El tiempo no ha borrado la estela de tu presencia,
ni el aroma de tu sabiduría.
Aún cuando no puedo ver tu blanca cabellera
ni tu postura encorvada;
pese a que tus grandes y sedosas manos arrugadas,
no contienen lágrimas, ni comparten alegrías pasajeras,
puedo sentir tu presencia más allá de estas cenizas,
de las flores y de la pena…
Tu nieto.
“Hay días y días” dicen las viejas mientras baten los ruleros colmados de escenas mágicas de tiempos que no habrán de volver. Dibujan en sus raídos batones de almacén y en sus medias remendadas a mate y tardes de domingo, recuerdos que comparten a nietos despistados que les revolotean alrededor.
“Si un problema tiene solución para que te vas a hacer mala sangre y si solución no tiene, para que te vas a hacer mala sangre” recordaba mi madre las recomendaciones de su abuela que, como las leyendas de viejos indios, van traspasando la sabiduría atemporal, ganándole a la muerte. Mi madre que es de estas abuelas cuyas cocinas han perdido aromas de puchero, mas han ganado en paseos y años.
“Tenés una sola vida, esta sola, una chance, una oportunidad” me alienta un relejo despintado en la humedad del baño matutino, mientras cepillo mis dientes en el tiempo detenido. Apoyo las yemas de mis dedos en el cristal y trazo un puente entre lo que fue y lo que será. Mis ojos lo recorren pausadamente, ofrendo la menta como chicha a la cañería y salgo al mundo que es mío y es de todos.
“No trabajes gratis” me indicaba mi abuelo, apoyando su vejes sobre la mesa de un café en Callao y Libertador. Nunca fue materialista, por el contrario, pero sabía que un hogar es mucho más que cuatro paredes, que la felicidad no germina sólo con buenas intenciones y que la tranquilidad no es patrimonio exclusivo del Yoga.
De pronto me encuentro frente a una pila de carpetas y papeles que carecen de sentido y mi cuerpo siente la tristeza y las alegrías…son esos cinco minutos en que todo parece superfluo, intrascendente, frente a la postal de nuestra existencia…
Veo un horizonte…