El Otro Acto.
El olor a empanaditas de carne se filtra por todos los rincones de la oficina. Llega desde el salón de usos múltiples en forma de manito gris y fantasmal y, con movimiento femenino, nos agarra de las fosas nasales y nos atrae a todos.
Hoy es el día en el que se dan las menciones del año en la oficina. Toda la empresa se reúne en el salón para que los de Recursos Humanos den diplomitas y medallas a los que tienen más antigüedad o a los jefes o empleados que mejor se desempeñaron. Llegamos al salón al mediodía. Luces, parlantes, una pantalla en la que se proyecta el logo de la empresa una y otra vez, vasitos de plástico, escritorios de los que usamos todos los días tapados con manteles blancos hasta el piso, jarras de vidrio con Coca Cola y Sprite y mozos de no más de veinte años con bandejas, repartiendo canapé a quien guste de servirse. De fondo, una música pegajosa y medio caribeña.
- Mierda que se pusieron estos… – dice Carlos, indignado.
- Si. Y te digo más: está mucho mejor que el del año pasado – comenta Julio mientras saca un sanguchito de miga de una bandeja.
- A mí, la verdad, me hinchan bastante las bolas estas reuniones – digo yo.
Uno de los de Recursos Humanos se sube al improvisado escenario que armaron contra una de las paredes. Las luces se apagan y presentan un “documental” que hizo uno de los de sistemas sobre los logros obtenidos el último año. Por lo que puedo ver, es una falta de respeto a la palabra Documental. Se hizo eterno y sólo duró diez minutos. Sirvieron un poco más de comida y otra vez apagaron las luces. Todos creímos que venía otra película pero no. El petiso de Recursos Humanos, otra vez al escenario. Ahora, a su derecha, colocan una mesita con los diplomas, las plaquetas y las medallas. Dice unas palabras y anuncia que, al final de la entrega, sortearán un viaje a Cataratas.
La ceremonia se hace eterna. Algunos rubros: mejor jefe; empleado más eficiente; cadete más rápido; el café más rico (si, el café más rico. No es joda); las mejores piernas; el más fachero; el premio a la puntualidad; distinción por antigüedad; etc, etc, etc… Pasaron todos y llegó el momento del viaje a Cataratas. El sorteo lo realizan por medio del número de legajo de cada uno. Aparentemente, alguien se tomó el trabajo de imprimir todos y cada uno de los legajos y cortarlos en papelitos muy chiquitos. En ese momento, la secretaria del petiso de Recursos Humanos sube al escenario con una ensaladera gigante. Dentro de ella, los papelitos. El petiso de Recursos Humanos revuelve una, dos, tres veces. Hace girar el brazo dentro de la ensaladera y su mano desaparece. En un momento, se alza con el papelito ganador. Se genera un silencio en los empleados. Hay miradas. Sonrisas. Algunos con los ojos cerrados y los puños apretados. El petiso se acerca al micrófono.
- Y el ganador es… ¡Rubén Tortoni! – dice, y el silencio es sepulcral. Todos se miran. Crece el murmullo pero nadie aplaude. Una mujer tose. El petiso de Recursos Humanos mira a su secretaria. Ésta se acerca y le dice algo al oído. La cara del petiso cambia. De alegría pasa a la preocupación absoluta.
- Bueno… – dice el petiso – Pedimos disculpas a la familia Tortoni… a su hijo acá presente… Bueno… Qué momento… Acá me dicen que la lista que usaron para los papelitos del sorteo es la del año pasado… Bueno… Lo único que puedo hacer es pedir disculpas y… si… el viaje se lo lleva Claudio Tortoni, el hijo de… bueno… de Tortoni.
- Che ¿Quién carajo es Tortoni? – pregunto.
- Rubén Tortoni fue compañero mío acá hace más de veinte años – me dice Julio -. Falleció el año pasado.

http://www.facebook.com/cronicasdeoficinas