Dolor de muelas en enero (prendiéndole una vela a San Fleming)

  No falla: llega enero y me empieza a molestar alguna muela. Pero no se trata de dolorcitos leves, de los que se pueden capear con una aspirina. No. Son infecciones hechas y derechas, resistentes a unas cuantas cajitas de antibióticos (la amoxicilina en primer lugar).  No me explico el por qué, pero el año pasado me ocurrió lo mismo, con la diferencia de que este año el dolor se adelantó un poco.

  Este año (o más bien el pasado) el habitual padecimiento  empezó el 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes según el calendario católico. Al día siguiente desperté con  la mitad izquierda de mi cara convertida en una caricatura: hinchada hasta el ojo, parecía un monstruo. Para completar el cuadro, mi dentista estaba de vacaciones. Y, por supuesto, todos los que atendían por mi obra social también lo estaban. Por suerte encontré a uno que se apiadó de mí y me dio un “sobreturno”, un par de dosis de penicilina y el augurio de pasar el Año Nuevo sin dolor. Partí del consultorio, agradeciéndole a San Fleming por  tan maravilloso descubrimiento, rumbo a la farmacia, y preparándome para el dolor de glúteo que sobrevendría luego de la aplicación. (Nota: Sir Alexander Fleming fue el descubridor de la penicilina y la llamó antibiótico. Para más datos, consultar la Wikipedia)

  Sin embargo, otros dolores me esperaban. Al bajar del auto que me llevó, no tuve mejor idea que cerrar la puerta trasera sobre mi dedito meñique derecho, destrozándome la uña y sangrando profusamente. De todos modos, maté dos pájaros de un tiro, como se dice, porque el atento farmacéutico me hizo allí mismo la curación, y luego me sometí al ritual de la Santa Penicilina.

  Gracias a San Fleming, el flemón desapareció. Ahora estoy esperando a que mi dentista regrese de sus nuevas vacaciones, para que me extraiga la maldita muela, y poder pasar lo que queda de enero en paz.

  Por cierto, supongo que por efecto de mis agradecimientos, la aplicación no me dolió.  ¡¡¡Aleluiia!!!!

12 de julio: aniversario del nacimiento del Dr. René Favaloro

Contenido de la carta que escribió René Favaloro antes del tiro del final.
(Del Dr. René Favaloro/ julio 29-2000 –14,30 hs)
Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic, está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria. Nunca perdí mis raíces. Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Guemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles. Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo. En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno. La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces. La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada). Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente. Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía. A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo. Este era nuestro único contacto. A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el departamento de investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y cirugía cardiovascular. Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado. La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto. ¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno! Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica. Lo mismo ocurre con el Pami. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país. Valga un solo ejemplo: el Pami tiene una vieja deuda con nosotros, (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente). Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener 100 camas más. No daríamos abasto para atender toda la demanda. El que quiera negar que todo esto es cierto que acepte que rija en la Argentina, el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno. Los mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga) el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana , sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano. Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio?. Muy simple: el pacientes es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. “Pero cómo, usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?”. “Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe”. El cirujano “de real valor” además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios! Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las “indicaciones” de su cardiólogo. “¿Doctor, usted sigue operando?” y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre. Muchos de estos cardiólogos, son de prestigio nacional e internacional. Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna “lecture” de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos. Pero aquí, vuelven a insertarse en el “sistema” y el dinero es lo que más les interesa. La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar. Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalles los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter echo, camara y etc., etc.) los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos. No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado, visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle “la operación económica” y entregará el sobre correspondiente!. La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir “no hay camas disponibles”. Nuestro juramento médico lo impide. Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICYCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses. Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica. En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben. Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando. Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros!. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!) todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta.¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente? Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar. La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la C. Clinic, le decía al Dr. Effen que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español! Sin duda la lucha ha sido muy desigual. El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse. Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al “sistema”. Sí al retorno, sí al ana-ana. “Pondremos gente a organizar todo”. Hay “especialistas” que saben como hacerlo. “Debés dar un paso al costado. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado”. “Debés comprenderlo si querés salvar a la Fundación” ¡Quién va a creer que yo no estoy enterado! En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer. Joaquín V. González, escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: “a mí no me ha derrotado nadie”. Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla. Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular. El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo. “¡La leyenda, la leyenda!” Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga. Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz. Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata. No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil pero sí meditada. No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad. Estoy tranquilo. Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así. En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta. En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara. A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco. Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.
Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.
Un abrazo a todos,
René Favaloro.
Julio 29-2000 –14,30 horas.
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(Fuente: Taringa)

Cotidiano

  Ruidos de la casa que no escucha porque siempre están ahí:

  El murmullo de la tv en el otro cuarto.

 Alguien que se ducha.

 El camión de la basura, en el silencio de la noche.

 Las voces de las chicas.

 Alguien que deja un plato en la pileta de la cocina.

 Una puerta que se cierra de golpe.

 Una llave que se abre paso en la puerta de entrada.

 El gato que camina sobre el techo de chapa.

 El borbotear de la cafetera cuando el café está listo.

 Las cacerolas que chocan entre sí, apuradas por cocinar.

 Algún movimiento inidentificable de los vecinos, como si estuviera silenciado por capas de gomaespuma.

 El pájaro que grazna, a la mañana bien temprano, muy arriba en el cielo.

 La perra que le ladra a alguien que pasa.

  La radio, que aunque nadie la escuche queda prendida.

  La queja del colchón cuando se acuesta.  

 Sin todo eso, se da cuenta, no podría estar bien. Forman parte de su vida, tanto que ni siquiera tiene conciencia todo el tiempo de que existen.

Huelga

   Como cada fin de mes, recibía una llamada extraña, hecha por una voz metálica, impersonal. Después de que levantara el tubo y dijera “Hola”, un breve silencio y ella soltaba su parrafada: “T… le comunica que su factura con vencimiento el día… se encuentra impaga…” Normalmente cortaba con furia a la segunda palabra, preguntándose si del otro lado registrarían su bronca. Todavía no había cobrado y si la factura se vencía el día 20, era obvio que estaba “impaga a la fecha”. ´

  Siempre le llamaba la atención el modo de hablar de esa gente. Parecía que fruncieran la boca al hablar, que ciertas palabras no existieran en su universo. Odiaba el teléfono, odiaba hacer “gestiones telefónicas”, detestaba cuando la llamaba su madre con su repertorio infinito de quejas y estupideces. Pero siempre caía en la misma trampa, lo usaba para lo inevitable, llamar a un taxi, y las facturas se acumulaban en la puerta de la heladera.

  Doscientos pesos de luz, cincuenta de gas (esperá que llegue la del invierno), en verano la de la luz era temible, trescientos de teléfono. El cable, el agua, el alumbradobarridoylimpieza, que a veces no pagaba. Y era como dar vueltas en una calesita: pagaba esos papeles que siempre se juntaban, arrugándose debajo de un imán, y se quedaba sin poder comprarse nada, y si sobraban unos pesos siempre había que arreglar algo, comprarle ropa a los chicos, las cosas de la escuela.

  La lista era así, imposible de cuantificar. Resultaba deprimente y más aún cuando nadie le pagaba por su trabajo en la casa. Podía disponer sus horarios, eso sí, aunque la vista de la pila de ropa para planchar le bajaba el ánimo y tenía que ponerse a plancharla, enseguida.

  Pero no hoy, hoy iba a tomarse todo con calma. Desconectó el teléfono, buscó las pantuflas y la revista del cable, para ver si había alguna película interesante. Que todo se fuera al diablo, que ellos se cocinen. Me voy a declarar en huelga, a ver qué pasa.

Quejas

   Lunes.

   La casa era un caos, y no tenía ganas de hacer nada. Para colmo llamó Mara, la amiga reencontrada, que tenía miles de problemas. Ridículos, para su gusto.

 -¿Puedo ir a tu casa? Tengo que contarte algo…

 -Bueno,  pero no limpié nada y…

 -No importa, poné el agua y tomamos unos mates. Voy en un toque.

 Lo que para Mara era “un toque”, generalmente se extendía en el tiempo, porque invertía buena cantidad en vestirse, arreglarse, perfumarse, como si fuera a algún evento importante y no a su casa, una casa común, sin ningún rasgo especial. Y ella no pensaba cambiarse el jogging, que era su uniforme de todos los días.

  Tuvo tiempo de barrer un poco antes de que llegara. Tenía la sombra de ojos a juego con los zapatos. Qué vida, pensó, y encima se queja. 

 Lo que siguió fue la acostumbrada catarata de idas y venidas con un candidato que no se decidía a dar el gran paso, aunque todavía no estaba claro si al tipo le interesaba una relación como la que Mara pretendía. Un par de encuentros a la salida del trabajo, dos o tres frases que podían significar cualquier cosa, y las preguntas ansiosas: “¿Vos creés que él…?” “¿Y si yo voy y lo encaro?”

 Deslizó, cuando pudo,  algunas opiniones que no fueron escuchadas. Después la charla derivó hacia temas banales, hasta que se hizo tarde y ella dijo que tenía que ir a buscar a los chicos a la escuela.

 -Sí, y yo debería ir al gimnasio -dijo Mara, levantándose de la silla. Gracias por todo, che.

 Ella no dijo nada. Le daba un poco de lástima la soledad de Mara, que tenía treinta y dos, una hermosa edad que curiosamente, en estos tiempos, les daba pánico a las mujeres que estaban solas. Seguramente a los cuarenta se iban a suicidad en masa, o se arrojarían al quirófano para conseguir la fantasía de ser otras. Tenían todo el tiempo para ellas, podían comprarse ropa y zapatos, y no la pasaban bien. Más bien eran totalmente infelices, para resumirlo en una sola palabra. Porque no encontraban al hombre de su vida, eso era todo.

  La esperaba un día de trabajo monótono, aburrido. Pero no tenía que quejarse, siempre había alguien que la estaba pasando peor.

Estar en casa.

   Nunca había sido ama de casa, es decir, una de esas mujeres de las que conocía a muy pocas. Suponía que eran una especie en extinción, unas mujeres que vivían en batón y ruleros, hasta que le tocó interactuar con las madres de los compañeros de escuela de sus hijos. Era un microcosmos extraño, lleno de detalles irritantes, fascinantes o simplemente aburridos.  Ella siempre había trabajado, pero de un día para el otro tomó una licencia, que se alargó más de la cuenta, por distintos motivos.

   Hacía un tiempo que era una “semi ama de casa”, aunque se había inventado un pequeño emprendimiento que le demandaba tiempo y le daba poco dinero, pero algo es algo, se decía. Le gustaba mucho su casa y siempre estaba haciendo algo: que a esa ventana le falta pintura, que hay que transplantar el helecho, que voy a barrer la vereda. Al llegar del trabajo se ponía inmediatamente a planificar lo que tenía que hacer, lo que siempre faltaba: comprar cebollas, preguntar en la ferretería por un tornillo para la tapa del inodoro, y escribía largas listas, en papeles que se caían de la mesa pero que iba tachando escrupulosamente. A veces se sentía agobiada por tantas cosas.

  Por eso, cuando empezó la licencia, la disfrutó, como un chico que hace una travesura que queda impune. Escuchaba a los vecinos que se iban a las siete, miraba por la ventana las luces que se prendían tan temprano, poniéndose en el lugar de esa gente, y la imaginaba escuchando la radio, tomando un café, sin ganas de salir en invierno,  cuando todavía estaba oscuro. Se veía también a sí misma, en una retrospectiva mental, cuando trabajaba vendiendo jugos y se levantaba antes que nadie, tratando de no hacer ruido y no despertar las iras de su madre. Así fue casi toda su vida, hasta ahora, cuando tuvo que decir “hasta acá llegué”. Tenía miedo de estar aproximándose al colapso mental, a la delgada línea que la separaba de la alienación.

  Pero tenía días en los que se sentía encerrada. Le parecía que la casa estaba cerrándose a su alrededor como una trampa sutil. Cuando pasaba esto, salía a caminar. Entraba a algún negocio, atisbaba los aromas como si quisiera descubrir un crimen. Miraba la ropa de la gente, las caras. Cuando volvía, la casa le parecía más linda, y los objetos cotidianos, esos que no miraba de tanto verlos, cobraban un valor nuevo.

  Así pasaba el tiempo. No tenía, todavía, demasiadas cosas claras. Lo que sí sabía era que no podía volver a su trabajo. Había cruzado el Rubicón, como leyó alguna vez, en un viejo libro de Historia de la secundaria.  

                                                                                      Continuará.

Un mal día.

 Hoy no fue un buen día. Al desánimo producido por la muerte de Sandro (no sé por qué, pero me afectó) se sumaron un par de cosas malas, perpetradas por gente a la que no conozco, y que por ende no tienen motivos para agredirme.

 La primera fue que sorprendí desde la ventana a dos pibes que estaban dejando un grafitti en el frente de casa. Es cada vez más común: los adolescentes improvisan firmas con pintura en aerosol, todas con las grafías muy parecidas, en cuanto espacio libre haya, inclusive en las veredas. Es como si dejaran un rastro, como la orina de los perros en los árboles. Supongo que tendrá que ver con la identidad. Lo cierto es que las paredes de la ciudad están llenas de ellos. Pensé, ingenuamente, que si hacía pintar el frente con murales esto no iba a suceder más. Pero me equivoqué. Me apena mucho que haya gente que sólo piensa en destruir lo que otros crean, obras que son hermosas.

  La otra pasó ayer. En la vereda tengo unos viejos paraísos, algunos un poco deteriorados, pero me niego a sacarlos, porque la sombra que dan es hermosa. En uno de ellos, cuyo tronco tiene un hueco, y desde hace años, alguno de mis vecinos, sistemáticamente, viene depositando su basura. Cosas que le sobran, maderas, baldes, macetas rotas,  todo prolijamente atado. Se toma el trabajo de dejarlo dentro del hueco, que queda por encima de la altura de una persona común. Normalmente lo que hago es revolear todo (al mejor estilo loca italiana sacada) al medio de la calle, pero al rato vuelve a ponerlo dentro del hueco. Es una conducta un tanto extraña, ya que el camión recolector pasa todos los días. Ayer me dejó un balde de albañil y una madera. Claro, debe ignorar que no me interesan esos presentes, que ya tengo basura suficiente y que me hago cargo de ella sin endilgársela a los demás.

  La cuestión es que esto de joder al otro no es nuevo, es obvio. Me hace pensar que este país, como decían los viejos “se va al carajo”. Hay jóvenes que piden que “vuelvan los milicos”, como si la Historia no hubiera servido para nada. 

 ¿Por qué no podemos concentrarnos en lo bueno, en lo positivo?

 ¿Por qué, en vez de hacer cosas malas, no destinamos recursos y tiempo  a quienes lo necesitan?

¿Por qué seré tan ingenua?

Gracias por leer, amigos.

Sí, soy adicta… ¿y qué? pero al menos razono.

Soy adicta a internet, “La ïnternet”, con acento en la i. No puedo estar sin chequear el correo todos los días, tengo mi blog, tengo a mis amigos en Facebook.

No creo que este maravilloso invento aísle a la gente. Por el contrario, las junta: conocí, como mucha gente, a mi pareja actual por este medio. También volví a ver a mis ex compañeras del secundario, todas reunidas gracias a Facebook.

También es una gran enciclopedia, llena de datos útiles (y también de porquerías, claro) ¿Quién no echa mano del Google cuando tiene una duda repentina?

Sin embargo, creo que la humanidad está en franco retroceso, a pesar de todas las maravillas que inventó.

Una anécdota mínima:

Ayer, mientras esperaba a que llegara una amiga a su casa, una vecina lavaba la vereda de su casa con una manguera abierta. Le dejaba apoyada en el piso, tomaba la escoba, barría, y mientras tanto el agua corría, libre. Agua potable, un bien que está escaseando en forma alarmante. Esto duró una media hora, tal vez más, porque cuando llegó mi amiga entré a su casa y no la vi más.

Esto demuestra que esta señora, a pesar del bombardeo de información a que nos vemos sometidos, no se enteró de la sequía de Córdoba, a unos 800 km. de su casa. Ya no hablamos de Africa, del Sahara o de México. Ya estamos a las puertas de una catástrofe. Pero a ella no le importa. Y si le hubiese dicho algo, seguramente se hubiera molestado mucho.

Ojalá hubiese más adictos a internet que se informen, participen, se preocupen, denuncien. Ojalá.

El fin de la educación

http://www.clarin.com/diario/2009/09/29/sociedad/s-02008202.htm

El anterior es un link a una nota sobre los cambios que se implementarán a partir de 2010 en las escuelas secundarias de la Provincia de Buenos Aires. En ella, el director de Cultura y Educación, Mario Oporto, afirma lo siguiente:

Se termina la secundaria donde sobreviven los más aptos. Queremos docentes que sepan más de sus disciplinas y una escuela que tenga clases y que sean buenas. Será una escuela media que forme para el trabajo”, dijo Oporto.

Si nos detenemos a hacer un análisis somero, advertimos que entre la afirmación sobre la “supervivencia de los más aptos” y la última, “escuela media que forme para el trabajo”, hay una terrible contradicción.

El Sr. Oporto tal vez ignore, o nos quiera hacer creer, que vivimos en una sociedad capitalista, donde precisamente sobrevive el más apto. Caso contrario, se quedará sin trabajo, sin capital, sin nada.

¿O acaso el jefe de personal de cualquier empresa se ablandará al escuchar que un empleado faltó por tener resaca un lunes?

Los gerentes de banco, ¿contienen a sus empleados/as cuando, por ejemplo, se separan de sus parejas y no pueden atender a la gente porque están mal?

Los supervisores, ¿le darán una palmadita en el hombro al obrero que, en un rapto de ira, los llama “viejo de mierda” y les patea una silla en su oficina?

El dueño de una ferretería, ¿consentirá que sus empleados le roben clavos y tornillos y que encima escriban “López se la come” en el mostrador?

¿Soportará el jefe, sin echarlo, una amenaza de muerte de un empleado al que se le corrigió un trabajo mal hecho?

Pues bien, todos los ejemplos anteriores ocurren en la actualidad, en las escuelas de la Provincia de Buenos Aires.

Si el Sr. Oporto cree que permitir todo eso es “preparar para el trabajo”, una de dos: o nunca trabajó, o no tiene la menor idea de qué está pasando en las escuelas públicas.

¿Cuál es el fin de la educación?

¿Será éste el final total y absoluto de la educación?

¿Qué tendremos que hacer los docentes con nuestros títulos? Bueno, mejor no me lo digan, ya sé…. el papel higiénico está caro…

Me río por no llorar.

Gracias.

¿Qué te hace feliz?

A mí, las siguientes cosas:

Caminar por ahí y descubrir un jardín hermoso, o una casa vieja. Sobre todo en calles conocidas.

Ver gatos durmiendo al sol.

Descubrir lugares hermosos y ocultos para la mayor parte de la gente.

Encontrar algo por la calle, cosas desechadas por otros que se revelan como tesoros inesperados.

Recorrer ferias de ropa usada, o de antiguallas (o porquerías) de todo tipo.

Ponerme a charlar con alguien (de cualquier edad) desconocido y encontrar coincidencias apasionantes.

Robar gajos de plantas y que después crezcan hermosas en nuestro jardín.

Ponerme a leer el diario de hace diez días y encontar notas interesantísimas.

Jugar con mis hijas, reírme con ellas, pelearme también.

Pero, por sobre todo, llegar a la conclusión de que todo esto no puede comprarse con plata. Que, a pesar de todo, una puede disfrutar de las cosas “insignificantes”.

Y a Uds., ¿qué cosas, personas o situaciones los hacen felices?


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