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El Portero

Si filántropo es aquella “persona que se distingue por su amor al genero humano” (Diccionario Enciclopédico El Ateneo, 5ª edición, 1985) y su antónimo, misántropo, estaría referido a la categoría de seres humanos que sentirían aversión, odio, asco o desprecio por los “animales mamíferos bípedos supuestamente bracionales”, es indudable que los máximos exponentes de esta última categoría son, sin la menor duda, “los Porteros”. Y quiero destacar que utilizo este término en forma absolutamente deliberada. Motiva a riza el ataque de histeria que experimentan estos funestos seres cuando los llaman “Portero”, como si se sintieran rebajados de su condición de “Magnánimos y nobles hijos de Dios llamados a regir las vidas sobre todos los condóminos del edificio” y contestan con tono de reproche “yo soy el “Encargado” mientras el haz de luz de la dicroica de la entrada ilumina su cabellera. A tanto ha llegado esta fobia por sentirse degradados que apelando a sus amplios poderes de persuasión (nótese que tienen la mezcla exacta entre “vieja chusma” y “director técnico de la selección argentina” y “jefe de gabinete”) o a la amenaza, lograron que en la botonera de los edificios ya no se identifique como “portería” a la cueva donde anidan y se reproducen estas criaturas, sino que se haga referencia a “encargado”. Inclusive en algunos casos el correspondiente botón se encuentra en el centro y abajo, dándole un aire “especial” al lado de los restantes botoncitos alineados para las frías y vacías letras números de los departamentos

Ustedes pensarán seguramente que mis palabras son un poco injustas y hasta discriminatorias. Puede que hasta recuerden al “Quique” a la “Norma” a “Doña Beatriz”, al viejo “Roberto que me compraba el diario todas las mañanas”, etcétera. Sin embargo tengo sólidos fundamentos y pruebas irrefutables que demuestran que todo cariño y dedicación que pongan en ayudarnos o satisfacer nuestros deseos mundanos es simplemente una pantalla para disimular su desprecio absoluto por nuestra existencia.

En efecto, todos las mañanas esta especie de topos urbanos se visten con mamelucos marrones, verdes, azules y botas, toman escoba, trapo, secador de piso y algunos hasta balde, salen y con una macabra sonrisa sádica abren la canilla inundando toda la vereda, empujando con chorros los papeles, las ramas, las colillas de cigarrillo y las hojas, trabándose en una lucha sin cuartel contra todo elemento extraño que viene a polucionar la entrada de “su” edificio. Algunos complementan el genocidio de basura con una escoba frotando ferozmente las baldosas. Uno puede verlos compenetrados en sus labores cuando despunta el día pero si afinamos la vista, si prestamos realmente atención podemos notar como sus globos oculares se mueven rápidamente hacia las orillas del ojo buscando a sus víctimas; desprevenidos transeúntes que con paso agitado para ir al trabajo no suelen percatarse que justo allí (oh!…casualidad?…lo dudo) hay una baldosa floja. Todos sabemos que ante nuestro pisotón un chorro (llamado también escupida) de agua sucia se elevará del piso directamente hacia nuestro calzado y pantalones condecorándonos. Esa es la marca que dejan en sus víctimas y que muestra a todos los de su especie la efectividad del trabajo. También están los que se hacen los distraídos y mientras sostienen la manguerita giran bruscamente y cual Samurai nos rasuran con su espada de agua. Y si la situación es indisimulable, bajarán la manguerita pero no dejarán de mirarte con gesto de odio y desaprobación.

Pero ello no termina allí, ni bien uno se muda al edificio ya saben al departamento donde vas a vivir y si pensas que no conocen por adentro estas equivocado. Seguramente habían hecho algún arreglo con anterioridad, ayudaron a cargarle las bolsas de supermercado a la que vivía antes, o directamente hicieron la instalación clandestina de la señal de cable que, obviamente, tomaron el recaudo de quitar antes de que llegue el nuevo “inquilino/súbdito” para volver a cobrarle el precio de la chantada. Por ende, conocen todos los recovecos y secretos de funcionamiento del hogar de uno.

Luego en una conversación informal, amparados por su mítica condición (¿Quién nunca habló con el portero?) averiguarán tu nombre, algunos datos de tu vida (edad, trabajo, estado civil) y así seguirán absorbiendo información que volcarán en formularios mentales inviolables y que administrarán en la forma más ventajosa a sus intereses. Inclusive, estos nefastos seres, no titubearán en proponerte algún chanchullo pero recordándote que no debe enterarse nadie “porque después el problema lo tengo yo” (palabras que en realidad hay que leer como “Yo te mando al muere y me lavo las manos”) y llegado el caso te recordarán lo mucho que saben de tu vida y que conocen a tu familia (¿Cómo esta la tía pocha? Hace mucho que no viene por acá. ¿Sigue viviendo ahí en Malabia y Corrientes?). Hasta puede ocurrir que en un momento de emergencia haga referencia a su organización (¿Sabés que justo da la casualidad que el encargado del edificio donde vive tu novia es amigo mío?). Claro que pueden existir fisuras en su organización y que algún integrante creyéndose omnipotente acosa sexualmente a alguno de aquellos que están llamados a controlar. La solución será marcial, destierro, cambio de actividades o, en casos más leves, readaptación.

Nadie puede negarme que esta es una realidad. Todos vivimos situaciones similares que consideramos normales e inofensivas: simple conversación “bla bla”, sin importancia; colaboraciones y ayudas surgidas de la bondad; gauchadas propias de aquel a quien conocemos desde hace tiempo, etcétera.

Pero ¡no!, si observamos con atención, si paramos la oreja, si nos detenemos un segundo podremos vislumbrar los ojos movedizos, las orejas puntiagudas, el andar escurridizo y silencioso, las manos trabajadas, la sonrisa ladina, la expresión diabólica.

Ahora podrán ver que mis convicciones no son caprichosas ni carentes de sustento probatorio. Soy simplemente uno de aquellos mortales que han logrado ver más allá de las apariencias; que han pasado noches repasando mentalmente actitudes, palabras, intensidades en la voz, y surgirme en las aguas pantanosas de estos siniestros misántropos.