La Despechada.
(un post dedicado a Puntito)
A Inés le suena el celular. Deja el vasito térmico apoyado en el escritorio y, con la parsimonia de un elefante, acomoda sus lentes para ver la pantallita del frente. Sus cejas primero se contraen, luego, se levantan, en un ancho de espadas monumental. Parece reconocer el número. Se corre el pelo de la oreja y atiende. Se queda en silencio durante unos segundos y esboza una pequeña sonrisa, como de triunfo. Cierra el teléfono sin mediar palabra con su interlocutor. Agarra una lapicera y anota algo en un papel. Mira fijo el celular, y como si esa mirada se lo hubiera ordenado, le llega un mensaje de texto. Se sonríe. Abre el aparato, lee para sí y, mirando desafiante en derredor, anuncia:
- “No te quiero ver más. Para mí estás muerta”. ¿Te das cuenta de lo que pasa? – le pregunta a Analía, que la mira alternando entre ella y el celular.
- La verdad que no…
- ¿Viste que acaba de sonar el teléfono y me cortaron? Bueno, lo que te leí recién es un mensaje de texto que me llegó desde ese mismo número. La pelotuda de Sandra se cree que no me doy cuenta… ¿Ves? – le muestra el teléfono a Analía – Ese es el celular de ella. La muy turra se está haciendo pasar por Carlos. Se ve que le revisó el teléfono o la agenda o algo y sacó mi número para hacerme creer que el que me manda el mensaje diciendo que no me quiere ver más es él.
Inés mantiene, hace veintiún años, una relación con Carlos que, a su vez, está casado con Sandra. Toma el teléfono – en este caso, el del escritorio – y llama al interno de Carlos.
- Hola, mi cielo – le dice en un tono infantil pero con una carga irónica terrible -, cómo te va, bien? Bueno… Sos un pelotudo. ¿Por qué? Yo te voy a decir por qué. Hace un rato me sonó el teléfono y me cortaron. Después me llegó un mensaje de texto que dice “no te quiero ver más”… Adiviná quién es. Sí… es la boluda de tu esposa que te estuvo revisando las cosas y sacó mi número. ¿Vos querías guerra? ¿Vos querías un enfrentamiento? No, mirá, no me interrumpas. Si después de veintiún años vos no sabés poner las pelotas sobre la mesa, me importa un carajo lo que digas o hagas. ¡No tenés derecho a reclamarme nada más! – y corta la comunicación con un golpe.
Julio me mira con los ojos muy abiertos. Me encojo de hombros. Inés toma otra vez el celular y dice en voz alta cada palabra que escribe: “¿Sos vos mi amor? Si anoche garchamos como locos…”. La mujer despechada que está del otro lado de la línea no se hace esperar y le escupe un: “fue la despedida”. Inés suelta un alarido. Toda la oficina se queda en silencio y el eco del grito rebota todavía en las paredes. Algunas cabezas se asoman por encima de los boxes. Alguno del fondo se anima con un contundente “¡Callate, loca!”. Inés no responde. Suena el teléfono y atiendo yo.
- Buen día… – del otro lado, la voz de un hombre que está jodido – Si, ya te paso. Inés: Carlos – le digo y le paso el tubo.
- Escuchame una cosa, sorete. ¿Vos te pensás que yo me voy a bancar esta situación? Esto lo vas a tener que arreglar. ¿Sabés por qué? Vas a tener que elegir: ella o yo.

Veintiun años, mamita… Pobre gente, los tres.