Crítica FROM PARIS WITH LOVE
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Título en España: EN TIERRA HOSTIL
Sinopsis
“The hurt locker” narra el intenso día a día de un comando especializado en desactivación de explosivos durante la guerra de Irak liderado por el sargento Thompson. Cuando éste fallece en el transcurso de una misión, la unidad queda al mando del impredecible y temerario sargento James. El imprudente comportamiento de éste hará que sus dos subordinados, el sargento Sanborn y el especialista Eldridge, valoren seriamente el riesgo que corren en su trabajo y se planteen si realmente merece la pena continuar. Cuando una misión rutinaria en una ciudad se convierta en una auténtica ratonera para James y sus hombres, la verdadera personalidad del sargento aflorará, haciendo que sus vidas cambien para siempre.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
La industria del cine, como tantas otras, es machista por esencia. Y Hollywood es el mayor ejemplo de esto. No sólo por la óptica de las películas, sino por la poca presencia de realizadoras mujeres. El reciente Oscar a Kathryn Bigelow, la primera mujer en alcanzar el Oscar a Mejor Dirección, refleja una cuestión particular. A diferencia del resto de las directoras, Bigelow no se dedica a hacer un cine femenino. Para la industria machista de Hollywood, entregarle un Oscar a Bigelow, habitual realizadora de films de acción, es admitir algo demasiado complicado, que una mujer puede hacer un cine de hombres y para hombres mejor que cualquier otro hombre.
Vaya uno a saber cuál es la naturaleza de Bigelow que la ha llevado a hacer siempre films de acción. Podríamos afirmar que ha aprendido mucho de Cameron, su ex marido, pero afirmar esto es caer en el mismo machismo que manifiesta la industria. Yo prefiero no adherirme a esa afirmación, mucho menos después de haberme alegrado de que esta mujer le haya arrebatado los Oscars principales a su multimillonario ex (más allá de los méritos cinematográficos de una y otra película, que son imposibles de comparar porque cada una le aporta lo suyo al cine desde dos propuestas disímiles). Bigelow ganó el Oscar con una película trascendente dentro de su filmografía, pero extremadamente coherente con toda su carrera, que siempre se caracterizó por evitar los lugares comunes de la mujer en el cine. Hasta la aparición de Bigelow, nadie hubiese pensado que una mujer podría dirigir bien películas de acción, principalmente porque es difícil de creer que una mujer puede apasionarse por este tipo de cine. Aun hoy un espectador desprevenido puede ver películas como Point Break o K-19 y suponer de entrada que las dirigió un hombre, de la misma forma en que, si conocemos el cine de la Bigelow, nos cuesta pensar en esta mujer disfrutando como espectadora de una comedia romántica.
Centrándonos en En tierra hostil, el film de Bigelow que nos convoca, esta película ganó el Oscar porque aborda de manera particular el cine bélico. Naturalmente, de un tiempo a esta parte, el cine bélico que triunfa en los Oscars es el antibélico, el que plantea la irracionalidad de la guerra, justamente en una sociedad que viene de años de apoyar las guerras intervencionistas. En lugar de apelar a la consabida locura de la guerra, algo que ya se vio demasiado en los mejores o peores ejemplares surgidos a partir de Vietnam, Bigelow nos muestra a la guerra como una acción propia del ser humano. En esta película, los soldados de Irak no pierden la cabeza por la guerra. Mucho peor. La película abre con una frase que afirma que la guerra es una droga, y esto lo sabe el protagonista. El sargento James, un valiente e imprudente desactivador de bombas, está enfermo por la guerra, no puede vivir sin ella. Tiene un hogar aparentemente feliz que lo espera, una mujer, un hijo pequeño. Pero su vida no está allí, sino en el campo de batalla, con la adrenalina y la tensión que implica desactivar una bomba, corriendo el riesgo de perder la vida a cada momento. En una escena, un superior que lo halaga luego de una misión, le pregunta cuántas bombas desactivó. James le contesta una cifra descomunal, y el superior, vitoreándolo, le hace una pregunta compleja, “¿Cuál es la mejor forma de desactivar una bomba?”, a lo cual responde con una frase precisa: “La forma en la que uno no muere”, una respuesta que habla tanto de su naturaleza como su accionar cotidiano. James desactiva bombas evitando morir en el intento, pero no parece saber cuál es la verdadera razón de su existencia. Es por ello que sigue enfrentándose día a día a la posibilidad de perder la vida por un explosivo, porque no puede vivir sin esa dosis de tensión límite, su mayor droga.
En esa adrenalina constante, le toca conocer de cerca a los extremistas que se atreven a dar su vida, y la de sus enemigos, por una doctrina, hasta que, en una escena clave, intenta salvar la vida de un hombre cargado de explosivos que no desea cometer un acto suicida por el amor que siente por su familia. James comprende al hombre pero, a diferencia de él, no puede evitar su adicción a vivir situaciones límite, porque ni en su propia familia encuentra la felicidad anhelada. Esta droga no le anula su espíritu compasivo. Lo vemos jugar al fútbol con un niño iraquí que se hace llamar Beckham y que vende copias piratas de películas a las tropas, y luego lo vemos quebrarse ante un hecho crucial que parece involucrar a este chico. Sin embargo, a diferencia de muchos filmes, que nos muestran a los jóvenes soldados añorando la familia que les espera en su hogar, Bigelow nos muestra a un soldado que no puede vivir sin enfrentarse a la muerte todos los días, y que es tan suicida como los extremistas islámicos que les toca enfrentar, aunque sean otros los motivos que lo llevan a ese coqueteo constante con la muerte. En ese sentido, la escena en la que le dice a su bebé que algún día los elementos que hoy lo hacen feliz no tendrán importancia, es tan reveladora como emotiva (aunque sea la escena más explícita, más concesiva y menos coherente con la puesta símil documental del resto del film).
Al terrible drama que vive el protagonista, y al complejo discurso que adopta la película respecto a la naturaleza de la guerra, Bigelow le agrega una cámara y un montaje en constante nervio, que registra algunas de las escenas bélicas más realistas que se hayan visto, a la vez que coquetea con dos géneros concretos, el suspenso (la tensión siempre está puesta en la posibilidad de que los explosivos no puedan ser desactivados a tiempo, lo que hace que la película juegue más con el suspenso que con el propio cine bélico) y el western, al cual le pertenecen, por ejemplo, la aridez de los campos minados iraquíes, y el último y desolador plano del protagonista, caminando hacia la acción, sin poder despegarse de aquello que lo acerca a la muerte y, a la vez, le da un triste sentido a su vida.
Kathryn Bigelow lo hizo de nuevo y mejor, volvió a demostrar que el cine de acción y testosterona no necesita de heroínas gratuitas para no ser sólo cosa de hombres. Y lo demuestra con un film tan dinámico como reflexivo, mucho más enérgico y complejo que el grueso de las películas de este tipo.
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Sinopsis
Siglo IV. Egipto se encuentra bajo el dominio del Imperio Romano. Las violentas revueltas religiosas en las calles de Alejandría alcanzan a su legendaria Biblioteca. Atrapada tras sus muros, la brillante astrónoma Hipatia lucha por salvar la sabiduría del mundo antiguo, sin percibir que su joven esclavo, Davo, se debate entre el amor que le profesa en secreto y la libertad que podría alcanzar uniéndose al imparable ascenso de los cristianos.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Alejandro Amenábar es un director que realmente admiro, pero cada vez me voy convenciendo más que esa admiración se debe a sus dos primeras y sorprendentes películas. Tesis y Abre los ojos fueron dos thrillers que lo colocaron en boca de todos, el material ideal para el lanzamiento hollywoodense que tuvo con la remake de su segunda película (remake anémica, pese a estar dirigida por Cameron Crowe y protagonizada por Tom Cruise) y con su tercer film como director, Los otros, protagonizada por Nicole Kidman, una película más lúgubre y con menos nervio cinematográfico (y mucha menos sorpresa) que las anteriores. Después volvió a España para realizar un drama como Mar adentro, que, lauros aparte, lo mostró como un director maduro, definitivamente alejado de sus primeros y consagratorios filmes, y en este, su quinto largometraje, se ocupó de acentuar su afición al cine americano, entregando una película costosísima (50 millones de Euros, la producción más cara del cine español, un dato que se veía venir de un realizador como Amenábar) que se viste de peplum americano clásico, sin poseer la energía que requiere este género.
Ágora narra la vida de Hipatia, una mujer que sufrió la tortura de haber concebido teorías astronómicas demasiado adelantadas para su época, y de haber vivido en un tiempo y un lugar convulsionados por una terrible guerra de credos. La historia daba para un film fascinante, a lo que Amenábar responde con una superproducción que no teme exponer su fastuosidad, y que brilla sólo por los aspectos externos. El problema principal es que la historia le sirve de excusa a Amenábar para adentrarse en un universo de temas y conflictos (la lucha entre cristianos y paganos, el amor que sienten por Hipatia Orestes, futuro prefecto de Alejandría, y Davo, esclavo que luego se une a los cristianos, los elementos de la cultura greco egipcia que se reunen en la legendaria Biblioteca de Alejandría, las revolucionarias teorías astronómicas de Hipatia, etcétera), que deberían estar atravesados por la figura de Hipatia, pero terminan por opacarla. Amenábar intenta que Hipatia sea el hilo conductor del relato, pero son tantos los temas que aparecen, que no termina de saber cuál de ellos privilegiar, y este despliegue atenta contra la evolución del propio personaje.
De ese modo, asistimos a un peplum hecho y derecho, clara excusa para un discurso a favor de la convivencia entre distintos credos, que evoluciona hacia un agnosticismo puro, ponderando la vocación científica del personaje y tomando a las religiones como la cuna de fanatismos capaces de colisionar y destruir, a su paso, la historia y la cultura de los pueblos. Pero también nos toca presenciar un drama romántico por partida doble, en uno de esos guiños alla americana que suelen ser el quiste recurrente de cualquier aventura histórica (si hay algo insoportable de esas producciones, es cuando se ven obligadas a imbricar el conflicto grupal con el individual, y para efectuar esto no se les ocurre otra cosa que recurrir a algún amor complejo, no correspondido, o a alguna de esas variantes tradicionales, que poco tienen que ver con el trasfondo histórico y sólo existen para lograr una empatía forzada entre personaje y espectador). En el medio de estos dos extremos está Hipatia y una convincente Rachel Weisz, quien se toma muy en serio su personaje, y permite que el tono épico se sostenga, aún pese a sus múltiples subtramas y al quiebre en dos del relato, otro elemento que poco ayuda a la cohesión del film.
Se sabe que Amenábar se ha deglutido el módelo americano, y que sus obras son muestras cabales del talento de un realizador coherente con su afición a este módelo de géneros. En todas sus producciones ha sabido exponer su perfeccionismo técnico y su solidez narrativa, pero aquí se ha indigestado en el denodado esfuerzo por hacer que su film dispare en múltiples direcciones sin dejar de presumir su importancia. Son tantas las direcciones y tanta la necesidad de imprimirle importancia al film, que en el medio ha quedado la pulsión y la energía que ostentaban sus primeras películas, la esencia que lo supo posicionar como el niño mimado del cine español, a fuerza de acoplarse con astucia y vigor al modelo americano. Vigor que aquí brilla por su ausencia, o ha sido sepultado entre tanta pompa y tanta tela para cortar. Ante un film grandilocuente y pesado como Ágora, sólo queda la ilusión de que Amenábar vuelva a ser el joven prodigio y vital que supo ser en sus comienzos.
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Siglo IV. Egipto se encuentra bajo el dominio del Imperio Romano. Las violentas revueltas religiosas en las calles de Alejandría alcanzan a su legendaria Biblioteca. Atrapada tras sus muros, la brillante astrónoma Hipatia lucha por salvar la sabiduría del mundo antiguo, sin percibir que su joven esclavo, Davo, se debate entre el amor que le profesa en secreto y la libertad que podría alcanzar uniéndose al imparable ascenso de los cristianos.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Alejandro Amenábar es un director que realmente admiro, pero cada vez me voy convenciendo más que esa admiración se debe a sus dos primeras y sorprendentes películas. Tesis y Abre los ojos fueron dos thrillers que lo colocaron en boca de todos, el material ideal para el lanzamiento hollywoodense que tuvo con la remake de su segunda película (remake anémica, pese a estar dirigida por Cameron Crowe y protagonizada por Tom Cruise) y con su tercer film como director, Los otros, protagonizada por Nicole Kidman, una película más lúgubre y con menos nervio cinematográfico (y mucha menos sorpresa) que las anteriores. Después volvió a España para realizar un drama como Mar adentro, que, lauros aparte, lo mostró como un director maduro, definitivamente alejado de sus primeros y consagratorios filmes, y en este, su quinto largometraje, se ocupó de acentuar su afición al cine americano, entregando una película costosísima (50 millones de Euros, la producción más cara del cine español, un dato que se veía venir de un realizador como Amenábar) que se viste de peplum americano clásico, sin poseer la energía que requiere este género.
Ágora narra la vida de Hipatia, una mujer que sufrió la tortura de haber concebido teorías astronómicas demasiado adelantadas para su época, y de haber vivido en un tiempo y un lugar convulsionados por una terrible guerra de credos. La historia daba para un film fascinante, a lo que Amenábar responde con una superproducción que no teme exponer su fastuosidad, y que brilla sólo por los aspectos externos. El problema principal es que la historia le sirve de excusa a Amenábar para adentrarse en un universo de temas y conflictos (la lucha entre cristianos y paganos, el amor que sienten por Hipatia Orestes, futuro prefecto de Alejandría, y Davo, esclavo que luego se une a los cristianos, los elementos de la cultura greco egipcia que se reunen en la legendaria Biblioteca de Alejandría, las revolucionarias teorías astronómicas de Hipatia, etcétera), que deberían estar atravesados por la figura de Hipatia, pero terminan por opacarla. Amenábar intenta que Hipatia sea el hilo conductor del relato, pero son tantos los temas que aparecen, que no termina de saber cuál de ellos privilegiar, y este despliegue atenta contra la evolución del propio personaje.
De ese modo, asistimos a un peplum hecho y derecho, clara excusa para un discurso a favor de la convivencia entre distintos credos, que evoluciona hacia un agnosticismo puro, ponderando la vocación científica del personaje y tomando a las religiones como la cuna de fanatismos capaces de colisionar y destruir, a su paso, la historia y la cultura de los pueblos. Pero también nos toca presenciar un drama romántico por partida doble, en uno de esos guiños alla americana que suelen ser el quiste recurrente de cualquier aventura histórica (si hay algo insoportable de esas producciones, es cuando se ven obligadas a imbricar el conflicto grupal con el individual, y para efectuar esto no se les ocurre otra cosa que recurrir a algún amor complejo, no correspondido, o a alguna de esas variantes tradicionales, que poco tienen que ver con el trasfondo histórico y sólo existen para lograr una empatía forzada entre personaje y espectador). En el medio de estos dos extremos está Hipatia y una convincente Rachel Weisz, quien se toma muy en serio su personaje, y permite que el tono épico se sostenga, aún pese a sus múltiples subtramas y al quiebre en dos del relato, otro elemento que poco ayuda a la cohesión del film.
Se sabe que Amenábar se ha deglutido el módelo americano, y que sus obras son muestras cabales del talento de un realizador coherente con su afición a este módelo de géneros. En todas sus producciones ha sabido exponer su perfeccionismo técnico y su solidez narrativa, pero aquí se ha indigestado en el denodado esfuerzo por hacer que su film dispare en múltiples direcciones sin dejar de presumir su importancia. Son tantas las direcciones y tanta la necesidad de imprimirle importancia al film, que en el medio ha quedado la pulsión y la energía que ostentaban sus primeras películas, la esencia que lo supo posicionar como el niño mimado del cine español, a fuerza de acoplarse con astucia y vigor al modelo americano. Vigor que aquí brilla por su ausencia, o ha sido sepultado entre tanta pompa y tanta tela para cortar. Ante un film grandilocuente y pesado como Ágora, sólo queda la ilusión de que Amenábar vuelva a ser el joven prodigio y vital que supo ser en sus comienzos.
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Título en español: CRANK 2: ALTO VOLTAJE
En esta segunda parte, Chelios (Jason Statham) se enfrentará a un gángster que ha robado su prácticamente indestructible corazón y lo ha sustituido por un artefacto con batería que requiere frecuentes descargas de electricidad para continuar funcionando.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
¿Existía la posibilidad de que una secuela de Crank pudiera duplicar el nivel de absurdo de la primera? La dupla conformada por Mark Neveldine y Brian Taylor demostraron que sí lanzando Crank 2, antes de apostar a Gamer, una producción mayor, pero con el mismo espíritu rebelde que estas dos películas radicales, tanto en lo estético como en lo narrativo. Crank 2 arranca con el último plano de la primera, luego de que Chev Chelios cayera desde un helicóptero al enfrentarse con el villano de turno. Si el colmo del absurdo podía verse en Chelios dejándole un mensaje romántico a su mujer mientras se precipitaba hacia el suelo (el súmmum de un absurdo extendido durante toda la película), esta secuela comienza con un grupo de mafiosos levantando el cuerpo de Chelios del asfalto y llevándoselo para extraerle su corazón e implantarle uno artificial, que requiere de impulsos eléctricos para ser bombeado.
Sí, el comienzo ya demuestra ser aún más absurdo que la original, por lo menos más absurdo que el puntapié inicial de aquella, y ante este comienzo, la única duda posible era si Neveldine y Taylor podían mantenerse en esa vía durante todo el metraje. Pero como ya vimos en la primera que podían sostener un absurdo in crescendo, poca duda cabe con respecto a esta secuela.
Para exponer una mayor radicalización de la propuesta, ya de por sí extrema en la primera, se inclinan por una imagen mucho más dura, ostensiblemente digital. En varios países, esta película se estrenó directamente en dvd, y esto no es casual. Tal vez porque semejante propuesta asusta a cualquier distribuidor, pero lo seguro es que, a diferencia de muchas otras películas, el dvd parece hacerle mucho mejor que la gran pantalla. En primer lugar, porque una película como esta, que ostenta su estética digital, puede moverse mucho mejor en un formato de reproducción digital que en una proyección en fílmico. No por nada Neveldine y Taylor buscaron adrede esa dureza digital, porque entendieron que lo exacerbado de la propuesta requería de una imagen aparentemente más desprolija y mucho más desprejuiciada, elemento que se despega de la primera para potenciar todo aquello que ya podía verse en aquella. En segundo lugar, porque, a diferencia de muchas películas que se ven demasiado chicas para la gran pantalla, Crank 2 corre el riesgo de devorarse ese tamaño, y una proyección en pantalla grande ya sería demasiado, especialmente si tenemos en cuenta que esta secuela agiganta todo lo que ya era exacerbado en la primera.
En ambas los realizadores proceden de una manera particular, que alejan a una y a otra del cine de acción tradicional. Neveldine y Taylor toman lo más exagerado, y hasta ridículo, de películas de acción como Die hard (recordemos que en la cuarta entrega de aquella saga, se estrella un taxi contra un helicóptero, sólo por poner un ejemplo), y lo mezclan con los códigos del cómic y del videojuego. Este último elemento puede evidenciarse en las secuencias de títulos de ambas, y a su vez, llega a tener un rol central en la trama y la estética de Gamer. Chev Chelios es tan inmortal como John McClane, pero está tan cerca de McClane como de un Duke Nukem. Crank 2 reafirma su acercamiento al videojuego, y si esto ya le servía en la primera para reírse a carcajadas del cine de acción, aquí la carcajada aumenta desproporcionadamente. Todo lo que aparecía en la primera, se repite en la segunda, pero con un abordaje mucho más esperpéntico y paródico. Un ejemplo de esto es la escena de sexo de Chelios con su chica. En la primera sorprendía ver al héroe teniendo sexo con su mujer en plena calle, buscando no perder la adrenalina necesaria para evitar sucumbir a los efectos del veneno que le inyectaron. En la segunda ocurre lo mismo, sólo que en el medio de un hipódromo, en plena carrera de caballos, y con su mujer contemplando extasiada el miembro de los equinos. Uno de los personajes que más ostenta la desmesura duplicada en la secuela es el doctor, un tipo que ya parecía estar pasado de rosca en la primera, y que en esta va mucho más allá, volviéndose una de las piezas más cómicas de la película. Ni que hablar de David Carradine, prácticamente irreconocible en una ridícula caracterización de villano oriental, y uno de los personajes menos serios de esta secuela.
Claro que esta desmesura tiene sus consecuencias anómalas. La pelea en la planta de electricidad, o el estiramiento que sufre la película en la última media hora (estiramiento que ya podía verse en la primera), son una clara muestra de una desproporción que no siempre llega al nivel de una comedia ridícula, por momentos se queda en la mera ridiculez, con muy poco de comedia, despojada del componente paródico o de una lectura inteligente del universo inverosímil de los videojuegos o de las cintas de acción más exageradas.
Pero estas anomalías son las consecuencias inevitables de una propuesta extremadamente radical y muy poco seria, que se ampara en un Jason Statham siempre dispuesto a reírse de sí mismo (ver, por ejemplo la mención a la saga de El transportador en uno de los diálogos), para conformar una serie de películas que se toman en sorna todo el género sin despacharse con chistes integrados a la acción, sino apelando a lo más grotesco y desatinado de este tipo de películas, y jugando hábilmente con los elementos exagerados que el videojuego o el cómic pueden aportar al cine de acción. La secuela, además de reafirmar todo esto, sabe jugar con la imagen digital, potenciando al grado máximo su desmesura visual. Una película que es un claro ejemplo de cómo dos directores jóvenes, con sólo tres películas en su haber, pueden sorprender al establishment hollywoodense mezclando géneros y formatos, para conformar una estética arriesgada y personal, y evidenciando, felizmente, una libertad absoluta en sus realizaciones.
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por Leo Aquiba Senderovsky
Las expectativas con respecto a esta película eran muchas. Todos nos preguntábamos qué haría Guy Ritchie con Sherlock Holmes. Nos hacíamos esa pregunta, aunque sabíamos la respuesta. Sabíamos perfectamente que a Ritchie poco le podía importar la impronta tradicional de este personaje, y el cúmulo de versiones cinematográficas que han adaptado sus aventuras. Un hombre de acción y sarcasmo puro como Ritchie, difícil que pueda supeditarse a los razonamientos deductivos desde el sillón del célebre detective. Ahí lo podemos ver al Sherlock de Ritchie, un sujeto algo desquiciado, con una capacidad notable de observación de las personas, pero también con una propensión a la aventura y a la acción. Un hombre que no persigue huellas con una lupa, una pipa y el sombrero con el que se lo conoce tradicionalmente, sino un investigador esencialmente combativo e inquieto, un sujeto que, si no contara con la ayuda del moderado y circunspecto Watson, hubiese perdido la cabeza rapidamente. Ritchie sabía que esa era la imagen que le interesaba mostrar de Mr. Holmes, por eso contrató a uno de los grandes actores de la actualidad, Robert Downey Jr., el mejor actor para interpretar personajes al borde de la locura. Por eso también apostó a una importante producción de época plagada de escenas de acción.
Pese a esto, la película no le da la espalda al personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle. Todo lo contrario. Ritchie no cae en los convencionalismos construidos en base a este personaje, pero su Sherlock Holmes está muy lejos de la traición. Downey Jr. le infunde una enorme vitalidad al personaje y lo interpreta con la misma genialidad con la que encarna sus habituales papeles de desequilibrado. Sin desbordes, con suma actitud, midiendo cada mirada, dando en la tecla con cada palabra pronunciada. Con el mismo carisma que su último Tony Stark, pero mucho más desmedido, porque el Holmes de Ritchie así lo requiere.
Richie adapta a la perfección el escenario en el que se mueve Holmes, una Londres puramente industrial, que sirve de base para el cientificismo de Holmes, aunque este elemento se ve opacado por su tendencia a la acción. Si bien esta película no pertenece al riñón de su cine, no es difícil encontrar las huellas de Guy Ritchie en esta versión. El Ritchie puro se hace presente en los movimientos de cámara, especialmente de las escenas de pelea, en el montaje y, sobre todo, en el humor que recorre toda la película. Ritchie ironiza saludablemente con el vínculo conflictivo que sostienen Holmes y Watson, y festeja el hecho de que el protagonista, lejos de la solemnidad o el humor sobrio que lo caracterizan en la versión literaria, no parece tomarse en serio absolutamente nada.
Sin embargo, no todo desplazamiento del eje habitual del personaje es beneficioso para la película. Por momentos, el sello visual de Ritchie cansa, y cabe recriminarle el hecho de que no se haya permitido jugar a consciencia con el cine policial clásico. Este aspecto no sólo se ve en lo visual, sino principalmente en lo narrativo. La película se mete con el factor sobrenatural, que parte de la forma en que se conduce Lord Blackwood, el villano de la película, algo poco común para el razonamiento deductivo de Holmes, y si bien el detective termina respondiéndole al espectador que no todo está tan lejos de su órbita de acción, el apelar a una aventura que se asume suficientemente descabellada, hace que sigamos todo el tiempo por esa vía, desviándonos del razonamiento de Holmes. Lo que hace este último giro es demostrarnos el nivel de engaño al que fuimos sometidos durante el desarrollo de la acción, tratando en vano de incorporar hacia el final la capacidad de observación de Holmes, cuando todas las cartas parecen estar echadas. Antes que un atajo deductivo al final, hubiésemos preferido mantenernos todo el tiempo pendientes de su capacidad de razonamiento, sin que el guión nos trampee haciéndonos gala del talento sobrenatural de Blackwood.
Esta versión de Sherlock Holmes escapa a la imagen típica de uno de los personajes literarios más reconocidos por el cine. Guy Ritchie logra llevar para su campo el universo de Holmes, haciendo una versión en clave cómic, aunque esto implica mantenerse jugando con sus mismos caprichos visuales de siempre, acelerando o ralentando arbitrariamente algunas escenas, y apostar a una trama con tintes sobrenaturales, olvidándose hasta el límite de lo tolerable de la esencia deductiva del personaje. Más allá de esto, esta versión es lo suficientemente disfrutable como para que ansiemos ver el previsible enfrentamiento próximo de Holmes con Moriarty, su conocido archienemigo, ampliamente anunciado en la última parte de la película.
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Título en España: EL IMAGINARIO DEL DOCTOR PARNASSUS
Dirección y guión: James Cameron.
Sinopsis
Jake Sully, un ex marine confinado a una silla de ruedas, es reclutado para viajar a años luz, a un puesto humano en el planeta Pandora, donde un consorcio corporativo está extrayendo un mineral que será clave en la solución de la crisis energética de la Tierra. Debido a que la atmósfera de Pandora es tóxica, han creado el Programa Avatar, en el que “conductores” humanos tienen sus conciencias unidas a un avatar, un cuerpo biológico controlado de manera remota que puede sobrevivir en ese entorno. Estos avatares han sido creados genéticamente como híbridos combinando ADN humano con el de los nativos de Pandora… los Na’vi. Convertido en un avatar, Jake puede volver a caminar. Se le asigna la misión de infiltrarse entre los Na’vi, que se han convertido en un obstáculo importante para la extracción del preciado mineral. Pero una hermosa mujer Na’vi, Neytiri, le salva la vida, y esto lo cambia todo…
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Es imposible no hablar de Avatar. Es imposible no hablar de ella, porque, antes que nada, es imposible perdérsela. Sabemos desde hace bastante que James Cameron es un experto en lo que a experiencia cinematográfica se refiere. Ver una película de Cameron, especialmente los grandes tanques que tanto adora realizar, como las dos primeras (y mejores) Terminator o Titanic, supone asistir a experiencias cinematográficas únicas, donde el espectáculo es rey, y el prodigio visual y narrativo no se queda atrás.
Ya que hablamos de experiencia cinematográfica, la experiencia particular de ver Avatar en salas especiales, como las IMAX o las 3D Digital, es algo que difícilmente pueda divorciarse de la película en sí. Primero porque en Avatar Cameron probó con un tipo especial de cámaras que venía desarrollando desde hace unos años, denominado Reality Camera System o Fusion Camera System, cámaras con las que experimentó en los últimos documentales que realizó, y que ya utilizó Robert Rodriguez para sus películas infantiles en 3D. Dichas cámaras permiten un registro específicamente preparado para una visualización estereoscópica, lo que generó que gran parte de los espectadores que Avatar llevó al cine se hayan volcado por primera vez a este tipo de proyecciones, y demuestra que ciertas películas se conjugan de tal manera con las circunstancias de su proyección, que difícilmente puedan ser apreciadas en copias piratas, filmadas en el cine y visualizadas en cualquier televisor. Yo la vi en 3D, y más allá de que haya ciertas cuestiones de esta técnica que demuestren que aún le falta para llegar a la perfección (como la necesidad de profundidad en planos cerrados, lo que provoca que dos personajes que hablan uno junto al otro parezcan estar a kilómetros de distancia), la espectacular experiencia es el condimento ideal para semejante película, aunque lo novedoso de esta proyección por momentos llegue a opacar al propio film.
Otro dato ineludible es que ya aseguran que Avatar se convirtió en la película más taquillera de la historia, superando el record de Titanic, y si a este dato le sumamos que Terminator 2, al momento de su estreno, se convirtió en la segunda película más taquillera de la historia, detrás de E.T., podemos empezar a comprender el ojo que tiene Cameron a la hora de llevar a la pantalla el mejor cine espectáculo que podemos ver hoy en día.
Sí, podrán decir que el guión es básico, que esta historia ya se ha visto en Pocahontas, o en alguna que otra ignota película de aventuras. ¿Acaso tiene sentido esta discusión? ¿Alguien puede por ello afirmar que Avatar es un plagio hecho y derecho? Cuando el espectador promedio anuncia algo así, lo hace intentado derribar el monumento construido en torno a la obra exitosa, suponiendo que éxito es sinónimo de originalidad o perfección. Avatar no es original en su relato, por la sencilla razón de que ningún relato es puramente original (mucho menos un relato fantástico, que suele regirse en base a preceptos concretos), pero Cameron, que sabe y mucho de ciencia ficción, no desmerece el relato en ningún momento. Concebir un guión chato y predecible no es desmerecer el relato, porque el mismo no está apoyado en la originalidad del conflicto, sino en la particular construcción del universo fantástico de Pandora, y Cameron no se queda en una trama previsible, sino que aprovecha ese universo para un discurso alegórico claro.
Avatar puede leerse como un relato antibélico o antiimperialista explícito, y como una invitación a sumergirse en la fantasía pura, abandonando todo atisbo de realidad. Si la primera lectura es “para adultos”, la segunda es universal, y es el concepto que rige esta producción, destinada directamente al entretenimiento puro. Un entretenimiento que nos atrapa en Pandora, deposita nuestra conciencia en un avatar y nos hace huir a la par de los nativos de la mano destructora del hombre. De ahí que el 3D sea un elemento inherente a la idea esencial sobre el espectáculo que expone Cameron en su última película. Si nos ponemos a pensar, en Titanic, exceptuando la clásica y simple historia de amor, al realismo y la espectacularidad de la secuencia del hundimiento del barco sólo le faltaba el 3D. Claro que para ello hubiéramos tenido que colocarnos los lentes en la última parte, mientras que aquí el 3D es permanente, porque la aventura, la acción y el espectáculo no dan tregua en ningún momento.
Avatar tiene un maravilloso diseño de escenarios y de personajes, eso salta a la vista, y muchas escenas regidas por la enorme pericia visual de Cameron, pero no nos podemos quedar allí. Lo que tenemos con Avatar no es sólo la primera parte de lo que podría llegar a ser una monumental saga fantástica, sin una base literaria rígida como El señor de los anillos, sino una nueva apuesta por la aventura más sólida y potente, un notable ejercicio de espectáculo, que nos adentra como pocas en un mundo fantástico redondo. Difícilmente podamos comparar esta película con algunos de los últimos tanques que hemos visto, desde ya que un James Cameron da sobradas muestras de que tiene mucho por enseñarle a directores poco competentes Michael Bay, que creen que un espectáculo gigante se basa en marearnos con secuencias incomprensibles. En el otro extremo del militarismo radical de Bay, se encuentra este Cameron pacifista y hasta ecologista, que no sólo se ha despachado con una superproducción desmesurada para decirnos que el ser humano debe optar por dejar vivir en paz a los que son diferentes o no piensan igual que ellos, sino que cree verdaderamente lo que está diciendo, porque este discurso ya se encontraba en el desprecio de la clase alta a la clase baja en Titanic, o en la idea de que el humano es gestor de su propia destrucción, en Terminator.
Gracias, Cameron, por decirnos eso, que aunque suene muy ingenuo, no deja de ser válido, en un envase de aventura pura, que explora al máximo la facultad del cine de poder sumergirnos en un universo que sólo puede ser diseñado por el cine. Si Avatar es el camino que seguirá el cine para volver a llenar las salas y hacernos abandonar la modorra a la que nos llevan nuestros “home theaters”, entonces bienvenido Avatar, bienvenido el cine y bienvenido el 3D.
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Sinopsis
Shane Acker ha desarrollado este largometraje a partir de un corto suyo de idéntico título que recibió una nominación al Oscar en 2006. Se trata de una aventura post-apocalíptica protagonizada por nueve muñecos de trapo que deberán enfrentarse a unas máquinas gigantes si quieren preservar el futuro de la civilización.
Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky
Shane Acker expande su premiado corto animado 9 con este largometraje homónimo, luego de que el proyecto consiga el padrinazgo de Tim Burton y del cineasta ruso Timur Bekmambetov. Lo cierto es que, si esta es la oportunidad perfecta de Acker para pasar a las grandes ligas en el terreno de la animación, y para el público de conocer a las particulares criaturas originadas en el cortometraje de 2005, la película no deja de exponer los defectos de un relato que evidencia su estiramiento para la ocasión.
Cuando uno ve el corto de Acker (se puede encontrar fácilmente en Youtube), encuentra un universo visual particular, en el que queda claro que este relato postapocalíptico no está dirigido en absoluto al público infantil. El corto se beneficia por su mutismo y su falta de necesidad de explicar el desolado mundo que allí se describe. En 9, la película, se profundiza en el mundo pesadillesco en el que viven los muñecos de trapo sobrevivientes, y lo que más se destaca es el cuidado diseño visual, y la violencia de algunas escenas, que hacen que 9 deje definitivamente afuera de su círculo de espectadores al público infantil. Por otro lado, si bien la película hace bien en profundizar algunos aspectos de la historia, como el modo y el propósito por el que fueron creados estos muñecos, gran parte de la acción del relato se ve afectado por la necesidad de que la película llegue a la duración de un largometraje, muchas de las situaciones pierden fuerza en la traslación de una duración a la otra, y no parece que el respetar gran parte de la estructura narrativa original haya sido la mejor elección. Si al ver el corto podemos concluir que “daba para más”, este largometraje, sin ser una mala remake del corto (está muy lejos de eso), no termina de ser todo lo que se podía esperar con sólo ver el corto.
Para colmo, el mutismo, que tan bien le hacía al cortometraje porque colaboraba en la descripción de su universo, desaparece ante la necesidad mercantilista de ponerles a los personajes voces de famosos, elemento tradicional de las últimas producciones animadas, que aquí ayuda demasiado poco. Pensemos en la hermosa primera parte de Wall-E, que prescinde por completo de voces, y logra construir de manera puramente audiovisual un mundo algo parecido a este. Sí, definitivamente a 9 le hubiese hecho falta sostener la propuesta radical del cortometraje, y narrar evitando describir con palabras los hechos y situaciones que se suceden, un elemento que hubiese potenciado la fuerza de esta propuesta, siempre y cuando no se hubiese convertido en una limitación obstaculizante, como lo fue el trasladar la narración de diez minutos a poco más de una hora.
El resultado, una película de animación que tiene sus aciertos en la esmerada construcción visual y cierta originalidad en su premisa, pero pese a tener el sello Tim Burton en su producción, carece de la magia de los productos animados de Burton y de Henry Selick (9, con todas sus virtudes, no se acerca al nivel de la reciente y maravillosa Coraline), y hasta se extrañan los elementos más repetitivos del toque Burton, en una propuesta que, al inflar el cortometraje homónimo, termina entregando algunas pocas escenas originales (especialmente las más violentas y “espantaniños”), pero no logra estar a la altura del corto, extendiendo los códigos de aquel sin poder salir de la orbita dictaminada por el material original. Suele decirse que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Evidentemente Shane Acker, que tiene mucho futuro por delante en la industria, desconoce por completo esta frase.
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