Espectáculos en los setenta

Desempolvar las tarjetas de los boliches, guardadas después de tantos años, me deparó una grata sorpresa: la calidad de los espectáculos que la noche de Ramos ofrecía por aquellos años.


Entre ellas, una vieja tarjeta de Pinar anunciaba para un domingo en “Exclusivo (en vivo)” a Gloria Gaynor, una artista internacional que hoy sigue llenado teatros. Otros que participaron de los espectáculos de aquellos años fueron Chassman y Chirolita, José Marrone, Juan Carlos Calabró, Litto Nebbia, Charly García, Nito Mestre, los Blue Jeans, Jorge Porcel, Juan Marcelo, Juan Verdaguer, Valeria Linch y Víctor Heredia, por citar sólo algunos.


También supo destacarse por los desfiles, por sus pasarelas se mostraron Pata Villanueva, Graciela Alfano, Adriana Constantini, Antoine y Carlos Iglesias.


En las fiestas de estudiantes, organizadas para recaudar dinero para el viaje de egresados, donde se debían vender entradas y armar a pulmón los shows, eran invitados músicos de la talla de Invisible, Mantra y Los Bárbaros.


Por su parte, Camelot invitaba para sus vacaciones de invierno, a presentaciones ofrecidas por Polifemo, Alma y Vida y Vox Dei, quizá lo más importante del incipiente rock nacional de ese momento. En tanto, Juan de los Palotes invitaba al “recital del sensacional conjunto Los Plateros” para el viernes 1 de abril de 1977.


Como ven, la calidad de los artistas era de primera línea y para que ello sucediera, funcionaron algunas organizaciones encargadas de traerlos. Recuerdo a Uma Club, Mac, Danger, Floyd y Caprice. Uma es una de las empresas que ha perdurado a través del tiempo.


Uma anunciaba por aquellos años: “Estamos en el mejor nivel, desde hace un tiempo, Uma Club, se propuso dar a Pinar de Rocha el nivel que su majestuosa estructura merece, y logramos en poco tiempo superar con holgura todo lo planeado, transformando a Pinar en el único local de Bs. As. que cuenta además de sus tres pistas de baile, con un sector de la boite el cual fue adecuado para Café Concert, donde durante el 76 y lo que va del 77 fueron presentados espectáculos de la magnitud de (…) Por el precio de la entrada no te preocupes pues está al mismo precio que en cualquier otro lado, además podés venir sola o acompañada”


Notte, presentaba el espectáculo “único de Roberto Vicario” y Barbazul a “Jorge Troiani y el Grupo Axioma”, con la organización de Laif, en tanto Floyd hacía lo propio en los espectáculos de Notte.


Por esas cosas de la vida, me encontré a la vuelta de la esquina con Alberto Cambas Sabaté: trompetista de jazz y escritor, entre algunas de sus diversas ocupaciones.


Mi obsecada pasión por leer y escribir me acercó un poco más a él, y aún más, cuando note su preocupación por tratar de mejorar mi escritura.


A lo largo de tantas tardes compartidas, le conté la idea de escribir algo sobre mi ciudad; una vez más me volvió a sorprender cuando me acercó el original de un programa de jazz que por la década del setenta se ofrecía en la Tua Pizza de Rivadavia 14326, tal vez la primera que ofrecía la pizza por metro.


Cuando uno se abre a los recuerdos, las sorpresas no dejan de aparecer. Esos “viernes de jazz” que anunciaba ese programa contaba con la actuación de la Original Jazz Orchestra, luego Original Jazz Band. Que fuera uno de los conjuntos insignes de la época y de la cual, Alberto fuera su trompetista.


Vaya recuerdo y sobre todo porque “la Tua” se había escapado de mi memoria. Ahí nomás, ante mi sorpresa por el hallazgo gráfico, él se despachó con sus recuerdos de músico y me relató el auge que por aquellos años tenía el escenario que Pinar tenía en los fondos de la casona bailable. La esquina de Brasil y Casares, que para mí fue un sórdido pool, resultó ser un importante lugar que supo tener su momento de gloria.


No pude resistir pedirle que escribiese algo para un periódico en el que yo colaboraba y así dio luz a estas líneas que fueron publicadas en 1999. Hoy, con su permiso, la transcribo para que todos puedan leerla:


Los fantasmas suelen andar de la mano de Shakespeare, en medio de la bruma de Canterville, o simplemente paseándose por el Roxy de Joan Manuel Serrat, ese maravilloso juglar, el mejor del siglo pasado, que además de seguir cautivando generaciones y de volver loca a mi mujer, es hincha de Boca. Los fantasmas están en todas partes, no discriminan. Aparecen, se instalan y se obsesionan por hacer oír el sonido de sus herrumbres. Y no solo lo hacen en Escocia, donde no hay castillo que no albergue uno de estos inquilinos inmateriales. También sobrevuelan Ramos Mejía ¿por qué no?¿Porque Hamlet no anda llorando por los andenes de la estación? ¿Porque no se mueven objetos; porque el Pinar, que vive un eterno romance con la segunda Rivadavia, ocupa un pequeño lugar en el universo de los fantasmas?


Sin embargo, algunos de estos fantasmas pasaban por el Pinar, enfundados en sus conjuntos british con melenitas por los hombros, montgomeris, mocasines color caca, hot pants y largos abrigos negros que ocultaban a medias, los cuerpos mágicos de las muchachas.


Final de los sesenta y principios del setenta… Pinar de Rocha era un templo. No cualquiera subía a su escenario: la calidad y el buen gusto fueron haciéndolo famoso.


Mariquena Monti, Les Luthiers, Manal, La Porteña Jazz Band, Opus 4, Markama y muchos otros aparecían anunciados en los espectáculos de viernes, sábados y domingos. Había un salón exclusivo para estos mientras los bailes eran cosa de otro mundo. Caravanas de jóvenes anónimos fluían hacia la ochava inconfundible de Pinar de Rocha. Ya no era necesario ir al “centro” para ver a los artistas de calidad. El Pinar lo tenía, ya no era necesario “ir al norte” para bailar con “pibas de película”. Ramos Mejía Se hacía famoso y el “templo” se erigía como símbolo de lo mejor.


Luego… pasó el tiempo; el país fue cambiando, la gente fue cambiando, las modas, las costumbres y hasta la música. Pero, afortunadamente, lo bueno persistió con estoicismo ante el embate de un ejército espantoso, esgrimiendo el arma más letal: la mediocridad. Los buenos se refugiaron tras incorruptibles barricadas, transformando paradójicamente aquello que era popular, en los “clásicos” de hoy.


Y en el Pinar, seguramente escondidos entre las cálidas paredes, en algún sótano perdido, en una casita invisible de algún árbol del parque, los fantasmas aguardaban. Los fantasmas del Pinar, los primos hermanos del padre de Hamlet y de los muertos por amor en las torres oscuras de los castillos de Escocia.


Cuando lleguen, ahora que reabrió sus puertas, no vayan a creer que la jaula que está en el parque permanece vacía. Dicen los vecinos que, en las noches de luna llena, se escucha el rugido de un puma que sabe salir de juerga con un hato de sábanas blancas que despiden un dulce aroma a recuerdos.


Por aquellos primeros años de la década del setenta, hubo en nuestra ciudad un lugar que fue referencia del incipiente movimiento roquero que se gestaba en el país. En avenida de Mayo 37, justo al lado de la farmacia Social y ocupando su planta alta, estaba Divagario.


Debo decir que si no fuera por Josué Marchi, Divagario no hubiera figurado en este trabajo, puesto que él fue quien me alerto sobre ese lugar y me conminó a rastrear su historia.


A partir de allí, surge la búsqueda. Costo bastante referenciar el lugar. Juan Avalos, más conocido como “el piojo”, recuerda que junto con Haydee, su mujer, ambos con apenas dieciséis, concurrían a Divagario, y según él “era un lugar para divagar y zapar, al que caía la cana y la rutina era bajar con el DNI en la mano, previo dejar el baño lleno de porquerías


“Además –agrega- al que veían con barba y pelo largo, le decían Pappo, para ellos, todos éramos Pappo” . El Piojo Avalos recuerda también la improvisaciones del primer Manal en el Club Estudiantil Porteño, de Barcala716. Lo que agrega una nueva búsqueda, encontrar referencias de Manal ensayando en Ramos. Así llegue a Jorge Capello, guitarrista de “Semilla de este Tiempo”, “La pesada del rock & roll” junto a Kubero Díaz y de María José Cantilo, entre otras importantes agrupaciones. Jorge, alejado del ruido de Buenos Aires, vive en Villa Mercedes, San Luis, donde es profesor de lenguaje musical y guitarra y da recitales-charlas sobre la historia del rock argentino. Convocado por este escriba no dudo un instante en darme su aporte sobre esos años.


Jorge me cuenta que Divagario fue un lugar, creado por un grupo de amigos, como intento alternativo para tocar nuestra música y llevar adelante las ideas. El Rock en ese momento venia de la mano con la política, los sindicatos obreros independientes, todas las artes, el mayo francés y la guerra en Vietnam. Cuando se habla de “movimiento rock”, era justamente eso, un movimiento ligado a todo lo que fuera cambiar el mundo y despertar conciencias. Esto se también se escuchaba. Nada de “blandos” ni “cancioncitas” (odiábamos a Sui Generis). El habitué de “Divagario”, amaba a HENDRIX, CREAM, ZEPP, NEIL YOUNG, KEROUAK, DYLAN. Acá ya había aparecido MANAL, que con una base CREAM-HENDRIXIANA, por llamarla de alguna manera, mas letras discepoleanas y en general crudas y altamente corrosivas, cuando no caóticas, en cuanto a la descripción de la realidad, metían su discurso en todo lugar donde podían. Estudiantil Porteño, los cobijo un par de noches. Por otro lado, los domingos a la mañana ALMENDRA empezaba a girar y uno de los lugares donde toco unas cuantas veces fue en el cine Belgrano, hoy desaparecido.


A Divagario llegaban todos, Pappo, Willy Gardi (El Reloj), el “Bocon” Frascino (Pescado), toda gente del oeste. Al igual que el piojo Avalos, recuerda una anécdota con la policía: una noche cayo la cana y se llevo como a 400, entre los cuales estaban Pappo y muchos personajes mas de la época. Tuvieron que sacar las maquinas de escribir a el patio de la comisaría para tomar datos. Recuerdo que a mi me metieron en un cuarto que estaba lleno de carpetas y papeles; estaba tan loco que no podía parar, y al cuarto lo desarme todo!!!! Leyendo esas cosas (que ni idea de que hablaban, pero en ese estado me parecían importantes), luego las dejé tiradas por el piso. Cuando me vinieron a buscar no me mataron a palos, aun no se porque…


Los que alquilaron Divagario fueron Jota (hijo de el dueño de Saloon) y 2 o 3 mas que no recuerdo, pero el “emprendimiento” fue de todos: Omar “rocanrol”, la “bruja” Bertotto, el “negro “Wattussi”, Quique “buzo” Boserup y “las chicas”, por supuesto, entre otros tantos que no recuerdo).


Cerrando la charla, Jorge se pone un poco mal, y agrega que “es muy difícil, hay que estar muy inspirado y fuerte para bancarte recordar el clima y las ansias que se respiraban en esa épocas impresionantes, tal vez hoy no sea mi día, para tal cuestión. Porque Divagario fue solo una “estrella” mas en un horizonte donde había muchas, tal vez demasiadas para este mundo”

LA NOCHE QUE SE FUE


“Hay recuerdos que no voy a olvidar…”, canta Fito Páez desde el compacto y justamente de eso se trata, de los recuerdos. Trataré de rememorar los distintos boliches que hicieron historia en la noche de Ramos Mejía.

Cual si fuera un recorrido turístico, voy a comenzar por la avenida Gaona. Llegando desde Capital, el primer boliche con el que se encontraba uno era Barbazul, un castillo feudal justo en Gaona y Gral. Paz. Más adelante, el Bowling West, hoy devenido en remisería; la próxima parada era il Cepo, ahí nomás en Gaona y República, si bien estos estaban en Ciudadela, lo incorporaremos como parte de la movida ramense, al igual que El Golfito, Brutale –Gaona 2626- y Notte, éste último ya en Ramos, en Gaona al 2700.

Si el rumbo tomado era la avenida Rivadavia, Camelot, mas tarde Casino y hoy Vinicius, era una suerte de castillo medieval con portón levadizo incluido. Su público rondaba los 25 a 30 años, era el boliche para los mayores. Pegadito a él estaba Cíclope, del que hasta el 2006, aún se preservaba su fachada. Era la cita obligada antes de Camelot.

En la esquina de Necochea y Rivadavia, un clásico de los 70 y los 80, Cristopher. Era el lugar para el “levante”. En su barra se acodaban los muchachos en un remedo del viejo estaño, para observar la belleza femenina que, como siempre, en Ramos fue superlativa.

Su permanencia en el tiempo, me permitió llegar a su barra y acodarme en ella. Así relatado, parece una nimiedad, pero llegar a esa instancia o lograr una mesa en Christopher era todo un tema, tal era así que los mozos atendían a la gente aún sin tener mesa y no sólo en el interior del local, también en la vereda y nadie se iba sin pagar. Lindero a este, en Necochea 23, existió Capricho, el que se promocionaba como “Tu cita íntima y elegante de Ramos. Whiskería, snack bar, café concert. De 17 a ..”. En esa onda, hubo en French 25 otra whiskería, se llamó Miko’s

A sólo una cuadra de Christopher se erguía, orgulloso con sus letras de madera sobre un salpicré blanco en el frente, otro “templo” de la noche ramense: Juan de los Palotes.

Simplemente “Juan”, para quienes supimos recorrer su barra y sus pistas. Muchos recordaran, que entrar a Juan era sumergirse en un túnel abovedado desde el cual se ingresaba a la pista, cerca, a la izquierda, estaba la primera barra. Los reservados rodeaban las pistas de baile. ¡Que lugar! Cuando hoy lo veo convertido en playa de estacionamiento, me dan ganas de llorar.

El tránsito a lo largo de Rivadavia era a paso de hombre, ese recorrido fue conocido como la “vuelta al perro” que antes se hacía en Flores y que ahora se trasladaba a Ramos. Tener auto, era un adicional a la hora de la conquista.

Antes de continuar, vale la pena aclarar que durante esos años no existían las famosas matineé, por lo tanto, los boliches eran un sitio vedado hasta que uno llegara a los años requeridos para poder ingresar o lograr disimular la edad.

Siguiendo con nuestro derrotero, sobre esa misma avenida Rivadavia se apiñaron una serie de boliches: Poupe, Sie Thao, Capote y Yesterday. Eran confiterías con poca luz y privados en los que el mozo solía atender con una linterna en la mano; el legendario Palo 1, que aún subsiste los embates de nuevas modas y costumbres, y el bailable Jonas&Co.

Ayeres, inaugurada en 1964, ubicada en Rivadavia 14234, trabajaba con los elegantes de la zona. La copa costaba en 1970, “400 pesos viejos” los días de semana. Los primeros parroquianos solían llegar a las seis de la tarde, ¡como han cambiado los hábitos!

En esa misma cuadra, existió BOA, que ofrecía espectáculos con números en vivo. Pasaron por su escenario y fueron promocionados como “La noche del debut de la Desfirevista, con la comicidad de Triky y Almirón, con el show estelar de Reina Reech y Juan Bautista, acompañados en la pasarela por Muñeca Moure – Ester Noemí y Fernando Mazzei”

Sin dudas, un boliche íntimo fue Tiny’s, ideal para el mimo y la charla; dos pisos de techos bajos cobijaban a las parejas. Los contertulios provenían de Olivos, Martínez, Lanús y hasta de Nueva Pompeya, y llegaban –sin ser mal vistos- en traje de calle.

Al 14300 de Rivadavia estaba Il Corno. Posters de los Beatles, muebles de acrílico rojo y verde; aspecto juvenil en dos plantas. Abría a las siete de la tarde y allí se estacionaban los más adolescentes.

Jonas tenía una fachada muy bien elaborada: todo su frente era el corte transversal de un barco tipo galeón. El progreso dio paso a carteles de neón que hoy anuncian la venta de electrodomésticos.

Antes de rumbear para el lado norte, había que hacer una pasada por avenida de Mayo y Belgrano, ya que en esta última, frente a la sucursal del Banco Provincia, estaba Nathan Pool y sobre la avenida, Jet Set y Saloon.

Otra movida no menos importante, pero con un enfoque de edad diferente, fue la que se dio en la avenida Gaona. Al igual que en Rivadavia y como vuelve a observarse hoy, circular en automóvil sólo era posible a paso de hombre. A lo largo de sus cuadras se agrupaban el Pool King, For Export, Stadium, Lo de Hansen, Crash, Lord Byron y Viejo Café. For Export sirvió de escenario a la filmación de algunas películas argentinas. Era una casona tipo Tudor a la que se le había añadido por delante una columna vidriada que contenía un ascensor por el que se accedía al primer piso, luego de atravesar un puente, también vidriado.

Stadium, en Parera y Gaona, tenía un frente armado con una estructura tubular con acrílicos verdes y blancos. Por su parte, Lo de Hansen, en Alvarez Jonte 395, era un lugar con sillones de mimbre, toldos rayados y cuadros coloniales, que daban al reducto un clima de quinta de fin de semana. En Hansen, predominaban las “maxis” y los “palazzos”; en cambio ellos, vestían de sport.

Crash tenía como particularidad sus pistas circulares las que eran rodeadas por una escalera, junto a ella, se repartían asientos reservados. Lord Byron y Viejo Café marcaron nuevas modas: el primero era un café tipo inglés, en cambio el segundo, para esa época resultó toda una innovación: fue uno de los primeros piano-bar con cerveza y cáscaras de maní que tapizaban el suelo. Estaba bastante alejado, desde ahí se pegaba la vuelta para llegar hasta, quizá, el símbolo de Ramos Mejía: Pinar De Rocha; ahí sobre segunda Rivadavia, donde Ramos ya le da paso al vecino Haedo.
Jamás debe haber imaginado Dardo Rocha que su estancia, inaugurada en 1864, se convertiría después de más de 100 años en una boite de moda. Pinar de Rocha, o simplemente Pinar, tenía en su jardín una jaula en la que permanecía encerrado un puma. Esa misma jaula se mantuvo junto al árbol más allá de los embates del tiempo. Hubo un tiempo en que cerró y cuando se lanzó su reapertura, convirtiéndolo en un mega centro de esparcimiento, la jaula que se mantuvo por más de treinta años, buscó un nuevo horizonte. En aquel 1970, se recomendaba que bien valía pagar unos 500 pesos viejos por un trago de lunes a jueves; o unos 700 los viernes y domingo. Los primeros viernes de cada mes, por 3.000 pesos la pareja, había canilla libre. Ser habitué de Pinar se premiaba con una distinción: “La Llave del Pinar”.

crónicas ramenses

Isidoro Cañones fue un personaje de historieta muy leído, recreaba el prototipo del hombre de la noche de la década del ‘40. La forma de vivir de Isidoro representaba a todo un sector del país que, sin ser de la elite económica, vivía y conocía el Buenos Aires nocturno y disfrutaba de las fiestas de la alta sociedad. Para quienes no accedían a las boites y al jet-set, las aventuras de Isidoro eran una forma de vivirla. Comenzó a zafarse en 1968, cuando Faruk se incorporó al equipo de guionistas donde ya trabajaba Mariano Juliá (los dibujos eran de Tulio Lovato) Juntos pensaron cómo convencer a Dante Quinterno de que Isidoro necesitaba ampliar sus horizontes, abrir las fronteras y lanzarse a conquistar el mundo entero. Además, el play boy debía conseguir una compañera que lo secundara en sus estafas y chanchullos, aunque Faruk recuerda especialmente lo difícil que fue persuadir al dibujante. No pasó mucho tiempo antes de que el camino de Isidoro se cruzara con el de la hermosa Cachorra en pleno viaje a Mar del Plata, ciudad en la que nuestro play boy ha pasado noches inolvidables, asomado alguna que otra vez por la playa con gafas oscuras. Cachorra era tan “bandida” como Isidoro, pero ante los ojos del Coronel Cañones se mostraba como una chica de familia, estudiosa, responsable, recatada y trabajadora. Isidoro tenía como característica una terrible fobia al trabajo; era jugador compulsivo, alcohólico empedernido y el mayor play boy del momento. Su novia era la envidia de todos, al igual que sus extravagantes fiestas y salidas nocturnas. Por aquellos años, los setenta, la movida nocturna parecía tener sólo un horizonte: el norte del gran Buenos Aires. Los boliches para escuchar y bailar “música beat” eran patrimonio de barrios como San Isidro, Olivos o Vicente López. Pero, había toda una movida que se estaba gestando en otra zona del conurbano, pretendiendo erigirse en una alternativa; es a partir de la influencia de las andanzas de Isidoro Cañones y sus recorridas por las “boites” de Ramos Mejía que nuestra ciudad empieza a ocupar su propio lugar. Sin lugar a dudas, la “inversión” publicitaria en la revista dio sus frutos. Imposible, para aquellos que nos deleitamos con las andanzas de Isidoro, no recordar las salidas programadas con Cachorra, arribando en algún modelo indescifrable de convertible súper sport a los jardines de Pinar de Rocha, o sus incursiones en Juan de los Palotes. No me cabe la menor duda, Isidoro Cañones merece un lugar destacado dentro de la historia nocturna de la década del setenta de nuestra ciudad. A partir de él, las salidas de los viernes y sábados tuvieron nuevo rumbo: boliches como Camelot, For Export o Crash, se convirtieron rápidamente en otra opción para la muchachada ávida de los años setenta. Hay un dato que muchos deben haber olvidado: es importante señalar que en 1973 y 1974 aparecieron 2 discos de “La Discoteca de Isidoro” producidos por el sello EMI, con los temas de moda de la época. Muchos de los jóvenes que hoy frecuentan Ramos Mejía se sorprenderán al leer esta líneas, ya que puede resultarles un tanto increíble que, por ejemplo, en la Avenida Rivadavia, desde Avenida de Mayo hasta Avellaneda, durante aquellos años dorados, se caminara a paso de tortuga y encontrar una ubicación en alguna de las mesas de los boliches ubicados a lo largo de esos doscientos metros, de alguna manera, significaba ser parte de la movida nocturna, una movida que desde esa época no se ha vuelto a repetir en nuestra ciudad. Por ello, vayan estas –si me permiten la arrogancia- crónicas ramenses. Para todos aquellos, hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de vivir esa época maravillosa, y para que, desde el recuerdo y rescate, puedan compartir e incorporarle a sus hijos, adolescentes hoy, algo de lo que a ustedes les sobró: identidad. Identificación con la ciudad en la que se criaron, educaron, divirtieron, casaron y formaron una familia. Si logramos eso, estaremos salvados, porque, lo importante, seguirá siendo el valor de nuestra identidad. Esa identidad emanante de nuestra tierra, de nuestro terruño natal. Con sólo lograr este aparentemente minúsculo detalle, nuestro país se pondrá en marcha, como dicen nuestros hermanos indígenas: identidad con la Pacha Mama, con la madre tierra.

A manera de Introducción

Nací imaginativo y sensible. Viví durante mi infancia y mi adolescencia con seres nada extraordinarios, algunos llenos de amor y de comprensión hacia mí; otros indiferentes. Me pongo a escribir estas memorias de mi infancia y adolescencia, no sólo para el goce de recordar días felices, a veces las escribo para que sirvan de testimonio a padres, maestros y a todos los que se interesan en la niñez. Creo que se ve en este libro cómo un ser nuevo se va afirmando, apoderándose de su personalidad, compleja siempre, como la de todos los seres humanos. También este libro ha de ser grato a los que – sentimentales – gustan recordar el tiempo pasado, pues, según el sensible Jorge Manrique, “cualquier tiempo pasado, fue mejor”; cosa con la que yo no comulgo. El pasado, si florecido de recuerdos, también está espinado de remordimientos y desilusiones. El futuro tiene proyectos y esperanzas… Después de leer un trozo literario de este tenor, escrito allá por 1956 por don Alvaro Yunque, “Un muchacho de ayer”, profundizar acerca del por qué de este trabajo se me presenta bastante difícil, sobre todo por la coincidencia absoluta que tengo con lo escrito por él. Mis recuerdos no tienen fecha precisa, lo que trato de reflejar sucedió entre las décadas del setenta y del ochenta del “siglo pasado”. No me mueve otra intención que trasmitir historias y costumbres de un tiempo que resultó ser fantástico y que el devenir del tiempo, las nuevas costumbres y el desarrollo tecnológico fue dejando de lado. Hace poco, un jugador de fútbol relataba que se encontró con la necesidad de escribir su propia historia, con la única intención de que su hijo supiera todo respecto de su padre y se preguntaba, ¿por qué sólo alguien considerado importante podía tener una biografía? Por eso, coincidiendo con él, y sin ser éste un intento autobiográfico, es que decidí emprender esta zaga de historias ramenses, con la firme convicción de que con ello, lograré trasmitirle a mis hijos una parte importante de mi vida, con la cual, muchos de mis contemporáneos se sentirán identificados. Dice Yunque, Hay seres que han pasado por la infancia ciegos y sordos. Y como siguen sordos y ciegos creen que en ella nada interesantes les ha ocurrido. De adultos puede ser que nada interesante nos ocurra, de niños, no. En la infancia siempre ocurren cosas interesantes. En este libro, no encontraran más que la desnudez de mis recuerdos. Por el rescate y la memoria.