Marido en casa, de vacaciones… ¡Socorro!

Un marido de vacaciones en casa es todo lo contrario a lo que una ingenua mujer se imagina.

Si Ud., mujer argentina, pensó que por fin iban a arreglarse todas esas cosas pendientes (por ejemplo, la luz que no andaba en el pasillo, la gotera de la pieza, o el cuerito de la canilla del baño), hay que decirlo: estaba Ud. equivocada. Las cosas no se arreglan solas. Tiene que intervenir un ser humano activo.

Porque lo que hizo el hombre fue, básicamente, entregarse a la fiaca, y esto es todo lo contrario de un ser humano activo.

Una imaginaba que él (objeto de nuestro amor apasionado e incondicional) iba a aprovechar el tiempo para desayunar con nosotras, o almorzar en ese bolichito por el que siempre pasaba apurada con rumbo al trabajo, o para conocer alguna localidad cercana donde existen unos museos increíbles para ir los domingos.

Pero no. Una se equivocó, como tantas otras veces.

Porque el hombre se levantó, metódicamente, todos y cada uno de los días de sus vacaciones (y que una no tuvo, por cierto) a las once, como mínimo, con una aplicación digna de mejor causa. Y en vez de proponer ese almuerzo a solas, tan deseado, sugería que una le cocinara una buena milanga con fritas (no vas a comparar tu fritura con la del tugurio ése, ¿no, reina?), mientras él seguía en la cama, leyendo el diario (que ni siquiera se molestaba en ir a buscar, sino que una le llevaba, como… ya saben qué reina de qué cornos) El arreglo de la luz de la pieza quedaba, cada día, postergado para el día siguiente, y así durante todo el tiempo que duraron las vacaciones, con pretextos de lo más absurdos: (”No tengo escaleras”; “Esta pieza ya no se consigue”; “Qué porquería de cable, no sirve, y cerró la ferretería por explosión y está toda la cuadra cortada”; “Hoy es el aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y estoy de duelo por los seis millones de muertos en el Holocausto, sos una insensible”; “No puedo perderme el máster de Augusta, que lo pasan en exclusiva por el canal CVTTA”, etc., etc., etc….)

¡Menos mal que una laburó -para huir por un rato del caos- y, mínimamente, se ocupaba de la casa! Esto lo pensamos mientras nosotras, pobre mujer, hacía la cola de un trámite que-nadie-puede-hacer-más-que-vos, para lo cual hubimos de levantarnos a las siete para salir más temprano y llegar a tiempo al trabajo. Pero, digámoslo, volver a las doce y media y encontrarse con los platos sucios de la noche anterior era una invitación al infarto. Esta fue otra muestra de estupidez, imaginar que el querido esposo iba a esperarnos con una deliciosa comida, la mesa puesta y todo dispuesto y en horario. Nada de eso. La cocina era el mismo antro que abandonamos cuando salimos, temprano, antes de que saliera el sol.

Si a esto le sumamos los chicos sin desayuno, todavía dormidos y sin bañar, y el almuerzo (otra vez) para hacer, bueno, lo que nos queda es mandar un telegrama colacionado exigiendo la prematura reincorporación del trabajador a su puesto, so pena de embargar a la empresa por delitos de lesa humanidad.

Digámoslo de una vez: el hecho de que el marido tenga vacaciones y una no, es una injusticia. Más que eso, una violación a la Convención de Ginebra.

Pero todo llega, y ya vendrá nuestro plato favorito, que se come frío, como todos sabemos.

La vendetta.

Memorias de una casa vieja

Sigo en pie, a pesar de mis años.

También resisten los viejos paraísos, que recuerdo como unas líneas enclenques, cuando la calle era de tierra y los baldíos se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Ahora son gruesos, están llenos de nudos y plantas que se les adosaron como por casualidad, y llegan hasta mi techo. Hay muchas casas alrededor, todas más nuevas que yo.

Una de las ramas del paraíso más viejo llegó a arañar la chapa, y causó una gotera en el cuarto principal, el que ahora llaman “living”, y que en principio sirvió de dormitorio, comedor y cocina. Es el cuarto que tiene las paredes más anchas, y sus vigas sostienen orgullosamente el techo, que por dentro tienen ladrillos. Durante muchos años esos ladrillos estuvieron amordazados por un vulgar cielorraso, producto de las modas imbéciles, que tapó lo que siempre fue motivo de envidia: la calidad de mis materiales, lo noble de la construcción.

Me fui extendiendo de a poco, gracias a mis primeros dueños, y ahora soy una orgullosa casa.

Por suerte, ahora los humanos valoran mis materiales, y no siempre para venderlos al mejor postor. Algunos aprecian cobijarse debajo de las casas como yo.

Todo empezó, recuerdo, en la tierra.

Fui, antes de ser esto, un pedazo de tierra despojada, desnuda. Ahora soy lo que soy gracias a los hombres que me hicieron, pero también a los que me conservaron, en vez de tirarme y deshacerme en ladrillos, igual que a los árboles de la vereda, a los que derriban sin piedad. A mi alrededor eso ha ocurrido con alarmante frecuencia, y a veces escucho, sin oídos, el llanto de los fantasmas. Es algo muy triste. A los humanos les da miedo, sobre todo a los chicos, que son los que creen en todo eso que no se ve.

La tierra, sin embargo, pervivió en mí, en mis paredes construidas con barro. El agua trepa por ellas, lo que causa el disgusto de algunos humanos, pero es el preci que se paga por vivir entre las paredes, sobre los pisos de viejas maderas, debajo de los techos centenarios.

Con los años, por supuesto, he perdido cosas. Por ejemplo, el jardín, que sucumbió a las pretensiones de higiene de los nuevos dueños, y al instinto destructor de una perra. Pero han sobrevivido las parras, que también son viejas, y siguen dando sombra. Otros árboles fueron plantados en lo que queda del jardín, sin embargo: debo ser justa con estos humanos que me habitan. Ellos me aman, y no soportarían que me derribaran, bajo ningún pretexto.

A pesar de que el año pasado me pintarrajearon un poco la cara, los quiero también. En los días de mal humor me parece que me parezco a una vieja patética, a la que disfrazaron con ropas ridículas. Pero después me doy cuenta de que mucho peor era que los chicos me enchastraran con aerosoles, como habían hecho antes de que un muchacho francés me pintara todas esas cosas, que no entiendo bien.

De todas maneras, estoy feliz. Pronto voy a cumplir cien años, lo mismo que el primer paraíso que fue plantado en mi frente.
Ojalá que sigamos vivos por otros cien años.

Un viaje y dos primeras veces.

Un viaje corto, en mitad del año.

En un día, dos primeras veces: subir a un avión y ver las Cataratas del Iguazú.

Demasiada emoción para un día. El viaje en avión fue una experiencia extraña: algo así como ingresar a otro espacio-tiempo. La ciudad se iba empequeñeciendo de pronto, luego se veía un paisaje de nubes como puré o crema batida, y al rato una especie de géiser en miniatura, (después conjeturé que era la tremenda energía de la Garganta del Diablo) daba cuenta de que estábamos llegando a destino.

Perdí, por un rato, la percepción de la dimensión de las cosas. Las rutas eran cintas finitas, por las que se movían unos insectos que en diez minutos se transformaban en autos y todo lo que suele circular por ellas. Las casas eran bomboncitos envueltos por el resplandor del papel dorado del sol.

Bajamos del avión y la temperatura era distinta, la tierra era otra, volaban pájaros y mariposas en un número superior al que estaba acostumbrada, la vegetación era selvática. En el minibus que nos llevó al hotel, un parloteo en otros idiomas nos puso en la pista de que algo básico había cambiado en apenas una hora y media.

Y esa misma noche vi (pero primero escuché, mientras caminaba hacia ella) la Garganta del Diablo, porque había luna llena y se organizan excursiones a tal efecto, que no desaprovechamos. El ruido era atronador, aunque las palabras se esfuman cuando se trata de describir lo que se siente al estar ahí, mojándose en la orilla, apenas un pobre episodio en el devenir temporal de la tierra, el espacio o lo que sea que ocurre mientras uno se ocupa de su pobre vida, amargándose por cuestiones tan efímeras como el aumento en las tarifas de la energía eléctrica.

Sé que puede parecer una estupidez absoluta, pero fue lo que sentí al contemplar semejante fenómeno natural.

Sin embargo, volví del viaje con la sensación de haber asistido a algo enorme, desusado y, casi diría, fundacional.

Me pregunté qué habrá sentido el descubridor de las Cataratas, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que según la historia oficial las vio por vez primera en 1541.

Si alguien que vive en este Anno Domini 2009 siente tales cosas, qué se podría esperar de un tipo que trajinó, primero por mar, y luego en estos lares, en el s. XVI, con sus supersticiones a cuestas, su falta de conocimientos y las incomodidades que se le habrán presentado a cada paso, en un continente extraño, como lo era América para un español.

Alguien dijo que los viajes eran una burbuja entre dos realidades. Yo no podría estar más de acuerdo.

“Fulanito quiere ser tu amigo…”

Como mucha gente, cedí a la tentación de abrir mi cuenta en Facebook, la popular red social. El principal objetivo era reencontrar a mis ex compañeras de la secundaria, ya que este año cumplimos las Bodas de Plata. Hasta ahí todo bien: logramos conectarnos y tener noticias mutuas después de tanto tiempo.

También “agregué como amigos” a conocidos, ex compañeros de estudios, y a amigos que no veía hacía tiempo.

Pero nada es tan fácil. Como una consecuencia de mi amistad con una de esas personas, apareció, un día, una “solicitud de amistad” de alguien a quien lo último que haría sería autorizarlo. Ya saben, gente que formó parte de nuestra vida en algún momento (precisamente hace veinte años) y que ya está en mi pasado, afortunadamente.

Es increíble comprobar cómo el paso del tiempo no afecta a alguna gente. Había visto a esta persona en un par de ocasiones, pero no fue más que un intercambio amistoso y superficial, en una reunión social. Cuando apareció su nombre en el Facebook oprimí la maravillosa tecla “Ignorar”. Pero insistió, y se topó varias veces con mi silencio. Hasta que vio la ocasión en un comentario que hice en el “estado” de mi amigo, que también es suyo. Y empezó la agresión.

Conclusión: tuve que borrar a mi amigo de la lista de contactos, porque no tengo ganas de comprobar cómo esta persona sigue diciendo casi las mismas frases que hace veinte años, insultando en público para que todos se enteren, y haciendo imposible cualquier intento de diálogo. No entiendo qué clase de relación, amistosa o no, puede basarse en el acoso, la desvalorización constante del otro y, en una palabra, el desprecio.

Bueno, nada es perfecto, y menos el Facebook. Pero sería hermoso poder clickear el “Ignore” en muchas circunstancias de la vida, aunque eso podría ser peligroso: a veces sentiríamos la tentación de ignorar la realidad toda.

Pero me conformo con borrar a la gente negativa. Esa misma de la que no quiero ni enterarme de que existe…

¿Es tan difícil de entender?

Reflexiones… ¿al pedo?

Sí, años de democracia… unos veintiséis, digamos. ¿Para esto?

¿Para que un sr. Tinelli se enriquezca gracias a caricaturas vacías de contenido?

¿Para que nos amenacen con el kaos si no los votamos?

¿Para que sintamos pereza de ir a votar si hay cola en la mesa que nos corresponde?

¿Para que “los políticos” sean unas marionetas que hablan y hablan y no dicen nada?

¿Para que siga habiendo hambre, miseria y una pésima distribución de la riqueza?

¿Para que siga habiendo corrupción?

Pero

Una, que cuenta unas décadas encima, recuerda al Proceso.

Recuerda que podía desaparecer por motivos nimios, como figurar en la agenda de alguien.

Recuerda que no podía “expresar sus ideas por la prensa sin censura previa”.

Que había corrupción, pero nadie se enteraba.

Que las urnas “estaban bien guardadas”.

Que crecimos con miedo, y eso nos dejó marcas indelebles.

Que había miseria, y que la actual es consecuencia de aquéllas políticas económicas.

A pesar de todo, tengo la esperanza de que esta democracia siga adelante, con sus aciertos y sus errores. Porque es mejor que cualquier dictadura.

Gracias.

Crisis… ¿qué crisis?

Los gurúes de la auto ayuda se la pasaron pregonando que crisis era sinónimo de oportunidad. La pregunta es para quién o quiénes es la oportunidad, y para qué es la misma. Si es una oportunidad para hundirse, todo bien: no hay un mango, las ventas cayeron un 40% con respecto al mismo mes del año pasado, todo está quieto, casi muerto.

Me pregunto por qué no salen ahora estos gurúes a darnos recetas mágicas para salir del pantano. ¿Estarán muy ocupados aprovechando la oportunidad?

Por eso, ante la ausencia de nuestros esclarecidos guías, me auto-proclamo “nueva gurú de la crisis” y afirmo (tomen nota):

No tenemos un mango porque somos tontos. No sabemos aprovechar oportunidades de hacer negocios millonarios sin un peso. ¡Es que las preocupaciones cotidianas nos enceguecen!

Ejemplo: Señora, señor: no se preocupe por no pagar el gas ni la luz, total, “el universo se complotará para cumplir nuestros deseos”. Dése el gusto y cómprese ese nuevo BMW que le quita el sueño. ¡Se pagará solo, y le dará prestigio en el barrio!

Deje sus sentimientos negativos, arrójelos a la basura. No odie al candidato que le regala cuatro plasmas a los jugadores de Rácing, que Ud. ve por su Telefunken comprado en Uruguayana en el año ‘78. ¡Ud. puede tenerlo!

¿Que su sueldo no le alcanza, me dice? A ver, repita conmigo: “Mi sueldo es maravilloso”; “Mi jefe me adora y sólo quiere mi bienestar”; “La crisis no existe”. Puede elegir entre cualquiera de estas frases. Le aseguro que le cambiará la vida. Sólo tiene que repetirla unas cuarenta millones de veces al día, y verá cómo todo se vuelve color de rosa.

Así que, ya sabe, querido lector o lectora. Nada existe, salvo la negación de la realidad. Total, a ella no le importa que la neguemos.

Comunicado número…

Comunico, por este medio, que he abierto otro blog, paralelo a éste.

No quiere decir esto que abandono este boliche, sino que sentí la necesidad de escribir sobre cocina. Así como lo leen.

No, no enloquecí. Es sólo un torpe intento para organizar los temas, ya que soy bastante anárquica para eso. No sé si lo conseguiré, pero ahí vamos.

Por eso, lectores y amigos, les pido que lean el otro, el pequeño, para que crezca con sus comentarios y sus aportes. Y también, por qué no, para que cocinen algo de lo que se menciona ahí, si tienen ganas.

Les mando besos y agradezco su amable atención.

Lobotomías virtuales y globales

No son buenas épocas para el mundo ni, gracias a la famosa globalización, para nuestro país.

Esto de las crisis no es nuevo para los argentinos. Estamos acostumbrados a capear temporales varios, soportamos dictaduras, censuras, presidentes débiles, devaluaciones… La inflación (cuyo índice nos miente el INDEC) es una estupidez después de haber pasado por “la híper” del ‘89. Por supuesto que la Argentina no es el único país en padecer estos males. Y tampoco es la primera crisis mundial; el crack de la Bolsa de Nueva York de 1929 se extendió por todo el mundo, generando años de desempleo y miseria para millones de personas.

Pero esta crisis tiene otra característica nueva, ya mencionada, la del carácter global. Lo pronósticó el gran Marshall Mc Luhan, en su célebre obra llamada precisamente La Aldea Global, donde anticipó, entre otras cosas, el predominio de la imagen sobre la palabra y el auge de la TV. Por eso, todo se transmite más rápido, especialmente las calamidades.

No voy a hacer un análisis de esto, sólo me interesa hablar desde el punto de vista subjetivo. Es decir, cómo vive cada uno la crisis, que en un principio se llamó la “crisis del capitalismo”. Muchos se esperanzaron con que iba a significar el fin del perverso sistema, pero no tardaron en desilusionarse. Los gobiernos que se autoproclamaron progres acudieron al salvataje de las grandes compañías, que tienen la mala costumbre de compartir las penurias pero no los beneficios, echando a muchos empleados.

Por eso, en una ciudad industrial como la mía, la baja en los salarios impacta directamente en el consumo, lo cual, obviamente, es una verdad de Perogrullo, pero afecta mucho. Las calles están desiertas, las próximas elecciones parecen ser las puertas del Apocalipsis y todos se quedan inmóviles, con miedo, esperando que se caiga el cielo sobre sus cabezas. Y nuestros queridos políticos no contribuyen a mejorar las cosas; más bien echan nafta al fuego, porque lo único que les interesa es su propio beneficio.

¿Creerán que somos, el resto de la humanidad, imbéciles? ¿De verdad estarán convencidos de sus propias mentiras? Supongo que sí, que somos imbéciles, porque seguimos perpetuando este “sistema”, vacío de contenido, perverso, tinellizado. Si uno enciende la radio AM los comentarios oscilan entre las últimas peleítas de los candidatos y el embarazo de no sé qué starlet local. Y como todo tiene que ver con todo, las efímeras estrellas surgieron del universo Tinelli, así que todo cierra perfectamente. No hay, en los medios, mucho más, o no se lo difunde. Pero, claro, hay gente que consume esa basura con avidez, tal vez porque es fácil de digerir, porque no hay que pensar demasiado y, por ende, no tomar conciencia. Y, de ese maravilloso modo, no entristecerse.

Hay un capítulo de Los Simpson donde los habitantes de Springfield eran lobotomizados para adorar a Flanders, que era el amo del universo. Todos vivían en un limbo idiotizante, babeándose, sosteniendo el lóbulo extirpado en un frasco, mirando felices una enorme pantalla con la imagen de Flanders.

¿No será lo mejor?

Harta de estar harta…

Haciendo limpieza (un llamado a la solidaridad)

Estuve haciendo limpieza, debido al cambio de estación. Por estos días, paralelamente, recibí un e-mail, de esos tan parecidos a las cadenas de antes (las que aparecían manuscritas por debajo de la puerta, en una época en la que no existían las fotocopias) que amenazaban con el infierno si uno osaba cortar la cadena.

Este forward decía que hay que renovar, regalar las cosas viejas para que entren cosas nuevas a la vida de uno. Es un ataque directo a las cosas que juntan polvo en el garaje, que no tiramos porque “algún día tal vez nos sirvan”. Cosa que sucede raras veces, porque por lo general son tantas las porquerías que no encontramos lo que buscamos, cuando llega ese momento. Suele ocurrir también que lo encontremos mucho tiempo después, cuando pasó la ocasión.

Existen en el mundo algunos movimientos “ecologistas”, que con justa razón propugnan la compra exclusiva de cosas usadas, ya que por cada producto nuevo se gastan recursos naturales, entre ellos el agua, que en poco tiempo escaseará en el mundo.

Dediqué un post (o más) al Ejército de Salvación. La idea del reciclaje es muy buena, y de hecho la practico. Hago limpiezas a fondo de cosas rotas, fuera de uso o que sé que no voy a usar nunca más.

Creo que sería muy interesante poder hacer lo mismo con los sentimientos y las emociones que no nos hacen bien, una especie de limpieza del disco rígido, sin cuestiones ni miramientos. Borrar para siempre los resentimientos, los odios absurdos, los empeños inútiles, las pérdidas de tiempo, etc.

¿Para qué queremos, señores científicos, embriones congelados o robots carísimos, si todo eso no mejora nuestra calidad de vida? Me podrán decir que sí, que mejora la de mucha gente, y es cierto, pero seamos prácticos: ya no sentiremos odio por la vecina que hace que su perro haga popó en nuestra vereda, ni querremos matar al empleado que nos ningunea en el banco. Podremos concentrarnos en lo que importa, y además ahorraremos tiempo, un bien cada vez más escaso pese, paradójicamente, a los avances en las comunicaciones y la medicina.

Si Uds. desean mejorar la condición humana, Sres. científicos, éste es un llamado a la solidaridad.

Ya lo saben. Hasta podrían llegar a ganar el Premio Nobel, quién sabe.


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog