cortazar 3ra vuelta

CORTÁZAR 3ra. VUELTA

1-1971

Vos sabés bien qué me pasaba. Yo andaba medio tristón porque el año 71 me había madrugado en Buenos Aires. Y yo hacía ya seis vueltas de calesita que me quería volver a París. Extrañaba esas callecitas humedecitas que tiene y todo el revuelo ese que siempre hay. Pero me tuve que pasar el 24 y el 31 en Buenos Aires. Solito con hambre y sin nadie que me preste.

La peor noche fue la del 31. Me la pasé con el pañuelo en la cara. Me puse a hacer lo que más me gusta hacer en la vida. Me entré a dar lástima de mí mismo. Me acordaba de todo lo que había sufrido de chico. De lo solo y sin papito que me había criado. De cómo se me burlaban en el colegio por cómo yo pronunciaba las r y las g. De la primera novia que me había dejado en Parque Lezama.

Empecé el 71 tirado en la cama y seco como un matambre. Escuché varios discos de jazz y me fumé dos atados. Tenía los pulmones hechos una miseria pero me daba lo mismo. Quería estropearme todavía más la vida. Lo que pasa es que yo estaba enojado con la Embajada de Francia.

No querían habilitarme la plata para el pasaje de regreso a París. Iba todas las mañanas a la Embajada y no me daban nunca una buena respuesta. Yo les decía que tenía la doble ciudadanía y que me dejaran salir de Buenos Aires. Pero ellos me porfiaban que yo tenía que esperar a que pusieran mis papeles en orden para darme el pasaporte. Al final tuve que pasar el año nuevo en Buenos Aires, con el chiste que eso a mí me hacía.

Nunca me gustaron “el primer día del año”. Siempre me ponían nostalgioso. Para colmo ese primero de enero hacía un calor de los cien indios. Decidí no quedarme en casa. Me iba a poner más enojado si me quedaba en casa encerrado.

A la una de la tarde salí a la calle y empecé a caminar por la Vicente López hacia el centro. No había una sola alma en la calle. Hacía un calor de más de 40. Seguro que todos estarían durmiendo la siesta de la sidra y el clericó. Como andaba cerca de la casa de Borges lo quise ir a saludar. A lo mejor la Japonesa me prestaba algo de plata para aligerar los trámites en la Embajada.

2-BORGES

Caminando rápido se llegaba enseguida a lo de Borges. Lo encontré sentado en una silla bajita de mimbre y con la puerta abierta. Se apantallaba la cara con un abanico japonés por el calor que hacía y se había levantado las mangas de los pantalones hasta las rodillas. Yo entonces le podía ver con todo gusto las pantorrillas. Eran unas pantorrillas debiluchas y sin nada de pelo. Ahí corroboré lo que me había contado Astor Piazzolla sobre el verdadero origen de Borges. Pero por qué será que a los indios no le crecen pelos ni en las piernas ni en los brazos ni en la cara. Qué, ahora te vas a poner a pensar en la genética de los nativos del nuevo continente. No, pero de verdad, yo quería saber. Me intrigaba. Qué cosa más rara son los indios. Un día de éstos voy a cazar un libro de antropología para conocer más sobre ellos. De paso lo comprendería mejor a Borges.

-Feliz año de la patria, maestro –le dije dando palmas-, y que vivan los unitarios.

-Feliz año, Cortázar, y que vivan los federales –me dijo Borges-. Y éntre rapidito que se va a calciná ahí en la calle. El sol pega juertito a esta hora, como comisario pasao ´e copa.

Me sonreí y asentí.

-Entre que acá dentro da un poquito de vientito fresco y lindo. Sientesé –me convidó Borges.

Yo me le senté al lado y enseguida me empecé a sentir mejor. Parecía mentira. Pero Borges me transmitía tranquilidad. Tranquilidad y paz.

-¿Está solo, maestro? –le pregunté-. ¿La Sra. se fue?

-Sí se jué –me dijo Borges-. María se jué con la mujé de Bioy a inaugurá un taller literario.

Yo ahí me puse a sospechar como juez al que no le tiraron coima.

-¿A inaugurar un taller literario en un día feriado como hoy, maestro? –le dije-. Es raro ¿no le parece? Hoy es el primer día del año. Debe estar todo cerrado.

Yo quería hacerlo sospechar para que el viejo dejara de ser engañado. Me daba no sé qué rabia que la Sra. Silvina y la Japonesa jugaran así de esta forma con la inocencia de Borges y que nada les pasara, que nadie fuera a ponerle los puntos sobre las íes. Más bien que yo quería que pisaran el palito, pero sin que fuese necesario que yo abriese la boca.

-Maestro –le dije entonces-… ¿usted no nota nada de inusual en la relación de su mujer con la Sra. de Bioy?

-¿Inusual di qui? –dijo Borges-. Esas dos chinitas han salío esta mañana bien temprano y aurita mesmo se deben estar asando vivas como dos lagartijas en el barro todo mugriento.

Le insistí.

-¿Pero es muy habitual que salgan ellas dos solas y juntas, maestro? ¿Y que se ausenten durante tanto tiempo de la casa? Para mí el lugar de una mujer es al lado de su marido. ¿Usted no sospecha que hay algo medio raro detrás de todo esto? Porque no me vendrá a decir ahora usted que piensa que es bueno para su mujer una amistad de este calibre con la Sra. Silvina.

Yo quería seguir cascoteándole el rancho para que reaccionara su recelo indígena. En una de ésas se daba cuenta de todo y después me lo iba a tener que agradecer. Lo que yo quería era poner un huevo en cada canasta.

-¡Ah! –dijo entonces Borges-. Usté ya sabe cómo son las mujere, Cortázar. Vio que les gusta siempre andar juntándose por ahí pa´ hablar a solas de sus hombres. Y si Bioy no le pone el estribo a su mujé, tonce´ yo no le voy a poner estribo a la mía. A esas dos zonzas les gusta andar puniéndose cintitas en los cabellos y caminar por las calles de Buenos Aires delgaditas de cintura.

Me callé la boca. Me di cuenta que nunca Borges podría llegar a imaginar siquiera lo que le hacían a sus espaldas la Japonesa María, la Sra. Silvina y la Rusita.

-¿Quiere que le cebe unos mates, maestro? –le pregunté-. ¿O hace calor?

Pero Borges no me contestó.

Borges me dijo:

-Yo sé lo que usté estará pensando, Cortázar: “¿Pero cómo hace don Borges pa´ salí con una chiruza como esa María?”. Lo que pasa es que usté no la conoce bien a María. Lo suavecito y lindo qui habla esa ñata por las noches. Parece un manantial de poesía que reverberase de su boca, mire. Y yo le toco la cabecita a María y le digo: “Usté e´ guena, María, e´ guena. E´ trabajadora.”. Y ella tiene el cabellito suave, suave; y yo le paso la manito así despacio, despacio.

Entonces yo arrimé mi sillita más a la suya y le pregunté:

-¿Y le cuenta historias por las noches, maestro?

-¡Cómo no me va a contá historias! –dijo Borges-. Todas las noches me cuenta historias. Una vez María me contó que ayá en el norte existe un mar inmenso; y que en medio de ese mar existe una islita chiquita que le pusieron el nombre de la islita de la Bretaña. Y parece ser que en esa isla nacieron juntitos los hombres pa´ escribir las cosas que les venían de sus almas. Y dicen que en el norte de esa islita la peonada habla en una palabra; pero que más abajo la peonada habla en otra palabra; y más más abajo todavía hablan en otra palabra. Y tonce´ yo acá me hago una pregunta y quisiera que alguien juera bueno y me viniera a respondé: ¿cómo hacen esos hombres pa´ entenderse si hablan en diferentes palabras?

-No me imagino cómo harán, maestro –le dije-. De seguro deben tener un conocimiento innato, al igual como lo tienen las hormigas y los escarabajos de oro.

-Y María también me dijo que en esa islita tienen una reina, qui maneja todas las estancias y los capataces son tuitos buena gente de trabajo, no como acá que son todos subversivos y ponebombas.

Yo ahí quise desviar la conversación más hacia el lado de lo político y lo social. Tenía que aprovechar que no estaba la Japonesa para saber qué pensaba Borges al respecto.

-Maestro, ¿usted cree que Perón volverá al país este año? –le pregunté.

3-BORGES Y PERÓN

-¡Qui va a vení ese cobarde! –dijo Borges poniéndose bien bravo-. ¡Ese no guelve más a este pago! Pa´ mí qui dibería seguí como Presidente el general Onganía; ése sí que e´ guenazo; ¡ése sí qui no le hace mal al pago!

Yo me estaba muriendo de sed. Y Borges tenía una botellita de agua que tomaba con una pajita. Le daba pequeños sorbitos pero yo no me animaba a pedirle. No me animaba por nada del mundo. ¿Por qué me sentiría yo siempre tan insignificante al lado de ese hombre, que para todo tenía una respuesta, que para todo tenía una explicación siempre a la mano?

-¿Y a qué va a volvé ese Perón al país, digamé? –continuó Borges-. ¿Qui quiere hacé ese mestizo con este país? Nosotros en la Argentina somos tuitos la mayoría descendiente de uropeos y no de indios patasucias como él. Nosotros somos como un paisito de Uropa acá tirado donde el diablo perdió el poncho…

-Eso es lo que dice siempre la Sra. Victoria –yo dije-. Dice que nosotros los argentinos somos europeos en un continente de latinoamericanos.

-Y en eso la cuñada de Bioy tiene tuita la razón –dijo Borges-. No señó, no somos argentino, somos uropeo. Por eso lo echamos a Rozas y por eso también lo echamos a Perón de la tapera en el 55. En el 45 Perón quería que este país juera pa´ los indios salvajes, pero entre los militares y el Jockey Club le cortaron las orejas como a los perros a ese mestizo!

Borges parecía entonarse de lo lindo cuando se le hacían preguntas sobre el peronismo. Se prendía enseguida y saltaba como leche hervida y le gustaba más que el dulce de leche. Y aunque yo nunca entendí nada de política y nunca me interesó la política argentina, le tiré una para que se distraiga un poco.

-Y dígame, maestro –le dije-, ¿qué opinaba usted en los 50 sobre la figura de Eva Perón?

Borges se encendió como polvorita.

-¡Ay esa Perona! –resopló con furia-. ¡Esa Perona era más populachera!… Ay la rabia qui mi daba cuando la uía por la radio. ¡Hablaba pior de la oligarquía argentina qui de la seca, mire! Y despué se hacía la más dulce que el camote con los cabecitanegra. Pero esa Perona era toda una bandida. No nos quiría nadita a nosotros, porque nosotros somos más blanquitos que la leche y que la cal; y ella era bien negrita del Junín y no tenía abuelitos ilustre ni naides que le venga a estirar el cuento.

Borges se puso a rascarse las pantorrillas con las uñas. Tanto que se las puso coloradas. Se rascaba como si tuviera piojos. Sin duda que el estar hablando de tanto peronismo y tanto cabecitanegra le había hecho acordarse de aquella pensión donde lo mandó el padre a prestarle la plata a Macedonio. Todo lo que me había contado entonces la Japonesa era cierto; y era cierto entonces también que Borges había entrado a esa pensión y que había visto a toda esa gente del interior amontonada ahí adentro y que se había horrorizado, porque había reconocido en los rasgos de aquellos provincianos los mismos rasgos de sus padres reales, según me había contado Astor Piazzolla.

Borges prosiguió su arenga antiperonista.

-¡Y una invidia nos tenía esa Perona! Porque saía qui la Argentina e´ pa´ tuitos nosotros y no pa´ ellos. Nus echaba en cara qui nosotos éramos de la Sociedá Rural y del Jockey Club, pero nosotros dijimos: “Acá es ellos o nosotros. Y los ingleses con los que quisieron negociá jué con nosotros y no con ellos. Así qui si me apuran que no me quieran sacar gueno porque no respondo de mí si mi impiezo a poner chinchudo”. Yo a esa Perona nunca le creí nada. Por eso le cortamos al marido las orejas como a los perros, pa´ que se escapara en el 55 en barcaza por el Paraguay!

Ahí sonó el teléfono.

4-BORGES Y UN TELÉFONO

Borges fue a atenderlo caminando de a tranquitos. El teléfono estaba en una piecita lejana y por eso estuvo sonando tanto tiempo hasta que atendió. Yo vi que Borges había cerrado la puerta de la piecita para atender el teléfono, como si tuviera cuidado que yo no escuchara nada de lo que anduviera hablando. Esto me picó la curiosidad. Yo siempre fui curioso como un gato. Me entraron a dar ganas de saber con quién estaría hablando Borges.

Me fui en puntitas de pie hasta la piecita y pegué la oreja a la puerta. Al principio no escuchaba nada, pero después sentí que Borges dijo:

-Sí, mijita, ya le dije yo que está acá. Se lo tengo acá hablando conmigo. Usté quédese tranquila.

A mí se me pusieron los pelos de punta. Borges estaba hablando de mí con alguien pero yo no sabía con quién. Me empecé a hacer mala sangre y a ponerme nervioso. No me gustaba un pito que hablaran de mí por teléfono. Pero me puse todavía más nervioso cuando escuché lo que viene:

-Tá bien, mijita. Yo se lo voy a entretener acá por un par de horas así usté trabaja tranquila. Usté trabaje tranquila allá y no me afloje. Se lo voy a entretené hasta las 5 ´e la tarde.

El mundo se me vino encima. ¿Por qué Borges tenía que entretenerme hasta las 5? ¿Con quién hablaba? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué cosas planeaban en mi contra? ¿Por qué me odiaban?

Después sentí que Borges dijo, alzando bastante más la voz:

-¡Usté me está faltando el respeto, mijita! Ya me llamó dos vece viejo puto y no se lo voy a permití una tercera. Todavía qui li hago a usté un favor, usté se me pone a insultá. Yo a este señó se lo entretengo hasta las 5 y despué arréglese usté solita. Ansí que haiga ahí todo lo qui tiene qui hacé todo enseguidita.

No precisé seguir escuchando más. No quería seguir escuchando más. Me negaba a ver que el mundo se me cayera de a pedazos. Que en todo aquello en lo que había durante tantos años creído se desplomase de repente encima mío. Simplemente escapé de la casa de Borges como una especie de autoabroquelamiento.

Salí a la calle y me tomé un taxi. Quería llegar urgente a mi casa. Sospechaba algo feo. Sospechaba quién podía ser la persona con la que Borges había estado hablando, pero me daba chuchos de miedo querer darme cuenta. Que me bajaran así del aire de un escopetazo. Todavía no quería pensar nada ni conjeturar nada. Quería nada más llegar a mi casa y afrontar lo que tenía que afrontar. Entré a transpirar muchísimo de los nervios.

Como no había nadie en la calle el tachero nunca sacó la cuarta y llegamos enseguida por Coronel Quijana. Le pagué y no le esperé el vuelto, me bajé del taxi con el pulso latiéndome como a 95 o 100. Ahí nomás cuando vi la puerta me di cuenta que me habían tomado la casa. Habían forzado la puerta a martillazos y a patada limpia al parecer.

Mi casa era de ésas como hacían antes los italianos, en forma de chorizo. De manera que para entrar había que cruzar un pasillito. Después estaba el patio, la cocina y la pieza.

Yo entré con un miedo terrible.

Pero más miedo me agarró cuando perfilé por el patio. Escuché la voz de la Rusita viniendo desde la cocina. No me cabía la menor duda. Era su voz, entre infantilada y arrabalera. Le estaba hablando bajito a alguien pero ese alguien no le respondía ni parecía llevarle el apunte. Yo me arrimé a la puerta de la cocina que estaba a medio cerrar y ahí la vi: a la Rusita sentada arriba de mi mesa de la cocina con las patitas colgándole como péndulos.

La Rusita estaba vestida bien de verano, con un pantaloncito corto Adidas, unas zapatillas tipo botitas y una remerita blanca con las letras YPF en rojo sobre el pecho. Se había cortado el pelo al rapé con un flequillo chiquito con el que se hacía un jopo. Estaba comiendo unas manzanas verdes y no dejaba nunca un segundo de mover las patitas colgadas como si fueran hamacas bailando.

-Así que vos no seas mongoaurelio –le decía la Rusita a alguien-. Vos hacé todo lo que yo te diga que va a salir todo bien. Yo sé manejarlo bien a este tipo. Cuando yo te diga “Hacé esto”, vos hacelo. Así de simple, no esquivés el bulto. Al final va a salir todo bien, quedate tranquilo.

Después se calló. Yo quería que siguiera hablando para saber con quién hablaba y entonces miré por la cerradura para espiar. Pero no vi a nadie.

Me entró a dar corajina. El miedo se me varió por odio hacia la Rusita. “Yo a ésta se las voy a hacer pagar todas juntas”, me dije, “se quiere dar aires de compadrita con todo el mundo pero yo la voy a bajar de un escopetazo”.

Entré a la cocina abriendo la puerta de un golpe.

Cuando la Rusita me vio no se chistó ni un poco. Es más, me preguntó lo más campante qué estaba haciendo yo ahí.

-Yo vivo acá, Rusita –le dije-, ésta es mi casa ¿no? ¿Vos qué hacés acá? ¿Fuiste vos la que me rompiste la puerta? ¿Vos entraste de prepo acá, Rusita?

-Te traje un regalo, Van Gogh –me dijo queriéndome cambiar el tema-. Por el año nuevo que estamos empezando. Es una plantita de pino. Tené ojo, Van Gogh, que me dijeron en la florería que este tipo de plantitas crece hasta cien o doscientos metros.

Yo vi que me estaba mostrando una plantita pero que no era para nada una de pino. Era otro tipo de planta; ésta era una de mala muerte.

-¿Vos no me compraste nada a mí? –me preguntó la Rusita.

-Dejate de jorobar, Rusita –le dije-, y decime cómo entraste. ¿Con quién estabas hablando vos recién? Acá hay alguien más. Te escuché que le estabas hablando a alguien.

-No estaba hablando con nadie, Van Gogh –me dijo-. Estaba cantando. Además estoy sola, no hay nadie acá. ¿Vos el 31 con quién lo pasaste?

La Rusita me miró cerrando por un instante un poquito los ojos, como siempre que me estaba mintiendo. Siempre que mentía hacía lo mismo. Yo le conocía todas las mañas a la Rusita. No le tenía ninguna confianza. Sabía muy bien que no le podía tener ninguna confianza a alguien así.

-Vos me estás jorobando, Rusita –le dije-, acá hay alguien más –y me fui a la pieza y encontré todo dado vuelta, todo patas arriba; los cajones por el piso, los libros con todas las hojas arrancadas, hasta el colchón lo habían roto tajeándolo con un cuchillo. Busqué y busqué pero no encontré a nadie.

Volví a la cocina y le pregunté:

-¿Vos me tajeaste el colchón con un cuchillo, Rusita?

-No, Van Gogh –me dijo-. Ya estaba todo así cuando yo vine. Parece que vino alguien antes que yo y que no te debe querer mucho. ¿Vos no te estarás haciendo el vivo con alguna casada, no? Mirá si el marido te llegaba a agarrar con ese cuchillo. Ahí sí que la sangre iba a llegar al río. Cuidate, Van Gogh. Mirá que yo no quiero ir a tu velatorio.

-Yo no me estoy viendo con nadie –le dije-. Estoy haciendo bien todos los deberes.

-Decime, Van Gogh ¿no te quedó algo de sidra mientras como las manzanas? Me gusta acompañarlas con algo.

-No te hagás la zonza, Rusita. Decime la verdad. Vos lo llamaste por teléfono a Borges recién ¿no?

-No, Van Gogh –me desmintió otra vez-. Si yo el teléfono de Borges no lo conozco. Ni siquiera sabía que tenía teléfono. Recién ahora me vengo a enterar. Mirá cómo son las cosas.

Yo dudé.

Para ponerla bien a prueba la ataqué por su punto más bajo.

Le dije:

-¿Sabés, Rusita? Me parece que te están pasando por arriba. Hoy la Japonesa María se fue a inaugurar un taller literario con la Sra. Silvina. Perdoná que sea yo el que te lo tenga que decir… Parece que la Sra. Silvina está jugando ahora ella a dos puntas con vos y la otra.

La Rusita hizo como que se iba a poner a llorar, pero después se empezó a reír. Fingió.

-No me interesa lo que hagan la Japonesa y Minina –me dijo encogiéndose de hombros-. Además hoy no vine a hablar de polleras.

-¿Ah no? –le dije-. ¿Y a qué viniste, Rusita?

-Hoy vine a hablar de negocios. Negocios nuestros…

Otra vez empecé a sentir chuchos de miedo.

-¿De qué me hablás, Rusita? ¿Qué negocios puedo tener yo con vos?

-Pensá, Van Gogh. Acordate.

Yo entré a recular. Tragaba saliva y sentía miedo. La voz me sonó suplicante.

-¿Qué tengo yo que ver con vos, Rusita? Decime, ¿yo a vos qué te hice? Si yo a vos nunca te hice nada…

-Acordate, Van Gogh. Mirá para atrás un poco en tu vida, para ver lo que hiciste.

-¿De qué me tengo que acordar, si yo a vos nunca te hice nada?

-Pensá. Ponete a pensar un poco en las macanas que hiciste en tu vida.

-¡Yo nunca le hice ninguna macana a nadie, Rusita, vos lo sabés bien! ¡Vos me querés asustar para que diga cualquier cosa!

-Cada uno sabe las macanas que se manda… por más que se quiera hacer el monaguillo para los demás.

-Vos me apurás así para asustarme nomás, ¿si yo cuándo me mandé una macana?

Ahí la Rusita le hizo un gesto a alguien que estaba detrás mío. Le hizo un gesto de asentimiento. Entonces sentí olor a jaula de mono y cuando me di vuelta lo vi al Turquito que me agarraba como un brusco por los hombros y me tumbaba boca abajo contra el piso.

5-ALEJANDRA Y EL TURQUITO

Yo llevo dicho más arriba que al Turquito nunca más en la vida me lo había vuelto a cruzar. Pero la verdad es que la cosa fue muy diferente. Ahí en la cocina de mi casa el Turquito me sorprendió por la espalda y me tumbó contra el piso. Mucho trabajo no le costó, porque aunque yo soy bien alto, el Turquito también tenía lo suyo.

Se había dejado crecer la melena desde la última vez que lo vi, pero se había sacado la barba y el bigote. Así entonces resaltaban más sus facciones de atorrante y facineroso. La verdad que tenía una cara que te daba miedo si la veías por la calle de noche. Tenía una cara fea, como de salvajón. Y además como era grandote te podías llegar a infartar si te lo llegabas a cruzar a la madrugada por una calle donde no pasara ni un alma. Pero al menos el espíritu lo tenía civilizado. Cuando me tumbó al piso me dijo de inmediato:

-Perdonemé, Sr. Cortázar. Yo lamento mucho esta situación.

-No te disculpés, Turquito –le dijo la Rusita-. ¿Por qué te le disculpás? Vos acá sos el damnificado. No tenés que pedir disculpas. Este tipo te chamuyó mucha plata y ahora que la devuelva.

-Pero yo no soy una persona violenta, Alejandra –le dijo el Turquito.

-Yo tampoco –dijo la Rusita-. Pero ahora que éste reviente si se piensa que se la va a llevar de arriba. ¿Vos te la pensás llevar de arriba, Van Gogh? Danos la plata que le mejicaneaste al Turquito.

-¿Qué plata? ¡Yo no tengo nada de plata! –dije tumbado en el piso-. Si hace tres meses que no puedo pagar el alquiler…

-¿Y la plata que yo le di, Sr. Cortázar? –me dijo el Turquito-. ¿Qué hizo con la plata que yo le di? ¿Se acuerda?

Yo le hablé con voz llorosa, para que me tuviera un poco de misericordia, ya que de la Rusita sabía que no se podía esperar nada bueno.

-¿Qué plata me diste vos, Turquito? Si me diste dos pesos… Hace ya un tranco largo que me los gasté.

-¡No eran dos pesos, Van Gogh! –gritó la Rusita-. ¿Vos te creés que si fueran dos pesos hoy estaríamos acá? Hoy estaríamos en el Tigre tomando sol ¿o no, Turquito?

-Alejandra ¿qué querés que haga? –le preguntó el Turquito.

-Buscale la plata en los libros que faltan y después en las macetas. Para mí que éste tiene la plata escondida en las macetas.

Yo me puse a llorar de la impotencia.

-¡Ya les dije, hijos de putas, que no tengo más la plata, que me la gasté!

-¡Eh, Van Gogh! La boquita. Más respeto –amonestó la Rusita.

-Pero yo no quería que las cosas fueran así –dijo el Turquito-. Vos me habías dicho que el Sr. Cortázar no iba a estar en la casa, Alejandra. Me lo prometiste. Me dijiste que íbamos a poder trabajar tranquilos.

-¿Y yo qué culpa tengo si este tipo llegó antes de horario? –se defendió la Rusita.

-¿Pero a vos no te habían dicho por teléfono que teníamos tiempo hasta las 5? –le preguntó el Turquito.

La Rusita le dio un mordiscón a la manzana con rabia.

-¿Por qué no te callás la boca, Turquito? –le dijo-. Después si hay quilombo lo vas a tener vos con el viejo. No yo. Ya me tienen cansada ustedes. Todo mal hacen.

Después la Rusita le ordenó que me atara las manos con una soga por la espalda. El Turquito la obedeció enseguida y me hizo un nudo de Boy Scout. Después se fue a la pieza a buscar la plata entre los libros. Parece que era la Rusita la que manejaba todo el asunto entonces. A todo esto no se había ni movido de la mesa y pataleaba como una nena de cinco años.

Cuando el Turquito se fue a la pieza le dije:

-Dejame ir al baño, Rusita. Tengo sed.

-Dejá de jorobar, Van Gogh. Hace cinco minutos que estás tumbado en el piso y ya te querés hacer la víctima como se hacía Aramburu.

-¿Me van a matar? –le pregunté.

La Rusita abrió bien grande la boca y después hizo una sonrisa chiquita. Estaba peligrosa, me la sabía de memoria. Pero no me respondió. Siguió comiendo las manzanas como si nada. Yo me puse a llorar otra vez. La barba se me humedecía con las lágrimas. Quería desatarme las manos pero no podía. El Turquito me había hecho un nudo bien bueno.

-Dejame escapar, Rusita. No los voy a denunciar a la Policía…

-¿Por qué estás yendo todos los días a la Embajada Francesa, Van Gogh? Cada dos por tres vas a esa embajada.

Me habían seguido los pasos.

-Quiero que me den el pasaporte para volverme a París –le conté.

La Rusita entonces brincó de la mesa y puso rodilla en tierra para hablarme al oído. Me susurró apenas para que el Turquito no la oyera desde la pieza.

-Si me decís a mí dónde tenés la plata del Turquito, mañana yo vengo y te devuelvo la mitad. Te doy mi palabra. Así vos te volvés a París con algo de guita y yo me compro lo que me tengo que comprar.

-¿Así? –le dije-. ¿Y qué vas a hacer con el Turquito? ¿Lo vas a matar igual que a mí?

La Rusita cabeceó y volvió a sentarse en la mesa. Encendió un pucho y dijo:

-¿Encontraste algo, Turquito? ¿Qué estás haciendo?

El Turquito apareció otra vez con unos discos de jazz.

-No encontré nada en los libros, Alejandra –le dijo-. A lo mejor el Sr. Cortázar nos está diciendo la verdad y ya se gastó la plata que le di.

-No me hagás reír, Turquito. Qué se va a gastar la plata éste –dijo la Rusita-, si éste es más agarrado con la plata que un judío. Vos no lo conocés.

-Le encontré estos discos de jazz, Alejandra –le dijo el Turquito.

El Turquito había agarrado mi colección de Clifford Brown. <st1:PersonName w:st="on" ProductID="l


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miguel-amor

Creo que me vas a tener seguido por aqui…..Cortazar, un GENIO que en casa ocupa un lugar enorme, no solo en la biblioteca.
Abrazo y hasta todos los momentos
Miguel

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