Crítica ICH BIN ENRIC MARCO
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Título en español: CAPITALISMO: UNA HISTORIA DE AMOR
Michael Moore, con “Capitalismo: Una historia de amor”, afronta el problema que está en el centro de toda su obra: el desastroso impacto que el dominio de las corporaciones tiene sobre la vida cotidiana de los estadounidenses, y, por consiguiente, también sobre el resto del mundo. Este documental plantea una pregunta tabú: ¿cuál es el precio que paga Estados Unidos por su amor al capitalismo? Hace años, ese amor parecía absolutamente inocente. Sin embargo, hoy el sueño americano se parece cada vez más a una pesadilla, cuyo precio pagan las familias, que ven esfumarse sus puestos de trabajo, sus casas y sus ahorros. Y lo que descubre son los síntomas de un amor que acaba mal: mentiras, malos tratos, traiciones… y 14.000 puestos de trabajo perdidos cada día. Pero Moore no se rinde y nos invita a sumarnos a su lucha, incansable y llena de optimismo.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Capitalismo: Una historia de amor es la frutilla del postre en la filmografía de Michael Moore. Afirmar esto es afirmar también que los méritos principales de Sicko, su anterior documental, desaparecen en este film. Es decir que, con este film, Moore vuelve a priorizar su panfleto político sobre cualquier otra cosa. No hay nada del discurso de Miachel Moore que no sea del agrado de quien esto escribe. Como siempre, el conflicto principal no son las ideas de Moore sino cómo las expone. Moore le habla al ciudadano americano desde una subjetividad necesaria pero a veces excesiva, carente de filtro, lo cual lleva a algunos de los momentos más originales de sus documentales, pero también a un creciente e irritante mesianismo. Moore, desde su arrogancia, se asume como el único hombre capaz de explicarle al ciudadano común los males del sistema económico en el que vive.
El colocarse en ese rol parece funcionarle mucho mejor en sus ciclos televisivos, donde despliega sus originales tretas para exponernos las fallas del sistema o su inhumanidad. En el cine, donde todo es más grande, también lo son las descomunales parrafadas ideológicas de Moore. Allí también se vuelve mucho más notoria la manipulación del material documental con el que cuenta, llegando a instancias donde se esconde detrás de procedimientos cómicos (como colocarle una voz de capitalista a Jesús, o la animación de la destrucción del escenario mientras Bush pronuncia un discurso alarmista) que no logran ocultar la forma en que Moore utiliza el material audiovisual para acentuar su discurso.
El mayor mérito de Sicko era la reducción de la presencia en pantalla de Moore y el privilegiar los testimonios de las víctimas del sistema de salud americano. Allí su discurso estaba acompañado de una genuina emoción por las palabras que extraía de sus entrevistados. Como en aquella, los mejores momentos de Capitalismo… son las verdades que Moore saca a la luz, de la mano de los testimonios que consigue. En una película que intenta dilucidar el por qué de la crisis económica que estalló en los últimos meses de Bush en el poder, revelar la forma en que las grandes empresas se han beneficiado históricamente con el deceso de sus empleados, es un dato lateral frente al planteo principal, pero es a su vez uno de los pocos elementos sobre los que Moore logra echar luz, beneficiándose con la respuesta de familiares de empleados muertos. De la misma forma, cuando se introduce en la vida de quienes sufren la pérdida de su casa por una hipoteca, consigue el retrato más genuino de los males del capitalismo.
Pero Moore no desarrolla toda la película a partir de estas escenas, apenas se sirve de ellas como un elemento más de su enorme construcción discursiva. El grueso de la película pasa por defenestrar las políticas republicanas de las últimas décadas y por mostrar de qué manera presidentes como Reagan o Bush gobernaron sosteniendo políticas que beneficiaron exclusivamente a los grandes empresarios, sometiendo a la sociedad a un nivel de desempleo alarmante. Como ya es habitual en su cine, su denuncia a las políticas republicanas, junto con la puesta en escena que sirve de soporte a su discurso político, son tan maniqueas y carentes de todo matiz, que terminan reduciendo el género documental al nivel de un panfleto facilista, desmereciendo totalmente los originales recursos que despliega, como así también las virtudes del progresismo que intenta promover.
En Capitalismo… no se contenta con repetir los vicios de sus anteriores documentales, los eleva a la enésima potencia. Su carácter mesiánico llega a niveles insostenibles, desde la arrogancia que lo lleva a citar su primero y loable trabajo documental y ocupar un considerable espacio de Capitalismo… con una revisión temática del mismo (una cosa es sostener fervientemente un discurso en primera persona, y otra muy distinta es la cita autoindulgente), hasta un final desquiciado, con Moore pidiéndole al espectador que se sume a su supuesta rebelión.
En el medio de este trayecto aparece la razón principal que hace de Capitalismo… un documental incapaz de sostenerse en el tiempo. Moore pensó este documental a partir de la crisis económica última y al mismo tiempo se topa con la elección de Obama, un dato que no le es ajeno. El excesivo optimismo del film tras la asunción del primer presidente americano negro lleva a pensar que Capitalismo… es una propaganda lisa y llana de Barack Obama, o que Moore, fiel a sus convicciones, confía realmente en el supuesto cambio promulgado por aquel. De una u otra forma, hoy, a más de un año de su asunción, aquella confianza en ese dichoso cambio y en la capacidad o posibilidad de Obama de modificar algunas cosas, suena a una efímera ilusión de la que Moore parece haber sido otra víctima más. Tanta ingenuidad se da de bruces con su estilo aparentemente combativo, y semejante contradicción termina anulando la credibilidad del realizador.
Podríamos ser generosos y apelar a la historia de las películas, documentales o no, que apelan de modo directo a un discurso político e ideológico. Ningún realizador con la militancia política necesaria para generar productos de este calibre está exento de cierta contradicción entre la crítica violenta al sistema y la ingenuidad propia del optimismo ante un supuesto cambio. Si apelamos a esto, también debemos tener en cuenta que la conducta de Michael Moore se encuentra en las antípodas de un verdadero militante político. Apenas es un ciudadano común lo suficientemente prepotente como para sostener que su deber es adoctrinar al americano medio, y con la arrogancia necesaria para servirse del cine en función de sus propósitos aleccionadores. Cuando los medios están dispuestos tramposamente en función de un fín determinado, dicho fín no justifica los medios, por muy originales o particulares que estos sean.
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Sinopsis
La película se ha realizado con el material grabado durante los últimos ensayos de Michael Jackson, que preparaba su regreso a los escenarios en Londres. La mayor parte del material fue rodado en junio de 2009 en el Staples Center de Los Ángeles y The Forum en Inglewood, en California, cuando Michael Jackson preparaba su “This is it”, la serie de conciertos que iba a ofrecer en el O2 Arena de Londres.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Este producto puede leerse como uno de los actos más macabros del cine americano en los últimos tiempos (la idea de armar una película/tanque con los últimos ensayos de la malograda gira de Michael Jackson, para asegurarse un éxito de taquilla que pueda cubrir lo invertido en los shows, explotando al máximo la imagen de una estrella muerta pocos meses atrás), o como el testamento fílmico de un gran artista. Como somos benévolos, y estamos acostumbrados al nivel de perversión de las majors americanas, optemos por la segunda opción, y podremos ver que no sólo estamos ante lo que quedó de un gran show que no pudo ser, sino ante una película auténtica, con energía propia.
Por ende, no vale la pena pensar en los millones que habrán ganado los productores abusando del pobre MJ, y menos importa acordarse de los fans que armaron campañas como la llamada “This is not it”, alertando sobre las “mentiras” que exponían los productores del show en este documental, y denunciando que, semanas antes del inicio de su gira interminable, la vida de Jackson pendía de un hilo. Que lo presionaron hasta matarlo, que no se sentía capaz de soportar cincuenta shows… Nadie niega que todo ello pueda ser real, pero este documental no busca tapar las presiones, su adicción a los fármacos, ni cualquier aspecto relativo a su vida. Por una sencilla razón: This is it es un documento de su frustrado último show, no un retrato de su persona. Honrando a Michael Jackson, un artista mágico, con una vida llena de rumores más o menos ciertos, pero irrelevantes frente al valor de su obra (el propio Jackson se encargó de hacer de su vida un mito insondable), la película no busca hablar de su vida sino de su arte, no es una mentira, sino un reflejo de lo más valioso de la última gran leyenda de la industria musical.
This is it presenta un doble juego, es lo que quedó de un show majestuoso, pero antes que eso, es un detrás de escena de ese show. Por ende, no es directamente la exposición cinematográfica de ese show, sino el show y su cocina, con MJ como el admirado director de orquesta, capaz de dominar cada plano, preciso y exigente con todos sus músicos (reclamando, ordenando o corrigiendo, siempre con la mejor cara y un irritante “con amor” o “Dios te bendiga”). Lo mejor de este documental es que no es únicamente el show, no es tan limpio y majestuoso como aquel, es sucio, desordenado y ecléctico como todo backstage, y es esta suciedad, este ir y venir entre la escenificación de cada canción y el armado de esa puesta híper ambiciosa, lo que permite que uno, como espectador, pueda encontrarse con el verdadero artista. Porque la luz de Jackson no se prende cada vez que sale a escena, arranca mucho antes, con el compositor, el coreógrafo, el ambientador, el showman, el hombre que es capaz de detenerse el tiempo que sea frente a una melodía hasta que esta se oiga como él desea, el hombre que se exige a sí mismo con el canto y el baile más que a nadie. El hombre que ejerce una presión desmedida e inconsciente en todo su entorno, porque es capaz de someterse a un rigor tal sobre el escenario que lo convierte en un ser inigualable, y al resto de los músicos, bailarines y técnicos que lo rodean no les queda más que rendir pleitesía a un artista obsesivo, que entrega su vida en cada performance.
El show en sí no se queda atrás, y la película va de a poco abandonando el aspecto del “detrás de escena”, para dedicarle el tiempo necesario a cada canción, y que el espectador pueda apreciar lo mejor posible la magnitud del espectáculo que el mundo no tuvo la fortuna de conocer. Ahí están el homenaje al cine americano clásico, con MJ interactuando con estrellas del film noir, como introducción a “Smooth Criminal” (a mi gusto, la mejor secuencia de lo que hubiera sido el show), las escenas de horror filmadas para “Thriller”, la puesta en escena de un mundo totalitario, alla The Wall, con coreografía militar, en “They don’t really care about us”, el recuerdo especial de Jackson 5, el rock puro en “Billie Jean” y “Black or White”, el clima romántico en “I just can’t stop loving you”, o los momentos más naïf y emotivos, con “Earth Song” y “Man in the mirror”. Todos ellos revelan las distintas facetas de un show descomunal, que realmente podría haber traspasado límites en cuanto a despliegue escénico y de producción.
Pero ver This is it como aquel show trunco es un grave error, porque de semejante despliegue solo quedan las muchas tomas rescatadas de los ensayos para la ocasión. Si pretendiera “ser” el show que no pudo ser, caería en la realidad de que, por más que pueda haber reproducido con las filmaciones del ensayo la magnitud de cada puesta para cada una de las canciones, la película, en su exposición del show, se enfrenta irremediablemente al hecho de tener que bajar el telón antes de poder levantarlo. Afortunadamente, This is it no es un macabro santuario de lo que no pudo llegar a ser, sino el mejor retrato de un artista a quien nunca lo vimos como aquí, en la tarea que mejor le salía, la de crear, prestándole atención a cada nota, cada paso de baile, cada elemento del escenario (ver sino cuándo Kenny Ortega, director del monstruoso espectáculo y de su testamento fílmico, le pregunta cómo sabrá cuándo es el momento en que la pantalla gigante marque el comienzo de la canción, a lo que MJ sólo contesta que lo puede sentir). Y más allá de la omnipresencia de Ortega, a quien vemos detrás de cada elemento del show es a un raquítico pero impecable Michael Jackson, iluminando la pantalla con su baile, regalándole momentos de destaque a cada uno de los jóvenes artistas que hubiesen compartido el show con él (la escena en la que hace brillar a la guitarrista es un genial reflejo de esto), sabiendo que el secreto para un gran espectáculo es que cada uno del equipo pueda dar lo mejor de sí, mientras él los protege mostrándoles que detrás de un gran artista hay una gran consciencia sobre cada uno de los aspectos artísticos del show y una enorme autodisciplina. La mejor manera de honrar a alguien como Michael Jackson, que marcó un antes y un después en la industria musical, no es hablar de su vida sino de su arte, y en la desprolijidad del backstage del show reluce su arte, no como un hecho mágico y etéreo, sino como el resultado de un trabajo obsesivo y sacrificado, que en este caso no pudo rendir sus frutos, pero que afortunadamente arrastra los frutos del pasado, enormes y eternos.
This is it no es el show que no existió, tampoco el reflejo de la persona o la estampa de Michael Jackson. Es, antes que nada, el documento de un proceso creativo, y en manos de MJ, uno de los pocos que supo combinar en el escenario gran espectáculo visual y una forma única de música y de baile, esto es muchísimo, más de lo que This is it (el show, no la película) podría haber sido jamás.
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Sinopsis
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Así como Luis Buñuel ha barrido cualquier límite en su propio corpus autoral, y en la historia del cine en su totalidad, de la misma manera, es infinito el universo de abordajes que se pueden hacer a la hora de hablar de su genio y figura. Cualquier película sobre su vida y obra es digna de ser celebrada, dado que difícilmente la cantidad de homenajes hacia tan grande artista pueda agotarse en algún momento. El estreno de El último guión es digno de ser celebrado, más aún por la presencia de Juan Luis Buñuel (el hijo), y Jean Claude Carrière (su colaborador desde Diario de una camarera hasta el final de su obra, la voz más autorizada para hablar del genio creativo de Buñuel, y uno de los más importantes maestros de guión en el mundo). Los testimonios y diálogos entre Buñuel hijo y Carrière vienen a constituir una interesante y necesaria cruza entre vida y obra del realizador español.
La película realiza un viaje con los entrevistados principales por los lugares más importantes en la vida de Buñuel. Desde las ciudades de España que marcaron a fuego su vida y sus películas, centrándose primordialmente en el maravilloso encuentro entre Buñuel, Dalí y García Lorca, su paso por Hollywood, las reuniones que compartió con los realizadores más importantes del período clásico y su constante negativa a dirigir para la industria americana, para terminar en México, con la realización de Los olvidados. La película finalmente abandona su recorrido geográfico cuando Carrière narra sus últimos encuentros con el cineasta, poco antes de su muerte, y el trabajo con el “último guión” que nunca se llegó a filmar. Este episodio bien podría haber abarcado la totalidad de la película, y de esa manera el título hubiese quedado justificado. Sin embargo, la película toma este elemento como un episodio más dentro del cúmulo de anécdotas que se cuentan en la película.
El documental posee un recorrido geográfico – anecdótico más que atendible. Fácilmente podemos reconocer que éste es apenas uno de los miles de abordajes que pueden hacerse de la vida y obra del Buñuel. Pero esta semblanza del genial director no deja de verse como una elección chata, más allá del interés que provoca el encuentro entre los hijos y el genuino heredero del legado artístico de Buñuel, el documental se acerca a la obra y a la persona con una enorme timidez ante la enorme dimensión que ha cobrado con el tiempo su figura, recorriendo cada lugar que marcó su vida con el mismo afán turístico con el que retrata las anécdotas referidas a su persona.
Cualquier documental que se decida a indagar en un solo aspecto de su genio (podríamos pensar en un documental dedicado a su carácter fetichista, o una investigación sobre sus influencias artísticas, o el abordaje del proceso de creación y realización de cualquiera de sus obras maestras) podría captar la esencia de cada una de las diversas dimensiones que confluyen en su vida y su obra. Pero la elección de El último guión, sin dejar de ser interesante (ningún homenaje a Buñuel podría no ser interesante o atendible), es excesivamente ligera, y al intentar abarcar, desde el anecdotario y lo geográfico, toda la vida y la carrera de Buñuel, no logra reflejar las múltiples, enormes y complejas dimensiones de su genio y figura, y se queda en la superficie, en lo meramente turístico, sin analizar ni profundizar particularmente en ninguno de los diversos aspectos de Buñuel, lo que podría haber generado un documental mucho más interesante en su exposición y su investigación. Sólo la presencia de Carrière y su admirable retrato de Luis Buñuel elevan considerablemente una propuesta que abarca demasiado, y al tomar desde el inicio una considerable distancia entre los realizadores y el admirado y celebrado Buñuel, aprieta demasiado poco.
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Dirección: Yann Arthus-Bertrand.
Sinopsis
En sus 200.000 años de existencia, el hombre ha roto el equilibrio de casi 4.000 millones de años de evolución de la Tierra. El precio a pagar es considerable, pero es demasiado tarde para ser pesimistas. A la humanidad le quedan diez años escasos para invertir la tendencia, concienciarse de la explotación desmesurada de las riquezas de la Tierra y cambiar el modo de consumo. Yann Arthus-Bertrand, con sus imágenes inéditas de más de 50 países vistos desde el cielo, compartiendo con nosotros su capacidad de asombro y también sus preocupaciones, coloca, con esta película, una piedra en el edificio que tenemos que reconstruir, todos juntos.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Con este documental ha sucedido un hecho curioso, que para el caso tal vez no aporte demasiado, pero que ayuda a entender su relevancia. Se ha estrenado en gran parte del mundo en la misma fecha, y a la par se estrenó en Youtube, para reforzar su condición de producto grande pero a su vez carente de pretensiones comerciales. Es un documental de difusión, hecho para el impacto (e impactante a la vez, no son dos cosas que vayan siempre de la mano), agobiante (pretendidamente agobiante) en la enorme cantidad de datos y estadísticas que se enumeran a lo largo de la película, y destinado a crear conciencia. La hipótesis de Home, bastante difícil de refutar, hay que decir, es que el ser humano ha arruinado el planeta que le dio la vida. Su explotación indiscriminada de los recursos naturales ha llevado a la concentración de riquezas en el mundo, y a la destrucción sistemática de las reservas naturales en todo el mundo, lo que lleva al planeta a una situación desesperante. Lo más interesante del film es que no necesita de testimonios, ni ningún recurso particular para avalar la teoría. Sus únicas armas son la belleza extrema de las tomas aéreas del afamado fotógrafo Yann Arthus-Bertrand, y una voz en off que no descansa hasta describir dato por dato, todas las situaciones en las que el hombre ha arruinado su capacidad de convivir con la naturaleza, aprovechándose al máximo de ella, e incapaz de pensar en el mundo que le está dejando a sus hijos. Es un documental necesario, sí, pero esta condición de “film importante”, hace que peque de obvio en muchos pasajes. Esto no le resta mérito a las imponentes imágenes de Arthus-Bertrand, pero hace que tanta sobreabundancia de datos termine molestando, y que ese agobio vaya en detrimento de su facultad de crear conciencia. El momento más crítico es cuando se pone en pantalla los datos más relevantes y horripilantes del accionar humano. La información en pantalla, luego de tanto discurso, termina siendo invariablemente repetitiva y molesta. Afortunadamente, luego de tanta crítica al modo en que el hombre ha afectado su planeta, el documental decide insuflar una brisa de aire fresco cuando enumera algunas de las acciones particulares que individuos y empresas hacen para no afectar el ambiente más de lo que está. Naturalmente, así como tan pocas acciones no alcanzan para que el planeta no siga dirigiéndose hacia el colapso definitivo, de la misma manera esta enumeración no alcanza para contrarrestar del todo el efecto molesto que produce la sobreabundancia de datos negativos sobre el accionar humano. Datos que, mencionados de una manera menos reiterativa y sofocante, colaborarían más con la idea primaria de hacer que un simple documental ayude a que los habitantes de este planeta hagamos algo por salvarlo.
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Dirección y guión: Michael Moore.
País: USA.
Año: 2007.
Duración: 123 min.
Género: Documental.
Producción: Michael Moore y Meghan O’Hara.
Música: Erin O’Hara
Fotografía: Andrew Black.
Montaje: Dan Swietlik, Geoffrey Richman y Christopher Seward.
Estreno en USA: 22 Junio 2007
Estreno en España: 30 Abril 2009
Estreno en Argentina: 20 Septiembre 2007
Sinopsis
El director Michael Moore pone su punto de mira en el sistema sanitario estadounidense, de gestión privada y regido por empresas aseguradoras. Moore compara la situación de los enfermos en EE.UU. con la de algunos países de Europa y Latinoamérica, viniendo a revelar que, mientras para un ciudadano americano romperse un hueso puede ser motivo de ruina económica, en muchos otros países los gobiernos ayudan a sus ciudadanos, no sólo con la Seguridad Social, sino también con empleados al servicio de madres trabajadoras, de enfermos terminales o de personas con necesidad de atenciones especiales.
Crítica
Sicko es sensiblemente diferente a los dos documentales más famosos de Michael Moore. Lo primero que llama la atención es que el rostro de Moore no aparece hasta bien entrada la película. Claro que no falta su constante voz en off, que como siempre articula todo lo que vemos, pero su presencia solo se vuelve indispensable cuando comienza a recorrer los países que cuentan con políticas sociales en materia de salud, particularmente Canadá, Francia, Reino Unido y Cuba. Hasta ese momento, se dedica a exponer las falencias de la salud en Estados Unidos, o las trampas de las empresas privadas de salud para rechazar solicitudes de ingreso a sus planes y para desahuciar a aquellos que más necesitan de su cobertura. Pero esa exposición no se da, como en las anteriores, mediante números, estadísticas y otros recursos, sino principalemente mediante los testimonios de algunos de los miles afectados por estas políticas de exclusión. Lo que consigue con esto es una película mucho más honesta y conmovedora, donde no falta ni el direccionamiento ideológico de Moore ni su denuncia del accionar en este aspecto del poder político (el rostro de Bush nunca pierde presencia, y por otro lado pero en el mismo sentido, Moore nos regala una terrible grabación de audio de Nixon que se presenta como el más evidente origen de los males de la sociedad americana en su relación con la salud privada), pero entrega sus mejores y más conmovedores momentos en el seguimiento de los afectados por el sistema. Moore nos advierte al comienzo que esta no es la historia de una u otra persona, especialmente de los que han quedado fuera del sistema, aunque centra su mirada en aquellos que invierten gran parte de su sostén económico en las empresas privadas de salud, y a la hora de necesitar de ellas les es denegada su cobertura. Lo concreto es que, sin la exposición de todas estas vidas, no se podría erigir una denuncia de tal magniud, y Moore, sin dejar de lado su deliberada y habitual manipulación, carente de ambivalencias, de los elementos que pone en escena, consigue las escenas más emotivas de su filmografía, particularmente cuando lleva a algunos de los rescatistas voluntarios del 11 de septiembre, que han quedado con secuelas terribles, a Guantánamo (para exigir que les den a ellos los mismos beneficios médicos que les dan a los presos allí, en su jugada política más dura, y propia de las mayores palizas que suele propinar su cine), y a Cuba, donde reciben atención médica gratuita, mientras Moore enfoca su discurso en la visión constante que el americano medio tiene de Cuba como uno de sus enemigos acérrimos. Moore nos puede decir que los republicanos tienen toda la culpa, y podemos coincidir con su exposición, puede demostrarnos que alguna vez Hillary Clinton pretendió batallar contra las políticas privadas de salud, para luego ser silenciada de por vida por el poder económico, y podemos sorprendernos ante estas pruebas. Nos puede exponer los beneficios de la salud pública, y no hay modo en que no coincidamos con su visión. Pero para hablar de este tema, no hay nada mejor que conocer el padecimiento de los damnificados por el sistema privado, y son estas voces las que articulan la verdadera denuncia. Por primera vez, parecería que el lineal y tan querible como irritante Michael Moore ha aprendido el peso del testimonio del otro, y es ese otro el que justifica plenamente su visión catastrófica de la salud en Estados Unidos y por natural extensión, en todos los países que cuentan con políticas de salud al servicio de intereses privados.
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Dirección: James Marsh.
Países: Reino Unido y USA.
Año: 2008.
Duración: 94 min.
Género: Documental.
Intervenciones: Philippe Petit, Jean-Louis Blondeau, Annie Allix, Jim Moore, Mark Lewis, Jean-François Heckel, Barry Greenhouse, David Foreman, Alan Welner.
Guión: James Marsh; basado en el libro “To reach the clouds” de Philippe Petit.
Producción: Simon Chinn.
Música: Michael Nyman y J. Ralph.
Fotografía: Igor Martinovic.
Montaje: Jinx Godfrey.
Diseño de producción: Sharon Lomofsky.
Estreno en Reino Unido: 1 Agosto 2008.
Estreno en España: 17 Abril 2009
Estreno en Argentina: Pendiente
Sinopsis
El 7 de agosto de 1974, un joven francés llamado Philippe Petit caminó por un cable colgado ilegalmente entre las Torres Gemelas de Nueva York, entonces los edificios más altos del mundo. Tras una hora caminando por el cable, fue arrestado, examinado psicológicamente y encarcelado antes de ser finalmente liberado. Tras seis años y medio soñando con las torres, Petit pasó ocho meses en Nueva York planeando la ejecución del golpe. Ayudado por un equipo de amigos y cómplices, Petit se enfrentó a numerosos y extraordinarios desafíos: tuvo que encontrar la manera de burlar la seguridad del World Trade Center, colar el pesado cable de acero y el equipo necesario. Tender el cable entre los tejados de las dos torres, anclar el cable y tensarlo para soportar los vientos y el movimiento de vaivén de los edificios. El tendido del cable se hizo de noche, en completo secreto. A las 7:15 de la mañana, Philippe comenzó a pasear por el cable a 1.350 pies de altura por encima de las calles de Manhattan. El documental de James Marsh da vida a esta extraordinaria aventura a través del testimonio de Philipe y alguno de los conspiradores que le ayudaron a crear el espectáculo magnífico y único que se conoció como “el crimen artístico del siglo”.
Crítica
Man on wire dispara una extensa serie de lecturas, algo curioso para un documental basado en una simple proeza física, que quedó como un acontecimiento histórico único. El trabajo de James Marsh indaga en la aventura soñada del equilibrista francés Philippe Petit de cruzar la cima de las Torres Gemelas sobre un cable extendido de torre a torre. Para ello, se remonta a la época en que las Torres eran un proyecto en ciernes, y ya Philippe (quien cruzó la Catedral de Notre Dame, entre otras famosas edificaciones) soñaba con esa aventura. Man on wire es un retrato de aquella aventura gigantesca, cargada de suspenso y sostenida por el equipo de Philippe que por aquella época lo acompañaban en todos sus desquiciados emprendimientos. Pero a su vez, el suspenso que se desprende de este acontecimiento concreto, está vinculado con la facultad de poder burlar todo tipo de seguridad en el World Trade Center, lo que la asemeja a un potente thriller, deteniéndose en todos los detalles de aquella misión, como si la cámara siguiera a un grupo terrorista en su plan. Y a la luz de los hechos ocurridos el famoso 11 de septiembre de 2001, Man on wire podrá parecerse a un documental de denuncia sobre la vulnerabilidad de las Torres Gemelas, pero va mucho más allá de eso, ya que se erige como un retrato de la belleza arquitectónica de aquellas Torres que iluminaban Nueva York. Principalmente, porque la acción de Philippe de caminar y, como afirma uno los policías que lo detiene luego de su proeza, “bailar” sobre un cable, con el cielo cómo único telón y uniendo dos torres, es un acto cargado de una belleza única, que realza la fastuosidad arquitectónica, y a la vez empequeñece a los edificios que sostienen al hombre mientras parece caminar por el aire. Marsh se apoya en el empleo preciso del cuantioso material de archivo, y recreaciones muy correctas que se acoplan a este material, al punto de que, al revés que muchos documentales donde podemos preguntarnos sobre el nivel de realidad de las imágenes, aquí la abundancia de imágenes de archivo, la calidad que tienen estas imágenes y la forma en que se acoplan con las reconstrucciones, hacen que desconfiemos de ellas y por momentos nos preguntemos si no se tratan de imágenes construidas para la ocasión. Man on wire tal vez funcione más por contexto. Quizás esta efectiva ambigüedad de las imágenes (que convierte a las imágenes de Philippe caminando en el aire en escenas fantásticas) funciona en virtud de la actitud actual del documental de mezclar constantemente ficción y realidad. Quizás no se desprenderían lecturas en torno a la belleza del hombre caminando entre las Torres, si estas no hubiesen sido destruidas años atrás. Pero al fin y al cabo, más allá del efecto contextual, la única imagen que trasciende poderosamente es la del hombre haciendo equilibrio con el firmamente como único testigo. Imagen puramente cinematográfica, capaz de volver trascendente cualquier film.
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Dirección: Chris Waitt.
País: Reino Unido.
Año: 2007.
Duración: 89 min.
Género: Documental, comedia.
Intervenciones: Chris Waitt, Hilary Waitt, Alexandra Boyarskaya, Danielle McLeod, Olivia Trench.
Guión: Chris Waitt y Henry Trotter.
Producción: Mary Burke, Henry Trotter, Robin Gutch y Mark Herbert.
Música: Born Ruffians y Grizzly Bear.
Fotografía: Steven Mochrie.
Montaje: Chris Dickens y Mark Atkins.
Estreno en Reino Unido: 27 Junio 2008
Estreno en España: 13 Febrero 2009
Estreno en Argentina: Pendiente
Sinopsis
Tras su última ruptura sentimental, el director Chris Waitt decide, cámara en mano, entrevistar a sus ex novias. Este viaje de descubrimiento no es más que un intento deseperado por entender qué es aquello que durante estos años le ha impedido consolidar todas y cada una de sus relaciones sentimentales. Las ganas por averiguar las causas de su fracaso y mejorar su vida sexual darán lugar a divertidas situaciones.
Crítica
Aquí tenemos una película con un título tan claro como desconcertante, y un personaje y una premisa propios de la comedia americana actual. Lo curioso es que se trata de un documental británico, un documental o al menos una película que simula ser un documental. Lo concreto que tenemos es a un director hablando a cámara y preguntándose por su historial de rupturas amorosas. En el sentido formal se trata de un documental, aunque en su desarrollo dudemos completamente de la veracidad de lo que expone crudamente Chris Waitt. El director, e intérprete en este caso, pone la mejor cara de perdedor sorprendido ante la honestidad brutal de sus ex parejas, quienes lo ven como poco menos que un parásito, inmaduro y capaz de arruinar cualquier relación. A medida que la película avanza, se reducen las probabilidades de creer en lo que dicen sus supuestas ex novias y lo que narra Waitt, pero a su vez, crece desproporcionadamente el nivel de comedia. Waitt nos sumerge en personajes tan graciosos como patéticos, empezando por él mismo, y secundado por su madre, quien guarda sus viejas cartas de amor y hace un denodado esfuerzo por inculcarle un poco de estabilidad, o al menos, exponerle con sinceridad qué cosas ha hecho mal en su vida. Las situaciones que plasma la cámara de Waitt son aún más graciosas y patéticas, hasta llegar al absurdo cuando la película y Waitt eligen inclinarse hacia una cuestión concreta, su impotencia sexual, elemento que responde al inicialmente desconcertante título. En ese momento, Waitt elige exponerse físicamente, mostrándonos sus consultas médicas y diversos tratamientos para combatir su impotencia, llegando a extremos cercanos a la serie “Jackass”, particularmente cuando elige incursionar en el mundo sadomasoquista. Desde ya que, para ese momento, lo único de lo que no podemos desconfiar es de la exposición física de Waitt, el resto es una sucesión de situaciones hilarantes que quizás poco tengan que ver con la realidad, pero que para el caso no importa demasiado, y en medio de todas estas situaciones, un director que, sea realidad o ficción lo que nos muestra y cuenta, de cualquier modo decide construir sobre sí un personaje absolutamente patético, y reírse a carcajadas (y para adentro) de sí mismo.
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