Posts etiquetados como ‘biografía’

Todos tenemos un muerto en el placard…

Con motivo de la despedida de mi hermano Facundo a lejanas tierras anglosajonas, mi madre organizó una fiesta de despedida que, además de congregar a la familia y a los amigos y de brindarme la posibilidad de comer opíparamente, me dio la pauta clara de que, aunque lo creía imposible, existía el alto riesgo de que mi progenitora estuviera a punto de cumplir con una de las máximas maternales: Poner en ridiculo a los hijos.

Con ingenio realizó en una cartulina una especie de rompecabezas que resumía los 27 años de vida de mi hermano. Tenía un formato de diagrama de flujo pero con organización caótica donde un sin fin de flechas cruzaban espacios en blanco en lo que el agazajado, ante la mirada de todos los asistentes y en un breve tiempo cronometrado por el implacable Roberto, debía pegar diversas fotos en que se reflejaban distintos momentos de la vida de su hijo menor, abajo de las cuales escribió leyendas como “Nací un 9 de marzo, era un gordito hermoso”, “me recibí de licenciado…el orgullo de mamá”, “Trabajé mucho y pude recorrer el mundo…que genio!”, “siempre fui muy deportista hasta que me rompí 400 veces los tobillos..que goma!”, etc. Ya la primer foto motivó una estruendosa carcajada de los amigos de mi hermano que vieron a un gordo rechoncho de rosados cachetes posando sin ropas y sacando, con la inocencia de la tierna infancia, la lengua. Así siguieron las carcajadas y los “aaaaaahhhhh!…que tiernoooooo” de las mujeres presentes.

Yo, por mi parte, guardaba un silencio cerrado y oscuro como el que mantienen aquellos que se saben acechados por el enemigo. Sentí una señal de alarma, un escalofrío me recorrió la espalda y el sudor comenzó a brotar de mi frente. Estaba ante la primera manifestación cabal de que mi madre no tendría escrupulos en su amor incondicional a someternos ante una situación de vergüensa suprema.

Aunque mi hermano y yo no nos caracterizamos por tener ese sentimiento de pudor que habitualmente suele confundirse con ubicuidad social (especialmente quien escribe), la cosa se estaba pasando de castaño a oscuro.

Al otro día mi hermano me comentó aliviado: “Por lo menos la vieja no sacó esa foto en que estamos disfrazados como superman y robin…Tengo que quemar esa foto”. Los interminables trámites que tuvo que efectuar antes de viajar le imposibilitaron encarar una pesquisa más profunda y me dejó “el trabajo” a mi, pidiéndome encarecidamente que cuando lograra quemar las evidencias le mandara un mail para que pudiera sentirse seguro de que esa mácula en su pasado quedaba definitivamente en el olvido.

Durante semanas estuve revisando disimuladamente los cajones, los placares, la baulera y todo espacio donde mi vieja podría haber guardado las fotos, pero sin éxito. El miedo se convirtió prontamente en un terror angustiante. Mi madre. La organizada; la que cuando te das vuelta te guardó la cucharita con que ibas a revolver el cafe porque pensó que estaba fuera de lugar; la que pone el grito en el cielo si guardas los Tupers en el cajón de las cacerolas; la que casi sufre un síncope el día en que la tijera de la cocina desapareció durante quince días para viajar hasta el lapicero de mi escritorio por décima vez; la que realiza una planilla de excel para organizar todo lo que tiene en el vanitori, no podía haber perdido las “fotos de la vergüenza”. No!!!…indudablemene las había escondido esperando la oportunidad de “sacar los trapitos al sol”. Intensifiqué mi busqueda y durante casi un mes le dí vuelta la casa tomando la precaución de dejar todo en su lugar exacto para no despertar sospechas. Finalmente el esfuerzo rindió sus frutos.

Pense quemarlas en la hornalla, mojarlas y ponerlas en el microondas, partirlas en pedacitos y tirarlas a la basura, metermelas en la boca y tragármelas. Sin embargo cuando estaba a punto de tirarlas a la parrilla y rociarlas con alcohol sentí un golpecito en la fibra íntima de mi ser. Era algo similar a la ternura o a la nostalgia. “Pobre vieja, no puedo haerle esto” me encontré pensando. Guardé las fotoas en la mochila y me las llevé.

Estuve pensando durante largo tiempo que hacer con ellas. Las miraba y no podía evitar reirme, recordar momentos que han pasado, pequeños estallidos de tiempo donde toda nuestra nñez queda focalizada en un punto que desgustamos con el mismo placer con que saboreamos un vino añejo.

De pronto, mientras me encontraba comiendo una porción de pizza en la barra de “Guerrin” todo se aclaró.

No existe madre que, movida tal vez por la máxima expresión del amor o la suprema estupidez, no nos haga pasar un momento de extrema vergüenza ante “aquellos que no tienen porque enterarse de eso”.

La que no muestra las fotos donde aparecemos en pelotas con un “pitulín” cercano al de los eunúcos la primera vez que nuetra novia se queda a comer, decidén compartir la primera menstruación de la nena con todo el barrio. Otras ponen un gran pasacalle para anunciar a las vecinas que “la nena se recibió de podóloga” y las más modernas gritan a los cuatro vientos con aires de superadas “mi hijo/a es gay y estoy orgullosa!”. No nos hagamos los boludos, todos lo sabemos, existe una ámplia gama de comportamientos maternales que los hijos debemos padecer..

Pero, ¿qué es lo que más nos molesta de esta situación? ¿Qué hallamos hecho lo que hicimos o comentado lo que comentamos?, ¿La foto en que aparecemos en pelotas? O, en realidad, ¿qué ese muerto que tenemos en el placard sea exhibido al mundo ddescaradamente por nuestra propia madre?.

En mi caso, que como dije soy casi un desvergozado total, es lo último. Por ende, lo que aquí hago no es más que un acto de venganza o de legítima defensa. Un ataque ante el indudable avance del enemigo, Un acto de justicia. Muestro al mundo, sin pudor y sintiéndome profundamente orgulloso (si ORGULLOSO) algunas de las fotos más vergonzosas que nuestra madre guardaba esperando el momento oportuno de utilizarlas. Se qe no es lo que mi hermano deseaba, pero doy por hecho que apoyará mis acciones y afrontará valientemente cualquier consecuencia.

Lo siento vieja…

Yo

No me digan que no avisé!!!!

 

 

 

Me encontraba en pleno receso vacacional pensando en las cosas trágicas de la vida, como levantarse a las 3 de la mañana con unas irrefrenables ganas de mear e impactar el dedo meñique del pié contra el borde de la cama. Complicación que genera un gran dolor, que no podremos curar gritando abiertamente para no despertar al resto de la familia que duerme plácidamente, junto a una renguera momentánea que retrasara la posibilidad de vaciar la vejiga, aumentando el riesgo de orinar el piso de la habitación. De pronto un pensamiento atravesó mi frente y se instaló casi como una hipótesis científica o una sentencia judicial: ¿Acaso tenía alguna chance de ser normal?

Entonces rápidamente repasé en mi memoria que, aunque perezosa y corta, alguito nomás retiene.

Veamos.

Soy hijo de un abogado y una psicóloga, lo que no requiere mayores explicaciones.

Como si esto fuera poco, nací en plena dictadura militar, crecí escuchando a Donald cantar “El auto de papá”, a María Elena Walsh diciéndome que el mundo estaba al revés y que Monoliso salvaba a la naranja que antes pretendía devorarse. Ví a las trillisas de oro gaznando en el Club de Disney, a Margarito Terere bailando en la Ciudad de los Niños, a los Pitufos viviendo con una sola mujer que no podían tocar, y a He Man volviendo a ser el Principe Adams (verdadera personalidad de este supermachote de sabios consejos). En definitiva, soy heterosexual casi de pedo.

Para peor tuve que vivir bajo el signo del Peso Argentino, lo que me obligó, a tierna edad, a llevar en los bolsillo las pesadas monedas de 100. Estos metales servían tanto para comprar un par de chupetines, unos caramelos de la selva y dos naranjú (brebaje que me sabía delicioso y que ahora solo me podría generar una acidez que ni Nalbandian disfrazado de gladiador romano podría quitarme por un lustro) como para romper el cráneo de algún compañero molesto que intentara apretarme los apetecibles cachetes que por entonces portaba.

El valor de esta arma homicida se depreció, para mí, pronto, y los vaivenes económicos ayudaron a que el kiosquero pudiera explicarme, práctica y crudamente, que era la inflación: con la misma monedita que ayer compraba todo lo que dije, ahora sólo accedía a dos palitos de la selva…el Naranjú era pasado.

Al poco tiempo, ya durante el gobierno de Alfonsín (muy contento cantaba “siga el baile siga el baile al compas del tamborín que a Perón lo colgaremos de la plaza San Martín…viva Alfonsin, viva Alfonsín”, lógicamente sin entender un pomo porque mierda lo hacía) escuché anuncios de toques de queda en la radio AM de mis abuelos mientras miraba Benny Hill (programa que era considerado procaz, casi pornográfico, y que ahora, al lado del baile en el caño que publicitan hasta por el Disney Channel, es un sermón dominical) y cambié las emisiones infantiles por las imágenes de los saqueos masivos, que me causaban la misma impresión que las películas de cowboys que pasaban los sábados a la tarde por la tele (puede que por “canal 9 libertad” y su maldita palomita blanca) donde una horda de salvajes, sucios y malignos indios atacaban sin razón ni misericordia alguna a los blancos, limpios y nobles vaqueros.

Estuve obligado a entender por que mágica razón había que sacarles tantos ceros a la moneda y que un billete de 1000 pesos con la imagen del Libertador General de San Martín valía lo mismo que uno de 1 Austral con la cara de no sé quien corno, que me daba mi abuelo todos los fines de semana junto con una barrita de chocolate Milka. Igualmente me vi reconfortado cuando al poco tiempo decidió que me estaba dando poco y mi semanalidad paso a 10 australes….Iupi!!!.

Pero las alegrías no terminaron allí. Tuve la dicha de ver a Argentina campeón de la copa mundial de fútbol y todavía tengo una figura del gauchito y las monedas conmemorativas de este acontecimiento que nos puso a la vanguardia el balonpié mundial. La verdad que no recuerdo mucho los festejos, ha de ser porque mi padre estaba más ocupado en como se estrolaría con su Chevy que en ver fútbol. Igualmente esta pasión se la debo más a la cultura futbolístca de nuestro país que a la imagen masculina de mi padre, ya que de este deporte sabe poco y nada, a duras pena vio alguna que otra vez Fútbol de Primera y, para colmo de males, es hincha de Platense.

Igual, guarda!!, que luego vino la hazaña de México 86, de lo que algo recuerdo y la final de Italia 90 a la que llegamos por la suerte de la tómbola de los penales y las manos del Goyco. Mi madre aprovechó la tensa circunstancia y mi desatención para hacerme deglutir cantidades industriales de ensalada de lechuga y tomate directamente del Tuperware. Allí aprendí lo importante de ser “Campeones Morales” (What the fuck?!).

Pero prosigamos. Luego de varias idas y vueltas y de disfrutar de extensas vacaciones en la ciudad de Punta del Este cuando no estaban ni las chicas de Pancho Dotto, ni “Ritmo de la Noche”, ni la Barra tenia dos puentes, ni existía ese adefesio inmundo del Conrad y José Ignacio era un lugar perdido en la desolación de la nada, engrosé la lista de “hijos de padres separados”. Hoy debo sincerarme y agradecerle al cielo que mis padres se hayan divorciado, tal vez mi demencia hubiera sido francamente indisimulable y actualmente estaría internado junto con Charly García en la chacra de palito haciendo terapia de grupo al son de “yo tengo fe que todo va a cambiar…”.

Pese a que fui cambiado de colegio y, en consecuencia, no pude seguir aprendiendo economía política en el kiosco, fui bendecido por el primer gobierno menemista cuando estaba en la edad de la adolescencia. Volvimos a sacar no sé cuantos ceros y volvimos a tener una moneda que se llamaba pesos. Esta nueva economía por decreto me permitió disfrutar de las bondades que implicaba poder saborear gaseosas extranjeras (Coca Cola de uva, Mirinda de mandarina, etcétera) y darme el lujo de comprarme cigarrillos importados (John Player Special, 505, Marlboro mentolados light y otros largos 120’s que venían en dos colores y que siempre se apagaban a la mitad…ah!..More). Igualmente mi inicio en el tabaquismo tuvo menos glamour y se debió a las pitadas que le dí a un “Derby Suaves” que le afané a mi vieja y que prendí un 25 de mayo en la terraza de mi amigo Pety.

Menem también me dio la posibilidad de ahorrar en dólares (ya no me acuerdo mucho como eran los billetes de cien que antes, todos los meses, metía en una bolsita al fondo del placard ya que siempre fui desconfiado de los bancos…aspecto que generó muchas críticas en mi familia, pero el tiempo me terminó dando la razón), de viajar por el país, de comprarme una colección de compacts piratas originales (¡Oooooh!) de John Lennon y hasta de rechazar un viaje a New York…Sí, “Menem lo hizo”.

Pero bueno, la adolescencia termina y cuando llega la edad de la madurez, cuando uno decide sentar cabeza, tomar el toro por las astas, volar del nido, adquirir libertad, conseguirse una china, comprarse el rancho y las cuatro ruedas…se fue todo a la mismísima mierda.

En un año tuvimos ya no se cuantos presidentes, lo que el día de mañana va a generar varios bochasos en Historia Argentina y si bien no renunciamos al peso, aprendimos a manejar monedas paralelas (Patacones, Lecops, Federales, etcétera) a lo que se adicionaron los papelitos de los clubes del Trueque ¡y todo fue una algarabía de colores en la billetera!.

Entendimos porque los autos usados subían de precio, entendimos que accederíamos a cuatro paredes y a un techo alquilando (¿Alguien logró comprar algo más o menos igual a lo que alquilaba con esos créditos para la vivienda del cien por ciento que con tanta bambolla fuero publicitados desde el gobierno?) y que la china no se ocuparía de nosotros ya que tendría que laburar como burra para poder ayudar a sustentar la economía del hogar.

Igualmente me quejo de lleno ya que en “Argentina, un país en serio” las cosas caminan, puede que este todo un poco más caro, aunque lo niegue el Indec y la mayoría de los Argentinos compremos en un lugar distinto a donde lo hacía uno de nuestros Jefes de Gabinete, pero no me torturo el cerebro para comprenderlo, el kioskero me dio las instrucciones básicas que me permitirán sobrevivir al “Efecto Tequila”, al “Efecto Mate”, al “Efecto Sushi”, al “Efecto Jazz” o a lo que se venga.

En síntesis, aún sin ahondar en detalles personales, que evitaré mencionar para darle el gusto a mi madre que sostiene la existencia de una agencia internacional que se dedica a recopilar información de personas intrascendentes como yo en un fichero mundial que luego será utilizado vaya uno a saber para qué, vuelvo sobre la hipótesis inicial….Siendo hijo de la dictadura, adolescente menemista y adulto en tiempos de las perores crisis económicas de la historia, ¿Acaso tenía alguna chance de ser normal?…lo dudo. Eso sí, no me digan que no avisé.