MAYSA MATARAZZO – BOSSA SAUDADE
MAYSA MATARAZO

EL 22 DE ENERO de 1977 moría en un accidente automovilístico la cantante y compositora Maysa, conocida también con el apellido Matarazzo, tomado de quién fuera su marido. Tenía 40 años de edad. Quedaron de ella las grabaciones de una voz grave, envuelta en tristeza y acariciadora como terciopelo, la imagen de una mujer consumida por los amores o por el alcohol, y una biografía sistemáticamente narrada por una prensa instigada, y la mayor de las veces desorientada, por la protagonista.
No es cruel decir que Maysa tuvo el destino que tienen los boleros y las baladas de amores fracasados. A unos y a otros los cantó magníficamente. Su música fue el fondo sonoro de todas las incertidumbres amorosas propias y ajenas. Ayudó a expresar las zozobras más íntimas, y hasta los naufragios más inconfesables, de varias generaciones. Y por eso mismo nunca cayó en el olvido.
Treinta años después de su muerte, Maysa continúa cantando esas canciones nostálgicas que los brasileños llaman “de fossa”, al tiempo que su vida acaba de ser revisada en una biografía monumental titulada “Só numa multido de amores”, obra de Lira Neto (Ed. Globo/Bicbanco/Ministério da Cultura, San Pablo, 2007).
AMPLIA INVESTIGACIÓN.
El relato de Lira es cauteloso y muy bien apoyado en documentos que no habían visto la luz hasta el momento, como los cuadernos de un diario íntimo que Maysa llevó casi siempre (y que se vuelve significativo hasta cuando se interrumpe), o una autobiografía inconclusa e inédita esbozada por la misma. Incluye además una investigación de dos años con una larga lista de entrevistas con testigos de la vida de Maysa en Brasil, pero también en Argentina y Europa. No figura ningún uruguayo entre los entrevistados, aunque Montevideo y Punta del Este hayan sido lugares repetidamente frecuentados por la cantante.
El libro de Lira puede ser leído por especialistas como un documento que, más allá de narrar una biografía, pone en discusión e ilustra las etapas de la música popular brasileña, muy en particular las aportaciones de Maysa a la bossa nova.
Finalmente el autor recrea parte del espíritu de los años que van desde 1950 hasta mediados de los 70, cuando la televisión era una novedad, cuando resultaba prestigioso ser “existencialista”, o tener una motocicleta (y tantas utopías), hasta la euforia nacionalista de los regímenes militares, un silenciamiento lleno de gritos cuando ya no había más lugar para las baladas de Maysa.
MARCADA.
Maysa nació el 6 de junio de 1936 en Río de Janeiro. Su familia era de Espirito Santo, pero la madre prefirió que el parto ocurriera atendido por su suegro, que era médico y senador, en la entonces capital del país. Pasará su infancia y primera juventud en San Pablo.
El nombre “Maysa”, extraño y sugestivo, resultó sin embargo de una idea bastante extravagante de su madre: mezclar la sílaba inicial y la sílaba final del nombre de su amiga María Luysa con la “y” griega como nexo(sic). Pertenecían al estrato social de la clase media alta. Su padre fué fiscal de la agencia tributaria, por lo que podían permitirse residir en el centro de la capital paulista. Eran bohemios, frecuentando las casas nocturnas de la época, por lo que la niña Maysa, influida por este ambiente, aprendió a tocar la guitarra, algo impensable entre las jóvenes de la época para quienes el piano era casi un destino.
Su padre, Alcibíades Guaraná Monjardim, ya era un generoso consumidor de alcohol. “Guaraná, sólo en el apellido”, avisaba al presentarse.
Maysa fué la prueba viva de que una imagen pública se construye en gran parte fuera de la voluntad personal del protagonista, casi como un destino, se podría aventurar, o como si realmente la vida imitara al arte. Por más improbable que resultara ocurrió que la joven Maysa, futura solista de boleros, conoció siendo adolescente a André Matarazzo, un perfecto representante de la pujante burguesía local, miembro riquísimo del ya millonario clan de los Matarazzo, inmigrantes italianos ennoblecidos además por Vittorio Emmanuele III (al menos, el patriarca, Francesco, fue Conde desde 1917 por la ayuda prestada a su país).
Y tenía que ocurrir que se casaran. Ella con 18 años, y él llevándole 17. Fue en la Catedral, faltaría más. Y el casamiento, celebrado el 24 de enero de 1955, ocupó largamente las columnas sociales del país.
Pero la muchacha, que escribía poemas y les daba música, quiso ser cantante, y eso ya era inadmisible para una Matarazzo. André consintió en que grabara un disco, “Convite para ouvir Maysa”, en el entendido de que la renta que produjera se entregaría a una institución de caridad, siempre y cuando el apellido Matarazzo apareciera discretamente en la contraportada, así como que el rostro de la joven Maysa fuera reemplazado en la carátula por un ramo de flores.
Así se planificó y se haría no sin antes cumplir con los altos designios que su rango social establecían, imponían y requerían, puesto que la joven era todavía una Matarazzo, de modo que primero tuvo a su único hijo, Jaime, y sólo después entró en los estudios de grabación.
Ese disco, de 1956, reveló a una cantante magnífica y, si para muestra basta un botón, los títulos de las ocho canciones que contenía ya decían todo el espíritu elegíaco de Maysa. Los temas, compuestos y escritos por ella, se llaman: “Marcada”, “No vou querer”, “Agonia”, “Quando vem a saudade”, “Tarde triste”, “Resposta”, “Rindo de mim” y “Adeus”.
Quienes pensaron que la oscuridad del olvido haría desisitir a Maysa de sus aspiraciones, quedaron sorprendidos por el súbito éxito, equivocándose muy a su pesar.
SOMBRÍA.
Maysa todavía debía pasar por la etapa de difusión de su disco en emisoras de radio y televisión en San Pablo a la par que en Río de Janeiro. Esto provocó la debacle en el clan-club Matarazzo, donde era del todo punto inadmisible que alguien ligado a ellos apareciera cantando en programas de TV; definitivamente inaceptable. El divorcio tenía que sobrevenir.
Entonces, mal vista por la alta sociedad anquilosada e hipócrita de aquellos años, con su imagen pública encarnando el dolor de la separación, tenía que cantar (espléndidamente, es casi inútil decirlo) las baladas, los sambas-cano y los boleros más tristes, incluyendo los mega-éxitos “Oua” y “Meu mundo caiu”, de su autoría, que la acompañarían toda su vida, y los de Dolores Duran y Antonio María, además de Tom Jobim y Vinicius de Moraes.
A su repertorio musical, y para entender mejor al personaje que se creaba, se deben agregar otras informaciones que se superponían en su imagen: la notoria adicción al alcohol, los cuatro paquetes diarios de cigarrillos, los muchos amores efímeros, la ropa oscura, o simplemente negra, que también ayudó a componer esa imagen de femme fatal y sombría, pero que ella usaba básicamente para disimular el sobrepeso contra el cual mantenía permanente batalla.
Más que una cantante Maysa fué un relato, demasiado cercano con las historias de los boleros que cantaba. Ello provocó que Brasil se enamorara de esa historia, de esa mujer de inmensos ojos verdes (”dos océanos no pacíficos”, los llamó el poeta Manuel Bandeira), de esa imagen sombría, amarga, frágil, tantas veces tentada por el suicidio. Pero no fueron sólo los brasileños los seducidos, los uruguayos quedaron subyugados y prendados por Maysa inmediatamente. Lo corrobora el que su primer viaje profesional al exterior fuese a Punta del Este, en enero de 1958.
Su éxito fuera de Brasil se inició en el Río de la Plata (Buenos Aires, Montevideo, Punta del Este estarán para siempre presentes en su vida), siguiendo por toda América Latina. Impresionan en la biografía de Lira los documentos sobre el interés y el cariño que despertaba Maysa en Perú, México, Colombia y Venezuela, una devoción que quedará evidente en la tournée de mediados de 1968.

El amor al personaje público llamado Maysa Matarazzo -ya que ese apellido le quedará adherido como distintivo, sobre todo en Hispanoamérica- no se extendió a Estados Unidos (una temporada en Nueva York en 1960 no rindió los frutos esperados) ni a Europa.
Maysa, que vivía con el español Miguel Azanza desde 1963, residió algunos años en Madrid, y aun en Milán (con retornos e interrupciones, desde 1963 hasta 1968). Llegó a cantar, en una ocasión, en el mítico Olympia de París (1963). Pero su verdadero, fervoroso, devoto público estuvo siempre en Brasil y el resto de América Latina.
TARDE TRISTE.
En sus veinte años de carrera hubo varias Maysas. Cada vez que hacía un tratamiento antialcohólico y cada vez que adelgazaba (”No perdí quilos, perdí litros”, dirá en Pasquim, julio de 1969), una nueva Maysa resurgía. Fue la Maysa de la bossa nova, junto a Ronaldo Bôscoli, del LP Barquinho (1961). Fué la que “volvía” en la cervecería Caneco de Río de Janeiro en 1969; era la Maysa de las canciones internacionales (en inglés, en español, en francés).
Inolvidable su “Ne me quitte pas”. Cierta leyenda atribuye el hecho que cuando Jacques Brel supo, en un recital que ofrecía, que Maysa se encontraba entre el público asistente, se negó a interpretar la canción, seguramente debido a que sabía que no podría transmitir la profundidad de sentimiento que ella plasmaba cuando cantaba su creación.
La relación de Maysa con el Brasil era muy peculiar, cual romance de amor odio, siendo estas una constante durante toda su carrera artística, y en lo que a su vida particular se refiere, puesto que el acoso de la prensa y crítica, que se cebaban con ella a la primera ocasión que se presentaba, siendo responsables en parte de sus depresiones, provocando el autoexilio que se imponía durante ciertos periodos que podemos constatar en sus viajes y residencias en el extranjero.
Durante algunos años se negó a cantar en su país. En Buenos Aires, en 1968, hacía la siguiente declaración -”Hace tiempo que no voy. No quiero volver, al menos, para cantar. Allá no existe respeto humano. Les gusta ver a la gente caída, arrastrándose. Prefiero la Argentina”.

La relación de Maysa con la música del Brasil fue efectivamente movida a pasiones. Su vida fué breve, como la de otras dos musas de la música popular brasileña, Nara Leo (1942-1989) y Elis Regina (1945-1982). Las tres, sin ser comparables, tienen ciertos paralelismos musicales, por más que cada una, a su manera, haya escrito en letras de oro la historia de lo que fue la bossa nova.
Por lo demás Maysa mantuvo con ambas relaciones muy tensas (a Elis no vaciló en arrojarle una botella de whisky a la cabeza, en la boite 706 de Río, el 25 de octubre de 1966, convencida de que esta la había querido drogar colocándole un sedante en la bebida, con ocasión de cierto Festival en el que ambas participaron). De Chico Buarque dijo en cierto momento: “Es un muchacho de ojos lindos y un excelente letrista, pero sus melodías son repetitivas y meras copias de lo que Noel Rosa ya hizo décadas atrás” ( declaraciones, en 1968, a periodistas portugueses). Finalmente agregó, en la misma ocasión, que “Roberto Carlos no puede ser tomado en serio”.
Su vida hubiera podido terminar placenteramente y en paz. Compró un terreno en la playa de Maricá, al norte de Río, negándose a aparecer en presentaciones públicas durante un tiempo. Mientras vivió, tal vez, un gran amor con un actor de culebrones televisivos, Carlos Alberto. Ambos aparecen retirados del mundo entre los años 1973 y 1974. La calma no iba a durar mucho al enamorarse Maysa de un director de orquesta, Julio Medaglia.
Pero era el fin. Su último espectáculo fue una temporada en la boite Igrejinha, de San Pablo, entre noviembre y diciembre de 1975.
Murió un año y dos meses después en un accidente en el puente Río-Niterói, inaugurado hacía dos años.
Maysa “exagerada”, según la ha llamado un crítico local, exagerada en el alcohol, en el amor y en la amargura, en el dinero que ganó y que derrochó, en su talento, que excedió a la cantante y llegó a la composición, al teatro ( “Woyzeck” de Georg Büchner, en 1971, que también produjo y donde perdió su fortuna), y la telenovela ( “O cafona”, también de 1971, donde hacía de cantante alcohólica separada de un aristócrata). Maysa, la que renacía del alcohol, y al que volvía hasta pasar noches en blanco, en las calles, con los clochards de París.
Pero Maysa murió sobria. Así lo atestiguan los análisis póstumos de sangre. Y con la esperanza de vivir en paz sus incondicionales con su musa, haciendo merecida justicia a su memoria, se agrega este final al relato de su vida que uno desea, quiere, necesita, atribuirle.

Lira Neto eligió el nombre del LP de 1970, “Ando só numa multido de amores”, para dar título a esta impresionante obra biográfica. Hubiera podido escoger el de 1962, “Cano do amor mais triste”, para demostrar que, como Maysa, somos todos irremediablemente románticos.
Depresión
CLARICE LISPECTOR:
“MAYSA es un símbolo de resurrección. Fuertemente deprimida cuando dejó de cantar, no nos esperabamos que tuviera fuerzas suficientes para rehacer su vida. Y de pronto surge una mujer más que linda, y más fuerte que antes. Reconstruirse se volvió la palabra más importante entre todas. Quién ya se levantó varias veces de las cenizas sabe cómo es, al mismo tiempo difícil e imposible, la propia reconstrucción”.
Maysa moderna
GAL COSTA:
CONOCÍ a Maysa a mediados de la década del 70 en un viaje en tren de San Pablo a Río de Janeiro. Ella estaba en la cabina del restaurante cuando entré, con la timidez que me es peculiar y que me trae también un cierto aire de misterio, de charme ( galmour ). Me senté a una mesa cerca de ella y terminé, no sé cómo, compartiendo la suya propia, así como las carcajadas de alegría y de placer. Maysa era no solo magia, fuerza y seducción. Además de mujer atractiva era inteligente, acompañada siempre de una eterna angustia existencial.
Compartía con ella los momentos más placenteros de una amistad que parecía duradera, si la muerte no la hubiese arrebatado para “casi” siempre. Digo “casi siempre” porque sé que aquella energía tan especial que tuve la alegría de experimentar a su lado, debe estar almacenada en algún lugar de este inmenso infinito. Una energía como la suya no puede perderse o acabarse de repente. Ella está viva en su obra, en su perenne imagen de mujer-diosa, en su belleza. Maysa fue una mujer moderna para su época, una cantante apasionada, de talento poco común .(…) Era evidente que se trataba de una mujer decidida y firme en las elecciones de lo que quería hacer, cantar y obrar. Personalmente, ella era delicada y poco impositiva, aunque en su carrera obrase de modo determinado.
(…) Ella era una profesional bastante exigente y conocía de lejos cuando una situación valía la pena. Tenía ideas súbitas de hacer “parcerías” (espectáculos compartidos), presentaciones y nuevas canciones, en proyectos que el tiempo no nos permitió cumplir.
(…). Maysa, independientemente de su repertorio romántico y pasional, fue una mujer moderna. Moderna en el sentido de tener espíritu inquieto, de creer en actitudes fuertes, de mostrar opinión propia en asuntos considerados poco convencionales, y por vivir de aquel modo lleno de audacia. Ella continúa siendo una presencia incomparable en la Música Popular Brasileña. Nadie se parece a Maysa y difícilmente surgirá otra cantante de su estilo.
Texto y composición de Muad Dib basado sobre un artículo de Alfredo Fressia, utilizando como fuente la Obra Biográfica de Lira Neto.
Maysa Matarazzo
RCA VICTOR, 1968
Maysa Matarazzo y la bossa nova.
Maysa Matarazzo fue algo más que el bossa. De hecho, la cantante brasileña (Sao Paulo, 1936-1977) podría postularse perfectamente como gestora inicial del género tanto como el que más:
- Río de Janeiro, año 1958. Al tiempo que Joao Gilberto debuta con su “Chega de saudade”, Matarazzo publica “Ouça”, arrebatada “torch song” ribeteada del bossa ambiental que se respira lanzándola a una vertiginosa carrera que, músicas aparte, podría etiquetarla y definirla con el estilo modelo diva atormentada de los años 50. Desde su matrimonio, a los 18 años, con el millonario Matarazzo que le doblaba la edad y del que tomaría el apellido hasta su muerte, en accidente de coche a los 40 años de edad, su vida jamás se libraría del escándalo y la polémica.
Sin apenas darse cuenta, Maysa de pronto se encontró convertida en algo así como una “sex symbol” latina. Con esa peligrosa mirada de ojos verdes y formas ligeramente neumáticas, siempre con problemas de sobrepeso pero dotada de una atractiva fragilidad. Su concepción personal de la bossa y del samba fue macerando hasta dar con una explosiva mezcla de canción/bossa que igual bebía de las voces negras del jazz, que de las grandes solistas europeas y sudamericanas del pop o del bolero. Bajo su influjo, una rara intensidad pareció cubrir esa supuesta e irresistible levedad del bossa. Ése sería el cóctel Maysa, y aún más cuando llegando a cantar en inglés, español, francés o italiano (según el amorío de turno) se involucraba con músicas locales del país al que llegaba. En una de éstas, a mitad de los 60, apareció por Madrid con novio español.
En España era absolutamente desconocida, quizás aún lo sea, porque hasta entonces únicamente había aparecido por aquí un extended-play, bajo sello Philips, de su etapa más jazzística grabada en los Estados Unidos (1960).
El disco, eufóricamente titulado “La voz más expresiva del mundo”, venía avalado por dos inmaculadas versiones del “You better go now” de Billie Holiday, y del “Ne me quitte pas” de Jacques Brel, que a la postre iba a ser su más recordado trabajo fuera del Brasil, y que Almodóvar incluiría en la banda sonora de La ley del deseo (1986). De cualquier forma una perfecta desconocida en aquellos días.
Enseguida contactó con los círculos del jazz local y con Juan Carlos Calderón, junto al que proyectaría trabajos que, en breve tiempo, se concretaron en un exquisito single RCA del año 68, con una canción inédita de Luís Eduardo Aute, “Pálida Ausencia”, y una espléndida versión del “Reza” de Edu Lobo, iguálmente memorable. Apuraría la estancia en la península Ibérica participando en la banda sonora de la obscura coproducción hispano-italiana “Diamantes a Go-Go” (Giuliano Montaldo, 68) rodada en Barcelona con Janet Leigh y Klaus Kinski, en la que interpretaba tres piezas de Ennio Morricone.
Maysa en cualquier tiempo, en cualquier lugar.
Acto seguido apareció por aquí el disco que nos ocupa, extrañamente disperso en su mal conocida discografía internacional, y del que siempre hubo dudas acerca de si llegó o no a grabarlo en este país.* Me inclino que no por la pureza de sus arreglos y del elegíaco tono brasileiro de producción. De cualquier forma, venga de donde venga, un tiro directo a los sentimientos que por entonces brindaba la intérprete en sus años de máxima creatividad. El desfile se abría con “Barquinho”, nueva toma mecida en clave swing de aquella su clásica bossa editada en el 58 (¿no creó ella el género, pues?), para continuar enseñándonos que se debe intentar mejorar incluso aquello que no se puede mejorar: Baden Powell (”O canto de Hosanna”), Castro-Neves (”Morrer de amor”), Edu Lobo (”As mesmas historias”), Vinicius de Moraes (”Berimbau”) … Y terminar obligadamente con una nueva sesión de brutal psicodrama personal sobre el eterno “Ne me quitte pas”, que justificaba el porqué muchos brasileños dieron en llamar a sus interpretaciones, en vez de bossa, cancionesDatos Complementarios
La carrera de la cantante fué retratada en la miniserie “Maysa – Quando Fala o Coração”, exhibida por la emisora de televisión Rede Globo en nueve capítulos entre los días del 5 al 16 de Enero del 2009. Una serie escrita y producida por Manoel Carlos, protagonizada por la actriz Larissa Maciel y dirigida por Jayme Monjardim, hijo da la gran Maysa.
Discografía
Álbums
- Convite para ouvir Maysa (1956)
- Maysa (1957)
- Convite para ouvir Maysa n. 2 (1958)
- Convite para ouvir Maysa n. 3 (1958)
- Convite para ouvir Maysa n. 4 (1959)
- Maysa É Maysa… É Maysa… É Maysa (1959)
- Voltei (1960)
- Maysa Canta Sucessos (1960)
- Maysa, Amor… E Maysa (1961)
- Barquinho (1961)
- Maysa Sings Songs Before Dawn (1961)
- Canção do Amor Mais Triste (1962)
- Maysa (1964)
- Maysa (1966)
- Maysa (1969)
- Ando Só Numa Multidão de Amores (1970)
- Maysa (1974)
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