
Existen huecos en la razón,
Claros de sentimientos,
Pocos tan profundos y hondos,
Como este amor que siento.
Existen fortunas y dinero,
Barrocos disfrutes,
Mas nadie tan dichoso y sincero,
De contar con semejante tesoro.
Existen mártires de intención,
Políticos de la promesa,
Mas sin duda, ni pedido, renunciaría
A mi existencia por tu vida.
Hija, si la dicha, en otra vida
Volviera a premiarme,
No otra cosa que a ti elegiría.

Entre los renglones calmos de maderas descubrió las imágenes de su existencia ya desgastada.
Miró hacia el cielo por última vez y preguntó “¿Acaso estarás allí?”
El frío hierro del sendero inevitable lo invitaba a la travesía y al misterio.
Volteó su cabeza y se despidió con una mirada lejana y resignada.
No pude emitir sonido, un saludo o un consejo.
Hubiera sido inútil pues sabía que, tras la curva, volvería siendo aquel solitario Gato Negro que no ha vivido confiado en siete vidas que ya son olvido.
“Hay días y días” dicen las viejas mientras baten los ruleros colmados de escenas mágicas de tiempos que no habrán de volver. Dibujan en sus raídos batones de almacén y en sus medias remendadas a mate y tardes de domingo, recuerdos que comparten a nietos despistados que les revolotean alrededor.
“Si un problema tiene solución para que te vas a hacer mala sangre y si solución no tiene, para que te vas a hacer mala sangre” recordaba mi madre las recomendaciones de su abuela que, como las leyendas de viejos indios, van traspasando la sabiduría atemporal, ganándole a la muerte. Mi madre que es de estas abuelas cuyas cocinas han perdido aromas de puchero, mas han ganado en paseos y años.
“Tenés una sola vida, esta sola, una chance, una oportunidad” me alienta un relejo despintado en la humedad del baño matutino, mientras cepillo mis dientes en el tiempo detenido. Apoyo las yemas de mis dedos en el cristal y trazo un puente entre lo que fue y lo que será. Mis ojos lo recorren pausadamente, ofrendo la menta como chicha a la cañería y salgo al mundo que es mío y es de todos.
“No trabajes gratis” me indicaba mi abuelo, apoyando su vejes sobre la mesa de un café en Callao y Libertador. Nunca fue materialista, por el contrario, pero sabía que un hogar es mucho más que cuatro paredes, que la felicidad no germina sólo con buenas intenciones y que la tranquilidad no es patrimonio exclusivo del Yoga.
De pronto me encuentro frente a una pila de carpetas y papeles que carecen de sentido y mi cuerpo siente la tristeza y las alegrías…son esos cinco minutos en que todo parece superfluo, intrascendente, frente a la postal de nuestra existencia…
Veo un horizonte…