Cortázar y ALejandra Pizarnik

3-ALEJANDRA Y CANICÓBAL CORRAL

Yo seguía transpirando la gota gorda. Así que me desajusté la corbata un poco.
-¿No tenés calor con el sobretodo? Mirá que hoy hace calor. Te vas a deshidratar así. Estás todo colorado como un gringo borracho. Parecés uno del campo. Para mí eso es lo que te pasó a vos. Te habrás insolado y ahora estás empezando a decir pavadas. ¿No ves que ves gato encerrado en cualquier cosa?
Me empecé a poner chinchudo. Ya el aire sobrador y arrabalero de la Rusita me estaba cansando.
-¿Para qué me hiciste venir hasta acá, Rusita? ¿Vos te pensás que yo no tengo nada que hacer? –le dije para pararle un poco el carro. Estaba listo si la Rusita se iba a empezar a poner cargosa. Le quería poner el freno de mano ahí nomás.
-Quiero que me acompañés hasta la casa de la Minina –me dijo-. Es acá cerca, entre Chiclana y Leopoldo Lugones.
-¿Y por qué no te vas sola?
-Porque no me gusta caminar sola por la calle. Me entra a dar vergüenza.
-Yo te acompaño –le dije-, pero guarda de andar haciendo otra vez alguna barbaridad. No te voy a permitir que la amenacés otra vez a la Sra. Silvina con un cuchillo. Yo así no te acompaño. Yo así te dejo ir sola.
La Rusita me miró con desprecio.
-¿Qué te hiciste ahora vos? –me dijo-. ¿Patrón de estancia de la oligarquía? Al final voy a terminar creyéndole a la Minina, cuando dice que vos te das vuelta siempre como un panqueque.
-Lo único que yo quiero es no tener problemas con la Policía –le dije.
-¡No! –exclamó la Rusita-. No va a pasar nada. Además hoy Bioy no está en Buenos Aires, se fue al campo a contar vacas. Quedate tranquilo.
Nos pusimos a caminar bien rápido por la Canicóbal Corral para ir a lo de la Sra. Silvina. Yo sabía bien que me estaba metiendo en una barahunda que no sabía cómo iba a terminar. Pero si la cosa se llegaba a poner embromada yo me pensaba despegar de la Rusita. Le iba a decir a la Policía que yo estaba ahí porque había acompañado a la Rusita para defender a la Sra. Silvina y nada más.
Así de paso quedaba bien con la familia Ocampo y la Policía no se iba a meter conmigo si llegaba a correr sangre. Yo estaba seguro que iba a correr sangre a montones. La conocía bien a la Rusita. Me podía esperar cualquier cosa de ella. Sabía de sobras que tenía la idea fija con la Sra. Silvina y que no se la iba a poder sacar de la cabeza así nada más.
Pero yo me daba cuenta que lo que más la hacía embroncar era que la Sra. Silvina la rechazara para quedarse con alguien como Bioy. Justo con un mataindios, como le decía la Rusita. Decía que toda la plata que tenían y los campos eran gracias a que Roca se los había regalado a los antepasados de la familia. ¿Pero si todo eso ya había pasado hacía como más de 500 años? ¿Qué tenía que estar ahora jorobando la Rusita con todo eso del asunto de las tierras que les sacaron a los indios? ¿Qué era ahora la Rusita: defensora de pobres? Que se dejara de macanear. ¿Qué tenía que estar saliendo ahora con ese tema de las tierras de los indios, Roca y la expedición al desierto? Mejor que no se diera manija tanto y no hablara más de lo que no sabía. A mí no me iba a hacer tragar la píldora.
Por eso, si llegaba a correr sangre en la casa de la Sra. Silvina yo me pensaba despegar de la Rusita. Le iba a decir a la Policía que fui ahí para defender a la Sra. Silvina. De paso quedaba bien con la familia Ocampo y con la familia de Bioy también, que buena falta me hacía que me dieran una mano. Yo tenía por aquel tiempo una chorrera de cuentos que quería que me publicasen porque andaba flojo de plata y no podía sacar ni siquiera fiado del almacén.
Para qué entonces me iba a estar haciendo el del mayo francés con estos tipos. Estas familias tenían la sartén por el mango y si querías hacerte una tortilla te les tenías que arrimar. Adónde se vio entonces eso de estar dándole tantas vueltas a la sortija. Uno se tiene que hacer un poco más el pragmático y no estar dándose aires de compadrito por ahí de que a mí me dan mucho asco las familias oligarcas y no quiero.

4-ALEJANDRA Y EL TURQUITO

La Rusita iba caminando más rápido que yo; y eso que ella tenía las patitas más cortas. Iba adelante. A veces se daba vuelta y me hacía una mueca que me hacía reír. O a veces me decía:
-Apurate, Van Gogh.
Parecía de lo más contenta. Estaba contenta que iba a ver a la Sra. Silvina. Se había cortado todavía más el pelo y como no tenía nada de pechos parecía un muchachito. Yo le seguía el paso como podía, pero qué complicado era seguirle el paso a la Rusita, cómo caminaba de rápido. Qué le habría puesto la Sra. Silvina en el café con leche.
-Apurate, Van Gogh –me dijo-. No vamos a llegar más así a la Lugones. Al final es verdad a vos como te dicen.
-¿Y cómo me dicen a mí?
-Bicho bolita y sandía.
-¿Quién me dice así? –le pregunté.
-Borges. Dice que sos un bicho bolita y un sandía. Y también un cabeza de trapo.
Otra vez la Rusita me empezó a enchinchar. Y el calor era cada vez más insoportable.
-Yo te acompaño hasta acá, Rusita –le dije-. Ya no sigo más.
-¿Qué pasó? ¿Te cansaste, bicho bolita?
-Mirá, Rusita –le dije con un tono un poco agreste-, ya me cansé de oír siempre la primer barbaridad que se te cruza por la cabeza. Hasta acá te acompañé, pero ya no te sigo más. Si querés seguir, seguí sola. Además yo no tengo nada que ver con las asquerosidades que vos tenés con la Sra. Silvina. No me metás a mí en el medio de ustedes dos. ¿Estamos? El enriedo que tienen ustedes dos a mí no me interesa. Y además vos sabés que a mí no me conviene andar mal con esa gente. ¿Lo sabés o no lo sabés?
-Sí, sí, sí, está bien –reconoció la Rusita- Pero a vos tampoco te convendría andar mal con otra gente, Van Gogh. Por ejemplo con el Turquito Asís vos andás muy mal me parece.
-¿Y de dónde lo conocés vos al Turquito?
-No importa de dónde yo lo conozca, Van Gogh. Pero lo conozco. Me dijo que vos le chamuyaste mucha plata. Tené cuidado con ese tipo; es un tipo medio raro. Le voy a dar tu dirección para que te vaya a pedir la plata que le robaste.
Ahí yo me puse muy mal.
-Yo no le robé ninguna plata, Rusita. Vos me parece que te estás equivocando feo esta vez.
-Me parece que el que se está equivocando feo sos vos, Van Gogh. Tenés que tener cuidado con el Turquito. Mirá que ese tipo estuvo preso y es peligroso. Se violó dos presos en la cárcel.
-¿Vos no le habrás dicho mi dirección, Rusita, no?
-No, pero se la tengo que dar mañana para que te visite algún día. Andate a tu casa ahora, ya que estás tan cansado. Andate a dormir… Mirá qué cara de cansado tenés. Tomate unas vacaciones.
Ahora me estaba dando cuenta quién estaba tocando de verdad la rueca. Me quise hacer un poco el caritativo.
-Yo lo único que quería es que vos no tuvieras problemas, Rusita. De verdad. Me da lástima que te eches a perder por culpa de esa tipa. Vos sos una persona inteligente.
-Por eso, andate a tu casa, Van Gogh. Me voy a ir sola a lo de Minina. No necesito más que me acompañés. Total estoy a seis cuadras de la Lugones.
Yo sabía la que se me venía si la dejaba irse sola.
-No, Rusita, mejor te voy a acompañar. No me voy a poder quedar tranquilo si te dejo ahora sola. Tengo miedo de que te hayan hecho algún daño.
-No, no, no; dejá, Van Gogh. Quedate. Si te cansaste y no me querés seguir más. Además mirá el calor que hace…
-No importa; si faltan seis cuadras no importa.
-Sí, ahora vienen Saavedra, Hipólito Yrigoyen, Alcorta, Joaquín V. González, Chiclana y Lugones. Pero no importa, quedate. ¿Para qué me vas a acompañar? Si yo te digo siempre la primer barbaridad que se me cruza por la cabeza. ¿Así para qué me vas a acompañar?
Me miraba fijo la Rusita. Se ve que estaba ofendida. Parpadeaba casi sin darse una coma.
-¿No te me habrás ofendido vos con lo que te dije, Rusita, no?
-No, Van Gogh, quedate tranquilo. Si vos me pegás un tiro y después me decís que yo me puse en el medio. ¿Qué te pensás, que me podés decir cualquier cosa porque soy judía?
Yo quería ponerle paños fríos a la Rusita. Porque de verdad que le tenía miedo a que se quisiera hacer la vengativa conmigo. La fama la tenía.
-Si sabía que te ibas a poner así no te decía nada –le dije.
-No, vos tenés razón, Van Gogh; ya caminaste mucho hoy. ¿Por qué no te tomás cinco años de vacaciones en París por caminar diez cuadras? Andá. Volvete.
Me tuve que tragar mi propio orgullo. No se me olvidaba lo que me había contado del Turquito. Cómo iba a salir después tranquilo a la calle. A lo mejor era todo mentira, esta Rusita era más fabulera. Pero a mí no me daba el poncho como para estar arriesgándome solo por Buenos Aires.
Le pedí disculpas.
-Perdoname, Rusita. Si sabés que siempre digo cualquier pavada. Soy como un chico. Soy un chico alto con barba. Un pavote. Soy así, no puedo cambiar más con los años. ¿Qué querés que haga? Nací lengua suelta, sí. Dale, dejame que te acompañe. Si vos querías que yo te acompañara a lo de la Sra. Silvina.
Me midió con una mirada tan fría que me hizo sudar más la espalda.
-¿Seguro, Van Gogh? ¿Querés que vamos?
-Sí, Rusita, ya estoy bien.
-¿Ya tomaste un poco de aire entonces?
-Sí, Rusita, no te hagás problemas por mí. A ver si ahora te vas a estar haciendo preocupaciones por mí.
-¿Sí? ¿Estás más tranquilo ahora? ¿No vas a decir más pavadas?
Me volví a tragar el orgullo.
-No, Rusita, me voy a coser bien la boca. Dejá que te acompañe.

Cortázar alineado 4° Parte

6-BUENOS AIRES

Al día siguiente estaba volando para Buenos Aires. Como tenía una modorra tremenda dormí durante todo el viaje como un oso. Recién cuando bajé del avión me di cuenta que había sido una estupidez eso de volverme a Buenos Aires. Tan así, de un día para otro. Pero cuándo no, Julio, vos siempre tan atolondrado para todo. Parecés un chico, mirá.
Pero después me agarró un montón de nostalgia y la verdad que me felicité de haber vuelto. Siempre yo era así de tarambana.
Además yo había vuelto, primero que nada, para verlo a Borges.
Pero también me agarraron ganas de andar un poco por San Telmo, Caballito, Parque Patricios, la Calle Corrientes, el Parque Lezama, yo qué sé. Estaba hecho todo un pelotudo como veinte años atrás, cuando visitaba y me paraba a mirar cualquier guevada que Buenos me pudiera ofrecer. Dale, Julio, ya tenés 56. No te hagás el porteño melancólico que no se la vas a vender a nadie. ¿Y vos qué sabés? Por ahí encuentro a algún dormido que todavía no se amaneció y le vendo todos los números juntos. En este país todavía hay varios que no se cayeron del catre.
Salí de Ezeiza y me tomé un taxi. Apenas subí al taxi empecé a sentir un olor a jaula de mono impresionante. Seré yo, pensé. Me pasé las manos por las axilas y la barba, pero yo no era. Ya me estaba por bajar del taxi pero me dije: Julio, vos te metiste solo en este martes 13 y ahora bancatelá. Acá no hay tu tía. Le dije al tachero que me llevara hasta Callao y Las Heras. Si quería encontrarlo a Borges tenía que empezar a buscarlo por ahí.
Miré por la ventanilla y las calles de Buenos Aires empezaron a rodar por mi memoria. Pucha, qué metejón que yo tenía con la nostalgia. Parecía que andaba bien caliente. Lo único que te pido, Julio, es que no empecés a moquear ahora, por favor. Lo único que te pido. Quedate tranquilo, zonzo. No me voy a poner a llorar. Más te conviene. Mirá que esto es Buenos Aires y ya no estás más en París. Si en Buenos Aires te ven lagrimeando te pueden llegar a comer vivo.
En eso no va que el tachero me dice:
-Vio que lo encontraron a Aramburu.
-¿A quién? –yo dije.
No entendía nada.
El tachero siguió hablando lo más campante.
-Sí, parece que hacía un mes que lo habían matado. Se está poniendo bravo este país. Y son los Montoneros los que lo están poniendo bravo. Ahora yo me pregunto: ¿Qué carajo quieren hacer los Montoneros con este país? Yo no entiendo nada.
Dejé caer la cabeza hacia atrás, con cuota de cansancio.
-Yo tampoco entiendo nada, pibe. ¿Qué querés que te diga?
Vi que el tachero se me puso a mirar por el espejito. Una, diez, cien veces. Parecía que me quería sacar una foto. Dale, pibe, escupí lo que tengás que decir. Animate, preguntame si soy Cortázar.
-¿Usted no es de acá, no? –me dijo por fin.
-Sí, soy de acá, pero hace años que no volvía.
-¡Yo ya me di cuenta de quién es usted! ¡Yo ya me di cuenta! ¡Usted es Cortázar!
-Sí, pibe, soy Cortázar. Pero no levantés tanta pólvora.
El tachero era bien morochito, con mucha melena y barba, como yo. No me sacaba los ojitos de encima. Me sonreía y no paraba más de hablar de cualquier cosa. Yo le decía a todo que sí, que sí. Ya ni me acuerdo de las cien pavadas que me dijo. Al fin llegamos a Callao y Las Heras.
-¿Cuánto te debo, pibe?
-No, don Julio, a usted nadie puede cobrarle nada.
Acepté lo del viaje gratis. Y como el olor a jaula de mono era cada vez más impresionante dentro del taxi me rajé de ahí como rata escapando por tirante.
-Hasta la vista, Sr. Cortázar –escuché que me decía el tachero, cuando cerré la puerta del taxi con tanta fuerza que casi no la hago tripas. Me sentía nerviosísimo. Pero qué olor a jaula de mono impresionante que había dentro de ese taxi.

Cortázar 3° parte

3-GUANTESNEGROS Y SIMONE

Me fui corriendo enseguida a la casa del gordo Guantesnegros y su mujer Simone. Vivían en una casita de dos pisos cerca de la mía. La 224 de la rue Jean Jaurès. Nunca salían a la calle prácticamente. Sabía que iba a encontrarlos.
Guantesnegros se la pasaba leyendo filosofía todo el día y Simone era feminista.
Toqué timbre y me abrió Simone.
-Me pegó, me pegó –me dijo Simone en cuanto la vi, con una cadencia en la voz como lánguida, afligida-. Jean P. me pegó.
La pobrecita tenía un ojo morado y temblaba de miedo. Seguro que tenía miedo que Guantesnegros apareciera de golpe y la castigara por haberse quejado conmigo.
-Entre, Julio, entre. Jean P. está arriba. No haga ruido. Yo estoy limpiando acá abajo.
-¿Por qué le pegó, Simone? ¿Usted qué le hizo?
-Nada, nada. Yo nunca hago nada. Yo estoy todo el día encerrada en esta casa y nunca hablo con nadie.
Simone tenía las mejillas encendidas. Daba de verdad lástima la pobre.
-Yo soy una pobre mujer, Julio, qué puedo hacer. ¿Qué voy a hacer? ¿Pelearme con él? No puedo. El es más grande que yo. Tengo que resignarme, ya ve.
-¿Pero es frecuente esto de los golpes?
-Casi día por medio. A veces menos. A veces me pega por cualquier cosa. Por cualquier cosa, Julio.
-¡Pero Simone! ¿Por qué no lo deja y se va?
-¿Y adónde quiere que yo vaya? Yo no sé hacer nada. Dependo de él absolutamente.
Entonces escuchamos la voz de Guantesnegros que venía de arriba.
-¿Con quién hablás, Simone?
-Con el argentinito. Vino recién.
Simone me tomó del brazo y me hizo subir con ella las escaleras.
-Venga, Julio, venga. Suba. Que lo vea. Si no Jean P. va a pensar que estoy hablando sola y que estoy loca. Y no le diga lo que le conté.
-Pero esto es… ¡No puedo callarlo, Simone!
-¡No va a hacer más que empeorar las cosas, Julio! Se lo suplico. Hágame el favor. Jean P. se va a poner como un loco si se entera que yo le conté.
Hablaba bien chiquito. Para que Guantesnegros no la oyera.
Llegamos a una habitación asquerosa rodeada por varios ventanales mugrientos. La habitación más asquerosa que yo había visto en mi vida. Y eso que yo había andado en cada tugurio desde pibe. Guantesnegros estaba metido hasta el cuello en una bañera de ésas que se arrastran y llevan de un lado para otro. El agua estaba toda negra y yo no podía verle el cuerpo. La verdad que me hubiese gustado, porque para mí el cuerpo de Guantesnegros era como un misterio.
Guantesnegros era bien gordo, a diferencia de Simone que era bien flaquita. Simone se sacaba la comida de la boca para dársela a Guantesnegros. Pero guarda, que Simone con esto se ponía contenta. Vivía feliz con eso de someterse a un hombre y cuanto más entonces mucho mejor. Por eso yo me dije: “guarda, que no te engrupa”, “no le tengas lástima a Simone”, “ella está acá porque quiere”, “y si Guantesnegros le pega es porque ella se lo deja”. La pucha que a veces las mujeres son más raras.
Pero igual me dio no sé qué cosa no querer ayudarla a Simone. Yo qué sé. La tipa estaba desesperada. Se le notaba en la cara que tenía un hambre tremendo. Que no sabía bien dónde estaba parada. Creo que esperaba el Knock-Out en cualquier momento. Además yo había ido a la casa de ellos a pedir plata y no para andar haciéndome el lindo precisamente, saliendo a defenderla a Simone como un Jim Dean.


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