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Julio 5, 2009 | Por tristam | # Enlace permanente
CORTÁZAR 3ra. VUELTA
1-1971
Vos sabés bien qué me pasaba. Yo andaba medio tristón porque el año 71 me había madrugado en Buenos Aires. Y yo hacía ya seis vueltas de calesita que me quería volver a París. Extrañaba esas callecitas humedecitas que tiene y todo el revuelo ese que siempre hay. Pero me tuve que pasar el 24 y el 31 en Buenos Aires. Solito con hambre y sin nadie que me preste.
La peor noche fue la del 31. Me la pasé con el pañuelo en la cara. Me puse a hacer lo que más me gusta hacer en la vida. Me entré a dar lástima de mí mismo. Me acordaba de todo lo que había sufrido de chico. De lo solo y sin papito que me había criado. De cómo se me burlaban en el colegio por cómo yo pronunciaba las r y las g. De la primera novia que me había dejado en Parque Lezama.
Empecé el 71 tirado en la cama y seco como un matambre. Escuché varios discos de jazz y me fumé dos atados. Tenía los pulmones hechos una miseria pero me daba lo mismo. Quería estropearme todavía más la vida. Lo que pasa es que yo estaba enojado con la Embajada de Francia.
No querían habilitarme la plata para el pasaje de regreso a París. Iba todas las mañanas a la Embajada y no me daban nunca una buena respuesta. Yo les decía que tenía la doble ciudadanía y que me dejaran salir de Buenos Aires. Pero ellos me porfiaban que yo tenía que esperar a que pusieran mis papeles en orden para darme el pasaporte. Al final tuve que pasar el año nuevo en Buenos Aires, con el chiste que eso a mí me hacía.
Nunca me gustaron “el primer día del año”. Siempre me ponían nostalgioso. Para colmo ese primero de enero hacía un calor de los cien indios. Decidí no quedarme en casa. Me iba a poner más enojado si me quedaba en casa encerrado.
A la una de la tarde salí a la calle y empecé a caminar por la Vicente López hacia el centro. No había una sola alma en la calle. Hacía un calor de más de 40. Seguro que todos estarían durmiendo la siesta de la sidra y el clericó. Como andaba cerca de la casa de Borges lo quise ir a saludar. A lo mejor la Japonesa me prestaba algo de plata para aligerar los trámites en la Embajada.
2-BORGES
Caminando rápido se llegaba enseguida a lo de Borges. Lo encontré sentado en una silla bajita de mimbre y con la puerta abierta. Se apantallaba la cara con un abanico japonés por el calor que hacía y se había levantado las mangas de los pantalones hasta las rodillas. Yo entonces le podía ver con todo gusto las pantorrillas. Eran unas pantorrillas debiluchas y sin nada de pelo. Ahí corroboré lo que me había contado Astor Piazzolla sobre el verdadero origen de Borges. Pero por qué será que a los indios no le crecen pelos ni en las piernas ni en los brazos ni en la cara. Qué, ahora te vas a poner a pensar en la genética de los nativos del nuevo continente. No, pero de verdad, yo quería saber. Me intrigaba. Qué cosa más rara son los indios. Un día de éstos voy a cazar un libro de antropología para conocer más sobre ellos. De paso lo comprendería mejor a Borges.
-Feliz año de la patria, maestro –le dije dando palmas-, y que vivan los unitarios.
-Feliz año, Cortázar, y que vivan los federales –me dijo Borges-. Y éntre rapidito que se va a calciná ahí en la calle. El sol pega juertito a esta hora, como comisario pasao ´e copa.
Me sonreí y asentí.
-Entre que acá dentro da un poquito de vientito fresco y lindo. Sientesé –me convidó Borges.
Yo me le senté al lado y enseguida me empecé a sentir mejor. Parecía mentira. Pero Borges me transmitía tranquilidad. Tranquilidad y paz.
-¿Está solo, maestro? –le pregunté-. ¿La Sra. se fue?
-Sí se jué –me dijo Borges-. María se jué con la mujé de Bioy a inaugurá un taller literario.
Yo ahí me puse a sospechar como juez al que no le tiraron coima.
-¿A inaugurar un taller literario en un día feriado como hoy, maestro? –le dije-. Es raro ¿no le parece? Hoy es el primer día del año. Debe estar todo cerrado.
Yo quería hacerlo sospechar para que el viejo dejara de ser engañado. Me daba no sé qué rabia que la Sra. Silvina y la Japonesa jugaran así de esta forma con la inocencia de Borges y que nada les pasara, que nadie fuera a ponerle los puntos sobre las íes. Más bien que yo quería que pisaran el palito, pero sin que fuese necesario que yo abriese la boca.
-Maestro –le dije entonces-… ¿usted no nota nada de inusual en la relación de su mujer con la Sra. de Bioy?
-¿Inusual di qui? –dijo Borges-. Esas dos chinitas han salío esta mañana bien temprano y aurita mesmo se deben estar asando vivas como dos lagartijas en el barro todo mugriento.
Le insistí.
-¿Pero es muy habitual que salgan ellas dos solas y juntas, maestro? ¿Y que se ausenten durante tanto tiempo de la casa? Para mí el lugar de una mujer es al lado de su marido. ¿Usted no sospecha que hay algo medio raro detrás de todo esto? Porque no me vendrá a decir ahora usted que piensa que es bueno para su mujer una amistad de este calibre con la Sra. Silvina.
Yo quería seguir cascoteándole el rancho para que reaccionara su recelo indígena. En una de ésas se daba cuenta de todo y después me lo iba a tener que agradecer. Lo que yo quería era poner un huevo en cada canasta.
-¡Ah! –dijo entonces Borges-. Usté ya sabe cómo son las mujere, Cortázar. Vio que les gusta siempre andar juntándose por ahí pa´ hablar a solas de sus hombres. Y si Bioy no le pone el estribo a su mujé, tonce´ yo no le voy a poner estribo a la mía. A esas dos zonzas les gusta andar puniéndose cintitas en los cabellos y caminar por las calles de Buenos Aires delgaditas de cintura.
Me callé la boca. Me di cuenta que nunca Borges podría llegar a imaginar siquiera lo que le hacían a sus espaldas la Japonesa María, la Sra. Silvina y la Rusita.
-¿Quiere que le cebe unos mates, maestro? –le pregunté-. ¿O hace calor?
Pero Borges no me contestó.
Borges me dijo:
-Yo sé lo que usté estará pensando, Cortázar: “¿Pero cómo hace don Borges pa´ salí con una chiruza como esa María?”. Lo que pasa es que usté no la conoce bien a María. Lo suavecito y lindo qui habla esa ñata por las noches. Parece un manantial de poesía que reverberase de su boca, mire. Y yo le toco la cabecita a María y le digo: “Usté e´ guena, María, e´ guena. E´ trabajadora.”. Y ella tiene el cabellito suave, suave; y yo le paso la manito así despacio, despacio.
Entonces yo arrimé mi sillita más a la suya y le pregunté:
-¿Y le cuenta historias por las noches, maestro?
-¡Cómo no me va a contá historias! –dijo Borges-. Todas las noches me cuenta historias. Una vez María me contó que ayá en el norte existe un mar inmenso; y que en medio de ese mar existe una islita chiquita que le pusieron el nombre de la islita de la Bretaña. Y parece ser que en esa isla nacieron juntitos los hombres pa´ escribir las cosas que les venían de sus almas. Y dicen que en el norte de esa islita la peonada habla en una palabra; pero que más abajo la peonada habla en otra palabra; y más más abajo todavía hablan en otra palabra. Y tonce´ yo acá me hago una pregunta y quisiera que alguien juera bueno y me viniera a respondé: ¿cómo hacen esos hombres pa´ entenderse si hablan en diferentes palabras?
-No me imagino cómo harán, maestro –le dije-. De seguro deben tener un conocimiento innato, al igual como lo tienen las hormigas y los escarabajos de oro.
-Y María también me dijo que en esa islita tienen una reina, qui maneja todas las estancias y los capataces son tuitos buena gente de trabajo, no como acá que son todos subversivos y ponebombas.
Yo ahí quise desviar la conversación más hacia el lado de lo político y lo social. Tenía que aprovechar que no estaba la Japonesa para saber qué pensaba Borges al respecto.
-Maestro, ¿usted cree que Perón volverá al país este año? –le pregunté.
3-BORGES Y PERÓN
-¡Qui va a vení ese cobarde! –dijo Borges poniéndose bien bravo-. ¡Ese no guelve más a este pago! Pa´ mí qui dibería seguí como Presidente el general Onganía; ése sí que e´ guenazo; ¡ése sí qui no le hace mal al pago!
Yo me estaba muriendo de sed. Y Borges tenía una botellita de agua que tomaba con una pajita. Le daba pequeños sorbitos pero yo no me animaba a pedirle. No me animaba por nada del mundo. ¿Por qué me sentiría yo siempre tan insignificante al lado de ese hombre, que para todo tenía una respuesta, que para todo tenía una explicación siempre a la mano?
-¿Y a qué va a volvé ese Perón al país, digamé? –continuó Borges-. ¿Qui quiere hacé ese mestizo con este país? Nosotros en la Argentina somos tuitos la mayoría descendiente de uropeos y no de indios patasucias como él. Nosotros somos como un paisito de Uropa acá tirado donde el diablo perdió el poncho…
-Eso es lo que dice siempre la Sra. Victoria –yo dije-. Dice que nosotros los argentinos somos europeos en un continente de latinoamericanos.
-Y en eso la cuñada de Bioy tiene tuita la razón –dijo Borges-. No señó, no somos argentino, somos uropeo. Por eso lo echamos a Rozas y por eso también lo echamos a Perón de la tapera en el 55. En el 45 Perón quería que este país juera pa´ los indios salvajes, pero entre los militares y el Jockey Club le cortaron las orejas como a los perros a ese mestizo!
Borges parecía entonarse de lo lindo cuando se le hacían preguntas sobre el peronismo. Se prendía enseguida y saltaba como leche hervida y le gustaba más que el dulce de leche. Y aunque yo nunca entendí nada de política y nunca me interesó la política argentina, le tiré una para que se distraiga un poco.
-Y dígame, maestro –le dije-, ¿qué opinaba usted en los 50 sobre la figura de Eva Perón?
Borges se encendió como polvorita.
-¡Ay esa Perona! –resopló con furia-. ¡Esa Perona era más populachera!… Ay la rabia qui mi daba cuando la uía por la radio. ¡Hablaba pior de la oligarquía argentina qui de la seca, mire! Y despué se hacía la más dulce que el camote con los cabecitanegra. Pero esa Perona era toda una bandida. No nos quiría nadita a nosotros, porque nosotros somos más blanquitos que la leche y que la cal; y ella era bien negrita del Junín y no tenía abuelitos ilustre ni naides que le venga a estirar el cuento.
Borges se puso a rascarse las pantorrillas con las uñas. Tanto que se las puso coloradas. Se rascaba como si tuviera piojos. Sin duda que el estar hablando de tanto peronismo y tanto cabecitanegra le había hecho acordarse de aquella pensión donde lo mandó el padre a prestarle la plata a Macedonio. Todo lo que me había contado entonces la Japonesa era cierto; y era cierto entonces también que Borges había entrado a esa pensión y que había visto a toda esa gente del interior amontonada ahí adentro y que se había horrorizado, porque había reconocido en los rasgos de aquellos provincianos los mismos rasgos de sus padres reales, según me había contado Astor Piazzolla.
Borges prosiguió su arenga antiperonista.
-¡Y una invidia nos tenía esa Perona! Porque saía qui la Argentina e´ pa´ tuitos nosotros y no pa´ ellos. Nus echaba en cara qui nosotos éramos de la Sociedá Rural y del Jockey Club, pero nosotros dijimos: “Acá es ellos o nosotros. Y los ingleses con los que quisieron negociá jué con nosotros y no con ellos. Así qui si me apuran que no me quieran sacar gueno porque no respondo de mí si mi impiezo a poner chinchudo”. Yo a esa Perona nunca le creí nada. Por eso le cortamos al marido las orejas como a los perros, pa´ que se escapara en el 55 en barcaza por el Paraguay!
Ahí sonó el teléfono.
4-BORGES Y UN TELÉFONO
Borges fue a atenderlo caminando de a tranquitos. El teléfono estaba en una piecita lejana y por eso estuvo sonando tanto tiempo hasta que atendió. Yo vi que Borges había cerrado la puerta de la piecita para atender el teléfono, como si tuviera cuidado que yo no escuchara nada de lo que anduviera hablando. Esto me picó la curiosidad. Yo siempre fui curioso como un gato. Me entraron a dar ganas de saber con quién estaría hablando Borges.
Me fui en puntitas de pie hasta la piecita y pegué la oreja a la puerta. Al principio no escuchaba nada, pero después sentí que Borges dijo:
-Sí, mijita, ya le dije yo que está acá. Se lo tengo acá hablando conmigo. Usté quédese tranquila.
A mí se me pusieron los pelos de punta. Borges estaba hablando de mí con alguien pero yo no sabía con quién. Me empecé a hacer mala sangre y a ponerme nervioso. No me gustaba un pito que hablaran de mí por teléfono. Pero me puse todavía más nervioso cuando escuché lo que viene:
-Tá bien, mijita. Yo se lo voy a entretener acá por un par de horas así usté trabaja tranquila. Usté trabaje tranquila allá y no me afloje. Se lo voy a entretené hasta las 5 ´e la tarde.
El mundo se me vino encima. ¿Por qué Borges tenía que entretenerme hasta las 5? ¿Con quién hablaba? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué cosas planeaban en mi contra? ¿Por qué me odiaban?
Después sentí que Borges dijo, alzando bastante más la voz:
-¡Usté me está faltando el respeto, mijita! Ya me llamó dos vece viejo puto y no se lo voy a permití una tercera. Todavía qui li hago a usté un favor, usté se me pone a insultá. Yo a este señó se lo entretengo hasta las 5 y despué arréglese usté solita. Ansí que haiga ahí todo lo qui tiene qui hacé todo enseguidita.
No precisé seguir escuchando más. No quería seguir escuchando más. Me negaba a ver que el mundo se me cayera de a pedazos. Que en todo aquello en lo que había durante tantos años creído se desplomase de repente encima mío. Simplemente escapé de la casa de Borges como una especie de autoabroquelamiento.
Salí a la calle y me tomé un taxi. Quería llegar urgente a mi casa. Sospechaba algo feo. Sospechaba quién podía ser la persona con la que Borges había estado hablando, pero me daba chuchos de miedo querer darme cuenta. Que me bajaran así del aire de un escopetazo. Todavía no quería pensar nada ni conjeturar nada. Quería nada más llegar a mi casa y afrontar lo que tenía que afrontar. Entré a transpirar muchísimo de los nervios.
Como no había nadie en la calle el tachero nunca sacó la cuarta y llegamos enseguida por Coronel Quijana. Le pagué y no le esperé el vuelto, me bajé del taxi con el pulso latiéndome como a 95 o 100. Ahí nomás cuando vi la puerta me di cuenta que me habían tomado la casa. Habían forzado la puerta a martillazos y a patada limpia al parecer.
Mi casa era de ésas como hacían antes los italianos, en forma de chorizo. De manera que para entrar había que cruzar un pasillito. Después estaba el patio, la cocina y la pieza.
Yo entré con un miedo terrible.
Pero más miedo me agarró cuando perfilé por el patio. Escuché la voz de la Rusita viniendo desde la cocina. No me cabía la menor duda. Era su voz, entre infantilada y arrabalera. Le estaba hablando bajito a alguien pero ese alguien no le respondía ni parecía llevarle el apunte. Yo me arrimé a la puerta de la cocina que estaba a medio cerrar y ahí la vi: a la Rusita sentada arriba de mi mesa de la cocina con las patitas colgándole como péndulos.
La Rusita estaba vestida bien de verano, con un pantaloncito corto Adidas, unas zapatillas tipo botitas y una remerita blanca con las letras YPF en rojo sobre el pecho. Se había cortado el pelo al rapé con un flequillo chiquito con el que se hacía un jopo. Estaba comiendo unas manzanas verdes y no dejaba nunca un segundo de mover las patitas colgadas como si fueran hamacas bailando.
-Así que vos no seas mongoaurelio –le decía la Rusita a alguien-. Vos hacé todo lo que yo te diga que va a salir todo bien. Yo sé manejarlo bien a este tipo. Cuando yo te diga “Hacé esto”, vos hacelo. Así de simple, no esquivés el bulto. Al final va a salir todo bien, quedate tranquilo.
Después se calló. Yo quería que siguiera hablando para saber con quién hablaba y entonces miré por la cerradura para espiar. Pero no vi a nadie.
Me entró a dar corajina. El miedo se me varió por odio hacia la Rusita. “Yo a ésta se las voy a hacer pagar todas juntas”, me dije, “se quiere dar aires de compadrita con todo el mundo pero yo la voy a bajar de un escopetazo”.
Entré a la cocina abriendo la puerta de un golpe.
Cuando la Rusita me vio no se chistó ni un poco. Es más, me preguntó lo más campante qué estaba haciendo yo ahí.
-Yo vivo acá, Rusita –le dije-, ésta es mi casa ¿no? ¿Vos qué hacés acá? ¿Fuiste vos la que me rompiste la puerta? ¿Vos entraste de prepo acá, Rusita?
-Te traje un regalo, Van Gogh –me dijo queriéndome cambiar el tema-. Por el año nuevo que estamos empezando. Es una plantita de pino. Tené ojo, Van Gogh, que me dijeron en la florería que este tipo de plantitas crece hasta cien o doscientos metros.
Yo vi que me estaba mostrando una plantita pero que no era para nada una de pino. Era otro tipo de planta; ésta era una de mala muerte.
-¿Vos no me compraste nada a mí? –me preguntó la Rusita.
-Dejate de jorobar, Rusita –le dije-, y decime cómo entraste. ¿Con quién estabas hablando vos recién? Acá hay alguien más. Te escuché que le estabas hablando a alguien.
-No estaba hablando con nadie, Van Gogh –me dijo-. Estaba cantando. Además estoy sola, no hay nadie acá. ¿Vos el 31 con quién lo pasaste?
La Rusita me miró cerrando por un instante un poquito los ojos, como siempre que me estaba mintiendo. Siempre que mentía hacía lo mismo. Yo le conocía todas las mañas a la Rusita. No le tenía ninguna confianza. Sabía muy bien que no le podía tener ninguna confianza a alguien así.
-Vos me estás jorobando, Rusita –le dije-, acá hay alguien más –y me fui a la pieza y encontré todo dado vuelta, todo patas arriba; los cajones por el piso, los libros con todas las hojas arrancadas, hasta el colchón lo habían roto tajeándolo con un cuchillo. Busqué y busqué pero no encontré a nadie.
Volví a la cocina y le pregunté:
-¿Vos me tajeaste el colchón con un cuchillo, Rusita?
-No, Van Gogh –me dijo-. Ya estaba todo así cuando yo vine. Parece que vino alguien antes que yo y que no te debe querer mucho. ¿Vos no te estarás haciendo el vivo con alguna casada, no? Mirá si el marido te llegaba a agarrar con ese cuchillo. Ahí sí que la sangre iba a llegar al río. Cuidate, Van Gogh. Mirá que yo no quiero ir a tu velatorio.
-Yo no me estoy viendo con nadie –le dije-. Estoy haciendo bien todos los deberes.
-Decime, Van Gogh ¿no te quedó algo de sidra mientras como las manzanas? Me gusta acompañarlas con algo.
-No te hagás la zonza, Rusita. Decime la verdad. Vos lo llamaste por teléfono a Borges recién ¿no?
-No, Van Gogh –me desmintió otra vez-. Si yo el teléfono de Borges no lo conozco. Ni siquiera sabía que tenía teléfono. Recién ahora me vengo a enterar. Mirá cómo son las cosas.
Yo dudé.
Para ponerla bien a prueba la ataqué por su punto más bajo.
Le dije:
-¿Sabés, Rusita? Me parece que te están pasando por arriba. Hoy la Japonesa María se fue a inaugurar un taller literario con la Sra. Silvina. Perdoná que sea yo el que te lo tenga que decir… Parece que la Sra. Silvina está jugando ahora ella a dos puntas con vos y la otra.
La Rusita hizo como que se iba a poner a llorar, pero después se empezó a reír. Fingió.
-No me interesa lo que hagan la Japonesa y Minina –me dijo encogiéndose de hombros-. Además hoy no vine a hablar de polleras.
-¿Ah no? –le dije-. ¿Y a qué viniste, Rusita?
-Hoy vine a hablar de negocios. Negocios nuestros…
Otra vez empecé a sentir chuchos de miedo.
-¿De qué me hablás, Rusita? ¿Qué negocios puedo tener yo con vos?
-Pensá, Van Gogh. Acordate.
Yo entré a recular. Tragaba saliva y sentía miedo. La voz me sonó suplicante.
-¿Qué tengo yo que ver con vos, Rusita? Decime, ¿yo a vos qué te hice? Si yo a vos nunca te hice nada…
-Acordate, Van Gogh. Mirá para atrás un poco en tu vida, para ver lo que hiciste.
-¿De qué me tengo que acordar, si yo a vos nunca te hice nada?
-Pensá. Ponete a pensar un poco en las macanas que hiciste en tu vida.
-¡Yo nunca le hice ninguna macana a nadie, Rusita, vos lo sabés bien! ¡Vos me querés asustar para que diga cualquier cosa!
-Cada uno sabe las macanas que se manda… por más que se quiera hacer el monaguillo para los demás.
-Vos me apurás así para asustarme nomás, ¿si yo cuándo me mandé una macana?
Ahí la Rusita le hizo un gesto a alguien que estaba detrás mío. Le hizo un gesto de asentimiento. Entonces sentí olor a jaula de mono y cuando me di vuelta lo vi al Turquito que me agarraba como un brusco por los hombros y me tumbaba boca abajo contra el piso.
5-ALEJANDRA Y EL TURQUITO
Yo llevo dicho más arriba que al Turquito nunca más en la vida me lo había vuelto a cruzar. Pero la verdad es que la cosa fue muy diferente. Ahí en la cocina de mi casa el Turquito me sorprendió por la espalda y me tumbó contra el piso. Mucho trabajo no le costó, porque aunque yo soy bien alto, el Turquito también tenía lo suyo.
Se había dejado crecer la melena desde la última vez que lo vi, pero se había sacado la barba y el bigote. Así entonces resaltaban más sus facciones de atorrante y facineroso. La verdad que tenía una cara que te daba miedo si la veías por la calle de noche. Tenía una cara fea, como de salvajón. Y además como era grandote te podías llegar a infartar si te lo llegabas a cruzar a la madrugada por una calle donde no pasara ni un alma. Pero al menos el espíritu lo tenía civilizado. Cuando me tumbó al piso me dijo de inmediato:
-Perdonemé, Sr. Cortázar. Yo lamento mucho esta situación.
-No te disculpés, Turquito –le dijo la Rusita-. ¿Por qué te le disculpás? Vos acá sos el damnificado. No tenés que pedir disculpas. Este tipo te chamuyó mucha plata y ahora que la devuelva.
-Pero yo no soy una persona violenta, Alejandra –le dijo el Turquito.
-Yo tampoco –dijo la Rusita-. Pero ahora que éste reviente si se piensa que se la va a llevar de arriba. ¿Vos te la pensás llevar de arriba, Van Gogh? Danos la plata que le mejicaneaste al Turquito.
-¿Qué plata? ¡Yo no tengo nada de plata! –dije tumbado en el piso-. Si hace tres meses que no puedo pagar el alquiler…
-¿Y la plata que yo le di, Sr. Cortázar? –me dijo el Turquito-. ¿Qué hizo con la plata que yo le di? ¿Se acuerda?
Yo le hablé con voz llorosa, para que me tuviera un poco de misericordia, ya que de la Rusita sabía que no se podía esperar nada bueno.
-¿Qué plata me diste vos, Turquito? Si me diste dos pesos… Hace ya un tranco largo que me los gasté.
-¡No eran dos pesos, Van Gogh! –gritó la Rusita-. ¿Vos te creés que si fueran dos pesos hoy estaríamos acá? Hoy estaríamos en el Tigre tomando sol ¿o no, Turquito?
-Alejandra ¿qué querés que haga? –le preguntó el Turquito.
-Buscale la plata en los libros que faltan y después en las macetas. Para mí que éste tiene la plata escondida en las macetas.
Yo me puse a llorar de la impotencia.
-¡Ya les dije, hijos de putas, que no tengo más la plata, que me la gasté!
-¡Eh, Van Gogh! La boquita. Más respeto –amonestó la Rusita.
-Pero yo no quería que las cosas fueran así –dijo el Turquito-. Vos me habías dicho que el Sr. Cortázar no iba a estar en la casa, Alejandra. Me lo prometiste. Me dijiste que íbamos a poder trabajar tranquilos.
-¿Y yo qué culpa tengo si este tipo llegó antes de horario? –se defendió la Rusita.
-¿Pero a vos no te habían dicho por teléfono que teníamos tiempo hasta las 5? –le preguntó el Turquito.
La Rusita le dio un mordiscón a la manzana con rabia.
-¿Por qué no te callás la boca, Turquito? –le dijo-. Después si hay quilombo lo vas a tener vos con el viejo. No yo. Ya me tienen cansada ustedes. Todo mal hacen.
Después la Rusita le ordenó que me atara las manos con una soga por la espalda. El Turquito la obedeció enseguida y me hizo un nudo de Boy Scout. Después se fue a la pieza a buscar la plata entre los libros. Parece que era la Rusita la que manejaba todo el asunto entonces. A todo esto no se había ni movido de la mesa y pataleaba como una nena de cinco años.
Cuando el Turquito se fue a la pieza le dije:
-Dejame ir al baño, Rusita. Tengo sed.
-Dejá de jorobar, Van Gogh. Hace cinco minutos que estás tumbado en el piso y ya te querés hacer la víctima como se hacía Aramburu.
-¿Me van a matar? –le pregunté.
La Rusita abrió bien grande la boca y después hizo una sonrisa chiquita. Estaba peligrosa, me la sabía de memoria. Pero no me respondió. Siguió comiendo las manzanas como si nada. Yo me puse a llorar otra vez. La barba se me humedecía con las lágrimas. Quería desatarme las manos pero no podía. El Turquito me había hecho un nudo bien bueno.
-Dejame escapar, Rusita. No los voy a denunciar a la Policía…
-¿Por qué estás yendo todos los días a la Embajada Francesa, Van Gogh? Cada dos por tres vas a esa embajada.
Me habían seguido los pasos.
-Quiero que me den el pasaporte para volverme a París –le conté.
La Rusita entonces brincó de la mesa y puso rodilla en tierra para hablarme al oído. Me susurró apenas para que el Turquito no la oyera desde la pieza.
-Si me decís a mí dónde tenés la plata del Turquito, mañana yo vengo y te devuelvo la mitad. Te doy mi palabra. Así vos te volvés a París con algo de guita y yo me compro lo que me tengo que comprar.
-¿Así? –le dije-. ¿Y qué vas a hacer con el Turquito? ¿Lo vas a matar igual que a mí?
La Rusita cabeceó y volvió a sentarse en la mesa. Encendió un pucho y dijo:
-¿Encontraste algo, Turquito? ¿Qué estás haciendo?
El Turquito apareció otra vez con unos discos de jazz.
-No encontré nada en los libros, Alejandra –le dijo-. A lo mejor el Sr. Cortázar nos está diciendo la verdad y ya se gastó la plata que le di.
-No me hagás reír, Turquito. Qué se va a gastar la plata éste –dijo la Rusita-, si éste es más agarrado con la plata que un judío. Vos no lo conocés.
-Le encontré estos discos de jazz, Alejandra –le dijo el Turquito.
El Turquito había agarrado mi colección de Clifford Brown. <st1:PersonName w:st="on" ProductID="l
Julio 4, 2009 | Por tristam | # Enlace permanente
CORTÁZAR 7ma. VUELTA
1-24 DE SETIEMBRE DE 1972 TRES PUNTOS BUENOS AIRES
Hacía varios días que yo me estaba despertando con ganas de sacar del medio a alguien. Y recién ese día yo me di cuenta que a la única que quería sacar del medio era a la Rusita. Por culpa de ella yo todavía estaba en Buenos Aires y no me había podido ir a París un año atrás como lo tenía proyectado. Ni los del grupo de Boedo ni los de Florida me querían dar plata prestada. Así que por eso yo andaba solo por la calle, caminando de un lugar a otro y cruzando las calles sin mirar si venían autos. El odio que sentía por la Rusita y el resentimiento por todo lo que me había hecho me habían convertido en un hombre malo.
Yo antes no era así. Era una persona sensible que se ponía a llorar cuando iba al cine y se interesaba mucho por todas las ramas que tienen que ver con el arte y la literatura. Ahora ninguna cosa me conmovía nada. Estaba hecho una persona vacía y amargada; y me sentía viejo y feo. El haberme juntado tanto con la Rusita me había empujado hasta este rincón.
Aunque la verdad es que hacía varios meses que no la veía.
Por esos días me enteré por la calle que al Turquito lo habían largado y que iba siempre a un bar de la calle Corrientes a tomar café y comer medialunas. Yo me daba una idea más o menos de en cuál bar lo podía encontrar y me fui hasta ahí. Lo encontré en una mesa en medio del bar que estaba lejos de los baños.
Apenas el Turquito me vio entrar se puso de pie y me miró con una mezcla de miedo y tristeza. Para que viera que no me tenía que tener ningún miedo le tendí la mano y él me la estrechó con suavidad para no hacerme doler.
Me le senté en la mesa y el Turquito me convidó con cigarrillos y medialunas. Pero yo llevaba ya varios días sin comer nada y ni tampoco tenía ganas de comer. Parece que el estómago se me había cerrado. Le acepté lo de los cigarrillos porque era con la única cosa que me podía sacar de encima toda la mala sangre que tenía.
-¿Así que te largaron, Turquito? –le dije-. No sabés la alegría que me dio cuando me enteré.
El Turquito se sonrió un poco, como si yo se lo estuviese diciendo de verdad. El Turquito a mí me creía todo y se hacía a la idea de que nosotros dos éramos de alguna manera colegas.
-¿Sabe, Sr. Cortázar? –me dijo-. Cuando estaba adentro soñaba siempre con usted. Pero no me interprete mal, no eran sueños sucios. Eran sueños más bien de relación intelectual.
-¿Por qué me aclarás eso, Turquito? –le dije-. ¿Por qué me aclarás que no eran sueños sucios? ¿Vos te creés que yo soy un malpensado?
El Turquito se puso medio morado y sorbió un poco de café.
-Por ahí… A lo mejor a usted… –farfulló el Turquito-. Yo ya me imagino las cosas que Alejandra le debe haber contado a usted de mí. Pero no piense que a mí no me gustan las mujeres. Todas las cosas que yo hice adentro las tuve que hacer por necesidad. Pero cuando estoy afuera soy una persona distinta… Una persona como todas…
Yo me reí un poco y parece que le habré contagiado un poco la risa al Turquito, porque ahí mismo él se puso a reír con esa risa de atorrante que tenía siempre.
El Turquito estaba igual a como yo lo había conocido dos años atrás, con mucha melena y barba, y de aspecto gredoso y furtivo.
-¿Cuánto tiempo estuviste encerrado en el fortín? –le pregunté.
-Casi quince meses, Sr. Cortázar. Pero esta vez me pasaron más lentos que las otras veces. Leía mucha filosofía y mucho de astrología, pero igual el tiempo no se me pasaba. Nunca más voy a estar adentro. Ya me lo dije. Antes me pego un tiro en la cabeza.
-¿A vos te atraparon entre Castelar y Merlo, no, Turquito?
-¿Y usted cómo lo sabe, Sr. Cortázar? –me dijo como si estuviera sorprendido.
-¿Y vos cómo pensás que yo lo podría saber? ¿No se te ocurre de dónde me lo pueden haber contado? Me lo contó la Rusita, Turquito. Fue ella la que te delató a vos. ¿O vos no lo sabías?
El Turquito bajó la mirada y unos segundos después dijo:
-Claro que lo sabía, Sr. Cortázar. ¿Cómo no lo iba a saber? Si ella era la única que me podía delatar…
-¿Y por qué no la delataste también a ella, si sabías…?
-¿Para qué? –dijo el Turquito con tristeza-. ¿Para qué íbamos a estar los dos adentro? Si con uno que cayera ya bastaba…
-¿Sabés cuál es tu problema, Turquito? Que vos le guardás mucha fidelidad a la Rusita, y por eso te va como te va.
-¿Sabe qué pasa, Sr. Cortázar? Yo a Alejandra no le puedo hacer nada malo. Cuando salí, salí con la idea de que la iba a matar. Y a los pocos días fui hasta la casa y la vi justo cuando salía. Me parecía mentira, llevaba de una correa a media docena de perros con una sola mano; y con la otra mano fumaba un cigarrillo. Parece que ahora es paseadora de perros. Le deben pagar bien, porque si no Alejandra no lo haría. ¿Se la imagina usted, Sr. Cortázar, paseando media docena de perros? No, si es lo que yo digo… Alejandra tiene una energía vital que asombra.
El Turquito se puso a reír; y también a toser mientras se reía. A mí me envenenó la sangre ver que todavía la festejaba a la Rusita. Así que para cortarle de un golpe el chorro de la risa le dije:
-Yo sé todo de la vida de vos, Turquito. No te creás que no me enteré. Sé de los cuchillazos que hubo en tu familia y que vos tenías siete años y que lo viste todo.
El Turquito me clavó una mirada de corajina, pero como estábamos rodeados de mucha gente yo seguí:
-Y sé también que no fue nadie preso en la familia. Que se vinieron todos de Tucumán con el negocio de la trata de blancas y que tu hermanastro Aristegui nunca hizo nada para defenderte, porque no quería andar en cruces con el padre. Y si querés te sigo contando, Turquito, porque la lista es larga; y ya te imaginarás vos quién me lo contó; y vos todavía tenés el descaro de defender a la Rusita y decís que tiene una energía vital que asombra.
Ahora el Turquito estaba serio. Más serio que triste.
-Yo no digo que Alejandra no sea lengua suelta… pero todo lo que dice lo dice sin maldad.
-Yo no te dije que me lo contó con maldad; lo que te dije es que me lo contó todo riendosé y haciendo bromas. ¿A vos te parece que todo lo que pasó en tu familia es un tema para contarlo riendosé y haciendo bromas? Y vos todavía guardándole fidelidad…
2-EL TURQUITO
Parecía que le había tocado una fibra íntima del corazón, porque permaneció callado durante un buen rato y con la vista gacha.
-¿Vos te sentís bien, Turquito? –le pregunté
-¿A qué vino hoy usted, Sr. Cortázar? –me dijo secamente-. ¿Usted me buscaba para algo?
Yo vi que otra vez me estaba pasando revista con corajina.
Entonces le dije:
-Turquito, vos no te creás que sos la única víctima de la Rusita. Todos los favores que te hizo a vos me los hizo también a mí y se los habrá hecho también a varios. Pero vos me preguntaste yo a qué hoy y yo te voy a contestar: Yo hoy vine para abrirte los ojos, Turquito, y para que le paremos el carro para siempre a la Rusita.
El Turquito parecía no comprenderme todavía bien.
-No vamos a estar solos vos y yo, Turquito –le dije-. Estas cosas hay que hacerlas con mucho cuidado y entre varios. Por eso vamos a invitar a más gente para que venga. Vos sabés que yo tengo contactos con el negocio de la literatura, y les pensaba decir a la Sra. Ocampo y a Borges. Y vos por tu lado le podrías decir a Aristegui para que también nos dé una ayuda. Mientras más personas seamos va a ser mejor para todos.
El Turquito se puso regionalista.
-¿Y a mí de qué me sirve si Alejandra termina muerta? –me dijo.
-Vos no me entendés, Turquito. Vos mirás el negocio pero al revés. Por supuesto que a vos no te sirve de nada si la Rusita termina muerta. En lo que vos tenés que hacer foco es en los socios que vas a tener para este negocio y que yo ya te los nombré. ¿Vos no dijiste siempre que querías entrar al negocio de la literatura? ¿O ya se te pasó el metejón de escribir novelas?
-No, Sr. Cortázar –me dijo un poco más entusiasmado-. Siempre estoy escribiendo novelas. Tengo escritas más de treinta novelas. Y ninguna baja de las 600 páginas… Es como que no puedo escribir una novela breve; no puedo desarrollar una historia si no tengo escritas 300 páginas. Y recién ahí empiezo a perfilar un poco el argumento de la novela y de lo que se va a tratar; y de a poco empiezan a aparecer los personajes y la historia arranca. Pero a usted le debe pasar lo mismo, Sr. Cortázar, con las novelas que escribe. Con lo que yo le digo usted no se está enterando de nada. No le estoy inventando nada.
Yo lo quise regresar más para la discusión, porque me parecía que el Turquito empezaba a divagar.
-¿Entonces qué me respondés, Turquito: te prendés o no?
-La verdad que para mí sería bueno si va a ir la gente que usted dice… Es gente viajada y conocida… Me convendría a mí… Arrimarme a esa gente… ¿Usted cuándo pensaba ir a la casa de Alejandra?
-Hoy mismo a la noche, Turquito. Para qué esperar. Estas cosas se hacen en caliente.
El Turquito se puso dubitativo.
-Si vos no querés hacerlo, Turquito, no lo hagás –le dije-. Tampoco te voy a estar suplicando para hacerte un favor. Buenos Aires está lleno de muertos de hambre que escriben novelas y que van a aceptar encantados de la vida si yo les digo. Vos hacé descanso mejor. A lo mejor los quince meses que estuviste de preso te turbaron un poco la cabeza.
Hice ademán de levantarme de la mesa, pero el Turquito amainó enseguida:
-Pero si yo no le estaba diciendo que no, Sr. Cortázar. Yo le preguntaba solamente cuándo tenían pensado ir ustedes a visitar a Alejandra.
-Ya te dije, Turquito. Lo vamos a hacer esta misma noche. Ya la apalabré a mucha gente influyente y me dieron el visto bueno que iban a venir.
-Yo quisiera estar, Sr. Cortázar. Quisiera sumarme. Si es verdad lo que usted dice… que va a ir esa gente influyente… Yo quisiera arrimarmelés. Querría participar.
-Si querés participar lo tenés que traer también a Aristegui. Esta gente es influyente y le gusta tener protección policial. No van a querer estar mal parados si la cosa se complica.
-Pero yo no sé si Aristegui querrá ir…
-Vos preguntale y vas a ver cómo viene. La Rusita le faltó el respeto muchas veces a Aristegui. Te digo más, me parece que fue con el que se portó peor de todos. ¿No te contaron lo que le hizo en Ezeiza?
El Turquito coincidió conmigo y finalmente aceptó.
Quedamos en que nos íbamos a encontrar a la noche en la esquina de la casa de la Rusita.
3-VICTORIA OCAMPO
Salí del bar apurado como agente de Bolsa. Caminaba rápido y miraba a cada rato la hora. Estaba nervioso pero no estaba arrepentido por lo que quería hacer. Me zumbaban los oídos y quería que se hiciera de noche rápido para terminar con lo que había. Trataba de no pensar, pero cada pibe que veía por la calle me traía a la memoria los pibes que andaban con la Rusita, y después se me aparecía la Rusita caminando rápido al lado mío y me ponía peor. Más enojado.
Por suerte cuando llegué a la casa de la Sra. Victoria ella estaba. Hasta me abrió la puerta ella misma. Yo me sorprendí. Porque pensé que tendría una cabecita negra de sirvienta que le iba siempre a abrir la puerta. Me hizo entrar a la casa de un modo raro, sin preguntarme a qué iba ni por qué estaba todavía en Buenos Aires.
Me llevó hasta el salón del comedor y hasta se me puso a agradecer que hacía un año que a la hermana la habían dejado tranquila. La Sra. Victoria me daba a mí el premio que la Rusita la hubiese dejado tranquila a la Sra. Silvina por tanto tiempo.
-¿Y no llegan más cartas amenazantes de la Rusita? –le pregunté.
-A veces llega alguna que otra –dijo la Sra. Victoria-, pero yo siempre hago que las quemen.
-Parece que el daño que le hicieron a la Sra. Silvina ya se le debe haber ido –le dije.
Y ella me contestó:
-Y también parece que vos me hiciste los deberes, turrito. Quedate tranquilo que no me voy a olvidar.
Estábamos sentados uno al lado del otro en el sillón; y la Sra. Victoria me daba palmaditas en la rodilla y el ambiente era cordial cuando dije:
-Sra. Victoria, sepa que yo lo lamento mucho lo del robo de su joya. ¿Quedó alguien detenido?
-¿Cuál robo, turrito? –me dijo-. ¿De qué me estás hablando?
-De la joya, Sra. Victoria. De la joya que a usted le robaron el setiembre pasado.
-¿Y vos cómo sabés que a mí me robaron una joya?
-Porque uno anda en la calle, Sra. Victoria, y se entera de todo. Y por cada denuncia que se hace en la comisaría después se empieza a correr el rumor en la calle y uno aunque no quiere escuchar se entera. Uno ve a un grupo de gente parada en una esquina y conversando, y se acerca y escucha lo que dicen.
-¿Y a vos quién te contó, turrito, si yo no hice ninguna denuncia cuando me robaron?
Yo me habré puesto pálido como el papel, porque sinceramente no sabía bien qué contestar. Me sentía embarullado con lo que había dicho y no encontraba las palabras que pudieran servirme para quitarme el embatatamiento.
Entonces la Sra. Victoria me empezó a mirar más fijo y un miedo más terrible me empezó a dar.
-Contestá lo que te pregunté, turrito; ¿a vos quién te contó que me robaron una joya?… Si yo ni siquiera a mi hermana se lo dije por no desgraciarla.
Entonces me desmoroné por completo. Perdí todos los sentidos y los estribos y empecé a hablar sin razón.
-Fui yo, Sra. Victoria; fuimos yo y la Rusita los que le robamos a usted. Pero yo no quería robarle, se lo juro. La Rusita me obligó… Aquel día que usted me pidió que fuera a visitarla al Pirovano ¿se acuerda? Ese día me obligó para que le robáramos a usted. Me dijo que si yo no la ayudaba le iba a matar a usted a la Sra. Silvina…
La Sra. Victoria salió del salón y volvió enseguida con el cinto grande que usaba su tata arriba del caballo con la peonada y el indiaje cuando no le trabajaban duro el quebracho y la caña de azúcar.
Apenas la vi volver mi primer instinto fue el de tirarme debajo de la mesa para que no me golpeara. Pero esto la enfureció más a la Sra. Victoria. Porque empezó a dar cintazos a las patas de la mesa y a decirme:
-¡Salí de ahí abajo, mierda! ¡Y no te escondás que me ponés peor si no te pego!
-¡Tranquilicesé, Sra. Victoria! –yo decía; y algunos cintazos me llegaban a dar en las manos y en la cara. No sabía bien cómo defenderme ni de qué lado ponerme, porque la Sra. Victoria se ponía a girar alrededor de la mesa y nunca se quedaba quieta.
-¡Qué hicieron con la joya, mierdas! –gritaba furiosa-. ¿Dónde la escondieron?
-¡No la escondimos, Sra. Victoria! ¡La Rusita la hizo vender en Once!… Ya no la puede recuperar más, tranquilicesé… ¡A mí también me estafaron! Si yo a usted nunca le quise hacer nada malo. –Yo estaba un poco lloroso y hablaba plañideramente-. Si usted misma sabe que siempre le hice buena letra… Preguntelé si no a la Sra. Silvina todas las cosas que le conté de la Rusita en el Pirovano… ¿Por qué se cree que la Sra. Silvina dejó de amarla a la Rusita en todo este año? Por todas las cosas que yo le conté de ella en el Pirovano. ¿O no es así? ¿O usted no me pidió que se la alejara a la Rusita de su hermana, que me la llevara lejos…? ¿Entonces por qué usted ahora me maltrata, si yo a usted le cumplí todo al pie de la letra y hice todo lo que usted me pidió?
Yo me había desahogado y la Sra. Victoria estaba cansada de darle vueltas a la mesa y pegar cintazos. Se fue a sentarse en el sillón agotada y con voz más calma me dijo:
-Está bien, turrito, no llorés más. Salí de ahí abajo que no te voy a pegar. Vos me hiciste una gauchada y yo te la agradezco. Me la alejaste a la Rusita de mi hermana y eso no me lo voy a olvidar.
4-VICTORIA OCAMPO
Yo entonces salí de debajo de la mesa secándome las lágrimas y dije:
-No tiene que agradecer nada la Sra. Victoria. Si soy bueno para algo que usted necesite, no tiene más que decirlo y yo lo hago.
-Ya lo sé, turrito, ya lo sé. Si yo sé que vos siempre nos hiciste buena letra.
Me senté otra vez al lado de ella y vi que me miraba con una sonrisa entre agria y dulce.
-¿Sabe qué, Sra. Victoria? Ahora lo que tenemos que hacer nosotros es no tener más noticias de la Rusita. ¿Me comprende? Porque por ahora su hermana está a salvo de la Rusita, pero mañana quién sabe. Mire que la Rusita es insistidora; y por ahí un día la convence otra vez a la Sra. Silvina para que vuelva con ella. Quién dice. No nos podemos quedar tan confiados.
-¿Qué me estás proponiendo, turrito? –me dijo la Sra. Victoria, ahora sí con una sonrisa como que me aprobaba la salida-. ¿Vos de qué me querés hablar?
-De lo que ya le dije, Sra. Victoria. De que por una buena vez por todas no tengamos más noticias de la Rusita. ¿O qué? ¿Vamos a tener que vivir toda la vida con el corazón en la boca por culpa de ella?
La Sra. Victoria lo reflexionó unos segundos y después me preguntó:
-¿Cuándo lo querés hacer?
-Hoy mismo –le dije-. Esta misma noche. Yo voy a llevar a dos personas a las que la Rusita también les faltó el respeto; y yo le pediría a usted que llevara a su hermana.
-Eso no –dijo la Sra. Victoria tajante-. Ver eso le haría muy mal a mi hermana. Además ella es de deprimirse mucho y después cuesta sacarla del pozo.
-Es que si no va la Sra. Silvina, no vamos a poder entrar a la casa de la Rusita. La Rusita no le abre la puerta a nadie de noche. Para eso la necesitamos a la Sra. Silvina. A ella seguro que le va a abrir la puerta sea la hora que sea.
Lo meditó un poco y después aceptó.
-Pero tiene que ser todo rápido –dijo.
-Quedesé tranquila, Sra. Victoria, no va a durar mucho. Lo que yo también quisiera que usted haga es llevarlo al Sr. Borges y a la Sra. María.
-¿Para qué? –me preguntó.
-Porque cuantas más personas estemos involucradas menos investigación van a hacer después.
La Sra. Victoria me pasó la mano por la barba y me dijo:
-Mirá que sos un bicho raro vos. Qué bicho más raro que resultaste ser. Pero quedate tranquilo, turrito. Si vos querés que te los lleve a Georgie y a la Japonesa yo te los llevo.
-Es para que seamos más, Sra. Victoria –le dije-. Así estamos todos involucrados y después nadie va a querer hablar siquiera del asunto. ¿Qué le parece?
-A mí la idea me gusta. Y además es también así como vos decís: Por ahora mi hermana está a salvo de la Rusita, pero mañana no se sabe con lo que aquélla se puede salir. Es verdad eso que la Rusita es bien insistidora, tenés razón. Pero decime, turrito, esos dos cabecitas negras que vos pensás llevar ¿cómo son? ¿Son de confianza? ¿Gente de fiar es?
-Son buena gente. Mire si serán buena gente que se quieren vengar de la Rusita por las faltas de respeto.
-¡Judía hija de puta! –dijo la Sra. Victoria-. ¿No sabés en lo que anda ahora?
-Trabaja paseando perros –le dije-. La otra vez la vi en Parque Lezama paseando a doce pastores ingleses. Los lleva bien de la correa, no se le escapan…
-Pero si la Rusita es chiquita ¿cómo no se le escapan?
-Es chiquita pero parece que los perros la quieren y le hacen caso.
La Sra. Victoria prendió un cigarrillo rubio y dijo:
-Así que fuiste vos con la Rusita los que me rompieron la puerta…
-Eso ya pasó, Sra. Victoria. Ahora tenemos que pensar en cómo hacemos para que la Rusita no ande más suelta por Buenos Aires. ¿Usted piensa que el Sr. Borges y la Sra. María van a poder asistir?
-Van a poder, turrito, por ésos no te preocupés. Esos dos me deben muchos favores a mí y no me van a poder decir que no.
-¿Y de la Sra. Silvina? ¿Usted qué dice? ¿Irá? Porque si no, no vamos a poder entrar en la casa. Yo no le miento, la Rusita no le abre la puerta a nadie de noche.
-Mi hermana también va a ir –dijo exhalando el mucho humo la Sra. Victoria-. La Rusita le arruinó la vida a mi hermana ¿sabés? Antes mi hermana no era así. Mi hermana era una persona feliz, contenta; contenta hasta que la conoció a la Rusita. Fue ella la que la degeneró. Ella fue la que le perturbó la mente a mi hermana.
-No se angustie más, Sra. Victoria –le dije y la abracé-. Nunca más vamos a tener que pasar por las cosas que pasamos.
Y apenas lo dije me sentí una persona distinta. Otra vez alineado.
5-ALEJANDRA
Cuando tenés en la cabeza cosas para hacer el día se te hace más rápido. Por eso a mí aquel día se me pasó volando y el sol se fue enseguida de Buenos Aires y se vino la noche. Me tomé un taxi y cuando llegué vi que el Turquito ya estaba en la esquina de la casa de la Rusita. Pero estaba solo, sin Aristegui. Por eso me bajé del taxi mirandoló al Turquito fríamente a la cara.
El Turquito me saludó con respeto, pero yo le tendí la mano así nomás, como si fuera un ninguno.
-¿Y Aristegui? –le dije-. ¿Todavía no vino?
El Turquito hizo una mueca blanda, vaciladora; una mueca que no me gustaba nada.
-¿Qué pasa, Turquito, que tenés esa cara? –le dije-. ¿Tenés miedo? ¿Te da lástima por la Rusita? No le tengás lástima a la Rusita, no se lo merece… Si vos supieras las cuantas veces que habló mucho de vos discriminandoté… Lo mismo que de Aristegui… Indios de acá, indios de allá… A esta piba ya se le acabó. Ahora vos fijate qué contradictorio ¿no?, porque si vos a ella le decís judía, ella rápido te dice: “¿Vos te pensás que porque soy judía me podés decir cualquier cosa?”. ¿Ves la diferencia? ¿Me seguís? Ella a ustedes sí los puede discriminar y decirles hindúes, pero cualquier cosa que ustedes le digan a ella, la Rusita salta enseguida y la toma como una discriminación. ¿A qué hora le dijiste a Aristegui que venga?
El Turquito se puso otra vez medio blando.
-No le fui a decir nada a Aristegui, Sr. Cortázar… –balbuceó.
-Turquito, ¿no habíamos convenido en que necesitábamos protección policial y que vos lo ibas a traer a Aristegui?
-Yo a Aristegui no le tengo tanta confianza para pedirle algo así… No lo conozco mucho… O lo conozco, sí, ¿pero cuántas veces lo habré visto en mi vida? Cuatro, cinco… En alguna que otra redada a lo mejor…
-¿Pero si vos no eras el hermanastro de Aristegui, Turquito, y todos ustedes no se vinieron del Tucumán?
-No, Sr. Cortázar… Si en mi vida yo salí del conurbano… No entiendo de dónde usted saca eso… Y hoy tampoco le entendí bien cuando me salió con todos esos asuntos… Pensé que…
-¿Qué pensaste, Turquito?
-Pensé que era una conversación habitual entre dos escritores… Y como yo no estoy todavía muy empapado con este tipo de charlas me confundió… ¿Por qué me vuelve a decir otra vez que soy hermanastro de Aristegui?
Me di cuenta que todo había sido fábula de la Rusita. Pero no me quise embatatar con chiquilinadas y le dije:
-No importa, Turquito. Concentremonós en lo que vamos a hacer y no nos distraigamos más.
-Yo no voy a estar –dijo el Turquito-. Perdonemé, Sr. Cortázar. No es que quiera dar marcha atrás, pero si le quieren hacer algo a Alejandra, haganseló ustedes. Después se van a arrepentir cuando ella los empiece a perseguir para la revancha.
-Vos no me entendiste hoy, Turquito. ¿No te dije que hoy a la Rusita se le termina el calendario? ¿Tanto miedo le tenés?
-No es miedo, Sr. Cortázar. Es respeto. Vaya y pregunte en el conurbano cómo terminaron los que se metieron con ella. Hay que pensar bien las consecuencias antes de meterse con Alejandra. Yo le diría a usted que se fuera a su casa, Sr. Cortázar. No le va a ir bien… Alejandra es más peligrosa y más fuerte de lo que ustedes se imaginan…
-¿Y por qué no te vas vos a tu casa, Turquito? –le dije con rencor-. ¿Para qué viniste si no pensabas participar? Si nos vamos a estar traicionando entre nosotros…
Y me callé. No sabía qué más decir. Todo el entusiasmo que tenía hasta hace un rato con el proyecto se me había ido por los pies.
-Entonces andate, Turquito –le largué-. Si tanto miedo tenés y no querés participar andate.
-¿No me puedo quedar esperando hasta que lleguen la Sra. Ocampo y el Sr. Borges?
-¿No me oíste, Turquito? –le dije con desprecio-. Que te vayás te dije.
Le mostré mi perfil más cruel; y entonces el Turquito bajó un poco la cabeza, entristecido; vaciló un poco y después me dijo: “Adiós, Sr. Cortázar”, y se fue caminando lentamente. Encendí un cigarrillo mientras lo veía alejarse y el Turquito a veces se daba vuelta hasta que no lo vi más.
Ya era bastante de noche cuando llegaron en un Chevy verde la Sra. Victoria, la hermana y la Sra. María. Cuando bajaron las tres del auto pregunté por Borges; y la Japonesa me contestó:
-Borges no participa de estas cosas. De estas cosas ahora me ocupo yo.
-¿Dónde están los cabecitas negras que ibas a traer? –me preguntó la Sra. Victoria.
-Es mejor así que seamos pocos –le dije-. Tampoco es bueno traer a tanta gente.
La Sra. Silvina no hablaba; se la veía melancólica y poco firme. Igual fuimos hasta la casa de la Rusita; y yo me puse a tocar timbre como me había puesto a tocar la primera vez que había ido, dos años y pico atrás.
-Basta, turrito –me dijo la Sra. Victoria-. No debe estar en casa.
-¿Y en dónde la podríamos encontrar? –preguntó la Japonesa.
Pero ahí justo escuchamos la voz de la Rusita del otro lado de la puerta.
-¿Quién es? –dijo la Rusita.
Y como la Sra. Silvina estaba poco firme se quedó muda y petrificada.
-¿Quién es? –volvió a preguntar la Rusita más alto.
-Soy yo, Alejandra –dijo la Sra. Silvina como en murmullo.
-¿Yo quién? ¿Minina? ¿Sos vos, Silvín? –preguntó la Rusita; y ya la voz le empezaba a sonar más cantante, más alegre-. ¿Estás sola o viniste con alguien?
-No vine con nadie, Alejandra. ¿Vos no me querrías abrir la puerta?
-Ahora voy corriendo a buscar las llaves y te abro, Minina. No te vayás.
Escuchamos que la Rusita corría a los tropezones por el pasillo; y la Sra. Victoria dijo:
-¿Vieron la voz que tiene? Parece un chico de 12 años.
-¿Cómo lo vamos a hacer? –preguntó la Japonesa.
-El turrito sabe –dijo la Sra. Victoria.
Pero yo no sabía. No tenía en realidad muy en claro cómo lo teníamos que hacer. Yo nada más esperaba que el resentimiento hacia la Rusita saliera a la superficie; así todo sería más natural y más simple.
La Rusita tardó un buen rato para abrirnos la puerta. Y cuando nos abrió a la primera que vio fue a la Sra. Victoria que se le entraba; y después nos vio a todos uno a uno entrándole a la casa; y como vio que se le venía la noche no quiso hacer resistencia. Nos dejó pasar lo más campante y sin decirnos nada. Estaba rara, parecía como que se sostenía del picaporte para no caerse al piso. Parecía que estaba por irse a dormir, porque andaba descalza y tenía puesto el pantalón azul Adidas que le arrastraba por el piso y la remera de pijamas.
-¿Qué estabas haciendo, Rusita? –le pregunté mientras venía con nosotros por el pasillo.
-Estaba llenando la hoja de horarios para los perros que tengo que pasear mañana.
Había hablado balbuceante, como si la lengua se le trabara. Después trastabilló y se abrazó de mí para no caerse. Yo pensé que se estaba haciendo la payasa, porque tenía los ojos entrecerrados y también hacía tics. Fue entonces ahí cuando se cayó al piso, mirando el cielo boca arriba.
-Lo hizo otra vez –dijo la Sra. Silvina-. Tomó pastillas otra vez.
La Japonesa se le acercó y le prendió un encendedor cerca de la mano; pero la Rusita tardó en reaccionar.
-¡Agua! –exclamó la Rusita.
-Llevelá hasta la cama, Julio –me dijo la Sra. Silvina-. Yo la vez anterior que la encontré también estaba así.
Yo la cargué en los brazos a la Rusita y me metí en la pieza y la tiré en la cama. Y lo hice con tanta brusquedad que hice que la Rusita volviera a despertarse.
-Llamen una ambulancia –balbuceó la Rusita-, siento que todo el cuerpo me está subiendo a la cabeza.
-No nos pidas ayuda, Rusita –le dijo la Sra. Victoria-. A nosotras no nos pidas ayuda. Estás pagando por todas las que nos hiciste. Ahora te toca sufrir a vos. Ahora vas a saber cómo se siente uno cuando lo traicionan.
-Llamen una ambulancia, hijas de putas –dijo la Rusita.
Y en ese momento todos nos quedamos quietos y callados alrededor de la cama por un buen rato; porque que te insulte alguien que se está por morir es muy distinto a que te insulte alguien que uno sabe que va a seguir viviendo.
La Rusita quiso incorporarse, pero volvió a caer tumbada sobre la almohada con los ojos entrecerrados.
-Morite, judía –dijo la Sra. Victoria-, morite de una vez. ¿Cuándo se muere esta judía? –me preguntó la Sra. Victoria.
-Llamen una ambulancia –dijo otra vez la Rusita-, antes de preguntar cuándo me muero.
-¿Llamo a una ambulancia, Sra. Victoria? –le pregunté.
-¿Vos tenés mareos en la cabeza, turrito? –me dijo-. ¿Para qué vas a llamar a una ambulancia? ¿Primero calentás la pava y ahora no querés tomar el mate?
-Yo me quiero ir –dijo la Japonesa-. Lo que vinimos a hacer ya se lo hizo ella misma. No pesará sobre nuestras conciencias.
-¿Cómo te sentís, Rusita? –le pregunté.
-… ansiosa por irme a ningún lugar, Van Gogh –me respondió.
-Miren cómo quiere seguir haciéndose la artista –criticó crispada la Sra. Victoria-, hasta el último momento la judía.
La Rusita extendió los brazos hacia la Sra. Silvina y le dijo:
-Besame, Minina; besame un beso de despedida… No partirán mis labios de lo contrario…
Pero la Sra. Victoria le cambió los naipes y le dijo:
-Bajá esos brazos, Rusita. Vos a mi hermana no la volvés a tocar nunca más.
La Sra. Silvina rompió en llanto.
-No llores, Silvín –le dijo la Rusita-. Yo también sé lo que es mirar hacia atrás y desear otra cosa…
-Vos no sabés nada, Rusita, y dejá de estar haciéndole la novela a mi hermana.
La Japonesa empezó a juntar del piso las varias tiras de comprimidos que la Rusita se había tomado. Y me las dio todas a mí.
-Mire, Sra. Victoria –le dije, mostrándole en las manos todas esas tiras vacías-, ¿le parece que no es para llamar a una ambulancia?
-Vos debés tener un problema de olla, turrito –me contestó irritada-, porque parece que no razonás bien lo que decís. Empezá a comer un poco más seguido, porque un día decís una cosa y al otro día decís otra.
Yo hice caras de sentirme triste y me senté en la cama.
-¡Pero mirá cómo te ponés! –me reprochó la Sra. Victoria-. Tampoco es para tanto… Parecés una mina lo flojo que te ponés.
-Es que usted tiene razón, Sra. Victoria –le dije-. De un tiempo a esta parte no sé bien lo que vengo diciendo. No sé si será una enfermedad o qué, pero no puedo concentrarme mucho en las cosas que digo.
-¿Hace cuánto que te viene pasando eso?
-Hará cosa de dos años o tres…
Entonces la Japonesa se puso a tomarle el pulso a la Rusita. Y vio que tenía poco. Y le puso una almohada encima de la cara y empezó a forcejear. Y la Rusita se quería defender con las pocas fuerzas que tenía pero no podía mucho. Y los talones le resbalaban por el colchón y la Sra. Victoria le decía: “Morite, judía, morite”; y la Sra. Silvina cómo lloraba, me acuerdo; y yo decía: “Dejelá, Sra. María, dejelá”; y a la Japonesa le salpicaba espuma de la boca por el esfuerzo que hacía; y la Rusita cada vez tenía menos fuerzas y cada vez pataleaba menos en el colchón; y yo me acuerdo que yo lloraba porque me daba lástima por la Rusita. Esta Rusita… siempre nos hacía reír. Me acuerdo cuando se disfrazaba de payaso y se subía a una mesa y empezaba a imitar a los lobos marinos. ¿A ver cómo hacen los lobos marinos, Rusita? Y ella enseguida los imitaba. Una piba bárbara era la Rusita. Dejelá, Sra. María, dejelá. No sabés cómo estaba yo. Lo mal que la pasé. Porque era la primera vez que veía cómo mataban a alguien. No sabés lo feo que es. Ojalá nunca te pase. Tardás varios días en olvidarte de todo, pero al rato enseguida seguís haciendo una vida normal.
Julio 2, 2009 | Por tristam | # Enlace permanente
CORTÁZAR 7ma. VUELTA
1-24 DE SETIEMBRE DE 1972 TRES PUNTOS BUENOS AIRES
Hacía varios días que yo me estaba despertando con ganas de sacar del medio a alguien. Y recién ese día yo me di cuenta que a la única que quería sacar del medio era a la Rusita. Por culpa de ella yo todavía estaba en Buenos Aires y no me había podido ir a París un año atrás como lo tenía proyectado. Ni los del grupo de Boedo ni los de Florida me querían dar plata prestada. Así que por eso yo andaba solo por la calle, caminando de un lugar a otro y cruzando las calles sin mirar si venían autos. El odio que sentía por la Rusita y el resentimiento por todo lo que me había hecho me habían convertido en un hombre malo.
Yo antes no era así. Era una persona sensible que se ponía a llorar cuando iba al cine y se interesaba mucho por todas las ramas que tienen que ver con el arte y la literatura. Ahora ninguna cosa me conmovía nada. Estaba hecho una persona vacía y amargada; y me sentía viejo y feo. El haberme juntado tanto con la Rusita me había empujado hasta este rincón.
Aunque la verdad es que hacía varios meses que no la veía.
Por esos días me enteré por la calle que al Turquito lo habían largado y que iba siempre a un bar de la calle Corrientes a tomar café y comer medialunas. Yo me daba una idea más o menos de en cuál bar lo podía encontrar y me fui hasta ahí. Lo encontré en una mesa en medio del bar que estaba lejos de los baños.
Apenas el Turquito me vio entrar se puso de pie y me miró con una mezcla de miedo y tristeza. Para que viera que no me tenía que tener ningún miedo le tendí la mano y él me la estrechó con suavidad para no hacerme doler.
Me le senté en la mesa y el Turquito me convidó con cigarrillos y medialunas. Pero yo llevaba ya varios días sin comer nada y ni tampoco tenía ganas de comer. Parece que el estómago se me había cerrado. Le acepté lo de los cigarrillos porque era con la única cosa que me podía sacar de encima toda la mala sangre que tenía.
-¿Así que te largaron, Turquito? –le dije-. No sabés la alegría que me dio cuando me enteré.
El Turquito se sonrió un poco, como si yo se lo estuviese diciendo de verdad. El Turquito a mí me creía todo y se hacía a la idea de que nosotros dos éramos de alguna manera colegas.
-¿Sabe, Sr. Cortázar? –me dijo-. Cuando estaba adentro soñaba siempre con usted. Pero no me interprete mal, no eran sueños sucios. Eran sueños más bien de relación intelectual.
-¿Por qué me aclarás eso, Turquito? –le dije-. ¿Por qué me aclarás que no eran sueños sucios? ¿Vos te creés que yo soy un malpensado?
El Turquito se puso medio morado y sorbió un poco de café.
-Por ahí… A lo mejor a usted… –farfulló el Turquito-. Yo ya me imagino las cosas que Alejandra le debe haber contado a usted de mí. Pero no piense que a mí no me gustan las mujeres. Todas las cosas que yo hice adentro las tuve que hacer por necesidad. Pero cuando estoy afuera soy una persona distinta… Una persona como todas…
Yo me reí un poco y parece que le habré contagiado un poco la risa al Turquito, porque ahí mismo él se puso a reír con esa risa de atorrante que tenía siempre.
El Turquito estaba igual a como yo lo había conocido dos años atrás, con mucha melena y barba, y de aspecto gredoso y furtivo.
-¿Cuánto tiempo estuviste encerrado en el fortín? –le pregunté.
-Casi quince meses, Sr. Cortázar. Pero esta vez me pasaron más lentos que las otras veces. Leía mucha filosofía y mucho de astrología, pero igual el tiempo no se me pasaba. Nunca más voy a estar adentro. Ya me lo dije. Antes me pego un tiro en la cabeza.
-¿A vos te atraparon entre Castelar y Merlo, no, Turquito?
-¿Y usted cómo lo sabe, Sr. Cortázar? –me dijo como si estuviera sorprendido.
-¿Y vos cómo pensás que yo lo podría saber? ¿No se te ocurre de dónde me lo pueden haber contado? Me lo contó la Rusita, Turquito. Fue ella la que te delató a vos. ¿O vos no lo sabías?
El Turquito bajó la mirada y unos segundos después dijo:
-Claro que lo sabía, Sr. Cortázar. ¿Cómo no lo iba a saber? Si ella era la única que me podía delatar…
-¿Y por qué no la delataste también a ella, si sabías…?
-¿Para qué? –dijo el Turquito con tristeza-. ¿Para qué íbamos a estar los dos adentro? Si con uno que cayera ya bastaba…
-¿Sabés cuál es tu problema, Turquito? Que vos le guardás mucha fidelidad a la Rusita, y por eso te va como te va.
-¿Sabe qué pasa, Sr. Cortázar? Yo a Alejandra no le puedo hacer nada malo. Cuando salí, salí con la idea de que la iba a matar. Y a los pocos días fui hasta la casa y la vi justo cuando salía. Me parecía mentira, llevaba de una correa a media docena de perros con una sola mano; y con la otra mano fumaba un cigarrillo. Parece que ahora es paseadora de perros. Le deben pagar bien, porque si no Alejandra no lo haría. ¿Se la imagina usted, Sr. Cortázar, paseando media docena de perros? No, si es lo que yo digo… Alejandra tiene una energía vital que asombra.
El Turquito se puso a reír; y también a toser mientras se reía. A mí me envenenó la sangre ver que todavía la festejaba a la Rusita. Así que para cortarle de un golpe el chorro de la risa le dije:
-Yo sé todo de la vida de vos, Turquito. No te creás que no me enteré. Sé de los cuchillazos que hubo en tu familia y que vos tenías siete años y que lo viste todo.
El Turquito me clavó una mirada de corajina, pero como estábamos rodeados de mucha gente yo seguí:
-Y sé también que no fue nadie preso en la familia. Que se vinieron todos de Tucumán con el negocio de la trata de blancas y que tu hermanastro Aristegui nunca hizo nada para defenderte, porque no quería andar en cruces con el padre. Y si querés te sigo contando, Turquito, porque la lista es larga; y ya te imaginarás vos quién me lo contó; y vos todavía tenés el descaro de defender a la Rusita y decís que tiene una energía vital que asombra.
Ahora el Turquito estaba serio. Más serio que triste.
-Yo no digo que Alejandra no sea lengua suelta… pero todo lo que dice lo dice sin maldad.
-Yo no te dije que me lo contó con maldad; lo que te dije es que me lo contó todo riendosé y haciendo bromas. ¿A vos te parece que todo lo que pasó en tu familia es un tema para contarlo riendosé y haciendo bromas? Y vos todavía guardándole fidelidad…
2-EL TURQUITO
Parecía que le había tocado una fibra íntima del corazón, porque permaneció callado durante un buen rato y con la vista gacha.
-¿Vos te sentís bien, Turquito? –le pregunté
-¿A qué vino hoy usted, Sr. Cortázar? –me dijo secamente-. ¿Usted me buscaba para algo?
Yo vi que otra vez me estaba pasando revista con corajina.
Entonces le dije:
-Turquito, vos no te creás que sos la única víctima de la Rusita. Todos los favores que te hizo a vos me los hizo también a mí y se los habrá hecho también a varios. Pero vos me preguntaste yo a qué hoy y yo te voy a contestar: Yo hoy vine para abrirte los ojos, Turquito, y para que le paremos el carro para siempre a la Rusita.
El Turquito parecía no comprenderme todavía bien.
-No vamos a estar solos vos y yo, Turquito –le dije-. Estas cosas hay que hacerlas con mucho cuidado y entre varios. Por eso vamos a invitar a más gente para que venga. Vos sabés que yo tengo contactos con el negocio de la literatura, y les pensaba decir a la Sra. Ocampo y a Borges. Y vos por tu lado le podrías decir a Aristegui para que también nos dé una ayuda. Mientras más personas seamos va a ser mejor para todos.
El Turquito se puso regionalista.
-¿Y a mí de qué me sirve si Alejandra termina muerta? –me dijo.
-Vos no me entendés, Turquito. Vos mirás el negocio pero al revés. Por supuesto que a vos no te sirve de nada si la Rusita termina muerta. En lo que vos tenés que hacer foco es en los socios que vas a tener para este negocio y que yo ya te los nombré. ¿Vos no dijiste siempre que querías entrar al negocio de la literatura? ¿O ya se te pasó el metejón de escribir novelas?
-No, Sr. Cortázar –me dijo un poco más entusiasmado-. Siempre estoy escribiendo novelas. Tengo escritas más de treinta novelas. Y ninguna baja de las 600 páginas… Es como que no puedo escribir una novela breve; no puedo desarrollar una historia si no tengo escritas 300 páginas. Y recién ahí empiezo a perfilar un poco el argumento de la novela y de lo que se va a tratar; y de a poco empiezan a aparecer los personajes y la historia arranca. Pero a usted le debe pasar lo mismo, Sr. Cortázar, con las novelas que escribe. Con lo que yo le digo usted no se está enterando de nada. No le estoy inventando nada.
Yo lo quise regresar más para la discusión, porque me parecía que el Turquito empezaba a divagar.
-¿Entonces qué me respondés, Turquito: te prendés o no?
-La verdad que para mí sería bueno si va a ir la gente que usted dice… Es gente viajada y conocida… Me convendría a mí… Arrimarme a esa gente… ¿Usted cuándo pensaba ir a la casa de Alejandra?
-Hoy mismo a la noche, Turquito. Para qué esperar. Estas cosas se hacen en caliente.
El Turquito se puso dubitativo.
-Si vos no querés hacerlo, Turquito, no lo hagás –le dije-. Tampoco te voy a estar suplicando para hacerte un favor. Buenos Aires está lleno de muertos de hambre que escriben novelas y que van a aceptar encantados de la vida si yo les digo. Vos hacé descanso mejor. A lo mejor los quince meses que estuviste de preso te turbaron un poco la cabeza.
Hice ademán de levantarme de la mesa, pero el Turquito amainó enseguida:
-Pero si yo no le estaba diciendo que no, Sr. Cortázar. Yo le preguntaba solamente cuándo tenían pensado ir ustedes a visitar a Alejandra.
-Ya te dije, Turquito. Lo vamos a hacer esta misma noche. Ya la apalabré a mucha gente influyente y me dieron el visto bueno que iban a venir.
-Yo quisiera estar, Sr. Cortázar. Quisiera sumarme. Si es verdad lo que usted dice… que va a ir esa gente influyente… Yo quisiera arrimarmelés. Querría participar.
-Si querés participar lo tenés que traer también a Aristegui. Esta gente es influyente y le gusta tener protección policial. No van a querer estar mal parados si la cosa se complica.
-Pero yo no sé si Aristegui querrá ir…
-Vos preguntale y vas a ver cómo viene. La Rusita le faltó el respeto muchas veces a Aristegui. Te digo más, me parece que fue con el que se portó peor de todos. ¿No te contaron lo que le hizo en Ezeiza?
El Turquito coincidió conmigo y finalmente aceptó.
Quedamos en que nos íbamos a encontrar a la noche en la esquina de la casa de la Rusita.
3-VICTORIA OCAMPO
Salí del bar apurado como agente de Bolsa. Caminaba rápido y miraba a cada rato la hora. Estaba nervioso pero no estaba arrepentido por lo que quería hacer. Me zumbaban los oídos y quería que se hiciera de noche rápido para terminar con lo que había. Trataba de no pensar, pero cada pibe que veía por la calle me traía a la memoria los pibes que andaban con la Rusita, y después se me aparecía la Rusita caminando rápido al lado mío y me ponía peor. Más enojado.
Por suerte cuando llegué a la casa de la Sra. Victoria ella estaba. Hasta me abrió la puerta ella misma. Yo me sorprendí. Porque pensé que tendría una cabecita negra de sirvienta que le iba siempre a abrir la puerta. Me hizo entrar a la casa de un modo raro, sin preguntarme a qué iba ni por qué estaba todavía en Buenos Aires.
Me llevó hasta el salón del comedor y hasta se me puso a agradecer que hacía un año que a la hermana la habían dejado tranquila. La Sra. Victoria me daba a mí el premio que la Rusita la hubiese dejado tranquila a la Sra. Silvina por tanto tiempo.
-¿Y no llegan más cartas amenazantes de la Rusita? –le pregunté.
-A veces llega alguna que otra –dijo la Sra. Victoria-, pero yo siempre hago que las quemen.
-Parece que el daño que le hicieron a la Sra. Silvina ya se le debe haber ido –le dije.
Y ella me contestó:
-Y también parece que vos me hiciste los deberes, turrito. Quedate tranquilo que no me voy a olvidar.
Estábamos sentados uno al lado del otro en el sillón; y la Sra. Victoria me daba palmaditas en la rodilla y el ambiente era cordial cuando dije:
-Sra. Victoria, sepa que yo lo lamento mucho lo del robo de su joya. ¿Quedó alguien detenido?
-¿Cuál robo, turrito? –me dijo-. ¿De qué me estás hablando?
-De la joya, Sra. Victoria. De la joya que a usted le robaron el setiembre pasado.
-¿Y vos cómo sabés que a mí me robaron una joya?
-Porque uno anda en la calle, Sra. Victoria, y se entera de todo. Y por cada denuncia que se hace en la comisaría después se empieza a correr el rumor en la calle y uno aunque no quiere escuchar se entera. Uno ve a un grupo de gente parada en una esquina y conversando, y se acerca y escucha lo que dicen.
-¿Y a vos quién te contó, turrito, si yo no hice ninguna denuncia cuando me robaron?
Yo me habré puesto pálido como el papel, porque sinceramente no sabía bien qué contestar. Me sentía embarullado con lo que había dicho y no encontraba las palabras que pudieran servirme para quitarme el embatatamiento.
Entonces la Sra. Victoria me empezó a mirar más fijo y un miedo más terrible me empezó a dar.
-Contestá lo que te pregunté, turrito; ¿a vos quién te contó que me robaron una joya?… Si yo ni siquiera a mi hermana se lo dije por no desgraciarla.
Entonces me desmoroné por completo. Perdí todos los sentidos y los estribos y empecé a hablar sin razón.
-Fui yo, Sra. Victoria; fuimos yo y la Rusita los que le robamos a usted. Pero yo no quería robarle, se lo juro. La Rusita me obligó… Aquel día que usted me pidió que fuera a visitarla al Pirovano ¿se acuerda? Ese día me obligó para que le robáramos a usted. Me dijo que si yo no la ayudaba le iba a matar a usted a la Sra. Silvina…
La Sra. Victoria salió del salón y volvió enseguida con el cinto grande que usaba su tata arriba del caballo con la peonada y el indiaje cuando no le trabajaban duro el quebracho y la caña de azúcar.
Apenas la vi volver mi primer instinto fue el de tirarme debajo de la mesa para que no me golpeara. Pero esto la enfureció más a la Sra. Victoria. Porque empezó a dar cintazos a las patas de la mesa y a decirme:
-¡Salí de ahí abajo, mierda! ¡Y no te escondás que me ponés peor si no te pego!
-¡Tranquilicesé, Sra. Victoria! –yo decía; y algunos cintazos me llegaban a dar en las manos y en la cara. No sabía bien cómo defenderme ni de qué lado ponerme, porque la Sra. Victoria se ponía a girar alrededor de la mesa y nunca se quedaba quieta.
-¡Qué hicieron con la joya, mierdas! –gritaba furiosa-. ¿Dónde la escondieron?
-¡No la escondimos, Sra. Victoria! ¡La Rusita la hizo vender en Once!… Ya no la puede recuperar más, tranquilicesé… ¡A mí también me estafaron! Si yo a usted nunca le quise hacer nada malo. –Yo estaba un poco lloroso y hablaba plañideramente-. Si usted misma sabe que siempre le hice buena letra… Preguntelé si no a la Sra. Silvina todas las cosas que le conté de la Rusita en el Pirovano… ¿Por qué se cree que la Sra. Silvina dejó de amarla a la Rusita en todo este año? Por todas las cosas que yo le conté de ella en el Pirovano. ¿O no es así? ¿O usted no me pidió que se la alejara a la Rusita de su hermana, que me la llevara lejos…? ¿Entonces por qué usted ahora me maltrata, si yo a usted le cumplí todo al pie de la letra y hice todo lo que usted me pidió?
Yo me había desahogado y la Sra. Victoria estaba cansada de darle vueltas a la mesa y pegar cintazos. Se fue a sentarse en el sillón agotada y con voz más calma me dijo:
-Está bien, turrito, no llorés más. Salí de ahí abajo que no te voy a pegar. Vos me hiciste una gauchada y yo te la agradezco. Me la alejaste a la Rusita de mi hermana y eso no me lo voy a olvidar.
4-VICTORIA OCAMPO
Yo entonces salí de debajo de la mesa secándome las lágrimas y dije:
-No tiene que agradecer nada la Sra. Victoria. Si soy bueno para algo que usted necesite, no tiene más que decirlo y yo lo hago.
-Ya lo sé, turrito, ya lo sé. Si yo sé que vos siempre nos hiciste buena letra.
Me senté otra vez al lado de ella y vi que me miraba con una sonrisa entre agria y dulce.
-¿Sabe qué, Sra. Victoria? Ahora lo que tenemos que hacer nosotros es no tener más noticias de la Rusita. ¿Me comprende? Porque por ahora su hermana está a salvo de la Rusita, pero mañana quién sabe. Mire que la Rusita es insistidora; y por ahí un día la convence otra vez a la Sra. Silvina para que vuelva con ella. Quién dice. No nos podemos quedar tan confiados.
-¿Qué me estás proponiendo, turrito? –me dijo la Sra. Victoria, ahora sí con una sonrisa como que me aprobaba la salida-. ¿Vos de qué me querés hablar?
-De lo que ya le dije, Sra. Victoria. De que por una buena vez por todas no tengamos más noticias de la Rusita. ¿O qué? ¿Vamos a tener que vivir toda la vida con el corazón en la boca por culpa de ella?
La Sra. Victoria lo reflexionó unos segundos y después me preguntó:
-¿Cuándo lo querés hacer?
-Hoy mismo –le dije-. Esta misma noche. Yo voy a llevar a dos personas a las que la Rusita también les faltó el respeto; y yo le pediría a usted que llevara a su hermana.
-Eso no –dijo la Sra. Victoria tajante-. Ver eso le haría muy mal a mi hermana. Además ella es de deprimirse mucho y después cuesta sacarla del pozo.
-Es que si no va la Sra. Silvina, no vamos a poder entrar a la casa de la Rusita. La Rusita no le abre la puerta a nadie de noche. Para eso la necesitamos a la Sra. Silvina. A ella seguro que le va a abrir la puerta sea la hora que sea.
Lo meditó un poco y después aceptó.
-Pero tiene que ser todo rápido –dijo.
-Quedesé tranquila, Sra. Victoria, no va a durar mucho. Lo que yo también quisiera que usted haga es llevarlo al Sr. Borges y a la Sra. María.
-¿Para qué? –me preguntó.
-Porque cuantas más personas estemos involucradas menos investigación van a hacer después.
La Sra. Victoria me pasó la mano por la barba y me dijo:
-Mirá que sos un bicho raro vos. Qué bicho más raro que resultaste ser. Pero quedate tranquilo, turrito. Si vos querés que te los lleve a Georgie y a la Japonesa yo te los llevo.
-Es para que seamos más, Sra. Victoria –le dije-. Así estamos todos involucrados y después nadie va a querer hablar siquiera del asunto. ¿Qué le parece?
-A mí la idea me gusta. Y además es también así como vos decís: Por ahora mi hermana está a salvo de la Rusita, pero mañana no se sabe con lo que aquélla se puede salir. Es verdad eso que la Rusita es bien insistidora, tenés razón. Pero decime, turrito, esos dos cabecitas negras que vos pensás llevar ¿cómo son? ¿Son de confianza? ¿Gente de fiar es?
-Son buena gente. Mire si serán buena gente que se quieren vengar de la Rusita por las faltas de respeto.
-¡Judía hija de puta! –dijo la Sra. Victoria-. ¿No sabés en lo que anda ahora?
-Trabaja paseando perros –le dije-. La otra vez la vi en Parque Lezama paseando a doce pastores ingleses. Los lleva bien de la correa, no se le escapan…
-Pero si la Rusita es chiquita ¿cómo no se le escapan?
-Es chiquita pero parece que los perros la quieren y le hacen caso.
La Sra. Victoria prendió un cigarrillo rubio y dijo:
-Así que fuiste vos con la Rusita los que me rompieron la puerta…
-Eso ya pasó, Sra. Victoria. Ahora tenemos que pensar en cómo hacemos para que la Rusita no ande más suelta por Buenos Aires. ¿Usted piensa que el Sr. Borges y la Sra. María van a poder asistir?
-Van a poder, turrito, por ésos no te preocupés. Esos dos me deben muchos favores a mí y no me van a poder decir que no.
-¿Y de la Sra. Silvina? ¿Usted qué dice? ¿Irá? Porque si no, no vamos a poder entrar en la casa. Yo no le miento, la Rusita no le abre la puerta a nadie de noche.
-Mi hermana también va a ir –dijo exhalando el mucho humo la Sra. Victoria-. La Rusita le arruinó la vida a mi hermana ¿sabés? Antes mi hermana no era así. Mi hermana era una persona feliz, contenta; contenta hasta que la conoció a la Rusita. Fue ella la que la degeneró. Ella fue la que le perturbó la mente a mi hermana.
-No se angustie más, Sra. Victoria –le dije y la abracé-. Nunca más vamos a tener que pasar por las cosas que pasamos.
Y apenas lo dije me sentí una persona distinta. Otra vez alineado.
5-ALEJANDRA
Cuando tenés en la cabeza cosas para hacer el día se te hace más rápido. Por eso a mí aquel día se me pasó volando y el sol se fue enseguida de Buenos Aires y se vino la noche. Me tomé un taxi y cuando llegué vi que el Turquito ya estaba en la esquina de la casa de la Rusita. Pero estaba solo, sin Aristegui. Por eso me bajé del taxi mirandoló al Turquito fríamente a la cara.
El Turquito me saludó con respeto, pero yo le tendí la mano así nomás, como si fuera un ninguno.
-¿Y Aristegui? –le dije-. ¿Todavía no vino?
El Turquito hizo una mueca blanda, vaciladora; una mueca que no me gustaba nada.
-¿Qué pasa, Turquito, que tenés esa cara? –le dije-. ¿Tenés miedo? ¿Te da lástima por la Rusita? No le tengás lástima a la Rusita, no se lo merece… Si vos supieras las cuantas veces que habló mucho de vos discriminandoté… Lo mismo que de Aristegui… Indios de acá, indios de allá… A esta piba ya se le acabó. Ahora vos fijate qué contradictorio ¿no?, porque si vos a ella le decís judía, ella rápido te dice: “¿Vos te pensás que porque soy judía me podés decir cualquier cosa?”. ¿Ves la diferencia? ¿Me seguís? Ella a ustedes sí los puede discriminar y decirles hindúes, pero cualquier cosa que ustedes le digan a ella, la Rusita salta enseguida y la toma como una discriminación. ¿A qué hora le dijiste a Aristegui que venga?
El Turquito se puso otra vez medio blando.
-No le fui a decir nada a Aristegui, Sr. Cortázar… –balbuceó.
-Turquito, ¿no habíamos convenido en que necesitábamos protección policial y que vos lo ibas a traer a Aristegui?
-Yo a Aristegui no le tengo tanta confianza para pedirle algo así… No lo conozco mucho… O lo conozco, sí, ¿pero cuántas veces lo habré visto en mi vida? Cuatro, cinco… En alguna que otra redada a lo mejor…
-¿Pero si vos no eras el hermanastro de Aristegui, Turquito, y todos ustedes no se vinieron del Tucumán?
-No, Sr. Cortázar… Si en mi vida yo salí del conurbano… No entiendo de dónde usted saca eso… Y hoy tampoco le entendí bien cuando me salió con todos esos asuntos… Pensé que…
-¿Qué pensaste, Turquito?
-Pensé que era una conversación habitual entre dos escritores… Y como yo no estoy todavía muy empapado con este tipo de charlas me confundió… ¿Por qué me vuelve a decir otra vez que soy hermanastro de Aristegui?
Me di cuenta que todo había sido fábula de la Rusita. Pero no me quise embatatar con chiquilinadas y le dije:
-No importa, Turquito. Concentremonós en lo que vamos a hacer y no nos distraigamos más.
-Yo no voy a estar –dijo el Turquito-. Perdonemé, Sr. Cortázar. No es que quiera dar marcha atrás, pero si le quieren hacer algo a Alejandra, haganseló ustedes. Después se van a arrepentir cuando ella los empiece a perseguir para la revancha.
-Vos no me entendiste hoy, Turquito. ¿No te dije que hoy a la Rusita se le termina el calendario? ¿Tanto miedo le tenés?
-No es miedo, Sr. Cortázar. Es respeto. Vaya y pregunte en el conurbano cómo terminaron los que se metieron con ella. Hay que pensar bien las consecuencias antes de meterse con Alejandra. Yo le diría a usted que se fuera a su casa, Sr. Cortázar. No le va a ir bien… Alejandra es más peligrosa y más fuerte de lo que ustedes se imaginan…
-¿Y por qué no te vas vos a tu casa, Turquito? –le dije con rencor-. ¿Para qué viniste si no pensabas participar? Si nos vamos a estar traicionando entre nosotros…
Y me callé. No sabía qué más decir. Todo el entusiasmo que tenía hasta hace un rato con el proyecto se me había ido por los pies.
-Entonces andate, Turquito –le largué-. Si tanto miedo tenés y no querés participar andate.
-¿No me puedo quedar esperando hasta que lleguen la Sra. Ocampo y el Sr. Borges?
-¿No me oíste, Turquito? –le dije con desprecio-. Que te vayás te dije.
Le mostré mi perfil más cruel; y entonces el Turquito bajó un poco la cabeza, entristecido; vaciló un poco y después me dijo: “Adiós, Sr. Cortázar”, y se fue caminando lentamente. Encendí un cigarrillo mientras lo veía alejarse y el Turquito a veces se daba vuelta hasta que no lo vi más.
Ya era bastante de noche cuando llegaron en un Chevy verde la Sra. Victoria, la hermana y la Sra. María. Cuando bajaron las tres del auto pregunté por Borges; y la Japonesa me contestó:
-Borges no participa de estas cosas. De estas cosas ahora me ocupo yo.
-¿Dónde están los cabecitas negras que ibas a traer? –me preguntó la Sra. Victoria.
-Es mejor así que seamos pocos –le dije-. Tampoco es bueno traer a tanta gente.
La Sra. Silvina no hablaba; se la veía melancólica y poco firme. Igual fuimos hasta la casa de la Rusita; y yo me puse a tocar timbre como me había puesto a tocar la primera vez que había ido, dos años y pico atrás.
-Basta, turrito –me dijo la Sra. Victoria-. No debe estar en casa.
-¿Y en dónde la podríamos encontrar? –preguntó la Japonesa.
Pero ahí justo escuchamos la voz de la Rusita del otro lado de la puerta.
-¿Quién es? –dijo la Rusita.
Y como la Sra. Silvina estaba poco firme se quedó muda y petrificada.
-¿Quién es? –volvió a preguntar la Rusita más alto.
-Soy yo, Alejandra –dijo la Sra. Silvina como en murmullo.
-¿Yo quién? ¿Minina? ¿Sos vos, Silvín? –preguntó la Rusita; y ya la voz le empezaba a sonar más cantante, más alegre-. ¿Estás sola o viniste con alguien?
-No vine con nadie, Alejandra. ¿Vos no me querrías abrir la puerta?
-Ahora voy corriendo a buscar las llaves y te abro, Minina. No te vayás.
Escuchamos que la Rusita corría a los tropezones por el pasillo; y la Sra. Victoria dijo:
-¿Vieron la voz que tiene? Parece un chico de 12 años.
-¿Cómo lo vamos a hacer? –preguntó la Japonesa.
-El turrito sabe –dijo la Sra. Victoria.
Pero yo no sabía. No tenía en realidad muy en claro cómo lo teníamos que hacer. Yo nada más esperaba que el resentimiento hacia la Rusita saliera a la superficie; así todo sería más natural y más simple.
La Rusita tardó un buen rato para abrirnos la puerta. Y cuando nos abrió a la primera que vio fue a la Sra. Victoria que se le entraba; y después nos vio a todos uno a uno entrándole a la casa; y como vio que se le venía la noche no quiso hacer resistencia. Nos dejó pasar lo más campante y sin decirnos nada. Estaba rara, parecía como que se sostenía del picaporte para no caerse al piso. Parecía que estaba por irse a dormir, porque andaba descalza y tenía puesto el pantalón azul Adidas que le arrastraba por el piso y la remera de pijamas.
-¿Qué estabas haciendo, Rusita? –le pregunté mientras venía con nosotros por el pasillo.
-Estaba llenando la hoja de horarios para los perros que tengo que pasear mañana.
Había hablado balbuceante, como si la lengua se le trabara. Después trastabilló y se abrazó de mí para no caerse. Yo pensé que se estaba haciendo la payasa, porque tenía los ojos entrecerrados y también hacía tics. Fue entonces ahí cuando se cayó al piso, mirando el cielo boca arriba.
-Lo hizo otra vez –dijo la Sra. Silvina-. Tomó pastillas otra vez.
La Japonesa se le acercó y le prendió un encendedor cerca de la mano; pero la Rusita tardó en reaccionar.
-¡Agua! –exclamó la Rusita.
-Llevelá hasta la cama, Julio –me dijo la Sra. Silvina-. Yo la vez anterior que la encontré también estaba así.
Yo la cargué en los brazos a la Rusita y me metí en la pieza y la tiré en la cama. Y lo hice con tanta brusquedad que hice que la Rusita volviera a despertarse.
-Llamen una ambulancia –balbuceó la Rusita-, siento que todo el cuerpo me está subiendo a la cabeza.
-No nos pidas ayuda, Rusita –le dijo la Sra. Victoria-. A nosotras no nos pidas ayuda. Estás pagando por todas las que nos hiciste. Ahora te toca sufrir a vos. Ahora vas a saber cómo se siente uno cuando lo traicionan.
-Llamen una ambulancia, hijas de putas –dijo la Rusita.
Y en ese momento todos nos quedamos quietos y callados alrededor de la cama por un buen rato; porque que te insulte alguien que se está por morir es muy distinto a que te insulte alguien que uno sabe que va a seguir viviendo.
La Rusita quiso incorporarse, pero volvió a caer tumbada sobre la almohada con los ojos entrecerrados.
-Morite, judía –dijo la Sra. Victoria-, morite de una vez. ¿Cuándo se muere esta judía? –me preguntó la Sra. Victoria.
-Llamen una ambulancia –dijo otra vez la Rusita-, antes de preguntar cuándo me muero.
-¿Llamo a una ambulancia, Sra. Victoria? –le pregunté.
-¿Vos tenés mareos en la cabeza, turrito? –me dijo-. ¿Para qué vas a llamar a una ambulancia? ¿Primero calentás la pava y ahora no querés tomar el mate?
-Yo me quiero ir –dijo la Japonesa-. Lo que vinimos a hacer ya se lo hizo ella misma. No pesará sobre nuestras conciencias.
-¿Cómo te sentís, Rusita? –le pregunté.
-… ansiosa por irme a ningún lugar, Van Gogh –me respondió.
-Miren cómo quiere seguir haciéndose la artista –criticó crispada la Sra. Victoria-, hasta el último momento la judía.
La Rusita extendió los brazos hacia la Sra. Silvina y le dijo:
-Besame, Minina; besame un beso de despedida… No partirán mis labios de lo contrario…
Pero la Sra. Victoria le cambió los naipes y le dijo:
-Bajá esos brazos, Rusita. Vos a mi hermana no la volvés a tocar nunca más.
La Sra. Silvina rompió en llanto.
-No llores, Silvín –le dijo la Rusita-. Yo también sé lo que es mirar hacia atrás y desear otra cosa…
-Vos no sabés nada, Rusita, y dejá de estar haciéndole la novela a mi hermana.
La Japonesa empezó a juntar del piso las varias tiras de comprimidos que la Rusita se había tomado. Y me las dio todas a mí.
-Mire, Sra. Victoria –le dije, mostrándole en las manos todas esas tiras vacías-, ¿le parece que no es para llamar a una ambulancia?
-Vos debés tener un problema de olla, turrito –me contestó irritada-, porque parece que no razonás bien lo que decís. Empezá a comer un poco más seguido, porque un día decís una cosa y al otro día decís otra.
Yo hice caras de sentirme triste y me senté en la cama.
-¡Pero mirá cómo te ponés! –me reprochó la Sra. Victoria-. Tampoco es para tanto… Parecés una mina lo flojo que te ponés.
-Es que usted tiene razón, Sra. Victoria –le dije-. De un tiempo a esta parte no sé bien lo que vengo diciendo. No sé si será una enfermedad o qué, pero no puedo concentrarme mucho en las cosas que digo.
-¿Hace cuánto que te viene pasando eso?
-Hará cosa de dos años o tres…
Entonces la Japonesa se puso a tomarle el pulso a la Rusita. Y vio que tenía poco. Y le puso una almohada encima de la cara y empezó a forcejear. Y la Rusita se quería defender con las pocas fuerzas que tenía pero no podía mucho. Y los talones le resbalaban por el colchón y la Sra. Victoria le decía: “Morite, judía, morite”; y la Sra. Silvina cómo lloraba, me acuerdo; y yo decía: “Dejelá, Sra. María, dejelá”; y a la Japonesa le salpicaba espuma de la boca por el esfuerzo que hacía; y la Rusita cada vez tenía menos fuerzas y cada vez pataleaba menos en el colchón; y yo me acuerdo que yo lloraba porque me daba lástima por la Rusita. Esta Rusita… siempre nos hacía reír. Me acuerdo cuando se disfrazaba de payaso y se subía a una mesa y empezaba a imitar a los lobos marinos. ¿A ver cómo hacen los lobos marinos, Rusita? Y ella enseguida los imitaba. Una piba bárbara era la Rusita. Dejelá, Sra. María, dejelá. No sabés cómo estaba yo. Lo mal que la pasé. Porque era la primera vez que veía cómo mataban a alguien. No sabés lo feo que es. Ojalá nunca te pase. Tardás varios días en olvidarte de todo, pero al rato enseguida seguís haciendo una vida normal.
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CORTÁZAR 7ma. VUELTA
1-24 DE SETIEMBRE DE 1972 TRES PUNTOS BUENOS AIRES
Hacía varios días que yo me estaba despertando con ganas de sacar del medio a alguien. Y recién ese día yo me di cuenta que a la única que quería sacar del medio era a la Rusita. Por culpa de ella yo todavía estaba en Buenos Aires y no me había podido ir a París un año atrás como lo tenía proyectado. Ni los del grupo de Boedo ni los de Florida me querían dar plata prestada. Así que por eso yo andaba solo por la calle, caminando de un lugar a otro y cruzando las calles sin mirar si venían autos. El odio que sentía por la Rusita y el resentimiento por todo lo que me había hecho me habían convertido en un hombre malo.
Yo antes no era así. Era una persona sensible que se ponía a llorar cuando iba al cine y se interesaba mucho por todas las ramas que tienen que ver con el arte y la literatura. Ahora ninguna cosa me conmovía nada. Estaba hecho una persona vacía y amargada; y me sentía viejo y feo. El haberme juntado tanto con la Rusita me había empujado hasta este rincón.
Aunque la verdad es que hacía varios meses que no la veía.
Por esos días me enteré por la calle que al Turquito lo habían largado y que iba siempre a un bar de la calle Corrientes a tomar café y comer medialunas. Yo me daba una idea más o menos de en cuál bar lo podía encontrar y me fui hasta ahí. Lo encontré en una mesa en medio del bar que estaba lejos de los baños.
Apenas el Turquito me vio entrar se puso de pie y me miró con una mezcla de miedo y tristeza. Para que viera que no me tenía que tener ningún miedo le tendí la mano y él me la estrechó con suavidad para no hacerme doler.
Me le senté en la mesa y el Turquito me convidó con cigarrillos y medialunas. Pero yo llevaba ya varios días sin comer nada y ni tampoco tenía ganas de comer. Parece que el estómago se me había cerrado. Le acepté lo de los cigarrillos porque era con la única cosa que me podía sacar de encima toda la mala sangre que tenía.
-¿Así que te largaron, Turquito? –le dije-. No sabés la alegría que me dio cuando me enteré.
El Turquito se sonrió un poco, como si yo se lo estuviese diciendo de verdad. El Turquito a mí me creía todo y se hacía a la idea de que nosotros dos éramos de alguna manera colegas.
-¿Sabe, Sr. Cortázar? –me dijo-. Cuando estaba adentro soñaba siempre con usted. Pero no me interprete mal, no eran sueños sucios. Eran sueños más bien de relación intelectual.
-¿Por qué me aclarás eso, Turquito? –le dije-. ¿Por qué me aclarás que no eran sueños sucios? ¿Vos te creés que yo soy un malpensado?
El Turquito se puso medio morado y sorbió un poco de café.
-Por ahí… A lo mejor a usted… –farfulló el Turquito-. Yo ya me imagino las cosas que Alejandra le debe haber contado a usted de mí. Pero no piense que a mí no me gustan las mujeres. Todas las cosas que yo hice adentro las tuve que hacer por necesidad. Pero cuando estoy afuera soy una persona distinta… Una persona como todas…
Yo me reí un poco y parece que le habré contagiado un poco la risa al Turquito, porque ahí mismo él se puso a reír con esa risa de atorrante que tenía siempre.
El Turquito estaba igual a como yo lo había conocido dos años atrás, con mucha melena y barba, y de aspecto gredoso y furtivo.
-¿Cuánto tiempo estuviste encerrado en el fortín? –le pregunté.
-Casi quince meses, Sr. Cortázar. Pero esta vez me pasaron más lentos que las otras veces. Leía mucha filosofía y mucho de astrología, pero igual el tiempo no se me pasaba. Nunca más voy a estar adentro. Ya me lo dije. Antes me pego un tiro en la cabeza.
-¿A vos te atraparon entre Castelar y Merlo, no, Turquito?
-¿Y usted cómo lo sabe, Sr. Cortázar? –me dijo como si estuviera sorprendido.
-¿Y vos cómo pensás que yo lo podría saber? ¿No se te ocurre de dónde me lo pueden haber contado? Me lo contó la Rusita, Turquito. Fue ella la que te delató a vos. ¿O vos no lo sabías?
El Turquito bajó la mirada y unos segundos después dijo:
-Claro que lo sabía, Sr. Cortázar. ¿Cómo no lo iba a saber? Si ella era la única que me podía delatar…
-¿Y por qué no la delataste también a ella, si sabías…?
-¿Para qué? –dijo el Turquito con tristeza-. ¿Para qué íbamos a estar los dos adentro? Si con uno que cayera ya bastaba…
-¿Sabés cuál es tu problema, Turquito? Que vos le guardás mucha fidelidad a la Rusita, y por eso te va como te va.
-¿Sabe qué pasa, Sr. Cortázar? Yo a Alejandra no le puedo hacer nada malo. Cuando salí, salí con la idea de que la iba a matar. Y a los pocos días fui hasta la casa y la vi justo cuando salía. Me parecía mentira, llevaba de una correa a media docena de perros con una sola mano; y con la otra mano fumaba un cigarrillo. Parece que ahora es paseadora de perros. Le deben pagar bien, porque si no Alejandra no lo haría. ¿Se la imagina usted, Sr. Cortázar, paseando media docena de perros? No, si es lo que yo digo… Alejandra tiene una energía vital que asombra.
El Turquito se puso a reír; y también a toser mientras se reía. A mí me envenenó la sangre ver que todavía la festejaba a la Rusita. Así que para cortarle de un golpe el chorro de la risa le dije:
-Yo sé todo de la vida de vos, Turquito. No te creás que no me enteré. Sé de los cuchillazos que hubo en tu familia y que vos tenías siete años y que lo viste todo.
El Turquito me clavó una mirada de corajina, pero como estábamos rodeados de mucha gente yo seguí:
-Y sé también que no fue nadie preso en la familia. Que se vinieron todos de Tucumán con el negocio de la trata de blancas y que tu hermanastro Aristegui nunca hizo nada para defenderte, porque no quería andar en cruces con el padre. Y si querés te sigo contando, Turquito, porque la lista es larga; y ya te imaginarás vos quién me lo contó; y vos todavía tenés el descaro de defender a la Rusita y decís que tiene una energía vital que asombra.
Ahora el Turquito estaba serio. Más serio que triste.
-Yo no digo que Alejandra no sea lengua suelta… pero todo lo que dice lo dice sin maldad.
-Yo no te dije que me lo contó con maldad; lo que te dije es que me lo contó todo riendosé y haciendo bromas. ¿A vos te parece que todo lo que pasó en tu familia es un tema para contarlo riendosé y haciendo bromas? Y vos todavía guardándole fidelidad…
2-EL TURQUITO
Parecía que le había tocado una fibra íntima del corazón, porque permaneció callado durante un buen rato y con la vista gacha.
-¿Vos te sentís bien, Turquito? –le pregunté
-¿A qué vino hoy usted, Sr. Cortázar? –me dijo secamente-. ¿Usted me buscaba para algo?
Yo vi que otra vez me estaba pasando revista con corajina.
Entonces le dije:
-Turquito, vos no te creás que sos la única víctima de la Rusita. Todos los favores que te hizo a vos me los hizo también a mí y se los habrá hecho también a varios. Pero vos me preguntaste yo a qué hoy y yo te voy a contestar: Yo hoy vine para abrirte los ojos, Turquito, y para que le paremos el carro para siempre a la Rusita.
El Turquito parecía no comprenderme todavía bien.
-No vamos a estar solos vos y yo, Turquito –le dije-. Estas cosas hay que hacerlas con mucho cuidado y entre varios. Por eso vamos a invitar a más gente para que venga. Vos sabés que yo tengo contactos con el negocio de la literatura, y les pensaba decir a la Sra. Ocampo y a Borges. Y vos por tu lado le podrías decir a Aristegui para que también nos dé una ayuda. Mientras más personas seamos va a ser mejor para todos.
El Turquito se puso regionalista.
-¿Y a mí de qué me sirve si Alejandra termina muerta? –me dijo.
-Vos no me entendés, Turquito. Vos mirás el negocio pero al revés. Por supuesto que a vos no te sirve de nada si la Rusita termina muerta. En lo que vos tenés que hacer foco es en los socios que vas a tener para este negocio y que yo ya te los nombré. ¿Vos no dijiste siempre que querías entrar al negocio de la literatura? ¿O ya se te pasó el metejón de escribir novelas?
-No, Sr. Cortázar –me dijo un poco más entusiasmado-. Siempre estoy escribiendo novelas. Tengo escritas más de treinta novelas. Y ninguna baja de las 600 páginas… Es como que no puedo escribir una novela breve; no puedo desarrollar una historia si no tengo escritas 300 páginas. Y recién ahí empiezo a perfilar un poco el argumento de la novela y de lo que se va a tratar; y de a poco empiezan a aparecer los personajes y la historia arranca. Pero a usted le debe pasar lo mismo, Sr. Cortázar, con las novelas que escribe. Con lo que yo le digo usted no se está enterando de nada. No le estoy inventando nada.
Yo lo quise regresar más para la discusión, porque me parecía que el Turquito empezaba a divagar.
-¿Entonces qué me respondés, Turquito: te prendés o no?
-La verdad que para mí sería bueno si va a ir la gente que usted dice… Es gente viajada y conocida… Me convendría a mí… Arrimarme a esa gente… ¿Usted cuándo pensaba ir a la casa de Alejandra?
-Hoy mismo a la noche, Turquito. Para qué esperar. Estas cosas se hacen en caliente.
El Turquito se puso dubitativo.
-Si vos no querés hacerlo, Turquito, no lo hagás –le dije-. Tampoco te voy a estar suplicando para hacerte un favor. Buenos Aires está lleno de muertos de hambre que escriben novelas y que van a aceptar encantados de la vida si yo les digo. Vos hacé descanso mejor. A lo mejor los quince meses que estuviste de preso te turbaron un poco la cabeza.
Hice ademán de levantarme de la mesa, pero el Turquito amainó enseguida:
-Pero si yo no le estaba diciendo que no, Sr. Cortázar. Yo le preguntaba solamente cuándo tenían pensado ir ustedes a visitar a Alejandra.
-Ya te dije, Turquito. Lo vamos a hacer esta misma noche. Ya la apalabré a mucha gente influyente y me dieron el visto bueno que iban a venir.
-Yo quisiera estar, Sr. Cortázar. Quisiera sumarme. Si es verdad lo que usted dice… que va a ir esa gente influyente… Yo quisiera arrimarmelés. Querría participar.
-Si querés participar lo tenés que traer también a Aristegui. Esta gente es influyente y le gusta tener protección policial. No van a querer estar mal parados si la cosa se complica.
-Pero yo no sé si Aristegui querrá ir…
-Vos preguntale y vas a ver cómo viene. La Rusita le faltó el respeto muchas veces a Aristegui. Te digo más, me parece que fue con el que se portó peor de todos. ¿No te contaron lo que le hizo en Ezeiza?
El Turquito coincidió conmigo y finalmente aceptó.
Quedamos en que nos íbamos a encontrar a la noche en la esquina de la casa de la Rusita.
3-VICTORIA OCAMPO
Salí del bar apurado como agente de Bolsa. Caminaba rápido y miraba a cada rato la hora. Estaba nervioso pero no estaba arrepentido por lo que quería hacer. Me zumbaban los oídos y quería que se hiciera de noche rápido para terminar con lo que había. Trataba de no pensar, pero cada pibe que veía por la calle me traía a la memoria los pibes que andaban con la Rusita, y después se me aparecía la Rusita caminando rápido al lado mío y me ponía peor. Más enojado.
Por suerte cuando llegué a la casa de la Sra. Victoria ella estaba. Hasta me abrió la puerta ella misma. Yo me sorprendí. Porque pensé que tendría una cabecita negra de sirvienta que le iba siempre a abrir la puerta. Me hizo entrar a la casa de un modo raro, sin preguntarme a qué iba ni por qué estaba todavía en Buenos Aires.
Me llevó hasta el salón del comedor y hasta se me puso a agradecer que hacía un año que a la hermana la habían dejado tranquila. La Sra. Victoria me daba a mí el premio que la Rusita la hubiese dejado tranquila a la Sra. Silvina por tanto tiempo.
-¿Y no llegan más cartas amenazantes de la Rusita? –le pregunté.
-A veces llega alguna que otra –dijo la Sra. Victoria-, pero yo siempre hago que las quemen.
-Parece que el daño que le hicieron a la Sra. Silvina ya se le debe haber ido –le dije.
Y ella me contestó:
-Y también parece que vos me hiciste los deberes, turrito. Quedate tranquilo que no me voy a olvidar.
Estábamos sentados uno al lado del otro en el sillón; y la Sra. Victoria me daba palmaditas en la rodilla y el ambiente era cordial cuando dije:
-Sra. Victoria, sepa que yo lo lamento mucho lo del robo de su joya. ¿Quedó alguien detenido?
-¿Cuál robo, turrito? –me dijo-. ¿De qué me estás hablando?
-De la joya, Sra. Victoria. De la joya que a usted le robaron el setiembre pasado.
-¿Y vos cómo sabés que a mí me robaron una joya?
-Porque uno anda en la calle, Sra. Victoria, y se entera de todo. Y por cada denuncia que se hace en la comisaría después se empieza a correr el rumor en la calle y uno aunque no quiere escuchar se entera. Uno ve a un grupo de gente parada en una esquina y conversando, y se acerca y escucha lo que dicen.
-¿Y a vos quién te contó, turrito, si yo no hice ninguna denuncia cuando me robaron?
Yo me habré puesto pálido como el papel, porque sinceramente no sabía bien qué contestar. Me sentía embarullado con lo que había dicho y no encontraba las palabras que pudieran servirme para quitarme el embatatamiento.
Entonces la Sra. Victoria me empezó a mirar más fijo y un miedo más terrible me empezó a dar.
-Contestá lo que te pregunté, turrito; ¿a vos quién te contó que me robaron una joya?… Si yo ni siquiera a mi hermana se lo dije por no desgraciarla.
Entonces me desmoroné por completo. Perdí todos los sentidos y los estribos y empecé a hablar sin razón.
-Fui yo, Sra. Victoria; fuimos yo y la Rusita los que le robamos a usted. Pero yo no quería robarle, se lo juro. La Rusita me obligó… Aquel día que usted me pidió que fuera a visitarla al Pirovano ¿se acuerda? Ese día me obligó para que le robáramos a usted. Me dijo que si yo no la ayudaba le iba a matar a usted a la Sra. Silvina…
La Sra. Victoria salió del salón y volvió enseguida con el cinto grande que usaba su tata arriba del caballo con la peonada y el indiaje cuando no le trabajaban duro el quebracho y la caña de azúcar.
Apenas la vi volver mi primer instinto fue el de tirarme debajo de la mesa para que no me golpeara. Pero esto la enfureció más a la Sra. Victoria. Porque empezó a dar cintazos a las patas de la mesa y a decirme:
-¡Salí de ahí abajo, mierda! ¡Y no te escondás que me ponés peor si no te pego!
-¡Tranquilicesé, Sra. Victoria! –yo decía; y algunos cintazos me llegaban a dar en las manos y en la cara. No sabía bien cómo defenderme ni de qué lado ponerme, porque la Sra. Victoria se ponía a girar alrededor de la mesa y nunca se quedaba quieta.
-¡Qué hicieron con la joya, mierdas! –gritaba furiosa-. ¿Dónde la escondieron?
-¡No la escondimos, Sra. Victoria! ¡La Rusita la hizo vender en Once!… Ya no la puede recuperar más, tranquilicesé… ¡A mí también me estafaron! Si yo a usted nunca le quise hacer nada malo. –Yo estaba un poco lloroso y hablaba plañideramente-. Si usted misma sabe que siempre le hice buena letra… Preguntelé si no a la Sra. Silvina todas las cosas que le conté de la Rusita en el Pirovano… ¿Por qué se cree que la Sra. Silvina dejó de amarla a la Rusita en todo este año? Por todas las cosas que yo le conté de ella en el Pirovano. ¿O no es así? ¿O usted no me pidió que se la alejara a la Rusita de su hermana, que me la llevara lejos…? ¿Entonces por qué usted ahora me maltrata, si yo a usted le cumplí todo al pie de la letra y hice todo lo que usted me pidió?
Yo me había desahogado y la Sra. Victoria estaba cansada de darle vueltas a la mesa y pegar cintazos. Se fue a sentarse en el sillón agotada y con voz más calma me dijo:
-Está bien, turrito, no llorés más. Salí de ahí abajo que no te voy a pegar. Vos me hiciste una gauchada y yo te la agradezco. Me la alejaste a la Rusita de mi hermana y eso no me lo voy a olvidar.
4-VICTORIA OCAMPO
Yo entonces salí de debajo de la mesa secándome las lágrimas y dije:
-No tiene que agradecer nada la Sra. Victoria. Si soy bueno para algo que usted necesite, no tiene más que decirlo y yo lo hago.
-Ya lo sé, turrito, ya lo sé. Si yo sé que vos siempre nos hiciste buena letra.
Me senté otra vez al lado de ella y vi que me miraba con una sonrisa entre agria y dulce.
-¿Sabe qué, Sra. Victoria? Ahora lo que tenemos que hacer nosotros es no tener más noticias de la Rusita. ¿Me comprende? Porque por ahora su hermana está a salvo de la Rusita, pero mañana quién sabe. Mire que la Rusita es insistidora; y por ahí un día la convence otra vez a la Sra. Silvina para que vuelva con ella. Quién dice. No nos podemos quedar tan confiados.
-¿Qué me estás proponiendo, turrito? –me dijo la Sra. Victoria, ahora sí con una sonrisa como que me aprobaba la salida-. ¿Vos de qué me querés hablar?
-De lo que ya le dije, Sra. Victoria. De que por una buena vez por todas no tengamos más noticias de la Rusita. ¿O qué? ¿Vamos a tener que vivir toda la vida con el corazón en la boca por culpa de ella?
La Sra. Victoria lo reflexionó unos segundos y después me preguntó:
-¿Cuándo lo querés hacer?
-Hoy mismo –le dije-. Esta misma noche. Yo voy a llevar a dos personas a las que la Rusita también les faltó el respeto; y yo le pediría a usted que llevara a su hermana.
-Eso no –dijo la Sra. Victoria tajante-. Ver eso le haría muy mal a mi hermana. Además ella es de deprimirse mucho y después cuesta sacarla del pozo.
-Es que si no va la Sra. Silvina, no vamos a poder entrar a la casa de la Rusita. La Rusita no le abre la puerta a nadie de noche. Para eso la necesitamos a la Sra. Silvina. A ella seguro que le va a abrir la puerta sea la hora que sea.
Lo meditó un poco y después aceptó.
-Pero tiene que ser todo rápido –dijo.
-Quedesé tranquila, Sra. Victoria, no va a durar mucho. Lo que yo también quisiera que usted haga es llevarlo al Sr. Borges y a la Sra. María.
-¿Para qué? –me preguntó.
-Porque cuantas más personas estemos involucradas menos investigación van a hacer después.
La Sra. Victoria me pasó la mano por la barba y me dijo:
-Mirá que sos un bicho raro vos. Qué bicho más raro que resultaste ser. Pero quedate tranquilo, turrito. Si vos querés que te los lleve a Georgie y a la Japonesa yo te los llevo.
-Es para que seamos más, Sra. Victoria –le dije-. Así estamos todos involucrados y después nadie va a querer hablar siquiera del asunto. ¿Qué le parece?
-A mí la idea me gusta. Y además es también así como vos decís: Por ahora mi hermana está a salvo de la Rusita, pero mañana no se sabe con lo que aquélla se puede salir. Es verdad eso que la Rusita es bien insistidora, tenés razón. Pero decime, turrito, esos dos cabecitas negras que vos pensás llevar ¿cómo son? ¿Son de confianza? ¿Gente de fiar es?
-Son buena gente. Mire si serán buena gente que se quieren vengar de la Rusita por las faltas de respeto.
-¡Judía hija de puta! –dijo la Sra. Victoria-. ¿No sabés en lo que anda ahora?
-Trabaja paseando perros –le dije-. La otra vez la vi en Parque Lezama paseando a doce pastores ingleses. Los lleva bien de la correa, no se le escapan…
-Pero si la Rusita es chiquita ¿cómo no se le escapan?
-Es chiquita pero parece que los perros la quieren y le hacen caso.
La Sra. Victoria prendió un cigarrillo rubio y dijo:
-Así que fuiste vos con la Rusita los que me rompieron la puerta…
-Eso ya pasó, Sra. Victoria. Ahora tenemos que pensar en cómo hacemos para que la Rusita no ande más suelta por Buenos Aires. ¿Usted piensa que el Sr. Borges y la Sra. María van a poder asistir?
-Van a poder, turrito, por ésos no te preocupés. Esos dos me deben muchos favores a mí y no me van a poder decir que no.
-¿Y de la Sra. Silvina? ¿Usted qué dice? ¿Irá? Porque si no, no vamos a poder entrar en la casa. Yo no le miento, la Rusita no le abre la puerta a nadie de noche.
-Mi hermana también va a ir –dijo exhalando el mucho humo la Sra. Victoria-. La Rusita le arruinó la vida a mi hermana ¿sabés? Antes mi hermana no era así. Mi hermana era una persona feliz, contenta; contenta hasta que la conoció a la Rusita. Fue ella la que la degeneró. Ella fue la que le perturbó la mente a mi hermana.
-No se angustie más, Sra. Victoria –le dije y la abracé-. Nunca más vamos a tener que pasar por las cosas que pasamos.
Y apenas lo dije me sentí una persona distinta. Otra vez alineado.
5-ALEJANDRA
Cuando tenés en la cabeza cosas para hacer el día se te hace más rápido. Por eso a mí aquel día se me pasó volando y el sol se fue enseguida de Buenos Aires y se vino la noche. Me tomé un taxi y cuando llegué vi que el Turquito ya estaba en la esquina de la casa de la Rusita. Pero estaba solo, sin Aristegui. Por eso me bajé del taxi mirandoló al Turquito fríamente a la cara.
El Turquito me saludó con respeto, pero yo le tendí la mano así nomás, como si fuera un ninguno.
-¿Y Aristegui? –le dije-. ¿Todavía no vino?
El Turquito hizo una mueca blanda, vaciladora; una mueca que no me gustaba nada.
-¿Qué pasa, Turquito, que tenés esa cara? –le dije-. ¿Tenés miedo? ¿Te da lástima por la Rusita? No le tengás lástima a la Rusita, no se lo merece… Si vos supieras las cuantas veces que habló mucho de vos discriminandoté… Lo mismo que de Aristegui… Indios de acá, indios de allá… A esta piba ya se le acabó. Ahora vos fijate qué contradictorio ¿no?, porque si vos a ella le decís judía, ella rápido te dice: “¿Vos te pensás que porque soy judía me podés decir cualquier cosa?”. ¿Ves la diferencia? ¿Me seguís? Ella a ustedes sí los puede discriminar y decirles hindúes, pero cualquier cosa que ustedes le digan a ella, la Rusita salta enseguida y la toma como una discriminación. ¿A qué hora le dijiste a Aristegui que venga?
El Turquito se puso otra vez medio blando.
-No le fui a decir nada a Aristegui, Sr. Cortázar… –balbuceó.
-Turquito, ¿no habíamos convenido en que necesitábamos protección policial y que vos lo ibas a traer a Aristegui?
-Yo a Aristegui no le tengo tanta confianza para pedirle algo así… No lo conozco mucho… O lo conozco, sí, ¿pero cuántas veces lo habré visto en mi vida? Cuatro, cinco… En alguna que otra redada a lo mejor…
-¿Pero si vos no eras el hermanastro de Aristegui, Turquito, y todos ustedes no se vinieron del Tucumán?
-No, Sr. Cortázar… Si en mi vida yo salí del conurbano… No entiendo de dónde usted saca eso… Y hoy tampoco le entendí bien cuando me salió con todos esos asuntos… Pensé que…
-¿Qué pensaste, Turquito?
-Pensé que era una conversación habitual entre dos escritores… Y como yo no estoy todavía muy empapado con este tipo de charlas me confundió… ¿Por qué me vuelve a decir otra vez que soy hermanastro de Aristegui?
Me di cuenta que todo había sido fábula de la Rusita. Pero no me quise embatatar con chiquilinadas y le dije:
-No importa, Turquito. Concentremonós en lo que vamos a hacer y no nos distraigamos más.
-Yo no voy a estar –dijo el Turquito-. Perdonemé, Sr. Cortázar. No es que quiera dar marcha atrás, pero si le quieren hacer algo a Alejandra, haganseló ustedes. Después se van a arrepentir cuando ella los empiece a perseguir para la revancha.
-Vos no me entendiste hoy, Turquito. ¿No te dije que hoy a la Rusita se le termina el calendario? ¿Tanto miedo le tenés?
-No es miedo, Sr. Cortázar. Es respeto. Vaya y pregunte en el conurbano cómo terminaron los que se metieron con ella. Hay que pensar bien las consecuencias antes de meterse con Alejandra. Yo le diría a usted que se fuera a su casa, Sr. Cortázar. No le va a ir bien… Alejandra es más peligrosa y más fuerte de lo que ustedes se imaginan…
-¿Y por qué no te vas vos a tu casa, Turquito? –le dije con rencor-. ¿Para qué viniste si no pensabas participar? Si nos vamos a estar traicionando entre nosotros…
Y me callé. No sabía qué más decir. Todo el entusiasmo que tenía hasta hace un rato con el proyecto se me había ido por los pies.
-Entonces andate, Turquito –le largué-. Si tanto miedo tenés y no querés participar andate.
-¿No me puedo quedar esperando hasta que lleguen la Sra. Ocampo y el Sr. Borges?
-¿No me oíste, Turquito? –le dije con desprecio-. Que te vayás te dije.
Le mostré mi perfil más cruel; y entonces el Turquito bajó un poco la cabeza, entristecido; vaciló un poco y después me dijo: “Adiós, Sr. Cortázar”, y se fue caminando lentamente. Encendí un cigarrillo mientras lo veía alejarse y el Turquito a veces se daba vuelta hasta que no lo vi más.
Ya era bastante de noche cuando llegaron en un Chevy verde la Sra. Victoria, la hermana y la Sra. María. Cuando bajaron las tres del auto pregunté por Borges; y la Japonesa me contestó:
-Borges no participa de estas cosas. De estas cosas ahora me ocupo yo.
-¿Dónde están los cabecitas negras que ibas a traer? –me preguntó la Sra. Victoria.
-Es mejor así que seamos pocos –le dije-. Tampoco es bueno traer a tanta gente.
La Sra. Silvina no hablaba; se la veía melancólica y poco firme. Igual fuimos hasta la casa de la Rusita; y yo me puse a tocar timbre como me había puesto a tocar la primera vez que había ido, dos años y pico atrás.
-Basta, turrito –me dijo la Sra. Victoria-. No debe estar en casa.
-¿Y en dónde la podríamos encontrar? –preguntó la Japonesa.
Pero ahí justo escuchamos la voz de la Rusita del otro lado de la puerta.
-¿Quién es? –dijo la Rusita.
Y como la Sra. Silvina estaba poco firme se quedó muda y petrificada.
-¿Quién es? –volvió a preguntar la Rusita más alto.
-Soy yo, Alejandra –dijo la Sra. Silvina como en murmullo.
-¿Yo quién? ¿Minina? ¿Sos vos, Silvín? –preguntó la Rusita; y ya la voz le empezaba a sonar más cantante, más alegre-. ¿Estás sola o viniste con alguien?
-No vine con nadie, Alejandra. ¿Vos no me querrías abrir la puerta?
-Ahora voy corriendo a buscar las llaves y te abro, Minina. No te vayás.
Escuchamos que la Rusita corría a los tropezones por el pasillo; y la Sra. Victoria dijo:
-¿Vieron la voz que tiene? Parece un chico de 12 años.
-¿Cómo lo vamos a hacer? –preguntó la Japonesa.
-El turrito sabe –dijo la Sra. Victoria.
Pero yo no sabía. No tenía en realidad muy en claro cómo lo teníamos que hacer. Yo nada más esperaba que el resentimiento hacia la Rusita saliera a la superficie; así todo sería más natural y más simple.
La Rusita tardó un buen rato para abrirnos la puerta. Y cuando nos abrió a la primera que vio fue a la Sra. Victoria que se le entraba; y después nos vio a todos uno a uno entrándole a la casa; y como vio que se le venía la noche no quiso hacer resistencia. Nos dejó pasar lo más campante y sin decirnos nada. Estaba rara, parecía como que se sostenía del picaporte para no caerse al piso. Parecía que estaba por irse a dormir, porque andaba descalza y tenía puesto el pantalón azul Adidas que le arrastraba por el piso y la remera de pijamas.
-¿Qué estabas haciendo, Rusita? –le pregunté mientras venía con nosotros por el pasillo.
-Estaba llenando la hoja de horarios para los perros que tengo que pasear mañana.
Había hablado balbuceante, como si la lengua se le trabara. Después trastabilló y se abrazó de mí para no caerse. Yo pensé que se estaba haciendo la payasa, porque tenía los ojos entrecerrados y también hacía tics. Fue entonces ahí cuando se cayó al piso, mirando el cielo boca arriba.
-Lo hizo otra vez –dijo la Sra. Silvina-. Tomó pastillas otra vez.
La Japonesa se le acercó y le prendió un encendedor cerca de la mano; pero la Rusita tardó en reaccionar.
-¡Agua! –exclamó la Rusita.
-Llevelá hasta la cama, Julio –me dijo la Sra. Silvina-. Yo la vez anterior que la encontré también estaba así.
Yo la cargué en los brazos a la Rusita y me metí en la pieza y la tiré en la cama. Y lo hice con tanta brusquedad que hice que la Rusita volviera a despertarse.
-Llamen una ambulancia –balbuceó la Rusita-, siento que todo el cuerpo me está subiendo a la cabeza.
-No nos pidas ayuda, Rusita –le dijo la Sra. Victoria-. A nosotras no nos pidas ayuda. Estás pagando por todas las que nos hiciste. Ahora te toca sufrir a vos. Ahora vas a saber cómo se siente uno cuando lo traicionan.
-Llamen una ambulancia, hijas de putas –dijo la Rusita.
Y en ese momento todos nos quedamos quietos y callados alrededor de la cama por un buen rato; porque que te insulte alguien que se está por morir es muy distinto a que te insulte alguien que uno sabe que va a seguir viviendo.
La Rusita quiso incorporarse, pero volvió a caer tumbada sobre la almohada con los ojos entrecerrados.
-Morite, judía –dijo la Sra. Victoria-, morite de una vez. ¿Cuándo se muere esta judía? –me preguntó la Sra. Victoria.
-Llamen una ambulancia –dijo otra vez la Rusita-, antes de preguntar cuándo me muero.
-¿Llamo a una ambulancia, Sra. Victoria? –le pregunté.
-¿Vos tenés mareos en la cabeza, turrito? –me dijo-. ¿Para qué vas a llamar a una ambulancia? ¿Primero calentás la pava y ahora no querés tomar el mate?
-Yo me quiero ir –dijo la Japonesa-. Lo que vinimos a hacer ya se lo hizo ella misma. No pesará sobre nuestras conciencias.
-¿Cómo te sentís, Rusita? –le pregunté.
-… ansiosa por irme a ningún lugar, Van Gogh –me respondió.
-Miren cómo quiere seguir haciéndose la artista –criticó crispada la Sra. Victoria-, hasta el último momento la judía.
La Rusita extendió los brazos hacia la Sra. Silvina y le dijo:
-Besame, Minina; besame un beso de despedida… No partirán mis labios de lo contrario…
Pero la Sra. Victoria le cambió los naipes y le dijo:
-Bajá esos brazos, Rusita. Vos a mi hermana no la volvés a tocar nunca más.
La Sra. Silvina rompió en llanto.
-No llores, Silvín –le dijo la Rusita-. Yo también sé lo que es mirar hacia atrás y desear otra cosa…
-Vos no sabés nada, Rusita, y dejá de estar haciéndole la novela a mi hermana.
La Japonesa empezó a juntar del piso las varias tiras de comprimidos que la Rusita se había tomado. Y me las dio todas a mí.
-Mire, Sra. Victoria –le dije, mostrándole en las manos todas esas tiras vacías-, ¿le parece que no es para llamar a una ambulancia?
-Vos debés tener un problema de olla, turrito –me contestó irritada-, porque parece que no razonás bien lo que decís. Empezá a comer un poco más seguido, porque un día decís una cosa y al otro día decís otra.
Yo hice caras de sentirme triste y me senté en la cama.
-¡Pero mirá cómo te ponés! –me reprochó la Sra. Victoria-. Tampoco es para tanto… Parecés una mina lo flojo que te ponés.
-Es que usted tiene razón, Sra. Victoria –le dije-. De un tiempo a esta parte no sé bien lo que vengo diciendo. No sé si será una enfermedad o qué, pero no puedo concentrarme mucho en las cosas que digo.
-¿Hace cuánto que te viene pasando eso?
-Hará cosa de dos años o tres…
Entonces la Japonesa se puso a tomarle el pulso a la Rusita. Y vio que tenía poco. Y le puso una almohada encima de la cara y empezó a forcejear. Y la Rusita se quería defender con las pocas fuerzas que tenía pero no podía mucho. Y los talones le resbalaban por el colchón y la Sra. Victoria le decía: “Morite, judía, morite”; y la Sra. Silvina cómo lloraba, me acuerdo; y yo decía: “Dejelá, Sra. María, dejelá”; y a la Japonesa le salpicaba espuma de la boca por el esfuerzo que hacía; y la Rusita cada vez tenía menos fuerzas y cada vez pataleaba menos en el colchón; y yo me acuerdo que yo lloraba porque me daba lástima por la Rusita. Esta Rusita… siempre nos hacía reír. Me acuerdo cuando se disfrazaba de payaso y se subía a una mesa y empezaba a imitar a los lobos marinos. ¿A ver cómo hacen los lobos marinos, Rusita? Y ella enseguida los imitaba. Una piba bárbara era la Rusita. Dejelá, Sra. María, dejelá. No sabés cómo estaba yo. Lo mal que la pasé. Porque era la primera vez que veía cómo mataban a alguien. No sabés lo feo que es. Ojalá nunca te pase. Tardás varios días en olvidarte de todo, pero al rato enseguida seguís haciendo una vida normal.
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Junio 29, 2009 | Por tristam | # Enlace permanente
CORTÁZAR 3ra. VUELTA
1-1971
Vos sabés bien qué me pasaba. Yo andaba medio tristón porque el año 71 me había madrugado en Buenos Aires. Y yo hacía ya seis vueltas de calesita que me quería volver a París. Extrañaba esas callecitas humedecitas que tiene y todo el revuelo ese que siempre hay. Pero me tuve que pasar el 24 y el 31 en Buenos Aires. Solito con hambre y sin nadie que me preste.
La peor noche fue la del 31. Me la pasé con el pañuelo en la cara. Me puse a hacer lo que más me gusta hacer en la vida. Me entré a dar lástima de mí mismo. Me acordaba de todo lo que había sufrido de chico. De lo solo y sin papito que me había criado. De cómo se me burlaban en el colegio por cómo yo pronunciaba las r y las g. De la primera novia que me había dejado en Parque Lezama.
Empecé el 71 tirado en la cama y seco como un matambre. Escuché varios discos de jazz y me fumé dos atados. Tenía los pulmones hechos una miseria pero me daba lo mismo. Quería estropearme todavía más la vida. Lo que pasa es que yo estaba enojado con la Embajada de Francia.
No querían habilitarme la plata para el pasaje de regreso a París. Iba todas las mañanas a la Embajada y no me daban nunca una buena respuesta. Yo les decía que tenía la doble ciudadanía y que me dejaran salir de Buenos Aires. Pero ellos me porfiaban que yo tenía que esperar a que pusieran mis papeles en orden para darme el pasaporte. Al final tuve que pasar el año nuevo en Buenos Aires, con el chiste que eso a mí me hacía.
Nunca me gustaron “el primer día del año”. Siempre me ponían nostalgioso. Para colmo ese primero de enero hacía un calor de los cien indios. Decidí no quedarme en casa. Me iba a poner más enojado si me quedaba en casa encerrado.
A la una de la tarde salí a la calle y empecé a caminar por la Vicente López hacia el centro. No había una sola alma en la calle. Hacía un calor de más de 40. Seguro que todos estarían durmiendo la siesta de la sidra y el clericó. Como andaba cerca de la casa de Borges lo quise ir a saludar. A lo mejor la Japonesa me prestaba algo de plata para aligerar los trámites en la Embajada.
2-BORGES
Caminando rápido se llegaba enseguida a lo de Borges. Lo encontré sentado en una silla bajita de mimbre y con la puerta abierta. Se apantallaba la cara con un abanico japonés por el calor que hacía y se había levantado las mangas de los pantalones hasta las rodillas. Yo entonces le podía ver con todo gusto las pantorrillas. Eran unas pantorrillas debiluchas y sin nada de pelo. Ahí corroboré lo que me había contado Astor Piazzolla sobre el verdadero origen de Borges. Pero por qué será que a los indios no le crecen pelos ni en las piernas ni en los brazos ni en la cara. Qué, ahora te vas a poner a pensar en la genética de los nativos del nuevo continente. No, pero de verdad, yo quería saber. Me intrigaba. Qué cosa más rara son los indios. Un día de éstos voy a cazar un libro de antropología para conocer más sobre ellos. De paso lo comprendería mejor a Borges.
-Feliz año de la patria, maestro –le dije dando palmas-, y que vivan los unitarios.
-Feliz año, Cortázar, y que vivan los federales –me dijo Borges-. Y éntre rapidito que se va a calciná ahí en la calle. El sol pega juertito a esta hora, como comisario pasao ´e copa.
Me sonreí y asentí.
-Entre que acá dentro da un poquito de vientito fresco y lindo. Sientesé –me convidó Borges.
Yo me le senté al lado y enseguida me empecé a sentir mejor. Parecía mentira. Pero Borges me transmitía tranquilidad. Tranquilidad y paz.
-¿Está solo, maestro? –le pregunté-. ¿La Sra. se fue?
-Sí se jué –me dijo Borges-. María se jué con la mujé de Bioy a inaugurá un taller literario.
Yo ahí me puse a sospechar como juez al que no le tiraron coima.
-¿A inaugurar un taller literario en un día feriado como hoy, maestro? –le dije-. Es raro ¿no le parece? Hoy es el primer día del año. Debe estar todo cerrado.
Yo quería hacerlo sospechar para que el viejo dejara de ser engañado. Me daba no sé qué rabia que la Sra. Silvina y la Japonesa jugaran así de esta forma con la inocencia de Borges y que nada les pasara, que nadie fuera a ponerle los puntos sobre las íes. Más bien que yo quería que pisaran el palito, pero sin que fuese necesario que yo abriese la boca.
-Maestro –le dije entonces-… ¿usted no nota nada de inusual en la relación de su mujer con la Sra. de Bioy?
-¿Inusual di qui? –dijo Borges-. Esas dos chinitas han salío esta mañana bien temprano y aurita mesmo se deben estar asando vivas como dos lagartijas en el barro todo mugriento.
Le insistí.
-¿Pero es muy habitual que salgan ellas dos solas y juntas, maestro? ¿Y que se ausenten durante tanto tiempo de la casa? Para mí el lugar de una mujer es al lado de su marido. ¿Usted no sospecha que hay algo medio raro detrás de todo esto? Porque no me vendrá a decir ahora usted que piensa que es bueno para su mujer una amistad de este calibre con la Sra. Silvina.
Yo quería seguir cascoteándole el rancho para que reaccionara su recelo indígena. En una de ésas se daba cuenta de todo y después me lo iba a tener que agradecer. Lo que yo quería era poner un huevo en cada canasta.
-¡Ah! –dijo entonces Borges-. Usté ya sabe cómo son las mujere, Cortázar. Vio que les gusta siempre andar juntándose por ahí pa´ hablar a solas de sus hombres. Y si Bioy no le pone el estribo a su mujé, tonce´ yo no le voy a poner estribo a la mía. A esas dos zonzas les gusta andar puniéndose cintitas en los cabellos y caminar por las calles de Buenos Aires delgaditas de cintura.
Me callé la boca. Me di cuenta que nunca Borges podría llegar a imaginar siquiera lo que le hacían a sus espaldas la Japonesa María, la Sra. Silvina y la Rusita.
-¿Quiere que le cebe unos mates, maestro? –le pregunté-. ¿O hace calor?
Pero Borges no me contestó.
Borges me dijo:
-Yo sé lo que usté estará pensando, Cortázar: “¿Pero cómo hace don Borges pa´ salí con una chiruza como esa María?”. Lo que pasa es que usté no la conoce bien a María. Lo suavecito y lindo qui habla esa ñata por las noches. Parece un manantial de poesía que reverberase de su boca, mire. Y yo le toco la cabecita a María y le digo: “Usté e´ guena, María, e´ guena. E´ trabajadora.”. Y ella tiene el cabellito suave, suave; y yo le paso la manito así despacio, despacio.
Entonces yo arrimé mi sillita más a la suya y le pregunté:
-¿Y le cuenta historias por las noches, maestro?
-¡Cómo no me va a contá historias! –dijo Borges-. Todas las noches me cuenta historias. Una vez María me contó que ayá en el norte existe un mar inmenso; y que en medio de ese mar existe una islita chiquita que le pusieron el nombre de la islita de la Bretaña. Y parece ser que en esa isla nacieron juntitos los hombres pa´ escribir las cosas que les venían de sus almas. Y dicen que en el norte de esa islita la peonada habla en una palabra; pero que más abajo la peonada habla en otra palabra; y más más abajo todavía hablan en otra palabra. Y tonce´ yo acá me hago una pregunta y quisiera que alguien juera bueno y me viniera a respondé: ¿cómo hacen esos hombres pa´ entenderse si hablan en diferentes palabras?
-No me imagino cómo harán, maestro –le dije-. De seguro deben tener un conocimiento innato, al igual como lo tienen las hormigas y los escarabajos de oro.
-Y María también me dijo que en esa islita tienen una reina, qui maneja todas las estancias y los capataces son tuitos buena gente de trabajo, no como acá que son todos subversivos y ponebombas.
Yo ahí quise desviar la conversación más hacia el lado de lo político y lo social. Tenía que aprovechar que no estaba la Japonesa para saber qué pensaba Borges al respecto.
-Maestro, ¿usted cree que Perón volverá al país este año? –le pregunté.
3-BORGES Y PERÓN
-¡Qui va a vení ese cobarde! –dijo Borges poniéndose bien bravo-. ¡Ese no guelve más a este pago! Pa´ mí qui dibería seguí como Presidente el general Onganía; ése sí que e´ guenazo; ¡ése sí qui no le hace mal al pago!
Yo me estaba muriendo de sed. Y Borges tenía una botellita de agua que tomaba con una pajita. Le daba pequeños sorbitos pero yo no me animaba a pedirle. No me animaba por nada del mundo. ¿Por qué me sentiría yo siempre tan insignificante al lado de ese hombre, que para todo tenía una respuesta, que para todo tenía una explicación siempre a la mano?
-¿Y a qué va a volvé ese Perón al país, digamé? –continuó Borges-. ¿Qui quiere hacé ese mestizo con este país? Nosotros en la Argentina somos tuitos la mayoría descendiente de uropeos y no de indios patasucias como él. Nosotros somos como un paisito de Uropa acá tirado donde el diablo perdió el poncho…
-Eso es lo que dice siempre la Sra. Victoria –yo dije-. Dice que nosotros los argentinos somos europeos en un continente de latinoamericanos.
-Y en eso la cuñada de Bioy tiene tuita la razón –dijo Borges-. No señó, no somos argentino, somos uropeo. Por eso lo echamos a Rozas y por eso también lo echamos a Perón de la tapera en el 55. En el 45 Perón quería que este país juera pa´ los indios salvajes, pero entre los militares y el Jockey Club le cortaron las orejas como a los perros a ese mestizo!
Borges parecía entonarse de lo lindo cuando se le hacían preguntas sobre el peronismo. Se prendía enseguida y saltaba como leche hervida y le gustaba más que el dulce de leche. Y aunque yo nunca entendí nada de política y nunca me interesó la política argentina, le tiré una para que se distraiga un poco.
-Y dígame, maestro –le dije-, ¿qué opinaba usted en los 50 sobre la figura de Eva Perón?
Borges se encendió como polvorita.
-¡Ay esa Perona! –resopló con furia-. ¡Esa Perona era más populachera!… Ay la rabia qui mi daba cuando la uía por la radio. ¡Hablaba pior de la oligarquía argentina qui de la seca, mire! Y despué se hacía la más dulce que el camote con los cabecitanegra. Pero esa Perona era toda una bandida. No nos quiría nadita a nosotros, porque nosotros somos más blanquitos que la leche y que la cal; y ella era bien negrita del Junín y no tenía abuelitos ilustre ni naides que le venga a estirar el cuento.
Borges se puso a rascarse las pantorrillas con las uñas. Tanto que se las puso coloradas. Se rascaba como si tuviera piojos. Sin duda que el estar hablando de tanto peronismo y tanto cabecitanegra le había hecho acordarse de aquella pensión donde lo mandó el padre a prestarle la plata a Macedonio. Todo lo que me había contado entonces la Japonesa era cierto; y era cierto entonces también que Borges había entrado a esa pensión y que había visto a toda esa gente del interior amontonada ahí adentro y que se había horrorizado, porque había reconocido en los rasgos de aquellos provincianos los mismos rasgos de sus padres reales, según me había contado Astor Piazzolla.
Borges prosiguió su arenga antiperonista.
-¡Y una invidia nos tenía esa Perona! Porque saía qui la Argentina e´ pa´ tuitos nosotros y no pa´ ellos. Nus echaba en cara qui nosotos éramos de la Sociedá Rural y del Jockey Club, pero nosotros dijimos: “Acá es ellos o nosotros. Y los ingleses con los que quisieron negociá jué con nosotros y no con ellos. Así qui si me apuran que no me quieran sacar gueno porque no respondo de mí si mi impiezo a poner chinchudo”. Yo a esa Perona nunca le creí nada. Por eso le cortamos al marido las orejas como a los perros, pa´ que se escapara en el 55 en barcaza por el Paraguay!
Ahí sonó el teléfono.
4-BORGES Y UN TELÉFONO
Borges fue a atenderlo caminando de a tranquitos. El teléfono estaba en una piecita lejana y por eso estuvo sonando tanto tiempo hasta que atendió. Yo vi que Borges había cerrado la puerta de la piecita para atender el teléfono, como si tuviera cuidado que yo no escuchara nada de lo que anduviera hablando. Esto me picó la curiosidad. Yo siempre fui curioso como un gato. Me entraron a dar ganas de saber con quién estaría hablando Borges.
Me fui en puntitas de pie hasta la piecita y pegué la oreja a la puerta. Al principio no escuchaba nada, pero después sentí que Borges dijo:
-Sí, mijita, ya le dije yo que está acá. Se lo tengo acá hablando conmigo. Usté quédese tranquila.
A mí se me pusieron los pelos de punta. Borges estaba hablando de mí con alguien pero yo no sabía con quién. Me empecé a hacer mala sangre y a ponerme nervioso. No me gustaba un pito que hablaran de mí por teléfono. Pero me puse todavía más nervioso cuando escuché lo que viene:
-Tá bien, mijita. Yo se lo voy a entretener acá por un par de horas así usté trabaja tranquila. Usté trabaje tranquila allá y no me afloje. Se lo voy a entretené hasta las 5 ´e la tarde.
El mundo se me vino encima. ¿Por qué Borges tenía que entretenerme hasta las 5? ¿Con quién hablaba? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué cosas planeaban en mi contra? ¿Por qué me odiaban?
Después sentí que Borges dijo, alzando bastante más la voz:
-¡Usté me está faltando el respeto, mijita! Ya me llamó dos vece viejo puto y no se lo voy a permití una tercera. Todavía qui li hago a usté un favor, usté se me pone a insultá. Yo a este señó se lo entretengo hasta las 5 y despué arréglese usté solita. Ansí que haiga ahí todo lo qui tiene qui hacé todo enseguidita.
No precisé seguir escuchando más. No quería seguir escuchando más. Me negaba a ver que el mundo se me cayera de a pedazos. Que en todo aquello en lo que había durante tantos años creído se desplomase de repente encima mío. Simplemente escapé de la casa de Borges como una especie de autoabroquelamiento.
Salí a la calle y me tomé un taxi. Quería llegar urgente a mi casa. Sospechaba algo feo. Sospechaba quién podía ser la persona con la que Borges había estado hablando, pero me daba chuchos de miedo querer darme cuenta. Que me bajaran así del aire de un escopetazo. Todavía no quería pensar nada ni conjeturar nada. Quería nada más llegar a mi casa y afrontar lo que tenía que afrontar. Entré a transpirar muchísimo de los nervios.
Como no había nadie en la calle el tachero nunca sacó la cuarta y llegamos enseguida por Coronel Quijana. Le pagué y no le esperé el vuelto, me bajé del taxi con el pulso latiéndome como a 95 o 100. Ahí nomás cuando vi la puerta me di cuenta que me habían tomado la casa. Habían forzado la puerta a martillazos y a patada limpia al parecer.
Mi casa era de ésas como hacían antes los italianos, en forma de chorizo. De manera que para entrar había que cruzar un pasillito. Después estaba el patio, la cocina y la pieza.
Yo entré con un miedo terrible.
Pero más miedo me agarró cuando perfilé por el patio. Escuché la voz de la Rusita viniendo desde la cocina. No me cabía la menor duda. Era su voz, entre infantilada y arrabalera. Le estaba hablando bajito a alguien pero ese alguien no le respondía ni parecía llevarle el apunte. Yo me arrimé a la puerta de la cocina que estaba a medio cerrar y ahí la vi: a la Rusita sentada arriba de mi mesa de la cocina con las patitas colgándole como péndulos.
La Rusita estaba vestida bien de verano, con un pantaloncito corto Adidas, unas zapatillas tipo botitas y una remerita blanca con las letras YPF en rojo sobre el pecho. Se había cortado el pelo al rapé con un flequillo chiquito con el que se hacía un jopo. Estaba comiendo unas manzanas verdes y no dejaba nunca un segundo de mover las patitas colgadas como si fueran hamacas bailando.
-Así que vos no seas mongoaurelio –le decía la Rusita a alguien-. Vos hacé todo lo que yo te diga que va a salir todo bien. Yo sé manejarlo bien a este tipo. Cuando yo te diga “Hacé esto”, vos hacelo. Así de simple, no esquivés el bulto. Al final va a salir todo bien, quedate tranquilo.
Después se calló. Yo quería que siguiera hablando para saber con quién hablaba y entonces miré por la cerradura para espiar. Pero no vi a nadie.
Me entró a dar corajina. El miedo se me varió por odio hacia la Rusita. “Yo a ésta se las voy a hacer pagar todas juntas”, me dije, “se quiere dar aires de compadrita con todo el mundo pero yo la voy a bajar de un escopetazo”.
Entré a la cocina abriendo la puerta de un golpe.
Cuando la Rusita me vio no se chistó ni un poco. Es más, me preguntó lo más campante qué estaba haciendo yo ahí.
-Yo vivo acá, Rusita –le dije-, ésta es mi casa ¿no? ¿Vos qué hacés acá? ¿Fuiste vos la que me rompiste la puerta? ¿Vos entraste de prepo acá, Rusita?
-Te traje un regalo, Van Gogh –me dijo queriéndome cambiar el tema-. Por el año nuevo que estamos empezando. Es una plantita de pino. Tené ojo, Van Gogh, que me dijeron en la florería que este tipo de plantitas crece hasta cien o doscientos metros.
Yo vi que me estaba mostrando una plantita pero que no era para nada una de pino. Era otro tipo de planta; ésta era una de mala muerte.
-¿Vos no me compraste nada a mí? –me preguntó la Rusita.
-Dejate de jorobar, Rusita –le dije-, y decime cómo entraste. ¿Con quién estabas hablando vos recién? Acá hay alguien más. Te escuché que le estabas hablando a alguien.
-No estaba hablando con nadie, Van Gogh –me dijo-. Estaba cantando. Además estoy sola, no hay nadie acá. ¿Vos el 31 con quién lo pasaste?
La Rusita me miró cerrando por un instante un poquito los ojos, como siempre que me estaba mintiendo. Siempre que mentía hacía lo mismo. Yo le conocía todas las mañas a la Rusita. No le tenía ninguna confianza. Sabía muy bien que no le podía tener ninguna confianza a alguien así.
-Vos me estás jorobando, Rusita –le dije-, acá hay alguien más –y me fui a la pieza y encontré todo dado vuelta, todo patas arriba; los cajones por el piso, los libros con todas las hojas arrancadas, hasta el colchón lo habían roto tajeándolo con un cuchillo. Busqué y busqué pero no encontré a nadie.
Volví a la cocina y le pregunté:
-¿Vos me tajeaste el colchón con un cuchillo, Rusita?
-No, Van Gogh –me dijo-. Ya estaba todo así cuando yo vine. Parece que vino alguien antes que yo y que no te debe querer mucho. ¿Vos no te estarás haciendo el vivo con alguna casada, no? Mirá si el marido te llegaba a agarrar con ese cuchillo. Ahí sí que la sangre iba a llegar al río. Cuidate, Van Gogh. Mirá que yo no quiero ir a tu velatorio.
-Yo no me estoy viendo con nadie –le dije-. Estoy haciendo bien todos los deberes.
-Decime, Van Gogh ¿no te quedó algo de sidra mientras como las manzanas? Me gusta acompañarlas con algo.
-No te hagás la zonza, Rusita. Decime la verdad. Vos lo llamaste por teléfono a Borges recién ¿no?
-No, Van Gogh –me desmintió otra vez-. Si yo el teléfono de Borges no lo conozco. Ni siquiera sabía que tenía teléfono. Recién ahora me vengo a enterar. Mirá cómo son las cosas.
Yo dudé.
Para ponerla bien a prueba la ataqué por su punto más bajo.
Le dije:
-¿Sabés, Rusita? Me parece que te están pasando por arriba. Hoy la Japonesa María se fue a inaugurar un taller literario con la Sra. Silvina. Perdoná que sea yo el que te lo tenga que decir… Parece que la Sra. Silvina está jugando ahora ella a dos puntas con vos y la otra.
La Rusita hizo como que se iba a poner a llorar, pero después se empezó a reír. Fingió.
-No me interesa lo que hagan la Japonesa y Minina –me dijo encogiéndose de hombros-. Además hoy no vine a hablar de polleras.
-¿Ah no? –le dije-. ¿Y a qué viniste, Rusita?
-Hoy vine a hablar de negocios. Negocios nuestros…
Otra vez empecé a sentir chuchos de miedo.
-¿De qué me hablás, Rusita? ¿Qué negocios puedo tener yo con vos?
-Pensá, Van Gogh. Acordate.
Yo entré a recular. Tragaba saliva y sentía miedo. La voz me sonó suplicante.
-¿Qué tengo yo que ver con vos, Rusita? Decime, ¿yo a vos qué te hice? Si yo a vos nunca te hice nada…
-Acordate, Van Gogh. Mirá para atrás un poco en tu vida, para ver lo que hiciste.
-¿De qué me tengo que acordar, si yo a vos nunca te hice nada?
-Pensá. Ponete a pensar un poco en las macanas que hiciste en tu vida.
-¡Yo nunca le hice ninguna macana a nadie, Rusita, vos lo sabés bien! ¡Vos me querés asustar para que diga cualquier cosa!
-Cada uno sabe las macanas que se manda… por más que se quiera hacer el monaguillo para los demás.
-Vos me apurás así para asustarme nomás, ¿si yo cuándo me mandé una macana?
Ahí la Rusita le hizo un gesto a alguien que estaba detrás mío. Le hizo un gesto de asentimiento. Entonces sentí olor a jaula de mono y cuando me di vuelta lo vi al Turquito que me agarraba como un brusco por los hombros y me tumbaba boca abajo contra el piso.
5-ALEJANDRA Y EL TURQUITO
Yo llevo dicho más arriba que al Turquito nunca más en la vida me lo había vuelto a cruzar. Pero la verdad es que la cosa fue muy diferente. Ahí en la cocina de mi casa el Turquito me sorprendió por la espalda y me tumbó contra el piso. Mucho trabajo no le costó, porque aunque yo soy bien alto, el Turquito también tenía lo suyo.
Se había dejado crecer la melena desde la última vez que lo vi, pero se había sacado la barba y el bigote. Así entonces resaltaban más sus facciones de atorrante y facineroso. La verdad que tenía una cara que te daba miedo si la veías por la calle de noche. Tenía una cara fea, como de salvajón. Y además como era grandote te podías llegar a infartar si te lo llegabas a cruzar a la madrugada por una calle donde no pasara ni un alma. Pero al menos el espíritu lo tenía civilizado. Cuando me tumbó al piso me dijo de inmediato:
-Perdonemé, Sr. Cortázar. Yo lamento mucho esta situación.
-No te disculpés, Turquito –le dijo la Rusita-. ¿Por qué te le disculpás? Vos acá sos el damnificado. No tenés que pedir disculpas. Este tipo te chamuyó mucha plata y ahora que la devuelva.
-Pero yo no soy una persona violenta, Alejandra –le dijo el Turquito.
-Yo tampoco –dijo la Rusita-. Pero ahora que éste reviente si se piensa que se la va a llevar de arriba. ¿Vos te la pensás llevar de arriba, Van Gogh? Danos la plata que le mejicaneaste al Turquito.
-¿Qué plata? ¡Yo no tengo nada de plata! –dije tumbado en el piso-. Si hace tres meses que no puedo pagar el alquiler…
-¿Y la plata que yo le di, Sr. Cortázar? –me dijo el Turquito-. ¿Qué hizo con la plata que yo le di? ¿Se acuerda?
Yo le hablé con voz llorosa, para que me tuviera un poco de misericordia, ya que de la Rusita sabía que no se podía esperar nada bueno.
-¿Qué plata me diste vos, Turquito? Si me diste dos pesos… Hace ya un tranco largo que me los gasté.
-¡No eran dos pesos, Van Gogh! –gritó la Rusita-. ¿Vos te creés que si fueran dos pesos hoy estaríamos acá? Hoy estaríamos en el Tigre tomando sol ¿o no, Turquito?
-Alejandra ¿qué querés que haga? –le preguntó el Turquito.
-Buscale la plata en los libros que faltan y después en las macetas. Para mí que éste tiene la plata escondida en las macetas.
Yo me puse a llorar de la impotencia.
-¡Ya les dije, hijos de putas, que no tengo más la plata, que me la gasté!
-¡Eh, Van Gogh! La boquita. Más respeto –amonestó la Rusita.
-Pero yo no quería que las cosas fueran así –dijo el Turquito-. Vos me habías dicho que el Sr. Cortázar no iba a estar en la casa, Alejandra. Me lo prometiste. Me dijiste que íbamos a poder trabajar tranquilos.
-¿Y yo qué culpa tengo si este tipo llegó antes de horario? –se defendió la Rusita.
-¿Pero a vos no te habían dicho por teléfono que teníamos tiempo hasta las 5? –le preguntó el Turquito.
La Rusita le dio un mordiscón a la manzana con rabia.
-¿Por qué no te callás la boca, Turquito? –le dijo-. Después si hay quilombo lo vas a tener vos con el viejo. No yo. Ya me tienen cansada ustedes. Todo mal hacen.
Después la Rusita le ordenó que me atara las manos con una soga por la espalda. El Turquito la obedeció enseguida y me hizo un nudo de Boy Scout. Después se fue a la pieza a buscar la plata entre los libros. Parece que era la Rusita la que manejaba todo el asunto entonces. A todo esto no se había ni movido de la mesa y pataleaba como una nena de cinco años.
Cuando el Turquito se fue a la pieza le dije:
-Dejame ir al baño, Rusita. Tengo sed.
-Dejá de jorobar, Van Gogh. Hace cinco minutos que estás tumbado en el piso y ya te querés hacer la víctima como se hacía Aramburu.
-¿Me van a matar? –le pregunté.
La Rusita abrió bien grande la boca y después hizo una sonrisa chiquita. Estaba peligrosa, me la sabía de memoria. Pero no me respondió. Siguió comiendo las manzanas como si nada. Yo me puse a llorar otra vez. La barba se me humedecía con las lágrimas. Quería desatarme las manos pero no podía. El Turquito me había hecho un nudo bien bueno.
-Dejame escapar, Rusita. No los voy a denunciar a la Policía…
-¿Por qué estás yendo todos los días a la Embajada Francesa, Van Gogh? Cada dos por tres vas a esa embajada.
Me habían seguido los pasos.
-Quiero que me den el pasaporte para volverme a París –le conté.
La Rusita entonces brincó de la mesa y puso rodilla en tierra para hablarme al oído. Me susurró apenas para que el Turquito no la oyera desde la pieza.
-Si me decís a mí dónde tenés la plata del Turquito, mañana yo vengo y te devuelvo la mitad. Te doy mi palabra. Así vos te volvés a París con algo de guita y yo me compro lo que me tengo que comprar.
-¿Así? –le dije-. ¿Y qué vas a hacer con el Turquito? ¿Lo vas a matar igual que a mí?
La Rusita cabeceó y volvió a sentarse en la mesa. Encendió un pucho y dijo:
-¿Encontraste algo, Turquito? ¿Qué estás haciendo?
El Turquito apareció otra vez con unos discos de jazz.
-No encontré nada en los libros, Alejandra –le dijo-. A lo mejor el Sr. Cortázar nos está diciendo la verdad y ya se gastó la plata que le di.
-No me hagás reír, Turquito. Qué se va a gastar la plata éste –dijo la Rusita-, si éste es más agarrado con la plata que un judío. Vos no lo conocés.
-Le encontré estos discos de jazz, Alejandra –le dijo el Turquito.
El Turquito había agarrado mi colección de Clifford Brown. La Rusita sacó un disco y se puso a leer con detenimiento el título de las canciones.
-¿Quién es Clifford Brown? –me preguntó la Rusita.
Yo le conté.
-Es un saxofonista que te hace saltar las lágrimas cuando se pone a tocar el saxo, Rusita. Es un músico que te reconcilia con la vida.
-No lo conozco –dijo la Rusita.
-Es uno de los mejores negros que interpreta el jazz –le dije.
-¿Un negro como los negros de Africa? –dijo la Rusita-. No sabía que esos tipos supieran tocar instrumentos musicales. Es un milagro. Si yo lo escuché a Darwin que decía que los negros no son seres humanos. ¿Vos estás seguro, Van Gogh, que es un negro el que toca en el disco?
-Sí, Rusita; si querés te regalo el disco.
La Rusita agarró el disco y lo partió en dos pedazos.
-Nosotros lo que queremos es la plata, Van Gogh, no un disco de un negro –dijo.
-Alejandra –le dijo el Turquito-, ¿querés que vaya a ver si el Sr. Cortázar escondió la plata en las macetas?
-Andá, Turquito; yo lo vigilo.
Yo me volví a quejar.
-Turquito, por favor, ¿podés desatarme las manos? Se me están acalambrando.
-¿Qué hago, Alejandra? –le consultó-. ¿Le desato las manos?
-No, Turquito, dejalo así. Se nos puede escapar.
-Te lo pido por favor, Turquito –le dije-. Desatame las manos vos que sos bueno.
El Turquito no sabía qué hacer.
-¿Y si le desato solamente una mano, Alejandra? –dijo el Turquito.
-¡Turquito! –exclamó la Rusita-. Si le desatás una mano, le estás desatando las dos manos. Este tipo no es un pulpo.
Después el Turquito se fue a revisar si yo había escondido la plata en las macetas. Me quedé solo en la cocina con la Rusita. Me vigilaba fumando el pucho y tirando el humo para arriba.
6-ALEJANDRA Y EL TURQUITO
-¿Con quién pasaste el 31, Van Gogh? –me preguntó la Rusita.
-Con Astor Piazzolla y Leopoldo Federico –le conté.
-¿Lo pasaron lindo?
-Y sí, Rusita –le dije-. Viste cómo es esa gente. Te contagian la alegría que tienen. ¿Vos con quién lo pasaste?
-Con mis tías abuelas –dijo la Rusita-. Ellas tomaron muchísima sidra pero yo no quise tomar nada. No me gusta tomar alcohol. Me fui a dormir tempranito.
-¿Son señoras grandes tus tías? –quise saber.
-Sí, son muy viejitas –dijo la Rusita-. Pero las quiero mucho.
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