Septiembre 15, 2008 | Por tristam | # Enlace permanente
CORTÁZAR 3ra. VUELTA
1-1971
Vos sabés bien qué me pasaba. Yo andaba medio tristón porque el año 71 me había madrugado en Buenos Aires. Y yo hacía ya seis vueltas de calesita que me quería volver a París. Extrañaba esas callecitas humedecitas que tiene y todo el revuelo ese que siempre hay. Pero me tuve que pasar el 24 y el 31 en Buenos Aires. Solito con hambre y sin nadie que me preste.
La peor noche fue la del 31. Me la pasé con el pañuelo en la cara. Me puse a hacer lo que más me gusta hacer en la vida. Me entré a dar lástima de mí mismo. Me acordaba de todo lo que había sufrido de chico. De lo solo y sin papito que me había criado. De cómo se me burlaban en el colegio por cómo yo pronunciaba las r y las g. De la primera novia que me había dejado en Parque Lezama.
Empecé el 71 tirado en la cama y seco como un matambre. Escuché varios discos de jazz y me fumé dos atados. Tenía los pulmones hechos una miseria pero me daba lo mismo. Quería estropearme todavía más la vida. Lo que pasa es que yo estaba enojado con la Embajada de Francia.
No querían habilitarme la plata para el pasaje de regreso a París. Iba todas las mañanas a la Embajada y no me daban nunca una buena respuesta. Yo les decía que tenía la doble ciudadanía y que me dejaran salir de Buenos Aires. Pero ellos me porfiaban que yo tenía que esperar a que pusieran mis papeles en orden para darme el pasaporte. Al final tuve que pasar el año nuevo en Buenos Aires, con el chiste que eso a mí me hacía.
Nunca me gustaron “el primer día del año”. Siempre me ponían nostalgioso. Para colmo ese primero de enero hacía un calor de los cien indios. Decidí no quedarme en casa. Me iba a poner más enojado si me quedaba en casa encerrado.
A la una de la tarde salí a la calle y empecé a caminar por la Vicente López hacia el centro. No había una sola alma en la calle. Hacía un calor de más de 40. Seguro que todos estarían durmiendo la siesta de la sidra y el clericó. Como andaba cerca de la casa de Borges lo quise ir a saludar. A lo mejor la Japonesa me prestaba algo de plata para aligerar los trámites en la Embajada.
2-BORGES
Caminando rápido se llegaba enseguida a lo de Borges. Lo encontré sentado en una silla bajita de mimbre y con la puerta abierta. Se apantallaba la cara con un abanico japonés por el calor que hacía y se había levantado las mangas de los pantalones hasta las rodillas. Yo entonces le podía ver con todo gusto las pantorrillas. Eran unas pantorrillas debiluchas y sin nada de pelo. Ahí corroboré lo que me había contado Astor Piazzolla sobre el verdadero origen de Borges. Pero por qué será que a los indios no le crecen pelos ni en las piernas ni en los brazos ni en la cara. Qué, ahora te vas a poner a pensar en la genética de los nativos del nuevo continente. No, pero de verdad, yo quería saber. Me intrigaba. Qué cosa más rara son los indios. Un día de éstos voy a cazar un libro de antropología para conocer más sobre ellos. De paso lo comprendería mejor a Borges.
-Feliz año de la patria, maestro –le dije dando palmas-, y que vivan los unitarios.
-Feliz año, Cortázar, y que vivan los federales –me dijo Borges-. Y éntre rapidito que se va a calciná ahí en la calle. El sol pega juertito a esta hora, como comisario pasao ´e copa.
Me sonreí y asentí.
-Entre que acá dentro da un poquito de vientito fresco y lindo. Sientesé –me convidó Borges.
Yo me le senté al lado y enseguida me empecé a sentir mejor. Parecía mentira. Pero Borges me transmitía tranquilidad. Tranquilidad y paz.
-¿Está solo, maestro? –le pregunté-. ¿La Sra. se fue?
-Sí se jué –me dijo Borges-. María se jué con la mujé de Bioy a inaugurá un taller literario.
Yo ahí me puse a sospechar como juez al que no le tiraron coima.
-¿A inaugurar un taller literario en un día feriado como hoy, maestro? –le dije-. Es raro ¿no le parece? Hoy es el primer día del año. Debe estar todo cerrado.
Yo quería hacerlo sospechar para que el viejo dejara de ser engañado. Me daba no sé qué rabia que la Sra. Silvina y la Japonesa jugaran así de esta forma con la inocencia de Borges y que nada les pasara, que nadie fuera a ponerle los puntos sobre las íes. Más bien que yo quería que pisaran el palito, pero sin que fuese necesario que yo abriese la boca.
-Maestro –le dije entonces-… ¿usted no nota nada de inusual en la relación de su mujer con la Sra. de Bioy?
-¿Inusual di qui? –dijo Borges-. Esas dos chinitas han salío esta mañana bien temprano y aurita mesmo se deben estar asando vivas como dos lagartijas en el barro todo mugriento.
Le insistí.
-¿Pero es muy habitual que salgan ellas dos solas y juntas, maestro? ¿Y que se ausenten durante tanto tiempo de la casa? Para mí el lugar de una mujer es al lado de su marido. ¿Usted no sospecha que hay algo medio raro detrás de todo esto? Porque no me vendrá a decir ahora usted que piensa que es bueno para su mujer una amistad de este calibre con la Sra. Silvina.
Yo quería seguir cascoteándole el rancho para que reaccionara su recelo indígena. En una de ésas se daba cuenta de todo y después me lo iba a tener que agradecer. Lo que yo quería era poner un huevo en cada canasta.
-¡Ah! –dijo entonces Borges-. Usté ya sabe cómo son las mujere, Cortázar. Vio que les gusta siempre andar juntándose por ahí pa´ hablar a solas de sus hombres. Y si Bioy no le pone el estribo a su mujé, tonce´ yo no le voy a poner estribo a la mía. A esas dos zonzas les gusta andar puniéndose cintitas en los cabellos y caminar por las calles de Buenos Aires delgaditas de cintura.
Me callé la boca. Me di cuenta que nunca Borges podría llegar a imaginar siquiera lo que le hacían a sus espaldas la Japonesa María, la Sra. Silvina y la Rusita.
-¿Quiere que le cebe unos mates, maestro? –le pregunté-. ¿O hace calor?
Pero Borges no me contestó.
Borges me dijo:
-Yo sé lo que usté estará pensando, Cortázar: “¿Pero cómo hace don Borges pa´ salí con una chiruza como esa María?”. Lo que pasa es que usté no la conoce bien a María. Lo suavecito y lindo qui habla esa ñata por las noches. Parece un manantial de poesía que reberberase de su boca, mire. Y yo le toco la cabecita a María y le digo: “Usté e´ guena, María, e´ guena. E´ trabajadora.”. Y ella tiene el cabellito suave, suave; y yo le paso la manito así despacio, despacio.
Entonces yo arrimé mi sillita más a la suya y le pregunté:
-¿Y le cuenta historias por las noches, maestro?
-¡Cómo no me va a contá historias! –dijo Borges-. Todas las noches me cuenta historias. Una vez María me contó que ayá en el norte existe un mar inmenso; y que en medio de ese mar existe una islita chiquita que le pusieron el nombre de la islita de la Bretaña. Y parece ser que en esa isla nacieron juntitos los hombres pa´ escribir las cosas que les venían de sus almas. Y dicen que en el norte de esa islita la peonada habla en una palabra; pero que más abajo la peonada habla en otra palabra; y más más abajo todavía hablan en otra palabra. Y tonce´ yo acá me hago una pregunta y quisiera que alguien juera bueno y me viniera a respondé: ¿cómo hacen esos hombres pa´ entenderse si hablan en diferentes palabras?
-No me imagino cómo harán, maestro –le dije-. De seguro deben tener un conocimiento innato, al igual como lo tienen las hormigas y los escarabajos de oro.
-Y María también me dijo que en esa islita tienen una reina, qui maneja todas las estancias y los capataces son tuitos buena gente de trabajo, no como acá que son todos subversivos y ponebombas.
Yo ahí quise desviar la conversación más hacia el lado de lo político y lo social. Tenía que aprovechar que no estaba la Japonesa para saber qué pensaba Borges al respecto.
-Maestro, ¿usted cree que Perón volverá al país este año? –le pregunté.
3-BORGES Y PERÓN
-¡Qui va a vení ese cobarde! –dijo Borges poniéndose bien bravo-. ¡Ese no guelve más a este pago! Pa´ mí qui dibería seguí como Presidente el general Onganía; ése sí que e´ guenazo; ¡ése sí qui no le hace mal al pago!
Yo me estaba muriendo de sed. Y Borges tenía una botellita de agua que tomaba con una pajita. Le daba pequeños sorbitos pero yo no me animaba a pedirle. No me animaba por nada del mundo. ¿Por qué me sentiría yo siempre tan insignificante al lado de ese hombre, que para todo tenía una respuesta, que para todo tenía una explicación siempre a la mano?
-¿Y a qué va a volvé ese Perón al país, digamé? –continuó Borges-. ¿Qui quiere hacé ese mestizo con este país? Nosotros en la Argentina somos tuitos la mayoría descendiente de uropeos y no de indios patasucias como él. Nosotros somos como un paisito de Uropa acá tirado donde el diablo perdió el poncho…
-Eso es lo que dice siempre la Sra. Victoria –yo dije-. Dice que nosotros los argentinos somos europeos en un continente de latinoamericanos.
-Y en eso la cuñada de Bioy tiene tuita la razón –dijo Borges-. No señó, no somos argentino, somos uropeo. Por eso lo echamos a Rozas y por eso también lo echamos a Perón de la tapera en el 55. En el 45 Perón quería que este país juera pa´ los indios salvajes, pero entre los militares y el Jockey Club le cortaron las orejas como a los perros a ese mestizo!
Borges parecía entonarse de lo lindo cuando se le hacían preguntas sobre el peronismo. Se prendía enseguida y saltaba como leche hervida y le gustaba más que el dulce de leche. Y aunque yo nunca entendí nada de política y nunca me interesó la política argentina, le tiré una para que se distraiga un poco.
-Y dígame, maestro –le dije-, ¿qué opinaba usted en los 50 sobre la figura de Eva Perón?
Borges se encendió como polvorita.
-¡Ay esa Perona! –resopló con furia-. ¡Esa Perona era más populachera!… Ay la rabia qui mi daba cuando la uía por la radio. ¡Hablaba pior de la oligarquía argentina qui de la seca, mire! Y despué se hacía la más dulce que el camote con los cabecitanegra. Pero esa Perona era toda una bandida. No nos quiría nadita a nosotros, porque nosotros somos más blanquitos que la leche y que la cal; y ella era bien negrita del Junín y no tenía abuelitos ilustre ni naides que le venga a estirar el cuento.
Borges se puso a rascarse las pantorrillas con las uñas. Tanto que se las puso coloradas. Se rascaba como si tuviera piojos. Sin duda que el estar hablando de tanto peronismo y tanto cabecitanegra le había hecho acordarse de aquella pensión donde lo mandó el padre a prestarle la plata a Macedonio. Todo lo que me había contado entonces la Japonesa era cierto; y era cierto entonces también que Borges había entrado a esa pensión y que había visto a toda esa gente del interior amontonada ahí adentro y que se había horrorizado, porque había reconocido en los rasgos de aquellos provincianos los mismos rasgos de sus padres reales, según me había contado Astor Piazzolla.
Borges prosiguió su arenga antiperonista.
-¡Y una invidia nos tenía esa Perona! Porque saía qui la Argentina e´ pa´ tuitos nosotros y no pa´ ellos. Nus echaba en cara qui nosotos éramos de la Sociedá Rural y del Jockey Club, pero nosotros dijimos: “Acá es ellos o nosotros. Y los ingleses con los que quisieron negociá jué con nosotros y no con ellos. Así qui si me apuran que no me quieran sacar gueno porque no respondo de mí si mi impiezo a poner chinchudo”. Yo a esa Perona nunca le creí nada. Por eso le cortamos al marido las orejas como a los perros, pa´ que se escapara en el 55 en barcaza por el Paraguay!
Ahí sonó el teléfono.
4-BORGES Y UN TELÉFONO
Borges fue a atenderlo caminando de a tranquitos. El teléfono estaba en una piecita lejana y por eso estuvo sonando tanto tiempo hasta que atendió. Yo vi que Borges había cerrado la puerta de la piecita para atender el teléfono, como si tuviera cuidado que yo no escuchara nada de lo que anduviera hablando. Esto me picó la curiosidad. Yo siempre fui curioso como un gato. Me entraron a dar ganas de saber con quién estaría hablando Borges.
Me fui en puntitas de pie hasta la piecita y pegué la oreja a la puerta. Al principio no escuchaba nada, pero después sentí que Borges dijo:
-Sí, mijita, ya le dije yo que está acá. Se lo tengo acá hablando conmigo. Usté quédese tranquila.
A mí se me pusieron los pelos de punta. Borges estaba hablando de mí con alguien pero yo no sabía con quién. Me empecé a hacer mala sangre y a ponerme nervioso. No me gustaba un pito que hablaran de mí por teléfono. Pero me puse todavía más nervioso cuando escuché lo que viene:
-Tá bien, mijita. Yo se lo voy a entretener acá por un par de horas así usté trabaja tranquila. Usté trabaje tranquila allá y no me afloje. Se lo voy a entretené hasta las 5 ´e la tarde.
El mundo se me vino encima. ¿Por qué Borges tenía que entretenerme hasta las 5? ¿Con quién hablaba? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué cosas planeaban en mi contra? ¿Por qué me odiaban?
Después sentí que Borges dijo, alzando bastante más la voz:
-¡Usté me está faltando el respeto, mijita! Ya me llamó dos vece viejo puto y no se lo voy a permití una tercera. Todavía qui li hago a usté un favor, usté se me pone a insultá. Yo a este señó se lo entretengo hasta las 5 y despué arréglese usté solita. Ansí que haiga ahí todo lo qui tiene qui hacé todo enseguidita.
No precisé seguir escuchando más. No quería seguir escuchando más. Me negaba a ver que el mundo se me cayera de a pedazos. Que en todo aquello en lo que había durante tantos años creído se desplomase de repente encima mío. Simplemente escapé de la casa de Borges como una especie de autoabroquelamiento.
Salí a la calle y me tomé un taxi. Quería llegar urgente a mi casa. Sospechaba algo feo. Sospechaba quién podía ser la persona con la que Borges había estado hablando, pero me daba chuchos de miedo querer darme cuenta. Que me bajaran así del aire de un escopetazo. Todavía no quería pensar nada ni conjeturar nada. Quería nada más llegar a mi casa y afrontar lo que tenía que afrontar. Entré a transpirar muchísimo de los nervios.
Como no había nadie en la calle el tachero nunca sacó la cuarta y llegamos enseguida por Coronel Quijana. Le pagué y no le esperé el vuelto, me bajé del taxi con el pulso latiéndome como a 95 o 100. Ahí nomás cuando vi la puerta me di cuenta que me habían tomado la casa. Habían forzado la puerta a martillazos y a patada limpia al parecer.
Mi casa era de ésas como hacían antes los italianos, en forma de chorizo. De manera que para entrar había que cruzar un pasillito. Después estaba el patio, la cocina y la pieza.
Yo entré con un miedo terrible.
Pero más miedo me agarró cuando perfilé por el patio. Escuché la voz de la Rusita viniendo desde la cocina. No me cabía la menor duda. Era su voz, entre infantilada y arrabalera. Le estaba hablando bajito a alguien pero ese alguien no le respondía ni parecía llevarle el apunte. Yo me arrimé a la puerta de la cocina que estaba a medio cerrar y ahí la vi: a la Rusita sentada arriba de mi mesa de la cocina con las patitas colgándole como péndulos.
La Rusita estaba vestida bien de verano, con un pantaloncito corto Adidas, unas zapatillas tipo botitas y una remerita blanca con las letras YPF en rojo sobre el pecho. Se había cortado el pelo al rapé con un flequillo chiquito con el que se hacía un jopo. Estaba comiendo unas manzanas verdes y no dejaba nunca un segundo de mover las patitas colgadas como si fueran hamacas bailando.
-Así que vos no seas mongoaurelio –le decía la Rusita a alguien-. Vos hacé todo lo que yo te diga que va a salir todo bien. Yo sé manejarlo bien a este tipo. Cuando yo te diga “Hacé esto”, vos hacelo. Así de simple, no esquivés el bulto. Al final va a salir todo bien, quedate tranquilo.
Después se calló. Yo quería que siguiera hablando para saber con quién hablaba y entonces miré por la cerradura para espiar. Pero no vi a nadie.
Me entró a dar corajina. El miedo se me varió por odio hacia la Rusita. “Yo a ésta se las voy a hacer pagar todas juntas”, me dije, “se quiere dar aires de compadrita con todo el mundo pero yo la voy a bajar de un escopetazo”.
Entré a la cocina abriendo la puerta de un golpe.
Cuando la Rusita me vio no se chistó ni un poco. Es más, me preguntó lo más campante qué estaba haciendo yo ahí.
-Yo vivo acá, Rusita –le dije-, ésta es mi casa ¿no? ¿Vos qué hacés acá? ¿Fuiste vos la que me rompiste la puerta? ¿Vos entraste de prepo acá, Rusita?
-Te traje un regalo, Van Gogh –me dijo queriéndome cambiar el tema-. Por el año nuevo que estamos empezando. Es una plantita de pino. Tené ojo, Van Gogh, que me dijeron en la florería que este tipo de plantitas crece hasta cien o doscientos metros.
Yo vi que me estaba mostrando una plantita pero que no era para nada una de pino. Era otro tipo de planta; ésta era una de mala muerte.
-¿Vos no me compraste nada a mí? –me preguntó la Rusita.
-Dejate de jorobar, Rusita –le dije-, y decime cómo entraste. ¿Con quién estabas hablando vos recién? Acá hay alguien más. Te escuché que le estabas hablando a alguien.
-No estaba hablando con nadie, Van Gogh –me dijo-. Estaba cantando. Además estoy sola, no hay nadie acá. ¿Vos el 31 con quién lo pasaste?
La Rusita me miró cerrando por un instante un poquito los ojos, como siempre que me estaba mintiendo. Siempre que mentía hacía lo mismo. Yo le conocía todas las mañas a la Rusita. No le tenía ninguna confianza. Sabía muy bien que no le podía tener ninguna confianza a alguien así.
-Vos me estás jorobando, Rusita –le dije-, acá hay alguien más –y me fui a la pieza y encontré todo dado vuelta, todo patas arriba; los cajones por el piso, los libros con todas las hojas arrancadas, hasta el colchón lo habían roto tajeándolo con un cuchillo. Busqué y busqué pero no encontré a nadie.
Volví a la cocina y le pregunté:
-¿Vos me tajeaste el colchón con un cuchillo, Rusita?
-No, Van Gogh –me dijo-. Ya estaba todo así cuando yo vine. Parece que vino alguien antes que yo y que no te debe querer mucho. ¿Vos no te estarás haciendo el vivo con alguna casada, no? Mirá si el marido te llegaba a agarrar con ese cuchillo. Ahí sí que la sangre iba a llegar al río. Cuidate, Van Gogh. Mirá que yo no quiero ir a tu velatorio.
-Yo no me estoy viendo con nadie –le dije-. Estoy haciendo bien todos los deberes.
-Decime, Van Gogh ¿no te quedó algo de sidra mientras como las manzanas? Me gusta acompañarlas con algo.
-No te hagás la zonza, Rusita. Decime la verdad. Vos lo llamaste por teléfono a Borges recién ¿no?
-No, Van Gogh –me desmintió otra vez-. Si yo el teléfono de Borges no lo conozco. Ni siquiera sabía que tenía teléfono. Recién ahora me vengo a enterar. Mirá cómo son las cosas.
Yo dudé.
Para ponerla bien a prueba la ataqué por su punto más bajo.
Le dije:
-¿Sabés, Rusita? Me parece que te están pasando por arriba. Hoy la Japonesa María se fue a inaugurar un taller literario con la Sra. Silvina. Perdoná que sea yo el que te lo tenga que decir… Parece que la Sra. Silvina está jugando ahora ella a dos puntas con vos y la otra.
La Rusita hizo como que se iba a poner a llorar, pero después se empezó a reír. Fingió.
-No me interesa lo que hagan la Japonesa y Minina –me dijo encogiéndose de hombros-. Además hoy no vine a hablar de polleras.
-¿Ah no? –le dije-. ¿Y a qué viniste, Rusita?
-Hoy vine a hablar de negocios. Negocios nuestros…
Otra vez empecé a sentir chuchos de miedo.
-¿De qué me hablás, Rusita? ¿Qué negocios puedo tener yo con vos?
-Pensá, Van Gogh. Acordate.
Yo entré a recular. Tragaba saliva y sentía miedo. La voz me sonó suplicante.
-¿Qué tengo yo que ver con vos, Rusita? Decime, ¿yo a vos qué te hice? Si yo a vos nunca te hice nada…
-Acordate, Van Gogh. Mirá para atrás un poco en tu vida, para ver lo que hiciste.
-¿De qué me tengo que acordar, si yo a vos nunca te hice nada?
-Pensá. Ponete a pensar un poco en las macanas que hiciste en tu vida.
-¡Yo nunca le hice ninguna macana a nadie, Rusita, vos lo sabés bien! ¡Vos me querés asustar para que diga cualquier cosa!
-Cada uno sabe las macanas que se manda… por más que se quiera hacer el monaguillo para los demás.
-Vos me apurás así para asustarme nomás, ¿si yo cuándo me mandé una macana?
Ahí la Rusita le hizo un gesto a alguien que estaba detrás mío. Le hizo un gesto de asentimiento. Entonces sentí olor a jaula de mono y cuando me di vuelta lo vi al Turquito que me agarraba como un brusco por los hombros y me tumbaba boca abajo contra el piso.
Septiembre 7, 2008 | Por tristam | # Enlace permanente
CORTÁZAR 3ra. VUELTA
1-1971
Vos sabés bien qué me pasaba. Yo andaba medio tristón porque el año 71 me había madrugado en Buenos Aires. Y yo hacía ya seis vueltas de calesita que me quería volver a París. Extrañaba esas callecitas humedecitas que tiene y todo el revuelo ese que siempre hay. Pero me tuve que pasar el 24 y el 31 en Buenos Aires. Solito con hambre y sin nadie que me preste.
La peor noche fue la del 31. Me la pasé con el pañuelo en la cara. Me puse a hacer lo que más me gusta hacer en la vida. Me entré a dar lástima de mí mismo. Me acordaba de todo lo que había sufrido de chico. De lo solo y sin papito que me había criado. De cómo se me burlaban en el colegio por cómo yo pronunciaba las r y las g. De la primera novia que me había dejado en Parque Lezama.
Empecé el 71 tirado en la cama y seco como un matambre. Escuché varios discos de jazz y me fumé dos atados. Tenía los pulmones hechos una miseria pero me daba lo mismo. Quería estropearme todavía más la vida. Lo que pasa es que yo estaba enojado con la Embajada de Francia.
No querían habilitarme la plata para el pasaje de regreso a París. Iba todas las mañanas a la Embajada y no me daban nunca una buena respuesta. Yo les decía que tenía la doble ciudadanía y que me dejaran salir de Buenos Aires. Pero ellos me porfiaban que yo tenía que esperar a que pusieran mis papeles en orden para darme el pasaporte. Al final tuve que pasar el año nuevo en Buenos Aires, con el chiste que eso a mí me hacía.
Nunca me gustaron “el primer día del año”. Siempre me ponían nostalgioso. Para colmo ese primero de enero hacía un calor de los cien indios. Decidí no quedarme en casa. Me iba a poner más enojado si me quedaba en casa encerrado.
A la una de la tarde salí a la calle y empecé a caminar por la Vicente López hacia el centro. No había una sola alma en la calle. Hacía un calor de más de 40. Seguro que todos estarían durmiendo la siesta de la sidra y el clericó. Como andaba cerca de la casa de Borges lo quise ir a saludar. A lo mejor la Japonesa me prestaba algo de plata para aligerar los trámites en la Embajada.
2-BORGES
Caminando rápido se llegaba enseguida a lo de Borges. Lo encontré sentado en una silla bajita de mimbre y con la puerta abierta. Se apantallaba la cara con un abanico japonés por el calor que hacía y se había levantado las mangas de los pantalones hasta las rodillas. Yo entonces le podía ver con todo gusto las pantorrillas. Eran unas pantorrillas debiluchas y sin nada de pelo. Ahí corroboré lo que me había contado Astor Piazzolla sobre el verdadero origen de Borges. Pero por qué será que a los indios no le crecen pelos ni en las piernas ni en los brazos ni en la cara. Qué, ahora te vas a poner a pensar en la genética de los nativos del nuevo continente. No, pero de verdad, yo quería saber. Me intrigaba. Qué cosa más rara son los indios. Un día de éstos voy a cazar un libro de antropología para conocer más sobre ellos. De paso lo comprendería mejor a Borges.
-Feliz año de la patria, maestro –le dije dando palmas-, y que vivan los unitarios.
-Feliz año, Cortázar, y que vivan los federales –me dijo Borges-. Y éntre rapidito que se va a calciná ahí en la calle. El sol pega juertito a esta hora, como comisario pasao ´e copa.
Me sonreí y asentí.
-Entre que acá dentro da un poquito de vientito fresco y lindo. Sientesé –me convidó Borges.
Yo me le senté al lado y enseguida me empecé a sentir mejor. Parecía mentira. Pero Borges me transmitía tranquilidad. Tranquilidad y paz.
-¿Está solo, maestro? –le pregunté-. ¿La Sra. se fue?
-Sí se jué –me dijo Borges-. María se jué con la mujé de Bioy a inaugurá un taller literario.
Yo ahí me puse a sospechar como juez al que no le tiraron coima.
-¿A inaugurar un taller literario en un día feriado como hoy, maestro? –le dije-. Es raro ¿no le parece? Hoy es el primer día del año. Debe estar todo cerrado.
Yo quería hacerlo sospechar para que el viejo dejara de ser engañado. Me daba no sé qué rabia que la Sra. Silvina y la Japonesa jugaran así de esta forma con la inocencia de Borges y que nada les pasara, que nadie fuera a ponerle los puntos sobre las íes. Más bien que yo quería que pisaran el palito, pero sin que fuese necesario que yo abriese la boca.
-Maestro –le dije entonces-… ¿usted no nota nada de inusual en la relación de su mujer con la Sra. de Bioy?
-¿Inusual di qui? –dijo Borges-. Esas dos chinitas han salío esta mañana bien temprano y aurita mesmo se deben estar asando vivas como dos lagartijas en el barro todo mugriento.
Le insistí.
-¿Pero es muy habitual que salgan ellas dos solas y juntas, maestro? ¿Y que se ausenten durante tanto tiempo de la casa? Para mí el lugar de una mujer es al lado de su marido. ¿Usted no sospecha que hay algo medio raro detrás de todo esto? Porque no me vendrá a decir ahora usted que piensa que es bueno para su mujer una amistad de este calibre con la Sra. Silvina.
Yo quería seguir cascoteándole el rancho para que reaccionara su recelo indígena. En una de ésas se daba cuenta de todo y después me lo iba a tener que agradecer. Lo que yo quería era poner un huevo en cada canasta.
-¡Ah! –dijo entonces Borges-. Usté ya sabe cómo son las mujere, Cortázar. Vio que les gusta siempre andar juntándose por ahí pa´ hablar a solas de sus hombres. Y si Bioy no le pone el estribo a su mujé, tonce´ yo no le voy a poner estribo a la mía. A esas dos zonzas les gusta andar puniéndose cintitas en los cabellos y caminar por las calles de Buenos Aires delgaditas de cintura.
Me callé la boca. Me di cuenta que nunca Borges podría llegar a imaginar siquiera lo que le hacían a sus espaldas la Japonesa María, la Sra. Silvina y la Rusita.
-¿Quiere que le cebe unos mates, maestro? –le pregunté-. ¿O hace calor?
Pero Borges no me contestó.
Borges me dijo:
-Yo sé lo que usté estará pensando, Cortázar: “¿Pero cómo hace don Borges pa´ salí con una chiruza como esa María?”. Lo que pasa es que usté no la conoce bien a María. Lo suavecito y lindo qui habla esa ñata por las noches. Parece un manantial de poesía que reberberase de su boca, mire. Y yo le toco la cabecita a María y le digo: “Usté e´ guena, María, e´ guena. E´ trabajadora.”. Y ella tiene el cabellito suave, suave; y yo le paso la manito así despacio, despacio.
Entonces yo arrimé mi sillita más a la suya y le pregunté:
-¿Y le cuenta historias por las noches, maestro?
-¡Cómo no me va a contá historias! –dijo Borges-. Todas las noches me cuenta historias. Una vez María me contó que ayá en el norte existe un mar inmenso; y que en medio de ese mar existe una islita chiquita que le pusieron el nombre de la islita de la Bretaña. Y parece ser que en esa isla nacieron juntitos los hombres pa´ escribir las cosas que les venían de sus almas. Y dicen que en el norte de esa islita la peonada habla en una palabra; pero que más abajo la peonada habla en otra palabra; y más más abajo todavía hablan en otra palabra. Y tonce´ yo acá me hago una pregunta y quisiera que alguien juera bueno y me viniera a respondé: ¿cómo hacen esos hombres pa´ entenderse si hablan en diferentes palabras?
-No me imagino cómo harán, maestro –le dije-. De seguro deben tener un conocimiento innato, al igual como lo tienen las hormigas y los escarabajos de oro.
-Y María también me dijo que en esa islita tienen una reina, qui maneja todas las estancias y los capataces son tuitos buena gente de trabajo, no como acá que son todos subversivos y ponebombas.
Yo ahí quise desviar la conversación más hacia el lado de lo político y lo social. Tenía que aprovechar que no estaba la Japonesa para saber qué pensaba Borges al respecto.
-Maestro, ¿usted cree que Perón volverá al país este año? –le pregunté.
3-BORGES Y PERÓN
-¡Qui va a vení ese cobarde! –dijo Borges poniéndose bien bravo-. ¡Ese no guelve más a este pago! Pa´ mí qui dibería seguí como Presidente el general Onganía; ése sí que e´ guenazo; ¡ése sí qui no le hace mal al pago!
Yo me estaba muriendo de sed. Y Borges tenía una botellita de agua que tomaba con una pajita. Le daba pequeños sorbitos pero yo no me animaba a pedirle. No me animaba por nada del mundo. ¿Por qué me sentiría yo siempre tan insignificante al lado de ese hombre, que para todo tenía una respuesta, que para todo tenía una explicación siempre a la mano?
-¿Y a qué va a volvé ese Perón al país, digamé? –continuó Borges-. ¿Qui quiere hacé ese mestizo con este país? Nosotros en la Argentina somos tuitos la mayoría descendiente de uropeos y no de indios patasucias como él. Nosotros somos como un paisito de Uropa acá tirado donde el diablo perdió el poncho…
-Eso es lo que dice siempre la Sra. Victoria –yo dije-. Dice que nosotros los argentinos somos europeos en un continente de latinoamericanos.
-Y en eso la cuñada de Bioy tiene tuita la razón –dijo Borges-. No señó, no somos argentino, somos uropeo. Por eso lo echamos a Rozas y por eso también lo echamos a Perón de la tapera en el 55. En el 45 Perón quería que este país juera pa´ los indios salvajes, pero entre los militares y el Jockey Club le cortaron las orejas como a los perros a ese mestizo!
Borges parecía entonarse de lo lindo cuando se le hacían preguntas sobre el peronismo. Se prendía enseguida y saltaba como leche hervida y le gustaba más que el dulce de leche. Y aunque yo nunca entendí nada de política y nunca me interesó la política argentina, le tiré una para que se distraiga un poco.
-Y dígame, maestro –le dije-, ¿qué opinaba usted en los 50 sobre la figura de Eva Perón?
Borges se encendió como polvorita.
-¡Ay esa Perona! –resopló con furia-. ¡Esa Perona era más populachera!… Ay la rabia qui mi daba cuando la uía por la radio. ¡Hablaba pior de la oligarquía argentina qui de la seca, mire! Y despué se hacía la más dulce que el camote con los cabecitanegra. Pero esa Perona era toda una bandida. No nos quiría nadita a nosotros, porque nosotros somos más blanquitos que la leche y que la cal; y ella era bien negrita del Junín y no tenía abuelitos ilustre ni naides que le venga a estirar el cuento.
Borges se puso a rascarse las pantorrillas con las uñas. Tanto que se las puso coloradas. Se rascaba como si tuviera piojos. Sin duda que el estar hablando de tanto peronismo y tanto cabecitanegra le había hecho acordarse de aquella pensión donde lo mandó el padre a prestarle la plata a Macedonio. Todo lo que me había contado entonces la Japonesa era cierto; y era cierto entonces también que Borges había entrado a esa pensión y que había visto a toda esa gente del interior amontonada ahí adentro y que se había horrorizado, porque había reconocido en los rasgos de aquellos provincianos los mismos rasgos de sus padres reales, según me había contado Astor Piazzolla.
Borges prosiguió su arenga antiperonista.
-¡Y una invidia nos tenía esa Perona! Porque saía qui la Argentina e´ pa´ tuitos nosotros y no pa´ ellos. Nus echaba en cara qui nosotos éramos de la Sociedá Rural y del Jockey Club, pero nosotros dijimos: “Acá es ellos o nosotros. Y los ingleses con los que quisieron negociá jué con nosotros y no con ellos. Así qui si me apuran que no me quieran sacar gueno porque no respondo de mí si mi impiezo a poner chinchudo”. Yo a esa Perona nunca le creí nada. Por eso le cortamos al marido las orejas como a los perros, pa´ que se escapara en el 55 en barcaza por el Paraguay!
Ahí sonó el teléfono.
4-BORGES Y UN TELÉFONO
Borges fue a atenderlo caminando de a tranquitos. El teléfono estaba en una piecita lejana y por eso estuvo sonando tanto tiempo hasta que atendió. Yo vi que Borges había cerrado la puerta de la piecita para atender el teléfono, como si tuviera cuidado que yo no escuchara nada de lo que anduviera hablando. Esto me picó la curiosidad. Yo siempre fui curioso como un gato. Me entraron a dar ganas de saber con quién estaría hablando Borges.
Me fui en puntitas de pie hasta la piecita y pegué la oreja a la puerta. Al principio no escuchaba nada, pero después sentí que Borges dijo:
-Sí, mijita, ya le dije yo que está acá. Se lo tengo acá hablando conmigo. Usté quédese tranquila.
A mí se me pusieron los pelos de punta. Borges estaba hablando de mí con alguien pero yo no sabía con quién. Me empecé a hacer mala sangre y a ponerme nervioso. No me gustaba un pito que hablaran de mí por teléfono. Pero me puse todavía más nervioso cuando escuché lo que viene:
-Tá bien, mijita. Yo se lo voy a entretener acá por un par de horas así usté trabaja tranquila. Usté trabaje tranquila allá y no me afloje. Se lo voy a entretené hasta las 5 ´e la tarde.
El mundo se me vino encima. ¿Por qué Borges tenía que entretenerme hasta las 5? ¿Con quién hablaba? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué cosas planeaban en mi contra? ¿Por qué me odiaban?
Después sentí que Borges dijo, alzando bastante más la voz:
-¡Usté me está faltando el respeto, mijita! Ya me llamó dos vece viejo puto y no se lo voy a permití una tercera. Todavía qui li hago a usté un favor, usté se me pone a insultá. Yo a este señó se lo entretengo hasta las 5 y despué arréglese usté solita. Ansí que haiga ahí todo lo qui tiene qui hacé todo enseguidita.
No precisé seguir escuchando más. No quería seguir escuchando más. Me negaba a ver que el mundo se me cayera de a pedazos. Que en todo aquello en lo que había durante tantos años creído se desplomase de repente encima mío. Simplemente escapé de la casa de Borges como una especie de autoabroquelamiento.
Salí a la calle y me tomé un taxi. Quería llegar urgente a mi casa. Sospechaba algo feo. Sospechaba quién podía ser la persona con la que Borges había estado hablando, pero me daba chuchos de miedo querer darme cuenta. Que me bajaran así del aire de un escopetazo. Todavía no quería pensar nada ni conjeturar nada. Quería nada más llegar a mi casa y afrontar lo que tenía que afrontar. Entré a transpirar muchísimo de los nervios.
Como no había nadie en la calle el tachero nunca sacó la cuarta y llegamos enseguida por Coronel Quijana. Le pagué y no le esperé el vuelto, me bajé del taxi con el pulso latiéndome como a 95 o 100. Ahí nomás cuando vi la puerta me di cuenta que me habían tomado la casa. Habían forzado la puerta a martillazos y a patada limpia al parecer.
Mi casa era de ésas como hacían antes los italianos, en forma de chorizo. De manera que para entrar había que cruzar un pasillito. Después estaba el patio, la cocina y la pieza.
Yo entré con un miedo terrible.
Pero más miedo me agarró cuando perfilé por el patio. Escuché la voz de la Rusita viniendo desde la cocina. No me cabía la menor duda. Era su voz, entre infantilada y arrabalera. Le estaba hablando bajito a alguien pero ese alguien no le respondía ni parecía llevarle el apunte. Yo me arrimé a la puerta de la cocina que estaba a medio cerrar y ahí la vi: a la Rusita sentada arriba de mi mesa de la cocina con las patitas colgándole como péndulos.
La Rusita estaba vestida bien de verano, con un pantaloncito corto Adidas, unas zapatillas tipo botitas y una remerita blanca con las letras YPF en rojo sobre el pecho. Se había cortado el pelo al rapé con un flequillo chiquito con el que se hacía un jopo. Estaba comiendo unas manzanas verdes y no dejaba nunca un segundo de mover las patitas colgadas como si fueran hamacas bailando.
-Así que vos no seas mongoaurelio –le decía la Rusita a alguien-. Vos hacé todo lo que yo te diga que va a salir todo bien. Yo sé manejarlo bien a este tipo. Cuando yo te diga “Hacé esto”, vos hacelo. Así de simple, no esquivés el bulto. Al final va a salir todo bien, quedate tranquilo.
Después se calló. Yo quería que siguiera hablando para saber con quién hablaba y entonces miré por la cerradura para espiar. Pero no vi a nadie.
Me entró a dar corajina. El miedo se me varió por odio hacia la Rusita. “Yo a ésta se las voy a hacer pagar todas juntas”, me dije, “se quiere dar aires de compadrita con todo el mundo pero yo la voy a bajar de un escopetazo”.
Entré a la cocina abriendo la puerta de un golpe.
Cuando la Rusita me vio no se chistó ni un poco. Es más, me preguntó lo más campante qué estaba haciendo yo ahí.
-Yo vivo acá, Rusita –le dije-, ésta es mi casa ¿no? ¿Vos qué hacés acá? ¿Fuiste vos la que me rompiste la puerta? ¿Vos entraste de prepo acá, Rusita?
-Te traje un regalo, Van Gogh –me dijo queriéndome cambiar el tema-. Por el año nuevo que estamos empezando. Es una plantita de pino. Tené ojo, Van Gogh, que me dijeron en la florería que este tipo de plantitas crece hasta cien o doscientos metros.
Yo vi que me estaba mostrando una plantita pero que no era para nada una de pino. Era otro tipo de planta; ésta era una de mala muerte.
-¿Vos no me compraste nada a mí? –me preguntó la Rusita.
-Dejate de jorobar, Rusita –le dije-, y decime cómo entraste. ¿Con quién estabas hablando vos recién? Acá hay alguien más. Te escuché que le estabas hablando a alguien.
-No estaba hablando con nadie, Van Gogh –me dijo-. Estaba cantando. Además estoy sola, no hay nadie acá. ¿Vos el 31 con quién lo pasaste?
La Rusita me miró cerrando por un instante un poquito los ojos, como siempre que me estaba mintiendo. Siempre que mentía hacía lo mismo. Yo le conocía todas las mañas a la Rusita. No le tenía ninguna confianza. Sabía muy bien que no le podía tener ninguna confianza a alguien así.
-Vos me estás jorobando, Rusita –le dije-, acá hay alguien más –y me fui a la pieza y encontré todo dado vuelta, todo patas arriba; los cajones por el piso, los libros con todas las hojas arrancadas, hasta el colchón lo habían roto tajeándolo con un cuchillo. Busqué y busqué pero no encontré a nadie.
Volví a la cocina y le pregunté:
-¿Vos me tajeaste el colchón con un cuchillo, Rusita?
-No, Van Gogh –me dijo-. Ya estaba todo así cuando yo vine. Parece que vino alguien antes que yo y que no te debe querer mucho. ¿Vos no te estarás haciendo el vivo con alguna casada, no? Mirá si el marido te llegaba a agarrar con ese cuchillo. Ahí sí que la sangre iba a llegar al río. Cuidate, Van Gogh. Mirá que yo no quiero ir a tu velatorio.
-Yo no me estoy viendo con nadie –le dije-. Estoy haciendo bien todos los deberes.
-Decime, Van Gogh ¿no te quedó algo de sidra mientras como las manzanas? Me gusta acompañarlas con algo.
-No te hagás la zonza, Rusita. Decime la verdad. Vos lo llamaste por teléfono a Borges recién ¿no?
-No, Van Gogh –me desmintió otra vez-. Si yo el teléfono de Borges no lo conozco. Ni siquiera sabía que tenía teléfono. Recién ahora me vengo a enterar. Mirá cómo son las cosas.
Yo dudé.
Para ponerla bien a prueba la ataqué por su punto más bajo.
Le dije:
-¿Sabés, Rusita? Me parece que te están pasando por arriba. Hoy la Japonesa María se fue a inaugurar un taller literario con la Sra. Silvina. Perdoná que sea yo el que te lo tenga que decir… Parece que la Sra. Silvina está jugando ahora ella a dos puntas con vos y la otra.
La Rusita hizo como que se iba a poner a llorar, pero después se empezó a reír. Fingió.
-No me interesa lo que hagan la Japonesa y Minina –me dijo encogiéndose de hombros-. Además hoy no vine a hablar de polleras.
-¿Ah no? –le dije-. ¿Y a qué viniste, Rusita?
-Hoy vine a hablar de negocios. Negocios nuestros…
Otra vez empecé a sentir chuchos de miedo.
-¿De qué me hablás, Rusita? ¿Qué negocios puedo tener yo con vos?
-Pensá, Van Gogh. Acordate.
Yo entré a recular. Tragaba saliva y sentía miedo. La voz me sonó suplicante.
-¿Qué tengo yo que ver con vos, Rusita? Decime, ¿yo a vos qué te hice? Si yo a vos nunca te hice nada…
-Acordate, Van Gogh. Mirá para atrás un poco en tu vida, para ver lo que hiciste.
-¿De qué me tengo que acordar, si yo a vos nunca te hice nada?
-Pensá. Ponete a pensar un poco en las macanas que hiciste en tu vida.
-¡Yo nunca le hice ninguna macana a nadie, Rusita, vos lo sabés bien! ¡Vos me querés asustar para que diga cualquier cosa!
-Cada uno sabe las macanas que se manda… por más que se quiera hacer el monaguillo para los demás.
-Vos me apurás así para asustarme nomás, ¿si yo cuándo me mandé una macana?
Ahí la Rusita le hizo un gesto a alguien que estaba detrás mío. Le hizo un gesto de asentimiento. Entonces sentí olor a jaula de mono y cuando me di vuelta lo vi al Turquito que me agarraba como un brusco por los hombros y me tumbaba boca abajo contra el piso.
5-ALEJANDRA Y EL TURQUITO
Yo llevo dicho más arriba que al Turquito nunca más en la vida me lo había vuelto a cruzar. Pero la verdad es que la cosa fue muy diferente. Ahí en la cocina de mi casa el Turquito me sorprendió por la espalda y me tumbó contra el piso. Mucho trabajo no le costó, porque aunque yo soy bien alto, el Turquito también tenía lo suyo.
Se había dejado crecer la melena desde la última vez que lo vi, pero se había sacado la barba y el bigote. Así entonces resaltaban más sus facciones de atorrante y facineroso. La verdad que tenía una cara que te daba miedo si la veías por la calle de noche. Tenía una cara fea, como de salvajón. Y además como era grandote te podías llegar a infartar si te lo llegabas a cruzar a la madrugada por una calle donde no pasara ni un alma. Pero al menos el espíritu lo tenía civilizado. Cuando me tumbó al piso me dijo de inmediato:
-Perdonemé, Sr. Cortázar. Yo lamento mucho esta situación.
-No te disculpés, Turquito –le dijo la Rusita-. ¿Por qué te le disculpás? Vos acá sos el damnificado. No tenés que pedir disculpas. Este tipo te chamuyó mucha plata y ahora que la devuelva.
-Pero yo no soy una persona violenta, Alejandra –le dijo el Turquito.
-Yo tampoco –dijo la Rusita-. Pero ahora que éste reviente si se piensa que se la va a llevar de arriba. ¿Vos te la pensás llevar de arriba, Van Gogh? Danos la plata que le mejicaneaste al Turquito.
-¿Qué plata? ¡Yo no tengo nada de plata! –dije tumbado en el piso-. Si hace tres meses que no puedo pagar el alquiler…
-¿Y la plata que yo le di, Sr. Cortázar? –me dijo el Turquito-. ¿Qué hizo con la plata que yo le di? ¿Se acuerda?
Yo le hablé con voz llorosa, para que me tuviera un poco de misericordia, ya que de la Rusita sabía que no se podía esperar nada bueno.
-¿Qué plata me diste vos, Turquito? Si me diste dos pesos… Hace ya un tranco largo que me los gasté.
-¡No eran dos pesos, Van Gogh! –gritó la Rusita-. ¿Vos te creés que si fueran dos pesos hoy estaríamos acá? Hoy estaríamos en el Tigre tomando sol ¿o no, Turquito?
-Alejandra ¿qué querés que haga? –le preguntó el Turquito.
-Buscale la plata en los libros que faltan y después en las macetas. Para mí que éste tiene la plata escondida en las macetas.
Yo me puse a llorar de la impotencia.
-¡Ya les dije, hijos de putas, que no tengo más la plata, que me la gasté!
-¡Eh, Van Gogh! La boquita. Más respeto –amonestó la Rusita.
-Pero yo no quería que las cosas fueran así –dijo el Turquito-. Vos me habías dicho que el Sr. Cortázar no iba a estar en la casa, Alejandra. Me lo prometiste. Me dijiste que íbamos a poder trabajar tranquilos.
-¿Y yo qué culpa tengo si este tipo llegó antes de horario? –se defendió la Rusita.
-¿Pero a vos no te habían dicho por teléfono que teníamos tiempo hasta las 5? –le preguntó el Turquito.
La Rusita le dio un mordiscón a la manzana con rabia.
-¿Por qué no te callás la boca, Turquito? –le dijo-. Después si hay quilombo lo vas a tener vos con el viejo. No yo. Ya me tienen cansada ustedes. Todo mal hacen.
Después la Rusita le ordenó que me atara las manos con una soga por la espalda. El Turquito la obedeció enseguida y me hizo un nudo de Boy Scout. Después se fue a la pieza a buscar la plata entre los libros. Parece que era la Rusita la que manejaba todo el asunto entonces. A todo esto no se había ni movido de la mesa y pataleaba como una nena de cinco años.
Cuando el Turquito se fue a la pieza le dije:
-Dejame ir al baño, Rusita. Tengo sed.
-Dejá de jorobar, Van Gogh. Hace cinco minutos que estás tumbado en el piso y ya te querés hacer la víctima como se hacía Aramburu.
-¿Me van a matar? –le pregunté.
La Rusita abrió bien grande la boca y después hizo una sonrisa chiquita. Estaba peligrosa, me la sabía de memoria. Pero no me respondió. Siguió comiendo las manzanas como si nada. Yo me puse a llorar otra vez. La barba se me humedecía con las lágrimas. Quería desatarme las manos pero no podía. El Turquito me había hecho un nudo bien bueno.
-Dejame escapar, Rusita. No los voy a denunciar a la Policía…
-¿Por qué estás yendo todos los días a la Embajada Francesa, Van Gogh? Cada dos por tres vas a esa embajada.
Me habían seguido los pasos.
-Quiero que me den el pasaporte para volverme a París –le conté.
La Rusita entonces brincó de la mesa y puso rodilla en tierra para hablarme al oído. Me susurró apenas para que el Turquito no la oyera desde la pieza.
-Si me decís a mí dónde tenés la plata del Turquito, mañana yo vengo y te devuelvo la mitad. Te doy mi palabra. Así vos te volvés a París con algo de guita y yo me compro lo que me tengo que comprar.
-¿Así? –le dije-. ¿Y qué vas a hacer con el Turquito? ¿Lo vas a matar igual que a mí?
La Rusita cabeceó y volvió a sentarse en la mesa. Encendió un pucho y dijo:
-¿Encontraste algo, Turquito? ¿Qué estás haciendo?
El Turquito apareció otra vez con unos discos de jazz.
-No encontré nada en los libros, Alejandra –le dijo-. A lo mejor el Sr. Cortázar nos está diciendo la verdad y ya se gastó la plata que le di.
-No me hagás reír, Turquito. Qué se va a gastar la plata éste –dijo la Rusita-, si éste es más agarrado con la plata que un judío. Vos no lo conocés.
-Le encontré estos discos de jazz, Alejandra –le dijo el Turquito.
El Turquito había agarrado mi colección de Clifford Brown. La Rusita sacó un disco y se puso a leer con detenimiento el título de las canciones.
-¿Quién es Clifford Brown? –me preguntó la Rusita.
Yo le conté.
-Es un saxofonista que te hace saltar las lágrimas cuando se pone a tocar el saxo, Rusita. Es un músico que te reconcilia con la vida.
-No lo conozco –dijo la Rusita.
-Es uno de los mejores negros que interpreta el jazz –le dije.
-¿Un negro como los negros de Africa? –dijo la Rusita-. No sabía que esos tipos supieran tocar instrumentos musicales. Es un milagro. Si yo lo escuché a Darwin que decía que los negros no son seres humanos. ¿Vos estás seguro, Van Gogh, que es un negro el que toca en el disco?
-Sí, Rusita; si querés te regalo el disco.
La Rusita agarró el disco y lo partió en dos pedazos.
-Nosotros lo que queremos es la plata, Van Gogh, no un disco de un negro –dijo.
-Alejandra –le dijo el Turquito-, ¿querés que vaya a ver si el Sr. Cortázar escondió la plata en las macetas?
-Andá, Turquito; yo lo vigilo.
Yo me volví a quejar.
-Turquito, por favor, ¿podés desatarme las manos? Se me están acalambrando.
-¿Qué hago, Alejandra? –le consultó-. ¿Le desato las manos?
-No, Turquito, dejalo así. Se nos puede escapar.
-Te lo pido por favor, Turquito –le dije-. Desatame las manos vos que sos bueno.
El Turquito no sabía qué hacer.
-¿Y si le desato solamente una mano, Alejandra? –dijo el Turquito.
-¡Turquito! –exclamó la Rusita-. Si le desatás una mano, le estás desatando las dos manos. Este tipo no es un pulpo.
Después el Turquito se fue a revisar si yo había escondido la plata en las macetas. Me quedé solo en la cocina con la Rusita. Me vigilaba fumando el pucho y tirando el humo para arriba.
Junio 30, 2008 | Por tristam | # Enlace permanente
CORTÁZAR ALINEADO
1-ASTOR Y BORGES
En el año 70 me escribió Astor Piazzolla. Qué te pasa, me decía. Por qué no te volvés a Buenos Aires. Acá está todo tranquilo. Qué hacés solo allá en París. Acá todos preguntan por vos. Qué le pasa al turrito que no vuelve, me preguntó el otro día Leopoldo Federico. Yo qué sé, le dije. Debe andar en algo. Leopoldo cerró el pico y no preguntó más. Mirá vos cómo son las cosas. Ahora yo tengo que salir a defenderte. Mirá que sos raro vos. Por qué no volvés. Cuántos años hace ya que te fuiste a París. Si a Perón lo sacaron en el 55. Dale, Julio, por qué no te volvés.
Astor tenía razón. Tenía que regresar a Buenos Aires. La extrañaba. Necesitaba ver sus calles aunque sea una sola vez más.
Yo me había rajado de Buenos Aires por antiperonista. Por supuesto que yo no era para nada antiperonista. Pero en los años 50 ser antiperonista era lo mejor que tenía un escritor. Le venía como anillo al dedo. Así podías arrimarte al círculo de los del Sur. Borges, Victoria Ocampo, Bioy, Anchorena, yo qué sé. Además yo nunca entendí nada de política. Nunca me interesó y no veo por qué me iba a tener que interesar ahora.
Borges decía que había que hacerse antiperonista y todos nos hacíamos los anti-perón. Si hasta el propio tanito Onetti se hizo. Y eso que ése no tenía nunca un mango partido al medio. Yo me voy a hacer antiperonista, me dije un día, y por ahí Borges me ayuda a entrar en el negocio de la literatura. Y así fue. Parecía cantado, vos sabés. Enseguida que me hice gorila me publicaron Bestiario y después me dieron una beca para estudiar en Francia.
Pero Astor tenía razón. Qué tenía yo que estar haciendo en París. Tenía que volver a Buenos Aires. Tenía que verlo a Borges y agradecerle lo mucho que había hecho por mí ese guachito.
2-BUENOS AIRES
Yo de plata andaba bien y tenía la guita suficiente para el pasaje. Pero pensé: Para qué voy a gastar de lo mío. Mejor le pido a algún dormido. Pero a quién. En París ya le debía plata a medio mundo y nadie me quería ver. De repente me agarró una pachorra bárbara y me tiré a la cama. No voy nada a Buenos Aires, pensé. Yo qué sé qué me pasaba. Me daba fiaca gastar plata así nomás en un pasaje de avión. Me puse boca arriba y encendí un pucho.
Las volutas de humo llegaban hasta el techo, estremeciéndome.
¿A quién le pido, a quién le pido? Dale, Julio, pensá. ¿A quién le pido? Callate, no te hagás el chiquilín. Ya le debés plata a medio mundo. Buef, jodida es la vida a veces. Uno tiene ganas siempre de cometer una locura. Pero la culpa la tiene ese oligarca del bandoneón. Me hizo metejonear con la idea de Buenos Aires y ahora no puedo volver porque no tengo la plata. Serás hijo de puta, Astor. Para qué me escribiste. Si yo antes de tu carta andaba lo más tranquilo.
Ahora estaba nervioso. Tenía toda la barba sudada y de los nervios, claro. “¿Por qué no te volvés a Buenos Aires, por qué no te volvés, Julio?”. Claro, para vos es todo fácil, tanguero comunista, ¿y la plata de dónde la saco? ¿Qué te pensás? ¿Qué tengo la guita de Victoria Ocampo yo? ¿Qué te pensás? Yo soy un negrito cualquiera. Por eso me hice antiperonista en los 50. A ver si Borges o Victoria Ocampo me tiraban una mano. Yo qué sé, Astor. No puedo volver. No puedo. Buenos Aires todavía me duele. A Buenos Aires todavía la extraño. No quiero verla todavía. Imaginate si me da un calambre en el corazón. Yo qué hago. ¿Caerme en medio de la calle como un pavote? Mejor no, Julio, mejor quedate en París. No volvás a Buenos Aires. Se va a poner más triste si te ve con esta cara. Y además así, tan flacucho como andás.
Buenos Aires. Borges. Buenos Aires.
La pucha qué mal me siento. Qué triste que estoy. Yo de verdad quería volver. Lo juro, lo juro. Esto me pasa por sentimental. Siempre ando llorando por ahí. Por cualquier cosa. Hasta en los cines me pongo a llorar. Yo qué sé. No doy pie con bola. Cualquier escenita de despedida y yo me pongo a moquear como un salame. No tengo que ir más a los cines. No puedo volver más a Buenos Aires.
De repente me senté en la cama y apagué el pucho aplastándolo en el piso con un zapato en la mano. Se me había despejado el balero y ya sabía a quiénes les iba a pedir plata para volver a Buenos Aires.
3-GUANTESNEGROS Y SIMONE
Me fui corriendo enseguida a la casa del gordo Guantesnegros y su mujer Simone. Vivían en una casita de dos pisos cerca de la mía. La 224 de la rue Jean Jaurès. Nunca salían a la calle prácticamente. Sabía que iba a encontrarlos.
Guantesnegros se la pasaba leyendo filosofía todo el día y Simone era feminista.
Toqué timbre y me abrió Simone.
-Me pegó, me pegó –me dijo Simone en cuanto la vi, con una cadencia en la voz como lánguida, afligida-. Jean P. me pegó.
La pobrecita tenía un ojo morado y temblaba de miedo. Seguro que tenía miedo que Guantesnegros apareciera de golpe y la castigara por haberse quejado conmigo.
-Entre, Julio, entre. Jean P. está arriba. No haga ruido. Yo estoy limpiando acá abajo.
-¿Por qué le pegó, Simone? ¿Usted qué le hizo?
-Nada, nada. Yo nunca hago nada. Yo estoy todo el día encerrada en esta casa y nunca hablo con nadie.
Simone tenía las mejillas encendidas. Daba de verdad lástima la pobre.
-Yo soy una pobre mujer, Julio, qué puedo hacer. ¿Qué voy a hacer? ¿Pelearme con él? No puedo. El es más grande que yo. Tengo que resignarme, ya ve.
-¿Pero es frecuente esto de los golpes?
-Casi día por medio. A veces menos. A veces me pega por cualquier cosa. Por cualquier cosa, Julio.
-¡Pero Simone! ¿Por qué no lo deja y se va?
-¿Y adónde quiere que yo vaya? Yo no sé hacer nada. Dependo de él absolutamente.
Entonces escuchamos la voz de Guantesnegros que venía de arriba.
-¿Con quién hablás, Simone?
-Con el argentinito. Vino recién.
Simone me tomó del brazo y me hizo subir con ella las escaleras.
-Venga, Julio, venga. Suba. Que lo vea. Si no Jean P. va a pensar que estoy hablando sola y que estoy loca. Y no le diga lo que le conté.
-Pero esto es… ¡No puedo callarlo, Simone!
-¡No va a hacer más que empeorar las cosas, Julio! Se lo suplico. Hágame el favor. Jean P. se va a poner como un loco si se entera que yo le conté.
Hablaba bien chiquito. Para que Guantesnegros no la oyera.
Llegamos a una habitación asquerosa rodeada por varios ventanales mugrientos. La habitación más asquerosa que yo había visto en mi vida. Y eso que yo había andado en cada tugurio desde pibe. Guantesnegros estaba metido hasta el cuello en una bañera de ésas que se arrastran y llevan de un lado para otro. El agua estaba toda negra y yo no podía verle el cuerpo. La verdad que me hubiese gustado, porque para mí el cuerpo de Guantesnegros era como un misterio.
Guantesnegros era bien gordo, a diferencia de Simone que era bien flaquita. Simone se sacaba la comida de la boca para dársela a Guantesnegros. Pero guarda, que Simone con esto se ponía contenta. Vivía feliz con eso de someterse a un hombre y cuanto más entonces mucho mejor. Por eso yo me dije: “guarda, que no te engrupa”, “no le tengas lástima a Simone”, “ella está acá porque quiere”, “y si Guantesnegros le pega es porque ella se lo deja”. La pucha que a veces las mujeres son más raras.
Pero igual me dio no sé qué cosa no querer ayudarla a Simone. Yo qué sé. La tipa estaba desesperada. Se le notaba en la cara que tenía un hambre tremendo. Que no sabía bien dónde estaba parada. Creo que esperaba el Knock-Out en cualquier momento. Además yo había ido a la casa de ellos a pedir plata y no para andar haciéndome el lindo precisamente, saliendo a defenderla a Simone como un Jim Dean.
4-GUANTESNEGROS Y SIMONE
Me acerqué a Guantesnegros con toda la sumisión que pongo siempre cuando voy a pedirle un favor a una persona que está por encima de mí en la jerarquía social. Guantesnegros sacó una mano del agua negra y yo se la besé.
-Buenas tardes, Sr. –le dije-. Pero veo que lo molesto…
-Pero no, argentinito, qué vas a molestar. Al contrario. Simone y yo estábamos tan aburridos que le dije que me bañara. Y eso que vos mismo ves que no hacía tanta tanta falta. Vení, Simone, terminá de enjuagarme la cabeza que recién me entró un poco de jabón en un ojo.
Simone se le enchufó enseguida atrás y empezó a enjuagarle la cabeza y las orejas.
-Más despacio, Simone. Me lastimás con las uñas.
-Pero vos quedate quieto, Jean P. –le dijo sonriendo.
Me conmoví por ambos.
-Simone ¿le ofreciste una taza de café al argentinito?
-No, Jean P. Se me olvidó de ofrecerle y no hablamos de nada. ¿Quiere una taza de café, Julio?
-No, Sra., le agradezco muchísimo pero me tengo que ir ya mismo. En realidad vine a despedirme. Dejo París mañana.
-¿Y adónde te vas, argentinito? –me preguntó Guantesnegros.
-A Buenos Aires, Sr.
-¿Así que te volvés a tu país? ¿Pero si siempre dijiste que Argentina estaba llena de cabecitas negras peronistas? ¿Para qué vas a ir allá?
-Tengo que volver, Sr. Es preciso –le dije con un tono suplicante que hasta yo me lo creía.
-Pero mirá que sos raro vos, argentinito. Primero te escapás de la madriguera y ahora querés volver. Qué bicho más raro que resultaste ser.
-No le digas así, Jean P. Tal vez Julio tenga sus motivos personales para regresar a su país. Después de todo…
Guantesnegros enardeció rápidamente. Le dio la cólera, como casi siempre que su mujer hablaba.
-¡Usted se calla, Sra.! –gritó- ¿A usted quién le dio vela en este entierro?
Simone empezó a temblar otra vez.
-No es para tanto, Jean P. Yo sólo di una opinión al respecto.
-¿Usted, Sra., usted no sabe que cuando dos hombres hablan la mujer debe agachar la cabeza? ¿Usted no leyó acaso a Rousseau, cuando dice: “Las mujeres no aman ningún arte, no son inteligentes en ninguno y no tienen ningún genio”?
Guantesnegros nos salpicaba a Simone y a mí con el agua negra de la bañera mientras gritaba. Estaba fuera de sí, lo admito. Los ojos desorbitados por completo. Las mandíbulas chillándole de tanto como el gordo las movía. Simone estaba pálida. Pálida.
Guantesnegros continuó con los gritos.
-¿Y sabe lo que se le da por hacer ahora a esta mujer, Julio? ¡Se golpea ella sola en la cocina y después anda diciendo que yo la golpeo!
-Yo nunca dije eso, Jean P. –gimió Simone.
-¡Lo decís, hija de puta! Hasta se lo dijo a mi suegra. Le dijo que yo le había dejado un ojo negro de un trompazo; y entonces al otro día la vieja vino y me dijo: “¿Por qué le pegas a mi hija, en vez de darle más de comer? ¿No ves lo flaca que está? ¡Parece una tabla!”
Yo empecé a recular. Me daba cuenta que no era un buen momento para andar pidiéndole plata a Guantesnegros. Miré para el lado de la puerta con ganas de mandarme a mudar.
Viendo entonces Guantesnegros que yo me estaba por rajar, me dijo:
-Y sepa usted una cosa más, Julio: si fuera cierto que yo la golpeo a Simone, Simone lo negaría, porque la mujer golpeada nunca admite que su hombre le pega. No quiere abandonar la última cuota de orgullo que le queda.
Después Guantesnegros se puso de pie en la bañera y de todo su cuerpo gordo y desnudo chorreaban miles de gotas que caían sobre la negra agua como en una catarata salvaje.
-Pero a ver, diga algo, argentinito –me dijo-. Usted dice que es escritor ¿no? ¿Por qué no me da su opinión sobre Simone y yo? ¿Por qué se calla? ¿Tiene algo que objetar? ¿O está en contra de que yo le pegue a Simone? ¡Hable! ¡Diga!
La cara de Simone estaba bañada en lágrimas y yo tenía la lengua como paralizada ante lo que veía. Tenía miedo que Guantesnegros me violara.
-¿Yo, Sr.? ¿Qué quiere que yo diga?
Quería mostrarme lo más sumiso posible para tranquilizarlo un poco a Guantesnegros. Pero éste ya no se tranquilizaba con nada.
-Cualquier cosa, argentinito; decí cualquier cosa. Si vos sos mandado a hacer para decir cualquier cosa. ¡Toda la vida fuiste un tilingo! ¡Igual que tu país de milicos…!
Simone me tomó otra vez del brazo pero esta vez para sacarme de la vista de Guantesnegros.
-Vamos, Julio, salga; usted lo está haciendo enojar cada vez más.
-Sí, Simone. Llevatelo. Sacalo ya mismo de esta casa. Y ojalá nunca vuelvas a París, fascista asesino. ¡Trapo de piso de la oligarquía! ¡Escribiente de clase media acomodada! ¡Pedófilo! ¡Prostibulero!
Yo igual le extendí la mano para despedirme pero Guantesnegros me la negó. Se agachó y volvió a meterse en la bañera. Maldiciendo entredientes contra mí y también contra mi patria. Yo salí de allí haciéndole reverencias. Con Simone arrastrándome por el brazo.
Bajamos por las escaleras a los tropezones.
5-SIMONE
Cuando llegamos a la puerta me sentía realmente triste. Nunca me había sentido así en París. Sentía un tremendo nudo en la garganta. La miré a Simone y le oprimí con ternura el brazo. Deseaba que comprendiera que yo estaba de su parte. Simone se me echó al cuello y empezó a llorar. Yo la atraje más hacia mí y también se me piantaron algunas lágrimas. Después Simone apartó un poco la cara y yo aproveché para besarla en los labios. Ella me devolvió el favor besándome locamente toda la barba y mordiéndome mucho los labios.
Aunque era bajita y yo soy muy alto, se desenvolvía bastante bien.
Después Simone se apartó de mí y yo le dije:
-Simone ¿usted me podría hacer un favor?
-¿Qué es, Julio? –dijo ella componiéndose el deshabillé.
-¿Usted no me podría prestar el dinero para viajar mañana a Buenos Aires?
Simone me miró desconcertada. Negaba un poco con la cabeza; también temblaba, pobrecita.
-No, no puedo. No puedo –dijo Simone.
-Si no fuera urgente que yo viaje mañana mismo a Buenos Aires no se lo pediría, Simone. Créame. Además pienso devolvérselo en tres días.
-¿Y dónde está esa urgencia de viajar a Buenos Aires tan pronto, vamos a ver?
-Mi padre murió ayer, Simone. Tengo que volar a Buenos Aires para asistir a sus exequias… Quiero estar.
Simone se sonó la nariz.
-Hubiese arrancado por ahí, hombre –me dijo Simone oprimiéndome la mano.
Se fue hasta un bayú del rincón y por encima del hombro vi que sacaba plata de un cofrecito.
-Tome –me dijo-. Es todo lo que tengo. Son todos mis ahorros.
Conté 300 F.
-Se lo agradezco en el alma, Simone.
-¿Cómo me los piensa devolver, Julio? Mire que son todos mis ahorros.
Titubeé un poco. Estaba mareado con tanto lloriqueo barato y tanta queja y tanto reproche de conventillo.
-Por intermedio de un amigo mío –le dije.
-¿Y es de fiar ese amigo suyo? –me preguntó.
-Es Astor Piazzolla, Simone.
-No tengo la más pálida idea de quién es.
-Es un talento musical que está cambiando el tango en Buenos Aires. Fue Astor Piazzolla quien me avisó del deceso de mi padre. Quédese tranquila, Simone. Astor tiene que viajar a París en dos días; yo apenas llego a Buenos Aires le doy la plata para que se la devuelva. Confíe en mí.
Me metí los 300 F. en el bolsillo y Simone frunció enseguida el entrecejo. La francesita entró a sospechar.
-¿Y usted cómo piensa conseguir los 300 F. en Buenos Aires?
-Vea, Simone, a mí me deben una plata importante la gente de Editorial Planeta, por los derechos de autor de Rayuela. Apenas llego a Buenos Aires me contacto con esta gente, cobro los derechos de autor, busco a Astor en el barrio de Pompeya y le doy la plata y su dirección. Estése tranquila.
Y ahí me callé. Ya empezaba a pensar que la francesita me iba a pedir intereses.
-…Astor Piazzolla… -dijo como recordando-. Sí, me parece que lo conozco. Es un viejito de pelo blanco que toca el bandoneón y se chorrea todo de transpiración. Lo vimos con Jean P. en el televisor la otra noche.
-Seguramente, Simone.
-¿Pero es de confianza ese hombre, Julio? A mí no me lo parece. Parece más bien un gitano.
Entonces me arrojé sobre Simone y empecé a besarla como un desaforado. La desnudé de cinturas arriba y le mordí los pechos. La francesita jadeaba y se retorcía como una serpiente contra mis largas piernas. Era raro, tenía olor a mujer de no haber sido tocada por hombre en años. Tenía aliento a tabaco y los labios ásperos, ríspidos, la lengua ajada, seca, toda la piel de su cuerpo flaquito también era seca.
De pronto se deshizo de mí como pudo.
-Ya basta, Julio, ya basta. Jean P. nos puede oír. Váyase; váyase antes que Jean P. baje y vea que usted está todavía aquí.
Me arreglé un poco la corbata, me di vuelta y me fui.
No quería volverla a ver.
Cuando estuve en la calle respiré profundo mis últimos aires de París, caminé dando largas zancadas. Pero después me detuve. Volví la vista y miré hacia los ventanales de la casa de Simone. Me acuerdo que ahí lo vi. A Guantesnegros apuntándome con el dedo índice de la mano, diciéndome que yo tenía que tener ojo con él.
6-BUENOS AIRES
Al día siguiente estaba volando para Buenos Aires. Como tenía una modorra tremenda dormí durante todo el viaje como un oso. Recién cuando bajé del avión me di cuenta que había sido una estupidez eso de volverme a Buenos Aires. Tan así, de un día para otro. Pero cuándo no, Julio, vos siempre tan atolondrado para todo. Parecés un chico, mirá.
Pero después me agarró un montón de nostalgia y la verdad que me felicité de haber vuelto. Siempre yo era así de tarambana.
Además yo había vuelto, primero que nada, para verlo a Borges.
Pero también me agarraron ganas de andar un poco por San Telmo, Caballito, Parque Patricios, la Calle Corrientes, el Parque Lezama, yo qué sé. Estaba hecho todo un pelotudo como veinte años atrás, cuando visitaba y me paraba a mirar cualquier guevada que Buenos me pudiera ofrecer. Dale, Julio, ya tenés 56. No te hagás el porteño melancólico que no se la vas a vender a nadie. ¿Y vos qué sabés? Por ahí encuentro a algún dormido que todavía no se amaneció y le vendo todos los números juntos. En este país todavía hay varios que no se cayeron del catre.
Salí de Ezeiza y me tomé un taxi. Apenas subí al taxi empecé a sentir un olor a jaula de mono impresionante. Seré yo, pensé. Me pasé las manos por las axilas y la barba, pero yo no era. Ya me estaba por bajar del taxi pero me dije: Julio, vos te metiste solo en este martes 13 y ahora bancatelá. Acá no hay tu tía. Le dije al tachero que me llevara hasta Callao y Las Heras. Si quería encontrarlo a Borges tenía que empezar a buscarlo por ahí.
Miré por la ventanilla y las calles de Buenos Aires empezaron a rodar por mi memoria. Pucha, qué metejón que yo tenía con la nostalgia. Parecía que andaba bien caliente. Lo único que te pido, Julio, es que no empecés a moquear ahora, por favor. Lo único que te pido. Quedate tranquilo, zonzo. No me voy a poner a llorar. Más te conviene. Mirá que esto es Buenos Aires y ya no estás más en París. Si en Buenos Aires te ven lagrimeando te pueden llegar a comer vivo.
En eso no va que el tachero me dice:
-Vio que lo encontraron a Aramburu.
-¿A quién? –yo dije.
No entendía nada.
El tachero siguió hablando lo más campante.
-Sí, parece que hacía un mes que lo habían matado. Se está poniendo bravo este país. Y son los Montoneros los que lo están poniendo bravo. Ahora yo me pregunto: ¿Qué carajo quieren hacer los Montoneros con este país? Yo no entiendo nada.
Dejé caer la cabeza hacia atrás, con cuota de cansancio.
-Yo tampoco entiendo nada, pibe. ¿Qué querés que te diga?
Vi que el tachero se me puso a mirar por el espejito. Una, diez, cien veces. Parecía que me quería sacar una foto. Dale, pibe, escupí lo que tengás que decir. Animate, preguntame si soy Cortázar.
-¿Usted no es de acá, no? –me dijo por fin.
-Sí, soy de acá, pero hace años que no volvía.
-¡Yo ya me di cuenta de quién es usted! ¡Yo ya me di cuenta! ¡Usted es Cortázar!
-Sí, pibe, soy Cortázar. Pero no levantés tanta pólvora.
El tachero era bien morochito, con mucha melena y barba, como yo. No me sacaba los ojitos de encima. Me sonreía y no paraba más de hablar de cualquier cosa. Yo le decía a todo que sí, que sí. Ya ni me acuerdo de las cien pavadas que me dijo. Al fin llegamos a Callao y Las Heras.
-¿Cuánto te debo, pibe?
-No, don Julio, a usted nadie puede cobrarle nada.
Acepté lo del viaje gratis. Y como el olor a jaula de mono era cada vez más impresionante dentro del taxi me rajé de ahí como rata escapando por tirante.
-Hasta la vista, Sr. Cortázar –escuché que me decía el tachero, cuando cerré la puerta del taxi con tanta fuerza que casi no la hago tripas. Me sentía nerviosísimo. Pero qué olor a jaula de mono impresionante que había dentro de ese taxi.
7-VICTORIA OCAMPO Y SILVINA
Encendí un pucho para sacarme la bronca y empecé a caminar por la Callao. Qué embroncado que estaba yo. Caminaba rápido, dando largas zancadas. La gente empezaba a mirarme. A mí la verdad que no me extrañaba. Yo y mi estatura tan alta les resultaría algo notorio a los porteños, que por lo general son bajitos y morochos. Seguro que se daban cuenta que yo era Cortázar, como se había dado cuenta el tachero. Entonces empecé a apurar cada vez más el paso. Quería encontrarlo a Borges cuanto antes. Parecía un loco del Borda, mirá. En eso no va que escucho que me dicen:
-¿Adónde vas, turrito, tan apurado? ¿Hay que correrte a vos para alcanzarte?
Me di vuelta y sí, eran Victoria Ocampo y su hermana Silvina.
-Muy buenas tardes, señoras hermosas –les dije haciéndoles una reverencia y besándoles a cada una la mano.
Las dos hermanas se entraron a reír de mí.
-Pero éste no cambia más –dijo Victoria-. Sigue siendo el mismo turrito de siempre.
-Dejalo que nos baile un poco si quiere –dijo Silvina-, si no ves que es un negrito cualquiera. Está igual que en los 50. Siempre el mismo alcahuete.
Yo me puse todo rojo. Me mordí los labios. Pero si me pensaban humillar, entonces me iba a dejar humillar bien hasta el fondo. Como en los 50.
-Por favor, señoras –les dije-. Tengan conmiseración con este pobre miserable que hoy regresó a su patria después de tantos años.
Victoria sacó un cigarrillo rubio y le dio otro a su hermana. A mí no me convidó.
-¿A qué volviste, turrito? –dijo Victoria-. ¿Por qué te volviste de París? ¿Ya te cansaste de andar de putas allá?
-A lo mejor se pescó una gripe con alguna francesita –dijo Silvina-, y volvió a Buenos Aires para contagiarnos a todos. ¡Como si ya no tuviésemos bastante sífilis en todo Buenos Aires!
Otra vez las hermanas se pusieron a reír a costa de mí. Cuando se enganchaban no podían parar más.
-Volví para verlo a Borges –dije suavemente-. ¿Ustedes no me podrían dar información sobre su paradero?
Victoria hizo una enorme pitada y me miró con desconfianza.
-¿Así que lo estás buscando a Georgie? ¿Para que lo estás buscando vos?
-Necesito hablar con él, Sra. Victoria –dije juntando las manos como un buen monaguillo.
-Pero mirá que es un bicho raro éste –le dijo Silvina a su hermana-. ¿Para qué lo querrá ver a Georgie?
-Por favor, Sra. Silvina: necesito hablar urgentemente con él. Necesito encontrarlo.
-¿Y con esa ropa sucia y esa barba melenuda te pensás que lo vas a encontrar a Georgie? –dijo Victoria-. ¿Decime cuánto hace que no te comprás ropa nueva? Parecés un Montonero vos.
Agaché la cabeza y las lágrimas empezaron a rodar por mi cara. Me sentía un sapo. Una mosca que alguien debía venir a matar.
-Bueno, no llorés, turrito –me dijo Silvina-. Que todo esto no es para estar haciendo tanto barullo. Al final parecés una mina de flojo que te ponés. ¿Por qué mejor no te sacás ese sobretodo, si no ves el calor que hace hoy?
Vi que la gente que pasaba por la calle nos miraba. Pero no las miraban a ellas. A las Ocampo. Me miraban solamente a mí. Me dio más vergüenza todavía.
-No, por favor –dije con un hilo de voz-. Ayúdenme a encontarlo a Borges.
Las dos hermanas parecieron compadecerse un poco de mí.
Victoria me dijo:
-Está bien, che; no seas tan mariquita. ¡No llorés! Yo creí que vos eras un poco más vivo. Si nos hablás un poco en francés te decimos dónde lo podés en
Ultimos Comentarios