Archivo para la categoría ‘Musical’
3 Mayo 2010 | Por Leo Aquiba Senderovsky | # Enlace permanente
Dirección: Todd Haynes.
Países: USA y Alemania.
Año: 2007.
Duración: 135 min.
Género: Biopic, drama, musical.
Elenco: Heath Ledger (Robbie), Christian Bale (Jack/John), Richard Gere (Billy), Cate Blanchett (Jude), Julianne Moore (Alice), Charlotte Gainsbourg (Claire), Michelle Williams (Coco Rivington), Marcus Carl Franklin (Woody), Ben Whishaw (Arthur), David Cross (Allen Ginsberg), Bruce Greenwood (Keenan Jones).
Guión: Todd Haynes y Oren Moverman.
Producción: Christine Vachon, James D. Stern, John Sloss y John Goldwin.
Fotografía: Edward Lachman.
Montaje: Jay Rabinowitz.
Diseño de producción: Judy Becker.
Vestuario: John Dunn.
Estreno en USA: 21 Noviembre 2007
Estreno en Argentina: 19 Junio 2008
Estreno en España: 19 Febrero 2010
Sinopsis
I’m not there es un viaje poco convencional a la vida de Bob Dylan. Seis actores retratan a Dylan como una serie de personas cambiantes, de lo público a lo privado, a lo fantástico, tejiendo un rico y colorido retrato de este icono americano.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Existen muchas formas de escuchar y seguir a Bob Dylan. Como todo artista, cuenta con sus fanáticos, sus detractores y sus oyentes ocasionales. Yo soy de los últimos, de los que sintonizan algún tema de él muy de vez en cuando, o aprovechan algún viaje para apreciar algunos de sus discos, porque tal vez no haya mejor forma de conocer a Dylan que no sea en ruta. Claro que para Estados Unidos es mucho más, es el principal referente en la reivindicación actual de la música folk, uno de los pocos artistas capaces de fundir el rock y el folk en un estilo único y personal. A diferencia de muchos otros exponentes de la cultura musical norteamericana, Dylan se mantiene como una figura lejana para el resto del mundo, tan enraizada en la historia musical de su país, que afuera sólo llega a ser disfrutado en todo su esplendor por una minoría, lejos de la combinación entre músico popular y artista de culto que se manifiesta en Estados Unidos en torno a su obra.
En estos últimos años, Dylan se ha convertido en protagonista de varios tributos en vida, que exhiben la impronta que ha dejado su larga trayectoria en la cultura musical americana. Prueba de esto es el documental que le dedicó Martin Scorsese y este film de Todd Haynes, que podría leerse como la versión opuesta de aquél. Para su retrato de Dylan, Haynes construye un film de múltiples aristas, cada una de las cuales reflejan uno de los aspectos desde los cuales se puede trazar la huella de Dylan en la cultura americana. Para ello, Haynes, al contrario de cualquier director de biopic tradicional, apela a diversos actores, que hacen las veces de Dylan, pero nunca invocando su nombre.
Fiel reflejo del amplio sentido del título del film (y, a su vez, de una canción jamás lanzada por Dylan hasta la aparición del soundtrack de la película), Dylan está siempre presente en la película, en la medida en que esos personajes adoptan alguna faceta de su persona, pero nunca intenta ser una biopic de Dylan en el sentido clásico del término. En I’m not there podemos encontrar el relato mítico de su infancia, su salto a la fama, su polémica conversión del folk tradicional al rock, su ocasional coqueteo con el góspel y la poesía de su obra, entre muchos otros aspectos que conforman su genio y figura.
Haynes sorprende permanentemente al espectador con su construcción poliédrica de Dylan. No es casualidad que haya elegido para el pequeño Dylan a un chico de color, o que su imagen de afamado músico esté encarnada por Cate Blanchett. Sin embargo, lo más sorprendente de esta propuesta tal vez sea la apelación al mítico Billy the Kid (interpretado por Richard Gere), o el tomar como personaje al actor que interpreta en una película a Jack Rollins (el afamado cantante folk símil Dylan que se vuelve pastor y se acerca al góspel), en una suerte de juego de cajas chinas que demuestra lo inagotable de las múltiples lecturas de Haynes en torno a Dylan, siempre indagando en la forma que emplean los diversos espejos narrativos de la película para reconstruir su figura y su impronta artística, devolviendo en cada una de las lecturas algo totalmente nuevo.
Si hay una costumbre en Todd Haynes es la de jugar a que la estética del film esté plenamente unificada, mimetizada, con el relato. Aquí pueden verse algunos elementos de cierta herencia estética, como cuando adopta el blanco y negro felliniano, especialmente en el fragmento interpretado por Blanchett, que recuerda en gran medida a 8 1/2. Pero en líneas generales va más allá, porque a cada parte de la película le corresponde una estética distinta, sin que esto suene ambicioso (no más ambicioso que la propuesta en sí). Con esa suma de elecciones singulares, Haynes define un relato de Dylan más cercano a su condición mítica que a lo netamente fáctico de su vida. Un experimento por momentos críptico, pero siempre cautivante. A quienes nos formamos una imagen bidimensional de su obra, I’m not there nos demuestra que hay muchas formas y caminos por los cuales acercarse a su música. Sin duda, el mayor logro de este ejercicio tan excéntrico como lúcido es el de intentar dilucidar todos los enigmas respecto al genio y figura de Dylan, y de hacernos conocer al músico que nunca supimos ver, y que “sí está allí”.
28 Abril 2010 | Por Leo Aquiba Senderovsky | # Enlace permanente
Título en España: CORAZÓN REBELDE
Título en Argentina: LOCO CORAZÓN
Dirección: Scott Cooper.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 113 min.
Género: Drama, musical, romance.
Elenco: Jeff Bridges (Bad Blake), Maggie Gyllenhaal (Jean Craddock), Robert Duvall (Wayne), Tom Bower (Bill Wilson), James Keane (gerente), William Marquez (doctor), Ryan Bingham (Tony), Paul Herman (Jack), Rick Dial (Wesley Barnes).
Guión: Scott Cooper; basado en la novela de Thomas Cobb.
Producción: Robert Duvall, Rob Carliner, Judy Cairo y T. Bone Burnett.
Música: Stephen Bruton y T. Bone Burnett.
Fotografía: Barry Markowitz.
Montaje: John Axelrad.
Diseño de producción: Waldemar Kalinowski.
Vestuario: Doug Hall.
Estreno en USA: 16 Diciembre 2009
Estreno en España: 5 Marzo 2010
Estreno en Argentina: 11 Marzo 2010
Sinopsis
Bad Blake es un cantante de música country destrozado y con una dura vida, que ha pasado por demasiados matrimonios, demasiados años en la carretera y, en demasiadas ocasiones, demasiada bebida. Y, sin embargo, Bad no puede evitar buscar la salvación con la ayuda de Jean, una periodista que descubre al verdadero hombre detrás del músico.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Los lugares comunes son una tradición de Hollywood, su salvavidas. A tal punto es importante el lugar común para el cine americano, que es fácil afirmar que el público no sólo consume relatos plagados de clichés, sino que además los demanda. En una industria que hoy no muestra signo alguno de renovación, que reprocesa todo lo que ya se ha hecho demasiadas veces, no hay lugar para las historias capaces de huir del cliché. También se sabe que una película no debe estar obsesionada por escapar a los convencionalismos, porque lo más seguro es que esa obsesión la lleve a desembocar en ellos, y la mejor forma para esquivar el cliché es partir de él para generar otra cosa. Esto último ha sido una de las máximas trascendentales expresadas por Hitchcock en la serie de entrevistas realizadas y compiladas por Truffaut, y quién mejor que el maestro del suspenso para hablarnos de cómo se puede partir de los lugares comunes para construir un film con identidad propia.
Crazy heart es una muestra cabal de que a Hollywood, en última instancia, no deberíamos demandarle que nos deje de contar la misma historia, sino que tenga la habilidad para saber partir de ella y para contarnos lo mismo de siempre, pero con elementos distintivos capaces de enaltecer la propuesta. El desarrollo de este film atraviesa todos los tópicos dramáticos que enmarcan la historia de un sujeto en busca de redención, intentando sobreponerse a años de decadencia y apelando a la dignidad que perdió. Ya sea en biopics de seres reales o en dramas enteramente ficcionales, esta historia, con las correspondientes adicciones o estigmas del personaje y con el motivo amoroso que definirá su redención, se ha visto demasiadas veces. Si aún nos atrae no sólo es por la esencia cinematográfica de este trayecto, sino por la pintura de personajes que puede surgir de allí. Muchísimos artistas han protagonizado ese recorrido narrativo, y allí hemos visto incluso a varios personajes asociados a la música country, tal vez porque la Norteamérica árida, de rutas y parajes inhóspitos, y la soledad intrínseca de esas personas, encaja perfectamente con ese camino de redención.
Bad Blake es un sujeto de estos, un cantante country que supo contar con cierta fama, pero que pocos lo recuerdan. Entre ellos, un joven y famoso cantante que llena estadios y que tiene a Blake como su maestro (Colin Farrell, en un papel secundario acorde a su talento), un viejo amigo (Robert Duvall, en clave entusiasta) y una chica que se enamora de Blake y le da la posibilidad de experimentar lo que significa integrar una familia. Pero Bad Blake tiene su propio demonio, un alcoholismo que lo lleva a vivir en constante turbulencia, alejado del mundo y de todo lo que puede ponerlo en contacto con sus sentimientos. Al comienzo del film, Blake parece estar de vuelta de todo, pero allí donde el personaje parecía signado a un destino ruin, aparece la joven en cuestión que le devuelve las ganas de vivir, con una madura interpretación a cargo de Maggie Gyllenhaal.
Todo aquello que se ha descripto hasta aquí parece extraído de un manual de tópicos de esta clase de películas. Sin embargo, hay algunos elementos que distinguen enormemente a la película. En primer lugar, la actuación de Jeff Bridges, felizmente consagrada con un Oscar que viene mereciendo desde hace tiempo. Bridges encarna a Blake con un desparpajo similar al célebre Dude de El gran Lebowski, envolviendo el dramatismo por el que atraviesa el personaje con iguales dosis de ternura y patetismo. Bridges es capaz de dotar de humor incluso las escenas más dramáticas, y con esos elementos consigue encarnar a la perfección la figura de un músico decadente, ya que es en las acciones más patéticas de su personaje donde consigue expresar la sensibilidad de Blake, y el accionar adictivo que constantemente lo pone en jaque.
Por otro lado, más allá del acierto, no sólo de Bridges sino de todo el elenco principal, nos encontramos con un desenlace que, afortunadamente, se aferra al devenir de su personaje y no intenta ser complaciente con él. Lo mejor del film radica tanto en el retrato del ambiente que refleja la música country, como en su necesidad de expresar, sin facilismos condescendientes, la recuperación de la dignidad de su protagonista, expresada a través de la estupenda actuación de Bridges, cuya estatura interpretativa le permite evitar que la sensibilidad de la historia y del personaje se conviertan en mera sensiblería.
Valoración:
22 Marzo 2010 | Por Leo Aquiba Senderovsky | # Enlace permanente
Título en España: TIANA Y EL SAPO
Título en Latinoamérica: LA PRINCESA Y EL SAPO
Dirección: Ron Clements y John Musker.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 97 min.
Género: Animación, comedia, familiar, fantasía, musical.
Doblaje original: Terrence Howard (James), Anika Noni Rose (Tiana), Bruno campos (príncipe Naveen), Jim Cummings (Ray), Keith David (Dr. Facilier), John Goodman (Big Daddy), Oprah Winfrey (Eudora), Jenifer Lewis (Mama Odie), Michael-Leon Wooley (Louis), Jennifer Cody (Charlotte).
Guión: Ron Clements, Rob Edwards, John Musker, Greg Erb y Jason Oremland.
Producción: Peter Del Vecho.
Música: Randy Newman.
Montaje: Jeff Draheim.
Diseño de producción: James Aaron Finch.
Estreno en USA: 25 Noviembre 2009
Estreno en España: 5 Febrero 2010
Estreno en Argentina: 7 Enero 2010
Sinopsis
Los creadores de “La sirenita” y “Aladdin” nos traen un cuento cásico con un giro moderno: una joven llamada Tiana, un príncipe convertido en sapo que quiere recuperar su forma humana y un beso que les lleva a una aventura a través de los paisajes de Luisiana.

Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
The princess and the frog es, como todos saben, el regreso de Disney a la animación tradicional. Este regreso no reniega de los años en que Disney se asoció con Pixar. Naturalmente, la adquisición de Pixar por parte de Disney hace unos años, confirma su deseo de seguir expandiéndose en el campo de la animación por ordenador. Sí reniega de los últimos traspiés cometidos por la empresa en el campo del dibujo, películas que carecían del encanto de films como La bella y la bestia, La sirenita, Aladdín o El rey león.
Este regreso implicó volver a contar con la dupla conformada por Ron Clements y John Musker, directores de La Sirenita, Aladdín y Hércules, cuya última colaboración con la empresa había sido en 2002, con El planeta del tesoro, un buen film animado que poco tenía que ver con las formulas de sus principales éxitos en este campo. La idea de Disney ha sido rescatar la esencia de los últimos grandes bastiones de la compañía en materia de animación 2D, y esto puede verse en un sinnúmero de elementos de este film que recuerdan a las fórmulas de aquéllos, a lo que se suma el toque de cuento de hadas, tradicional en la historia de Disney.
The princess and the frog surge con una pequeña controversia. La idea de que la protagonista sea negra, algo que alimenta el aspecto musical del film, suena oportunista en el país presidido por Barack Obama. Lo cierto es que el ascenso al poder de Obama no resulta algo muy extraño, dada la apertura sociocultural que existe hoy en Estados Unidos (no es casual que una mujer negra, Oprah Winfrey, sea la presentadora más popular de la televisión americana, mientras se dedica a la producción de films de reivindicación social como Precious y que, sin ir más lejos, aporta su voz en este film). De la misma manera, no debería resultarnos extraño que una compañía tradicionalmente conservadora y republicana como Disney haya lanzado un film animado protagonizado una joven negra.
Ahora bien, la ilusión de apertura, que puede sostenerse en los primeros minutos del film, cuando se sirve de un par de secuencias para exhibir las diferencias sociales históricas entre blancos y negros, termina en decepción una vez que observamos que la joven protagonista aparece con su fisonomía humana, y negra, al principio y al final del film, y que el resto de la película transcurre con ella convertida en sapo. En ese sentido, lo único que puede sonarnos mínimamente revolucionario, aunque muy inverosímil, es que el príncipe sea negro.
Dejando de lado este aspecto, The princess and the frog apela al recuerdo de los clásicos films de Disney, repitiendo todas las fórmulas habituales de la compañía (secuencias musicales, elipsis ingeniosas, secundarios graciosos), pero es esta misma repetición de fórmulas la que hace que este film carezca de identidad propia y se sostenga únicamente por el espíritu retro al que apela, convirtiéndose únicamente en un atractivo para la generación de adultos que fueron chicos a principios de los noventa. Lamentablemente, el enorme talento creativo de Clements y Musker no consigue dotar de autonomía y encanto propio a este film, aunque uno espera que este resultado no de lugar a pensar que ya no es época para esta clase de películas. La vigencia televisiva de los últimos grandes films animados de Disney demuestra que, por muy ingenuos que sean, el encanto de aquellos los mantiene y los mantendrá con vida, por lo que ansiamos que Clements y Musker puedan volver a encontrar la belleza y la magia que hace ya dos décadas supieron entregarnos a millones de chicos.
Valoración: 
15 Marzo 2010 | Por Leo Aquiba Senderovsky | # Enlace permanente
Dirección: Rob Marshall.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 118 min.
Género: Drama, musical, romance.
Elenco: Nicole Kidman (Claudia Jenssen), Kate Hudson (Stephanie), Daniel Day-Lewis (Guido Contini), Penélope Cruz (Carla), Marion Cotillard (Luisa Contini), Sophia Loren (la mamma), Judi Dench (Lilli), Fergie (Saraghina), Ricky Tognazzi (Dante), Giuseppe Cederna (Fausto), Elio Germano (Pierpaolo).
Guión: Michael Tolkin y Anthony Minghella; sobre el libreto de Arthur Kopit para el musical “Nine”; basado a su vez en la película “8 ½” (1963) de Federico Fellini.
Producción: Marc Platt, Harvey Weinstein, John DeLuca y Rob Marshall.
Música: Andrea Guerra.
Fotografía: Dion Beebe.
Montaje: Claire Simpson y Wyatt Smith.
Diseño de producción: John Myhre.
Vestuario: Colleen Atwood.
Estreno en USA: 25 Diciembre 2009
Estreno en España: 22 Enero 2010
Estreno en Argentina: 28 Enero 2010
Sinopsis
El director de cine Guido Contini (Daniel Day-Lewis) se encuentra en Venecia en mitad de una profunda depresión. No consigue recuperarse a nivel profesional, ni tampoco su vida privada está en un buen momento. Varias mujeres le atormentan, entre ellas su esposa (Marion Cotillard), su amante (Penélope Cruz), su madre (Sophia Loren), su musa (Nicole Kidman), su diseñadora de vestuario y confidente (Judi Dench) y hasta una periodista americana que le persigue (Kate Hudson). Todo ello mientras intenta centrarse en la producción de su última película. “Nine”, basada en “8 ½” (1963) de Federico Fellini, cuenta con la participación de Maury Yeston, compositor de la música y letras originales de la puesta en escena de Broadway.

Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Para ser precisos con esta película, habría que compararla con la obra musical de Broadway. Lo cierto es que, al no haber visto dicha obra, es inevitable establecer una comparación entre Nine y 8 ½, la gran película de Fellini que la origina. Difícil saber cuál fue la razón que motivó a los gestores de la obra de Broadway a adaptar esta película de 1963, que está en las antípodas de cualquier tipo de musical. La adaptación al cine de Rob Marshall, que responde directamente a la versión musical, tal vez posea muy pocos defectos en relación a aquella (para esta, Marshall calca elementos de su versión cinematográfica de Chicago, con algún que otro capricho adicional), por lo que deberíamos achacarle a la versión de Broadway los males que repite esta mediocre traslación del film de Fellini.
En primer lugar, hay que saber disfrutar de los códigos que propone el género musical para poder criticar a sus malos exponentes. Nos guste o no el género, hay un elemento concreto que afecta a algunos de estos ejemplares, la banalización del material que los origina. Por ejemplo, uno de los elementos que ponen en tela de juicio el valor de un musical como Evita, es la superficialidad con la que se trata el aspecto político del personaje. Esto es lo que hace que esta obra funcione mucho más en otros países que en Argentina. Si nos detenemos en 8 ½ de Fellini, una de sus películas más autobiográficas y una de las obras más geniales en su abordaje del acto creativo, difícil es apreciar la esencia de aquel film en esta adaptación musical.
La notoria voluntad reduccionista de este musical consigue que de aquel drama sobre un realizador que sufre un bloqueo creativo y se refugia en el historial de mujeres que dejaron una huella en su vida, haya quedado un director italiano del mismo nombre, y alguna que otro escena copiada del original (el recuerdo de Saraghina es idéntico, sólo que Fergie es una versión demasiado pasteurizada de aquella voluptuosa prostituta). El eje de Nine no pasa por el bloqueo creativo del director, sino por su harén, inolvidable en 8 ½, pero que, a fin de cuentas, respondía a los conflictos internos del protagonista, y no intentaba valerse por sí mismo, como sucede aquí. El director de Nine es simplemente un mujeriego que pasa de cama en cama, mientras recuerda a su madre (una olvidable Sophia Loren, presa de sus muchas cirugías) y a alguna que otra mujer significativa en su vida. Del bloqueo o del acto creativo, apenas un par de escenas intrascendentes. Este conflicto jamás llega a tener en Nine la presencia que tiene su séquito de mujeres y su carácter de amante latino, tal vez una de las excusas imbéciles que llevaron a hacer una versión teatral de la obra maestra de Fellini.
Ahora bien, adaptar una película como aquella al universo del teatro musical, implicaba no quedarse en un gesto supuestamente celebratorio y preguntarse por cuestiones puntuales de la original. ¿Cómo hacer de una película que hasta en la propia trama habla del cine, una obra musical? Evidentemente, esto no se cuestionó en la versión teatral, y mucho menos aquí, que al volver al medio cinematográfico, termina acercándose más a una obra teatral musical filmada, que a una película con identidad y valores propios.
Podríamos ser generosos y no comparar este musical con las dos obras que le dan origen, la versión de Fellini y la teatral. Lo cierto es que esta comparación es ineludible porque Nine no deja de dialogar con 8 ½. Sin embargo, si hiciéramos ese esfuerzo y la evaluáramos como lo que es, un musical, diríamos de entrada que es muy aburrida, que sus canciones son absolutamente olvidables, que los conflictos y dilemas del protagonista nunca llegan a ser del interés del espectador y que acumula estrellas femeninas en papeles ínfimos (de ellas, sólo se destacan Penélope Cruz y Marion Cotillard), entre muchas otras cosas.
Para peor, la canción interpretada por Kate Hudson, tal vez el lema de la película (por algo se repite en los créditos finales), supuestamente pretende homenajear al cine italiano, pero la repetición, estética publicitaria de por medio, de las frases “Cinema italiano”, “Bianco e Nero”, difícilmente puedan pasar por un homenaje digno, ni a Fellini, ni a todo el cine italiano. Lejos de eso, esa secuencia musical carece de homenaje alguno y es otro exponente de la habitual visión yanqui e irreflexiva de fenómenos y obras que le son totalmente ajenas. Dejar en manos de una fan el homenaje a todo un cine, es subirse a caballo de una banalización manifiesta y explícita.
En el apartado de méritos se encuentra un valiente Daniel Day Lewis, cuya carrera parece demostrar que está dispuesto a todo. Sin embargo, allí se terminan las virtudes de una película que podría haber sido una celebración de una obra maestra, o una traslación al género musical de los planteos estéticos y/o narrativos expuestos por aquella obra. Ni una cosa, ni la otra, apenas una muestra más de cómo Broadway puede meter en su coctelera cualquier cosa y lanzar engendros insufribles, que, en este caso, además confronta con los innumerables valores de una gran obra como 8 1/2.
Valoración: 
13 Enero 2010 | Por Leo Aquiba Senderovsky | # Enlace permanente
Título en España: SCHOOL ROCK BAND
Título en México y Venezuela: HIGH SCHOOL ROCK
Título en Argentina (DVD): ROCK SCHOOL BAND
Dirección: Todd Graff.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 111 min.
Género: Comedia dramática, musical.
Elenco: Vanessa Hudgens (Sa5m), Aly Michalka (Charlotte Banks), Gaelan Connell (Will Burton), Scott Porter (Ben), Lisa Kudrow (Karen Burton), David Bowie (él mismo), Charlie Saxton (Bug), Tim Jo (Omar), Elvy Yost (Irene), Ryan Donowho (Basher).
Guión: Josh A. Cagan y Todd Graff; basado en un argumento de Todd Graff.
Producción: Elaine Goldsmith-Thomas.
Música: Junkie XL.
Fotografía: Eric Steelberg.
Montaje: John Gilbert.
Diseño de producción: Jeff Knipp.
Vestuario: Ernesto Martinez.
Estreno en USA: 14 Agosto 2009.
Estreno en España: 11 Septiembre 2009
Estreno en Argentina: 6 Enero 2010
Sinopsis
Will Burton (Gaelan Connell) es un pequeño perdedor acostumbrado a ser ignorado por sus compañeros de clase. Su mala racha termina cuando la popular y carismática animadora Charlotte Banks (Alyson Michalka) le invita a salir con su grupo. Impresionada por su gran conocimiento musical, Charlotte le propone formar parte de su banda de rock. Su meta a partir de ese momento será derrotar al ex novio de Charlotte en la popular batalla regional de bandas.

Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Bandslam, estrenada en España con el título de School Rock Band y conocida en México con el atinado High School Rock, aparentaba inicialmente ser esto último, una suerte de High School Musical en clave de rock. Y en parte lo es, más allá de la participación de Vanessa Hudgens, quien aún soporta el peso de haber surgido de aquella franquicia. Hudgens aquí canta menos de lo que podría esperarse (una decepción para sus seguidores), pero por suerte le aporta una interesante cuota de frescura a esta película que, afortunadamente, no se queda en los límites de un producto rutinario diseñado para el público adolescente, y deudor de una franquicia que no ha tardado en fagocitarse.
De hecho, esta película le debe más a Escuela de rock que a la mencionada High School Musical. Repasemos: Perdedor con amplia cultura rockera (cambiamos lo “hard” de aquella, AC/DC, por lo más cool, David Bowie) que encuentra su lugar potenciando las aspiraciones de un grupo (en aquella había una relación entre maestro ¿adulto? y niños alumnos, en esta son todos adolescentes de la misma edad), banda heterogénea que triunfa aportando cada uno desde su rol, concurso de bandas, etc. Claro que el hard rock para niños se ha convertido aquí en un rock inocuo para adolescentes (un sello “High School”), y que esta no despierta una enorme felicidad como aquella, apenas una simpatía provocada especialmente por los personajes que sortean el estereotipo (Gaelan Connell en primer lugar, próximo a convertirse en otra joven promesa al estilo de Jesse Eisenberg, e incluso Vanessa Hudgens, sin caer en lo más obvio del perfil de la “rara” del grupo).
Sin embargo, Bandslam no logra eludir del todo las convenciones de este tipo de productos, buena parte de su metraje se basa en elementos que ya hemos visto tantísimas veces antes, y mejor. Para peor, Aly Michalka está siempre a punto de irritarnos en su papel de la ex porrista regenerada, y Lisa Kudrow es el mayor desacierto de la película (en su momento, la pobre Kudrow pasó de interpretar a la boba y soltera treinteañera Phoebe en “Friends”, a hacer de madre de adolescentes, cuando ya estaba pasada en años para lo primero, y aún le faltan varios kilómetros para lo segundo, y se nota, su elección está demasiado ligada a la necesidad de encontrarle al baterista un sexy y maduro objeto de deseo).
Pese a esto, Bandslam se las ingenia para no quedarse en lo que esperábamos, la combinación de High School Musical + ¿Rock? Lo de rock va entre signos de interrogación por lo siguiente, todo bien con The Burning Hotels, que tocan en el concurso de bandas, al parecer tienen todo para llegar a pelear con los ya consagrados, y excelentes, The Killers, pero si la idea del rock es únicamente esto, estamos listos. Okey, se menciona a grandes leyendas del rock, y hasta aparece al final el ídolo máximo del protagonista, David Bowie, que nadie dudaría que es una gran figura de este universo, pero más allá de la simpatía que despierta la película, y de lo bien que se han asimilado algunos estereotipos adolescentes, difícilmente a esta lavada forma musical podemos llamarla rock. Aunque cierto es que esta idea del rock se acerca al de otras películas con adolescentes, como Nick and Norah’s… o Juno, y con apenas un poco más de sensibilidad y mucho menos apego a las convenciones más rancias de este tipo de películas, tranquilamente podría haber ingresado en ese terreno al que han accedido aquellas películas, con su particular y honesta visión del mundo adolescente. Nos quedamos con la revelación, Gaelan Connell, y la frescura de la Hudgens, a quien le ha venido muy bien trabajar su personaje desde un lugar secundario.
Más información en Cine.com
Valoración: 
19 Noviembre 2009 | Por Leo Aquiba Senderovsky | # Enlace permanente
Dirección: Kenny Ortega.
País: USA.
Año: 2009.
Género: Documental, musical.
Producción: Paul Gongaware, Randy Phillips y Kenny Ortega.
Fotografía: Kevin Mazur.
Montaje: Don Brochu, Brandon Key, Tim Patterson y Kevin Stitt.
Estreno en USA, España, Argentina: 28 Octubre 2009
Sinopsis
La película se ha realizado con el material grabado durante los últimos ensayos de Michael Jackson, que preparaba su regreso a los escenarios en Londres. La mayor parte del material fue rodado en junio de 2009 en el Staples Center de Los Ángeles y The Forum en Inglewood, en California, cuando Michael Jackson preparaba su “This is it”, la serie de conciertos que iba a ofrecer en el O2 Arena de Londres.

Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Este producto puede leerse como uno de los actos más macabros del cine americano en los últimos tiempos (la idea de armar una película/tanque con los últimos ensayos de la malograda gira de Michael Jackson, para asegurarse un éxito de taquilla que pueda cubrir lo invertido en los shows, explotando al máximo la imagen de una estrella muerta pocos meses atrás), o como el testamento fílmico de un gran artista. Como somos benévolos, y estamos acostumbrados al nivel de perversión de las majors americanas, optemos por la segunda opción, y podremos ver que no sólo estamos ante lo que quedó de un gran show que no pudo ser, sino ante una película auténtica, con energía propia.
Por ende, no vale la pena pensar en los millones que habrán ganado los productores abusando del pobre MJ, y menos importa acordarse de los fans que armaron campañas como la llamada “This is not it”, alertando sobre las “mentiras” que exponían los productores del show en este documental, y denunciando que, semanas antes del inicio de su gira interminable, la vida de Jackson pendía de un hilo. Que lo presionaron hasta matarlo, que no se sentía capaz de soportar cincuenta shows… Nadie niega que todo ello pueda ser real, pero este documental no busca tapar las presiones, su adicción a los fármacos, ni cualquier aspecto relativo a su vida. Por una sencilla razón: This is it es un documento de su frustrado último show, no un retrato de su persona. Honrando a Michael Jackson, un artista mágico, con una vida llena de rumores más o menos ciertos, pero irrelevantes frente al valor de su obra (el propio Jackson se encargó de hacer de su vida un mito insondable), la película no busca hablar de su vida sino de su arte, no es una mentira, sino un reflejo de lo más valioso de la última gran leyenda de la industria musical.
This is it presenta un doble juego, es lo que quedó de un show majestuoso, pero antes que eso, es un detrás de escena de ese show. Por ende, no es directamente la exposición cinematográfica de ese show, sino el show y su cocina, con MJ como el admirado director de orquesta, capaz de dominar cada plano, preciso y exigente con todos sus músicos (reclamando, ordenando o corrigiendo, siempre con la mejor cara y un irritante “con amor” o “Dios te bendiga”). Lo mejor de este documental es que no es únicamente el show, no es tan limpio y majestuoso como aquel, es sucio, desordenado y ecléctico como todo backstage, y es esta suciedad, este ir y venir entre la escenificación de cada canción y el armado de esa puesta híper ambiciosa, lo que permite que uno, como espectador, pueda encontrarse con el verdadero artista. Porque la luz de Jackson no se prende cada vez que sale a escena, arranca mucho antes, con el compositor, el coreógrafo, el ambientador, el showman, el hombre que es capaz de detenerse el tiempo que sea frente a una melodía hasta que esta se oiga como él desea, el hombre que se exige a sí mismo con el canto y el baile más que a nadie. El hombre que ejerce una presión desmedida e inconsciente en todo su entorno, porque es capaz de someterse a un rigor tal sobre el escenario que lo convierte en un ser inigualable, y al resto de los músicos, bailarines y técnicos que lo rodean no les queda más que rendir pleitesía a un artista obsesivo, que entrega su vida en cada performance.
El show en sí no se queda atrás, y la película va de a poco abandonando el aspecto del “detrás de escena”, para dedicarle el tiempo necesario a cada canción, y que el espectador pueda apreciar lo mejor posible la magnitud del espectáculo que el mundo no tuvo la fortuna de conocer. Ahí están el homenaje al cine americano clásico, con MJ interactuando con estrellas del film noir, como introducción a “Smooth Criminal” (a mi gusto, la mejor secuencia de lo que hubiera sido el show), las escenas de horror filmadas para “Thriller”, la puesta en escena de un mundo totalitario, alla The Wall, con coreografía militar, en “They don’t really care about us”, el recuerdo especial de Jackson 5, el rock puro en “Billie Jean” y “Black or White”, el clima romántico en “I just can’t stop loving you”, o los momentos más naïf y emotivos, con “Earth Song” y “Man in the mirror”. Todos ellos revelan las distintas facetas de un show descomunal, que realmente podría haber traspasado límites en cuanto a despliegue escénico y de producción.
Pero ver This is it como aquel show trunco es un grave error, porque de semejante despliegue solo quedan las muchas tomas rescatadas de los ensayos para la ocasión. Si pretendiera “ser” el show que no pudo ser, caería en la realidad de que, por más que pueda haber reproducido con las filmaciones del ensayo la magnitud de cada puesta para cada una de las canciones, la película, en su exposición del show, se enfrenta irremediablemente al hecho de tener que bajar el telón antes de poder levantarlo. Afortunadamente, This is it no es un macabro santuario de lo que no pudo llegar a ser, sino el mejor retrato de un artista a quien nunca lo vimos como aquí, en la tarea que mejor le salía, la de crear, prestándole atención a cada nota, cada paso de baile, cada elemento del escenario (ver sino cuándo Kenny Ortega, director del monstruoso espectáculo y de su testamento fílmico, le pregunta cómo sabrá cuándo es el momento en que la pantalla gigante marque el comienzo de la canción, a lo que MJ sólo contesta que lo puede sentir). Y más allá de la omnipresencia de Ortega, a quien vemos detrás de cada elemento del show es a un raquítico pero impecable Michael Jackson, iluminando la pantalla con su baile, regalándole momentos de destaque a cada uno de los jóvenes artistas que hubiesen compartido el show con él (la escena en la que hace brillar a la guitarrista es un genial reflejo de esto), sabiendo que el secreto para un gran espectáculo es que cada uno del equipo pueda dar lo mejor de sí, mientras él los protege mostrándoles que detrás de un gran artista hay una gran consciencia sobre cada uno de los aspectos artísticos del show y una enorme autodisciplina. La mejor manera de honrar a alguien como Michael Jackson, que marcó un antes y un después en la industria musical, no es hablar de su vida sino de su arte, y en la desprolijidad del backstage del show reluce su arte, no como un hecho mágico y etéreo, sino como el resultado de un trabajo obsesivo y sacrificado, que en este caso no pudo rendir sus frutos, pero que afortunadamente arrastra los frutos del pasado, enormes y eternos.
This is it no es el show que no existió, tampoco el reflejo de la persona o la estampa de Michael Jackson. Es, antes que nada, el documento de un proceso creativo, y en manos de MJ, uno de los pocos que supo combinar en el escenario gran espectáculo visual y una forma única de música y de baile, esto es muchísimo, más de lo que This is it (el show, no la película) podría haber sido jamás.
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