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Los Mimos

Luego de una larga noche de casamiento, donde un disc-jokey de polémico gusto musical se dedicó incansablemente a torturarnos la cabeza con un sinfín de “remixes” que prontamente ahuyentaron a los ya escasos bailarines que, como yo, nos retorcíamos en una reducida pista de baile tratando de alcanzar un ritmo que nos haga lucir mas elegantes que un enfermo de Parkinson, decidimos con María y Florencia salir a disfrutar de un rico “Bunch” por la zona de Palermo (algún día explicaré la extraña metamorfosis que ha sufrido esta ciudad por la cual los 100 barios porteños se han reducido a 2: Palermo –en sus variadas acepciones- y Puerto Madero).

Caminamos varias cuadras entre veredas rotas, graffitis de colores, turistas y tiendas de ropa muy “monona” y “canchera”, hasta dar con un bolichito que, para ser específicos,  queda en una esquina de un pasaje y no recuerdo que calle y del cual no retuve ni el nombre.

Conseguimos una linda mesa en una terraza bien aprovechada junto a dos mujeres que rondaban unos 35 años de edad que, despatarradas en dos sillas de director, hablaban de unas botas verdes que habían comprado vaya uno a saber donde y un grupo de tres colombianos (una mujer que no sacaba la cabeza de la computadora y que nos adornó la tarde con el ruidito del “Messenger”, un hombre de aspecto amanerado que aparentaba ser su hermano y terminó siendo su pareja casi andrógina, y un tercero con un estilo mezcla Jon Secada y Ricardo Fort…sin palabras). La cocina era “Gourmet” así que me pedí un sanguche de pollo con mostaza Gijón, tomates desecados y lechuga que estaba un despelote, junto con una limonada con jengibre ya que el famoso “brunch” era hasta la una y para entonces ya habíamos superado el límite en 15 minutos (“Jodeme!”..le dije a la chica, recibiendo por respuesta el reto en los ojos de María y Florencia, pero realmente estaba indignado. ¡Me pasé 15 minutos nada mas! ¡¿Si me siento a la una y tardan en traerme todo 20 minutos no estamos en la misma?!).

La cuestión es que luego de haber pasado revista por los vestidos que iban a usar cada una en el casamiento de su amiga Vir (espero que no vuelva, otra vez, a descubrir, media hora antes de asistir, que tengo roto el cierre del pantalón), la salida del sábado a la noche que ya se estaba pinchando antes de terminar de organizarse y haber repasado los platos de la recepción de la celebración a la que había asistido con María, comenzamos a deslizarnos en temas más escabrosos. Atravesamos el conflicto del “enanismo” en sus múltiples versiones (tenía información actualizada gracias a Discovery Channel), el efecto Blancanieves, las rupturas de noviazgos gracias a estar pelotudeando en la computadora mientras tu pareja mira el techo y fuma su aburrimiento, hasta llegar, finalmente, a “Los mimos”.

Movido por una incontenible verborragia y un sentimiento de profundo asco que nacía desde mis entrañar, exclamé categóricamente que “Los mimos son unos seres infectos, espantosos, me despiertan unas irrefrenables ganas de meterles doscientos tiros en la cabeza”.

María, sabedora de mi aprehensión no se espantó y enseguida agregó “Son unos pelotu****. Me sacan de quicio lo pesado que resultan cuando te agarran en la calle y no te dejan tranquila”. Florencia se acopló al comentario señalando que tenía serias dudas respecto de la heterosexualidad de quienes llevaban a cabo esta “disciplina artística”. Para ser mas precisos dijo “Claaaro, me vas a decir que después de pintarte la cara y andar usando mallitas no sos puto…daaaaaaaale”.

Sea dicho. Estos seres infernales me causan asco y repulsión, mas que cualquier insecto…inclusive la denigrada cucaracha.

Doy los porque.

Estos humanos despreciables portan una palidez mas extrema que el monstruo del fallecido Michael Jackson; sus ojos transmiten una tristeza y sadismo equiparable a la de “Ronald Mc.Donalds” (versión remosada de “It”); suelen encontrarse coronados con una pequeña gotita o unas franjas que lo acercan a Alice Cooper; visten un “body” a rallas blancas y negras cual presidiarios de Alcatrás disimulado bajo un enterito negro símil a los que usaban Hansel y Grethel y, la frutilla del postre, suele vestir ese sombrero “bombín” (que palabra horripilante..bombín..estupidín…).

Al mismo tiempo estan en la calle haciendo morisquetas y gestos en el aire como abstraídos en una especie de dimensión paralela donde ven cosas que no existen, agarran objetos salidos de la nada y exageran gestos como haría cualquier persona bajo los efectos de los estupefacientes o movido por un profundo y galopante pedo alcohólico.

Pero si permanecieran abstraídos en su Eter, en su “Cumulus limbus” todo bien, a lo sumo estorbarían el paso, tendríamos que andar esquivándolos como se evade un puesto de venta de CD piratas, una cabina telefónica o las heces de cualquier perrito. Pero no, ellos parecen estar desconectados de este mundo y cuando menos te lo esperas…¡zacate!…se paran adelante tuyo, hacen de cuenta que hay una puerta, la abren, te dan la mano (si sos hombre) o una flor inexistente (si sos mujer…estafadores…) y te obligan irrespetuosamente y menospreciando tu tiempo o ganas, a un “dígalo con mímica” ya que cerrados en un mudísmo absoluto te someten como un bebé a intentar descifrar lo que te quieren decir. Algunos hasta se hacen los “guachos pistolas” con las mujeres y las cortejan, las persiguen, las intentan pescar con cañas inexistentes y enlazar con sogas imaginarias.

Al final de cuenta, cuando uno ya esta a punto de clamar por su libertad te muestran la palma de la mano y se sacan el gorro pidiéndote dinero por ese despliegue de infantilidades y paparruchadas. ¡Pero que se han creído! ¡Están robándome mi tiempo, riéndose en mi cara, sometiéndome al ridículo popular y encima pretenden que les pague por esa fantochada que realizan! Hay que reconocer que son unos descarados y unos abusadores.

Los odio, los aborrezco y creo fervientemente que deben ser erradicados de la faz de la tierra. Hasta su origen es tremendamente demostrativo de la calaña de gente que son. Entre los Griegos y los Romanos se los consideraba farsantes del género cómico mas bajo, bufones que efectuaban representaciones teatrales ligeras y festivas, generalmente de carácter obsceno (fuente: Diccionario Enciclopédico El Ateneo, 1985).