Crítica LOVE HAPPENS
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Crítica
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Título en España: TODO INCLUÍDO
Estreno en España: 29 Enero 2010
Estreno en Argentina: 4 Marzo 2010
Sinopsis
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Si usted cree que la convivencia con su mujer lo está matando y que no hay salida, no se preocupe, Hollywood le ofrece esta hermosa película sobre gente que sufre igual que usted. Que usted y que su esposa, no se olvide que ella también está sufriendo. Lo digo porque a lo mejor se olvida, y cree que usted es el que necesita un respiro, que para su mujer no hay ningún inconveniente. A lo mejor usted es como Joey, el personaje que interpreta Jon Favreau, un hombre que no quiere saber nada con plantear seriamente los conflictos de pareja, y que viaja con sus amigos y sus parejas en busca de un respiro, de relax. A lo mejor, como Joey, si le dicen que su lugar de estadía es sólo parejas, y que la zona opuesta es para solteros en busca de sexo, no tardará en buscar el camino hacia allí, o terminará buscando placer de cualquier forma, lejos de su mujer. Pero, eso sí, si su esposa está en la misma búsqueda, y usted se da cuenta, se alterará mucho. Lo primero puede generar muchas situaciones graciosas (las más graciosas de una película muy poco graciosa, hay que decirlo), lo segundo dará como resultado un cúmulo de situaciones de una misoginia insoportable.
A lo mejor está muy lejos de Joey. Tal vez usted esté más cerca de Jason (Bateman), quien transita una relación difícil por el estrés que implica no lograr el embarazo deseado, y decide irse con su mujer a una isla con un intenso tratamiento terapéutico para parejas, porque ansía poder recuperar la felicidad que supo tener con su mujer. A decir verdad, uno tiende a dudar que usted esté cerca de Jason, a fin de cuentas la película se ocupa de enfatizar que Jason y su mujer son los raros de su especie, que no es normal que una pareja desee resolver a toda costa sus problemas. Es muy probable que usted sea como Dave (Vaughn), un hombre que, como su mujer, creen que “funcionan” como matrimonio porque sus hijos están bien, y no se hace demasiado problema, no tiene deseos extramatrimoniales pero tampoco se da cuenta que no todo “funciona”, o que la cuestión no es que el matrimonio “funcione”, sino que los haga felices. Si usted fuese Dave, es muy probable que le resulte estresante someterse a una terapia de pareja. O quizás esté más cerca de Shane (Faizon Love), quien se separó de su mujer y acompaña a sus amigos y sus parejas a esta isla con una veinteañera con la que lleva saliendo apenas semanas, sólo para no hacerle frente a su soledad, y al amor que aún siente por su mujer.
A lo mejor usted se identifica con alguno de estos hombres, pero si encontró aquí el espejo de sus propios conflictos matrimoniales, por favor, no los siga. No viaje a una isla con ellos, porque se va a decepcionar. En la isla lo está esperando un programa terapéutico que podría serle de utilidad, pero no parece serlo para estos personajes. Al final del camino, no le esperan claves para resolver sus problemas, sólo alguna excusa mediocre e inverosímil que terminará reconciliándolo con su mujer sin saber cómo sucedió eso. Si usted es como Dave no habrá problema, sabe de entrada que ama a su mujer y que no quiere otra cosa en su vida, sortearán juntos sus dificultades y listo. Si usted es como Jason, mejor aún. Creerá que son los raros de su especie, cuando en realidad son quienes la tienen más fácil. Pero si usted es como Shane, todavía se estará preguntando cómo terminó su ex mujer buscándolo a usted en la isla de los solteros para pedirle que vuelvan juntos. O peor aún, si es como Joey, se desorientará completamente al sentirse nuevamente atraído por su mujer, apenas minutos después de verla coquetear con el musculoso Salvadore (Carlos Ponce, cantante de moda a finales de los noventa, que lentamente viene escalando con sus papeles secundarios en Hollywood), y después de que usted deseara tener relaciones con su masajista, reacción física incluida.
Es cierto, no deberíamos pedirle más a esta película, porque muchas comedias de (re)matrimonio apelan a lo mismo, un conflicto sin aparente solución, que se resuelve rápidamente y sin razón aparente, sólo por la necesidad de que el matrimonio se doble pero no se quiebre. Claro, si se dobla es cómico, si se quiebra no. Ahora bien, sería interesante que, a la hora de apelar a esta necesidad de que el matrimonio no se quiebre, el conflicto se resuelva de una manera mínimamente coherente, al menos para que el discurso conservador no aflore de manera tan evidente. Eso sí, si usted se ve en el espejo de alguno de estos maridos, si alguno de los conflictos que se plantea, o que su mujer se ocupa de hacérselos notar, lo puede ver en alguno de estos matrimonios, no espere que esta película sea sincera, ni con su problema, ni con los de los personajes.
En el medio de todo esto están tres actores de comedia que, afortunadamente, no suelen codearse tanto con el conservadurismo como en esta película. Y también están las cuatro únicas razones que permiten que esta comedia pueda ser digerida más fácilmente: Jean Reno, en la piel del excéntrico gurú del amor matrimonial Monsieur Marcel, Peter Serafinowicz, el imperturbable empleado del spa, Ken Jeong, uno de los terapeutas, y el niño que interpreta al hijo menor de Dave. Pese a esto, la advertencia está hecha. Salir del cine creyendo que el matrimonio es lo mejor no soluciona ninguno de sus conflictos cotidianos. Si usted espera una respuesta honesta ante estos conflictos, se decepcionará. Y si usted no busca nada de eso, y sólo busca pasar un buen rato a pura risa, lamento decirle que la decepción será la misma.
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Título en España: NO ES TAN FÁCIL
Título en Argentina: ENAMORÁNDOME DE MI EX
Dirección y guión: Nancy Meyers.
Sinopsis
Jane, madre de tres hijos mayores, es propietaria de una popular panadería en Santa Bárbara. Lleva diez años divorciada y aún mantiene una buena relación con su ex marido, Jake, que ahora está casado con una mujer mucho más joven. Todo se complica cuando Jane y Jake se desplazan fuera de la ciudad para asistir a la ceremonia de graduación universitaria de su hijo. Una cena inocente acaba en una aventura amorosa… y ahora Jane es “la otra”. Por otro lado, Adam, el arquitecto al que Jane ha contratado para remodelar su casa, está en pleno proceso de divorcio y le gusta Jane, pero no tardará en descubrir que forma parte de un triángulo amoroso.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Nancy Meyers, la directora de What women want y Something’s gotta give, muestra en su última película un relato mucho más rico del universo romántico de los adultos que pasaron la barrera de los cincuenta. La película retrata a Jane, una mujer divorciada, de muy buena posición, que un día vuelve a sentirse viva en brazos de su ex marido. Es fácil confundirse a priori con esta película y creer antes de verla, o antes de leer una sinopsis como la que se encuentra aquí, que el ex de Jane se transforma en su amante una vez que ella se encuentra de novia con Adam. Lo cierto es que el conflicto a partir del reencuentro con su ex sucede mucho antes de que Adam tenga cierta relevancia en la trama, por lo que el enredo no es el perfecto y cómodo opuesto al más rancio cliché de la comedia romántica, sino un giro bastante saludable, que hace que las situaciones no giren permanentemente en base al terceto principal, sino que todo se nuclea en Jane y en su peculiar vínculo con su ex.
Lo que hace esta elección narrativa es relegar de entrada a un segundo plano a Adam, el personaje encarnado por Steve Martin, y esta decisión puede ser celebrada o criticada. Celebrada porque Steve Martin solo puede aportar un mínimo de simpatía, su oficio de comediante se muestra desgastado, y aquí solo cuenta con una escena de lucimiento, para colmo compartido con Meryl Streep y Alec Baldwin (Jane y Jake, el ex). A diferencia de Martin, Baldwin está a sus anchas, su cuerpo expandido hace años (lejos quedó el galán de su etapa más famosa pero menos interesante) aprovecha cada situación para el lucimiento cómico, llegando incluso a opacar el brillo permanente de la gran Meryl Streep, y logrando que uno como espectador lo ame y lo odie intermitentemente, con un personaje tan embaucador como tierno e impulsivo. Y criticada porque la película parece funcionar tan bien sin el personaje de Adam, que hasta la última parte sólo es un mero relleno, una excusa narrativa que viene a mostrarle a Jane la posibilidad de otra realidad, frente al eventual regreso con su ex.
Habíamos dicho que el reencuentro con el ex, en el momento y en la forma en que se desarrolla, es un giro saludable. Pero esta decisión, que beneficia enormemente a la comedia, y a la candente sonrisa de Meryl Streep, no es la única decisión saludable. También lo es algunos gags muy bien construidos, algunas situaciones que sortean el conservadurismo típico en esta clase de comedias, particularmente el tratamiento de la marihuana como un elemento de la juventud de los protagonistas, que aparece en el intento de Jane y Jake de recuperar la juventud perdida, y que no da lugar a escenas patéticas, sino a momentos de comedia un tanto obvios pero efectivos, y un estupendo secundario a cargo de John Krasinski, que al principio da la sensación de que su personaje, el yerno de Jake y Jane, no tendrá mayor relevancia en la historia, y sin embargo Meyers le termina guardando un rol secundario privilegiado, con escenas cómicas que recaen directamente sobre él, y que sabe llevar sin un histrionismo excesivo. Otra decisión saludable es el evitar caer en muchos lugares comunes. Meyers le da al divorcio el peso que tiene, y no lo relativiza ni lo condena, lo comprende. De ahí que la mejor escena cómica de la película, termina con la confesión de Jake a sus hijos del affaire que mantiene con la madre de ellos, y sus hijos, lejos de gustarles la idea del reencuentro de sus padres, terminan tan traumados como cuando se separaron. Como anuncia el título de la película, algunas situaciones son suficientemente complicadas como para que terminen en finales felices y, sobre todo, fáciles.
Nancy Meyers consigue con esta película lo que ya había iniciado con The holiday, salir de la chatura de las anteriores, y presentar una comedia a la medida de dos grandes actores como Meryl Streep y, especialmente, Alec Baldwin, quien ha comenzado a ser mejor actor desde que aprendió a reírse de sí mismo, aunque Meyers no logra encontrar que el terceto protagónico encuentre un equilibrio adecuado por la excesiva simpleza del personaje de Steve Martin. Con esta película, Meyers demuestra que sabe manejar con buen humor y madurez los conflictos románticos de cincuentones divorciados, cuyo único conflicto parece ser el romántico (fácilmente podemos apreciar el envidiable nivel de vida que llevan), y apelando a lugares comunes pero sin centrarse en ellos, logrando un relato agudo de la compleja realidad de ciertos vínculos, que la película sabe que no son tan fáciles de describir como se supone, pero aún así logra envolverlos con un humor incesante.
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Dirección y guión: Greg Mottola.
Sinopsis
En el verano del 87, James Brennan (Jesse Eisenberg) se acaba de graduar en el instituto y está ansisoso por cumplir su sueño de viajar a Europa. Pero entonces sus padres (Wendie Malick y Jack Gilpin) le comunican que no pueden pagarle el viaje y James no tiene más remedio que aceptar una porquería de trabajo en un parque de atracciones local. Se acabó la cerveza alemana, los museos más famosos del mundo y las chicas francesas, el verano de James ahora estará poblado de padres quisquillosos, osos panda de peluche y niños gritones. Sin embargo, lo que debería haber sido el peor verano de su vida se convierte en toda una aventura en la que descubre el amor inesperadamente en una compañera de trabajo, Em, (Kristen Stewart), y acaba descubriendo que este era el máster que necesitaba para prepararse a entrar en el mundo real.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Greg Mottola, director de Superbad (película que no me canso de repetir que juzgué mal al momento de su estreno), vuelve a meterse con el mundo adolescente, pero esta vez dejando de lado la risa fácil y centrándose en una fresca historia de amor. Mottola proviene de la escuela de Judd Apatow, una escuela que se caracteriza principalmente por mostrar un amor incondicional a sus protagonistas, tan patéticos como tiernos. Adventureland abandona el tono símil American Pie de Superbad pero mantiene el foco en jóvenes que están ingresando en el mundo adulto, y el perfil de los jóvenes de una como los de la otra es similar, al menos en su condición de jóvenes ingenuos y habitualmente perdedores, pero Adventureland apuesta a personajes mucho más redondos y creíbles, lejos del grotesco del trío de Superbad (si a alguien se parece el James de Adventureland es al personaje interpretado por Michael Cera en aquella, el menos grotesco y más “normal” de los tres).
Lo primero que destaca de Adventureland es, obviamente, el retrato de la década del ochenta. En ese sentido podríamos afirmar que esta película es puramente nostálgica. Pero esa nostalgia no está trazada a golpe de whisky y flashback, no es esa nostalgia extendida en el cine desde Casablanca hasta hoy, básicamente porque la película no comete el error de mostrarnos a los personajes en la actualidad, directamente los instala en la década del ochenta, porque, se entiende, es la década en la que Mottola vivió su adolescencia, y lo que le interesa es retratar esos años, donde los jóvenes aún mantenían una cierta ingenuidad, y sus vínculos se sostenían gracias a esa característica. Los ochenta no son una postal para Mottola, sino una época concreta, una época de muy buena música (la banda de sonido de Adventureland es uno de los compilados más exquisitos de música pop ochentosa que se haya hecho para una película), y una época sin e-mail o celular, es decir, una época en la que la mamá podía dejarle a su hijo una nota en su mesa de luz, avisándole que llamó la chica que le gusta, y el chico en cuestión podía irse a la cama con la felicidad instalada en su rostro.
Cuando decimos que los ochenta no son una postal, nos referimos a que Mottola evita caer en subrayados que indiquen “esto está ambientado en los ochenta”. Ejemplo de esto es el peinado de la mujer del padre de Em, la chica que le gusta a James. En otra película de los ochenta se hubiera abusado de ese tipo de peinados para que quede claro que “estamos en los ochenta”. Aquí Mottola no sólo no utiliza de forma burda este tipo de peinados, sino que lo emplea para afirmar “esto es una peluca”, como si, con ese detalle, aclarara que los ochenta no se ubican en los peinados propios de aquella época, que los detalles reforzados para dar cuenta de una época son un mero artificio, de ahí que ese peinado no sea un signo de los ochenta, sino una peluca, algo que no es la norma de una década, sino un elemento externo y peculiar. La ausencia de subrayados se da también en la banda de sonido, que si bien está conformada por canciones de los ochenta, se suelen repetir varias veces los mismos temas y no se ve esa ansia por meter todos los hits de la década que una persona puede recordar, de ahí también su exquisitez.
Ahora bien, el elemento más ochentoso de Adventureland, es el parque de diversiones que da título a la película. El rasgo más ochentoso de un parque de diversiones es su decadencia. Los ochenta empezaron a evidenciar la idea de que los viejos parques de diversiones caerían en desuso, rasgo que se extendió y se potenció en la década siguiente. Si uno hace memoria, seguramente recordará algún parque de diversiones que cerró en los noventa, y que ya en los ochenta se mostraba como un espacio arcaico, cuyas luces parecían iluminar atracciones de otro tiempo. Adventureland, el parque y la película, reflejan a las claras esa decadencia, con juegos vetustos, pero aún con mucho público (más adulto que infantil, un signo de su pertenencia a otra época) que debía enfrentarse a la poca inversión económica de sus dueños, capaces de poner trampas en los juegos para que la gente no se llevara el premio mayor. La pareja que conforman Bobby y Paulette (Bill Hader y Kristen Wiig, dos excelentes actores que suelen aportar muchísimo cada vez que aparecen como secundarios en alguna comedia) demuestra que la avaricia y la falta de inversión de los dueños del parque están íntimamente ligadas a esa idea de que el parque alguna vez supo ser un espacio divertido, alucinante y, sobre todo, rentable, pero que hoy (en los ochenta, ni hablar en la actualidad) su magia esta ligada únicamente a lo que alguna vez fue y que ya no es. Por eso, en los ochenta y para estos adolescentes, la peor tortura es pasar una temporada vacacional trabajando en el parque.
Aún no hemos mencionado la hermosa historia de amor entre James (Jesse Eisenberg, un joven actor que va en la línea del ya consagrado Michael Cera) y Em (Kristen Stewart, menos pálida, tal vez más adorable, y seguro, mucho más fresca y real que en la saga Crepúsculo). Quizás porque el romance parece competir en protagonismo con el decadente parque, aunque, pese a esto, el parque oficia de entorno perfecto para tan cálida historia de amor entre dos chicos incomprendidos por sus familias, y con tantas ganas de crecer como de detener sus vidas en ese sublime instante. La historia de amor crece gracias a la honestidad narrativa de Mottola, aunque se topa con algunos aspectos que, para insuflarle más dramatismo al romance, terminan por hacerle perder frescura, atándola a ribetes telenovelescos (en ese sentido, el personaje interpretado por Ryan Reynolds, aunque admirablemente moderado en su concepción, no aporta demasiado a la trama).
Mottola nos entrega un retrato generacional de una sinceridad y una frescura que colocan a Adventureland al nivel de las mejores comedias independientes de los últimos años. De Suberbad a esta, puede notarse un salto inmejorable, del trazo grueso y la carcajada fácil a la dulzura de personajes mucho más reales, capaces no sólo de conformar una delicada pintura de época, sino de lograr una notable empatía con el espectador, alimentando la memoria emotiva, especialmente en aquellos que vivieron una época (los ochenta o décadas anteriores) donde la conexión amorosa entre los jóvenes era mucho más ingenua, y seguramente, mucho más genuina que la actual, inevitablemente mediada por la tecnología.
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Título en España: UN LUGAR DONDE QUEDARSE
Sinopsis
Cuando Burt y Verona descubren que están a punto de tener un niño, sufren una crisis de pánico. No soportan el pueblo donde viven, y ahora que los padres de Burt se mudan de allí, pierden el sistema de apoyo con el que contaban. Deciden emprender un viaje en busca del sitio ideal para echar raíces y criar un niño. De paso, visitan a una serie de parientes y amigos. Algunos son absolutos excéntricos, otros son conmovedores, pero todos ayudarán a Burt y a Verona a encontrar su destino.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Siempre me gusta hablar de las películas que a uno lo enamoran. No se trata de aquellas que representan la perfección del tipo de cine que uno elige ver, ni películas particularmente riesgosas o desbordantes de originalidad, que nos gustan en la medida en que nos sorprenden, sino de películas tan honestas y cálidas que, irremediablemente, tocan una fibra íntima de nuestro corazón. Suena cursi, pero hay que admitirlo, es así, y cuando sucede, nos enamoramos de lo que vemos, aún identificando sus anomalías, que por otro lado, es la forma más sincera de conectarnos con lo que nos devuelve la pantalla, quitándole todo gesto de idealización.
En los últimos años me pasó con tres películas concretas, tres films excesivamente dulces, de esos que, tímidamente, dejan una marca imborrable. La primera es Once, un drama independiente irlandés sobre un músico y una inmigrante, que se conocen, se hacen amigos y graban un disco. La historia de amor estaba servida en bandeja, pero afortunadamente, se privilegió un relato honesto sobre un vínculo muy especial. La segunda es Nick and Norah’s infinite playlist, una comedia romántica independiente americana. Aquí sí había una historia de amor (de pareja), y el amor que se construía iba a caballo de un formidable retrato del universo adolescente, descartando sus aspectos más obvios, y apostando a una calidez que podía fácilmente conectarnos con aquello que sentíamos en nuestra adolescencia, aunque nuestro pasado no se parezca en nada a la vida de estos chicos que corrían de un lugar a otro para escuchar a su banda favorita. La tercera es esta, Away we go.
¿Qué hace que nos enamoremos de esta película? Muchas cosas. Entendamos antes que nada qué es lo que la hace especial dentro del cine de Sam Mendes. A partir del estreno de Belleza americana, Mendes fue etiquetado como el descarnado retratista de una sociedad capaz de sumergirse en un mar de hipocresía al ver frustrado el “sueño americano”. Mendes trató de desprenderse de esta etiqueta, pero sólo a medias. El aroma a cine negro de Camino a la perdición y el tono bélico de Jarhead no ocultaron la lectura bienpensante de Mendes sobre los males de la sociedad americana, y con Revolutionary Road volvió al drama familiar, aunque con una menor carga de ironía que en Belleza americana, apelando a una construcción de personajes más auténtica y menos atada a una necesidad de decir determinadas cosas sobre las miserias de la clase media americana. Sin embargo, pese a la madurez narrativa, el discurso político seguía imperando la escena.
Con Away we go, el enfoque es otro. Hay una menor carga de dramatismo que en sus anteriores films, una mayor apuesta a la comedia, con una sólida base dramática y una profunda historia de amor. Pero más allá del tono, el cambio de enfoque se da a partir de la pareja protagónica. En los dramas familiares de Mendes, la construcción de una familia iba atada al modelo del ideal americano (y occidental). En Away we go se muestra el lado opuesto, la construcción de una familia a partir de un embarazo deseado pero inoportuno, y con el amor como sustento principal. Burt y Verona se aman, van a tener un hijo y eso los empuja a construir una familia, pero el viaje inesperado de los padres de Burt, sumado a la ausencia permanente de los padres de Verona, que murieron varios años atrás, los obliga a buscar un entorno donde poder construir su familia, una familia externa, amigos, conocidos, que les den el apoyo necesario para ese momento especial. Lo que buscan no sólo es un poco de cariño y contención de afuera, sino la posibilidad de encontrar un reflejo de la familia que desean para ellos, un modelo que los ayude a construir el suyo.
Con ese propósito, Burt y Verona recorren Estados Unidos, y se van hasta Canadá en una oportunidad, para buscar a los pocos seres queridos con los que supuestamente pueden contar, pero lo que ven es una serie de modelos descompuestos y deformes que nada tiene que ver con lo que desean construir. Si Mendes nos mostraba en sus anteriores películas a familias consumidas por la hipocresía del modelo tradicional, en esta nos muestra a una pareja que ve la puesta en crisis de este modelo, expresada de distintas maneras, y deciden que ellos no desean eso para sus vidas, que su camino será otro, seguramente más difícil porque carece de un espejo donde poder mirarse, pero al menos más auténtico, y seguramente mucho más sólido, porque el núcleo de la familia que desean construir es el amor mutuo, y no lo que el modelo social demanda de ellos. Mendes se corre de la mirada cínica o cruda sobre la familia y el “sueño americano”, para mostrarnos a una pareja que parece mirar el desencanto de sus personajes anteriores, asumiendo que su camino y su hogar será otro y no un camino “a la perdición” o un hogar en crisis permanente. Al correrse de una mirada y poner el foco en los que miran desde otro lado ese modelo que hasta ayer era protagonista de su cine, Mendes deja de juzgar a sus criaturas (al menos a las protagónicas), y expone un relato mucho más honesto, desacartonado, y con un cinismo más acorde a la naturaleza de sus personajes, que a la necesidad de expresar un discurso sobre la sociedad americana.
Away we go no abandona el discurso ideológico de Mendes, de hecho lo encarna en el punto de vista de esta pareja, pero antes que un relato sobre las familias americanas es una historia de amor sumamente tierna y cálida, con una pareja que es incapaz de pelear (uno de los momentos más graciosos es cuando Burt comienza a actuar una serie de insultos hacia Verona para tratar de despertar las pulsaciones de su hijo), y que van descubriendo la fortaleza del amor que los une. El casting es uno de los aspectos más sorprendentes de esta película, empezando por la pareja principal, John Krasinski y Maya Rudolph, dos actores con carreras algo diferentes (Krasinski ha actuado en series de comedia y en otras películas románticas, mientras que Maya Rudolph se ha formado específicamente en “Saturday Night Live”, destacándose como comediante), pero que funcionan a la perfección, tanto en la química de pareja como en la combinación de humor y drama.
El resto del elenco aporta bastante, con grandes interpretaciones y sin disparidades. Sin embargo, si el retrato de la pareja protagónica desborda sinceridad en su construcción, para mostrar el reverso de ella, Mendes se inclina por historias que, de tan extremas y absurdas, potencian enormemente la comedia, pero carecen de la verosimilitud de las familias descompuestas de sus films anteriores. Difícil es comparar, pese a lo evidente, a la madre que se ríe de manera descontrolada de los defectos de sus hijos, o a los padres que crían a sus hijos con una sobreprotección de raíz hippie, y sólo la pareja que sufre la pérdida de varios embarazos, o la historia del hermano de Burt, que ha debido criar solo a su hija luego de que su mujer los abandonó, poseen el realismo y la conexión dramática con los relatos anteriores de Mendes. Pese al contraste entre las primeras y las últimas familias que se ven en la película, lo que resalta es el vínculo cálido y dulce de Burt y Verona, que sostiene los distintos tonos que afloran en el retrato de las distintas familias que visitan. Tanto la perseverancia en la búsqueda de un hogar de la pareja principal, como el reverso que constituyen las otras familias que aparecen, conforman un relato que habla claramente de la necesidad de construir una familia sin espejos de ningún tipo, con una identidad y una voz propia y única. Pero este “mensaje” no busca imponerse. Lo que sí se impone es una hermosa, cálida y honesta historia de amor, que a mí particularmente me ha llegado al corazón.
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Título en España: (500) DÍAS JUNTOSSinopsis
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
El cine americano es bastante tajante en cuanto a categorizaciones se refiere. Algunas superproducciones podemos adivinarlas desde su póster, y lo mismo pasa con todos los géneros. Basta ver un minuto de una película americana, para saber a qué género pertenece. Lo mismo sucede con ese rótulo denominado “cine independiente”, una etiqueta que engloba a muchas producciones que suelen girar alrededor de tópicos muy similares entre sí. Hay dos temas/subgéneros que forman parte del cine independiente americano, casi como si fueran los únicos temas que el cine independiente se permite trabajar: los dramas con familias disfuncionales, y la comedia romántica alejada de las fórmulas “mainstream” del género. (500) days of Summer pertenece a la segunda categoría, y al abordar este tema, sumado al tinte particular que suelen tener esta clase de películas, se le adivina rápidamente su adscripción al cine independiente americano. Esto no habla mal de la película en sí, sino de la poca sorpresa general que despiertan las categorizaciones actuales de Hollywood. El cine independiente americano ya no posee grandes autores que hacen de lo independiente un depósito de reglas innovadoras, y si bien esta película no muestra un agotamiento de los tópicos del cine independiente (está claro que, aún hoy, muchas veces esta clase de cine se muestra más original que muchos de los géneros tradicionales del cine más comercial), el hecho de que desde el póster adivinemos que una película pertenece al cine independiente, es señal de una reiteración de formas que está empezando a hacer que ciertas propuestas pierdan su merecido crédito frente a la lógica global de las categorizaciones mercantilistas.
Mejor centrémonos en (500) days of Summer. Esta película se permite jugar a pleno con la idea de la comedia romántica, tergiversándola e incorporando múltiples elementos sin perder la naturaleza del relato, lo que la hace una de las películas con mayor profusión de ideas dentro de lo que es la comedia romántica “indie”. Lo que nos narra no son quinientos días de amor, sino quinientos días en los que Tom tiene a Summer en su cabeza, sin poder sacársela de allí. Lo que empieza como un enamoramiento veloz termina en una relación conflictiva, principalmente por la naturaleza de Summer de no permitirse ponerle rótulos a una relación, frente al deseo de Tom de comprometerse con ese vínculo.
La película es sumamente honesta con los personajes. Tan honesta que no cae en ninguno de los elementos propios de la fórmula cerrada de la comedia romántica. Hay romance, pero principalmente hay una exploración de la idea del amor. Y para ello, Marc Webb, el director, apela a una voz en off que nos narra esta suerte de romance (aclarándonos desde el principio que no debemos tomarlo como tal), y al recurso de marearnos desordenando arbitrariamente los dichosos quinientos días del título. La idea de Webb de presentar una especie de distanciamiento reflexivo a través de estos recursos, contrasta inteligentemente con la sincera pintura de personajes, que nos hace entrar de lleno en la mezcla de ilusión y desazón (y sobre todo, de obsesión) de Tom ante el errático comportamiento de Summer. La honestidad con la que se aborda esta historia de amor pierde fuerza con el giro final del personaje de Summer, aunque la película logra sortear, con un argumento débil pero aceptable, ese hecho extraño dentro de la naturaleza del personaje, para llevarnos a un final donde no se permite el acceso de clichés forzados de comedias románticas obvias, sin por ello perder la simpatía ahogándonos en una depresión similar a la que Tom parece acarrear en muchos momentos. Felizmente, la película entera posee un aire de optimismo todoterreno, que nos hace creer en el amor tanto como lo cree, y lo vive, Tom.
Volviendo al juego con el concepto del amor, este se traduce a la puesta en escena, con secuencias que pueden sorprender, aún pese a adoptar la misma narrativa lúdica que caracteriza al cine independiente americano. Las que persiguen ese abordaje a contramano de las normas del “mainstream” son particularmente aquellas escenas que describen los sentimientos de Tom. Escenas como la división de pantalla entre “ilusión” y “realidad”, o juegos que salen de la lógica de la película, apelando a referencias más que claras, como la manera en que Godard o Bergman describirían el aspecto más solitario y depresivo de Tom, a diferencia del tono general, están insertas para arrancar carcajadas (en el segundo caso, a aquellos que sepan decodificar esos homenajes). Otras escenas, como los consejos amorosos de la hermana pequeña, se suman a la simpatía del conjunto pero no causan demasiada gracia, por ser elementos bastante comunes dentro de la comedia “indie”.
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Título en España: American playboy
“Spread” cuenta la historia de Nikki (Ashton Kutcher), un libertino de altos vuelos que se ha labrado a golpe de cama una vida de lujo. Comparte sus secretos con nosotros mientras organiza fiestas y se acuesta con multitud de mujeres, a la vez que se da la gran vida en la casa de Hollywood Hills de una abogada de mediana edad, Samantha (Anne Heche). Todo le marcha bien hasta que conoce a una preciosa camarera llamada Heather (Margarita Levieva). El encuentro con Heather hace que Nikki se replantee la dirección que lleva en su vida: es el momento de elegir entre el amor y el dinero.
La cortina se cae poco después del inicio de la película. Hasta ese momento, podíamos creer que Nikki es un bon vivant en el lugar ideal para darse la buena vida, Los Ángeles. Pero Nikki nos deja ver, muy a su pesar, que a la vida de fiestas y mujeres se accede únicamente actuando de la manera más hipócrita y falsa, que no todo es placer, y que él se vale de su propio cuerpo para sobrevivir en una jungla donde lo único que importa es el estatus social, y a nadie parece importarle nada del otro. Cuando se cae la cortina, y Nikki deja de ser (a los ojos del espectador) un sujeto híper seductor para pasar a ser un pobre tipo, la película revela su interés dramático.
El problema es que Ashton Kutcher es un actor bastante limitado, que no puede salir de su rol de galán y del eterno adolescente que encarnó en la éxitosa serie That 70’s show y en las películas que le sucedieron. Aunque la película empieza siendo una suerte de comedia despreocupada con un vividor que se instala en la casa de la mujer que acaba de conocer y no le importa otra cosa que no sea organizar fiestas y conocer chicas, y rápidamente se muestra como un drama, con el mismo hombre tratando de redimirse apelando a sus sentimientos por primera vez, Kutcher carece de la ductilidad necesaria para pasar de un registro a otro con total naturalidad y verosimilitud.
Para colmo, el aspecto romántico no ayuda demasiado. La historia de amor entre los dos tramposos, los dos adictos a mantener una vida falsa que les provee techo y comida, avanza a los saltos en medio del retrato de Nikki, mientras trata de ver de qué manera puede dejar de ser un mendigo sin volver a colocarse el cartel de “vividor”. Más allá de que hay un interés romántico concreto, y que este se enfrenta a la necesidad de ambos de aferrarse a un buen pasar, la historia romántica se pierde, y el dramatismo que conlleva este aspecto queda anulado, en gran parte por la pobre interpretación de Kutcher, que le quita sustento a todo.
Spread es una interesante pintura del universo de hipocresía y superficialidad de Hollywood Hills, donde los “buscavidas” conviven con los ricos y famosos, y se camuflan entre ellos. Pero esta pintura pierde fuerza al optar por un viraje dramático terriblemente obvio, que se empeña en subrayar las miserias de ese mundo, cuando le bastan pocos trazos para hacernos entender la falsedad que se impone en la búsqueda del estatus social. Y finalmente, el relato se desorienta al intentar esbozar una historia de amor, y al darle al personaje protagónico el rostro de piedra de Kutcher, que le aporta cierta frescura a Nikki mientras este se muestra como un exitoso seductor, pero le pierde pisada al personaje cuando lo vemos intentando sobrevivir en un universo al que no pertenece.
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Debo decir que esperaba encontrarme con otra cosa. Supuse que esta historia de un guardia de seguridad de un hipermercado enamorado en secreto de una empleada de limpieza del mismo lugar, era sumamente ascética y fría. Afortunadamente, si bien la puesta de Adrián Biniez podría hacer suponer de antemano que estamos ante una película hermética, si nos detenemos brevemente notamos que la prolijidad formal, la rigidez de las acciones y las pocas palabras de los personajes no son en este caso sinónimos de una puesta en escena infranqueable.
Lo primero que nos hace acceder a la historia que nos propone la película es la empatía que genera el personaje de Jara, un hombre grandote, encerrado en un trabajo cotidiano (dos trabajos en realidad, contando el de vigilante de un club nocturno). Jara es un sujeto que inicialmente puede inspirar temor por su contextura física, pero rápidamente se revela tierno y patético a la vez. Un eterno adolescente, que vive vistiendo remeras de bandas de metal, y cuyo mayor entretenimiento es jugar a la playstation con su sobrino. Un pobre hombre que no sabe cómo acercarse a la mujer que le gusta, y es por eso que se dedica a seguirla día y noche. Jara es un perfecto voyeur, es un ser obsesivo pero no libidinoso, se entretiene mirando a los empleados del hipermercado a través de las cámaras de seguridad, pero lo hace con la curiosidad de un niño, sin ánimo perverso. Un día comienza a mirar a Julia más de la cuenta, se obsesiona con ella, y empieza a reconstruir su vida cotidiana a través de lo que ve de ella. Para eso, se ve en la necesidad de seguirla.
Nunca dudamos de las intenciones de Jara, porque Biniez no busca generar una ambigüedad en torno a su naturaleza. De hecho, uno de los mayores méritos del debutante realizador es la inteligencia en la puesta en escena para lograr que todas las dimensiones de los personajes y sus acciones queden claras en pocos planos y menos palabras. Basta navegar en los ojos de Jara para entender la enorme frustración que tiene por no saber cómo abordar a Julia. La única ambigüedad puede colocarse en lo que implican las acciones de mirar y de seguir a una persona, aunque las intenciones del personaje hacen que despierte más simpatía que otra cosa. Si aún así, uno duda de la naturaleza de Jara, luego de verlo proteger con su silencio a una empleada que roba en secreto productos del hipermercado, o después de que le deja a Julia una plantita en el piso del hipermercado, o incluso, en un acto de hidalguía semejante al Bogart de Casablanca, cuando vemos que es capaz de golpear a los delincuentes que pretenden robarle al que acaba de tener una cita con ella (para luego sentarse con él y sustraerle, subrepticiamente, toda información posible sobre ese encuentro), no nos queda otra que simpatizar con este silencioso bonachón.
Jara espía a Julia, y como buen voyeur, se intimida y se acobarda si su chica mira a cámara, pero también se oculta como un niño que sabe que ha cometido una travesura. Y estas actitudes encuentran su correlato en un humor ingenuo, que surge de lo cotidiano y de la tierna naturaleza del “gigante” en cuestión (como cuando se enoja porque su sobrino no quiere ser cómplice de él en el seguimiento de Julia). Tal vez uno al principio de la película pueda equivocarse creyendo que está ante otra película latinoamericana silente, ascética y gélida. Pero al entrar en la esencia del personaje, entramos también en el humor escueto, ingenuo, pero atractivo. Biniez, pese a centrarse en el drama del hombre que no se puede acercar a la mujer que ama, rodea a este drama de elementos humorísticos, y hacia el final, se atreve a coquetear con el suspenso. Este registro resulta interesante dentro de la película, porque no está exento de humor, aunque el momento climático siguiente (estupendamente interpretado por Horacio Camandule, como el resto de la película) no le hace honor a la propuesta general de la película, al anclarse excesivamente en el drama. En el desenlace, la trama parece desinflarse, inclinándose a lo obvio, pero optando a su vez por una ternura que es perfectamente natural en el devenir de los personajes.
Gigante es una película que le hace caso omiso al prejuicio respecto al cine latinoamericano actual, acercándose al humor cotidiano de las películas de la dupla Rebella-Stoll (25 watts y Whisky), que catapultaron internacionalmente al cine uruguayo, cuyo prestigio internacional se ve profundizado por esta ópera prima de Adrián Biniez, producida por los mismos que estuvieron detrás de las dos comedias uruguayas recién mencionadas. Si hay algún prejuicio al momento de empezar a ver esta película, el “gigante” y tierno Jara se ocupa de disiparlo no bien comenzada la proyección.
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