Crítica THE MEN WHO STARE AT GOATS
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por Leo Aquiba Senderovsky
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por Leo Aquiba Senderovsky
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Título en España: ROMPEDIENTES
Título en Latinoamérica: HADA POR ACCIDENTE
Dirección: Michael Lembeck.
País: USA.
Año: 2010.
Duración: 101 min.
Género: Comedia, familiar, fantasía.
Elenco: Dwayne Johnson (Derek), Ashley Judd (Carly), Julie Andrews (Lily), Billy Crystal, Stephen Merchant (Tracy), Seth MacFarlane (Ziggy), Chase Ellison (Randy), Destiny Grace Whitlock (Tess).
Guión: Lowell Ganz, Babaloo Mandel, Joshua Sternin, Jeffrey Ventimilia y Randi Mayem Singer; basado en un argumento de Jim Piddock.
Producción: Jason Blum, Mark Ciardi y Gordon Gray.
Música: George S. Clinton.
Fotografía: David Tattersall.
Montaje: David Finfer.
Diseño de producción: Marcia Hinds.
Vestuario: Angus Strathie.
Estreno en USA: 22 Enero 2010
Estreno en España: 22 Enero 2010
Estreno en Argentina: 4 Febrero 2010
Sinopsis
Crítica
Título en español: CRANK 2: ALTO VOLTAJE
En esta segunda parte, Chelios (Jason Statham) se enfrentará a un gángster que ha robado su prácticamente indestructible corazón y lo ha sustituido por un artefacto con batería que requiere frecuentes descargas de electricidad para continuar funcionando.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
¿Existía la posibilidad de que una secuela de Crank pudiera duplicar el nivel de absurdo de la primera? La dupla conformada por Mark Neveldine y Brian Taylor demostraron que sí lanzando Crank 2, antes de apostar a Gamer, una producción mayor, pero con el mismo espíritu rebelde que estas dos películas radicales, tanto en lo estético como en lo narrativo. Crank 2 arranca con el último plano de la primera, luego de que Chev Chelios cayera desde un helicóptero al enfrentarse con el villano de turno. Si el colmo del absurdo podía verse en Chelios dejándole un mensaje romántico a su mujer mientras se precipitaba hacia el suelo (el súmmum de un absurdo extendido durante toda la película), esta secuela comienza con un grupo de mafiosos levantando el cuerpo de Chelios del asfalto y llevándoselo para extraerle su corazón e implantarle uno artificial, que requiere de impulsos eléctricos para ser bombeado.
Sí, el comienzo ya demuestra ser aún más absurdo que la original, por lo menos más absurdo que el puntapié inicial de aquella, y ante este comienzo, la única duda posible era si Neveldine y Taylor podían mantenerse en esa vía durante todo el metraje. Pero como ya vimos en la primera que podían sostener un absurdo in crescendo, poca duda cabe con respecto a esta secuela.
Para exponer una mayor radicalización de la propuesta, ya de por sí extrema en la primera, se inclinan por una imagen mucho más dura, ostensiblemente digital. En varios países, esta película se estrenó directamente en dvd, y esto no es casual. Tal vez porque semejante propuesta asusta a cualquier distribuidor, pero lo seguro es que, a diferencia de muchas otras películas, el dvd parece hacerle mucho mejor que la gran pantalla. En primer lugar, porque una película como esta, que ostenta su estética digital, puede moverse mucho mejor en un formato de reproducción digital que en una proyección en fílmico. No por nada Neveldine y Taylor buscaron adrede esa dureza digital, porque entendieron que lo exacerbado de la propuesta requería de una imagen aparentemente más desprolija y mucho más desprejuiciada, elemento que se despega de la primera para potenciar todo aquello que ya podía verse en aquella. En segundo lugar, porque, a diferencia de muchas películas que se ven demasiado chicas para la gran pantalla, Crank 2 corre el riesgo de devorarse ese tamaño, y una proyección en pantalla grande ya sería demasiado, especialmente si tenemos en cuenta que esta secuela agiganta todo lo que ya era exacerbado en la primera.
En ambas los realizadores proceden de una manera particular, que alejan a una y a otra del cine de acción tradicional. Neveldine y Taylor toman lo más exagerado, y hasta ridículo, de películas de acción como Die hard (recordemos que en la cuarta entrega de aquella saga, se estrella un taxi contra un helicóptero, sólo por poner un ejemplo), y lo mezclan con los códigos del cómic y del videojuego. Este último elemento puede evidenciarse en las secuencias de títulos de ambas, y a su vez, llega a tener un rol central en la trama y la estética de Gamer. Chev Chelios es tan inmortal como John McClane, pero está tan cerca de McClane como de un Duke Nukem. Crank 2 reafirma su acercamiento al videojuego, y si esto ya le servía en la primera para reírse a carcajadas del cine de acción, aquí la carcajada aumenta desproporcionadamente. Todo lo que aparecía en la primera, se repite en la segunda, pero con un abordaje mucho más esperpéntico y paródico. Un ejemplo de esto es la escena de sexo de Chelios con su chica. En la primera sorprendía ver al héroe teniendo sexo con su mujer en plena calle, buscando no perder la adrenalina necesaria para evitar sucumbir a los efectos del veneno que le inyectaron. En la segunda ocurre lo mismo, sólo que en el medio de un hipódromo, en plena carrera de caballos, y con su mujer contemplando extasiada el miembro de los equinos. Uno de los personajes que más ostenta la desmesura duplicada en la secuela es el doctor, un tipo que ya parecía estar pasado de rosca en la primera, y que en esta va mucho más allá, volviéndose una de las piezas más cómicas de la película. Ni que hablar de David Carradine, prácticamente irreconocible en una ridícula caracterización de villano oriental, y uno de los personajes menos serios de esta secuela.
Claro que esta desmesura tiene sus consecuencias anómalas. La pelea en la planta de electricidad, o el estiramiento que sufre la película en la última media hora (estiramiento que ya podía verse en la primera), son una clara muestra de una desproporción que no siempre llega al nivel de una comedia ridícula, por momentos se queda en la mera ridiculez, con muy poco de comedia, despojada del componente paródico o de una lectura inteligente del universo inverosímil de los videojuegos o de las cintas de acción más exageradas.
Pero estas anomalías son las consecuencias inevitables de una propuesta extremadamente radical y muy poco seria, que se ampara en un Jason Statham siempre dispuesto a reírse de sí mismo (ver, por ejemplo la mención a la saga de El transportador en uno de los diálogos), para conformar una serie de películas que se toman en sorna todo el género sin despacharse con chistes integrados a la acción, sino apelando a lo más grotesco y desatinado de este tipo de películas, y jugando hábilmente con los elementos exagerados que el videojuego o el cómic pueden aportar al cine de acción. La secuela, además de reafirmar todo esto, sabe jugar con la imagen digital, potenciando al grado máximo su desmesura visual. Una película que es un claro ejemplo de cómo dos directores jóvenes, con sólo tres películas en su haber, pueden sorprender al establishment hollywoodense mezclando géneros y formatos, para conformar una estética arriesgada y personal, y evidenciando, felizmente, una libertad absoluta en sus realizaciones.
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Sinopsis
“In the loop” arranca cuando el Presidente de los Estados Unidos y el Primer Ministro británico deciden iniciar una guerra. Esta vez prometen ser rápidos. Promesa que ni el general estadounidense Miller ni el Secretario de Estado británico para el desarrollo internacional, Simon Foster, creen. Pero, después de que Simon respaldara accidentalmente la acción militar en horario de máxima audiencia en la televisión, se gana, sin quererlo, muchos amigos en Washington D.C. y las críticas de sus compañeros.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Con In the loop vuelve la comedia británica más feroz, una película que tiene algunos aciertos, pero que, lamentablemente, se pierde en su estructura. Esta comedia arranca con un detalle absurdo que desata un conflicto mayúsculo. Un funcionario con muy pocas luces, inconscientemente, afirma en un medio que “la guerra es imprevisible”, y esta frase desata inmediatamente un torbellino en el gobierno británico. La película se centra en las internas que se originan dentro de las dependencias gubernamentales de Estados Unidos y el Reino Unido, siempre con el ojo puesto en los asesores, que deben intentar por todos los medios que el político para el que trabajan no diga nada que pueda perjudicarlo, a él mismo o al gobierno de turno.
La trama es un enredo incesante e imparable, que viaja permanentemente de un país al otro, y no se corre del ámbito de las oficinas de gobierno, mostrando una extensa y variada galería de personajes y reuniones, con políticos que se sienten más si encuentran lugar en alguna reunión importante, asesores de uno y otro lado, y algunos particularmente interesantes, como Malcolm Tucker, el asesor del Primer Ministro, que corre de un lado a otro y no deja de agredir a las personas con las que se cruza arrojando una colección de los improperios más originales que se hayan visto.
Por un lado, el centrarse en oficinas, la cámara en mano y el irónico humor británico hacen que la comparación con la exitosa serie televisiva The office esté servida en bandeja. Pero a diferencia de esta serie, In the loop intenta acercarse a los personajes (especialmente al joven protagonista, que se las ve negras en la carrera por detener la bola de nieve que desata aquella frase) pero nunca llega al nivel de intimidad de The office. Mientras que allí todas las situaciones se originaban en la convivencia de todos los que habitaban diariamente esa oficina, en In the loop todo el humor está depositado en las intrigas e internas gubernamentales, antes que en lo que puede originarse a partir del choque de los personajes en cuestión. Es como si The office se hubiese mezclado con Burn after reading, la comedia de los hermanos Coen. Difícil que el humor de las internas de oficina pueda mezclarse con las inexplicables intrigas conspirativas de aquella película. En In the loop intentan cruzarse ambas situaciones, pero la mezcla termina anulando el humor de la película. Si podemos reírnos, y mucho, con algunos diálogos y, especialmente, con los insultos de Tucker, el personaje que tan maravillosamente encarna un crispadísimo Peter Capaldi, difícilmente podamos hacerlo con la trama, que deposita todo su humor en el ingenio de las frases que pronuncian los personajes, pero que, pese a hacer que presenciemos reuniones secretas de miembros del gobierno, lo único que consigue es dejarnos afuera de ellas, mareándonos con la sumatoria de enredos que se presentan, que de tan llamativos terminan perdiendo toda gracia.
Finalmente nos identificamos con el imbécil de Simon Foster, que dice “la guerra es imprevisible” y después no parece entender nada de lo que se desata a su alrededor. Terminamos siendo víctimas de un guión que se pasa de listo al suponer que es gracioso no distinguir entre un problema de un muro lindante con una dependencia gubernamental y los serios conflictos diplomáticos que origina una frase poco feliz, cuando la misma película se empeña en hacernos creer que ambos problemas son sumamente irrelevantes.
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Título en España: BIENVENIDOS A ZOMBIELAND
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En un mundo plagado de zombis, Columbus es un joven que se encuentra aterrorizado por la situación y cuya cobardía precisamente le ha permitido que sus sesos aún se mantengan en su cabeza. Sin embargo, se verá forzado a sacar el poco valor del que dispone para unirse a Tallahassee, un cazador de muertos vivientes. En su camino se tropezarán con un peculiar par de hermanas.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Comedias de terror hay muchas, comedias de zombies ni hablar, pero Zombieland no se parece en nada a ninguna de ellas. Es una decisión muy peculiar tomar una comedia con zombies para hacer una película con espíritu de cine independiente americano. Peculiar, pero más que acertada, porque podemos perdernos en la aventura de estos cuatro personajes que deben sobrevivir una vez que el mundo se ha convertido en una jungla de zombies, pero la película se encarga de avisarnos “ojo, que por ahí no pasa todo”. Y es que Zombieland toma la aventura, la comedia, y mínimamente, el terror (pocas películas dan menos miedo que esta), para contarnos la historia de cuatro personajes, un joven tímido, un cazador aguerrido y dos hermanas estafadoras, que se unen para sobrevivir, cuatro personajes solitarios y desamparados que terminan formando una familia bastante extraña, pero, al menos para el joven Columbus, ideal.
El protagonista está encarnado por Jesse Eisenberg, que encontró su protagónico perfecto en Adventureland. Con ambas, podríamos decir que Eisenberg se está consolidando como un actor más que atendible, y si tuviera algunos años más de carrera hasta afirmaríamos que se trata de un actor-autor. Más allá de la obvia similitud de títulos entre aquella y esta, no son pocas las similitudes entre su James Brennan de Adventureland y el Columbus de esta. Ambos son adolescentes desamparados, con claros conflictos con sus padres, que encuentran una familia nueva fuera de su hogar, en el caso de Brennan la encontraba en el parque de diversiones, mientras que Columbus la encuentra en sus compañeros de supervivencia. Tanto Brennan como Columbus se enamoran perdidamente, pero su forma de ser les impide expresarlo, por lo que terminan generando que sea la chica en cuestión la que de el primer paso, y mientras una sucede en los ochenta, y transcurre casi enteramente en un parque de diversiones, la otra es un claro homenaje a esa época, y una de sus escenas clave transcurre en ese mismo espacio. Casi estamos ante una continuación de su personaje anterior, de la misma forma en que podríamos encontrar al mismo personaje en los papeles más importantes de Michael Cera, el joven actor con el que se lo vincula a Eisenberg (algunos despistados hasta se atreven a confundirlos) por el perfil similar que adoptan los personajes de uno y de otro. Ambos actúan con una aparente apatía que les sirve de máscara para apelar a una notable economía expresiva, que potencia la personalidad de los personajes que abordan.
Si Eisenberg/Columbus representa la apatía y la supuesta indiferencia o ingenuidad ante lo que sucede, Woody Harrelson/Tallahassee, y su ya famoso despliegue expresivo, es el perfecto opuesto, un carismático cazador de zombies, que parece haberse devorado todo el catálogo de películas de este tipo. A ellos hay que sumarle a Emma Stone, perfecta en su papel de chica mala, y Abigail Breslin, heredera de todos los papeles que por edad ya no le pueden dar a Dakota Fanning, y aquí mostrando una sorprendente veta cómica.
Habíamos mencionado que Zombieland es un homenaje al cine de los ochenta. Su manera de abordar este tipo de cine está de hecho más cerca de los Cazafantasmas (uno de los mayores símbolos cinematográficos de la comedia de aventuras de los ochenta, junto con Volver al futuro), que de cualquier película de zombies. Y si faltaba algo para conectarla con esa película, tenemos a Bill Murray en un muy buen cameo, con un previsible pero cómico final, y a los protagonistas jugando a los cazafantasmas en la “mansión” de Murray. Pero más allá de este homenaje puntual, la celebración de ese tipo de cine está más en su espíritu ochentero, que en cualquier elemento referencial, una forma de homenaje mucho más interna que externa, más honesta con el cine que se está celebrando.
Sin embargo, lo que asombra de esta propuesta es, como ya dijimos, que esta comedia de zombies es una excusa para el discurso que proclama el protagonista y la película, que la familia ideal es la que uno elige, un discurso que toma lo más liberal del cine de comedia y de las películas de terror, contradiciendo cualquier tipo de conservadurismo, hoy tan en boga en Hollywood, incluso en el cine de terror, y hasta en alguna que otra comedia. Tanto lo que dice la película, como el marco que se utiliza para pronunciar este discurso, son aspectos para celebrar, en una película sorprendente que suponíamos carente de mayores pretensiones.
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Título en España: CUERPOS… DE SEGURIDAD
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Los clientes del centro comercial Forest Ridge están siempre a la caza de ofertas y oportunidades. Pero esta vez han conseguido ver más de lo que esperaban: a un exhibicionista rechoncho. Todos están indignados excepto el guardia de seguridad Ronnie Barnhardt. Ronnie cree que capturar al delincuente puede convertirse en la oportunidad de su vida para convertirse en un policía de verdad y conseguir a la chica de sus sueños: la atractiva encargada del mostrador de cosméticos. Sólo hay una cosa que se interpone en su camino para alcanzar su sueño: un detective alto, guapo, seguro de sí mismo y que sabe muy bien lo que hace.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Rarísima esta comedia. Tan rara que puede fácilmente ser incomprendida (o mal comprendida). Lamentablemente, no sé si puedo decir “Yo la comprendí”. Tal vez no la comprendí del todo, pero al menos pretendo darle el beneficio de la duda. Observe and report es rara porque no busca hacernos reír constantemente, porque su personaje, además de patético (condición esencial para toda comedia americana promedio), tiene una forma de conducirse que lo muestra a todas luces como un ser terrible. Es rara porque posee una banda de sonido extrañísima (elegir temas como “It’s late” o “Hero” del amplísimo repertorio de Queen es una muestra de cuán peculiar puede ser esta comedia), y porque posee un montaje inusual, muchas veces pegando dos planos de manera “incorrecta”. Es tan rara que en muchos países ni se animaron a estrenarla y los distribuidores la sentenciaron con el famoso “directo a dvd”.
Pero esta película es mucho más rara que mala. Si lo bueno implica corrección, prolijidad o permanente efectividad, podríamos decir que Observe and report es mala. Pero dudo que esos sean los únicos valores para simplificar la valoración de una película. Observe and report es rara y es oscura. Es oscura porque indudablemente terminamos simpatizando con este personaje bastante estúpido y peligrosamente violento. Un hombre que se cree el brazo más honorable de la ley porque patrulla un centro comercial, que su sueño máximo es ser policía, que acosa permanentemente a la mujer de la cual está enamorado, y en ningún momento duda de la posibilidad de que ese amor no sea mutuo, que agrede a cualquier extranjero que se asemeje físicamente al estereotipo de terrorista árabe, que se burla de los homosexuales y cuya guía en la vida es una madre siempre alcoholizada, difícilmente no de lugar a una comedia oscura, y seguramente se las puede ver negras a la hora de buscar generar empatía con el espectador. Y sin embargo, Jody Hill y Seth Rogen lo logran, gracias a que ninguno de los dos se toma el trabajo de juzgarlo.
Ahí lo vemos a Ronnie, diciéndole a la psicóloga que lo evalúa para su ingreso a las fuerzas policiales, que sufre solo un pequeño trastorno bipolar, y a la hora de contarle de su deseo de ser policía, le narra un sueño recurrente en el que aparece con una gran escopeta para “hacer el trabajo de Dios”. Sí, sabemos ni bien aparece sentado frente a ella que no es capaz de superar ninguna evaluación psicológica, por más que él esté convencido de lo contrario, y con cada acción y cada frase que pronuncia en esa entrevista, que no hace más que embarrar sus posibilidades de ser policía, Rogen y Hill nos muestran que le tienen un profundo aprecio a este sujeto, que aún con esa carga de violencia contenida puede resultar un tipo sumamente simpático, por lo menos para sus patéticos compañeros de patrulla, para su madre, para algún que otro empleado del centro comercial, y fundamentalmente, para el espectador.
Y para que Ronnie nos compre definitivamente, se ocupa al final de exponer todo su heroísmo y demuestra que su incorrección tiene un límite preciso, que es estúpido pero no tanto, o que aún en su estupidez y su obsesión puede sostener ciertos códigos, que su espíritu a la Travis Bickle en Taxi driver no lo hunde en la locura, sino que, por el contrario, lo redime. Jody Hill y Seth Rogen incomodan y mucho, lo cual nunca puede ser malo, no logran un cien por ciento de efectividad en esa incorrección, mucho menos en las risas que pueden provocar en el espectador, pero al menos lo intentan, se arriesgan enormemente, y a veces una sonrisa extraída con un humor extraño, riesgoso y políticamente incorrecto, puede ser mucho más inteligente que una carcajada sacada con humor de manual. El beneficio de la duda pronunciado inicialmente terminó siendo otra cosa, el convencimiento de que, detrás de esta comedia peculiar puede haber un futuro muy interesante para Hill, si logra hacer que productores y espectadores lo tomen en serio, y que no lo sigan limitando, al menos en muchos países del exterior, al mercado del dvd.
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Título en Latinoamérica: DIABÓLICA TENTACIÓN
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Jennifer, una estudiante de instituto en una pequeña ciudad, es poseída por un demonio hambriento. De “diablesa del instituto”, bellísima (y ella lo sabe), dominante y extremadamente engreída, se convierte en parte de una verdadera alianza diablesa/diablo. La resplandeciente y bella Jennifer se transforma en una pálida y enfermiza criatura ávida de carne, y los chicos que hasta entonces no habían tenido ninguna oportunidad con la indiferente Jennifer, adquieren de repente un nuevo cariz a la luz de su insaciable apetito. Entretanto, Needy, amiga de toda la vida de Jennifer y relegada siempre a vivir a su sombra, ha de esforzarse por proteger a los jóvenes de la ciudad, incluyendo al empollón de su novio, Chip.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Esta película podría ser tomada como una mala película de terror, por el simple hecho de que sus escenas “terroríficas” no asustan. Pero no deberíamos equivocarnos. Un estímulo para ver Jennifer’s body, mucho antes que el sobrepromocionado cuerpo de Megan Fox, es el rol de Diablo Cody, guionista de Juno, en una película aparentemente de terror. Lamentablemente, Cody no logra una inteligente pintura de personajes como lo hacía en Juno. Uno de sus mayores logros en esta película es el modo en que utiliza el terror adolescente para reírse de las convenciones típicas de toda “High School”. Jennifer’s body es más una comedia ácida que un film de terror, aunque no se desprende de esos códigos, y los aprovecha en tono sarcástico.
Otro aspecto curioso, y muy difícil de encontrar en cualquier horror movie, es la ambigüedad en la forma en que se muestra la relación entre Jennifer (Fox) y Needy (Amanda Seyfried, lo mejor de la película). Si un vínculo amistoso entre la más popular y una de las más “freak” del colegio puede ser algo de por sí muy complejo (sobre todo si lo comparamos con la simplista rivalidad habitual de dichos personajes en esta clase de películas), imaginemos lo que puede pasar cuando la mirada de Needy hacia Jennifer no es de envida sino de amor.
Lo particularmente problemático de esta propuesta que, afortunadamente, no se encierra en un género, es que se vuelve explícita en lo aspectos que deberían mantenerse sugerentes y ambiguos, y se reprime en los momentos menos oportunos. Si gran parte de esta historia se apoya en la mirada de Needy hacia Jennifer, de clara adoración sexual, con escenas que van construyendo un universo de personajes a partir de situaciones puntuales (ejemplo de esto es la escena en la que el novio de Needy se siente celoso porque ella decide salir con Jennifer), el nivel de insinuación se derrumba cuando la película ofrece un beso lésbico forzado y “para la platea”. En contraposición a esto, la película se encabalga en el evidente histeriqueo de Jennifer (no se puede decir otra cosa de un personaje que seduce hombres para luego devorárselos) y constantemente coquetea con la idea de mostrarnos a Megan Fox desnuda, para finalmente no hacerlo. No importa acá si la Fox se desnuda o no, pero cuando el cien por ciento de la promoción de la película se basó en las esperadas imágenes de Megan Fox, apegándose al máximo a la explosión mediática de esta joven, traicionar estas expectativas no hace más que poner en evidencia las trampas y falsedades detrás de las campañas promocionales. La absurda historia de la banda de rock tampoco ayuda mucho. Si bien contribuye, por exagerado e inverosímil, al enclave cómic de la película (si hay algo a lo que se acerca esta propuesta es a este universo, con su combinación de humor y violencia), no hacía falta justificar, ni con un argumento idiota como este, ni con uno inteligente, el origen de la voracidad demoníaca de Jennifer.
Si la promoción de esta película no nos hubiera abrumado, tal vez podríamos ver en esta película un intento de comedia de terror con algunos elementos acertadamente sutiles. Es una lástima que la película se equivoque en cuándo debe mostrar y cuándo ocultar, y que de la aguda mirada de Diablo Cody en Juno, quede sólo un interesante coqueteo con lo absurdo del cómic, y un tono ácido en la descripción del universo de histeria adolescente, que recorre toda la película.
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Título en España: Dance Movie: Despatarre en la pistaSinopsis
En “Dance Flick”, un joven bailarín destreet dance, Thomas Uncles (Damon Wayans Jr.), con tendencia a ir por el mal camino, y una joven muy hermosa, Megan White (Shoshana Bush), se unen gracias a su pasión hacia el baile y son puestos a prueba en la competición de baile más divertida.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Hay que hacer una salvedad antes de introducirnos en esta nueva parodia de géneros y películas. Los Wayans no son Jason Friedberg y Aaron Seltzer. Los realizadores de las Scary Movie (que iniciaron esta ola de parodias) no son los mismos que dirigieron Date Movie, Epic Movie, Disaster Movie y Meet the Spartans. Friedberg y Seltzer, que participaron del guión de la primera Scary Movie, llevaron esta misma estructura al agotamiento total, merced a la acumulación de viñetas inconexas, desagradables y nada graciosas. Podría decirse que la insistencia de esta dupla en esta estructura de comedias le restó todo prestigio a lo iniciado por Scary Movie. Claro que, para eso, debería haber habido algo de prestigio para mancillar, cosa que en este caso no se podría decir que lo hubo, ya que los productos paródicos de los Wayans pocas veces llegaron a estar casi al nivel de las comedias de Jerry y David Zucker de los ’80 (Airplane!, Top Secret!, The naked gun), herederas del estilo de Mel Brooks, aunque con mayor predominancia de gags físicos. David Zucker fue, a su vez, director de Scary movie 3 y 4, pero el humor ramplón de los Wayans acapara toda la saga, por lo que la mano de Zucker no elevó el nivel de las mismas. Sí se puede ver una continuidad más coherente del humor paródico de los Zucker de los ochenta en Superhero Movie, tal vez la más graciosa de todas las “… movie”, y una de las pocas donde se privilegia la historia que se cuenta por sobre la sucesión de viñetas.
Ahora bien, de Dance Movie no hay mucho para contar. Los Wayans vuelven a ser los reyes del asunto, en una parodia de Save the last dance, que parece irrelevante parodiarla hoy (la película es de hace ocho años, y tampoco es una película destacable, sólo fue uno de los primeros papeles importantes en la carrera de Julia Stiles), pero cuya relación protagónica interracial les viene de maravillas a los Wayans para hacer comedia con ella, sumando también referencias a otras películas musicales recientes o célebres, como Hairspray o Fama. Los Wayans saben cómo hacer reir (no como Friedberg y Seltzer), y ocasionalmente lo logran, especialmente cuando no apelan a gags soeces o escatológicos. No llega al nivel de las mejores Scary Movie, y aunque por momentos es graciosa, el humor de la película se resiente notoriamente tras la primera hora. El gag que mejor funciona es el que coquetea con el detrás de cámara (una herencia directa del cine de Mel Brooks), cuando aparece el director, aunque salvo ese chiste, no recuerdo otros de ese estilo en esta película, y no hubiese venido mal varias ocurrencias de este tipo, siempre y cuando su aparición no hubiese servido para tapar baches narrativos.
Ahora bien, los Wayans pueden empezar a echarse la culpa entre ellos (por las interminable serie de “Scary Movies”), y principalmente, a sus ex coequipers Friedberg y Seltzer, por agotar un modelo de parodias que podría haber servido como terreno ideal para grandes momentos de humor, si los mismos Wayans no se empecinaran en hacer de las suyas, perdiéndose en una infinita repetición de imitaciones bobas e irrelevantes, y si no hubiesen tenido dos primos bobos, que llevaron el esquema a lo más repulsivo del cine americano de los últimos años.
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Título en España: G-Force: Licencia para espiar
“G-Force” narra la historia de un grupo de cobayas que poseen una gran inteligencia y que trabajan como espías para el gobierno estadounidense. Darwin (el líder), Blaster (el especialista en armamento y transportes), Juarez (toda una experta en las artes marciales) y Speckles (muy habilidoso a la hora de trabajar con ordenadores) son los integrantes de este peculiar equipo, uniéndose a ellos Mooch, una mosca que les ayuda en tareas de vigilancia.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
¿El hecho de que una película sea simpática, la convierte en una buena película? Esta pregunta, que puede disparar un generoso debate, surge luego de ver G-Force. Yo opino que no, que sea simpática la vuelve en todo caso más digerible, le puede sumar puntos, pero no necesariamente es por ello una buena película. Hace falta mucho más para eso.
Bueno, en esta ocasión, Disney se olvidó de ese “mucho más”, y entregó una película apenas simpática. Es decir, cumplió con lo mínimo indispensable, o mejor dicho, con lo único que hoy se puede esperar de cualquier producción animada de Disney que carece de la mano de Pixar. Volviendo a lo “simpático”, podemos ver que cualquier película con protagónico compartido entre humanos y animales debe ser, al menos, simpática. Muchas veces la simpatía es lo único que tienen para ofrecer estas producciones infantiles, ya que la unión entre personas y animales siempre resulta atractiva para los niños, pero con eso solo no alcanza para que estemos ante una buena producción infantil.
Esta producción parte de una premisa bastante boba, con cobayos animados jugando a ser agentes secretos, y se desarrolla de manera coherente con esa bobería inicial, en una producción donde, naturalmente, lo único que se destaca es la animación de los cobayos. Pero claro, para eso ya habíamos visto Stuart Little, con un ratón animado interactuando con personas. Las voces no ayudan demasiado, estereotipando al máximo a cada uno de los cobayos, principalmente al que interpreta Tracy Morgan, cuya voz suele inclinarse hacia el estereotipo afroamericano. Un buen actor debería saber darle matices a su voz, no jugar desde el estereotipo trillado, que sólo hace confirmar la idea de que, hoy en día, en muchas producciones, aún se sigue segregando a los actores y a los personajes de piel negra (¿Alguien creyó que con Obama en la presidencia Hollywood iba a cambiar?). La voz de Nicolas Cage mejor ni mencionarla, basta con decir que si Cage no está en su mejor racha interpretativa, su voz menos. Y da lástima ver a Zach Galifianakis tan desaprovechado (no nos tomemos el inútil trabajo de comparar esta actuación con su participación en The hangover), así como es vergonzoso ver a un actor formidable como Bill Nighy caer en las redes de una tan espantosamente sobreactuada macchietta.
El sabor de G-Force es agridulce, nos puede caer bien por su simpatía, pero uno tiende a rechazar propuestas infantilizantes como esta, que prejuzgan la capacidad de divertimento y astucia de los niños, al punto de ser más infantiles que los propios infantes. El Disney de hoy sigue olvidándose que, si se busca mantener el honor de tan tradicional firma, debe volver a las fuentes para recuperar el candor perdido de aquellos clásicos inolvidables de la animación infantil, y saberlos combinar de la mejor manera con inteligencia y enorme pericia cinematográfica, dos valores que, en matera de animación, hoy solo se le pueden adjudicar a Pixar. Con productos como G-Force están muy lejos de esto, por más que estos cobayos animados sean muy simpáticos.
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