos en el piso del poeta y diplomático, alimentándose de bocadillos y café, crearon clásicos como Consolação, Astronauta, Canto de Ossanha o Samba da bênção, adaptada al francés para la banda sonora de Un hombre y una mujer, la película de Claude Lelouch. Vinicius, que falleció en 1980, dijo de Baden Powell: “Su fascinación por Bahía, y en definitiva por África, le permitió crear un nuevo sincretismo, agregándole un sabor carioca al espíritu de la samba moderna y del candombe afrobrasileño, y dándole una dimensión más universal”. Setenta referencias Establecer la discografía completa de Baden Powell no resulta tarea fácil porque, tras Um violão na madrugada (1963), grabó discos en Brasil, Francia y Alemania. Más de setenta referencias, incluyendo recopilatorios, y con diferentes títulos para una misma grabación, en función del país en que se haya editado. Junto a sus dos hijos, Philippe, pianista, y Louis-Marcel, guitarrista, publicó en 1996 el disco Baden Powell & filhos. Hace un año salió a la venta en Brasil su primera biografía: O violão vadio de Baden Powell. Son 384 páginas en las que se habla de su fe evangelista y de los episodios alcohólicos: bebió, y mucho, casi hasta el final. Quizá por haber vivido tanto tiempo en Europa, sus compatriotas tenían un poco olvidado a quien tocó con el saxofonista Stan Getz o el violinista Stéphane Grappelli. Powell consolidó su formación musical en los clubes de Río, frecuentados en los años cincuenta por estrellas del jazz como Benny Goodman, Louis Armstrong o Ella Fitzgerald. Powell fue un músico que ha influido a guitarristas de todo el mundo, y que decía: “Soy capaz de tocar valses franceses, jazz y lo que haga falta, pero cuando compongo mi corazón es brasileño”. © Copyright DIARIO EL PAIS, S.L. – Miguel Yuste 40, 28037 Madrid
Noviembre 5, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente
Los miserables es un espectáculo musical basado en la novela de Víctor Hugo Los Miserables, estrenada en París en 1980 y que ha alcanzado un enorme éxito, siendo representado en numerosos países.
Historia del musical
Francia
El espectáculo se estrenó en el Palacio de los Deportes de París en septiembre de 1980, con puesta en escena de Robert Hossein, música de Claude-Michel Schönberg y letras de Alain Boublil y Jean-Marc Natel. La obra permaneció en cartel durante 16 semanas alcanzando las 107 representaciones y un número de espectadores que se cifran en 500.000.
Reino Unido
En 1982 Cameron Mackintosh empieza a trabajar en la versión en inglés, con letras de Herbert Kretzmer; la obra pasa entonces de tres a dos actos. Pide también a Claude-Michel Schönberg que efectúe algunos arreglos en las partituras, reutilizando los temas en función de los distintos contextos y situaciones de los personajes y la acción. El estreno en inglés tuvo lugar el 8 de octubre de 1985 en el Barbican Theatre de Londres y fue recibida con entusiasmo por crítica y público. En 2006, el musical celebró su vigésimo primer aniversario convirtiéndose en el espectáculo que durante mayor tiempo se ha interpretado en la historia del West End londinense.
Estados Unidos
Como había sucedido en otras ocasiones, la obra atraviesa el Atlántico y se estrena en Broadway el 12 de marzo de 1987. Ese año fue nominado a doce Premios Tony, de los que ganó ocho, incluidos los de Mejor Musical, Mejor Banda Sonora. Se representó hasta 2003.
España
Los Miserables se estrenó en castellano en Madrid el 16 de septiembre de 1992, producido por José Tamayo, Plácido Domingo y el propio Cameron Mackintosh. Fue una apuesta arriesgada, pues el musical era un género que no gozaba del favor del público español en ese momento y el último que se había estrenado había sido Evita diez años antes. Fue, sin embargo, un rotundo éxito.
El espectáculo se mantuvo durante dos temporadas en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid. Contó con la dirección de escena del británico Ken Caswell, con David White como director y supervisor musical, Maria Luisa Castellanos, como directora de casting y Vicente Fuentes, como director adjunto.
El reparto estuvo integrado por Pedro Ruy-Blas, en el papel de Valjean, Miguel del Arco, Gema Castaño, Joan Crosas en el papel de Thenardier, Carlos Marín, Pedro Pomares, en el alternante de Jean Valjean y Obispo de digne-lesgles, Margarita Marbán, Luisa Torres, Paco Lahoz , Enrique R. del Portal, Joe Luciano, Jordi Fusalba, Eva Diago, Andrés Navarro, Luis Amando, Javier Ibarz, Angela Muro, Arabia Martín, Estrella Blanco, Carlos Diaz, Manu Rodríguez, Victor Diaz, Carlos Duran, María Marín y José Morales.
Argentina
Les Miserables se representó en 2000 en Buenos Aires, Argentina, siendo la segunda versión en español después de la versión de 1992 de Madrid. Se mantuvo en cartel durante ocho meses en el Teatro Ópera. Buenos Aires fue la primer ciudad latinoamericana donde se vio esta producción. Fue produicido D.G. Producciones, con la misma puesta de Londres y New York; pero con elenco completamente local. El estreno se produjo el 22 de marzo de 2000, en el Teatro Opera de la Ciudad de Buenos Aires, donde desarrolló una muy exitosa temporada. La última función fue el 22 de octubre del mismo año. Fue protagonizado por Carlos Vittori como Jean Valjean, y Juan Rodó como Javert.
La versión en castellano – Madrid, Buenos Aires y México (en la que la soprano mexicana Claudia Cota, interpretó el papel de Cosette) – es la única versión internacional que cambia su nombre de “Les Misérables” por “Los Miserables“. No se hizo ninguna grabación de la producción de Buenos Aires, por lo que la producción de Madrid sigue siendo la única grabación en español del espectáculo.
Otras representaciones
La obra se ha representado en 38 países y se ha traducido a 22 idiomas.
La mayoría de las producciones se han basado en la versión del espectáculo del West End londinense, incluyendo la de 1991 en París que combinó las letras originales con las nuevas letras francesas para las canciones adicionales.
Los Miserables se estrenó en Tokio el 17 de julio de 1987. Japón fue el primer país fuera del Reino Unido y de los Estados Unidos en representar la versión actualizada del musical.
La versión traducida de este musical fue representada en Viena en el teatro de Raimund entre 1988 y 1990. El estreno en Oslo, Noruega se produjo el 17 de marzo 1988. El 28 de febrero de 1991 se estrenó en los Países Bajos en el teatro Carré de Ámsterdam. En 1992 se estrenó en el teatro Nuevo Apolo de Madrid y estuvo en cartel hasta 1994.
También fue realizado en portugués durante 2001/2002 en Sao Paulo, Brasil.
Otros estrenos se han producido en Australia, Alemania, Israel, Hungría, Islandia, Canadá, Polonia, Suecia, Dinamarca, Nueva Zelanda, República Checa, Irlanda, Bermudas, Malta, Filipinas, Isla Mauricio, Singapur, Corea del Sur, Suráfrica, Bélgica, Finlandia, Estonia y Republica Dominicana.
Argumento
Prólogo
Toulon, 1815: Jean Valjean, el preso Nº 24601 es liberado después de 19 años de trabajos forzados, incluidos 5 por haber robado un pan y 14 por haber intentado escaparse. El policía Javert le da un pase amarillo, que es necesario mostrar siempre. Jean Valjean, sin embargo, descubre pronto que su pasado en galeras provoca el rechazo generalizado: si encuentra trabajo, sólo recibe la mitad del salario y no consigue alojamiento. Sólo el obispo de Digne le da a comer y una cama para la noche. Pero Valjean, en su desesperación, le roba los objetos de plata y escapa. Es capturado, pero el obispo, que conoce el pasado de Valjean, miente para salvarlo y le da además dos candelabros de plata. Le pide que emprenda una vida honesta con este dinero. Valjean, asombrado por la piedad del obispo, se compromete a seguir sus consejos.
Primer Acto
Montreuil-sur-Mer, 1823. En una fábrica, Fantine, una joven obrera recibe una carta en la que se revela que tiene un hija ilegítima. Estalla una trifulca con sus compañeras de fábrica y llega el alcalde que resulta ser Valjean, que cambió de identidad. Fantine es despedida. Hundida en la miseria vende todos sus bienes además de su cabello y finalmente ella misma.
Uno de sus clientes la acusa de haberlo agredido. Javert, inspector de policía en Montreuil, detiene a Fantine. El alcalde llega y se encarga de la defensa de Fantine. Al descubrir que está seriamente enferma, la hace hospitalizar. Poco después, Valjean salva a un hombre levantando, él solo, un carro que se había volcado. Javert se acuerda de un galeote de la prisión de Toulon, un tal Valjean, el único hombre al que consideraba capaz de levantar tal peso. Mientras tanto, se entera de que el galeote Valjean acaba de ser detenido. El verdadero Valjean decide entregarse para impedir que un inocente sea condenado a su lugar. Pero escapa antes ser detenido.
Da nuevo junto a Fantine, moribunda, ésta le hace jurar que irá a buscar a su hija Cosette. Javert logra detener a Valjean que le pide tres días para ir a buscar a la pequeña Cosette. Javert no cree ni en la buenas intenciones de Valjean, ni que se haya convertido en un hombre honesto. Valjean se escapa después de luchar con Javert.
En Montfermeil, los Thénardier utilizan a Cosette como sirvienta en el albergue de su propiedad. La pequeña sueña con una vida mejor. La Sra. Thénardier envía a Cosette al bosque para buscar agua, ignorando los llantos de la pequeña muchacha. Allí encuentra a Valjean, que recupera a la niña a cambio de 1500 francos. Cosette y Valjean van para París.
París, 1832. Los pobres cantan su miseria en las calles de la ciudad. Entre ellos el niño Gavroche. Un grupo de estudiantes, guiado por Enjolras y Marius Pontmercy, prepara la revolución. Thénardier está también en París. Con su mujer, su banda (Brujon, Babet, Claquesous y Montparnasse) y su hija Éponine, se prepara para robar a un caballero reputado por su generosidad para con los pobres.
Éponine habla con Marius, del que está enamorada. Luego llega el caballero con una muchacha de 17 años: son Valjean y Cosette. Marius y Cosette se enamoran instantáneamente. En ese momento, los Thénardier caen sobre Valjean. La policía hace irrupción; más concretamente, es Javert quien llega. Valjean consigue escaparse y Javert intuye que era Valjean. Jura que no parará hasta que haya detenido a Valjean.
Marius le pide a Éponine que le muestre dónde vive Cosette. Éponine, que ya ha comprendido que Marius está enamorado de Cosette, se lo promete a pesar de sus celos. En café ABECEDARIO, se reúnen los estudiantes para preparar su revolución. Cuando Marius llega, sus amigos se burlan de su amor por una muchacha cuyo nombre ni siquiera conoce. Gavroche llega para anunciar la muerte del General Lamarque, el único que defendía los intereses del pueblo. Ya nada impedirá que la revolución estalle.
En la calle Plumet donde viven Valjean y Cosette, la joven muchacha, sentada en su jardín, sueña con Marius. Por primera vez, interroga a Valjean sobre su pasado pero él no responde y se va. Llegan Marius y Éponine. Marius y Cosette se declaran su amor. Thénardier y su banda vienen con la intención de desvalijar la casa. Thénardier ha encontrado la pista de Valjean y lo quiere extorsionar practicando un chantaje sobre lo que cree conocer de su pasado. Éponine, para proteger a Marius, lo alerta. Thénardier y su banda huyen seguidos por Marius y Éponine. Cuando Valjean regresa, Cosette le dice que cree haber visto sombras detrás de la pared. Valjean, temiendo que Javert haya encontrado su rastro, decide marchar a Inglaterra con Cosette.
En el gran día, todos cantan su esperanza en el momento que está por llegar: Valjean espera poder finalmente vivir con seguridad mientras que Marius y Cosette lamentan su separación, que Éponine llora su pena de amor y que los estudiantes preparan su revolución. Javert se implica entre los revolucionarios para espiarlos mientras que los Thénardier se preparan para desvalijar los futuros cadáveres. Por último, Marius decide unirse a sus amigos levantados sobre las barricadas.
Segundo Acto
Se construye la Primera barricada. Javert recibe de Enjolras la orden de espiar a las fuerzas del Gobierno. Éponine va a la calle Plumet para entregar a Cosette una carta de Marius pero es Valjean quien lee la carta primero y descubre el amor de Cosette. Éponine, triste, decide unirse a los revolucionarios.
Sobre la barricada, los estudiantes se burlan del Gobierno que les propone la paz. Javert vuelve de nuevo con malas noticias sobre las fuerzas armadas y los planes gubernamentales pero es desenmascarado por Gavroche que lo identifica como policía. Éponine, al dar la vuelta a la barricada, es alcanzada por una bala. Muere en los brazos de Marius. Valjean llega a la barricada y reconoce a Javert en el preso de los revolucionarios.
En el Primer ataque, Valjean salva a Enjolras matando a un tirador que lo apuntaba. Cuando Enjolras quiere agradecérselo, Valjean le pide el derecho a ejecutar a Javert, pero luego, cuando están a solas, lo libera.
Los revolucionarios se van a dormir. Al día siguiente se descubre que las municiones están casi agotadas. Gavroche salta de la barricada para recuperar las balas que hay sobre los cadáveres que yacen entre los dos frentes, pero es disparado de muerte. En el Último ataque, mueren todos los revolucionarios excepto Valjean que consigue escaparse por las alcantarillas transportando a Marius herido e inconsciente; justo antes acababa de llegar Javert, que intuye que solamente un hombre tan fuerte como Valjean pudo levantar la rejilla de las alcantarillas.
En las alcantarillas, se encuentra también Thénardier desvalijando los cadáveres. Thénardier reconoce a Valjean que dormita con Marius aun inconsciente a su lado. Cuando Thénardier se preparaba a robarlos, Valjean despierta y sigue su camino pero Thénardier había tenido de robar un anillo de Marius. Cuando Valjean llega al Sena, Javert está ya allí. Valjean le pide una hora para llevar a a Marius a un doctor y, esta vez, Javert está de acuerdo. Javert ya no sabe que pensar. Las acciones de Valjean lo hacen dudar sobre todo aquello en lo que había creído hasta ese momento. Comprende que su fe en la ley inquebranteble no era más que un error. Se lanza y se ahoga en el Sena.
Las mujeres de París lloran a sus muertos. Marius está vivo y llora también la pérdida de sus amigos. Logra curarse gracias a los cuidados de Cosette y se pregunta siempre quién le salvó la vida. Valjean confiesa su pasado a Marius. No queriendo molestar la felicidad de Marius y Cosette, elige dejar su casa.
En la boda de Cosette y Marius aparecen los Thénardier, esta vez, para extorsionar a Marius. Thénardier quiere venderle un secreto: su información sobre Valjean. Según él, Valjean no es sólo un ladrón y un ex-galeote, es también un asesino. Lo encontró en las alcantarillas, la mañana después de la barricada, transportando a un muerto sobre su espalda. Para probar su historia, muestra a Marius el anillo que robó al “muerto” de Valjean. Marius comprende que Jean Valjean le salvó la vida y, con Cosette, corren al encuentro de Valjean.
Epílogo
Valjean, ya envejecido, escribe su confesión a la luz de los candelabros del obispo. Durante su último rezo, Marius y Cosette llegan. Marius le da las gracias por haberle salvado la vida mientras que Cosette se altera al descubrir que Valjean está al borde de la muerte. Al final, todos los fantasmas de los muertos(excepto Javert) aparecen para cantar una vez más “A la voluntad del pueblo”.
- Piedad
- Valjean en libertad
- El Obispo de Digne
- Soliloquio de Valjean/¿Que voy a hacer?
- Nuestros días se van (España) / Cuando el día termina (Argentina)
- Soñé con ser otra mujer (España) / Soñé un sueño (Argentina)
- Bellas chicas (España) / Lindas chicas (Argentina)
- Arresto de Fantine
- El accidente del carro (España) / La carreta sin control (Argentina)
- El juicio/¿Quién soy yo?
- Muerte de Fantine
- La confrontación
- Castillo de cristál / Rincón para soñar
- Mira quién es / Miren quién es
- Amo del méson / Dueño del Lugar
- Encuentro de Valjean con Cosette
- El trato / Vals del regateo
- Paris: Mirad/Piedad
- El robo/Intervención de Javert
- Estrellas
- Éponine y Marius
- El café ABC
- Rojo y Negro
- La señal
- La canción del pueblo / Ya se escucha el cantar
- Calle Plumet: Al vivir / En mi vida
- Amor eres tú / Tan lleno de amor
- Attaque de la Calle Plumet
- La Partida
- Un día más
- Construyendo la barricada
- La carta
- Sola yo (España) / “En mi soledad” (Argentina)
- En la barricada
- Javert en la barricada
- Javert descubierto/Gente pequeña
- Las gotas al caer (España) / La lluvia caerá (Argentina)
- Jean Valjean en la barricada
- El primer ataque / Valjean libera a Javert
- A beber (España) / A brindar (Argentina)
- Sálvalo
- Amanercer de angustia
- El segundo ataque/Muerte de Gavroche
- Batalla final
- Las Cloacas (España) / Por los alcantarillas: Mundo salvaje (Argentina)
- Suicidio de Javert
- Siempre, Siempre (España) / Gira (Argentina)
- Sillas y mesas vacías
- Cada día
- Confesión de Valjean
- La boda / Casamiento
- Pobres en el festín / Reo en el festín
- Epílogo / Final
Curiosidades [editar]
El emblema del musical es un primer plano de Cosette, con fondo de la bandera francesa. El dibujo se basa en una ilustración de Émile Bayard que apareció en la primera edición de la obra.
Octubre 29, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente
Miguel Angel Peralta nació el 21 de Marzo de 1946 en Buenos Aires y desde temprana edad comenzó tocando la guitarra y cantando bagualas.
De casualidad conoció a Pipo Lernoud (para muchos, el promotor del movimiento hippie en argentina) un día haciendo dedo a Vila Gesell en una ruta. Este lo llevó a la lejendaria “Cueva de Pueyrredón”, donde conoció a personas como Litto Nebbia, Moris Birabent, Javier Martínez, Pajarito Zaguri y Tanguito y con ese grupo echó las raíces del rock argentino, por aquel entonces cantando en inglés con los Shakers (un grupo estilo “Beatle” de orígen uruguayo).
Vivía en una pieza de la pensión Residencial Norte, donde paraban Moris y los demás músicos de los Beatniks y frecuentaba junto al grupo de hippies plazas (fundamentalmente Plaza Francia) y bares (como la famosa Perla de Once).
Formó en 1967 los primeros esbozos de los Abuelos de la Nada junto a Claudio Gabis, Pipo Lernoud y Pomo Lorenzo. Luego de grabar los temas “Diana Divaga” y “Tema en Flu sobre el Planeta” entre otros, Pappo Nappolitano reemplaza a Gabis.
Por diferencias musicales, se retira del grupo y graba su primer simple como solista con “Oye Niño” y “¿Nunca te Miró una Vaca de Frente?”. Mas adelante decide radicarse en Europa.

Primero en Francia, donde graba una serie de discos del que se destaca “Miguel Abuelo et Nada”, luego en Inglaterra donde se casa con Kristina Bogdan y finalmente en España, lugar en donde nace su único hijo: Gato Azul Peralta. Allí mismo, con algunos integrantes de “La Cofradía de la Flor Solar” que estaban en exilio, armó “La Cofradía de la Nada”.
Retorna a la argentina en 1979 junto a Cachorro López, quién comenzó como bajista de Charly García paralelamente al momento en el que trataba de rearmar a los Abuelos junto a Miguel Abuelo.
De la banda del “bicolor” surgen los nuevos integrantes: Andrés Calamaro (tecladista) y Gustavo Bazterrica (guitarra) a los que se les suman el vientista Daniel Meelingo y el baterista Polo Corbella, prvenientes del grupo “Los Twist” y en el caso del primero, también del “Fontova Trío”.
En 1981 graban unos demos y luego dos simples: “Mundo in Mundos” y “Guindilla Ardiente”. Esto les daría pié para grabar el primer Long Play, homónimo al grupo.
En 1984 (ya con otros dos LP grabados por la banda) decide entonces realizar el mismo su propio LP con sus últimos trabajos: el mismo se llamaría “Buen Día, Día” e incluría a un tema del mismo nombre y a una version propia de “La Balsa” de Nebbia y Tanguito.
Además, compone y graba a dúo con Nito Mestre “Cosa de Tres” en el disco llamado “Nito” que tuvo la producción de Cachorro López.
Posteriormente graba dos discos más con los Abuelos hasta que la banda se disuelve y él deambula con Miguel Cantilo y luego con otros músicos, armando “Miguel Abuelo en Banda” hasta que en Febrero de 1988 sufrió una fiebre altísima.
Este problema paralizó a su banda y lo retiró definitivamente de la actividad hasta el 26 de Marzo de 1988, día que falleció de SIDA en la Clínica Independencia de Munro, sin dinero, casi en el olvido y con pocos amigos.
Según lo comentado por Marcelo Fogo (el último bajista de la banda), Abuelo dejó unas canciones inéditas después de “Cosas Mías” con el fin de realizar otro LP, pero un problema legal con su viuda está trabando su salida.

Miguel Ángel Peralta, (Munro, Provincia de Buenos Aires, 21 de marzo de 1946 – Munro, Provincia de Buenos Aires, 26 de marzo de 1988), más conocido como Miguel Abuelo, fue un músico, poeta y cantante argentino. Fue líder de Los Abuelos de la Nada.
Miguel “Abuelo” Peralta nació el 21 de marzo de 1946. Hijo de Virginia Peralta, nunca supo la identidad de su padre. Pasó su infancia viviendo en un orfanato y luego bajo la protección de una pareja mayor que lo apadrinó. Pero Miguel tuvo una personalidad inquieta y rebelde desde chico. Desafiaba a los mayores sin temor y fue expulsado de muchas escuelas.
Comienzos
Hacia el 68 comienza a frecuentar el boliche de la calle Pueyrredón, “La Cueva” donde conoce a Javier Martínez, Lito Nebbia, Tanguito, Claudio Gabis, Spinetta, entre otros. Pasa un tiempo viviendo en una pensión compartiendo el cuarto con su amigo Pipo Lernoud y luego se mudan a la casa de su madre, Mabel Lernoud.
Los Abuelos de la Nada
En 1968 formó Los Abuelos de la Nada, inspirado en una frase del libro de Leopoldo Marechal, “El Banquete de Severo Arcángelo” que decía: “hijos de los piojos, abuelos de la nada.”
Así es como reúne con la ayuda de su amigo, el poeta y periodista, Pipo Lernoud, la primera formación de “abuelos” reclutando músicos en Plaza Francia (lugar donde la juventud hippie argentina solía congregarse a fines de los 60). Claudio Gabis, guitarrista de Manal, participa de la grabación del primer single de Los Abuelos de la Nada: “Diana Divaga”, pero el papel de la guitarra sería ocupado por Norberto Aníbal Nappolitano, mejor conocido como “Pappo“. El resto de la banda la conforman “Mayoneso” Fanacoa, Miky y Alberto “Abuelo” Lara y Pomo. Esta primera generación de “abuelos de la nada” estaría más ligada a la psicodelia. Miguel se destaca componiendo temas clásicos del rock nacional como “Diana Divaga”, “Oye Niño”, “¿Nunca te miró una vaca de frente?”, “Tema en Flú sobre el planeta” y “Mariposas de Madera” entre otros. Algunos registrados junto con los abuelos y otros como solista bajo el sello Mandioca.
Por otro lado, esta primera etapa de los abuelos es corta. Hacia el 69 Miguel cede el liderazgo de la banda a Pappo orientándose entonces al blues. Sin embargo, la agrupación hace un par de presentaciones y se desarma. Forma entonces una nueva banda llamada “El Huevo” junto con el “flaco” Spinetta pero dicha agrupación no dura ni trasciende. Miguel se siente frustrado, y harto además del tenso clima social que se vive bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía, Miguel viaja a Europa para escapar de dicho sistema político opresor.
En Europa no llega a radicarse en ningún lugar constante. Transcurren años muy alocados, pasando mucho tiempo en casas donde lo reciben amigos o conocidos. Fiestas, orgías, viajes lisérgicos con todo tipo de drogas, son moneda corriente en la vida de Miguel. Miguel es además un adicto a la literatura sufí y lo sería hasta su muerte. En Europa se reencuentra con Crisha Bogdan, quien se convierte en su esposa y en la madre de su único hijo, Gato Azul Peralta, nacido en Londres el 8 de mayo de 1972.
Errante en el viejo continente pasa largas temporadas en Francia, en Barcelona, Madrid e Ibiza pero siempre se encuentra en movimiento, de un lugar para el otro sin sentar cabeza y ganándose la vida como buscavidas. Su relación con Crisha se desgasta y terminan separándose. En Francia, Miguel se contacta por medio de amistades con Moshe Naim, productor, y Daniel Sbarra, guitarrista, junto con quienes realiza un disco llamado Miguel Abuelo et Nada. Para hacerlo forma una banda llamada Hijos de Nada, pero no dura debido nuevamente a su irresponsabilidad (falta a los ensayos, a las sesiones de grabación y producción, etc.).

En Europa se encuentra con muchos músicos argentinos de quienes se hace amigo, especialmente Miguel Cantilo, Kubero Díaz y Cachorro López.
A fines de la década de 1970 es puesto en prisión por ser inmigrante indocumentado y pasa un tiempo tras las rejas, dedicando su tiempo a escribir poesía. Finalmente lo dejan libre y al poco tiempo regresa a la Argentina con la ayuda de Cachorro, con quien además planeaban formar una nueva banda que revolucionara la música rock. Los Abuelos de la Nada ven la oportunidad de resurgir de la mano de Miguel como cantante y Cachorro como bajista. Pronto reclutan a los demás integrantes y se suman Daniel Melingo en clarinete y saxo, Polo Corbella en batería, Gustavo Bazterrica en guitarra y Andrés Calamaro en teclados (recomendado por Alejandro Lerner). El primer disco es producido por Charly García, quien los apoya, consiguiéndoles shows y contactándolos con la agencia de Daniel Grinbank.
Disolución de Abuelos
La relación entre los Abuelos se desgasta y los roces internos hacen que en 1985 la banda se disuelva. Miguel forma entonces una nueva agrupación junto con su sobrino Marcelo Fogo y Kubero Díaz. Se integran además Juan del Barrio y Polo Corbella. Graban el disco Cosas mías retomando el nombre Los Abuelos de la Nada. La formación, sin embargo, no se mantiene estable.
A esta altura la música de los Abuelos llega a toda América Latina.
[editar] Fallecimiento
Miguel Abuelo muere de un paro cardíaco causado por su infección de SIDA , el 26 de marzo de 1988 en la clínica Independencia de la localidad de Munro.
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la Avenida Santa Fe hay una plazoleta, llamada Plazoleta Miguel Abuelo, en honor a su vida y trabajo, justo en la salida de las estaciones de tren y la Estación Carranza de la Línea D de subte. “El Paladín de la Libertad”, escrito por Juanjo Carmona, es la biografía dedicada a Miguel Abuelo.
La muerte de Miguel Abuelo se produjo en el medio de las de Luca Prodan (22 de diciembre de 1987) y la de Federico Moura (21 de diciembre de 1988) que marcan el fin del rock nacional post-Malvinas de la década de los ‘80.
[editar] Discografía
- Miguel Abuelo (simple), 1968
- Miguel Abuelo (simple), 1970
- Et Nada, 1975
- Buen día, día, 1984
Se cumplen veinte años del fallecimiento del poeta, músico y cantante
El largo día de vivir de Miguel Abuelo
Miembro fundador del rock argentino, creó Los Abuelos de la Nada y dejó una obra exquisita
No es la matemática la que determina cuándo finaliza una década, sino los hechos y para el rock vernáculo los 80 terminaron el 26 de marzo de 1988, día en que murió Miguel Abuelo.
Decir que en todo este tiempo su obra se mantuvo intacta es mentir: la distancia le otorgó un brillo aún más intenso y una paleta de colores digna de un impresionista. “Yo soy mi propio invento”, escribió Miguel Abuelo cuando cantó los 40 [«A mis 40 años»] y tenía razón. Se crió en un internado de Floresta y en Munro; vivió en una pensión donde se refugiaba la generación que encendería la mecha del rock argentino; fue folklorista y soñó con escribir la Historia Universal de la Realidad; boxeó con guantes y también sin ellos para abrirse paso en una sociedad esquiva; marchó hasta el fin por las rutas argentinas, pero también vagó por Francia, España, Inglaterra; creó a Los Abuelos de la Nada primero con su labia y luego con actos, y abrazó esa frase extraída de El banquete de Severo Arcángelo, de Marechal, hasta el fin de sus días, cuando sintiéndose solo bautizó a su último grupo como Miguel Abuelo en Banda.
“Yo estuve muy solo, pero solo sin recuerdos”, cantó en “Estoy aquí parado, sentado, acostado”, versos escritos a fines de los 60 por su amigo Pipo Lernoud, palabras (puñales) cómplices que lo acompañaron desde mucho antes que las cantara, desde el 21 de marzo de 1946 en que asomó a este mundo, y que se adhirieron a Miguel Angel Peralta como sombra hasta el 26 de marzo de 1988, cuando dijo basta su cuerpo abatido por el sida.
En esa primavera de 1988, empezó la segunda etapa de “El largo día de vivir”, otra de sus canciones poco difundidas. En ella, adhirió a una verdad grande: “Todo nos falte en el mundo, todo, menos la alegría”. ¿Dónde está la canción? Perdura en el más mítico de todos sus actos, su “disco francés” ( Miguel Abuelo et Nada ; 1975), ése que hoy puede conseguirse por Internet a 275 euros el objeto o gratis en MP3.
Si a fines de los 60 acompañó el comienzo del rock local, tanto como solista como con los primeros Abuelos; en los 70, fue su derrotero europeo el que dominó sus días. Después de un largo trajinar en los 80 alcanzaría su hora de mayor reconocimiento con Los Abuelos más recordados, con Cachorro López, que lo rescató del Viejo Continente; con Andrés Calamaro, Gustavo Bazterrica, Daniel Melingo (luego Alfredo Desiata), Polo Corbella y más tarde con Juan del Barrio, su sobrino Chocolate Fogo y otro amigo de la vida: Kubero Díaz. Fueron los días de “No te enamores nunca de aquel marinero bengalí”, de “Himno de mi corazón”, de “Lunes por la madrugada”, de “Cosas mías” y también de “Buen día, día”, la canción que le dio nombre a su único álbum solista de ésa década.

El Abuelo trovador hoy es objeto del nacimiento de una nueva canción de autor y cada una de sus etapas son recordadas por quienes lo acompañaron y por los que vinieron después y aunque compartimos aquello de que “la forma de vivir no es la forma en la que vivimos hoy”, su música es ímpetu para transitar por el largo día de vivir.
Sebastián Espósito
Calamaro dice:
· “Miguel fue [es] el poeta, con mayúsculas: popular, sofisticado, callejero, irreverente, cercano y bailarín -lo recuerda Andrés Calamaro-. Sus versos de esperanza, de claridad, de ilusión; pícaros, eróticos, sociales. Cuando la Presidenta se estrenó en la investidura, Mercedes [Sosa] cantó el “Himno de mi corazón: «Tengo confianza en la balanza que inclina mi parecer». Hay que volver sobre las cosas que escribió Miguel, superan la nostalgia… Es mucho más importante de lo que creemos recordar. Habría que recitar unos versos de Miguel todos los días al despertar y viviríamos una vida mejor en un mundo mejor”.
LOS ABUELOS DE LA NADA
“Los Abuelos de la Nada es una plataforma de trabajo musical sujeta por los integrantes que la componen. Hacemos música popular. Queremos ser bailables, contagiosos. Hacer pensar sin dar tiempo a pensar. Sin hacerle el coco a nadie. Este país ha sido pisoteado, negado, marginado. Pero yo estoy vivo y dispuesto a vivir. Por esa energía de vida es que abrimos un campo musical de alegría” (declaraciones de Miguel Abuelo al rearmar a Los Abuelos).
En marzo de 1981 Miguel Abuelo regresó a la Argentina. Comenzó despacito, desde abajo. Con presentaciones en pequeños bares junto con Cachorro López y Daniel Melingo que venía de tocar con Milton Nacimiento.
Pero no se conformaron y armaron Los Abuelos de la Nada con Andrés Calamaro en teclados, Gustavo Bazterrica en guitarra y Polo Corbella en batería.
Grabaron cuatro demos: “El gran orinador” (quien luego formara parte del disco solista de Miguel Abuelo como “Americano, soy del sur”); “Matraca”; Mundos in mundos” y “El cachete caído” de Calamaro, canción que hablaba de la necesidad de levantar el ánimo. Entre grabación y grabación el técnico le propuso a Los Abuelos utilizar unas horas disponibles que él tenía para grabar un demo más, el cual fue “No te enamores nunca de aquel Marinero Bengalí”.
En 1982 con la producción de Charly García, se editó el primer long play llamado “Los Abuelos de la Nada”, el cual logró gran difusión y rápidamente las canciones “Sin Gamulán” de Andrés Calamaro, “Tristeza de la ciudad” de Grighi Herrera (quien era invitado especial de Los Abuelos) y la canción que compusieron entre todos “No te enamores nunca de aquel marinero Bengalí” se convirtieron en los hits del álbum.
El 22 y 23 de octubre se presentaron en el teatro Coliseo y los medios de comunicación realizaron excelentes críticas por sus presentaciones en vivo y por su debut discográfico. Era una banda que hacía bailar a cualquiera; Los Abuelos habían logrado lo que nunca antes otra banda había alcanzado. Sus temas se bailaban en las discotecas y sonaban en todas las radios.
Después de algunas semanas llegó el festival “B.A Rock”.Pero ya en la banda habían comenzado los roces. Miguel Abuelo estaba muy en descontento con G. Bazterrica, C. López y A.Calamaro, quienes además estaban tocando paralelamente en la banda de Charly García. Para colmo la relación entre Abuelo y García era muy m ala. A tal punto, que una noche de alcohol y fiesta en Mar del Plata, se armó una gran discusión entre Miguel y Charly que finalizó con una trompada derrivadora del líder de Los Abuelos.Igualmente Los Abuelos cerraron el año en el estadio Ferro como soportes de Charly García.
1982 – Los Abuelos de la Nada
Los Abuelos de la Nada
Integrantes:
· Voz : Miguel Abuelo
· Bajo : Cachorro López
· Bateria : Polo Corbella
· Teclados : Andrés Calamaro
· Guitarra : Gustavo Bazterrica
· Vientos : Daniel Melingo
Participacion de Gringui Herrera, autor de la cancion “Tristeza de la Ciudad”.
Canciones:
1. No te enamores nunca de aquel Marinero Bengali
2. Sin gamulan
3. En la cama o en el suelo
4. Como debo andar
5. Ir a mas
6. Tristeza de la ciudad
7. Creo que es un sueño mas
8. Levantando temperatura
9. Guindilla ardiente
10. Te vas rica
11. Se me olvido que te olvide
Octubre 26, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente
Suzy Parker, nacida como Cecilia Ann Renee Parker (28 de octubre de 1932 – 3 de mayo de 2003), fue una modelo y actriz estadounidense, activa desde 1947 hasta comienzos de los años 1960. Su carrera en el modelaje alcanzó la cúspide durante los años 1950, cuando apareció en la portada de docenas de revistas, anuncios, películas y programas de televisión. Protagonizó diversas campañas publicitarias de Revlon, fue la primera modelo en ganar 100.000 dólares anuales,[1] y la primera también en posar ante una cámara vistiendo bikini.
Suzy es hija de George y Elizabeth Parker. Nació en San Antonio, Texas, y fue la menor de cuatro hermanos: Dorian Leigh (1917), Florian (1918) y Georgibell (1919). Trece años después de dar a luz a su último hijo, Elizabeth Parker creyó que estaba experimentando la menopausia cuando se percató de que tenía cinco meses de embarazo. A su padre no le gustaba el nombre Cecilia Ann Renee Parker, así que la llamó Susie. Más tarde, un fotógrafo francés cambió la ortografía a Suzy.
La familia Parker se mudó más tarde a Highland Park, Nueva Jersey, y posteriormente a Florida. Fue su hermana Dorian quien la presentó a la agente Eileen Ford cuando tenía sólo 14 años de edad.[2]

Cuando Suzy tenía 14 ó 15 años de edad, su hermana mayor, Dorian, ya era considerada una «supermodelo». En ese período fue que Dorian telefoneó a la agencia de modelos Ford Models y les dijo a Eileen y Jerry Ford que firmaría con ellos si contrataban también a su hermana menor, hasta entonces desconocida. Ansiosos por representar a Dorian, ellos aceptaron esta condición. Esperando conocer a una versión más joven de Dorian, quedaron impactados al ver a Suzy por primera vez en un restaurante, principalmente por su estatura (1,52 m), su estructura ósea, su cabello rojizo y sus pecas. Al final, Suzy se hizo más famosa que Dorian.
La fotografía de Suzy apareció en la revista Life cuando ella tenía 15 años. Uno de sus primeros anuncios publicados en revistas fue también a la edad de 15 y fue para DeRosa Jewelry. Aunque todavía vivía con sus padres en Florida, se quedó junto a Dorian en Nueva York mientras modelaba allí. Dorian la presentó a sus amigos fotógrafos Irving Penn, Horst P. Horst, John Rawlings y Richard Avedon, convirtiéndose eventualmente en musa de este último.
Parker se convirtió en el «rostro insigne» de Coco Chanel. Ella creó numerosos atuendos Chanel para Suzy y se volvió su confidente, aconsejándola sobre hombres y dinero. Fue la primera modelo en ganar 200 dólares por hora y 1.000 por año. La revista Vogue la declaró como uno de los rostros de la mujer post-guerra, segura de sí misma.
En 1955, Suzy no había pagado los impuestos correspondientes a su labor como modelo los años anteriores. Debía más de 60.000 dólares más multas acumuladas, una enorme cantidad para la época. Jerry Ford saldó la deuda y puso a Suzy a trabajar. Ella participó sin parar en proyectos para Vogue, Revlon, Hertz, Westinghouse, Max Factor, Bliss, DuPont, Simplicity, Smirnoff y Ronson, sólo por nombrar algunos. Además apareció en la cubierta de casi 70 revistas alrededor del mundo, incluyendo a Vogue, Elle, Life, Look, Redbook, Paris Match y McCalls. A ella sólo se le entregaba el 20% de su salario; los Ford se quedaban con el resto para recuperar el dinero usado en sus impuestos previamente.
Richard Avedon sugirió a Suzy para la película Funny face (1957). El rol de Fred Astaire se basaba en Avedon, mientras que el de Audrey Hepburn estaba inspirado en Suzy, quien apareció sólo un par de minutos en el filme. Sus otros créditos cinematográficos incluyen Kiss them for me (1957), The best of everything (1959), Ten north Frederick (1959), Circle of deception (1960) —donde conoció a su futuro marido, Bradford Dillman—, Flight from Ashiya (1964) y Chamber of horrors (1966). En televisión participó en Burke’s law y Dimensión desconocida, además de apariciones en programas de concursos como I’ve got a secret.
Luego de casarse con su tercer esposo, Bradford Dillman, en 1963, y de sufrir otro accidente automvilístico en 1964, Suzy comenzó a retirarse del modelaje y de la actuación para vivir tranquilamente con su extensa familia en Montecito, California
Murió la supermodelo y estrella de los años ‘50 Suzy Parker
Jueves, 8 de Mayo de 2003 11:50 PM
Suzy Parker, una de las primeras supermodelos y estrellas de cine estadounidenses, murió a los 69 años en su casa en Montecito, California, informó el diario “New York Times”.
Parker saltó a la fama en 1950 por su belleza pelirroja y su figura fascinante, además de una elegancia poco común y una mente muy lúcida.
El esposo de Parker, el actor de cine Bradford Dillman, dijo que su mujer había sufrido en los últimos años una serie de graves enfermedades.
Suzy Parker comenzó su carrera en una época en que las modelos comenzaban a tener cada vez más importancia a nivel internacional. Trabajó sobre todo para Coco Chanel y salió retratada en numerosas oportunidades en las portadas de revistas estadounidenses y europeas. Además, actuó junto a Cary Grant y Gary Cooper en Hollywood.
A Parker se le atribuyen varios récords, como haber sido la primera modelo en posar en bikini ante una cámara y llevar el ingreso anual de su gremio a 100.000 dólares. A mediados de los años ‘50 trabajó por un corto tiempo como fotógrafa de la edición francesa de la revista “Vogue”.
Después de casarse con el actor, Parker se retiró de la profesión y se convirtió en una “perfecta ama de casa”, contó el periodista francés Jean-Noel Liaut en su libro “Cover Girls and Supermodels 1945-1965″. Según afirma, Parker incluso horneaba el pan para su familia.
DETROIT, MI.- The Detroit Institute of Arts (DIA) celebrates fashion and photography with the work of Richard Avedon, one of the most influential photographers of the 20th century. Avedon Fashion Photographs 1944-2000, on view October 18, 2009 –January 17, 2010, features 181 works, including many vintage prints, magazines, contact sheets and other archival material from the Avedon estate.

“This exhibition not only surprises through the scope of Avedon’s work in fashion photography,” said Graham W. J. Beal, DIA director. “It also dramatically demonstrates what a radically innovative force he was in this field.”
Avedon’s legendary style reflected the political, social and cultural changes that influenced the lives of women and the fashions they wore for nearly six decades. The exhibition begins with his early work at Harper’s Bazaar, where he was hired in 1944 at the age of 21. His youth and exuberance brought a fresh, new approach to fashion photography and was instrumental in rejuvenating the post-World War II Paris fashion market. Avedon revolutionized editorial fashion photography by breaking away from the convention of shooting models in static, unimaginative poses, bringing fashion to life by photographing models in motion, both in the studio and beyond.

By the 1950s Avedon became even more dramatic and unconventional in his approach, often placing models in settings that ranged from the exotic to the whimsical. In a section of the exhibition called “Paris by Night,” he captured the elegance and vitality of both the “City of Lights” and the couture by shooting at night in Paris’ streets, cafes and local haunts.
Models were among Avedon’s most vital collaborators, and helped him define the emotional complexity, drama and beauty that he found so fascinating in women. In a 1993 interview he said, “Dress designers lent me textures, shapes, patterns that became the ally of my true work, which was always about women—what was going on beneath their clothes, beneath their hats. In their heads.” Directing magnificent spectacles that embody the high glamour of the era, he photographed Dovima, one of his favorite models of the time, conveying tremendous composure and grace among the elephants at the Cirque d’Hiver in Paris, and exuding timeless beauty posing in front of the Great Pyramids of Giza.
Suzy Parker was another favorite model. Emphasizing the active lifestyle of post war women, Avedon photographed her playing pinball, roller skating, and walking in the rain with a handsome man on each arm. Through Avedon’s images, Parker became an early prototype for the “cult of celebrity,” paving the way for future supermodels like Jean Shrimpton, Lauren Hutton, Twiggy, Penelope Tree and Veruschka, whom he photographed in subsequent years. Avedon’s fashion work with actresses and performers is seen in playful pictures of Audrey Hepburn and Barbara Streisand and in sultry fashion portraits of Bridgette Bardot and Elizabeth Taylor.
After 20 years at Harper’s Bazaar, Avedon joined the staff at Vogue, where he ushered in a new era of fashion work reflecting the energy and liberated styles of the 1960s, 1970s and 1980s. He embraced the Civil Rights movement and strove to bring women of color and diverse ethnicities to pages of fashion magazines. Avedon was one of the first high-profile photographers to work with African American and multi-racial models, including Detroit-native Donyale Luna and the Eurasian model China Machado.

By the 1970s, Avedon developed a signature studio style photographing models in mini dresses and menswear-inspired clothing of the era. Always reinventing the fashion picture, he looked to isolate figures and capture movement. Anticipating the gestures and poses of his subjects, he often caught them in mid stride, jumping, dancing and cavorting against a seamless grey backdrop. By the 1980s, until his departure from the magazine in 1988, Avedon shot nearly every cover for Vogue where he worked with celebrity fashion icons such as Brooke Shields.
After 1990, Avedon worked for several magazines and exclusively on ad campaigns and catalogues for designer Gianni Versace. Works from this decade include collaborations with Naomi Campbell, Kate Moss and Stephanie Seymour. In 1992 he became the first staff photographer for The New Yorker where he contributed several fashion essays. Avedon continued to dominate the photographic world until his death in 2004.
Octubre 16, 2009 | Por daniel-gonzalez | # Enlace permanente
“Andy murió ayer: nunca dejará de sorprendernos”. De este modo se expresaba un amigo tras la muerte absurda de Warhol después de una operación rutinaria. Han pasado muchos años desde aquel 1987 y el artista americano sigue dando sorpresas. Se las va a dar a todo Buenos Aires dentro de un mes escaso cuando se presente en el Malba Andy Warhol, Mister América, una muestra que recogerá, además de sus obras clásicas y sus películas, material fotográfico menos obvio -desde polaroids hasta fotos cosidas-.
Y se las dará al público madrileño que se pase en estos días por la galería Pepe Cobo y Cía -que, como Andy, no para de darnos sorpresas con las exposiciones estupendas que propone-, en la cual se pueden ver medio centenar de fotos en blanco y negro, inesperadas y exquisitas, resumen de la pasión urbana de Warhol, esos ojos ávidos por capturar las cosas corrientes de la vida de todos los días -desde retretes hasta platos, pasando por vistas de ciudades o mercadillos-; ojos que luego, ante los ojos mismos, lograban que los objetos banales se convirtieran en ese acontecimiento modernísimo, sorpresas contemporáneas por excelencia, las que ocurren sin sobresaltos, absurdas y adictivas.
Hay en la selección de Pepe Cobo y Cía momentos de diez -seguro que a Warhol le hubiera divertido exponer en ese espacio de delicioso malentendido-, incluso por lo antiwarholiano del asunto: desde la tienda de los nativos americanos hasta una señora rodeada de palomas a punto de tener regusto a Weegee. No hace falta mencionar lo actual del ojo certero de Warhol que nada tiene que envidiar al trabajo de Zoe Leonard, aquí un poco de moda en los últimos tiempos, a destiempo. Warhol es como Picasso: hace todo lo que hacen los otros y a veces hasta mejor.
Como soy una clásica, personalmente me quedo con las fotos de los escaparates: estupendas. Aunque son geniales las de los mercadillos, raras en su producción con esas gentes corrientes que rebuscan entre lo acumulado -qué poco glamour, caramba-. El conjunto merece la pena: corran a verlo. Les sorprenderá.
Mientras miraba estas fotos, a veces “tan poco” Nueva York, incluso “tan poco” Warhol -qué maravilla-, pensaba en la muestra que acaba de clausurarse en Bogotá -antes de ir a Buenos Aires- auspiciada por el Banco de la República y la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, en cuya sede podían verse las películas y los screen tests. El catálogo va a ser un volumen fundamental para las relecturas sobre el artista, me parece, a partir de textos como el de Beatriz González o las entrevistas a jóvenes artistas latinoamericanos, hasta cierto punto “warholitas”, como Kuitka o Iran do Spirito Santo.
Era raro y emocionante ver esas obras tan lejos de su lugar de origen o de sitios como Londres o París, igual que es raro ver a Warhol en una galería comercial de Madrid -cosas de las llamadas periferias y de sus finales, claro-. Y, pese a todo, cuánto le hubiera gustado a Warhol Bogotá, pienso de pronto. Cómo le habría fascinado lo actual de esta ciudad y las aglomeraciones de sus tienditas, los colmados del centro, donde, como en las fotos de Andy Warhol, se acumula de todo. Cómo le hubiera gustado leer el libro del teórico Armando Silva, Bogotá imaginada (Taurus, 2003), en el cual cada imagen estereotipada de la ciudad se resquebraja y se multiplica como ocurre con las obras del artista pop. Warhol en Bogotá -o en Madrid- tiene un sabor diferente a Warhol en Nueva York. Tiene un sabor más radical, más combativo, como si ese quiebro a Norteamérica que desdobla su producción se hiciera más claro, patente, punzante desde la terraza mítica que se abre a la ciudad latinoamericana. Su Bogotá soñada -y la mía-.
DIARIO EL PAIS – 10-10-2009
Andy Warhol en Buenos Aires. “Mr América” Museo Malba
Se exhibirá en el Museo Malba de Buenos Aires la primer gran exposición de Andy Warhol en la Argentina, del 18 de octubre próximo al 9 de febrero del 2010. La muestra titulada “Mr America” está integrada por obras que corresponden a distintos periodos creativos de Warhol, incluyendo 26 pinturas, 58 grabados, 39 fotografias, 44 peliculas y 2 instalaciones , Cow wallpaper y Silver Clouds.
Andy Warhol es considerado el ícono del pop art, iniciando y consolidando por aquellos años ( década del 60 ) una nueva corriente estética dentro del panorama del arte en los Estados Unidos, hasta entonces con fuerte presencia del expresionismo abstracto. Si bien fue resistido por los críticos, logró superar todos los preconceptos hacia su arte. Warhol alteró todos los esquemas , desde la noción de “Fábrica” en una idea industrial de la produccion artística, al uso de fotografias, serigrafia e imágenes de la cultura popular , resultante de los medios de comunicación.
Arthur Dantho uno de los críticos que más teorizó sobre Warhol, afirmaba que con él se daba término a la historia del arte, dado que su obra reproducia la realidad de tal manera que era imposible crear nuevos artificios.
Andy Warhol comienza su carrera artística como diseñador gráfico e ilustrador de revistas como Harpers, The New Yorker y Vogue entre otras, trabajando ademas para distintas agencias publicitarias. Son celebrés sus retratos de estilo serigráfico, las Sopas Campbell , Marilyn Monroe, la obras con Coca Cola, Mao, Jacqueline Kennedy Onassis, Ernest Hemingway, Micheal Jackson entre muchas otras.
“Mr America” es organizada por el Malba en asociación con el Museo Andy Warhol de Pittsburgh ( curada por el canadiense Philip Larratt-Smith ). La muestra es itinerante, habiendo comenzado en Colombia el 17 de junio pasado hasta el 21 de septiembre, también se exhibirá en San Pablo desde el 27 febrero hasta el 25 de abril de 2010, y en Buenos Aires desde el 22 de octubre hasta el 9 de febrero de 2010.
Argentina recibe la mayor muestra de Andy Warhol
Son 170 obras que llegan al Malba a partir del jueves 22
El Museo Malba, de Buenos Aires y la Fundación Costantini llevarán adelante la primera gran exposición de Andy Warhol en Argentina. Titulada Andy Warhol, Mr. America, la muestra está organizada en colaboración con el Museo Andy Warhol de Pittsburgh y curada por el experto en el tema Philip Larratt-Smith (Toronto, Canadá, 1979).
La exposición, que inaugura el jueves 22, se realizará en los pisos uno y dos del Malba, donde se reunirán más de 170 obras que presentan la cultura política y popular de los Estados Unidos a través de los ojos de este artista que marcó al arte del siglo XX.
Concebida como una gran retrospectiva, la lista de obras contiene 26 pinturas, 58 grabados, 39 fotografías y 2 instalaciones (Silver Clouds y Cow Wallpaper), además de 44 películas, que se exhibirán en sala y en un ciclo especial en el auditorio. Estas piezas pertenecen a diferentes etapas de su producción artística, con un énfasis particular en el período que va de 1961 hasta 1968. Entre otras piezas, se incluyen los célebres retratos de Marilyn, Jackie Kennedy y Mao. También está la icónica serie de Sopas Campbell, sus autorretratos travestido, los filmes Empire, Blow Job y una vasta selección de sus Screen Tests, producidos en su famoso estudio The Factory.
Esta es la segunda exposición que Malba dedica a Warhol, con una de las inversiones más importantes desde que el museo abrió sus puertas en 2001. La primera fue Andy Warhol. Motion Pictures: Cuadros en movimiento, en septiembre de 2005, que presentó sus célebres Screen Tests y un conjunto de films, pertenecientes al acervo del The Museum of Modern Art, New York.
El Malba editó además un catálogo en español e inglés de aproximadamente 120 páginas, presentado por Thomas Sokolowski, director del Museo Andy Warhol de Pittsburgh. El material contiene ensayos del curador, de la investigadora Ana Longoni y una entrevista al artista Guillermo Kuitca realizada por Larratt-Smith.
Tres pasos hacia el sur
“Andy Warhol, Mr. America” es un paso fundamental para la difusión de Warhol en América Latina, donde ya se presentó en el Museo de Arte del Banco de la República en Bogotá, del 17 de junio al 21 de septiembre. En el Malba se podrá visitar hasta el 22 de febrero de 2010, partiendo luego hacia Brasil, donde se exhibirá en la prestigiosa Pinacoteca de San Pablo, a partir del 20 de marzo.
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